Fijaba sus ojos ansiosos en el
paisaje que se desarrollaba a mi espalda, ávidos de sentir como sentidos los
superlativos con los que intentaba
compartir conmigo el cielo que veía
. “¡Magnífico¡”, decía describiéndome
unas nubes altas y oscuras que asomaban sobre los árboles. “¡Maravilloso!¡”,
exclamaba cuando el sol iluminaba los bordes más endebles de la oscuridad y los
bruñía. “¡Precioso¡” parecía extasiarse mirando al azul que se resistía a
abandonarnos ribeteando el perfil áureo de lo magnífico. Y yo lo miraba y
asentía sabiendo que cualquier otro día, cualquier otro pretérito día, no
habríamos casi hablado, no hubiera apenas reparado en el cotidiano combate
entre la luz y la oscuridad. Tal vez un “muy bonito” convencional que
permitiera resonar el silencio que habitualmente, parcos en palabras y
vivencias comunes, compartíamos.
Es cierto que los superlativos no
eran en principio declarativos de sus sentimientos, no expresaban un impacto
emocional ni eran reveladores de una sensibilidad excepcional. Es cierto que
sus superlativos son las muletas recurrentes de un lenguaje que se le escapa,
de un lenguaje que le hace burla desde, a la, memoria. “Es que ya no se hablar
español” nos dice cuando trabucado la idea se le encastra en el órgano intermedio
que construye las palabras.
Pero no es menos cierto que más
allá de palabras, de sentimientos, de carencias y olvidos sus ojos se fijan con
intensidad, ansiosos, golosos, ávidos de imágenes en el paisaje que intenta
compartir conmigo y que evoluciona a mis espaldas. Una sonrisa en su cara parca
en sonrisas denota la fruición con la que intenta aferrarse a una realidad que sabe que se le escapa, que
sabe que ahora es, que hace tiempo fue y que mañana dios dirá, pero que si
existe habrá borrado este hoy que me cuenta con ese entusiasmo entre forzado y
sentido para que yo lo guarde en nuestras memorias. Para que la mía que guarda
con celo cada uno de los instantes compartidos de un tiempo a esta parte se las
rememore a su vacío.
Tal vez mi magnifico, precioso,
maravilloso no resuenen con el énfasis necesario. Tal vez mi falta de ausencia
de memoria no consiga transmitir la grandiosidad del paisaje cotidiano ni
despierte aún en los que me escuchan el eco que la falta de esperanza pone
cuando él lo hace. Tal vez he de esperar algún tiempo, otros años, para que
otros entiendan lo que ahora digo. Pero hay una cosa que quiero transmitir en
superlativo, en superlativo bajito y quedo, sentido y vergonzoso, susurrante,
que diga sin que se oiga, que exprese sin que se explaye, que sea íntimo y
vigoroso, y es el sentimiento profundo, tierno, ¡magnífico¡, ¡maravilloso¡,
¡precioso¡, que me inunda cuando estoy contigo.
A mi padre. en una terraza junto
a Espartero. Madrid, 2-11-2013
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