sábado, 22 de julio de 2017

El santo al cielo

Aunque parezca mentira, mentir tiene reglas y pericias. Mentir, decir mentiras, es un arte complicado de dominar y que exige una técnica personal contrastada por la experiencia. Porque, como bien dice el refrán, se coge antes a un mentiroso que a un cojo y es que las mentiras tienen las patas muy cortas.
Al igual que en las matemáticas hay diferentes caminos, en un caso para llegar a la verdad, en el otro para llegar a la falsedad, y se debe elegir con mimo, sagacidad y profundo conocimiento personal el camino que cada uno elige. Porque lo primero que hay que tener en cuenta es que mentir es una actividad de mucho desgaste, por lo que vagos e inconstantes deben de abstenerse.
Si, ya sé, estarán pensando que el que esto escribe es un consumado mentiroso y que escribe por su propia experiencia.  Pues no, no va por ahí el tema. Todo lo que sé sobre la mentira lo he aprendido leyendo y escuchando a nuestros próceres.
Y he aprendido que hay dos formas fundamentales de mentir, de mentir reclamando la veracidad, claro está. La primera, la más habitual, la que se emplea en el cara a cara, cotidianamente, en mítines, comparecencias rutinarias, entrevistas en medios de comunicación… la de faena de aliño, que le podíamos llamar, es una mentira sin mentir. Es una verdad interpretable. Es un digo diego, o digo dogo, o diego dogo. Consiste en retorcer las palabras hasta que no significan lo que inicialmente significaban, ni lo que aparentemente significan, ni, en realidad, acaban significando absolutamente nada. Esta técnica se aplica sobre todo a temas en los que la indefinición es el efecto a conseguir: economía, justicia, territorialidad…
Ya lo decía la canción que cantaba mi abuela: “¿De lo dicho qué?, de lo dicho ná, ¿No decían qué?, decían pero ná”. Algún ejemplo al uso: llamarle desaceleración económica a la crisis, llamarle ajuste temporal a un recorte, llamarle subida a un 0,25% de las pensiones, llamarle nación de naciones a un concepto que debe de ser una federación, o no, o vaya usted a saber, porque de eso se trata, de vaya usted a saber, llamarle bajada de impuestos a una subida de impuestos indirectos, llamarle churras a las merinas y “meninas” a las churras. Al fin y al cabo de eso trata de no decir nada concreto, ni inconcreto, ni circunstancial, sin callarse.
La otra, que se suele aplicar a asuntos más complejos, o de mayor recorrido, es aún más imaginativa. Consiste en elaborar una mentira evidente que tape las especulaciones inevitables de los que la escuchan y que permita invocarla como reducción al absurdo de cualquier intento de enunciar la verdad. Algo parecido a lo de la canción aquella: “Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará, vamos a contar mentiras, tralará””
Si yo tengo que dar una noticia que va da lugar a elucubraciones sobre su veracidad, a disquisiciones sobre la forma en que realmente se produjo, a posibles verdades alternativas, lo mejor es que simultáneamente ponga en marcha todo un juego de disparates que permitan ridiculizar cualquier intento de acercamiento a una alternativa plausible. Es la famosa teoría de la conspiración.
Pongamos algún ejemplo:
·    La llegada del hombre a la Luna. Teorías conspiranoides: Nunca llegamos a la Luna. Llegamos pero hubo que cortar la emisión porque unos extraterrestres se metieron en foco. Llegaron mucho antes y cuando lo televisaron ya había bases en la cara oculta  y desde ellas se hizo el paripé. Al parecer hasta había un bar que regentaba un gallego…
·  El atentado de las torres gemelas. Teoría conspiranoide: Las torres las volaron desde dentro para que se colapsaran, los aviones solo fueron los fuegos de artificio.
·  Los atentados de los trenes de Madrid. Teoría conspiranoide: El atentado lo hicieron unos musulmanes contratados, o dirigidos, o ambas cosas, por ETA.
·     Y así sucesivamente…

Es cierto que los ejemplos más habituales, como las películas sobre el tema,  son con origen en los Estados Unidos de Norteamérica. Al fin y al cabo son el país de Maxwell Smart, el Superagente 86, figura inigualable del “recontraespionaje”. El país de los servicios secretos, más secretos, incluso más secretos, y secretos entre los secretos. Ellos se lo han buscado. El caso es que si yo intento dar una explicación, seguramente la verdad, sobre la retransmisión de la llegada, que no sobre la llegada en sí misma, del hombre a la luna alguien asumirá inmediatamente que yo hablo sobre alguna de las teorías cosnpiranoides ampliamente difundidas y será imposible, por ridículo, perseverar en el planteamiento.

El gran problema de todo esto es que ya no nos creemos nada, nada de nada, nada de nada de nada. Da lo mismo lo que nos digan, que nos lo juren por la constitución o por las bragas de Mafalda. Nos han acostumbrado a dudar de todo y de todos, de lo divino, de lo humano y del más allá. Dudamos por convicción y por sistema y entre nosotros las presunciones más extendidas son la de falsedad y la de culpabilidad. A tal punto hemos llegado.

Pero bueno, a estas alturas lo que no tengo claro es a que viene toda esta historia. Me puse a escribir después de leer algo sobre Blesa y se me ha ido el santo al cielo, sin ánimo de señalar. A veces no me entiendo ni yo mismo.

domingo, 16 de julio de 2017

Ya no estoy dispuesto

Muchas veces las visiones parciales, o las excesivamente globales, impiden ver ciertos detalles que a toro pasado son los realmente dramáticos, y acaban siendo el embrión de episodios lamentables que se revivirán en el futuro a conveniencia de cualquier desaprensivo que necesite utilizarlos en su beneficio.
Esto no es nuevo, viene pasando a lo largo de la historia y parece, es casi seguro, que seguirá sucediendo en tanto en cuanto los seres humanos sigamos tan imbuidos de lo propio que lo ajeno no es exactamente eso, ajeno.
Entre el jolgorio, el chascarrillo y la bufonada, síntomas evidentes de que existe preocupación, vamos desgranando los días  que nos acercan a la consumación del desafío que ciertos políticos catalanes, ávidos de mayor poder y de pasar a la historia, han planteado al estado español. Y según pasan los días, uno tras otro inexorablemente aunque a veces parezca que no van a llegar a pasar del todo, el gobierno responde con frases hechas ocultando de forma irresponsable cuales serán, si es que existen, las medidas a tomar, cuales los límites que tolerar, cuales los puntos de no retorno que se hayan marcado.
Aún a día de hoy los supuestos ciudadanos, una vez más tratados como contribuyentes y despojados de su calidad de ciudadanos, estamos en la más absoluta ignorancia de que medidas tiene previsto adoptar el gobierno, cuando, donde, de qué manera, en nuestro nombre, en el que se supone que gobiernan.
Una vez más los individuos de este país son ninguneados por las instituciones que se dicen representativas y que actúan con secretismo a nuestras espaldas.
Es difícil ya saber, o tal vez no, si es que somos considerados una especia de tutelados incapaces, gobernados ignorantes, o simplemente estúpidos votantes. Una vez más, y otra, y otra.
Como ciudadano que me creo, que quiero ser, que reclamo ser reconocido, quiero saber, exijo saber, cuales son los pasos que el gobierno pretende dar, cuando piensa darlos y como respuesta a que actitudes o declaraciones. Como ciudadano que se siente responsable del gobierno de su país, aunque no lo haya votado, quiero saber por qué no se ha cercenado ya semejante patochada, a que oscuros intereses y componendas obedece esta actitud pasiva y prepotente que se traslada a la opinión pública.
No me interesa en lo más mínimo la cuestión política de fondo, ni la legal, ni las formas a día de hoy, porque a día de hoy, y un poco más cada día que pasa, lo que me va preocupando son las consecuencias humanas que se pueden derivar, que se infieren, de lo que va a suceder.
Insisto, yo no sé hasta dónde pretenden llegar unos y otros porque ya se preocupan de ocultárnoslo, pero estoy convencido, la experiencia así nos lo demuestra, que llegado el momento algún descerebrado tendrá el subidón patriótico necesario para ponerse en trance, y, voluntariamente, convertirse en un mártir por la causa, por la estúpida causa que le han dicho que existe, por la estúpida causa de que algunos sean más, de que algunos se lleven más, de que algunos se sientan más, de que algunos , en definitiva, sean aún, si cabe, y cabe, más despreciables, indignos e inmorales de lo que ya son ahora.
Y si eso llega a suceder, si algún imbécil se hace sangre, aunque sea con el asta de la bandera que porta sea con los colores que sea. Si algún descerebrado se produce una gota de sangre porque alguien lo pisa en una manifestación o algarada. Si algún estúpido patriota de mente obtusa, se hace un corte con una octavilla al repartirla, yo me voy a acordar de los miembros de nuestro gobierno y de los desalmados que han provocado esta situación. Y me voy a acordar para mal, para reclamar que paguen el mal permitido.
Aunque sea una sola gota, porque si algo no soporto, si algo me produce un rechazo con nausea y asco son los mártires ajenos, son los gilipollas útiles con vocación de sangre irredenta, son los bobos de capirote que se sienten alguien enfervorecidos por la masa que les rodea y de la que se sienten líderes y portavoces a los que nadie escucha y todos jalean.
Y por supuesto, si algunos me dan aún más asco, son aquellos que teniendo la obligación, la responsabilidad, el mandato de evitar que eso pase, han usado el tiempo de evitarlo para bonitos juegos florales que no llevan a otra parte que a un escenario de riesgo.

Y luego me venderán su éxito. Y luego se harán la foto. Y luego me pedirán mi voto. Y yo, ya, no estoy dispuesto.

Buenas tardes, papá, hasta mañana

Hola papá, cuanto tiempo. No te escribo más porque el tiempo es para mí escaso y para ti, en tu percepción, no pasa. Así que me relajo y le doy vueltas a lo que quiero decirte al tiempo que me pongo a resguardo de los que critican que te escribo demasiado, que te utilizo para sentirme mejor,  lo cual es en el fondo cierto aunque no como ellos pretenden decirlo.
Efectivamente papá, cuando te escribo me siento mejor, pero no más bueno, si no más limpio, más tranquilo, más dispuesto a seguir en las batallas cotidianas que no pertenecen a ninguna guerra. Cada vez que acabo de escribirte me siento liberado, aunque sea parcialmente, o subjetivamente, o anímicamente, de todo lo que ha quedado atrás y eso me da fuerzas para pensar en acometer ese futuro incierto, imprevisible en contenido, que nos aguarda.
Claro que para escribirte tengo que aislarme de todo lo que en el mundo general acontece y que a ti te importa un ardite. ¿Qué voy a contarte del gobierno? ¿Y de la oposición? ¿Qué te importa a ti si los recortes en políticas sociales hacen cada día más complicado atender de una forma digna a los que, como tú, vivís en otro mundo ajeno a estas preocupaciones?
¿Y qué te importa a ti el mundo irreal que se desarrolla más allá de los límites de tu sillón, de tu silla de ruedas? ¿Qué te importa a ti del mundo que para los demás es real más allá de esa paloma que se cruza en tu camino y a la que le gritas para que se aparte? Nada, no te importa nada. Te importa que te importunen para lavarte. A veces te importa que te obliguen a comer cuando no quieres. Te importa que te muevan sin reparar en que es lo que tú quieres, aunque en realidad es posible que ya no quieras nada. Que tu voluntad no vaya más allá de resistirte cuando intentan moverte o abrir la boca y tragar cuando te dan la comida.
Vivimos en mundos tan separados que yo no te puedo explicar por qué hacemos las cosas y a ti no te interesa lo más mínimo, ni puedes, entender lo que te explicamos.
Lo peor es que ahora, ya demasiado tarde, echamos  de menos aquellas historias, que nos parecían soporíferas, de tu pasado. Ahora nos damos cuenta, demasiado tarde, de aquellos momentos de repaso compulsivo a tus recuerdos que tenían que habernos puesto en alerta sobre lo que en tu interior se estaba desencadenando. De aquella necesidad vehemente de contarlo todo, continuamente, sin respiro y sin reparo.
Demasiado tarde. Ya no acuden a ti ni siquiera los recuerdos lejanos. Y si acudieran daría lo mismo porque tampoco acude a ti el lenguaje.
En fin, papá, otra carta. Otra serie de palabras, de reflexiones, que en realidad me hago a mí mismo y para sentirme mejor, más relajado.
En realidad esta carta la empecé pensando en comunicarte que ya eres bisabuelo, desde hace más de veinte días. Nora ha llegado a nuestras vidas y empieza a distinguir las formas y a mostrar su carácter. Pero, desgraciadamente, nunca llegarás a reconocerla. Nunca  sabrás que tienes una biznieta, y ella no recordará que conoció a su bisabuelo. Los extremos que en esta ocasión, y en contra del dicho, ni se tocan ni se encuentran.
¿Qué a quién se parece? Ya sabes, hay opiniones, aunque yo no puedo evitar cuando la veo en su cochecito con su muñeco de trapo el recordarte a ti con tu mono de juguete. La verdad es que a veces nuestra mente tiene un poso de crueldad  que aunque sea involuntaria se siente como culpable. Pero no puedo evitarlo, me recuerda.
En fin, papá, como bien decía antes, otra carta. Otro monologo cuyo principal destinatario no llegará jamás a leerlo.

Buenas tardes, papá, hasta mañana, esté ubicado donde esté en el tiempo ese mañana.

lunes, 3 de julio de 2017

El día del orgullo

Un año más estamos inmersos en la celebración del “Día del Orgullo Gay”, que a mí, personalmente, me epata. No, no empiecen ya a fusilarme, no me epata la fiesta, ni la celebración, lo que me epata como humilde artesano de la palabra es el nombre. ¿Puede llamarse algo de una forma más inadecuada?, no, es muy difícil.

Partamos de que a mí la sexualidad, en cualquiera de sus múltiples facetas, me parece un hecho natural, como me parece que la heterosexualidad es el hecho normal, de norma, dentro de la sexualidad reproductiva que  ha sido la dominante durante toda la historia de la humanidad. La necesidad imperiosa de reproducirse para perpetuarse era una fuerza que imponía unos criterios, unos roles, que pasados a la vida cotidiana marcaban unos papeles que naturalmente, de naturales, se acogían y aceptaban. Que esos roles se enquistaran en la sociedad y dieran lugar a conceptos morales que fueron transformándose en conductas sociales que etiquetaban como antisociales o condenables las tendencias que chocaban con ese fin reproductivo, ha sido una consecuencia indeseable de ciertas instituciones que se erigieron en garantes únicos de la verdad y la perpetuación de la raza, estableciendo unas normas rígidas e indeseables en este momento de la historia.

Pero a día de hoy la sexualidad, cada vez más y en consonancia con una sociedad decadente, ha tomado un sesgo en el que el fin fundamental ya no es la reproducción, si no el placer. Y en esa visión lúdica del sexo, en esa búsqueda del placer y la satisfacción, todos los caminos son transitables. Cada uno, cada individuo, debe de merecer el respeto absoluto de la sociedad con la que convive. Cada hombre o mujer, en su intimidad personal, tiene derecho a explorar su plenitud sexual sin sentirse amenazado o menoscabado en sus derechos.

Pero igual que se reclaman los derechos que todos, al menos todos los que queremos una sociedad libre, debemos de apoyar hay que comprometerse a ser consecuentes con las obligaciones que todo derecho acarrea. Una persona que se escandaliza viendo besarse a dos personas del mismo sexo no tiene por qué ser necesariamente homófoba o cualquier otra lindeza semejante. Puede ser, existen, que a esa persona le molesten, por su formación, por sus convicciones, las expresiones públicas de afecto. Puede sucederle, incluso, por educación, a alguien que sea homosexual. No olvidemos, que lo olvidamos, que no hace aún cincuenta años que por besarse en público se multaba a las parejas. Doy fe personal de ello.

Si en vez de insultar, calificar o descalificar, como se quiera, al incomodado, simplemente lo evitamos restringiendo nuestra efusividad pública, que no nuestra sexualidad, acomodando nuestra libertad a la ajena habremos conseguido dos objetivos en uno: dejar sin argumentos a alguien que ya no los tenía y evitar, en el mejor de los casos, la radicalización de una persona que se siente menoscabada en su libertad, sin meternos en si ese sentimiento es válido o no.

Pero, desgraciadamente, esa no es la tendencia. La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas, más impermeables, más odiosas e irreconciliables. Y eso no lleva a sitio alguno, al menos no a ningún sitio confortable y tolerante.

Decir amén a cualquier proposición o iniciativa que emane de algunos colectivos es la única posición aceptada en ciertos entornos sociales. Su dogmatismo y falta de rigor crítico llegan a hacer incómoda su defensa. Tanto que llegas a plantearte, cuando alguien coincide con ellos, si lo hace por convicción, por estética social o en defensa propia. Niegan a los demás la libertad que exigen para sí mismos, niegan a los demás el respeto que consideran merecer ellos, niegan a la sociedad la tolerancia de la que denuncian adolecer.  

Pero me he desviado. No es de sexualidad de lo que yo pretendía hablar, no. Yo pretendía hacer un análisis del nombre de una nueva fiesta. De la inadecuada denominación de unos actos lúdicos que la sociedad acoge y cuyo tema y fin es participar a la sociedad la necesidad de normalización de la homosexualidad. De hacer visible, tal vez de una forma excesiva, la reivindicación social de un colectivo natural. Yo pretendía hacer una crítica léxica partiendo de que nadie es perfecto, estamos de acuerdo, pero que de ahí a rayar la imperfección hay un trecho.

Pero vayamos por partes, como el destripador:

1.        Día. Empieza por llamarse día cuando dura una semana, y esta es, al fin y al cabo, la menor de las incongruencias que la incongruencia oficial, la mediocridad institucional o la grandilocuencia del grupo o ente nominante, ha podido cometer.
2.       Del. Nada que objetar al uso de esta apocope de la conjunción y el artículo. Perfectamente usado
3.       Orgullo. ¿Orgullo? Dice el DRAE: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Hombre, yo puedo estar satisfecho, puedo estar encantado, de tener una cierta característica natural, que, si lo es, natural digo, viene implícita en mis genes, en mi equipación básica humana y no supone, por consiguiente, ningún logro personal del que enorgullecerme.  Sentirse orgulloso de lo que uno es, alto, bajo, gordo, listo, homosexual o rubio, y no de lo que uno logra es una falla moral de un calibre considerable. Quizás en vez de orgullo deberíamos llamarle exaltación, me parecería mucho más adecuado porque lo que pretendemos es poner en valor, hacer visible, reivindicar.
4.       Gay. Gay…, ¿gay? G, a, y, gay… (intercálese aquí un chasqueado de lengua, como si paladeáramos). Gay. Del inglés: “Dicho de una persona, especialmente de un hombre: homosexual”. No me llena, se me queda corto, restrictivo, marcando fronteras en vez de quitarlas, casi frentista si lo cogemos en el conjunto del nombre.

No, definitivamente no me gusta el nombre. Es más, me resulta inadecuado. Porque, vamos a ver, ¿se pretende reivindicar una libertad general o solo la de unos cuantos? ¿No hay más colectivos sexuales discriminados o, incluso ilegalizados? Si, los hay. No olvidemos a los que quieren practicar la poligamia, a las que quieren practicar la poliandria. ¿Por qué ellos no pueden? ¿Por qué nadie se preocupa de su libertad? No es diferente de la libertad para practicar otras opciones sexuales y sin embargo la ley los persigue.


Puestos a reivindicar, y es a lo que estamos puestos, yo establecería la “Fiesta de exaltación por la libertad sexual” y entonces estaríamos todos metidos, incluso los de las sexualidades inconfesables, los de las fantasías perversas, los Grey y compañía, que haberlos haylos.

lunes, 26 de junio de 2017

La estupidez tecnológica.

A veces se ponen los nombres pensando solo en la parte positiva de lo nombrado, obviando que como el hombre es un ser, como casi todo en el universo, pretendidamente simétrico habrá que pensar también en cómo se llamarán las consecuencias negativas de lo nominado.
Por ejemplo, si el hombre pone en marcha un avance tecnológico como pueda ser la inteligencia artificial es casi inevitable pensar que se dará lugar a la existencia de algo tan artificial como la inteligencia, pero de signo contrario.
Claro, el nombre evidente sería la estupidez artificial, pero, desgraciadamente, eso es algo que el hombre lleva practicando desde antes de Atapuerca. Puede, incluso, que desde antes de que el hombre pudiera considerarse a sí mismo como tal.
El caso es que más allá de cómo queramos, o logremos llamarle, el hecho existe. Como hay que referirse, y referirlo, de alguna manera permítaseme llamarle estupidez tecnológica. Posiblemente el concepto sea tan amplio que su implicación quede, al nombrarlo así, un tanto difuso. Puede ser. Pero  habrá que empezar por poner puertas al campo, nombre a lo innominado, de alguna manera.
Es verdad que una estupidez tecnológica es diseñar máquinas para matar, máquinas para devastar, máquinas para complicar la vida a las personas, y todas ellas se acometen, pero en todos esos casos, y yo diría que en todos los demás, la estupidez está en el creador y no en lo creado. Y si es así, que lo es, podríamos definir la estupidez tecnológica como todo invento realizado por el hombre para complicarle, o quitarle, la vida a sus semejantes.
Seguro que a todos se nos ocurren, así, de golpe, multitud de ejemplos. Los drones bélicos, los ordenadores de Hacienda o los “call center”. Pero con ser todos ellos intrínsecamente perversos hay otras aplicaciones tecnológicas que tras una cara amable, tras una apariencia de avance y servicio, esconden conductas que analizadas con frialdad nos llevan de la preocupación al miedo.
A mí me ha pasado ayer. Ayer, inopinadamente, he descubierto una estupidez tecnológica que me atañe directamente y que ha hecho subir el termómetro de mi indignación hasta niveles a los que hacía tiempo que no me asomaba.
Ciertamente uno de los grandes problemas que tiene esta pretendida civilización, o lo que va quedando de ella entre ideologías y otros disparates, son las redes sociales y, particularmente, su perversa utilización que deja a la vista pública la bajeza moral, la miseria ética y educativa de muchos de sus utilizandos, que vierten en una especie de frenesí bacanal lo más sucio y bajo de sus instintos. Esas redes sociales en las que triunfan en una orgía de impunidad y, pretendido, dogmatismo moral, los inquisidores subidos en pedestales de razones indiscutibles ante las que los demás hemos de doblegarnos o resignarnos a ser atacados, insultados, descalificados o amenazados, incluso de muerte, por gentecilla que cara a cara no aguantaría dos argumentos seguidos.
Pero con ser muchos de los usuarios de las redes sociales, inquisitoriales, dictatoriales, amorales de moral única y rígida, victorianos de nuevo cuño, adoradores de una libertad sin diversidad, impostores e imponedores de la verdad única, renegados y resabiados de lo normal, títeres y guiñoles de todo tipo y tendencia, tendencia ajena por supuesto, de una estupidez tecnológica proverbial, no son la única estupidez tecnológica achacable al uso, y a veces disfrute, de estas herramientas sociales que bien usadas serían una fuerza imparable en la consecución de metas positivas: la educación, la formación, la verdad y la libertad. La ajena antes que la propia, por si algunos aún ignoran en que consiste la verdadera Libertad.
Ayer, inopinadamente, mi cuenta de Facebook, eso que algunos llamamos caralibro en la intimidad, me comunicó, con un cierto tufillo de satisfacción y complicidad, que mi denuncia anónima había sido atendida y que se había retirado la publicación denunciada.
Pasmo. No puedo calificar de otra forma más que de pasmo la reacción inmediata que sufrí. Según el caralibro yo había interpuesto una denuncia anónima, algo absolutamente contrario a mi forma de entender las cosas, algo propio de represores, de reprimidos, de censores, de inquisidores, de dictadores, de frustrados, contra algo que alguien había publicado en la red social. Y además, al parecer, yo tenía razón en mi denuncia. Tras el pasmo, la indignación y la necesidad de saber, de conocer qué, cuando y de quién estábamos, en realidad estaba el caralibro, hablando.
Cuando comprobé de que publicación me habían, alguien o algo, nombrado censor anónimo y maquinante tuve un primer ataque de hilaridad, un segundo de estupor y un tercero de indignación que fue subiendo, cuando comprobé que además me preguntaban por mi satisfacción con el resultado obtenido con opciones de muñequito, hasta santa indignación. Por supuesto marqué el muñequito que más cara de amargado tenía y escribí un comentario aún más amargo, soez, insultante… que seguramente no leería nadie, o nadie al que le inmutara lo más mínimo mi respuesta, o que lo leería un robot que llevaría el muñequito a algún tipo de formulario de estadísticas de respuestas. Lo borré.
Resulta que yo había denunciado a Agustín Martinez Eugui, pintor, motero, amigo y hermano, porque había publicado uno de sus cuadros que era un torso desnudo de mujer. Es verdad que me joroba sobremanera que Agustín sea más alto, más guapo, más delgado y menos calvo que yo. Como ocultar que la envidia me corroe cuando compruebo que es mejor pintor que yo, lo cual en sí mismo no supone ningún mérito por su parte. Pero todas estas cosas ya se las he dicho a la cara, y varias veces. No, yo jamás había, ni habría, interpuesto una denuncia, jamás anónima, jamás contra Agustín, jamás porque se viera un desnudo. Claramente algo, o alguien, ha utilizado mi cuenta y mi nombre para llevar a cabo una acción que repudio con toda mi fuerza y convicción. Así que después de borrar el comentario anexo al muñequito decidí explicarme, y explicar a todo el que lo lea que existe la estupidez tecnológica y que estamos inermes ante ella.

Porque si la denuncia anónima pertenece a la más antigua, y execrable, estupidez humana, permitirla en los nuevos entornos, aún no tiene nombre y el de estupidez tecnológica se le queda corto. Muy, pero que muy, corto.

lunes, 19 de junio de 2017

Un alivio

Día a día voy estando hasta los mismísimos de la sociedad que se supone que estamos construyendo. Día a día ciertas actitudes me cargan y descomponen porque no puedo entender la ceguera, la debilidad, la decadencia, el puritanismo, el olor de santidad eclesiástico ni el olor de santidad laico que ciertas personas emanan por cada uno de los poros de su piel. Estoy hasta los mismísimos, estoy harto y encorajinado, de todas las personas que a mí alrededor me dicen lo que es correcto y lo que es incorrecto. No soporto a las minorías con vocación de mayorías o, directamente, con ínfulas totalitarias. Estoy hasta los mismísimos de que un tiempo a esta parte el papel de fumar de cogérsela ha pasado de fino a básicamente inaprensible según los temas y los personajes con los que topes.
No soporto el linchamiento que desde ciertas posiciones ideológicas se perpetra cuando alguien, en perfecto uso de su libertad y de su patosidad, comete el execrable crimen de decir algo. Estoy harto, furioso, rabioso, de comprobar cómo se legisla la moral de derechas y como se legisla la moral de izquierdas. Estoy absolutamente asqueado de que me digan que tengo que pensar, que puedo decir o como me tengo que sentar. De que me impongan como correcta una moral que no es la mía y además lo hagan desde una posición de superioridad ética que solo se reconocen ellos mismos. Que se vayan a escardar.
Estos nuevos inquisidores de lo correcto y de la salvación del alma inexistente no me resultan distintos de aquellos otros del alma eterna. Ni menos peligrosos. Sí, es verdad ya no usan el potro o el péndulo, ahora usan el Facebook o el Twiter. Pues váyanse ustedes al país de las moñigas. Ustedes y los otros. Ustedes, los otros y los de más allá por no quedarme corto.
Váyanse a su país de falsa libertad, de pensamiento único y pasaporte para la corrección y si es posible no vuelvan. Yo tengo derecho a pensar, incluso equivocadamente, lo que me dé la realísima gana. Yo tengo tanto derecho como cualquiera a errar y corregir lo errado, o a persistir en ello si ese es mi deseo y mi convencimiento. Basta con que lo que yo piense, lo que yo haga, no interfiera en la libertad del ajeno. Ni yo en su libertad, ni él en la mía.
¿Pero quien coño se han creído que son esos acarreadores de cadenas del odio de todo signo? ¿En qué mierda de sociedad vivimos en la que la ley puede ser impunemente burlada por minorías por el simple hecho de serlo, en la que impera la ley del más débil? ¿Pero qué tipo de discursito ético pretenden soltarme los que no reconocen más verdad que la suya ni más forma de defenderla que la imposición radical? ¿Pero en que nos hemos convertido?
Desprecio con todo mi desprecio a todos los que se declaren anti algo por su incapacidad para ser pro nada. Desprecio con gesto de asco y desplante a todos los que creen estar en posesión de una verdad absoluta porque serán incapaces de alcanzar ni siquiera una verdad relativa. Desprecio con absoluta falta de caridad a todos aquellos que se permiten etiquetar a los demás, que se permiten juzgar sin ser jueces, testificar sin ser testigos y condenar sin ser jurados. Desprecio, hasta la náusea y más allá, a todos los que promueven la perversión del lenguaje para valerse de la imposibilidad de comunicarse para sus fines, la confusión, el adoctrinamiento, el mensaje vacío.
Desprecio a los débiles que prefieren mirar para otro lado, y a los que solo miran para encontrar lo malo. Desprecio a los que quieren imponer lo suyo en una suerte de santa, eclesial o laica, cruzada. Desprecio a los que son incapaces de educar, de razonar, de convencer y solo saben condenar, descalificar, prohibir. A los políticos en general, a los ideólogos en particular y a los que piensan con los titulares de los periódicos o con la última entrada de las redes sociales personalmente.
Exijo el mismo respeto que estoy dispuesto a dar, la misma libertad que estoy dispuesto a conceder, la misma igualdad que necesito y siento. Y en estos mismos valores, en estos mismos compromisos se encuentra encerrado el ideal de sociedad que busco, pretendo y por la que peleo. No me valen las discriminaciones, sean positivas o negativas, no me valen los orgullos que enfrentan por muy naturales que sean, no me valen las dictaduras de minorías sean étnicas, económicas, religiosas, sexuales o en razón a la edad, que basan su poder en su pretendida debilidad. Libertad para todos, igualdad para todos, ley para todos y respeto. Sobre todo, respeto.

Ea!, que a gusto me he quedado. 

jueves, 15 de junio de 2017

Tener razón no es suficiente

Oigo, al menos durante un rato, con bastante atención el desgranamiento de los motivos que la portavoz de Podemos argumenta para la presentación de la moción de censura. Oigo caer, como huesos en una copa, la interminable relación de corruptelas y corrupciones que los miembros del PP han cometido durante su detentación de cargos de poder a lo largo de todos estos años. Todos son ciertos y todos crean un ambiente enrarecido y malsano en la percepción que de la política, y de los políticos, tenemos los españoles. Es casi como oír cantar la pedrea en el sorteo de Navidad. Solo me sobresalta, en algunos momentos puntuales, el paso a tono mitinero que la portavoz sobreactúa para salir de esa ensoñación rayana en los párpados caídos.
Efectivamente todo es cierto, no hay exageraciones ni, lo que es peor, novedades. Es una suerte de “deja vue” de los discursos de la últimas elecciones, y de las anteriores, y de las ante anteriores. Como ciertos son los recortes excesivos, y es cierta la preponderancia de una oligarquía económica, y es cierta la brecha que aumenta entre riqueza y pobreza, y son ciertas las necesidades sociales, y el deterioro educativo, y las trabas a los emprendedores y… tantas y tantas cosas que habría que hacer.
Y al pensar de esta forma te das cuente de una pregunta ¿Sirve para algo esta moción decensura? ¿Cuál es el objetivo real de esta representación?
Desgastar al gobierno, no. Con el mismo argumentario, con las mismas sensaciones de hartazgo y fatalismo, ya ganaron esas elecciones, ya, incluso, aumentaron su ventaja en votos.
Posiblemente la única razón real y profunda es enfrentar al PSOE de Pedro Sánchez y demostrar a sus militantes que Podemos está dispuesto a hacer lo que ellos suponen que quieren hacer los que votaron en las pasadas elecciones internas socialistas. Y puede que tengan razón, pero lo que también parece evidente es que no lo quieren hacer con Podemos, o al menos no dirigidos por Podemos, por los dirigentes de Podemos.
En todo caso si en algún momento pretendieron remover alguna conciencia, pretendieron ganar con su pertinaz enumeración alguna voluntad, no les ha salido bien. Incluso puede que el partido en el gobierno se sienta reforzado tras la moción y su falta absoluta de mordiente y de apoyos.
Podemos, y me temo que mucha más gente, confunde el descrédito ajeno con el crecimiento propio, la desilusión ajena con la posibilidad propia. Se equivocan. Parece ser que la cabeza de los votantes no alineados, la voluntad de los votantes no comprometidos ideológicamente, no funciona de esta manera. Parece ser que, y lo he apuntado en varias ocasiones, el votante español independiente ejerce su derecho con la resignación de elegir la papeleta que menos miedo le da, la lista que menos desconfianza le produce.
Y la picaresca, esa actitud ante de la vida de aprovechamiento propio y de propios, esa actitud semiheroica, en todo caso simpática, del truhán, del ladrón de guante blanco, del pícaro, es algo arraigado en la personalidad de los habitantes de este país, tanto, tanto, que yo sigo pensando que todos tenemos un pícaro en nuestro interior que sale a la luz cuando existe la oportunidad para ello. Tanto, tanto, que solemos pensar que los pícaros son los otros y lo que cada uno de nosotros hacemos es otra cosa. Es más, que nos viene muy bien lo que hacen los políticos para justificar como compensación lo que a nosotros en nuestro día a día se nos queda entre los dedos.
Por eso, en este caso, en estas circunstancias, tener razón no es suficiente. Hablar de lo mal que lo han hecho, y lo hacen los otros, no proporciona los votos para formar un gobierno, porque lo que la gente vota es el tipo de sociedad que se propone, no lo mala que es la actual, que ya todos lo sabemos. Y el tipo de sociedad que propone una izquierda dura, trufada de radicalismos y de activismos varios y variopintos, no es lo que está en la cabeza, ni en los deseos, de una mayoría de los españoles.

No, tener razón no es suficiente si además no se tiene un proyecto alternativo convincente. Y, de momento, parece ser que no se tiene.