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domingo, 17 de noviembre de 2019

Frankenstein o Fronkonstin


La moda en este momento es analizar las catastróficas consecuencias económicas y laborales que puede producir el pacto de gobierno PSOE-PODEMOS en el futuro inmediato, y más allá, del país. Realmente el pacto es preocupante, no por  las siglas que lo firman, o por su ideología, sino por la incapacidad de gestión de los recursos y la incapacidad de asunción de la realidad inmediata que tiene ambas formaciones, o, por ser más exactos, sus líderes. Hablar de subida de impuestos con una recesión asomándose, o de una ampliación de los beneficios sociales sin antes desempantanar el problema, es la típica apuesta populista que solo cuenta para hacer sus apuestas con el dinero ajeno, ese que, según alguno de sus militantes, no es de nadie.
Una reforma fiscal como la que se pretende acometer solo empieza a dar sus frutos en dos o tres años, que a ver si los aguanta la legislatura, pero que además pueden ser francamente amargos si la recesión se lleva por delante toda la cacareada batería de medidas contra “los ricos”, que acaban siendo en realidad la clase media. Ya la han arruinado una vez, y sería complicado volver a levantar la cabeza con tan poco tiempo de recuperación.
Pero con ser la política económica tremendamente preocupante, por el momento y por los actores, tal vez no sea ese el caballo de batalla que sele puede encabritar a semejante gobierno. Un gobierno dicotómico, un gobierno esquizofrénico en los temas territoriales, un gobierno sin otra ligazón que la personal necesidad de sus líderes de tocar poder, un gobierno cuya parte populista está arrastrando a la que debería de poner el poso de fuerza de estado.
Cuantos más días pasan, cuantas más declaraciones se escuchan, cuantos más discursos se apoderan de las portadas de los diarios de opinión, más negro se vuelve el futuro, peores consecuencias se adivinan en el horizonte.
Pero aunque la moda sea opinar sobre esta cuestión, tal vez, es mi opinión, no sea la que mayor riesgo produce en un futuro inmediato. Pero vamos a intentar explicarlo con números electorales y vemos que dicen esos números.
Alianza ideológica para el gobierno (PSOE + Podemos)                                9.850.168 votos
Otros aliados ideológicos (Más país)                                                                 554.066
Oposición constitucionalista (PP, Ciudadnos y VOX)                                  10.297.472
Otros aliados ideológicos (Navarra suma)                                                           98.448
Ni fu/ni fa (otros partidos, en blanco y nulos)                                                1.403.852
Abstenciones                                                                                                 10.506.203
Independentistas de izquierdas              (BNG+Bildu+CUP+ERC)               1.510.804
Independentistas de derechas (PNV+JXCAT)                                                   904.798
Pasaban por ahí (resto de partidos con escaño)                                                 310.705

Así que en una interpretación simplista de lo que vemos que está sucediendo, que a lo mejor no tiene nada que ver con lo que realmente está sucediendo, pero no nos cuentan, vamos a limitarnos a leer los números, sin ninguna interpretación, y a eso le podremos aplicar todos los barnices éticos que nos convengan, barnices que en muchos casos, en la mayoría, no serán otra cosa que tintes ideológicos.
Según los números, en realidad los que dicen representar a esos números después de filtrados, deformados y distribuidos según criterios muy dudosos, 9.850.168 españoles se consideran con derecho, apoyados por otros 554.066, que suman 10.404.234, a gobernar a todos los demás, aproximadamente el doble que ellos, y no solo a gobernarlos, si no a imponerles unos criterios contrarios a su parecer, es decir, a gobernar contra ellos.
Bien, como esos números son insuficientes, incluso una vez retorcidos por la distribución territorial y la ley esa famosa, deciden que hay que sumar más apoyos, para que el disparate pueda consumarse en ¿representantes?, por lo cual suman a otros grupos cuyo interés es justo el contrario al invocado.
Veamos el disparate. Para poder salir triunfantes llaman a unirse a un gobierno de progreso, o sea de izquierdas, a 1.510.804 independentistas del mismo signo, o sea de izquierdas, incluso a 244.754 anti sistemas confesos como son los de la CUP, es decir a personas cuyo objetivo declarado es subvertir el sistema legal del estado para el que están apoyando un gobierno. Me cuesta no incluir ninguna valoración, pero aún queda mucho disparate.
Como siguen sin ser suficientes incorporan también a unos cuantos de los que pasaban por ahí y no tienen otro interés, ni finalidad, que preguntar que qué hay de lo suyo, en un auténtico alarde de sentido de estado, de unos y de otros.
Pero aún no es suficiente, aún no hay suficiente metralla, así que de repente, en una insospechada y circense pingareta, se invita a un gobierno de izquierdas a 904.498 votantes independentistas de derechas, para ser aún más exhaustivos, a 377.423 independentistas de derechas (PNV) y a 527.375 independentistas de extrema derecha (JXCAT), que por mor de la necesidad de llegar al poder se trocan en progresistas de toda la vida. O que por suerte para el pretendido gobierno su mayor interés de sacar tajada independentista les hace alinearse con quién parezca dispuesto a ceder más, sin importar otra ideología que la de debilitar al estado.
10.506.203 personas no se molestaron en acudir a un lugar donde no pueden hacer oír su voz, y lo que es peor, donde su voz es irreconocible. 249.499 votaron con cabreo de tal forma que su voz no sea aprovechable. 216.515 explicaron de la única forma posible que una vez personados no hay nadie capaz de representarlos, ni un sistema que los acoja. Un verdadero disparate.
Pero lo peor, lo más preocupante, es que 3.640.063 españoles votaron con las tripas, con la indignación, con el cabreo absoluto y creciente que ese Fronkonstin electoral y sus consecuencias a medio y largo plazo pueden tener para un país en el que se sienten a gusto, y en el que si no fuera por componendas, leyes electorales y mentiras contrastables, podrían seguir estando a gusto. Y no hablamos de lo económico, no solo, sino de lo que la calle ya aborrece, lo territorial, las moralinas ideológicas de todo tipo, el garantismo llevado al esperpento, el trato discriminatorio en ciertas materias, el trato vejatorio del que pretende denunciar la situación, y un largo etcétera que es caldo de cultivo para populistas y extremistas de todo signo.
El mayor problema para todos es que el supuesto gobierno con sus actitudes elitistas y prepotentes, puede acabar logrando que el cabreo de tantos como ellos se eche a la calle por su incapacidad para controlar un país enardecido con sus tejemanejes. Y el peligro, el gran peligro, es que ahora ese cabreo tiene a quién es capaz de llevar sus reivindicaciones a ese terreno. La calle ya no es patrimonio de la izquierda, y VOX puede moverse en ese entorno con la misma comodidad que la izquierda de su misma tesitura. Y luego estamos los que no le importamos a ninguno, ni a unos ni a otros, la mayoría de los españoles que una vez más sufriremos las consecuencias de unos ambiciosos inoperantes y sin criterio ni moral para ejercer las funciones a las que aspiran.
Urge una nueva ley electoral que permita a los votantes elegir a las personas que desean que los representen más allá de sus ideologías o pertenencias. Listas abiertas que obliguen a quien es votado y hagan responsable al votante. Una ley que tenga una circunscripción única que descargue de veleidades territoriales la elecciones para el estado, contando los votos totales, se produzcan donde se produzcan, y que todos tengan el mismo valor. No puede ser que 1.637.540 ciudadanos tengan menos representantes que 869.934 porque están en distinta circunscripción. En un estado todos los votantes deben de tener el mismo valor, y todos los ciudadanos que ejercen el voto están en la misma circunscripción. Pero ya, no próximamente, no en un futuro cercano, no dejarlo correr a ver si nos olvidamos.
Solo aclarar un último concepto. He utilizado el nombre de Fronkonstin, en vez del de Frankenstein, para referirme a esa suerte de retales que pretenden avalar un gobierno con absoluta intención. Frankenstein, incluso en la ficción, era un creador de vida, Fronkonstin, protagonista del Jovencito Frankenstein, no era más que una parodia del original y un engaño burlesco que pretendía ocultar sus famas.

sábado, 23 de marzo de 2019

San Jorge versus Santiago


Repaso con parsimonia, con calma preocupada, las publicaciones, las redes sociales, hablo con amigos, con conocidos, escucho por la calle y todo lo que percibo va en la misma línea. Todo parece apuntar en la misma dirección.
¿Todo?, ¿Todos?, no, hay un colectivo, un colectivo de colectivos para ser más exactos, inasequible a la razón, a las razones que pintan un panorama preocupante. La clase política ha decidido, ante las señales percibidas en el exterior, hacer su propio análisis, montar su propia historia que, estudiada someramente, no se sostiene. 
Los resultados electorales holandeses deberían de ser un aldabonazo lo suficientemente potente como para despertar la razón más dormida. Los resultados electorales de Andalucía y las posteriores encuestas sobre las elecciones generales y autonómicas ya eran un aviso a navegantes lo suficientemente evidente como para que la preocupación hiciera recapacitar a los políticos y hacer que revisaran sus mensajes. Pero para que esto sucediera tendría que haber un interés que fuera más allá del inmediato de ganar unas elecciones.
Los partidos políticos, en un deriva absolutamente negativa, han pasado de ser unas maquinarias ideológicas, lo cual ya era suficientemente preocupante, a no tener más ideología, ni fin, que enfrentar o rebatir lo que haga o diga el partido de ideología contraria, y, finalmente, a ser unas organizaciones sin otro fin ni principio que la consecución del poder .
¿Y la representación de los ciudadanos? ¿Y las necesidades del país? Todo eso son cuestiones menores en las que reparar solo para servir al fin principal o, en todo caso, a tener en cuenta una vez alcanzado el poder y como forma de perpetuarse en él. Creo que se llama populismo.
Yo sí veo con preocupación, con mucha preocupación, cómo una derecha radical se hace con el control de una cámara de representación en Holanda. Cómo en Francia, o en Italia, o en varios otros países, esa misma tendencia ideológica bordea la mayoría de los votos. Y con esa desazón creciente vuelvo mi mirada a mi país y lo único que contemplo es a una serie de líderes de pacotilla viendo como servirse de esa situación para sus propios, miserables y autistas fines.
La ineficacia, la estulticia, la interesada indignación, la permanente dejadez conveniente de los estamentos políticos con el continuado desafío catalán alimenta de votantes las expectativas de Vox. Las acusaciones de una izquierda obsesionada con masacrar a la derecha y desmembrarla hacen que las cifras de intención de voto de Vox crezcan sin medida. La soberbia de exhibir una superioridad moral que solo es aceptable desde la misma escala moral, y ni siquiera, o desde una perspectiva de educación moral de una sociedad que no desea ser educada moralmente, no al menos por los políticos, acaba de hacer una campaña eficaz para los intereses de Vox.
Casi se podría decir, y es un casi poco convencido, que Vox no existiría sin el conflicto catalán. En realidad sí se puede afirmar con rotundidad que Vox no alcanzaría las cifras actuales de expectativa de voto sin el conflicto catalán y el posicionamiento respecto a él de los partidos políticos.
El choteo, permítaseme el uso de esta expresión tan coloquial, con los símbolos independentistas y la Junta Electoral no hace más que poner en evidencia un vodevil sin ninguna gracia que exaspera y radicaliza a los ciudadanos  de a pie que contemplan indignados como unos cargos pagados con sus impuestos se dedican a poner en solfa al estado y toda su maquinaria. ¿Exagerado? No, que va, he dicho a poner en solfa y no a poner en ridículo que es lo que realmente pienso.
¿Y el gobierno que piensa? Lo que la campaña electoral en ciernes permita sin poner en cuestión la posible alianza que después de las elecciones puede necesitar. ¿Y la oposición? ¿Qué opina la oposición? Pues radicaliza su mensaje en un intento desesperado por evitar una sangría de votos por su costado más radicalmente conservador, en el caso de la derecha, haciendo sangrar su costado más moderado. Y en el caso de la izquierda más radical, se pone de perfil porque su permanente enfrentamiento con el concepto de estado, de país, constitucional, le impide ahora mismo maniobrar con la soltura y coherencia necesarias en el tema.
¿Y los catalanes? ¿Qué opinan los catalanes? Pues ahora mismo hay dos posibilidades de opinión en Cataluña y las dos tienen aproximadamente la misma fuerza. Una mitad no importa lo que piensa porque las instituciones han decidido que no existen, y que en caso de que existieran peor para ellos, y la otra mitad solo piensa en un enfrentamiento permanente y sin futuro con el resto del país, no importa el coste, no importa la razón, no importa la ley, solo importa un fantasma agitado interesadamente por una cúpula política en busca de sus propios fines y que va quemando naves, que debieran de ser de las dos mitades, en su empecinamiento.
¿Y a quién favorece la postura? Pues a la extrema derecha, a la derecha más radical y dañina de la que Vox es en España solamente un tímido representante. A la extrema derecha internacional y añorante que ve como una izquierda sin norte y cada vez más hundida en su ideología y en una posición de aislamiento respecto a las cuitas populares le hace su campaña para lograr una ruptura  de una Europa unida e incómoda para todas las fuerzas retro conservadoras que van floreciendo por el resto del mundo. Que ve como una derecha sin ideas y llena de complejos radicaliza sus posturas acercando cada vez más a sus votantes al caladero del que pretende huir.
Tal vez alguien me llame exagerado, pero baste con comprobar de donde parten los pocos apoyos internacionales que el proceso catalán ha logrado sumar a su causa. Sí, efectivamente, de los partidos de derecha radical que van floreciendo en la UE, de los senadores y  políticos más conservadores de EEUU, de la siempre maniobrante y sibilina diplomacia rusa, directamente o por interpuestos.
Aunque yo creo que hay otro culpable que queda claramente señalado por los acontecimientos, hablo de San Jorge. No puede ser casualidad que los dos focos más graves del retroceso amalgamador que supuso la imperfecta UE le sean afectos. Si, si, Saint George patrón del Brexit, San Jordi patrón del Procés, así que tan poco es tanto disparate decir aquello de “Santiago y cierra España”, a ver si en las alturas pueden resolver lo que a pie de calle no parece que se pueda, no parece que se quiera, resolver, y lo hacemos antes de que lo diga Vox y nos deje sin representante  al que acogernos en esos mundos de dios, porque lo que diga Vox lo carga el diablo y ya no es utilizable. Véase, como ejemplo, la bandera. Santiago, y que cierre la cordura sin ideología, o sea España.

domingo, 27 de enero de 2019

Guatebuena o guatemejor


Asombra cada vez más esa capacidad desarrollada por algunas personas para leer lo que ellos quieren leer sin pararse ni un ápice en leer lo que realmente dice un texto. Y además se permiten discutir con el autor en base a lo que dicen haber leído sin dar ninguna credibilidad a lo que evidentemente dice el texto en cuestión.
Es obligación de todo el que escribe hacerlo con las palabras correctas, con la precisión de un ingeniero y la claridad de una ventana sin cristal, para cerciorarse de que lo que dice se corresponde con lo que quiere decir. Pero aun así habrá quien lea algo diferente a lo escrito. Y no hablamos de las lecturas entre líneas que algunos escritores cultivan, cultivamos, con esmero, no, si no de la interpretación absolutamente errónea del texto principal.
Es verdad que casi siempre estas posturas se corresponden con querencias ideológicas, casi siempre, que llevan a interpretar todo con el simplismo de lo bueno y lo malo.
Sin comerlo ni beberlo, sin ni siquiera pretenderlo, un escritor puede pasar de fascista irredento a rojo de mierda en el tiempo en que ciertos lectores tarden en leer el título de artículos que defienden lo mismo con distinta argumentación. Basta con que la postura no sea totalmente coincidente con los patrones de pensamiento aceptados en ese momento por el movimiento ideológico, o partido, al que el lector esté adscrito.
Me ha pasado recientemente con un artículo sobre la situación venezolana, en el que pretendía comentar la falta de información veraz con la que nos movemos y el cuidado que hay que poner en dar por bueno algo que, desde la distancia, puede parecer coincidente con nuestra forma de pensar pero sin dominar el entorno en el que se produce, ni las circunstancias.
Soy un convencido que el personajillo que dice gobernar Venezuela en nombre de los intereses que sea, y que él y los de los intereses sabrán, es un cáncer totalitario de los que hacen todo el daño que pueden antes de ser extirpados, no tienen cura, y que por tanto mi postura es absolutamente reprobatoria.
Pero también recuerdo que antes de Chavez Venezuela no era un paraíso para el pueblo en general, aunque si para una oligarquía feroz y acaparadora. ¿Puedo desde aquí presuponer que el señor Guaidó, que en principio tiene mayores simpatías para mí que Maduro, no va a representar a otros intereses, de otro signo o nacionalidad, que no sean también perjudiciales para los pobladores de aquel país? Pues no, no lo puedo presuponer. Ni la historia ni lo poco que sé del nuevo presidente venezolano me invitan al optimismo de pensar en un país libre de las garras extranjeras y donde la sociedad sea igualitaria y se beneficie de sus riquezas. No puedo, imposible. ¿Quiere esto decir que prefiero que siga Maduro? Ni de broma. Sus bufonadas permanentes me llevan de la vergüenza ajena a la incredulidad, del bochorno a la conmiseración por los gobernados, y a la indignación. Solo un muñeco articulado puede ser tan nefasto y gobernar.
Cuando uno está en lo peor, y posiblemente Venezuela lo está o lo roza, cualquier otra cosa es mejor, pero a veces lo mejor es enemigo de lo bueno, y eso si me preocupa.
Como me preocupan, y mucho, los apoyos recibidos por el señor Guaidó. Pienso que si yo recibiera el apoyo a mis ideas de Trump o de Bolsonaro, abriría con carácter de urgencia una honda reflexión sobre mis ideas, con la esperanza de que ellos estuvieran equivocados al apoyarme.
En fin, que cada uno lee lo que quiere o lo que su mente le permite. Espero que esta vez mi reflexión se entienda un poco mejor que la anterior.  Al menos por parte de los que a la hora de leer, de charlar o de debatir, usan la plantilla ideológica para poder posicionarse, y de paso posicionar a los demás que es lo que más les divierte y satisface.
Venezolanos, mucha suerte, la vais a necesitar suceda lo que suceda, y, sobre todo, no cejéis en la lucha por conseguir un país libre, igualitario y justo.

La extrema decepción


Hemos construido un mundo, o nos han construido un mundo, que solo puede entenderse desde la posición ideológica. Un mundo de enfrentamientos por nada, de confrontaciones nimias, de declaraciones altisonantes y nulas realidades. Un mundo que solo puedes comprar como militante, término que califica a los forofos de una ideología, y que ignora de forma sistemática y contumaz a la mayoría de ciudadanos que ni comulgan con muchos de sus postulados, ni participan de las periódicas demostraciones de autosatisfacción partidaria, ni compran las repetidas mentiras usadas para intentar marcar una diferencia con la ideología colega y contraria.
Y ahora, cuando el ciudadano harto ya de estar harto ya se cansó y, como todos los que se cabrean para adentro y durante mucho tiempo, explota otorgando su voto, su grito, su cabreo, a partidos populistas y extremos, ya sé que esto es redundante pero conviene redundarlo, estos personajes instalados en su pretendida, y ampliamente vendida, superioridad ética vienen a decirnos lo equivocados que estamos y en que peligros incurrimos al votarlos.
Es cierto, los partidos extremos son peligrosos, su falta de rigor en el análisis, su absoluta falta de criterio en la adopción de medidas y su marcado carácter  marxista, de los Hermanos Marx no del otro, en cuanto a su desfachatez para adaptar sus criterios a lo que haga falta, los hace no solo extremos en sus ideologías y sus acciones, sino extremadamente peligrosos en su implantación social y su deriva inevitablemente totalitaria.
Tuvimos hace unos pocos años una explosión de izquierda radical que va remitiendo y ahora asistimos a una explosión de derecha radical que también espero que remita. Lo curioso es que la izquierda radical fue acogida con cierta simpatía y la derecha radical es acogida con grandes aspavientos. Cuando lo radical aún no es extremo, cuando la base es más populista que ideológica, ni la simpatía ni los aspavientos son de recibo. Son como la fiebre, un síntoma que debe de hacer que nos examinemos con rigor para localizar la dolencia y actuar en consecuencia. Y siempre tener en cuenta que, a pesar de miradas interesadas o deformadas históricamente, la extrema derecha en el mundo no tiene más muertos que la extrema izquierda ni sus métodos, totalitarismo y terror, son diferentes.
Como siempre la teoría deja sensación de poca concreción, así que intentemos hacer una proyección de la teoría sobre un problema concreto. Podríamos elegir: violencia de género, globalización, delincuencia callejera, ocupación mafiosa, educación, inmigración…
Creo que la inmigración nos puede dar una visión exacta del problema, de las posturas adoptadas y de una solución razonable, aceptable.
Dice la izquierda radical que hay que garantizar la libre circulación, la eliminación de fronteras. Y a mí me parece una posición loable, ideal intelectualmente hablando, pero irrealizable a corto plazo, imposible sin un trabajo previo y largo que permita la práctica real de ese ideal.
Dice la derecha radical que hay que cerrar las fronteras y expulsar a los inmigrantes porque la economía no soporta la avalancha continua de personas sin objetivo ni capacidad de integración en un sistema ya dañado. Y tiene una antipática, en el sentido literal de la palabra, razón. Un sistema incapaz de generar  ocupación y sin reglas para una integración eficaz solo puede crear bolsas de miseria, de marginación y guetos que al fin y a la postre acaban derivando en delincuencia.
Pero la razón de la derecha es torticera y oculta realidades sociales incuestionables, realidades de necesidad, de conveniencia, de humanidad, así como la razón de la izquierda es puramente estética y se desentiende de los problemas sociales generados a posteriori. Se desentiende y demoniza a aquellos que quieran ponerlos a la vista de todos.
La sociedad española actual necesita imperativamente la inmigración. Basta con pasar nuestra mirada por el día a día de nuestros ancianos o por nuestra variable demográfica. La casi totalidad de los cuidadores domésticos, municipales o residenciales, son inmigrantes, personas que han hecho de su necesidad paliativo de la nuestra y de la de nuestros mayores, que aportan su dedicación, y en muchos casos su cariño, a tareas que no son especialmente amables, ni están especialmente bien remuneradas, y que lo hacen a pesar de que las leyes y cierta parte de la sociedad les  ponen trabas y los señalan. Y quién habla de nuestros ancianos habla de la construcción, de la hostelería, de todos los empleos de baja cualificación que quedarían desiertos si no fuera por ellos.  Y cada vez más los niños nacidos son de progenitores inmigrantes.
Y es en este punto de necesidad donde primero se confrontan las peregrinas ideas ideológicas. Donde la realidad, el día a día, desmonta las peregrinas ideas de la izquierda y de la derecha que llevan a la sociedad a rebelarse contra posturas que ignoran los problemas del ciudadano de a pié.
Porque si bien es cierto que necesitamos la inmigración, que nuestra baja tasa de natalidad y nuestra decadencia laboral en la que todos aspiramos a lo máximo sin reparar en lo imprescindible y creamos leyes y condiciones que traban o imposibilitan la necesidad, también es cierto que un país no puede acoger indiscriminadamente a todo el que llame a su puerta, ni mucho menos al que la fuerce.
Hay casos de lesa humanidad en los que acoger al que lo pide es una obligación moral, casos en los que la huida de la guerra, del genocidio, de la barbarie violenta hacen irrenunciable la acogida, pero ni todos son estos, ni estos son todos.
Porque la inmigración ilegal e indiscriminada, parte de ella,  tiene consecuencias perversas para la economía, para la cultura y para la convivencia.
España tiene cuatro vías abiertas a la inmigración, pero sangra especialmente por una y se queja fundamentalmente de tres: la sudamericana, la africana, la china y la europea, siendo esta última de tres clases, la de los jubilados con países con mejor renta que la nuestra, menos sol y menos calidad de vida, la de la delincuencia internacional  y en este mismo grupo están también profesionales de Europa del este altamente cualificados en sus países y que en el nuestro desempeñan labores muy por debajo de su valía.
Curiosamente esta última que representa en su mayor parte una afrenta a nuestra cultura, hay jubilados ingleses y alemanes que después de años no saben decir buenos días en nuestro idioma y que se niegan a convivir con los españoles, y un foco de delincuencia de alto nivel mucho más peligrosa aunque menos molesta que la de los raterillos de poca monta o los extorsionadores de semáforos, que pertenecen al mismo grupo, es la que menos rechazo provoca en la población media, porque ni se le suponen ayudas oficiales, ni hacen ruido cuando entran.
Los chinos, esa multitud que no se sabe ni cuándo viene, ni en que cupos, ni cuándo se va, ni si se va, se han apoderado del antiguo comercio de barrio, de la típica tienda de ultramarinos, de la droguería, de la tienda de electricidad y de todo el comercio minorista, y ya no tan minorista, e incluso empieza a ser habitual verlos al frente de pequeños negocios de hostelería. La queja habitual es que tienen condiciones especiales en los impuestos, la explicación habitual es que el gobierno chino se hace cargo de los impuestos durante un tiempo. Mi principal preocupación con este colectivo es que estoy viendo que cualquier día pido unos callos y me ponen rollitos de primavera. También es cierto que últimamente se aprecia una cierta integración en la sociedad y empiezas a observar chinos de segunda generación perfectamente inmersos en la sociedad española. Hasta sus mafias son internas y no afectan a los ciudadanos que no sean de su etnia.
La sudamericana es tal vez la inmigración más aceptada. Abandonan a la familia y se vienen con lo puesto para empezar a trabajar al día siguiente. Ocupan los espacios más humildes de la bolsa de trabajo disponible y su acervo cultural y lingüístico les permite integrarse desde el primer momento con el resto de la población española. No suelen requerir ayudas de ninguna clase y su labor es apreciada, seguramente por tener el mismo idioma, en las tareas de hogar y cuidado de personas mayores. Preocupan sobre todo las estructuras mafiosas, casi siempre juveniles, que a veces intentan imponer su ley en los barrios que van colonizando. Pero salvo este problema, que es de carácter policial más que social, y su tendencia a crear guetos por nacionalidades, no existen conflictos graves abiertos entre nativos e inmigrantes de este grupo.
Y ahora llegamos a la inmigración por la que sangra el problema: la africana. La inmigración musulmana del norte de África y la subsahariana. A las que podemos añadir la de países árabes en conflicto bélico o religioso. Son realmente la primera plana de la inmigración. Las pateras, los barcos repletos, el trabajo de las mafias que les facilitan los lamentables medios para que alcancen Europa o mueran en el intento. El problema de esta inmigración, que es la que todos utilizan para sus falacias políticas, es que se hace visible desde el primer momento violentando las fronteras para lograr el acceso a una sociedad en la que posteriormente rara vez se integran, ni laboral ni socialmente. Es verdad que en algunos casos porque recalan en países que no les ofrecen ninguna salida, pero en otros casos por su mismo rechazo, ético y religioso, hacia la sociedad que los acoge. Esta inmigración, además, sí es sospechosa de ayudas oficiales, nunca clara y fehacientemente desmentidas, lo que unido a sus demandas de cambio en la sociedad de acogida, utilizadas torticeramente por algunas tendencias políticas para sus propios fines, los hacen padecer un rechazo casi visceral.
Cuando se habla políticamente de la inmigración, sea a favor o en contra, suele ser casi exclusivamente de este grupo en el que se integran los colectivos que mayor rechazo social producen: los manteros, los musulmanes radicales, los terroristas venidos de zonas en conflicto…
Es a este grupo al que la izquierda radical dedica sus afanes solidarios. Al que la izquierda radical utiliza para llevar adelante sus afanes contra el catolicismo, ya sea como base de fiestas y tradiciones o como religión predominante, aunque cada vez menos, en la cultura e historia del país. Y ni esa cultura ni esa historia, ni esas tradiciones, van a ser rechazadas por la inmensa mayoría del pueblo español, no hoy al menos, por mucho que se ataquen o denigren. Y son esas actitudes, esa ceguera interesada ante los hechos, esa forma de fomentar lo ajeno frente a lo propio, lo que agita los fantasmas xenófobos que llevamos dentro
Es a este grupo al que la derecha radical habla de expulsar, de acabar con el top manta, de acabar con el peligro de atentados en nuestras calles, de acabar con la intromisión en costumbres hondamente arraigadas en la sociedad española de origen, ya solo de origen, religioso como las Navidades o la Semana Santa. Es a este grupo al que señala la derecha radical cuando habla de peligros, de falta de integración y de conflictividad. Es a este grupo al que la derecha radical utiliza para agitar nuestros interiores fantasmas xenófobos.
La inmigración, toda, sin excepciones, es un problema, pero es un problema no porque vengan, que están en su derecho, no porque no se integren, que están en su derecho, no porque opinen y se manifiesten sobre nuestras costumbres, que están en su derecho, no. La inmigración es un problema porque tanto la derecha radical como la izquierda radical la utilizan para sus propósitos no declarados. Unos se exceden en su permisividad, los otros en su intolerancia, y ni los unos ni los otros se preocupan lo más mínimo por resolver el problema.
Tal como ya había dicho, esta posibilidad de análisis existe para cada uno de los problemas que integran los ideológicos idearios de los partidos radicales. Fantasmas que se mueven al albur de las necesidades de desacreditar al otro bando, que toman cuerpo de heridas sociales abiertas y que se alimentan con bulos nunca desmentidos, con hechos aislados presentados como norma y viejos rencores que la historia no ha cerrado.
Ni la derecha radical representa a una mayoría de la población española ni tampoco lo hace la izquierda radical. Lo único que representan, ambas, son la extrema, la radical, decepción de un pueblo que se siente cada vez menos interesado por un sistema político plagado de errores de representación en los que se persevera por interés de los partidos que administran la partidocracia.
Ante la extrema decepción, listas abiertas y circunscripción única ya.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Va de pulpos


Más despistada que un pulpo en un garaje. Así se encuentra la izquierda en estos momentos, y el problema no es que esté despistada es que está empecinada, es que pretende perseverar en el error de considerar a cualquiera culpable antes que a ellos mismos, en el error de dirigir a una sociedad en vez de liderarla, en el ridículo y soberbio error de decirle a los ciudadanos lo que tiene que pensar en vez de escuchar lo que piensan.
Porque esos son los grandes errores de una izquierda más interesada en sentirse moralmente superior, en imponer su criterio por los medios que sea, en ser más una anti derecha que una fuerza progresista, y la sociedad, los votantes, no se lo perdonan.
Hace no mucho hablaba de la ley del péndulo y sus consecuencias cuando pretende ignorarse. Cuanto mayor sea el desplazamiento hacia uno de los lados mayor será la violencia del retorno, y en eso estamos. La izquierda, en realidad cualquier fuerza política, acostumbra a confundir a los votantes con los afines. Acostumbran a confundir el ideario popular con su ideario ideológico. Acostumbran a confundir, para desgracia de todos, el ejercicio del gobierno con la detentación del poder. Y así nos va, y así les va.
No se puede decir en serio que hay que parar a la ultraderecha en Andalucía mientras uno se perpetúa en una posición de gobernante nacional obtenida con el apoyo de unas fuerzas nacionalistas que no tienen más apoyo en Europa que las fuerzas de extrema derecha ni más objetivo que la subversión del orden que el gobierno dice defender. No se puede y la gente, los ciudadanos de a pié, esos que no son militantes y no compran las mentiras por el simple hecho de que las dice quién las dice, se revuelven y van acumulando inquina que les brota por la ranura de una urna.
Pero nadie parece decírselo a ese proyecto inconcluso, o incapaz, no tengo claro cuál de los dos atributos le corresponde, o si le corresponden los dos, de líderes con maneras absolutistas que la izquierda ha puesto en juego.
No se puede hablar de los peligros de la extrema derecha y mirar hacia otro lado cuando se habla de la extrema izquierda que tiene los mismos objetivos y, prácticamente, iguales métodos. No se puede hablar de extrema derecha insinuando las camisas azules, o pardas, o negras, a la imaginación de la gente y no hablar de la extrema izquierda, enmascarándola como izquierda radical, olvidando sus episodios, tan sangrientos como los otros, aunque fueran llevados a cabo con camisa de otro color, o descoloridas. O todos tirios, o todos troyanos. O todos extremos, o todos radicales. Y sin miedo, sin miedos, sin aspavientos.
No se puede acusar a la derecha de la extrema derecha cuando esta florece por la continua afrenta que sufre en sus convicciones por el frentismo de esa izquierda más preocupada por pasear cadáveres, por subir los impuestos, por ignorar al ciudadano individual que tiene sus inquietudes e intentar difuminarlos en una masa sin cabeza. No la extrema derecha la provoca la izquierda del mismo modo que a la extrema izquierda la alimenta la derecha. Y cuanto más radicales sean izquierdas y derechas más extremas serán sus réplicas.
El ciudadano medio está indignado con la gestión de la inmigración, con la justicia de género, con la memoria histórica vista con un solo hemisferio, con las insinuaciones permanentes de subidas de impuestos, con varios meses de ineficacia, con la incapacidad de solucionar de una forma eficaz el problema de los nacionalismos, con una legalidad solo interesada en los pudientes, con…
Lo lamentable es que el pulpo de la izquierda es de la misma raza que el pulpo de la derecha y lo único que sucede es que de momento solo se puede activar un pulpo cada vez. De momento.

martes, 11 de septiembre de 2018

Hacerse los suecos


Lo decía el otro día en el artículo “Vivir en el extrarradio”. Lo decía y el incremento de votos de la extrema derecha en toda la Europa civilizada demuestra hasta qué punto la multiculturalidad como norma de convivencia es un erial imposible de repoblar. Como la ignorancia de la voluntad popular por sus teóricos representantes es un camino ya fatalmente recorrido.
El gran problema de Europa a día de hoy es eminentemente político, aunque los políticos quieran hacernos ver que es cultural, ideológico o ético. Y es político porque el sistema democrático utilizado como una herramienta para llegar al poder accesible y no como una vía para lograr una evolución de la sociedad, es parte del problema. La democracia, como concepto vacío de representatividad, como instrumento de engaño semántico, como muleta que hurta al ciudadano su propio valor, como falacia utilizada contra su propia esencia, es la primera víctima del complot.
El sistema de bloques izquierda derecha  ha caducado hace tanto que sus estertores nos están sumiendo en los miasmas de su putrefacción. Solo esa división en bloques de la sociedad, y los desesperados esfuerzos fiscales y educativos para evitar que puedan superarse, justifican la existencia de determinadas organizaciones que lo único que aportan es gasto de los presupuestos y permitir el medraje habitual de los mediocres. Solo esa justificación de enfrentamiento de clases mantenidas por los mismos que dicen combatirlas permite que una cierta élite de auto elegidos, aunque ratificados cada cuatro años por nosotros, sin valores éticos ni intelectuales apreciables, organice esta sociedad para que no progrese.
Los papeles asignados a estas izquierdas y estas derechas son tan semejantes, tan iguales, tan intercambiables, que es fácil ver los hilos que mueven a los muñecos. Basta con identificar al protagonista real de la democracia, el ciudadano, el individuo, el elector, que armado de su voto se dirige a la urna dispuesto a ejercer su responsabilidad: elegir a los representantes de su sentir público. ¿Qué resulta de su acción? Un fraude
Empieza por comprobar que no puede elegir a las personas que considera idóneas para configurar una cámara representativa, sí no que tiene que votar una lista de desconocidos a los que no confiaría ni siquiera la lista de la compra. Con los que puede cruzarse en la calle sin reconocer ni sus caras ni sus funciones, posiblemente las más conocidas de las cuales sean apretar el botón que le diga el responsable de turno en las votaciones y cobrar a final de mes.
Continúa por desconocer cuál es el valor real de su voto que varía según el lugar en el que ejerza la acción y que conculca el principio fundamental de la democracia en el que todos los ciudadanos son iguales: ante la ley y ante las urnas.
Si ha conseguido tragar con las dos consideraciones anteriores tendrá que votar según un programa electoral redactado con palabras equívocas, con recovecos insondables y con la clara vocación de ser incumplido, la experiencia lo avala, cada vez que al partido en el poder lo considere conveniente.
¿Y quién defiende las necesidades reales, de a pie, del día a día de los ciudadanos? Nadie, o todos. Todos dicen defenderlas, pero nadie, sean izquierdas o derechas, tienen el más mínimo interés en representar a esas personas que a diario se ven enredadas en un lenguaje ambiguamente desposeído de significado, en una administración agresiva y lesiva para el ciudadano común y corriente, con una justicia incomprensible y económicamente inalcanzable, con unas instituciones que funcionan de espaldas a quienes dicen representar, en una planificación del futuro ajena a sus expectativas: educativas, económicas, convivenciales.
Solo cambia el enfoque con el que el ciudadano es ignorado en sus expectativas una vez que su único valor, el voto, ha sido captado. Las derechas buscarán la ignorancia del individuo, del ciudadano, del votante, favoreciendo la preponderancia económica de las grandes fortunas, su cada vez mayor enriquecimiento. Y las izquierdas buscarán la preponderancia del estado sobre el individuo, sobre el votante, sobre el ciudadano, excusados en un reparto del que solo el estado se favorece empobreciendo a los que lo componen. En ningún caso existe la intención de proyectar un futuro en libertad, en formación libre y comprometida con los valores, en justicia transparente, o en una sociedad económicamente viable, libre del acaparamiento, libre del enriquecimiento por encima de las necesidades, o libre de la pobreza de un sistema impositivo feroz.
Así que el ciudadano acaba votando a aquel que dice lo que quiere oír, aunque sea consciente de que no lo va a cumplir. Al fin y al cabo tampoco lo van a cumplir los otros y al menos se regala el oído. Desgraciadamente lo que si van a cumplir los populismos es arrasar con la libertad en nombre de la libertad, es arruinar a la sociedad en nombre de una sociedad más económicamente igualitaria, es promover el pensamiento único en nombre de su razón y su verdad. Y el ciudadano, como antes, como ahora, será la víctima de unos poderes que ni controla ni sabe cómo enfrentar, pero que siempre parecen salir triunfantes.
Recuerdo un chiste de Hermano Lobo en el que alguien ofrecía al “pueblo” una disyuntiva: “Nosotros o el caos”, a lo que el pueblo contestaba: “El caos, el caos”, “da igual, también somos nosotros” reflexionaba el oferente.
Pues eso, de tanto hacerse los políticos del intercambio los suecos a cuenta de los ciudadanos han visto como los ciudadanos se hacían los suecos votando una opción populista, populista de extrema derecha esta vez. Bueno, en realidad esta vez no se hacían los suecos, ERAN SUECOS, y además se lo hacían.

lunes, 9 de abril de 2018

Una Europa con malas vibraciones


Anda la gente, la interesada en la política, con humores exaltados y división de opiniones. Ando yo preocupado por lo despistada que parece la grey. Despistada e incapaz de usar la inteligencia para deshacerse de esa visión ideológica que está contribuyendo a hacer de este mundo un lugar inhabitable, un ring en el que un tercio de la humanidad se despedaza contra otro tercio en base a intereses que no son los suyos, en tanto el tercio restante se divide en unos pocos que se frotan las manos viendo lo bien que lo están haciendo y el resto que se pregunta a que juegan los demás. Solo llevamos poco más de dos siglos de ideologías predominantes y ya la humanidad parece irremediablemente dividida.
Anda el catalanismo exaltado, y el españolismo deprimido. Andan ambos bastante despistados. Andan las ideologías alineadas al revés según el ámbito en el que se muevan. Porque al fin y al cabo las ideologías sirven, y a tal fin se aplican, más para poner de relieve las debilidades o errores de la ideología contraria que para representar a los ciudadanos.
Así que ni las de izquierdas, ni las de derechas, son tales, ya que tienen diferente opinión sobre un mismo tema si gobiernan o si están en la oposición. Y en ninguno de ambos casos, ni en cualquier otro hipotético, les importa un pimiento cuales son las  necesidades, las carencias o las aspiraciones que puedan tener los ciudadanos a los que dicen representar.
Andan los independentistas, no solo los catalanes, como en una nube sin reparar en que nadie les ha dado la razón. Su euforia obedece más a que la sentencia supone un revés para el gobierno español que porque suponga un respaldo a ninguna de sus reivindicaciones.
Es cierto que un tribunal regional alemán, tomando atribuciones superiores a las que al euro orden le confiere y erigiéndose en instancia superior al Tribunal Supremo español, ha resuelto conforme a la percepción alemana respecto a España. Claro que  quedaría por preguntarse si esos mismos jueces juzgarían igual esos hechos si hubieran tenido lugar en Alemania.
Lo cierto es que la resolución abre una vía peligrosísima para Europa en su conjunto ya que a partir de aquí cada estado en el que se refugie un presunto delincuente se considerará con derecho a prejuzgar el delito según sus propias normas y sensibilidades, que no son aquellas en las que se produjeron los hechos. Esto conculca todo el pacto de confianza mutua en el que se basan muchas de las normas internacionales entre los países miembros, pero como toda resolución judicial, si se ajusta a derecho, ahí está, y las consecuencias serán las que el tiempo diga y los movimientos anti europeos  sean capaces de manejar a su favor.
Mucha gente en la izquierda, y en la extrema derecha se sienten felices por lo sucedido y alegan que esto abre el camino hacia una Europa más justa. Y es que solemos pensar que solo hay dos opciones sobre cualquier realidad, la actual y la que a cada uno nos gustaría. Desgraciadamente entre la realidad y la utopía, tal como cada uno la conciba, existen un sinfín de distopías, y esta resolución favorece más a la distopía de una Europa rota y llena de banderas y fronteras que a la Europa que la izquierda, o las extremas derechas de toda la Unión, nos quieren presentar y que no han sido capaces de hacer realidad ni gobernando.
Tengo claro de que Europa nos hablan, sobre todo la izquierda. Tengo muy clara mi utopía europea con los ciudadanos en primer término, una democracia real y donde la libertad, la igualdad y la justicia hayan logrado deshacerse de las ideologías. Y yo la firmaría, ahora mismo, pero también tengo claro de qué mundo habla el independentismo catalán y muchos de los que internacionalmente lo apoyan y eso sí que no lo quiero ni para mí ni para mis hijos. La vuelta a la Europa de principios del XX y a lo que llevó me parece absolutamente inaceptable.
De momento cierto juzgado regional alemán ha demostrado que la Europa que pretendemos ni existe, ni tiene visos de existir. Ha demostrado que desde un juzgado regional alemán se puede poner en cuestión todo el entramado diplomático que nos ha traído hasta aquí. No, la Europa que tenemos no es ideal, la que nos proponen los nacionalismos tampoco, y la que se atisba tras la sentencia, con un punto de soberbia inaceptable, es aún peor.
Al final, si nadie lo evita, habrá que converger con los anti sistema y aceptar que la única forma de construir desde donde estamos es primero tirar todo abajo. Pero da miedo.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Un barquito chiquitito

Hay una canción popular que habla de un barquito chiquitito que no podía, que no sabía navegar. Apenas dos estrofas más adelante aclara: “Si esta historia parece corta, volveremos, volveremos a empezar”. Es una canción sin fin, como la de los elefantes en la tela de la araña o el cuento de la buena pipa.
Pero parece que esto del sin fin, o el sinfín, que aunque no son sinónimos son sinérgicos a algunos fines, no es solo propio de los tornillos, las canciones o los cuentos, que no solo afecta a las máquinas de movimiento perenne, a la dimensión infinita del universo o al eterno fluir de la existencia y la inexistencia. No, parece que la política en su permanente disparate ha alcanzado también el concepto inabarcable de lo inacabable.
Es verdad que sería tentador, casi identitario, elegir el enredo elefantiásico en una tela de araña para hablar del problema catalán, que la suma de elefantes de la extrema derecha, de la extrema izquierda y del extremo populismo europeos y nacionales no parece que vaya a conseguir romper la tela legal española, ni europea, que el entramado de mentiras y verdades parciales sería digno de una araña ingeniero de estructuras imposibles e inalterables, pero he elegido el barquito chiquitito porque da una dimensión más real de lo que es Cataluña, a pesar de esa soberbia que la lleva, históricamente, a pretender ser lo que nunca ha sido, a pretenderlo incluso en tiempos en los que la tal pretensión choca con la tendencia general de un mundo que se está organizando en bloques. Aunque es posible, dado el carácter general de soberbia del que hacen gala, que lo hagan precisamente por eso, por llevar la contraria, o porque no han sido ellos los que lo han empezado.
Me recuerda, esta última posibilidad, a una experiencia con mi hijo. Tendría tres o cuatro años cuando tomó por costumbre armar la marimorena si alguien de la familia cruzaba un semáforo antes de que él lo dijera. Ni la circulación de Madrid, ni los tiempos programados de los semáforos, ni la paciencia familiar, daban para andar con esas historias, por lo que el niño acababa volviendo a casa con una perra de no te menees, con algún cogotazo que otro y a rastras. Siempre, y en esto también encuentro un cierto paralelismo, te cruzabas con algún ciudadano biempensante y que no tenía que aguantar las tonterías del niño y te miraba con aire reprobatorio a ti y de cierta, distante, solidaridad, al niño. Estaba claro que no era el suyo, el niño me refiero, y que ni siquiera sabía de qué iba el tema, pero, como dice mi mujer, y yo ratifico, no hay nada más fácil que educar a los hijos de los demás. Ni nada más fácil que solidarizarse con las opiniones que nos son ajenas, en el tiempo, en el espacio y en la posición. Me gustaría ver a esos padres, políticos o periodistas bregando con el mismo problema en su propia casa.
Pero hablábamos de barcos, por más que les llamemos barquitos y los hagamos protagonistas de una canción sin fin. Porque lo que me ha llevado, a la hora de escoger un hilo discursivo, a elegir esta canción sobre las demás opciones han sido sobre todo dos razones, que hablaba de barcos, como el tema catalán, y ese final tan propio de este recurrente problema europeo en el que todo episodio se cierra con un volveremos, volveremos a empezar. Exacto, como el barquito chiquitito de la canción.
Porque reclamar las reglas democráticas cuando se están conculcando, es hablar de barcos. Porque contar los votos como interesa, y no como son, en busca de un respaldo mayoritario inexistente, es hablar de barcos. Porque hablar en nombre de un pueblo fragmentado arrogándose una unidad que no existe, es hablar de barcos. Porque imponer el criterio de la minoría obviando, despreciando, ninguneando a la mayoría, es hablar de barcos. Porque hablar de derechos internacionales sin tener el respaldo de ningún organismo internacional, es hablar de barcos. Porque intentar crear un orden legal partiendo de una ilegalidad, es hablar de barcos. Porque tildar de fascistas a los que no opinan como ellos mientras son respaldados por toda la extrema derecha europea, es hablar de barcos, en realidad de una flota entera. Porque reclamar  para uno lo que niega a los demás, es hablar de barcos. Porque intentar pasar una lista de agravios provocadas por la propia actuación, es hablar de barcos. Porque intentar imponer una historia inventada a un pueblo y pretender que los demás se la compren, es hablar de barcos, bueno, en realidad de barquitos, de barquitos chiquititos.
Lo único grande en todo este despropósito es el rencor acumulado, el frentismo entre las personas, el tiempo que habrá de transcurrir hasta que el sentimiento pueda normalizarse, la utilización de la buena voluntad de parte de un pueblo para cumplimentar satisfacciones, ambiciones personales, cuando no para tapar corruptelas familiares.

Sinceramente creo, y así lo quiero contar, que el 21 de diciembre a las 12 de la noche en Cataluña, en España, y en toda Europa solo se cantaba una canción, un estribillo: “Volveremos, volveremos a empezar”. Y allá para algún momento del año 2018, repetiremos.

lunes, 30 de octubre de 2017

Política climática

“Después de la tempestad llega la calma”. Ttodo el mundo que me lee, y que tiene la paciencia de escucharme, conoce de mí agradecimiento a dichos y refranes que de forma tan acertada expresan las situaciones. El problema de aplicar estas frases es que a pesar de su implícita sabiduría, de su contrastada lección de cordura, mal aplicadas nos pueden llevar al despiste.
La calma, como casi todo es mundo sabe, es esa situación en la que aparentemente no sucede nada, y solo se puede apreciar por el contraste inmediatamente anterior o posterior con su ausencia. Pero a veces, tal vez demasiadas, se cometen dos errores fundamentales a la hora de aplicar la fase inicial. El primer error es confundir la calma con algún sinónimo de aparente identidad. La calma no es la parsimonia, ni es la tranquilidad, ni es la ausencia de acción. La segunda es no evaluar correctamente la ausencia de calma, o sea confundir una tempestad con un huracán. La tempestad es un frente que pasa y deja una calma sin fecha límite. Pero existe también calma en el ojo del huracán, una calma expectante que tiene como límite el paso del resto del huracán. Es verdad que a veces los huracanes se deshacen espontáneamente, o pierden fuerza en su camino, pero no debemos de recrearnos en tal expectativa.
Y a mí me parece que en esas estamos, que a pesar de que la sensación general es balsámica, de tranquilidad aparente, de una cierta felicidad por lo que pudo ser y parece que no va a ser, hablo de Cataluña, estamos aún en el ojo del huracán. Estamos viendo el sol y disfrutándolo como compensación de todo un largo periodo tormentoso. Un periodo de tiempo donde se perdieron las formas, las institucionales y las personales, donde se perdieron las perspectivas, las temporales y las éticas, donde se perdió el tiempo, el económico y el vital, sin otro fin lógico que satisfacer ciertas soberbias, personales, políticas e, incluso, xenófobas.
Es posible, parece probable, que esas aspiraciones que el tiempo calificará más adecuadamente que la inmediatez que ahora vivimos, que esa perversión y retorcimiento del lenguaje del que se han valido para reclamar como propias aspiraciones que nunca dejaron de ser generales, hayan dejado paso a unos momentos más relajados. Pero en el relax está el peligro, en la falta de perspectiva de que el huracán solo ha puesto sobre nosotros su ojo, pero su parte activa ha dejado un frente, tal vez varios, que empezaremos a sufrir en cuanto esta calma aparente toque a su fin, tal vez mañana sin esperar más.
Me preocupa que el sentimiento de reivindicación de lo español que ha surgido como contestación al desafío planteado desde Cataluña, lleve a algunos a justificar los comportamientos extremistas que tanto daño han hecho históricamente a nuestro país. España tiene que empezar a ser de todos y esa actitudes solo intentan reivindicar una propiedad del sentimiento y los emblemas que excluiría a la mayoría de los ciudadanos españoles. No, los extremos siempre se tocan y yo no veo diferencias entre la extrema derecha y la extrema izquierda. Ambas persiguen decirnos como tiene que ser el mundo en el que queremos convivir, sin matices, sin libertades, sin capacidad para disentir o para aportar opiniones. Los extremismos son el pensamiento único y la persecución de los que no  se acomoden a su totalidad.
Pero tal vez, con ser el peligro más evidente, no es el único ni el mayor. Lo sucedido y los compromisos adquiridos nos abocan a una revisión de la constitución, y ese sí que es un peligro grave, porque hay tantas reivindicaciones, tantos anhelos, tantos funcionamientos mejorables vistos durante estos años, tantas sensibilidades que no se sienten representadas por la actual redacción, que miedo me da pensar en cómo cerrarla una vez que se haya abierto.
La ley electoral, el encaje territorial, el reparto de las competencias, monarquía o república, el respeto a los fueros particulares que suponen un beneficio sobre los demás territorios, y tantos otros grandes y pequeños melones que estamos deseando abrir y que puede ser complicado acordar para su aprobación.
Se avecinan tiempos difíciles y eso me hace buscar entre los que hay a los timoneles adecuados para capear el temporal, y a los que veo, los que actualmente están a los mandos, no me inspiran ninguna confianza. Más preocupados de la ideología que del bien común, más preocupados por el poder que por el servir, más apegados al triunfo personal que al triunfo de la razón y del Estado.

Si, tras la tempestad llega la calma, pero en el ojo del huracán la calma es una situación transitoria. Transitoria y engañosa. Pintan bastos.

martes, 10 de octubre de 2017

Éramos pocos y parió la abuela, cuando los extremos se tocan

Éramos pocos y parió la abuela, dice el dicho. ¿A quién alimenta la extrema izquierda? A la extrema derecha. ¿A quién alimenta la extrema derecha? A la extrema izquierda. Dios los cría y ellos se juntan, sigue diciendo el saber popular, que sabe mucho, aunque sea de forma parda. También se dice que los extremos se tocan haciendo referencia a que llegados al extremo es difícil separar los métodos y los fines, aunque para lo que nos ocupa  habría que decir que los totalitarismos se tocan.
Era inevitable, yo creo que en realidad estaba perfectamente previsto por los estrategas al uso, que la presión sobre España, antes o después, haría salir el sentimiento español que el pueblo guarda para los deportes y algunas, pocas, ocasiones más. Y cuando aflorara ese sentimiento de reivindicación patriótica, habitual en todos los pueblos del mundo, sucedería algo que solo sucede en España, usar la resaca postfranquista para identificar español y fascista, para identificar los símbolos y reivindicaciones del estado con un movimiento heredero del Movimiento que en su día Franco utilizó para apoderarse de los símbolos de todos.
Y ya puestos en esta tesitura era fácil suponer, y ha sucedido, que la dormida extrema derecha nacional sacara la cabeza para reivindicar un protagonismo que nadie le ha conferido y que nadie le debería de reconocer. Pero, al igual que la CUP en la parte catalana, los fascistas de signo contrario en la parte española se retroalimentan y justifican mutuamente.
Hablan los unos de trabajadores, de cooperativismo, de desobediencia, de anticapitalismo, de libertad, de romper el sistema para erigirse ellos en sistema y laminar cualquier atisbo de libertad o democracia. Hablan los otros de unidad, de grandeza, de raza y de libertad, de romper el sistema para erigirse ellos en salvadores de la patria, patria única sin atisbo de libertad o democracia. Hablan ambos, como si fueran diferentes siendo los mismos, de cómo el mundo sería mejor como ellos lo conciben, eso sí sin consensuar ese mundo con nadie más que con ellos mismos e imponiéndolo por los métodos que consideren necesarios, purgas, asesinatos, pensamiento único, represión a todos los niveles.
Hablan de distintos valores, tienen distintas banderas, cantan diferentes canciones y reclaman al pueblo como propio sin otro fin, común, que imponerle su moral, su sentido político y su élite, para sojuzgarlo.  No nos engañemos, recurramos al refranero para saber que son los mismos perros con distintos collares. Tanto unos como otros no buscan otra cosa que imponernos su Verdad, la que les confiere el grado de elegidos y las prebendas de los salvadores indiscutibles.
Es fácil, en medio de la algarada, en medio de las reivindicaciones, identificarnos con esos tipos simpáticos, descarados, osados,  que llevan lo que estamos pidiendo hasta un poco más allá de lo que nosotros nos atrevemos y nos hacen cómplices de su actitud desafiante y sin resquicios. Sí, es fácil que nos caigan simpáticos y que los jaleemos y nos hagamos unas emociones compartidas. Es tan fácil como difícil es darse cuenta de que cuando nosotros queramos parar ellos seguirán adelante y acabarán convirtiéndonos en sus enemigos y, llegado el momento, en sus víctimas.
Yo no puedo pedirle a los catalanes independentistas que se separen de la CUP, no se lo puedo pedir porque hace ya tiempo que se pusieron en sus manos, que les permitieron elaborar y dirigir sus estrategias y no les van a permitir que le pongan límites a su guerra en la que han logrado implicar a los dirigentes que deberían de haberles puesto coto. Por interés, puede, al principio, ahora porque no tienen más remedio.
Pero si puedo pedirle a todos los ciudadanos que de buena fe salen a la calle dispuestos a demostrar su sentido de españolidad sin anclajes políticos, sin afanes rememorantes, sin nostalgias de pasados difícilmente deseables, que no compartan, que no jaleen, que no toleren a los que aprovechan el río revuelto para mejorar como pescadores. Todo en la vida tiene un límite, y el de los ciudadanos debe de estar donde empiezan los extremos. Además hay que tener en cuenta eso mismo que el pueblo ha acuñado como frase referente: “dime con quién andas y te diré quién eres”, o quién acabarás siendo. Negaros siempre a ser cómplices, simpatizantes, colegas de calle, de aquellos que no tienen otro fin que el suyo y se aprovechan de vuestro ruido, de vuestro sentimiento y de vuestra presencia, para hacerlos de su propiedad. Para justificarse.
Frente al totalitarismo, democracia. Frente a libertad condicional, libertad real. Frente a pueblo, ciudadanos. Frente a intolerancia, fraternidad. Frente a ellos, nosotros, que somos más y mejores.

Y, puestos a no poner de mi parte ni una sola idea original, quisiera rematar esta reflexión con aquella frase que solía decir el Hermano Lobo: “El que avisa no es traidor, es avisador”. Pues eso, que en todas partes cuecen habas.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Cataluña se escribirá con C de CUP

Llegados a este punto solo cabe preguntarse si hay alguien que salga beneficiado de esta espiral disparatada en la que se ha convertido el desafío de los responsables de la Generalitat, y vease con que cuidado eludo el hablar de los catalanes. Y yo creo que sí, que en la deriva de algarada y desobediencia hay un triunfador neto, la única formación que perfectamente organizada y enfocada a esa forma de resolver sus pretensiones, está a la cabeza de las operaciones. Y esa formación es la CUP. A la CUP, tal como ellos mismos han declarado, la independencia de Cataluña les importa poco porque su objetivo prioritario es romper la UE, el estado español y, cuando toque, Cataluña, para formar un paraiso de extrema izquierda al margen de los sistemas actuales. Una especie de Corea del Norte a orillas del Mar Mediterraneo.

Pero tampoco seamos tan inocentes, y los hay que lo están siendo, de creer que la CUP tiene recursos y estructura suficiente por si misma para crear, manejar y sostener un desafío en toda regla contra un estado organizado y respaldado. No, hay manos que mueven a los títeres de la CUP, hay titiriteros expertos en la parte oculta del escenario, como hay muñecos rotos y prescindibles cuando hayan hecho el trabajo sucio que requiere preparar la parafernalia: Los muñecos de Junts Pel Si.

Quizás el virus conspiranoide se haya apoderado de mi y las fiebres del agotamiento producido por el permanente disparate me hagan fabular, pero creo que Cataluña, dependiendo del devenir del "procés" será una cuña en la UE o simplemente un experimento de ruptura de los estados que la componen. Alguien está utilizando a unos y a otros para diseñar, para ensayar, una estrategia a seguir en otros escenarios de la UE, y hay varios.

Si la secesión catalana triunfase tendrían la vía de acceso y la operativa perfectamente perfilada las organizaciones equivalentes de lugares como Córcega, Euskadi, Sicilia, Lombardía, y tantas pequeñas nacionalidades que reclaman su status dentro de la Europa, prioritariamente, e incluso fuera.

¿Y quién puede tener interés en ser el titiritero? Bueno, como en las películas de policías, lo primero que hay que buscar es a quién beneficia una desunión europea, y no soy tan pánfilo de pensar en política, pienso en comercio, pienso en mercado, pienso en influencia y potencia que se verían favorecidas por el desmoronamiento del bloque europeo. Y solo se me ocurren dos nombres, dos candidatos, dos países que por tamaño, riqueza y capacidad pueden aspirar a ocupar ese hueco que dejaría Europa. Y uno de ellos, además, está trabajando claramente a favor de los secesionistas.

Lo triste, lo lamentable, lo más increíble, es que los futuros muñecos rotos no se percaten de que no son nadie en toda esta historia, unos meros comparsas que serán barridos desde los dos lados en el momento en que se de la batalla definitiva, los tontos útiles que buscan la gloria de la historia y de ellos no va a quedar más mención que la que se le dedica a los traidores que vendieron a Viriato: Audax, Ditalcos y Minuros. ¿A que no os suenan los nombres?, pues lo mismo sucederá con los Más, Junqueras y Puigdemont de esta historia.

Suceda lo que suceda el día 1 la CUP ya sabe lo que va a hacer, y que triunfe o no la independencia, que afortunadamente para Cataluña, para España y para la UE, incluso para el concepto de civilización que tenemos la mayoría, va a ser que no, solo hará cambiar el momento de dar su golpe de gracia, de intentar asumir el poder de la calle y establecer una guerra de guerrilla urbana. En el escenario más probable, en realidad en el único posible, los activistas de la CUP y de todos los grupos antisistema del mundo, emboscados entre los catalanes de buena voluntad y creencias sinceras, bajo una falsa bandera de lucha por la libertad y una democracia en la que no creen, establecerán un ambiente de guerrilla urbana buscando la sangre de los heroes que den una vuelta más de tuerca al conflicto.

¿Y si Cataluña consiguiera la independencia? Entonces sería peor, entonces la CUP asestaría el golpe sobre las inseguras, incipientes y poco estables instituciones catalanes y abrirían la caja de Pandora para todo el mundo.

Espero estar equivocado. Espero por el bien de los catalanes y todos los españoles que esto no sea más que un relato de política ficción que yo me he montado en una tarde calurosa. Pero me temo que no, me temo que sea cual sea el escenario a partir del día 1 Cataluña se escribirá con C de CUP, y en esa guerra no valdrá hacer prisioneros.

Habrá que ver entonces en que posición, con que argumentos, se van a linear los equidistantes, los tibios, los que con su falta de rigor están favoreciendo este disparate, los "buenos" profesionales y confesionales incapaces de ver más allá de sus narices.