Ha llegado el momento de ponerse
de nuevo en el camino, de coger los trastos de andar y enfrentarse a las etapas
que este año me acercarán un poco más al objetivo final que no es otro, no
importa cuál sea el nombre que se le dé, que llegar. Llegar cada día al final
de la etapa, como objetivo inmediato, como fin necesario para llegar un poco
más lejos, para estar un poco más cerca.
De todas las experiencias que el
camino proporciona, que son muchas, variadas y personales, aquella que más me
enriquece es, sin duda, el simbolismo que encierra todo lo que cada momento,
cada paso, cada lugar, cada día encierra. El paralelismo entre caminar y vivir,
empezando por la mochila.

La mochila, portarla, soportarla,
es el primer elemento que separa al peregrino del caminante, al que busca en su
camino del que camina avanzando, al que hace de cada paso es un logro del que
sale en busca un destino final. La mochila, para mí, es el símbolo de lo
experiencia, de la carga que cada día has de soportar de aquello que ya has
vivido, a la necesidad de llevar sobre tus hombros la experiencia ya vivida, el
conocimiento adquirido.
Nada en el peregrino es baladí.
Ningún paso se da sin un fin, sin un logro, sin una consecuencia. Ni el
sufrimiento, ni la belleza, ni los que te rodean te pueden ser ajenos, te
pueden parecer innecesarios.
Pero bueno, es hora de dejar de
reflexionar y empezar a reunir todos los enseres que creo que necesitaré. Es
hora de empezar a reunir los elementos que durante los días de peregrinaje han
de ser mi soporte vital, mi casa a cuestas, mi concha de caracol.
Lo primero, fundamental, el
calzado. Calzado que ha de ser adecuado, ligero, resistente y ajustado para
evitar los roces y las lesiones, calzado que ha de ayudarme a recorrer los
veintitantos o treinta kilómetros que cada día me esperan con sus dificultades
orográficas, con sus dificultades climáticas.
El calzado. ¿Cómo podría preparar
el calzado y olvidarme de todos los que por el mundo recorren tanta distancia,
o más, como la que yo voy a recorrer por necesidad, descalzos? ¿Podrán ellos
reflexionar sobre la experiencia del camino que recorren a pesar de la sed, del
hambre, de la pobreza que los acompaña? ¿Encontraran ellos el simbolismo de su
falta de calzado ? ¿Se considerarán pobres o libres? ¿Oprimidos o
afortunadamente olvidados?
Después el botiquín. Mejor no
seguir pensando. Hay momentos en que es mejor aislarse de uno mismo, hay
momentos en que el exceso de consciencia puede hacer imposible el camino, ni
siquiera emprenderlo y eso me hace pensar que también en la vida, hay que
elegir objetivos, no intentar que lo mejor se convierta en enemigo de lo bueno,
no querer ser tan perfecto que nuestra perfección sea un obstáculo para
nuestras virtudes.
Lo dicho, empezando por la
mochila.
No hay comentarios:
Publicar un comentario