Ayer, papá, fue tu cumpleaños.
Ayer, papá, era el día en el que todos, tus hijos, tus nietos, algunos sobrinos,
deberíamos de habernos reunido para celebrar que hacía noventa años que habías
nacido.
Somos tan dados a las efemérides
redondas. Somos tan previsibles y tan aficionados a marcar el camino con
mojones que significan tan poco en realidad. Estamos tan preocupados por
encontrar un motivo de felicitación que solemos dejar pasar, sin siquiera
percatarnos, todos los momentos
rutinarios, normales, en los que deberíamos congratularnos en previsión
de aquellos venideros en los que la ausencia de normalidad, la ausencia de
felicidad o esperanza, harán que volvamos la vista atrás para buscar el último
momento en el que debimos de felicitarnos, de felicitarte.
Ayer, papá, fue el cumpleaños de
las ausencias, el cumpleaños en el que el cuerpo de mi padre cumplió noventa
años de vida, el cumpleaños al que mi padre, el homenajeado, no asistió por
incapacidad, por enfermedad, por abandono.
Hoy se, entonces no lo podía
saber, que deberíamos de haber celebrado tu ochenta y ocho cumpleaños como el
último que celebraríamos con mi padre, como el último en el que tú participarías
con el resto de la familia de tu onomástica. Aunque fuera mermado, aunque fuera
parcialmente, aunque a ratos te ausentaras para visitar ese lejano lugar en el
que se vive una permanente infancia.
Felicidades, papá. Felicidades.
Estamos tan alejados que sé que
mi mensaje no te puede llegar. No hay teléfono ahí donde resides, en ese
imaginario lugar al que tu mente ha ido a refugiarse. Aun así no quiero que
pase el día sin felicitarte, sin recordarme que, aunque no te olvide en ningún
momento, esta fecha, dicen las convenciones sociales, las costumbre arraigadas,
la práctica desde niños, es un momento en el que felicitarte es más
obligatorio, en el que felicitarte exige un homenaje, un rito, una práctica
especial, una parafernalia de expresiones y actitudes que este año están más
encaminadas a que los demás intentemos un día de normalización que a que tú te
sientas acompañado.

Ayer, papá, fue tu cumpleaños, tú 90 cumpleaños, y
yo no estaba. Ayer, papá, cumpliste noventa años, y tú tampoco.
Que lastima que el "Tio Rafa" no pueda leerlo.
ResponderEliminarUn abrazo Rafa.