Hoy, al abrir el
Google me he encontrado con una preciosa ilusión submarina en conmemoración del
nacimiento de Julio Verne. No he podido evitar retrotraerme a mi adolescencia y
las aventuras compartidas con él, con sus personajes, que me llevaban a meterme
con el flexo de mi habitación debajo de la cama para seguir leyendo sin que mis
padres vieran la luz y me obligaran a apagarla. Noches enteras viajando a la
luna, a lejanos confines o por el fondo del mar.
Julio Verne, Emilio
Salgari, Karl May, Zane Grey, H.G. Wells, Edgard Rice Burroughs, Rudyard
Kipling… que día tras día me arrancaban de mi vida urbanita y me arrastraban al
lejano oeste, entre los indios, o a una aventura con los piratas, o, tras
recibir un mensaje en una botella, a recorrer los parajes más recónditos del
planeta en busca de los náufragos perdidos, pasando mil peligros y aprendiendo
sobre flora, fauna, personas y costumbres, todo lo que me era imposible en
la vida real.

Pero lo que tengo que
agradecerle a todos ellos, a todos ellos y a más, al Capitán Trueno, a Flash
Gordon, a toda la saga de los Aznar, al Jabato, a Hazañas Bélicas…
No es tanto las
aventuras compartidas, el fiel compañerismo de tantas horas. Lo que tengo que
agradecerles realmente es que mientras me entretenían, mientras pasaba con
ellos esa fase de la vida en la que el carácter se forma, aprendía dos
lecciones fundamentales, a disfrutar de los libros y que en todas las partes,
no importa donde o con quien, hay personas rectas y otras que no lo son, y que
las personas rectas no son siempre aquellas que coinciden conmigo.
Algunas personas le
llamarán tolerancia, a mi el término se me queda corto, y aún hoy disfruto de
esa enseñanza, de esa confianza en que siempre debo de esperar lo mejor del
prójimo y si no lo recibo, bueno, a lo mejor no me lo he merecido, o simplemente
somos diferentes y no todos podemos ser amigos.