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martes, 20 de septiembre de 2022

JUGUETES PARA ROMPER

Es complicado, por no decir imposible, hablar sobre el mundo del futbol, sin hablar de futbol, porque quién más, quién menos, lleva en el alma los colores de algún equipo, y, aunque seas capaz de sustraerte al fanatismo político, es casi imposible sustraerte al forofismo futbolístico, y esto incluye, aunque ellos lo nieguen, a los que hacen de su ignorancia y desdén hacia el futbol, otro equipo más, el equipo de un forofismo en negativo, en contraste, pero no con menor carga emocional. Es complicado, por no decir imposible, hablar sobre el mundo del futbol, sin hablar de futbol, después de un partido de los que se denominan de “máxima rivalidad”, pretendiendo mantener una neutralidad que tus propias entrañas desmienten

¿Cómo hablar del mundo del futbol, sin hablar de futbol, mientras mantienes en tu cabeza, prácticamente aún ante tus ojos, aquella jugada que si el árbitro, otra marioneta en el guión, hubiera pitado correctamente, según tu apreciación y tus colores, habría cambiado el resultado del partido? Pues, a fuer de ser sincero, no sé cómo, pero voy a intentar hablar sobre el mundo del futbol, y de otros mundos semejantes, sin hablar de futbol.

Recuerdo que, hace años, en una de aquellas recopilaciones de relatos de Fantasy & Science Fiction que Bruguera publicaba regularmente, para fortuna de adeptos, uno de los relatos publicados contaba como los jugadores de fútbol Americano, sobrepasados por la actitud del público, sus insultos, sus gritos, incluso los de apoyo, sus cánticos, sus exigencias y sus confianzas, se juramentaban para, aprovechando la convocatoria de un encuentro, masacrar indiscriminadamente a los asistentes. Hablamos de los años setenta, aún no existía internet y cuando se hablaba de los periódicos deportivos se les denominaba de información. ¿Qué pensarían ahora aquellos jugadores, insultados o glorificados en las redes, expuesta su vida privada por una prensa forofa, más pendiente de vender que de informar, incapaces de obtener un mínimo de intimidad, tratados como cromos sin posibilidad de manifestarse sin que alguien se apropie y utilice sus palabras para sus propios fines?

Es difícil de saber. Es difícil de saber incluso para los jugadores reales, más allá de aquellos ficticios que optaron por una vía extrema, improbable.

Lo terrible de todo esto, de este mundo que empieza cuando acaban los partidos, y acaba con su pitido inicial, es comprobar el daño inferido a aquellos que más han destacado. La destrucción personal y humana de aquellos a los que se entroniza en los altares, sean divinos o demoníacos. La utilización sin reglas ni límites de sus figuras, de sus vidas, de las de sus familias, de las de los múltiples aprovechados que se adhieren a ellos al calor de su fama, y de su dinero, sobre todo de su dinero.

La hemeroteca está llena de nombres de grandes jugadores, de figuras emblemáticas, que acabaron sus días en la miseria, en la económica, en la moral, o en ambas en muchos casos. La fama, mal gestionada, el dinero disparatado, éticamente injustificable, y una corte de personajes medrando en los alrededores de unos chicos, la mayor parte sin madurar, sin una educación que les permita discernir en cuestiones relevantes para su futuro, son el caldo de cultivo para convertirlos en víctimas cuando el estrellato empieza a declinar, si no en auténticos mamarrachos durante su época de esplendor. Futuros juguetes rotos que gran parte de su entorno contemplará, con conmiseración, en los mejores casos, con desprecio, la mayor parte de las veces, cuando no con odio si en su devenir han decidido cambiar los colores que los glorificaron. Pocos, de los más encumbrados, sobreviven a una vida sin referencias, a una vida que parece eterna hasta un segundo antes de que ya no exista. Y entonces, los mismos que los jalearon, los mismos que se los apropiaron y utilizaron, dirán aquello de que se creyó más grande que el club, y no es nadie. Y en esa parte tendrán razón, ya no son nadie para quienes antes les hicieron sentirse héroes. En ese momento solo será, algunos solo son, muñecos ávidos de lo que fue, con cierta tendencia a la autodestrucción, empeñados en seguir siendo para los demás lo que ya no son más que para los más benévolos de los que los recuerdan.

El otro día, viendo el partido que me hizo sentarme a escribir estas letras, y dejando el fútbol de lado (al menos tan de lado como el resultado dejaba a mi equipo, o precisamente por eso), me fijé en un nuevo, futuro, juguete roto. En un chico de 22 años, criado en un ambiente humilde, sin grandes conocimientos de la vida, pero con una habilidad singular, que se pasó el partido más pendiente de desquiciar a sus contrarios, de exasperar a los seguidores del equipo contrario, de reivindicar algo que nadie había puesto en cuestión, salvo los profesionales del jaleo, también llamado información, que de realizar ese juego portentoso que es capaz de llevar a cabo.

Alguien lo convenció de que tenía que sentirse personalmente insultado por todos los que vistieran en el campo de una forma diferente, por todos los que animaran a esos, por todos los que le habían llamado negro con desprecio, aunque no supiera quienes eran, ni los hubiera oído decírselo, bastaba con que aceptara la palabra ajena, por su bien, por el bien del glorioso equipo en el  que juega, por las ventas de los que lo cocinaron todo, por mayores ventas de los medios audiovisuales que cubrían el evento.

Curiosamente, en su equipo había varios, bastantes, jugadores más de su mismo color de piel, también en el equipo contrario, pero el racismo solo se ejercía, según los liantes de turno, los profesionales de la rabia y el jaleo, sobre ese jugador, sin que los demás negros sobre el campo sufrieran esa misma afrenta. El episodio, aparte de chusco, peligroso y vergonzoso, debería de ser investigado para esclarecer quienes utilizan una lacra terrible, como es el racismo, para jugar a su propio juego, y dar un escarmiento a la altura del mal causado. Y entre ellos al árbitro que ignoró sistemáticamente el juego descentrado de este chaval, sin ejercer sobre él una labor que, a la par de reglamentaria, podría haber resultado docente.

Claro, como era inevitable, a cuenta de las sucesivas provocaciones, en forma de información, al final salieron los descerebrados de turno a cantar sus estupideces, y a hacer que los que montaron el circo pudieran cobrar sus entradas, justificando como racismo lo que no ha sido más que un lamentable espectáculo orquestado por unos sinvergüenzas, representado por un chico desnortado, cuatro cómplices interesados y una caterva de impresentables que no se representan ni a sí mismos.

Alguien debería de explicarle, si es que aún tiene capacidad de escuchar algo más allá de las loas y halagos, que esos mismos que ahora le aplauden, que le ríen sus ocurrencias, mañana, si hace un par de partidos malos, o se le ocurre cambiar de equipo, o se retira en pleno declive, serán los primeros en insultarlo, en hacer cánticos contra él, en dejarlo tirado como un juguete roto, uno más de los que quemaron sus naves vitales por unos pocos días de sentirse los más importantes del mundo, solo por saber usar los pies, y no preocuparse de cómo, y cuando, usar la cabeza.

domingo, 6 de febrero de 2022

Cartas sin franqueo (LIV)- El encanallamiento

 Posiblemente tengas razón, aunque yo no lo vea así, y el encanallamiento de la vida española sea una consecuencia del desastre político al que asistimos a diario, pero, y voy a intentar razonarlo, ese movimiento de degradación pública y privada, del que tú tienes tan claro el flujo, puede producirse justo al revés. Es más, puede que sea un movimiento de vaivén en el que cada oscilación aumenta el encanallamiento del anterior.

Porque de eso se trata, de encanallamiento, de una pérdida de valores personales y colectivos, públicos y privados, que afectan directamente a los dos valores principales que sostienen a los demás, la libertad individual y la democracia institucional, y ambos, la calidad actual de ambos, deja mucho que desear.

Pero hablar de la consecuencia, sin hablar de síntomas y caminos, es poco más que una falacia. No se llega a la situación actual sin un recorrido culpable, sin una dejación de responsabilidades, sin una ceguera pertinaz, consentida y jaleada, sin una aplaudida falta de autocrítica. Pasar del fanatismo a la desfachatez, y a la exhibición y presunción de impunidad, con la que asistimos todos los días a aconteceres públicos, semipúblicos y privados, a acciones absolutamente aberrantes, que intentan presentarse como necesarias e, incluso, como beneficiosas para la sociedad, cuando es evidente que su falta de ética es tan perversamente dañina que enmascara cualquier posible beneficio de otro tipo, es una camino que ha de hacerse, que se ha hecho.

Tú sostienes, y es en lo que no vamos a estar de acuerdo, que el encanallamiento de la vida cotidiana es consecuencia del de la vida pública, política, y yo no estoy de acuerdo por los motivos que ya te dije. Es tal el nivel de encanallamiento en el que nos hemos acostumbrado a vivir, entre mentiras, corrupciones, medrajes, mediocridades ensalzadas y desfachatez para asumirlas sin complejos, ni responsabilidad, que hablar de libertad es una entelequia, y hablar de democracia es solo otra mentira.

El camino se inició, el de la desfachatez, el del autoritarismo mentiroso, el de la mentira que justifica los actos, allá por el gobierno de Aznar, durante el cual la corrupción, y no solo del partido en el gobierno central, también de los gobiernos autonómicos de todos los colores, se empezó a enmascarar con gestos de sobreactuación cómplice, y esa corrupción le sirvió a Zapatero para iniciar un periodo de frentismo radical que aún no hemos podido superar, y que llevó a un episodio tan chusco, lamentable y degradante, como el famoso debate de Solbes negando, con fines electorales, una crisis mundial que fue el detonante de una crisis nacional de dimensiones catastróficas para la economía del país. Y esta crisis, a su vez, fue la excusa perfecta para un gobierno, el de Rajoy, basado en el tancredismo y el autismo institucional, ciego y sordo a cualquier objetivo que no fuera el económico y a cualquier medio que no fuera el recorte de derechos y servicios sociales, todo ello rodeados de escándalos de corrupción de los que no salía otra responsabilidad que la del directamente acusado, la impunidad como referencia de las altas jerarquías del partido, lo que llevó a un clima irrespirable, que bien trabajado  posibilitó la irrupción de una nueva fase, de un ¿líder? cuya máxima es que cualquier daño ético ya lo curará el tiempo y cuya falta de verdad, de valores y de humildad nos han llevado al estado actual, en el que la democracia es una palabra, la libertad se mide por la capacidad de hacer lo que nos da la gana y la ética solo se aplica en modo comparativo. Y ese camino desemboca en una de las épocas más oscuras, democráticamente hablando, y desmoralizantes de la historia reciente de nuestro país. Si te sirve como ejemplo, el mercadeo y final chusco de la reforma laboral, pactada por un gobierno de limitada representatividad, que no avalan los socios que lo llevaron a gobernar, y unos supuestos representantes sociales que solo representan a una ínfima parte del entramado laboral español (hablo de números reales, no de conceptos deformables), a espaldas de las verdaderas necesidades de un momento difícil, y vendida como un compromiso, falso compromiso ya que el compromiso era otro, de los partidos en el gobierno con sus votantes, sabiendo, porque lo sabían, desde antes de comprometerse, que no tenían ninguna posibilidad de  derogar la ley anterior en el entorno globalizado en el que vivimos.

Y así leído, así planteado, tú tienes razón, pero si lo examinamos con un poco más de perspectiva, si abrimos nuestro espectro de visión para hacerlo más amplio, podremos observar un fenómeno paralelo, un poco anticipativo, que permite este proceso degradante que estamos viviendo, que justifica el populismo que nos está dominando y que conlleva que no nos quede, ni siquiera, la palabra.

Pensemos una cosa, José María Aznar es, de facto,  el primer representante no histórico de los partidos mayoritarios, el primer presidente del gobierno ajeno al proceso constituyente, ajeno a la transición, y, a partir de él, todos los demás tienen esa misma característica. Todos tienen ese algo en común, algo que no habían tenido los anteriores: gobiernan para sus partidos, o para ellos mismos y su cúpula, no para el país, no con un proyecto de estado. Gobiernan según sus programas, o no, pero siempre de espaldas a las necesidades cotidianas, del pueblo llano, de los no militantes.

Hay dos procesos populares que contribuyen de forma determinante, si no son el origen, de esta incapacidad de asumir las responsabilidades, de este criterio de que mentir soluciona cualquier error, de que hacer lo contrario de lo que se ha comprometido se soluciona con aplausos, con adhesiones inquebrantables, con la ignorancia, o prohibición, de la crítica. El primero son las elecciones primarias, que tan de moda democrática se han puesto y que significan, ni más ni menos, que el candidato elegido es aquel que más puede encender la pasión fanática de los militantes. Nadie piensa en el país a gobernar, nadie piensa en las propuestas políticas del candidato, nadie exige la viabilidad o capacidad de hacer viables esas propuestas, solo importa despertar el fervor de la masa, el populismo. El segundo factor es el fanatismo, seguramente el más dañino y degradante de los factores, porque elimina la capacidad de autocrítica, la capacidad de rigor ético, de una fuerza política.

Si la verdadera democracia reside en el pueblo, que es al mismo tiempo objeto y garante de esa democracia, que es al mismo tiempo sujeto de los derechos que sus representantes tienen que defender, y censor de las malas actuaciones de esos gobernantes, y ese pueblo, en el caso de los partidos sus militantes y simpatizantes, renuncia a esa censura, encanallado en un fanatismo que ampara cualquier actuación de los suyos, la democracia ha dejado de existir, y el gobernante entra en una frase de impunidad, de desfachatez, de encanallamiento.

Y ahí estamos, en el fanatismo, en el forofismo, en la mentira, en el autoritarismo, de momento temporal, en el populismo, en los falsos valores, en la mentira sin consecuencias, en la impunidad, en la desfachatez, en, en definitiva, el encanallamiento del que te hablaba.

martes, 9 de junio de 2020

Jugando al Tula


El Tula, en otros lugares pilla-pilla, era un juego habitual en las calles y los parques de mi infancia, un juego que no discriminaba y en el que la única regla fija es que hacían falta dos o más jugadores. Su nombre era un apocope de “tú la quedas” y consistía en que uno perseguía a los demás hasta que conseguía tocar a otro, que pasaba a ser el perseguidor.
Una de las mejores y mayores muestras de la ignominia en la que vivimos es que la política que se practica en estos momentos, esa política de muertos y forofismos, de sinvergüenzas y mediocres, o de sinvergüenzas mediocres, es que me pueda recordar a un juego infantil.
El bochornoso espectáculo al que estamos asistiendo, un espectáculo en el que todos los culpables se declaran inocentes y le pasan el turno del Tula al opositor, cuando no al coaligado, que a su vez devuelve sin empacho y sin mácula el turno de ofendido, es demoledor. Porque en este juego, en este espectáculo, en esta ignominia, en esta masacre, nadie tiene la culpa de nada en primera persona, ni del singular ni del plural.
Sin duda los muertos son el argumento que nadie puede soslayar. Los muertos existen, como existen, y estos son los más perjudicados y peligrosos, los deudos de esos muertos. Unos deudos que han tenido que sufrir la pérdida de familiares, en algunos casos por partida doble ya que una vez muertos tuvieron grandes dificultades para localizar sus cuerpos, una inmoral dificultad para lograr la certeza de que el muerto recibido era el muerto reclamado. Esos deudos que, en muchos caos, según veían pasar el tiempo y el dolor, han transformado estos en una indignación que ha pasado de sorda a reivindicativa, y han decidido pasar de las flores y la memoria a los tribunales.
Hay pocos espectáculos más éticamente insufribles que asistir al lanzamiento de cadáveres a cabeza ajena. Pero pocos no es ninguno, y si el de los políticos luchando a cadáver partido roza el límite, el de los forofos correspondientes en las redes sociales, insultando, esparciendo basura y consignas, fomentando el odio y la antiética, rebasa ampliamente ese límite.
En este país la ética suele ser confundida con la soberbia de reclamarla, la honradez con el orgullo de la falsa dignidad, la verdad con el cuento aceptado por los propios. En este país, y seguramente no es el único pero si el mío, la ética es aquello que yo puedo aplicarle a los demás.
Seguramente por eso, desde que El Forges puso la figura en el “candelabro”, se ha perdido la impagable oportunidad de crear el Real Cuerpo de Motoristas Dimitidores. Ahora más que nunca, tanto como siempre, sería necesario un cuerpo independiente de personas que armadas de rasqueta y agua caliente, y portando un sobre con un escrito de dimisión, visitaran las poltronas con adherencias inquebrantables. Claro que el fallo de mi argumento está en la propia realidad. He dicho un cuerpo independiente, como lo deberían de ser la prensa, la fiscalía o el poder judicial, pero eso los partidos no lo permiten porque su único objetivo es conseguir un poder omnímodo.
Ahora nos queda asistir a la sublimación del Tula, al todos contra todos que se va perfilando, a la evolución judicial inevitable ante la incapacidad de asumir responsabilidades por parte de ninguno, ante la imposible asunción ética de esas responsabilidades.
Yo he jugado mucho al Tula, horas que sumadas harían días, incluso semanas, por eso no permito que nadie me distraiga del que “se la queda”. La responsabilidad siempre la tiene el que detenta el poder, y en un poder piramidal, como son las autonomías, la responsabilidad mayor es del que ocupa la mayor altura en la pirámide. Pero que sea mayor no significa que sea única.
Los muertos de las residencias no son solo de uno, son de todos, de los altos funcionarios que dirigían servicios esenciales y permitieron lo que pasó, de los consejeros de las comunidades que intervinieron en una criminal decisión, del presidente de la comunidad que los nombró, de los ministros responsables de las áreas implicadas que no intervinieron a pesar de ser su competencia y su función, y del presidente del gobierno que los nombró. Todos ellos son culpables, todos ellos tienen nombre, todos ellos tienen la poca vergüenza de tirarse los muertos a la cabeza intentando lograr un rédito político que los incapacita éticamente para ninguna función representativa, que los invalida moralmente para hablar de inocentes y culpables.
La única solución decente, ética, comprometida con el bien común, sería una dimisión en bloque de todos los políticos en ejercicio, estén al nivel que estén, una incapacitación de por vida para ellos, y convocatoria de nuevas elecciones. Pero ni eso verán nuestros ojos, ni siquiera la convocatoria de elecciones, ni siquiera la solicitud básica de una renovación de confianza que tienen claro que no lograrían.
Ya hay no sé cuántas demandas presentadas, en juzgado locales, en juzgados autonómicos, en juzgados nacionales e internacionales, y estamos empezando. Y en este clima pretenden que pasemos los próximos tres años. Siento vergüenza, vergüenza ajena.

lunes, 2 de febrero de 2015

Para Gustos, Colores

Dicen por ahí que nada es verdad ni es mentira, que todo depende del color del cristal con que se mira. Y debe de ser verdad, porque gente hay, desgraciadamente mucha, que es monocromática hasta el suicidio. O dicho de otro modo que solo mira en una dirección por lo que con frecuencia se ve atropellada por los que circulan en la dirección que no miran.
Tal vez al final todo sea que yo padezco de una desviación multicromática no habitual, o un defecto óptico que me obliga a mirar en todas las direcciones posibles e intentar por todos los medios, infructuosamente, que se me lleven por delante.
No sé si es la edad, la experiencia o simple debilidad mental, pero soy incapaz de asumir las consignas, los mensajes, las proclamas de los líderes de opinión que de forma sistemática y machacona llegan hasta mí por gentileza de los diferentes medios de comunicación.
Se me plantea un problema inicial, el de la veracidad. Desde que por razones educativas tuve que viajar cuatro veces al día en el metro, y dado que no existían los móviles, ni siquiera los walkman (para aquellos demasiado jóvenes, dura enfermedad, los casetes portátiles), no había mejor entretenimiento en los trayectos que escuchar las conversaciones ajenas, aprendí que todo el que cuenta algo lo cuenta porque lleva razón. Ergo en el metro solo viajan los que tienen razón o todo el mundo cree tener razón, o existen tantas razones como colores en los cristales con que lo miran.
Así que puestos en esta tesitura me pareció que era estadísticamente improbable la identidad viajero del metro = persona con razón, por lo que, y con una pizca de autoexamen, comprobé que las historias solo las cuenta el que cree, o necesita, o espera firmemente convencido, tener esa razón sin la que todo relato tendría el feo cariz de una confesión.
Pues, tal como decía, será por esto, o no, pero he comprobado que ciertas posturas me generan, desconfianza es un término excesivo, incredulidad no es la palabra, prevención. Eso es, las declaraciones de los líderes de opinión me producen prevención en casi todos los casos, y digo casi todos porque cuando lo que oigo es un mitin de lo que sufro es de bochorno, de vergüenza ajena.
Así que puestos a examinar mi razón, la del color que sea que parece ser variable, he llegado a la conclusión de que me cuesta creer a aquel que me ofrece todo lo que yo quiero, porque yo quiero tantas cosas que dudo que haya dinero para pagarlas y si no hace falta dinero, cosa que me parecería realmente apreciable, no tengo nada clara la sistemática que me proponen para pasar de esta forma inmoral de civilización a la nueva sin dejar un reguero de cadáveres por el camino o sin encontrarme a un mesías  que me arruine aún más la vida. Claro que por otra parte tampoco me creo nada de aquellos iluminados del apocalipsis que solo ven la paja en el ojo ajeno y jamás llegan a ver el ojo, sobre todo porque empiezo a dudar de si la paja estará en el ojo que ven o estará en el propio, o, incluso, en los dos.
Con desesperanza he comprobado que eliminados los anteriores nada me queda por decir de los demás, entre otras cosas porque no me quedan demás con los que poder estar de acuerdo.

Definitivamente, al fin lo he comprendido, mi color es el negro. Seguramente debido a una inexistencia de fotorrecepción, o de audiocomprensión.

domingo, 25 de enero de 2015

Volveremos a empezar (si nos dejan)

Nos hemos convertido en una sociedad mediocre. Acobardada, servil y mediocre. Y no me estoy refiriendo a la sociedad española exclusivamente aunque sea la que tengo más presente, me estoy refiriendo a la sociedad occidental en general que está culminando un camino de varios siglos en los que, salvo hechos puntuales, se ha ido refugiando en un adocenamiento inducido por la cesión del individuo hacia las instituciones.
El individuo, armado de sus números  (de cuenta, de identificación, de acceso a la sanidad, de matrícula laboral, de teléfono,…) se va diluyendo en medio de unas estructuras de poder inicialmente diseñadas para resolver los problemas comunes y que con el tiempo se han ido convirtiendo en voraces organismos fuera del control ciudadano en el mejor de los casos cuando no en causa directa de los mayores problemas del mismo.
Es inconcebible que convivamos con normas y leyes dictadas en nuestro favor (póngase el tono ironía activo) que todos sabemos puramente recaudatorias y coercitivas y no seamos capaces de obligar a sus promotores a retirarlas avergonzados de forma fulminante. No, no solo no las retiran y nos piden perdón, si no que con la cabeza alta y la soberbia de quién se considera por encima de sus administrados nos enumeran una lista infinita de pretendidas ventajas para nosotros.
Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado. Más allá de la justicia o la razón, más allá de la equidad o idoneidad de la aplicación de las normas, la administración persigue al ciudadano hasta límites intolerables, moralmente reprobables, bordeando la ley hasta su aplicación fraudulenta e interesada.
Así que el ciudadano asiste entre el pasmo y su incapacidad de una reacción acorde a su indignación a su continuo despojo, a su permanente indefensión, al pisoteo sistemático de sus derechos individuales desde las diferentes administraciones -¿Por qué tener un expoliador si podemos tener varios y que se escuden unos en otros?- o desde grandes corporaciones protegidas por las leyes que les permiten actuar de forma lesiva e injusta sin otro derecho que el de la coacción de suspender un servicio básico ante cualquier posibilidad de resarcirse o rebelarse que el ciudadano de a pié pueda tomar.
Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado. Son intolerables los personajes que medran al amparo de estas normas, de estas leyes, y que añaden a la vejación de su aplicación la insultante, muchas veces, actitud personal de inquisidor, la altiva confrontación de quien se cree con una superioridad e impunidad que insulta, que veja, que condena a quien le paga aún antes, sin ni siquiera haberlo escuchado.
Es un fraude de ley la presunción de veracidad que permite gravar y/o condenar a un ciudadano sin otra prueba que la denuncia de otro ciudadano al que se le concede tal privilegio por motivos de mayor facilidad condenatoria. Es un fraude de ley que reconocida la presunción de inocencia en la constitución el ciudadano tenga que demostrarla ante cualquier conflicto con la administración o funcionario o personal asimilado y no estos su culpabilidad. Baste su palabra
Es fraude de ley utilizar los plazos y recursos de la administración para dejar indefenso, sin capacidad de reacción al ciudadano, pero tanto la administración central, como las administraciones autonómicas, como los ayuntamientos lo hacen sistemáticamente sin que nadie parezca dispuesto a intervenir o capaz de ponerles coto.
Es fraude de ley, pero su aplicación es permanente, que las leyes y normas se utilicen con un fin diferente de aquel para el que fueron aprobadas.
Es fraude ciudadano que alguien pueda ser condenado por lo mismo que otro sea absuelto, baste cambiar de juez, de ayuntamiento o de comunidad autónoma.
Es fraude de ley que una ley no tenga otro objetivo que despojar a un ciudadano de una parte o la totalidad de los bienes sin pararse en su justa aplicación moral ni en las consecuencias  económicas o laborales para el condenado.
Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.
Y es que en apenas dos siglos el habitante de los países occidentales en general ha sufrido una imparable mutación de ciudadano en contribuyente y  de contribuyente en paganini. Tan imparable e indeseada mutación amenaza con no dejar las cosas así y convertir al paganini actual en un aborregado esclavo de un gran hermano, insospechado por su origen para Orwell en unos casos y exacto en otros, que ya claramente asoma las orejas.

Balad, balad hermanos, con las papeletas en las manos.
Elegid, elegid con esmero quién os quitará el dinero.
Bailad, bailad los triunfos de los que os van a despojar.

Y después de cuatro años, volveremos, volveremos a empezar. (Si nos dejan).

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Daños Colaterales (05-09-2012)


Este verano, como todos los veranos desde hace años, he jugado el torneo social de futbol sala del club de tenis de mi pueblo.  En este torneo social, cuya raigambre no llega a rancia pero si de gran predicamento entre los socios, juegan equipos de todas las edades, excepto infantiles, en amalgama más divertida que competitiva aunque todos queramos ganar y nos esforcemos para lograrlo.
Las reglas casi inexistentes –se invocan por defecto las oficiales y a veces se discute las de qué año- se aplican por consenso de los jugadores. Si a mí me hacen falta la pito y el contrario a regañadientes la admite o la discute y se acuerda entre todos si se concede o no.
Este año se ha incorporado al torneo un equipo de chavalitos de 14 a 16 años.  Un par de ellos prometían un nivel suficiente de futbol y como equipo de veteranos que somos decidimos jugar a medio gas, no es correcto que un equipo de señores de entre 30 y 50 años pueda hacerle daño a un chavalito por un exceso de pundonor, o por una entrada mal medida.
El partido se desarrolló como era de esperar con un inalcanzable, para nosotros, despliegue físico por su parte pero con dominio por parte de nuestra superioridad técnica y táctica. Nos pusimos pronto 3-0 y empezamos a dejar pasar el tiempo. Pero a principios de la segunda parte, ya cansados, en una jugada rápida marcaron un gol. Y apareció Mr. Hyde.
El líder del equipo –no lo había mencionado, el equipo jugaba con varios y el líder que tenía derecho sobre todos los balones que pudieran ser gol y ninguna responsabilidad en los errores que cometían- que era el autor del tanto salió corriendo hacia la banda, hacia un grupo de niñas de su edad, con gesto de rabia y rechazando a sus compañeros para celebrar con gestos propios de victoria de campeonato lo que no era más que un gol de pachanga. Acabada la celebración  y reanudado el encuentro ese equipo de chavales jugando un torneo social se transformó en el equipo más marrullero y antideportivo con el que yo haya jugado incluso en competiciones más serias. Daban patadas y las negaban, fingían faltas a su favor con aspavientos y gritos que invitaban al duelo por su alma… Su única obsesión era ganar, no importaba como, hasta el punto que finalizado el partido que acabó 5-2 a nuestro favor, el “liderito” se dirigió a nuestro capitán para pedirle que repitiéramos el partido porque uno de los suyos, uno de los nueve, había llegado tarde y eso había “jodido” sus posibilidades, “os ganamos seguro, os tenemos que ganar, sois unos viejos” , concluyo el personajillo con la aquiescencia entusiasta de algunos de los suyos –otros ya se habían ido hasta donde estaban las niñas-.
Juro que lo relatado ha sucedido y que no me estoy inventando algo que seguramente le sonará a todos los que siguen con cierta regularidad la liga de fútbol.  ¿Realmente queremos para nuestros hijos la influencia que ciertos niños mimados económica y socialmente ejercen desde los medios de comunicación?¿Tenemos derecho luego a quejarnos de la pérdida de valores fomentada desde el forofismo y las posiciones anti?¿Quién y cuándo le pondrá remedio? Ganar no es el fin, es una de las recompensas.