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lunes, 26 de junio de 2017

La estupidez tecnológica.

A veces se ponen los nombres pensando solo en la parte positiva de lo nombrado, obviando que como el hombre es un ser, como casi todo en el universo, pretendidamente simétrico habrá que pensar también en cómo se llamarán las consecuencias negativas de lo nominado.
Por ejemplo, si el hombre pone en marcha un avance tecnológico como pueda ser la inteligencia artificial es casi inevitable pensar que se dará lugar a la existencia de algo tan artificial como la inteligencia, pero de signo contrario.
Claro, el nombre evidente sería la estupidez artificial, pero, desgraciadamente, eso es algo que el hombre lleva practicando desde antes de Atapuerca. Puede, incluso, que desde antes de que el hombre pudiera considerarse a sí mismo como tal.
El caso es que más allá de cómo queramos, o logremos llamarle, el hecho existe. Como hay que referirse, y referirlo, de alguna manera permítaseme llamarle estupidez tecnológica. Posiblemente el concepto sea tan amplio que su implicación quede, al nombrarlo así, un tanto difuso. Puede ser. Pero  habrá que empezar por poner puertas al campo, nombre a lo innominado, de alguna manera.
Es verdad que una estupidez tecnológica es diseñar máquinas para matar, máquinas para devastar, máquinas para complicar la vida a las personas, y todas ellas se acometen, pero en todos esos casos, y yo diría que en todos los demás, la estupidez está en el creador y no en lo creado. Y si es así, que lo es, podríamos definir la estupidez tecnológica como todo invento realizado por el hombre para complicarle, o quitarle, la vida a sus semejantes.
Seguro que a todos se nos ocurren, así, de golpe, multitud de ejemplos. Los drones bélicos, los ordenadores de Hacienda o los “call center”. Pero con ser todos ellos intrínsecamente perversos hay otras aplicaciones tecnológicas que tras una cara amable, tras una apariencia de avance y servicio, esconden conductas que analizadas con frialdad nos llevan de la preocupación al miedo.
A mí me ha pasado ayer. Ayer, inopinadamente, he descubierto una estupidez tecnológica que me atañe directamente y que ha hecho subir el termómetro de mi indignación hasta niveles a los que hacía tiempo que no me asomaba.
Ciertamente uno de los grandes problemas que tiene esta pretendida civilización, o lo que va quedando de ella entre ideologías y otros disparates, son las redes sociales y, particularmente, su perversa utilización que deja a la vista pública la bajeza moral, la miseria ética y educativa de muchos de sus utilizandos, que vierten en una especie de frenesí bacanal lo más sucio y bajo de sus instintos. Esas redes sociales en las que triunfan en una orgía de impunidad y, pretendido, dogmatismo moral, los inquisidores subidos en pedestales de razones indiscutibles ante las que los demás hemos de doblegarnos o resignarnos a ser atacados, insultados, descalificados o amenazados, incluso de muerte, por gentecilla que cara a cara no aguantaría dos argumentos seguidos.
Pero con ser muchos de los usuarios de las redes sociales, inquisitoriales, dictatoriales, amorales de moral única y rígida, victorianos de nuevo cuño, adoradores de una libertad sin diversidad, impostores e imponedores de la verdad única, renegados y resabiados de lo normal, títeres y guiñoles de todo tipo y tendencia, tendencia ajena por supuesto, de una estupidez tecnológica proverbial, no son la única estupidez tecnológica achacable al uso, y a veces disfrute, de estas herramientas sociales que bien usadas serían una fuerza imparable en la consecución de metas positivas: la educación, la formación, la verdad y la libertad. La ajena antes que la propia, por si algunos aún ignoran en que consiste la verdadera Libertad.
Ayer, inopinadamente, mi cuenta de Facebook, eso que algunos llamamos caralibro en la intimidad, me comunicó, con un cierto tufillo de satisfacción y complicidad, que mi denuncia anónima había sido atendida y que se había retirado la publicación denunciada.
Pasmo. No puedo calificar de otra forma más que de pasmo la reacción inmediata que sufrí. Según el caralibro yo había interpuesto una denuncia anónima, algo absolutamente contrario a mi forma de entender las cosas, algo propio de represores, de reprimidos, de censores, de inquisidores, de dictadores, de frustrados, contra algo que alguien había publicado en la red social. Y además, al parecer, yo tenía razón en mi denuncia. Tras el pasmo, la indignación y la necesidad de saber, de conocer qué, cuando y de quién estábamos, en realidad estaba el caralibro, hablando.
Cuando comprobé de que publicación me habían, alguien o algo, nombrado censor anónimo y maquinante tuve un primer ataque de hilaridad, un segundo de estupor y un tercero de indignación que fue subiendo, cuando comprobé que además me preguntaban por mi satisfacción con el resultado obtenido con opciones de muñequito, hasta santa indignación. Por supuesto marqué el muñequito que más cara de amargado tenía y escribí un comentario aún más amargo, soez, insultante… que seguramente no leería nadie, o nadie al que le inmutara lo más mínimo mi respuesta, o que lo leería un robot que llevaría el muñequito a algún tipo de formulario de estadísticas de respuestas. Lo borré.
Resulta que yo había denunciado a Agustín Martinez Eugui, pintor, motero, amigo y hermano, porque había publicado uno de sus cuadros que era un torso desnudo de mujer. Es verdad que me joroba sobremanera que Agustín sea más alto, más guapo, más delgado y menos calvo que yo. Como ocultar que la envidia me corroe cuando compruebo que es mejor pintor que yo, lo cual en sí mismo no supone ningún mérito por su parte. Pero todas estas cosas ya se las he dicho a la cara, y varias veces. No, yo jamás había, ni habría, interpuesto una denuncia, jamás anónima, jamás contra Agustín, jamás porque se viera un desnudo. Claramente algo, o alguien, ha utilizado mi cuenta y mi nombre para llevar a cabo una acción que repudio con toda mi fuerza y convicción. Así que después de borrar el comentario anexo al muñequito decidí explicarme, y explicar a todo el que lo lea que existe la estupidez tecnológica y que estamos inermes ante ella.

Porque si la denuncia anónima pertenece a la más antigua, y execrable, estupidez humana, permitirla en los nuevos entornos, aún no tiene nombre y el de estupidez tecnológica se le queda corto. Muy, pero que muy, corto.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

No hay inocentes, ni siquiera los culpables

Está muy extendida la costumbre de buscar culpables ante cualquier desaguisado público, o privado, da lo mismo. Pero tras lo ocurrido el domingo yo creo que lo complicado es buscar inocentes.
Vaya por delante mi vergüenza como simpatizante del Atlético de Madrid, mi vergüenza como gallego, y como español e incluso como ser humano, o, en casos como este, como pretendido ser humano.
Esta crónica no lo es de una muerte repetida si no de un fracaso global de la sociedad, de sus valores, de sus motivaciones, de su educación –de formación ya hablaremos-, de su capacidad de cuidar y proteger a aquellos que exprime inmisericordemente con la excusa de darle unas contraprestaciones que en este caso se descubren inexistentes.
Y ya que la tendencia es buscar culpables yo, por una vez, me voy a unir al ballet de dedos acusadores. Acuso a los políticos, no a los actuales, no, a todos aquellos cuya irresponsabilidad e intereses partidistas han permitido una sociedad inadaptada, inculta a pesar de la información disponible y radicalizada en sus posturas. Acuso a los clubes de futbol profesionales que en su búsqueda de títulos y preeminencias olvidan los valores deportivos. Acuso a los clubes no profesionales, incluso a aquellos de categorías inferiores, infantiles, alevines, juveniles, no importa la edad, cuyos directivos, jugadores, entrenadores y seguidores están más preocupados por la victoria que por la competición y no reparan en medios ni en formas para conseguirlas. Acuso a las peñas forofas, sectarias, a todas aquellas capaces de acoger a personas que se pronuncian de forma violenta e irracional respecto a los contrarios, e incluso a los propios, para mayor jolgorio y placer de los circundantes. Acuso a aquellos que promueven o difunden frases como: ”el futbol es un deporte de contacto”, o “de hombres”, o “esto son cosas del fútbol”, para justificar actitudes injustificablemente violentas en el transcurso de un partido. Acuso, y mucho, a aquellos actores, muy malos actores, que gritan, se retuercen y simulan lesiones inexistentes para exacerbar los ánimos de los propios y de los ajenos y sacar beneficio de una trampa flagrante. Acuso a las federaciones que lo permiten y a los “aficionados” que se lo ríen.
Acuso, en fin, a una sociedad mediocre, frustrada, cobardemente violenta, mal dirigida, ávida de logros sin importarle como conseguirlos, carente de los valores más elementales y sin interés en ellos.
Y como en este comentario no son inocentes ni siquiera los culpables, acuso a los bárbaros capaces de citarse a darse leña sea con la motivación que sea. Aunque permítaseme otorgar la medalla al mérito de la Estupidez Absoluta, a aquellos de entre ellos que hayan entrado en una pretendida madurez. Para aquellos que además tengan obligaciones familiares ya no me quedan distinciones, pero si mi desprecio más absoluto. No quiero pensar en la educación que pueden inculcar en sus hijos.

Ya sé que no es moralmente asequible, pero ¿y encerrarlos a cal y canto en un recinto amplio y con armas suficientes a su alcance? Me acuso de deseos impuros. Nos acuso. 

martes, 3 de abril de 2012

Indefensión


A lo largo de la vida el intelecto va desarrollando no solo la personalidad, si no una versión propia de un sistema inmunológico. Este sistema está formado por la capacidad intelectual y oratoria de defenderse de los ataques que a lo largo del tiempo inevitablemente se producen y aunque sea de forma inconsciente, que no suele serlo, desarrollan especialmente los frentes de protección sobre los fallos sociales que toda personalidad presenta. Es verdad que a veces esos recursos no son intelectuales o dialécticos por falta de capacidad pudiendo llegar a ser físicos, pero no es esto lo que nos mueve a esta reflexión..

Esos sistemas no acostumbran a ser completos y tienen siempre, casi indefectiblemente, al menos un flanco descubierto y por el que el individuo puede sentirse vencido por anonadamiento o por abochornamiento. Acúsese a un pacifista convencido y militante de violento,  o a un fascista de comunista, o una puta de puritana. Da lo mismo, acúsese a alguien de ser lo contrario de lo que él considera entre los pilares de su vida, entre los marchamos de su personalidad, de aquello que le horroriza, repele o choca en los demás. La incapacidad de entender que alguien lo valore de esa forma, el dolor de la constatación de la acusación, el bochorno del simple planteamiento lo colocarán indefectiblemente en una situación de indefensa defensiva.

O mejor no lo pruebe, el dolor ajeno nunca es rentable ni para el que lo inflige.