Como ya te comentaba el otro día,
la ventaja, seguramente no la única, de ir cumpliendo años, y ser capaz de
observarlos, retenerlos y estudiarlos, es ver la evolución del mundo que te
acompaña, una evolución que, lamentablemente, no siempre es positiva.
Es muy interesante comprobar cómo
evolucionan, e interactúan, conceptos como la censura, el sistema político y la
libertad individual, y, por mucho que esa relación parezca evidente en su
desarrollo, llegamos a comprobar que la realidad se evade de cualquier
presunción de evidencia y nos pone ante nosotros la perversión de ciertos
actores cuyo papel es pretendidamente evolucionador, revolucionador, pero que
acaba resultando involucionador.
Yo nací en época franquista, en
una época llena de recortes a la libertad, y en la que la censura era oficial,
la política, la religiosa, la social, y actuaba a plena luz del día, sin
recato, sin cortapisas y sin otra limitación que la propia escasez intelectual
de los censores, que llegaban a provocar las públicas rechiflas de publicaciones
que arriesgaban su dinero y libertad, haciéndose eco de muchas de esas burlas
enmascaradas, apenas, para conseguir sortear las escasas luces, en la mayor
parte de los casos, de los censores del régimen, capaces de prohibir una
canción que hablaba de una caimán que se iba para Barranquilla, pero permitir
películas como “El Verdugo”, “Plácido” o
novelas como los “Santos Inocentes”, por poner algún ejemplo
entresacado. “La Codorniz” , “Hermano Lobo”, “Por favor”, la maravillosa
“Celtiberia Show” de Carandell en “Triunfo”, jugaban, al límite de lo permitido,
a sortear esa institucional censura previa que toda manifestación pública tenía
que pasar. La película “La Corte del Faraón”, hace un excelso y divertido
relato de unos usos, abusos, y picarescas, de la lucha por la libertad que la
tal institución suponía.
La dictadura intervenía en todos
los aspectos de la vida, todo estaba regulado, todo estaba filtrado, todo…
¿Todo? No, todo no, la sensación de libertad individual, la sensación de ser
dueño de tus ideas y de tu propio enfoque de la rebeldía, era prácticamente
ilimitada, siempre y cuando esa libertad no saliera de tu propio ámbito,
siempre y cuando no pretendieras proyectarla sobre un espacio lo
suficientemente amplio para llegar al alcance del régimen.
Y esa libertad individual,
seguramente recoleta, íntima, apenas compartida en susurros y complicidades con
los más cercanos, alimentaba las ansias de una libertad plena, compartida,
institucional, que muchos, sospecho que por una vez podemos usar el término
mayoría en toda su amplitud, anhelábamos.
Y en estas, corría el año 1975,
se murió el dictador; se murió dejando todo tan atado, y bien atado, que en
apenas un año después los españoles empezamos a elegir entre dos salidas
posibles a aquellas ansias de libertad que la dictadura había embalsado en
nuestros corazones, y que desbordaban en la calle con entusiasmo ante la
perspectiva de poder ponerla en práctica: la evolución, o la revolución.
Rebosábamos libertad colectiva,
porque, por primera vez en mucho tiempo, nuestra libertad individual se
voceaba, se cantaba con Jarcha, con Labordeta, Paco Ibáñez, Serrat, Raimón, Ana
Belén o Vino Tinto, con cantantes y cantores nacionales a los que voces venidas
desde fuera de nuestras fronteras, Violeta Parra, Víctor Jara, Quilapayún, Joan
Baez, Moustaki, Brassens, Cabral, Silvio Rodriguez, añadían sintonías y músicas
foráneas para cantar nuestras ansias de gritarle a todo el mundo que el dique
se había roto, que la censura estaba muerta y el nuevo régimen, que el antiguo régimen
había pretendido tutelar y dirigir con metodología censora para preservar su
esencia más allá de su decadencia y de la muerte del dictador, de la figura que
desde su atalaya de poder, servía de coartada y sustento a todas las carencias
de libertad en las que pervivíamos, había perdido su poder y colectivamente
habíamos elegido otro camino. Habíamos elegido una evolución contenida, medida,
pausada, que permitiera una libertad sin ira, una evolución con ciertas
renuncias que hubieran supuesto una revolución, posiblemente una época
sangrienta, que en parte se insinuó con la matanza de Atocha, con ciertas
actuaciones de pistoleros y matones del antiguo régimen, frente a pistoleros y
matones de opciones tan nocivas y totalitarias como las abandonadas, encarnadas
por bandas terroristas entre las que destacó, por crueldad y sangre derramada,
la inclemente ETA.
La libertad individual triunfó
sobre la censura, salvo en ciertos territorios en los que el terror impuso una persecución
feroz de la libertad individual, mucho más feroz y sangrienta que lo que había
sido la del régimen en sus tiempos postreros, señalando con muerte y ostracismo
social a cualquiera que alzara la voz en contra de sus disparatadas y
totalitarias actitudes políticas.
En esa época, en esa esperanzada,
pero terrible época, en la que las ejecuciones selectivas, a tiros, en medio de
la calle, y las bombas que mataban indiscriminadamente, invadían las noticias y
convivían con la esperanza democrática de un periodo constituyente, o de unas
primeras elecciones que intentaban respaldar el ansia de libertad de una
sociedad tozuda en sus objetivos, convivieron la nueva censura por medio de las
armas, de la amenaza a la vida, y una autocensura que intentaba limitar las
ansias de objetivos de libertad y convivencia. Todos los españoles no
implicados en las ferocidades y totalitarismos de las bandas de asesinos
contendientes, todo el verdadero pueblo que poblaba el territorio español, nos
levantamos el 25 de febrero del año 1981 con la íntima convicción de que había
que medir los pasos, las ansias, los logros, en aras de desactivar a las
bestias totalitarias que nos amenazaban, que amenazaban la convivencia que
deseábamos, desde todos los frentes absolutistas, dictatoriales. Así que
armados de determinación, de resistencia, de ansias de no volver a caer en el
hambre de poder y mesianismo de ningún enemigo de la libertad, ni siquiera de
aquellos que presumían de hablar en nombre de una libertad que solo ellos
reconocían, decidimos medir nuestros pasos, y pactar nuestras aspiraciones. Y nos
impusimos casi todos, en espera de derrotar a los que vivían del miedo ajeno,
una autocensura que no renunciaba a la esperanza de nada, pero evitaba hablar
de esa esperanza, de las cotas de libertad y convivencia que la mayoría ansiabamos.
Hay quién dice que ya hemos
derrotado a las bestias que amenazaban nuestra libertad, que los enemigos de la
libertad han sido superados por la firmeza de las convicciones populares, y que
ahora caminamos hacia esa libertad plena que entonces soñamos. Hay quién lo
dice, pero, dime una cosa, si eso es cierto, ¿Por qué siento que mi libertad
individual está en mayor riesgo que durante el franquismo? ¿Por qué una censura
que llega al lenguaje, al pensamiento, a la vida cotidiana, ha entrado en
vigor? ¿Por qué, de nuevo, unos supuestos guardianes de la moral y la ética,
nos vigilan y nos intentan imponer su mesiánica, y limitadísima, visión de la
libertad y de la convivencia? ¿Por qué se usan los avances sociales para
lastrar a la sociedad y facilitar un intento de control absolutista, indecente,
involucionista?
Si, al final, por mucho que
queramos mirar hacia otro lado, por mucho que le llamemos con nombres que
disimulen su esencia, la percepción de los que ya lo hemos vivido, y lo
recordamos, es que hemos involucionado, que volvemos a aquellos tiempos en los
que una persona se sentía con capacidad y derecho para decirle a los demás lo
que debían de pensar, como, cuando y para qué, y, si no iban por el camino
deseado, condenarlos al escarnio público, sentenciarlos socialmente, y, llegado
el momento, judicialmente. Y eso se llama involución, y eso conlleva una censura
que, si entonces solo alcanzaba a la vida pública, hoy, mediante las redes
sociales, llega hasta la intimidad de tu casa, y se convierte en acoso.
Podría decir con fechas y
razones, cuando esa evolución con vocación cuasi revolucionaria, se convirtió en
involución con el consentimiento de todos, pero el miedo está volviendo, y ver
a los herederos de los pistoleros de todo signo sentados en el congreso,
convirtiéndose en valedores de la libertad y la democracia, me impone una auto
censura que, al contrario de la de la transición, es absolutamente
desesperanzada.
Nací creyendo en la libertad,
crecí peleando por ella, hoy me conformo con esperar que algún día, en un
futuro ajeno a mí, la humanidad se deshaga de esos lastres convivenciales que
se llaman partidos, que se deshaga de esos enemigos de la libertad que se
llaman populismos, nacionalismos y extremismos, y encuentre el camino hacia una
libertad que sane todas las mentiras que hoy compramos.
Tengo que escuchar, de esos salvapatrias
mediocres y carentes de memoria y de cultura, que nuestra transición fue un
fiasco, mientras observo con auténtico dolor, con auténtica pena, el fiasco al
que nos están llevando a todos, a una sociedad enfrentada, atomizada, que no
dividida, cargada de rencores, agravios y consignas vacías y militantes, que es la que
ellos necesitan para medrar. Tengo que soportar sus prédicas mesiánicas
emitidas desde una inexperiencia vital patética y culpable. Tengo que convivir
con su intolerancia, con su soberbia, con su incultura y con su absoluta
carencia de conocimiento sobre lo que pretenden evangelizarme, con su mentirosa
interpretación de la historia, pasada y presente, contemplando el daño que la
sociedad va acusando, defendiéndose de esa prédica mentirosa, ignorante,
fanática, con un alejamiento institucional que nos condena a todos.
Y ya que solo me queda la
palabra, ya que todos me miran mal, menos los ciegos, es natural, ya que mis
palabras no pueden ser sin pecado un adorno, y me parece que estamos tocando
fondo, me niego a callar; por un mundo en libertad, en paz y con justicia.
Deseos que me consta, amigo mío, que compartes, como muchos otros, pero ellos
no.