viernes, 22 de septiembre de 2017

El largo, aciago e insolidario dos de Octubre

Seguramente el dos de octubre del dos mil diecisiete sea recordado en la historia de España, si es que tal disciplina sigue existiendo después de ese interminable día, como el día más largo. Amaneció el 20 de septiembre del presente y acabará en alguna fecha indeterminada del futuro, futuro de años, sospecho.
Si, hoy es ya dos de octubre, como lo fue ayer y como lo será mañana, muchos mañanas. El problema creado por todos, absolutamente todos, los protagonistas, no tiene ahora, ni en un futuro cercano, una salida que pueda considerarse idónea, ni perdurable.
Con cierta alegría, yo el primero, hablamos del imperio de la ley. Con cierta simplificación del tema muchos defendemos la acción de la ley porque a estas alturas es la única opción que existe, incluso para algunos que tenemos un concepto bastante sospechoso de la ley como instrumento ajeno a la justicia. Pero es que para mantener un valor referente, cuando todo el mundo alrededor se inventa las referencias según sus apetencias, lo primero que es inevitable es restablecer las reglas de juego que inicialmente teníamos todos en común, porque si no es esa opción la otra es barra libre para todos, que a mí, personalmente, me parece interesante.
Pero no caigamos en el mismo error que estamos comentando. No importa ahora lo que me parezca a mí, importa salvaguardar una convivencia que se ha puesto en peligro, que está en grave peligro.
No puedo escribir sobre este tema sin que se me vengan a la cabeza las estrofas de poema “Si” de Rudyard Kipling: “Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila, cuando todo a tu lado es cabeza perdida”. Nadie parece haber leído a Kipling, nadie, al menos, con la suficiente inteligencia para pensar que no está diciendo lo que a él le interesa que diga, con el suficiente criterio político como para plantearse que la negociación, la esencia de la política, es un encuentro de mínimos, no de máximos. Y que para negociar es imprescindible tener la cabeza tranquila.
Mezclando por una vez, y sin que sirva de precedente, churras con merinas, y en este caso hasta con “meninas”, intentaré reflexionar sobre las distintas posturas que he ido percibiendo en todos los ámbitos sociales, desde los medios de comunicación hasta las declaraciones de los partidos, pasando por las redes sociales.
En todos ellos se adivinan dos bloques, los constitucionales y los aconstitucionales – obsérvese que digo aconstitucionales y no anticonstitucionales, y el matiz no es ocioso-
En el primer bloque figuran el PP, el PSOE, Ciudadanos y todas las personas que están a favor, como primera medida, de la aplicación de la ley. En el segundo bloque Podemos, los partidos catalanistas, la CUP, que yo no considero que sea catalanista, y los ciudadanos que consideran que los derechos está por encima de la ley.
  • ·       El PP. Ha sido fiel a su esencia y ha mantenido una posición displicente, soberbia, respecto al problema sabiendo que la fuerza del estado y la ley están de su lado. Su inacción desde el primer momento ha sido, posiblemente, interesada y han conducido a un escenario en que tienen la razón última. Tal vez no han evaluado, o no le ha interesado evaluar, las consecuencias de su actitud el 2 de octubre.
  • ·     Ciudadanos. No sé si decir que se puede decir poco de ellos en este conflicto salvo su inequívoca alineación con las tesis finales del gobierno es positivo o negativo. Su origen catalán y su inequívoca posición frente a cualquier iniciativa soberanista han lastrado su posibilidad de maniobra que ha sido absorbida por los despropósitos parlamentarios de las fuerzas catalanistas. Posiblemente no podían hacer otra cosa que la que han hecho.
  • ·    PSOE. Como siempre instalado en ese extraño espacio en el que todo lo que se dice es reversible. En positivo su posicionamiento al lado del gobierno como corresponde a toda formación con sentido de estado. Lo peor su manía de hablar del dos de octubre antes de que pasara el uno, y los tufillos de sospecha que eso levanta en la masa electoral que necesita para poder llevar a cabo sus propuestas. Mezclar las fechas a veces desconcierta, o revela estrategias que no son compartidas.
  • ·         Podemos. Ha decidido que aunque los demás hablen de Cataluña ellos solo tienen el objetivo de derribar al gobierno. No importa si toca o no toca, no importan las consecuencias, no importa la ley. Hay que aprovechar la ocasión e intentar pescar en Cataluña, y en el resto de España, los votos románticos de izquierda que están perdiendo a borbotones. Eso sí, ya nadie se puede llamar a engaño, queda como una fuerza política con la que nadie puede llamarse a engaño con sus prioridades
  • ·      CUP. Son los grandes triunfadores de todo este enredo. Han conseguido llevar la cuestión a la movilización popular que es el entorno en el que se mueven más cómodos. Han puesto en jaque al sistema y su objetivo del uno de octubre está conseguido, romper el estado. Su objetivo del dos de octubre está más cerca, romper Cataluña – de ahí que no los considere catalanistas-, y así ir rompiendo grupos sociales hasta conseguir un entorno lo suficientemente maleable para poder imponer su ideario
  • ·        Catalanistas. Su permanente instalación en la mentira, en la negación de cualquier regla que no le dé la razón salvo cuando le sea útil. La invocación permanente a foros ajenos al problema intentando que se sientan concernidos. El absoluto descaro y desahogo en el uso de los ciudadanos a los que tendrían que representar, invalida cualquier consideración hacia sus planteamientos. Oportunistas, falaces, absolutistas en sus maneras y ciegos a las consecuencias de sus actos, si buscan la historia espero que la historia los juzgue conforme al daño que su actuación merece. Ellos, que no su pretendida causa, me merecen el mayor desprecio en este teatrillo del que se han erigido en protagonistas principales.
  • ·       Pro procés Ciudadanos de a pie o cabalgados en la fibra. Ponen los derechos por delante de la ley, sin que perciban que la ley es la única garante de los derechos, individuales y colectivos. Cuestionan la capacidad moral del gobierno por sus corruptelas – algo así como que hacieda no puede cobrar los impuestos porque uno de sus funcionarios debe una multa- cuando no invocan derechos que no existen o modifican el rango de los invocados sin importarles la pertinencia del argumento o las consecuencias del mismo. Para mí, casi todos, personas de buena voluntad que hacen de la misma una bandera cuyo revés es la mala voluntad de aquellos a los que quieren justificar.
  • ·        Anti procés. Ciudadanos posicionados junto a la acción del gobierno aunque no necesariamente alineados con él ideológicamente. Defienden la aplicación de la ley y la acción política posterior. Suelen intentar razonar en un ámbito Absolutamente irracional
Al final creo que todo se mueve entre dos categorías irreconciliables de políticos, desgraciadamente electos, que tienen su fiel reflejo en la sociedad civil, que al final será la que resulte maltrecha. A unos no se les ocurre ninguna solución y otros no quieren solución alguna.
Hace años, en un artículo sobre este mismo tema, consideraba que la mayor secuela de un proceso soberanista no son las políticas, si no las fronteras emocionales que durante décadas serán imposibles de desmantelar, y hasta ese momento, no importa la fecha, todos los días serán dos de octubre. El largo, aciago e insolidario dos de octubre.
Me permitiría el optimismo de pensar que lo sucedido servirá de enseñanza para que no vuelva a suceder, pero eso sería confiar en que la soberbia, la ambición y la estulticia habrían sido erradicadas de la faz de la tierra, y no me lo creo.

Que el dos de octubre nos sea leve. 

sábado, 16 de septiembre de 2017

El salvavidas estelado

No todo el mundo pierde con el tema catalán. Parece imposible que en semejante espiral de estupidez generalizada, de posiciones inamovibles y negación de la esencia de la política, el acuerdo, alguien pueda salir ganando. Y si además sale ganando con declaraciones de intenciones que rezuman simplismo y oportunismo por todas sus palabras la incredulidad puede alcanzar cotas de sublime incomprensión.
Pero igual que en el mundo de los ciegos el tuerto es el rey, en el imperio de los sordos no hay más razones que las de aquel que se atreve a decir algo. Total nadie lo va a escuchar con los oídos de la razón…
En un panorama desolador como el que vivía la izquierda española con un PSOE dividido, un Podemos vociferando su vocación de formación radical y asamblearia con un regustillo a anti sistema, el “procés” ha sido una suerte de salvavidas cuatribarrado y estelado para esa izquierda que estaba haciendo su travesía del desierto y se ha encontrado un atajo.
Lo que pasa es que, como cada quien es cada cual, una parte ha cogido el atajo ofrecido mientras otra ha decidido tirar con camellos y carga por la ruta más larga. El final del camino, el zoco de las elecciones, dará y quitará razones, pero a pie de camino hay una visión probable de las cosas.
Varias veces, y desmintiendo la opinión interesada de muchos, he sostenido que el PP no había conseguido ganar las elecciones últimas, las habían perdido sus oponentes. Y las habían perdido por sus inconcreciones, por su falta de rigor político, por estar más empeñados en demonizar a los adversarios, en convertirlos en enemigos, que en plantear soluciones reales y de estado a los problemas de los ciudadanos. Algunos, aún siguen en ello.
El desafío catalán ha servido para que algunos políticos tomaran el rábano por las hojas y se plantearan, o replantearan, su estrategia como estadistas dejando de lado, cuitas, rencores y actitudes mitineras para enfrentar un problema real.
Pedro Sánchez ha dejado al descubierto su faceta de estadista olvidando diferencias, aparentemente hasta personales, con el presidente del gobierno y alineándose sin demasiadas fisuras en el bloque constitucional. Si en su momento dejó la duda, planteándose el despropósito de aquella posibilidad de liderar todas las fuerzas parlamentarias sin importar ideología o posición respecto a la legalidad para desalojar al PP del gobierno, con su actitud actual ha conseguido que se olviden las dudas surgidas entonces y sumar en su bando a personas de su partido que hasta este momento estaban muy alejadas de sus planteamientos. Sí, es cierto, lo de nación de naciones suena a juego del palé, o batiburrillo de barra de bar sin sustancia, pero al menos su alineamiento es inequívoco y ya está subido al salvavidas y remando hacia una costa aún remota pero ya visible.
Sin embargo Pablo Iglesias sigue instalado en el mitin, en la algarada, en señalar como culpable de todos los males al gobierno sin reparar en que mezclar churras con merinas, hablar de la corrupción como invalidante de capacidad moral para atajar una sedición, son ganas de convencer al público paciente, en realidad ya impaciente, de que el hecho de que Blesa sea un corrupto incapacita a Hacienda para reclamar los impuestos a los contribuyentes. Ya nos gustaría, ya, pero no pasa de estupidez para militantes. Para militantes cortos diría yo.
Podemos, al menos su líder electo, juntamente con sus comunes y mareas, han hecho una palmaria demostración de que no existe para ellos otra opción que la radicalidad, el mensaje confuso, la incapacidad de enfrentar con una postura clara, rotunda, inteligible, una cuestión de estado que exige de todos, dirigentes y ciudadanos, políticos y administrados, pensantes y paseantes, una clara, rotunda, inteligible postura respecto a un tema de una dimensión que deja a los demás en mera cuestión administrativa. No sé si es que no han visto el flotador, si es que se ven con fuerza suficiente para llegar a nado hasta la costa o es que están en convencer al mar de que ahogarse es culpa del PP, pero el caso es que no lo han cogido.
Resumiendo. El zozobrante barco del independentismo ha lanzado flotadores cuatribarrados, estelados, por doquier para salvamento propio, pero posiblemente el único que ha sido capaz de subirse a uno de ellos ha sido el PSOE de Pedro Sánchez que ha encontrado en el desafío del soberanismo un llamamiento a la unidad interna que necesitaba con mayor urgencia que un acceso al poder.

No sé qué pasará el día 1 de octubre, creo que nada, no de nadar si no de ausencia, y a mi pensamiento contribuye el ver la falta de reacción del estamento económico, pero sí creo que de cara a las próximas elecciones las posturas actuales pesarán en los votantes. Y si no al tiempo. Nos vemos en la costa.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Cataluña, del jaque al órdago y tiro porque me toca

A mí el conflicto catalán me está creando un conflicto personal. Es tal el desahogo de la argumentación secesionista catalana que hay momentos en que tengo que apearme de mis convicciones y observarlas desde lejos, con sospecha de que me están engañando, mis convicciones, con la preocupación del que se pregunta: ¿y si estoy equivocado?
Porque la vida me ha enseñado que no hay nada más erróneo que una certeza absoluta. Porque a lo largo de los años vividos he aprendido que no hay nada más irracional que la razón inamovible. Porque, y esto también tiene un coste vital abundante, no hay nada menos verdadero que la verdad sin paliativos.
En inevitable, ante tal avalancha de soberbia descalificante, el sentirse a veces concernido e inseguro, porque toda la argumentación que exhiben y vociferan es básicamente cierta, es rigurosamente cierta, es inatacablemente cierta.
Nadie puede negar  que la esencia última de la democracia es la posibilidad de votar. Si no hay votación los ciudadanos no tienen ningún recurso para decidir cómo quieren gobernarse y por tanto no existen las mínimas condiciones democráticas.
Nadie puede poner en cuestión, sería un disparate, que todo pueblo gobernado democráticamente tiene derecho a decidir sobre su día a día. Sería imposible que todas y cada una de las circunstancias cotidianas de un pueblo fueran reguladas fuera de su ámbito. ¿Qué eso se llama derecho a decidir? Claro, por supuesto, todo pueblo, todo grupo humano diferenciado del resto tiene derecho a crear las circunstancias idóneas para su progreso y bienestar.
Entonces ¿los independentistas catalanes tienen razón?
Sí, absolutamente sí en lo que dicen, pero NO, absolutamente no en el entorno en el que pretenden aplicarlo, y mucho menos en el ambiente de matonismo, de amenaza, de descalificación personal y descabezamiento democrático en el que se mueven.
Existe algo que viene de tiempos ancestrales, algo tan antiguo como la conciencia social de cualquier especie y que en el caso humano se puso por escrito para conocimiento de todos sus miembros: las reglas de coexistencia, la ley.
Y es tan importante, tan decisiva en la convivencia, cada vez más compleja, de los seres humanos, que se han creado ámbitos legales a los que están sujetos diferentes grupos de ciudadanos. Estos ámbitos están organizados de tal manera que cada uno sepa a cual pertenece y sobre cual puede decidir. Y esas mismas leyes, esas mismas reglas de las que se han ido dotando las sociedades, marcan sus propias pautas de representación.
Los ciudadanos tienen derecho a votar. Sí, indudablemente, absolutamente sí. Pero dado que han votado unos gobernantes en los que han delegado su capacidad de ser representados para administrar esa convivencia y sus reglas, a ellos les corresponde decir cuándo y qué votar.
Luego, argumentarían inmediatamente algunos, ¿cualquier gobernante tiene capacidad para convocar una consulta sobre cualquier tema y en cualquier momento? No. Esta posibilidad correspondería más a una democracia asamblearia que a una democracia parlamentaria, que es la que tenemos.
Es evidente que el alcalde de Toledo no puede convocar una consulta que afecte al ámbito de Castilla La Mancha, ni el de Cuenca sobre algo que afecta a Toledo, salvo que las leyes lo permitieran.
Existen los ámbitos, existen las lógicas competencias que en este caso son el meollo mismo de la cuestión. Por eso existe el derecho internacional, el derecho comunitario, el derecho nacional, el derecho autonómico y el derecho local. Y cada uno de ellos solo es válido en su ámbito y dentro de sus competencias.
Escucho, y no salgo de mi asombro, argumentar a ciertos políticos catalanes invocando el derecho internacional para defender sus aspiraciones. ¿En serio? ¿No me están tomando el pelo?
No he oido que hayan acudido a ningún estamento internacional que haya avalado lo que pretenden, con lo que lo único que puedo suponer es que ellos mismos se han dictado la sentencia que les conviene para justificar su desobediencia al ámbito que realmente les corresponde.
Yo, la próxima vez que me venga una multa y recurra y, como habitualmente, la máquina de rechazar alegaciones desestime mi recurso, le voy a explicar al juez que según el tribunal constitucional, que recoge la libertad de los ciudadanos, he interpretado que tengo razón y ya no voy a recurrir a nadie más. Y que a nadie se le ocurra contradecirme o sancionarme porque eso solo demostrará la falta de sentido democrático de los funcionarios y las fuerzas coercitivas que intenten obligarme a cumplir una ley que está en contradicción con otra de mayor rango, y que, por supuesto, yo he interpretado y sancionado. Y que dios me ampare.
Por ponerlo más fácil, es como estar jugando al parchís que te den jaque al rey y contestar con un órdago y tiro porque me toca.
Pues eso, que a mí el conflicto catalán me está creando un conflicto personal, pero solo cuando me levanto un poco espeso. En cuanto me lavo la cara se me pasa.
Ah¡, y para los que aún no se han lavado la cara, mi apoyo absoluto al derecho a decidir de cualquier grupo o, incluso, individuo siempre que la ley lo contemple, o decidamos, de lo del derecho a decidir, ir por libre. Pero todos y con todas las consecuencias. Como ácrata convencido mi exclamación de “eso es la anarquía”  sería de profunda satisfacción y no de horror. Por mi parte órdago a la grande, arrastrando las palabras y con golpe en la mesa, ¿Se me acepta el envite? 

martes, 12 de septiembre de 2017

La maldición del librepensador, los nuevos correligionarios

Como decía Paco Ibáñez en La Mala Reputación: "A la gente no gusta que, uno tenga su propia fe". Y en eso estamos, en que cualquiera que reivindique el librepensamiento es automáticamente aplaudido. Eso sí, aplaudido hasta que alguno de sus pensamientos no coincida con el desairado que desde ese momento pensará que el tal librepensador es en realidad reo de ideología intolerable e intolerablemente contraria a la que él tan sabiamente milita.

Porque, y hay que tenerlo en cuenta, el librepensamiento es el derecho que tiene todo ser humano a pensar libremente sobre cualquier tema siempre y cuando esté de acuerdo con el que le otorga generosamente ese derecho al escucharlo.

Así que la esencia del auténtico y desconocido librepensamiento debería de consistir en: ser ultra liberal si hablas con uno de derechas. Ser marxista leninista revisionista con un toque de autocrítica histórica que no afecte a los indiscutibles logros socialistas y convencidamente sindicalista, si hablas con alguien de izquierdas. Radical y anti sistema si quieres ser oido por la izquierda a la izquierda de la izquierda que se ha pervertido en centro. Ser furibundamente intolerante con todo y con todos, empezando por ti mismo, si hablas con un extremista de cualquier signo.

Por supuesto, ni se te ocurra discrepar en los temas propios del linchamiento mediático y virtual: feminismo, animalismo, homosexualidad, perdón, LGTB, independentismo, sexismo, racismo, aborto, inmigración o terrorismo. Cualquier discrepancia, no importa si razonable, razonada o reflexionada, se convierte de forma inmediata en el insulto, la descalificación y la inclusión en el grupo de deshechos de la sociedad.

Pero con ser todo lo apuntado suficientemente grave, incómodo y desesperanzador, como para presentar la dimisión en el CUL (lástima de O), Colegio Universal de Librepensadores, aún hay una situación mucho más incómoda para el pobre incauto de altas y pretendidamente independientes ideas.

Pongámonos en situación. Reunión social, no importa si familiar, de amigos o de negocios. Los temas saltan como las piedras que rebotan en el mar, incapaces de profundizar a pesar de su peso. En un momento determinado el librepensador emite una reflexión contraria al pensamiento mayoritario del entorno. Se genera la reacción habitual ya comentada. Finalmente el tema se aleja sustituido por otros que demandan el comentario prefabricado habitual. Lo peor está por llegar. Alguien se acerca a tí y te felicita por tu acierto en el tema discrepado. Hasta aquí todo bien. Y de repente, cuando tienes poca experiencia de forma inopinada, si tienes más experiencia de forma inevitable, empieza a hacerte partícipe de su ideología, las más de las veces inasumible, en formato de confidente y hermano.

La única posibilidad de salir de la situación es la capacidad, la habilidad, que tengas para pasar a toda velocidad del modo librepensador al modo sordopensador aquiescente. Cualquier otra opción te puede llevar a ser objeto de odio irrefrenable de por vida.

Y es que ser librepensador, no solo en este país, no, casi en cualquier lugar del mundo, es un ejercicio de riesgo. Te puedes encontrar conque pierdes a los amigos o, lo que es peor, conque haces amigos nuevos que nunca sospechaste, que nunca deseaste, que jamás sabrán lo que realmente piensas, ni les importa, porque indudablemente estás de acuerdo con ellos.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El derecho a decidir

El derecho a decidir. Es el tema de moda en toda conversación que se precie de un mínimo de profundidad. Eso sí, prohibido salirse de los tópicos, de los lugares comunes, de las frases hechas que publicaciones y partidos han puesto en juego para que sus partidarios las usen, no vayan a pensar por sí mismos que ya es en sí grave.
El problema es que , como en todo en esta vida, cada uno arrima el ascua a su sardina y no tiene la más mínima intención de que se ase la sardina ajena, con perdón de las sardinas, de los veganos y de los animalistas en general, porque hoy en día hablar sin pedir perdón es un ejercicio de riesgo. Pero esto es harina de otro costal, con perdón de los cereales harinados y de los sufridos costales proletarios.
¿Existe el derecho a decidir? Por supuesto, los seres humanos nos pasamos la vida decidiendo, tomando decisiones que afectan de forma definitiva a nuestro presente y a nuestro futuro. Pero como todo derecho devenga obligaciones. Y la primera, la inalienable primera obligación, es que como todo derecho individual linda con el mismo derecho de los demás
¿Y quién tiene más derecho a decidir? O, planteado más coloquialmente, ¿quién decide primero? Pues justo eso es lo que regulan las leyes, los estatutos, las reglas que toda comunidad se da cuando vive en común y a las que se obligan todos aquellos que deciden hacerlo, sean asociaciones, comunidades de vecinos, clubes deportivos o naciones.
Como es lógico, y por mucho que yo tenga derecho a decidirlo, si decido saquear la cuenta que comparto con mis vecinos estos, casi con absoluta certeza, se cabrearán y me denunciarán ante la justicia, que es el órgano garante de que se cumplan las normas convivenciales. Ya ante el juez yo puedo alegar el derecho individual, pero seguramente el señor magistrado me explicará que hay derechos de mayor rango en ese tema concreto y me envíe a pasar una temporada de retiro en un local habilitado para tal fin.
¿Cómo puedo evitar, entonces, tener que respetar reglas que no me gustan? No es fácil. No, al menos en el mundo actual. Antiguamente existía la posibilidad de exiliarse a una isla desierta y que tardasen años en enterarse los marinos ingleses, los piratas, o los indígenas cercanos, pero ya no hay islas desiertas habitables que estén al margen de alguna soberanía que nos imponga sus leyes.
Existe una segunda posibilidad, improbable, que es conseguir cambiar las reglas para que me reconozcan el derecho que pretendo. En el caso de lo de la cuenta corriente yo me olvidaría, pero a lo mejor logro que me permitan pintar mi puerta de morado cuando la de todos los demás es blanca… aunque también lo dudo.
Entonces lo de Cataluña… ¿Y a mí que me importa lo de Cataluña? ¿He mencionado yo en algún momento a Cataluña? No. Yo solo estoy hablando del derecho a decidir, de ese irrenunciable y básico derecho que está sometido al derecho a decidir de la colectividad en la que esté inscrito. Porque someter el derecho a decidir de una colectividad al capricho de una parte es, no, una anarquía, no, porque en una anarquía esto no sería ni planteable, una absoluta estupidez.
Pero ya que me han preguntado por Cataluña, porque me lo han preguntado, ¿no?, me parece un disparate. Me parece un disparate que haya personas que usan la ley y las prebendas obtenidas por medio de ella para negarla. Me parece un disparate que para justificarse se pervierta la historia. Me parece un disparate que en nombre de la democracia se conculque la democracia. Me parece un disparate, en realidad, todo lo que rodea al tema, como disparatados me parecen los personajes.
Que si quieren irse, por mí, adiós. Pero por el camino correcto. Porque lo que ahora estoy viendo no es más que una estupidez, de tal calibre, que hasta me produce vergüenza ajena.
Me recuerda el tema catalán a aquellos vendedores de artículos infantiles que agazapados en las puertas del retiro esperaban un descuido de los padres para poner en manos de los niños un globo, un juguete o una bolsa de caramelos que inmediatamente intentaban cobrar con el argumento de que el niño ya lo había cogido. El niño, por supuesto, lloraba y rabiaba si le quitaban lo que ya consideraba suyo y, a veces, el padre acababa pagando lo que no valía el objeto por no aguantar la perra del pobre infante utilizado por el sinvergüenza disfrazado de vendedor de chuches.
Y, volviendo al tema inicial, acabo de decidir, y tengo derecho a ello, que esto ya me aburre. Y como decía un ocurrente profesor de dibujo que tuve en cuarto de bachillerato: “Pues no se-a-burra, hombre, no se-a-burra”

martes, 22 de agosto de 2017

La transferencia

Hola, papá:

Han sido días duros, han sido muchos días intentando hacerte la vida lo más cómoda posible sin saber si acierto o no en las decisiones que tomo. Y tú no te pronuncias. Te quejas, te dueles, mejoras o empeoras a tu propio ritmo sin que pueda saber, salvo pasado algún tiempo, en que te afecta lo que haya hecho.
Es el problema de no tener voluntad, papá, el problema de la incomunicación y el abandono de tu cuerpo. El problema es que los demás lo convertimos en una suerte de muñeco sobre el que hacemos transferencia de nosotros mismos, de nuestras cuitas, de nuestros miedos, de nuestras obsesiones, y, en el colmo, papá, a veces hasta de nuestros dolores y malestares.
Ha sido duro tomar ciertas decisiones sabiendo que te ibas a quejar, que ibas a mostrar malestar, miedo, oposición, sin poderte explicar los motivos por los que las creía conveniente, y aunque haya sido gratificante ver ciertas mejoras físicas la oposición, en algunos casos feroz, de mamá a que se haga nada que ella no considere aceptable, hace todo mucho más difícil.
Tengo claro que ella proyecta sobre ti sus miedos. Su rechazo a las residencias, su miedo a los médicos, su negativa a que nadie tome decisiones por ella, con ella, pero en esa lucha contra la vida y contra el tiempo te arrastra, espero que inconscientemente, a un déficit considerable en tu calidad de vida y, lo que es aún más triste, en la suya.
Si tu enfermedad nos machaca a todos el que un miembro de la familia se cierre sistemáticamente a la realidad de la situación y a cualquier tipo de medida que pueda mejorarla, hace que todo sea aún más duro, más áspero, mas sórdido.
Claro que llegados a este punto, llegados al punto en el que el diálogo es imposible, en que razonar es solo un verbo y anticiparse a los problemas una entelequia, tampoco puedo estar seguro de que algunas de mis decisiones, de mis convicciones, no sean también una transferencia de mi propia personalidad sobre tu situación.
Al final, papá, eres, te convertimos, en esa especie de guiñol que el marionetista de turno maneja con la convicción de darle vida temporal al muñeco, pero que no siempre lo consigue.
Esta, la nuestra, es una enfermedad colectiva, te lo he dicho más veces papá, en la que tú eres el enfermo, pero los demás somos los pacientes. Pacientes de un deterioro de convivencia, de una desesperanza cansada y sin futuro en la que nos vamos sumiendo más a cada día que pasa.
En fin, papá, te pido perdón desde aquí, me pido perdón a mí incluso, si algo de lo que hago llega a perjudicarte. Me queda al menos el consuelo de hacerlo con la absoluta certeza de que no es lo más fácil y en la convicción de que para ti es lo mejor que soy capaz de proporcionarte. Un beso.

viernes, 18 de agosto de 2017

Todos somos Barcelona. Una casilla más en una partida macabra

Ha vuelto a correr la sangre. Ha vuelto a dilapidarse el único patrimonio no recuperable que el hombre posee. Ha vuelto a triunfar la irreversible muerte. Ayer Barcelona, antes París, Niza, Berlín, Londres, Estocolmo, Madrid, El Mediterraneo, Israel, Palestina, Egipto, La India o cualquier país que la muerte reclame en este infame juego  en el que la mayoría, casi todos los que mueren, somos peones.
Inmersos en el dolor de la muerte masiva e inesperada, de la muerte sin sentido ni finalidad aparente, las lágrimas que anegan nuestros ojos nublan también nuestro entendimiento el tiempo suficiente para llorar breve pero generosamente a los que se han ido, para odiar breve pero intensamente a los que han matado y a todo lo que representan, para rememorar breve pero intensamente todos los acontecimientos anteriores del mismo cariz. Y olvidarnos en un espacio de tiempo breve e insuficiente de que habrá más muertes, más lazos negros, editoriales grandilocuentes, diseños de anagramas que poner en las redes sociales y en las solapas. Más todos somos y casi nada de todos pensamos y construimos.
Alguien se dará cuenta de que meto en un mismo saco muertos que nada tiene que ver con Barcelona, pero solo existe una muerte, una por persona, una única consecuencia, un único hecho irreversible, no importa la causa, el lugar o las circunstancias. Alguien pensará que de todas formas hoy toca hablar de Barcelona, sin reflexionar en que Barcelona es solo una casilla más en un juego feroz, despiadado, que lleva dándose durante siglos y en el que siempre mueren los peones, esas piezas prescindibles y más  numerosas cuya desaparición no determina el resultado de la partida.
Unas veces se sacrifican por el poder que el rey y la reina representan, otras por la fe que los alfiles defienden, o por los ideales que los caballos hacen suyos, o por el poder territorial y económico que las torres detentan. En realidad da lo mismo. Acabada una partida las piezas se recolocan, el tablero se limpia de sangre, de escombros, de cadáveres y se comienza una nueva. La estrategia determinará porque pieza habrán de sacrificarse los peones, los mismos, pero diferentes, otros pero del mismo pueblo, de la misma aldea, con la misma cantidad de sangre, con el mismo cruel destino.
Y mientras los peones lloran a los peones, mientras las piezas mayores se deshacen en condolencias, pésames y grandilocuencias, todos nos olvidaremos de los jugadores. Todos olvidamos que hay manos que nos mueven, mentes que evalúan el valor de la pérdida de nuestras vidas en un fin último de ganar la partida. Todos olvidaremos que somos esclavos de un juego del que ni siquiera conocemos las reglas. Que da lo mismo ser un peón víctima, un peón inmigrante o, con toda mi repulsa equiparo y digo, un peón terrorista. A unos les pagan las torres, a otros nos lavan el cerebro los alfiles, otros entregamos nuestra vida a los caballos y todos defendemos a la reina y al rey porque ellos marcan la victoria.
Pero hoy lloramos Barcelona. Hoy lloramos sin consuelo y por dos días de luto oficial la irreparable muerte que ayer alcanzó a trece ciudadanos y el dolor que otros cien sufren sin que sepan con claridad por qué motivo. Hoy, mañana y hasta que los medios de comunicación consideren que ya no es noticia, lloramos con las familias de las víctimas. Ayer con las víctimas del IRA, de ETA, de Sudáfrica, de Pinochet o de Videla, anteayer con las de Franco, las de Stalin, las de Hitler o las de Pol Pot. Hace apenas unos minutos, históricamente hablando, llorábamos las de otras ciudades, las vidas de los refugiados de barbaridades bélicas, religiosas, económicas o políticas que huyen para preservar sus vidas, vidas de peones, vidas prescindibles, reemplazables, estadísticamente enumerables pero de valor insignificante.

Ayer todos fuimos París, Londres, Madrid... Mañana…, mañana me gustaría un mundo en el que todos fuéramos personas y no hubiera jugadores. Pero hoy, hoy todos somos Barcelona.