sábado, 2 de noviembre de 2013

A mi padre

Fijaba sus ojos ansiosos en el paisaje que se desarrollaba a mi espalda, ávidos de sentir como sentidos los superlativos  con los que intentaba compartir conmigo el cielo que veía
. “¡Magnífico¡”, decía describiéndome unas nubes altas y oscuras que asomaban sobre los árboles. “¡Maravilloso!¡”, exclamaba cuando el sol iluminaba los bordes más endebles de la oscuridad y los bruñía. “¡Precioso¡” parecía extasiarse mirando al azul que se resistía a abandonarnos ribeteando el perfil áureo de lo magnífico. Y yo lo miraba y asentía sabiendo que cualquier otro día, cualquier otro pretérito día, no habríamos casi hablado, no hubiera apenas reparado en el cotidiano combate entre la luz y la oscuridad. Tal vez un “muy bonito” convencional que permitiera resonar el silencio que habitualmente, parcos en palabras y vivencias comunes, compartíamos.
Es cierto que los superlativos no eran en principio declarativos de sus sentimientos, no expresaban un impacto emocional ni eran reveladores de una sensibilidad excepcional. Es cierto que sus superlativos son las muletas recurrentes de un lenguaje que se le escapa, de un lenguaje que le hace burla desde, a la, memoria. “Es que ya no se hablar español” nos dice cuando trabucado la idea se le encastra en el órgano intermedio que construye las palabras.
Pero no es menos cierto que más allá de palabras, de sentimientos, de carencias y olvidos sus ojos se fijan con intensidad, ansiosos, golosos, ávidos de imágenes en el paisaje que intenta compartir conmigo y que evoluciona a mis espaldas. Una sonrisa en su cara parca en sonrisas denota la fruición con la que intenta aferrarse  a una realidad que sabe que se le escapa, que sabe que ahora es, que hace tiempo fue y que mañana dios dirá, pero que si existe habrá borrado este hoy que me cuenta con ese entusiasmo entre forzado y sentido para que yo lo guarde en nuestras memorias. Para que la mía que guarda con celo cada uno de los instantes compartidos de un tiempo a esta parte se las rememore a su vacío.
Tal vez mi magnifico, precioso, maravilloso no resuenen con el énfasis necesario. Tal vez mi falta de ausencia de memoria no consiga transmitir la grandiosidad del paisaje cotidiano ni despierte aún en los que me escuchan el eco que la falta de esperanza pone cuando él lo hace. Tal vez he de esperar algún tiempo, otros años, para que otros entiendan lo que ahora digo. Pero hay una cosa que quiero transmitir en superlativo, en superlativo bajito y quedo, sentido y vergonzoso, susurrante, que diga sin que se oiga, que exprese sin que se explaye, que sea íntimo y vigoroso, y es el sentimiento profundo, tierno, ¡magnífico¡, ¡maravilloso¡, ¡precioso¡, que me inunda cuando estoy contigo.


A mi padre. en una terraza junto a Espartero. Madrid, 2-11-2013

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