Mostrando entradas con la etiqueta ciudadanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciudadanos. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de febrero de 2022

Cartas sin franqueo (LV)- El pueblo insustancial

Tal vez tengas razón, me quejo tanto del uso inadecuado de las palabras, que la frecuencia de mi queja hace que se pierda parte de la hondura del sentimiento y de la gravedad de lo que denuncio. Mi misma queja incide en el daño irreparable que las malas artes políticas hacen al lenguaje, y la incapacidad de centrar los conceptos cuando queremos expresar alguna idea, porque ese concepto central de nuestra reflexión, debido a su uso continuo y perverso, ha perdido la esencia misma de su significado.

Así que cuando hablamos sobre este sujeto amplio, indeterminado, que a lo largo de la historia ha sido nombrado de varias formas, tengo que recurrir a definiciones complejas para evitar que mis palabras se asocien al concepto insustancial, manipulado y pervertido, que su utilización fraudulenta, por parte de los políticos, ha dejado tras su abuso.

Ya no puedo hablar de pueblo, porque el pueblo es esa masa amorfa cuya representación invocan todos los políticos sin que ninguno de ellos pueda justificarla con los apoyos recibidos, y en nombre de cuyo bien y bienestar toman las decisiones más perniciosas y contrarias al sentir de los que no los han votado. Ya no puedo hablar de la clase trabajadora, incluyamos el término obrero, porque el discurso marxista me retrotrae a una clase explotada, industrial, decimonónica, que nunca ha existido en España en general, aunque si en Cataluña, en Euskadi y en las zonas mineras. Tampoco puedo hablar de los humildes, de los pobres, porque mi concepto de los más desfavorecidos de la sociedad dista mucho de coincidir con la imagen que el populismo nos ha dejado asociado a ese término. Para que hablar de ciudadanos, que sirve lo mismo para dar nombre  a un partido político que no los contempla, que a una forma de dirigirse a la gente en general, otorgándole de palabra unos derechos, unas potestades, que sus propios actos les niegan. Tampoco puedo hablar de mayoría silenciosa, porque el término silencioso supone una actitud voluntaria, que no se corresponde con la realidad de mayoría acallada que realmente vivimos. Acallada con unos mecanismos de representación perversos que hurtan la posibilidad de demostrar la disconformidad.

Así que cuando quiero referirme a esa gente, a esas personas, que no se sienten identificadas con el forofismo militante de los que pretenden apropiarse de su representación, sin que ellos se la hayan otorgado, cuando quiero referirme a esa mayoritaria cantidad de la población adulta que sufre de hastío cada vez que oye las altisonantes palabras de los políticos en campaña, que no tienen otro objetivo que el aplauso fácil de los suyos, y la exhibición chulesca de su desfachatez, me encuentro con el problema de que no existe ya, lo han logrado, un término que me permita identificarlos.

Pero es en su nombre, en su acallamiento, en la suplantación de su representatividad, en el que se cometen toda suerte de bellaquerías, infamias y falsedades. Es en el vaciamiento del significado real de su nombre que se les ningunea, ignora, somete y, en muchos casos, humilla, con el descaro del que presupone su impunidad frente a las tropelías cometidas.

Tal vez pudiera hablar de todo el mundo, concretar en todo el mundo hispano, pero tengo la casi certeza de que lo de este país es especialmente grave, especialmente sangrante.

Es en este país donde podemos parafrasear a Unamuno, y decir sin empacho: “que gobiernen ellos”, y quedarnos tan panchos, tan satisfechos, porque en esa delegación, implícita, que no expresada, se consigue un doble, doblemente denigrante, objetivo, eximirse de responsabilidades, y adquirir el derecho a criticar, criticar que no censurar, que no exigir responsabilidad o corrección de lo incorrecto, cualquier cosa que suceda y no sea de nuestro agrado. Y así, entre el acallamiento de unos, el desinterés de la mayoría, el pasotismo exhibicionista de muchos, y la absoluta falta de ética y de compromiso social de la mayoría de la clase política que llega a los puestos relevantes, parece ser que estas dos características son fundamentales para medrar en ese mundo, junto con la mediocridad y la falta de experiencia en el mundo real, nos coloca en una situación de degradación de lo cotidiano, que no por históricamente habitual, es más asumible.

La libertad, esa invocación que no se nos cae de la boca, ese derecho fundamental, sin el cual los demás nos son más que palabras, ese concepto que hace que el hombre se plante ante sí mismo y sea capaz de plantearse sus grandes metas, parece ser que solo nos atrae si se nos ofrece tutelada.

¿Libertad tutelada? ¿Es posible? En todo caso habría que preguntarse si somos capaces de ser realmente libres, si somos capaces de ser realmente responsables, si somos capaces de alcanzar nuestros derechos, porque los concedidos, los regulados, los invocados, no son más que palabras tan sin sustancia, tan vaciadas, como lo son pueblo, obrero, ciudadano o democracia. Conceptos que algunos usan, deforman y vacían según su criterio y conveniencia.

domingo, 21 de julio de 2019

La CN(I)C


Hay organismos que simplemente analizando su nombre dan una idea de lo que se puede esperar de ellos. Habitualmente esconden la frustración de su vocación tras acrónimos que no significan nada, ni lo que hacen, si es que lo hacen, ni lo que dejan de hacer, si es que hacen algo, ni lo que deberían de hacer pero no hacen, si es que… me repito.
Hay entre todos uno que por su absoluta incapacidad, al menos por su absoluta incapacidad para que nos demos cuenta de que intenta hacer algo, me produce una especial ternura. Furiosa, indignada, rabiosa, pero ternura. Y es que el pobre organismo empieza sus problemas ya por su propio nombre, que es difícil que pudiera ser más inadecuado para las funciones que se supone, que ya es suponer, que debe de desarrollar.
Hablo de la CNC. Ya, la mayoría de ustedes ni siquiera sabe de lo que le hablo. Pues es un consuelo, porque una vez que lo identifique la mayoría de ustedes no sabrán para que sirve, y eso es, aún, peor.
La CNC es la guinda de un pastel que tiene a partes iguales desfachatez, desahogo, avaricia, de la de saco reforzado para que no se rompa, y abuso. Hablo del pastel político de las grandes corporaciones nacidas de la privatización y liberalización, por el bien de usuario y la libre competencia, de la energía y las comunicaciones, fundamentalmente.
Porque se supone que la, ¡ay¡ Don José que me da la risa y no puedo decirlo, privatización de las empresas nacionales de energía, Campsa, y comunicaciones, Telefónica, y la entrada de nuevas empresas de capital extranjero de los mismos sectores, haría que la competencia, y es que ya me duelen los costados de tanto reír, abarataría los precios y mejoraría la calidad de servicios a los usuarios, o sea, perdón que me seque las lágrimas un momento, nosotros.
Y es que cada vez que algún político dice que va a hacer algo por nuestro bien, que por cierto nunca nos ha preguntado antes, yo saco la cartera, miro lo que tengo y calculo cuanto menos me va a quedar, eso sí, por mi bien.
Es más, si la RAE me consultara, que ya sé que no lo va a hacer, yo haría una entrada a beneficio ciudadano que diría más o menos: “x. Política. Acción de gobierno encaminada a empeorar la situación de los ciudadanos, de coste desmesurado y beneficio de los representantes políticos elegidos por ellos.” Tal cual, sin más historias.
Pero no nos desviemos de nuestro tema principal, de nuestro actor protagonista, del papel de villano útil que le otorgó el guión de esta película, de la CNC.
Alguien pensó, si establecemos una libertad, ya empiezo otra vez con la risa nerviosa, de mercado tendré que establecer un organismo, más impuestos, más funcionarios, más burocracia, que vigile que parezca que se hacen la competencia entre ellos, que es la justificación primera del latrocinio cometido. Y crearon la CNC, la Comisión Nacional de la Competencia, cuyo nombre ya daba pistas sobre sus funciones, sí, pero sobre todo sobre su ineficacia, que al fin y al cabo es imprescindible para el enriquecimiento, no solo de los accionistas, que tendría un pasar, si no de los consejeros correspondientes que son, en su mayor parte, políticos en decadencia designados por sus partidos para un retiro feliz y altamente remunerado, y figuras emblemáticas del capitalismo más descarnado que controla estas empresas, encargados, a cambio de generosa remuneración, de llevar a la empresa por donde el poder, el político y el económico, lo necesiten. ¿Y el beneficio del ciudadano?, es evidente, aún podía pagar más de lo que paga.  ¿Y la CNC? A lo suyo, como esos empleados que se quejan de toooodo el trabajo que tienen y nunca hacen nada, a emitir comunicados, publicar multas, ineficaces, ridículas en su cuantía y a destiempo, y a quejarse, como no, de que no dan abasto. Ni abasto ni a no basto. Simplemente son de una ineficacia perfectamente útil para quien corresponda.
Ya llamándose comisión  cualquier ineficacia le puede ser supuesta. Una comisión al fin y al cabo una comisión no es otra cosa que un conciliábulo de expertos encargados de estudiar una situación y sus posibles salidas durante el tiempo suficiente para que la situación cambie y las soluciones no sirvan para nada. Y lo cumple, a pies juntillas, la CNC cumple su papel como comisión sin la más mínima concesión a la eficacia o a la función ejecutiva.
No voy a decir nada al término Nacional. No me voy a para a explicar que la mayoría de estas empresas nacidas con recursos nacionaes está ahora en manos de capital extranjero. No le voy a dedicar ni un minuto.
Pero hablemos de competencia. Teóricamente la comisión nació para evitar que las grandes empresas se pusieran de acuerdo y actuaran como un monopolio encubierto. Si, justo, eso que en la actualidad hacen. Porque, ¿quién recuerda una bajada real de la gasolina?, ni siquiera cuando durante meses el petróleo bajaba y bajaba, la gasolina al consumidor reflejó esa bajada de la materia prima. Pero, ¡milagro de milagros!, en cuanto el petróleo empezó a subir el precio de la gasolina subió con ansia. Podríamos hablar de la electricidad, de cómo en un par de años nuestros recibos prácticamente se han duplicado, aunque nos vayan cambiando la forma y tiempo de la facturación para evitar que podamos hacer comparaciones engorrosas para ellos. Vale, vale, hablemos del agua. NO, tampoco el agua. O del cine que durante años reclamó, por el bien del espectador, la bajada del IVA cultural. Bueno, ya bajó. Digo el IVA cultural porque los precios de las entradas han subido.
¿Dónde está el CNC? ¿A qué se dedica? ¿Cuándo y en qué trabaja? ¿Hasta cuándo nuestra paciencia nos obligará a pagar porque noes tomen el pelo? Ya, ya, toda la vida. Estamos tan ocupados ideológicamente peleando por esos temas que a los poderosos le interesan que nos olvidamos de reclamar lo que a nosotros realmente nos interesa.
Hoy he hablado de la CNC, yo le llamaría CN(I)C, con la i de incompetencia bien marcada, pero mañana podemos hablar de la inutilidad ciudadana de otras entidades. Es más, podríamos hablar del concepto nocivo, para el ciudadano de a pié, de gobierno. Pero, parafraseando a los añorados Tip y Coll, mañana, mañana hablaremos del gobierno.

sábado, 8 de junio de 2019

La vida sigue igual


Repasando los artículos escritos en fechas semejantes de años anteriores me he encontrado uno titulado “Por Ambos lados” del año 2015 que comenta los resultados de las elecciones que entonces se llevaron a efecto.
Lo confieso, me ha costado resistirme a incurrir en la práctica del corta y pega y publicar exactamente el mismo artículo cambiando algunos nombres, de personas y de partidos, en la sección de actualidad.
Han pasado cuatro años, cuatro, y como si hubieran pasado cuatro días. Todo sigue igual. Tan sospechosamente igual que hay un montón de variaciones que no afectan al fondo del asunto. Porque,  me digo yo, si lo único que cambia no es lo relevante, ¿no será que alguien se dedica a cambiar lo que no importa para evitar cambiar lo que sí importa?
Decía el artículo:
“Por un lado no ha cambiado nada, todos los partidos se consideran ganadores según el criterio que les conviene, pero por otro lado todo ha cambiado con la irrupción de nuevas fuerzas políticas y la desaparición prácticamente total de algunos partidos.
Por un lado los ciudadanos han fragmentado su voto con la aparente intención de evitar la falta de control sobre el poder de la que hemos adolecido en los últimos tiempos en este país, pero por otro lado la necesidad de los partidos de “pillar cacho” los lleva a buscar desesperadamente alianzas que reproduzcan en mosaico el monolito.”
“Lo que en ningún caso parecen haber votado los ciudadanos es el mercadeo, el intercambio de cromos, el frentismo, la división, la mentira, el escamoteo de sus deseos, el espectáculo del triunfo universal, la persecución, la vuelta a la tortilla, que siempre exige otra vuelta más, y otra, y otra.
Por un lado el fracaso una vez más de una ley electoral que no garantiza más que la creación de perversiones, de nichos, de mafias de poder, por otro el deseo de una ley que permita la elección directa de representantes y expresar las diferentes sensibilidades de cada votante que no tienen que corresponderse con las de ningún partido concreto.
Por un lado, como cada vez, como siempre, la voluntad de los ciudadanos de formar una sociedad libre y plural, harmoniosa en convivencia y comprometida con su futuro, por otro, como cada vez, como siempre, la voluntad de los partidos de conseguir el poder a costa de lo que sea y eliminar toda pluralidad que atente contra su predominio y el inmoral, el infecto, el desmoralizador medraje de sus mediocres cuadros.”
Hasta aquí el corta y pega. Sí, estos párrafos, los entrecomillados, pertenecen a hace cuatro años. Y a hoy mismo. Y, si seguimos el mismo camino, a dentro de unos cuantos años, cuatro y más.
Oigo permanentemente la necesidad de cambiar la constitución, es ya una especie de mantra o latiguillo previo a cualquier debate político, pero, curiosamente, ninguno de los que lo menciona lo hace para solucionar los desaguisados que sí le preocupan al ciudadano de a pié.
Que si República o monarquía, que además es una falacia, porque visto el panorama político tendríamos que elegir entre monarquía republicana, la que tenemos, o república monárquica, la que se montara el partido de turno con su líder reyezuelo como Jefe del Estado. Virgencita, ¡que me quede como estoy!
Que si hay que cambiar el modelo territorial. ¿Otra vez? En palabras llanas, ¿Qué ventaja supondría para el ciudadano de a pié ese cambio? Claro, ninguna, solo cambiarían determinadas reglas de cómo repartir el poder y los impuestos, sin corregir desigualdades, sin corregir los fallos evidentes del actual, sin evitar que los ciudadanos de unos territorios sean privilegiados a cuenta de otros. Pues tampoco veo la necesidad acuciante.
Pero sobre la ley electoral, y el escamoteo permanente que un sistema partidocrático ejerce sobre el control electoral de los ciudadanos, nadie dice nada, y si alguno lo dice es porque cree que es lo que queremos oír. Sobre solucionar que se pague a 351 señores para que aprieten 351 botones que podrían pulsar tranquilamente 8 o 9 y nos ahorrábamos el bochorno de ver a durmientes, jugantes, diletantes y paseantes a los que pagamos por dormir, jugar, disparatar o pasear, sobre eso, nada. Sobre conseguir que todos y cada uno de los votos emitidos tenga el mismo peso electoral que los demás haciendo una circunscripción única, como en las europeas, nada de nada. Sobre poder votar directamente a quién me dé la gana, con nombres y apellidos, con la posibilidad, porque soy un picaflor, de votar al número cuatro de un partido y no a los tres primeros, y al dos de otro, porque me parece inteligente y necesario, en vez de tener que elegir a una ristra de desconocidos, que lo van a seguir siendo, desconocidos y ristra, después de cuatro años, nada de nada.
Sobre instaurar un sistema educativo único, no ideológico, duradero y eficaz, que incida en las humanidades, que forme en un saber histórico común y contrastado (un país no se puede permitir tener varias historias enfrentadas), que se preocupe de los valores sin detrimento de los conocimientos específicos de las distintas áreas, que ayude a conseguir ciudadanos íntegros, librepensadores y altamente cualificados, y no una especie de terapia ocupacional sin ánimo de molestar, formar o educar como existe actualmente, nada de nada de nada.
Sobre cómo conseguir un modelo eficaz, en gestión y en gestión de los tiempos, sobre las personas mayores y dependientes, cómo dotarlo para que algunos no reciban la ayuda después de muertos, para que no tengamos a diario que contemplar, en la calle y en las noticias, personas en desamparo y soledad culpable, culpable por parte de la sociedad y de quién dice administrarla, para que no tengamos que avergonzarnos de casos y cosas que cuando llegan a nuestro conocimiento llevan años de injusticia burocrática, para poder sentirnos orgullosos de que en nuestro entorno no hay nadie que tenga una necesidad, de las reales, no de las inventadas, que también hay, que no haya sido atendida correctamente y, sobre todo, a tiempo, se habla mucho y se hace poco.
Y podría seguir, con la ley, con la seguridad, con el sin vivir que día a día supone el abandono del ciudadano en aras de intereses superiores que en nada le interesan, cuando no le perjudican, con la economía, con el latrocinio de las grandes empresas con derechos sobre sectores básicos y de interés social, con la injusticia social, con el disparate laboral, con…
Y al final la vida sigue igual, que ya lo cantaba el cantor, o un poquito peor, porque lo que no mejora… empeora.

sábado, 2 de febrero de 2019

Sin novedad en el frente


Lo malo de una guerra, una vez declarada e iniciada, es que alguien va a perder. Lo malo de una guerra es que alguno de los contendientes no ha medido correctamente sus fuerzas y va a salir derrotado. Lo malo de una guerra, de casi cualquier guerra es que transcurrido un cierto tiempo ya se tiene claro quién no la va a ganar, incluso que el que no la va a perder quisiera que no hubiese sucedido. Lo malo de una guerra es que entre la derrota y el reconocimiento de la misma transcurre un tiempo en el que los daños son prescindibles pero inevitables, porque a nadie le gusta perder, porque a nadie le gusta perder absolutamente y todos los derrotados buscan eso que maniqueamente se llama una salida digna. No siempre la hay, no siempre se concede.
También es verdad que esa dignidad de la salida depende mucho de la inquina, de la prepotencia, de la soberbia desplegada durante las batallas. No pierde igual aquel que lo único que ha generado es odio que el que ha pretendido luchar dignamente por aquello de lo que estaba lealmente convencido, aunque todas las batallas, por el sufrimiento que causan, son reas de dolor que pide dolor. En la generosidad del vencedor, en su comprensión hacia el perdedor y sus motivos, radicará la dignidad de la salida pactada. Un final con honor o una derrota total.
En España estamos viviendo una guerra, en realidad varias todas interconectadas, que teniendo ya un perdedor no tiene claro ni su final ni los términos en los que este verá la luz.
Una guerra provocada por un conflicto mal legislado, mal administrado, mal planteado y, de momento peor resuelto. Es curioso que los legisladores siempre esperan a que se genere el problema en términos inaceptables para empezar a buscar las soluciones, aunque uno pueda pensar que su trabajo debería ser buscar las soluciones para evitar los problemas. Seguramente su devenir político y partidista no les deje el tiempo imprescindible para pensar en sus funciones y sus obligaciones.
El caso es que, sea como sea, nuestras calles se han llenado de taxistas, teóricamente patronos, indignados por la situación de competencia, en muchos casos provocada por su propia incompetencia, desleal, por una legislación incorrectamente planteada e incorrectamente aplicada, que argumentan como obreros contra obreros a los que les llaman patronos. Ya el planteamiento en sí es perverso, pero más lo es el desarrollo cuando cierto ministro en franca dejación de sus funciones, también se puede hablar de extrema cobardía política, traslada la resolución del problema a las administraciones de menor rango, posibilitando acuerdos locales que ni resuelven el problema de forma homogénea, ni siquiera semejante, o lo que es lo mismo, creando agravios comparativos entre colectivos de distintos lugares con diferentes logros en sus demandas en un único territorio nacional. Un sindiós que diría un amigo mío.
Y ahí estamos. Los taxistas de Madrid no saben cómo acabar una movilización en la que se han enfrentado a sus propios clientes, con unas pretensiones iniciales dictadas por unos logros ajenos a los ciudadanos, otorgados por las ¿autoridades? catalanas, y que han expulsado a la competencia de las calles de Barcelona, imposibles de logar en Madrid, con unos mensajes y hechos de cariz radical, cuando no violento, difíciles de asumir por la opinión pública y viendo como su pretendida fuerza se va diluyendo en el tiempo y la sinrazón.
No menos importantes que las batallas, en las guerras, son los personajes que surgen a su fragor. En Madrid se ha hecho famoso “Peseto Loco”, parece ser que un taxista de ideas radicales y tirón mesiánico que parece arrastrar a los más extremistas entre los movilizados, que tampoco son todos aunque si la mayoría. No conozco a la persona, desconozco bastante al personaje, pero si tengo claro que cuando lo nombro la memoria se me mueve entre Tiroloco McGraw, aquel dibujo animado de Hanna y Barbera que era un caballo vaquero con cargo de sheriff y habilidades para conducir diligencias, y Caballo Loco, famoso jefe piel roja que empezó una guerra que nunca podía haber ganado. Ni la humorística vida del dibujo animado, ni la heroica del jefe Sioux, parecen ejemplos válidos en la lucha de los taxistas, pero de ambas se pueden sacar paralelismos, y ninguno es positivo.
Lo malo de esta historia es que acabe como acabe, sea con una salida digna o con una rendición sin condiciones, el conflicto entre dos formas de ver y enfocar dos negocios que se hacen competencia no será otra cosa que un aplazamiento más de la solución definitiva que el problema demanda. Claro que eso pasará por un ministro capaz y unas asociaciones dispuestas más negociar que a movilizar y secuestrar ciudades y ciudadanos.
Sin necesidad de ser oráculo el momento dice que sin haber acabado el enfrentamiento actual ya podemos vislumbrar las tensiones futuras. Y si no al tiempo.

sábado, 13 de octubre de 2018

El va y el ven


No es la primera vez que lo digo, no es la primera vez que lo escribo, la ley del péndulo es inexorable, y estamos en el ven del vaivén, del va y del ven. Y no, no es el del chucu chucu, no, es el del político.
Dice el PSOE, entre tantas cosas como dice de un tiempo a esta parte en la que parece más preocupado por decir que por hacer, que la culpa de la repentina revitalización de la derecha radical, del resurgir de opciones como Vox, son culpa directa de las actitudes del PP. Sí y no.
No porque el más perjudicado por la afluencia de descontentos a esa formación es el PP de donde proceden la mayoría de sus posibles votantes. Sí porque llegan a esa actitud por un descontento con la supuesta tibieza del PP ante ciertas situaciones.
Pero lo que no dice el PSOE es que gracias al PP nuestra derecha radical es menos influyente que en el resto del mundo, Francia, Inglaterra, USA, Italia, Brasil, Alemania… y ha tardado más en salir a la luz, salvo que consideremos que el PP también tiene la culpa de Donald Trump, Bolsonaro, el Brexit…
No, yo creo que el PP no es el culpable. No más culpable, al menos, que una izquierda incapaz de sintonizar con la ciudadanía y más empeñada en educar e imponer que en escuchar, avanzar y consolidar, que sería lo que debería de hacer una verdadera fuerza progresista.
Una izquierda cada vez más radical en sus posiciones extremas, y más radicalizada en sus formaciones más moderadas. Una izquierda que ha querido, para su propio beneficio, explicarles a los ciudadanos que no hay verdad fuera de su verdad, que no hay progreso fuera de su progresismo de salón, ni razón fuera de sus razones, creando gente insatisfecha y provocando un frentismo social que más temprano que tarde tenía que dar la cara. Y el problema del frentismo es que genera damnificados y esos damnificados tarde o temprano se organizan creando un movimiento de signo contrario de mayor virulencia que el daño percibido, y el movimiento pendular en vez de atemperarse se acelera.

Al resplandor de una izquierda radical relevante le corresponde lo mismo de signo contrario, es decir el fortalecimiento de una derecha radical.
Con cuidado infinito he evitado hablar de extrema derecha. Con infinito cuidado he evitado hablar de extrema izquierda. Porque entre lo radical y lo extremo aún hay un trecho que me gustaría pensar que no vamos a recorrer. No otra vez.
El auge de Vox es preocupante en tanto en cuanto pone de manifiesto la cantidad y virulencia de un creciente descontento con las formas y los fondos democráticos de los partidos de este país. La pertinaz sordera política, la lesiva administración, la inalcanzable justicia, la bochornosa fiscalidad y una ley electoral que amordaza la voluntad del ciudadano no son más que las puntas del iceberg de una cada vez mayor percepción de una democracia fallida que a los nostálgicos de sistemas más populistas les permite exhibir argumentos.
Ni las izquierdas ni las derechas institucionales españolas, trufadas por separatismos, independentismos, populismos de salón y totalitarismos ideológicos, parece importarles la deriva, el vaivén, que la historia debería de poner ante sus ojos. Ni sus políticas, ni sus aspiraciones parecen ir más lejos de cómo ganar las próximas elecciones, o, incluso, si es necesario, de cómo lograr el poder aunque las pierdan. Al pueblo, ese que teóricamente componen los ciudadanos y que deberían de representar, ya le dirán lo que debe que pensar llegado el momento.
No, Vox no es el problema, Vox es el síntoma que permite comprobar que existe un problema e identificarlo. Y si no al tiempo.
El vaivén, el va y el ven,  pendular ha cambiado el sentido de su balanceo, lo que queda por ver es cuál es la virulencia de su vuelta y hasta donde llegará antes de volver a cambiarlo. Las políticas irresponsables, el elitismo ético y la desfachatez política han acelerado un movimiento que la transición intentó moderar. Ahora todo depende de cuánto sentido común, de cuanta memoria histórica de la de verdad, de la que escarmienta, quede en todos los ciudadanos ignorados por los partidos políticos. Esperemos que sea mucho, esperemos que sea pronto.

martes, 11 de septiembre de 2018

Hacerse los suecos


Lo decía el otro día en el artículo “Vivir en el extrarradio”. Lo decía y el incremento de votos de la extrema derecha en toda la Europa civilizada demuestra hasta qué punto la multiculturalidad como norma de convivencia es un erial imposible de repoblar. Como la ignorancia de la voluntad popular por sus teóricos representantes es un camino ya fatalmente recorrido.
El gran problema de Europa a día de hoy es eminentemente político, aunque los políticos quieran hacernos ver que es cultural, ideológico o ético. Y es político porque el sistema democrático utilizado como una herramienta para llegar al poder accesible y no como una vía para lograr una evolución de la sociedad, es parte del problema. La democracia, como concepto vacío de representatividad, como instrumento de engaño semántico, como muleta que hurta al ciudadano su propio valor, como falacia utilizada contra su propia esencia, es la primera víctima del complot.
El sistema de bloques izquierda derecha  ha caducado hace tanto que sus estertores nos están sumiendo en los miasmas de su putrefacción. Solo esa división en bloques de la sociedad, y los desesperados esfuerzos fiscales y educativos para evitar que puedan superarse, justifican la existencia de determinadas organizaciones que lo único que aportan es gasto de los presupuestos y permitir el medraje habitual de los mediocres. Solo esa justificación de enfrentamiento de clases mantenidas por los mismos que dicen combatirlas permite que una cierta élite de auto elegidos, aunque ratificados cada cuatro años por nosotros, sin valores éticos ni intelectuales apreciables, organice esta sociedad para que no progrese.
Los papeles asignados a estas izquierdas y estas derechas son tan semejantes, tan iguales, tan intercambiables, que es fácil ver los hilos que mueven a los muñecos. Basta con identificar al protagonista real de la democracia, el ciudadano, el individuo, el elector, que armado de su voto se dirige a la urna dispuesto a ejercer su responsabilidad: elegir a los representantes de su sentir público. ¿Qué resulta de su acción? Un fraude
Empieza por comprobar que no puede elegir a las personas que considera idóneas para configurar una cámara representativa, sí no que tiene que votar una lista de desconocidos a los que no confiaría ni siquiera la lista de la compra. Con los que puede cruzarse en la calle sin reconocer ni sus caras ni sus funciones, posiblemente las más conocidas de las cuales sean apretar el botón que le diga el responsable de turno en las votaciones y cobrar a final de mes.
Continúa por desconocer cuál es el valor real de su voto que varía según el lugar en el que ejerza la acción y que conculca el principio fundamental de la democracia en el que todos los ciudadanos son iguales: ante la ley y ante las urnas.
Si ha conseguido tragar con las dos consideraciones anteriores tendrá que votar según un programa electoral redactado con palabras equívocas, con recovecos insondables y con la clara vocación de ser incumplido, la experiencia lo avala, cada vez que al partido en el poder lo considere conveniente.
¿Y quién defiende las necesidades reales, de a pie, del día a día de los ciudadanos? Nadie, o todos. Todos dicen defenderlas, pero nadie, sean izquierdas o derechas, tienen el más mínimo interés en representar a esas personas que a diario se ven enredadas en un lenguaje ambiguamente desposeído de significado, en una administración agresiva y lesiva para el ciudadano común y corriente, con una justicia incomprensible y económicamente inalcanzable, con unas instituciones que funcionan de espaldas a quienes dicen representar, en una planificación del futuro ajena a sus expectativas: educativas, económicas, convivenciales.
Solo cambia el enfoque con el que el ciudadano es ignorado en sus expectativas una vez que su único valor, el voto, ha sido captado. Las derechas buscarán la ignorancia del individuo, del ciudadano, del votante, favoreciendo la preponderancia económica de las grandes fortunas, su cada vez mayor enriquecimiento. Y las izquierdas buscarán la preponderancia del estado sobre el individuo, sobre el votante, sobre el ciudadano, excusados en un reparto del que solo el estado se favorece empobreciendo a los que lo componen. En ningún caso existe la intención de proyectar un futuro en libertad, en formación libre y comprometida con los valores, en justicia transparente, o en una sociedad económicamente viable, libre del acaparamiento, libre del enriquecimiento por encima de las necesidades, o libre de la pobreza de un sistema impositivo feroz.
Así que el ciudadano acaba votando a aquel que dice lo que quiere oír, aunque sea consciente de que no lo va a cumplir. Al fin y al cabo tampoco lo van a cumplir los otros y al menos se regala el oído. Desgraciadamente lo que si van a cumplir los populismos es arrasar con la libertad en nombre de la libertad, es arruinar a la sociedad en nombre de una sociedad más económicamente igualitaria, es promover el pensamiento único en nombre de su razón y su verdad. Y el ciudadano, como antes, como ahora, será la víctima de unos poderes que ni controla ni sabe cómo enfrentar, pero que siempre parecen salir triunfantes.
Recuerdo un chiste de Hermano Lobo en el que alguien ofrecía al “pueblo” una disyuntiva: “Nosotros o el caos”, a lo que el pueblo contestaba: “El caos, el caos”, “da igual, también somos nosotros” reflexionaba el oferente.
Pues eso, de tanto hacerse los políticos del intercambio los suecos a cuenta de los ciudadanos han visto como los ciudadanos se hacían los suecos votando una opción populista, populista de extrema derecha esta vez. Bueno, en realidad esta vez no se hacían los suecos, ERAN SUECOS, y además se lo hacían.

sábado, 26 de mayo de 2018

El ansia y la sinrazón


Hay ciertos  movimientos en los que prima el ansia sobre la razón, la poca reflexión de la oportunidad deseada sobre las consecuencias que la obtención de ese deseo puede suponer. Cuando eso sucede en política el primero que sufre las consecuencias es el ciudadano o, dicho según otra terminología, el pueblo. El primero pero no el único porque el que ha torcido la voluntad popular pagará con amplitud las consecuencias.
Posiblemente, y algunos así lo defienden, la moción de censura fuera al final inevitable. Tal vez, pero creo que el primer movimiento real hubiera sido ofrecer al señor Rajoy una salida con una cierta dignidad. Invitarle a la dimisión y ofrecerse para un pacto de estado junto con nuevas caras del PP y con Ciudadanos que diera salida institucional al problema creado, pero el señor Pedro Sánchez se ha lanzado incontinente a la moción de censura sin pensar en lo que quieren los ciudadanos, esos que votan, encelado en una oportunidad para alcanzar el gobierno que no solo es complicada, si no que, llegado el momento de unas nuevas elecciones, le pasará una factura inasumible para su partido.
Sin pensar en lo que quieren los ciudadanos y jugando con la consecuencia de asestar a Mariano Rajoy  y a su partido un golpe definitivo impidiéndole toda capacidad de maniobra, de salida digna, un puente de plata.
Si se hiciera una encuesta seria y global, si se hiciera un referéndum, tan de moda en este momento, se podría comprobar que el primer problema para los españoles es el territorial, es solucionar lo de Cataluña antes que la corrupción, si, incluso ahora, después de la sentencia de la Gürtel, lo que consideramos  la amenaza de una fractura a la integridad constitucional, y más si es por la vía de los malos modos y la mentira, como es el caso, tiene un rango de prioridad  popular más alto que un problema de gobierno, por muy engañados que nos sintamos, que nos sentimos.
Ya nos sentíamos engañados y estafados en las últimas elecciones y los resultados explicaron claramente que el votante anónimo prefería un gobierno bajo sospecha de corrupción que otro con una idea territorial poco consistente o diferente a la actual. Las urnas hablaron y los resultados fueron los que fueron. Y seguramente lo seguirían siendo actualmente aunque cambiaran las siglas que encabezaran los votos.
Inicialmente es una aberración intentar un gobierno que necesita más votos externos de los que tiene el mismo proponente, pero, si además se examina con un mínimo rigor la lista de apoyos necesarios, ese primer inconveniente hasta parece una mera anécdota.
Así que el primer problema del señor Sánchez será encontrar los apoyos suficientes para su moción de censura. El segundo y ya es mayor, es encontrar los apoyos dentro del bloque que defiende la constitución. Bueno, vamos a ser buenos y permisivos, dentro del bloque que no ataca directamente a la constitución para que pueda entrar Podemos. Pero si finalmente, y como es previsible, tiene que recurrir a los votos de los partidos independentistas vascos y catalanes las explicaciones nunca serán aceptadas por la mayoría de los votantes españoles y la debacle del PSOE en unas próximas elecciones puede llevar a los socialistas a la marginalidad representativa.
Ningún voto independentista es gratis, nunca. La historia reciente nos lo demuestra y  la situación actual lo hace palmario. Hagámonos una simple pregunta, ¿Puede  Pedro Sánchez negociar unas reformas, unas concesiones, territoriales que cuando fueron llevadas a las urnas salieron derrotadas con el peor resultado histórico en votos del PSOE? Y si no es con promesas en ese aspecto ¿con que pretenden negociar los socialistas?
Es más, supongamos, que ya es suponer, que el PdeCat y Bildu, le dieran los votos gratis, que el PNV y ERC le otorgaran graciosamente su confianza a cambio de nada ¿se lo creerían los españoles? Ya aviso, yo no.
No entremos ya en la jaula de grillos que sería ver gobernar al PSOE con un partido actualmente inmerso en una deriva imparable hacia el antieuropeismo de extrema derecha como es el PdeCat. Un partido además tan corrupto como el PP, posiblemente más, y que ha hecho del 3% su norma económica más clara. De un partido que ha declarado la guerra política a España y, xenófobo y supremacista, a los españoles.
O con un partido como Bildu, de extrema izquierda, heredero de las prácticas coercitivas de ETA. Sus cachorros derrotados pero no vencidos, ni mucho menos convencidos.
¿Son esos los pilares en los que pretende basar su asalto al poder? ¿Se atrevería a preguntárselo a los españoles?
No, y él lo sabe. Como sabe que si convoca inmediatamente unas elecciones las perdería irremisiblemente y con un resultado aún peor que en las últimas. Por eso habla de un margen de tiempo en el que pergeñar una agenda social con la que comprar posibles votos en caladeros de descontentos. Pero puede, estoy casi seguro, de que incluso esos descontentos antepondrán el problema nacional al personal, y si no al tiempo.
Queda la opción de convencer a Ciudadanos, que ya ha dicho que no salvo si se convocan elecciones inmediatas. Pero ciudadanos sabe que esa moción es un terreno en el que tienen mucho que perder y nada que ganar. Un terreno en el que pueden reforzar a un contrario empeñado en separarse por sí mismo del sentimiento mayoritario de los votantes y encontrase inmerso en un maremágnum de siglas con las que siempre han mostrado un rechazo firme, contundente.
La trampa en la que se ha metido Pedro Sánchez, y en la que ha metido a su partido, es que ya perdió una investidura y ahora no puede permitirse perder una moción de censura que lo abocaría directamente a la profundidad de los infiernos, y eso hará que esté dispuesto a aliarse hasta con el diablo. Aunque el diablo se vista de Prada, o de Puigdemont, o de Otegui.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Utopías, distopías y disparates

No hay muchas formas de atisbar el futuro, de asomarse a una rendija que el tiempo permita para ver un tiempo que nos preocupa no solo de forma personal, sino como especie. La literatura, como vehículo privilegiado de la comunicación, ha abierto ventanas a posibilidades alternativas en las que la humanidad no solo analiza esos futuros, más probables unos, más inciertos otros, que no solo hablan de lo que será, si no que apuntan directamente al corazón del presente, a lo que es y puede dar lugar a lo relatado.
Si la literatura siempre ha sido hábil para este fin la ciencia ficción, esa rama tan tardíamente valorada de las letras en nuestro país, ha demostrado que esa capacidad de anticipar el porvenir, de extrapolar los síntomas del presente para crear un futuro posible, ha sido especialmente prolífica sobre el tema. Raro es el autor de calado de esta disciplina que no ha concebido su visión particular de lo que acontecerá. No hablamos de un relato situado ficticiamente en otro tiempo, no de una historia actual con cuatro cachivaches tecnológicos que den un tinte futurista, no, historias que retratan sociedades con sus valores, con sus problemas, con sus logros y anhelos. Y si la literatura escribió los guiones la llegada del cine permitió, a aquellos cuya imaginación no se lo permitía, vivir en imágenes, en sonidos, en atmósferas recreadas, esos aconteceres posibles y previamente contados.
Una cuestión me provoca, estoy convencido de que no solamente a mí, una inquietud de espíritu en la que la razón, las razones, no me sirven como bálsamo. ¿Por qué la mayoría de las ventanas al futuro se abren sobre distopías? Es verdad que la razón literaria me dice que es más fácil contar la excepcionalidad del desastre que la felicidad cotidiana. Es cierto que la carga emocional de lo negativo es más relatable que la tranquilidad de un día de felicidad. Pero estas razones se diluyen cuando veo la realidad que me rodea, la radicalidad, el populismo, las medias verdades como medio de alcanzar objetivos presuntamente deseables, el desplome de los valores, la implantación sistemática mediante colectivos coercitivos del pensamiento único en temas morales y cotidianos, la dilapidación sistemática de los derechos individuales en nombre de unos pretendidos beneficios colectivos como respuesta  a miedos globales, ¿provocados?,  la salud, el terrorismo… que además llevan al predominio de grandes corporaciones sectoriales por encima de los gobiernos, de los colectivos que les sirven, de los ciudadanos. Y entonces la distopía se me hace evidente, cercana, inevitable.
Es cierto que leyendo “1984” en el contexto en el que fue escrita, situada en el tiempo y panorama político en el que Orwell la concibió, habla de una distopía provocada por los sistemas de anulación ciudadana que la realidad de la URSS en aquel momento apuntaban. No es menos cierto que el devenir nos ha permitido comprobar en nuestras propias carnes, incluso con episodios recientes, que en realidad las distopías imaginadas no tienen ideología, tiempo, ni límite.
El objetivo final de toda ideología, cuanto más radical es más evidente aparece ese objetivo, es la erradicación de toda oposición. Varían los métodos, varían los planteamientos, varían los tiempos o los desarrollos, pero el objetivo persiste.
Por cierto, acabo de darme cuenta, menos mal, de que he escrito una página entera sin referirme a los hechos que me han llevado a ponerme al teclado, ni a sus responsables.
El afán que demuestra el Ayuntamiento de Madrid en tomar medidas arbitrarias que afecten a los ciudadanos y a su día a día es digno de mejores fines. Su obsesión, razonada con medias verdades, permite entrever fobias e incapacidades que lesionan intereses legítimos de personas para las que ni han previsto soluciones, ni parece siquiera que sepan que existen, me refiero  las personas, o que les importen lo más mínimo, ni las personas ni las consecuencias.
 El problema se agudiza cuando además interviene el afán recaudatorio que parece convertirse en el fin principal y no confesado de las medidas. Fin último o, al menos, no desdeñable.
Cuando un organismo de servicio público, como es un ayuntamiento, se convierte por mor de sus decisiones en un problema público, algo no está funcionando.
Es comprensible que  todo equipo de gobierno tenga que tomar decisiones impopulares, incómodas, por un bien común que deben de defender, pero eso no está reñido con tomar esas medidas de forma proporcional y sin dañar a colectivos que son necesarios para el correcto funcionamiento del día a día de las personas y sus bienes.
Me contaba un conocido, que tiene una empresa de servicios auxiliares, reparadores que trabajan para atender a los usuarios que sufren averías que necesitan una reparación urgente, que su personal se enfrentaba a persecución y sanciones cuando tenían que intervenir en viviendas situadas en el centro de Madrid, en la zona donde se ha prohibido aparcar durante estos días. Me contaba de un operario, un fontanero, al que la policía municipal sancionó con 200 € mientras estaba descargando material para efectuar una reparación de urgencia en un edificio. De nada le valió la intervención del portero certificando que existía la avería, de nada el mostrar la asignación de trabajo emitida por una compañía de seguros con la valoración de “urgente”, de nada explicar que no podía trasladar los materiales y herramientas a pie desde el aparcamiento más cercano. ¿Quién estaba haciendo servicio público en ese momento?
Llevadas las medidas a ese nivel ¿estamos hablando de interés ciudadano, por parte del ayuntamiento, de una fijación con los vehículos a motor, o de una incapacidad para comprender las necesidades básicas de una ciudad como Madrid? ¿Estamos hablando de preservación o de imposición ideológica aprovechando una situación puntual?
Claro que, si naturalmente yo me hubiera inclinado por la falta de previsión y conocimiento, otras medidas tomadas por ese mismo equipo de gobierno me llevan a considerar que algunas de sus intervenciones me abren el camino de la distopía inmediata. La decisión, la, para mí, absurda decisión, de convertir las calles del centro en calles de sentido único para los peatones me lleva a imaginarme calles como Carmen o Preciados, por poner algún ejemplo, en aceras de una Metrópolis de sentido único físico e intelectual, en Madrid como una ciudad integrada en la Franja Aérea 1 del Super Estado de Oceanía, donde el Gran Hermano nos vigila para que circulemos correctamente. Después de la recomendación vendrá la norma, con la norma las sanciones, y con las sanciones las restricciones. Los vehículos de discapacitados solo podrán circular por esas calles previa autorización previa, y pagada, y en horarios restringidos. Estará prohibida la carga y descarga.
La medida es tan absurda, tan arbitraria, que nos podemos imaginar múltiples disparates posibles.  Imaginemos. A los peatones teniendo que consultar el sentido de circulación peatonal de las calles para poder llegar a su destino de la forma más racional posible. Imaginemos. El ir y venir, los recorridos innecesarios, el peligro de pasarse una esquina, el cachondeo, la incapacidad de algunas personas para orientarse en esas rutas sobredimensionadas. Imaginemos, aún más absurdo. Dado que son calles comerciales si alguien quiere ver la totalidad de los escaparates de los comercios de una de ellas tendrá que hacer un recorrido por uno de los lados de la calle, volver por otra calle diferente y recorrer nuevamente la calle original por el otro lado. ¿Y si se nos pierde un niño? ¿Qué hacemos? ¿Podremos confiar, vistos los antecedentes, en que la autoridad presente y competente, va a comprender la situación?
¿Y después qué? ¿Nos instalamos intermitentes? ¿Marcamos carriles para peatones con líneas continuas para evitar que se cambien demasiado y entorpezcan a los demás usuarios? ¿Se instaurará un permiso de circulación peatonal con puntos? ¿Tendremos que vestir todos uniformemente con nuestro DNI perfectamente visible? ¿Nos hemos vuelto locos? 

Hay que reconocerlo, a veces la realidad supera a la ficción, o, por lo menos, hace todo lo posible por imitarla de la forma más surrealista y desagradable posible. 

martes, 10 de octubre de 2017

Éramos pocos y parió la abuela, cuando los extremos se tocan

Éramos pocos y parió la abuela, dice el dicho. ¿A quién alimenta la extrema izquierda? A la extrema derecha. ¿A quién alimenta la extrema derecha? A la extrema izquierda. Dios los cría y ellos se juntan, sigue diciendo el saber popular, que sabe mucho, aunque sea de forma parda. También se dice que los extremos se tocan haciendo referencia a que llegados al extremo es difícil separar los métodos y los fines, aunque para lo que nos ocupa  habría que decir que los totalitarismos se tocan.
Era inevitable, yo creo que en realidad estaba perfectamente previsto por los estrategas al uso, que la presión sobre España, antes o después, haría salir el sentimiento español que el pueblo guarda para los deportes y algunas, pocas, ocasiones más. Y cuando aflorara ese sentimiento de reivindicación patriótica, habitual en todos los pueblos del mundo, sucedería algo que solo sucede en España, usar la resaca postfranquista para identificar español y fascista, para identificar los símbolos y reivindicaciones del estado con un movimiento heredero del Movimiento que en su día Franco utilizó para apoderarse de los símbolos de todos.
Y ya puestos en esta tesitura era fácil suponer, y ha sucedido, que la dormida extrema derecha nacional sacara la cabeza para reivindicar un protagonismo que nadie le ha conferido y que nadie le debería de reconocer. Pero, al igual que la CUP en la parte catalana, los fascistas de signo contrario en la parte española se retroalimentan y justifican mutuamente.
Hablan los unos de trabajadores, de cooperativismo, de desobediencia, de anticapitalismo, de libertad, de romper el sistema para erigirse ellos en sistema y laminar cualquier atisbo de libertad o democracia. Hablan los otros de unidad, de grandeza, de raza y de libertad, de romper el sistema para erigirse ellos en salvadores de la patria, patria única sin atisbo de libertad o democracia. Hablan ambos, como si fueran diferentes siendo los mismos, de cómo el mundo sería mejor como ellos lo conciben, eso sí sin consensuar ese mundo con nadie más que con ellos mismos e imponiéndolo por los métodos que consideren necesarios, purgas, asesinatos, pensamiento único, represión a todos los niveles.
Hablan de distintos valores, tienen distintas banderas, cantan diferentes canciones y reclaman al pueblo como propio sin otro fin, común, que imponerle su moral, su sentido político y su élite, para sojuzgarlo.  No nos engañemos, recurramos al refranero para saber que son los mismos perros con distintos collares. Tanto unos como otros no buscan otra cosa que imponernos su Verdad, la que les confiere el grado de elegidos y las prebendas de los salvadores indiscutibles.
Es fácil, en medio de la algarada, en medio de las reivindicaciones, identificarnos con esos tipos simpáticos, descarados, osados,  que llevan lo que estamos pidiendo hasta un poco más allá de lo que nosotros nos atrevemos y nos hacen cómplices de su actitud desafiante y sin resquicios. Sí, es fácil que nos caigan simpáticos y que los jaleemos y nos hagamos unas emociones compartidas. Es tan fácil como difícil es darse cuenta de que cuando nosotros queramos parar ellos seguirán adelante y acabarán convirtiéndonos en sus enemigos y, llegado el momento, en sus víctimas.
Yo no puedo pedirle a los catalanes independentistas que se separen de la CUP, no se lo puedo pedir porque hace ya tiempo que se pusieron en sus manos, que les permitieron elaborar y dirigir sus estrategias y no les van a permitir que le pongan límites a su guerra en la que han logrado implicar a los dirigentes que deberían de haberles puesto coto. Por interés, puede, al principio, ahora porque no tienen más remedio.
Pero si puedo pedirle a todos los ciudadanos que de buena fe salen a la calle dispuestos a demostrar su sentido de españolidad sin anclajes políticos, sin afanes rememorantes, sin nostalgias de pasados difícilmente deseables, que no compartan, que no jaleen, que no toleren a los que aprovechan el río revuelto para mejorar como pescadores. Todo en la vida tiene un límite, y el de los ciudadanos debe de estar donde empiezan los extremos. Además hay que tener en cuenta eso mismo que el pueblo ha acuñado como frase referente: “dime con quién andas y te diré quién eres”, o quién acabarás siendo. Negaros siempre a ser cómplices, simpatizantes, colegas de calle, de aquellos que no tienen otro fin que el suyo y se aprovechan de vuestro ruido, de vuestro sentimiento y de vuestra presencia, para hacerlos de su propiedad. Para justificarse.
Frente al totalitarismo, democracia. Frente a libertad condicional, libertad real. Frente a pueblo, ciudadanos. Frente a intolerancia, fraternidad. Frente a ellos, nosotros, que somos más y mejores.

Y, puestos a no poner de mi parte ni una sola idea original, quisiera rematar esta reflexión con aquella frase que solía decir el Hermano Lobo: “El que avisa no es traidor, es avisador”. Pues eso, que en todas partes cuecen habas.

miércoles, 4 de enero de 2017

De la represión nuestra de cada día, líbranos señor

Las noticias se acumulan y parecen diferentes, pero tras ese aspecto diverso solo hay una noticia, solo hay una tendencia, solo hay una intención sorda y soterrada tras su aparente inocuidad, acabar con la libertad individual, hacer un mundo sórdido, capado, mediocre, temeroso de sí mismo y de lo que le rodea, un mundo en el que todo tiene que estar reglado, medido, rebajado a  lo imprescindible para que el individuo quede perdido en medio de esa mediocridad, de la cicatería de la libertad, enredado en un concepto moral represivo y puritano.
Al leer el primer párrafo alguien habrá pensado en los atentados que casi a diario asolan el mundo, no, pero también. Otros habrán pensado en lo recortes de los derechos a los que en aras de una falsa seguridad basada en la represión hemos permitido, aceptado y, en algunos casos, incluso aplaudido. Pues no, aunque también.
Esta sociedad lleva ya unos años, bastantes más que las últimas legislaturas de derechas, en realidad desde el atentado de Nueva York, en una deriva entreguista absoluta. El miedo a perder esa vida falsa y acomodaticia a la que nos hemos acostumbrado nos va empujando a ceder cada vez más cuotas de libertad a un estado que lo único que hace es montar un sistema represivo y punitivo que cada vez cerca más al individuo, si es que queda algún individuo con conciencia de serlo que pueda ser cercado.
Y, vuelvo a repetir, no estoy hablando de terrorismo, ni de recortes, ni de ningún tipo de leyes de alto rango o de macro políticas. No, estoy hablando del día a día, estoy hablando de esas noticias que casi a diario salen en la prensa sobre temas cotidianos en los que se puede detectar esa vergonzante persecución del individuo y su capacidad de opinar, de vivir, de ser libre y responsable de sus actos, porque todos sus actos, incluso esos que antes solo eran pecado, ahora son faltas o delitos.
Veo con tristeza, y a propósito de una luctuosa noticia sobre una menor muerta en un botellón, cómo reacciona la sociedad, cómo reaccionan los medios de opinión, cómo una vez más todo se conduce hacia la represión, hacia la restricción de la libertad de los padres, de los hijos, hacia convertir un acto social en una lacra.
Bueno, hace ya algunos años se promovió una ley en la que el estado quitaba la tutela a los padres sobre este tipo de cuestión. Y esa ley, como no, era restrictiva y punitiva, económicamente claro. No vi que en ningún momento se hiciera un desarrollo educativo para menores sobre el tema, los eslóganes no son educativos, las prohibiciones no son educativas, las imposiciones y persecuciones no son educativas. Tal vez la historia de la ley seca americana debería de haber servido de ejemplo ilustrativo. No vi que en ningún momento distinguiera entre el alcohol fermentado y el alcohol destilado. No vi que en ningún momento la ley fomentara el conocimiento de las consecuencias del mal uso, o del abuso. No vi que recomendara a los padres educar con experiencia y mesura a sus hijos en el tema.
No, la ley simplemente prohíbe, sanciona, persigue y margina algo que no puede, ni en realidad quiere, controlar. Se trata de recortar la libertad. Se trata de amedrentar y poder multar, pero de seguir haciendo negocio sobre el negocio del consumo vía impuestos y no poner ni los mínimos medios necesarios para garantizar un cumplimiento razonable de la misma ley.
Por eso, años más tarde, nuestros jóvenes beben como anglosajones, en vez de como latinos, se esconden para hacerlo, y mueren por desconocimiento de lo que hacen y con el desconocimiento de lo que está sucediendo por parte de sus padres.
Y ahora va el nuevo director de la Dirección General de Tráfico, y nos da otro repaso de lo mismo pero con el tema de fondo cambiado. Se me ocurre pensar que la recaudación ha sido insuficiente este año pasado. Eso y que toca dar otra vuelta de tuerca al dominio del estado sobre el individuo.
Las estadísticas dicen que ha habido más muertos en carretera. ¿En qué carretera? ¿Por qué causas? ¿Con qué tipo de vehículos? ¿En qué circunstancias? ¿Con qué tipo de conductores implicados?
Todas estas preguntas tendrían sentido si la intención fuera poner solución a un problema, pero no existe tal voluntad. La única voluntad es endurecer las medidas punitivas y restrictivas y, de paso, aumentar la recaudación que, por nuestro propio bien, el estado obtiene gracias a nuestro absoluto entreguismo.
No he visto en ningún sitio que este señor hiciera referencia al deterioro, en algunos casos criminal, de las carreteras que hacen de ciertos tramos trampas que solo conductores expertos logran salvar con una cierta solvencia. No he visto por ninguna parte que se plantee el endurecimiento de los conocimientos mínimos necesarios para obtener el carnet de conducir, ni unas pruebas físicas reales que eviten que personas sin reflejos, sin coordinación, sin la capacidad mínima para desenvolverse y tomar decisiones a la velocidad de un vehículo, accedan a conducir legalmente. No he visto por ninguna parte que este señor pidiera una comparecencia para presentar un plan de educación vial y concienciación implantada desde la más tierna infancia. No he visto que se hiciera un análisis de la incidencia de elementos externos al conductor en la siniestralidad y sus posibles soluciones.
Nada de eso. A nadie le interesa para nada solucionar el problema de la siniestralidad, a nadie le interesa lo más mínimo formar, educar, convencer. Lo único que importa es prohibir, recortar, recaudar e intimidar.
Entiendo, claro que lo entiendo, que para todo estado un individuo en libertad es un peligro intolerable. Entiendo que formar, educar, solucionar, son verbos que se conjugan con gasto y escaso beneficio político. Entiendo, vaya si lo entendemos, que prohibir y montar la maquinaria represivo recaudatoria que tales medidas precisan proporciona dinero y evita que el individuo se preocupe de otros asuntos. Y, por si fuera poco, si lo hacemos por su bien lo vamos entrenando a que su libertad es un peligro inasumible para él mismo.

Y a la vuelta de unos años, pocos, tendremos una sociedad plana, mediocre, que por su propio bien, por su único interés, reprimirá a cualquiera que quiera pensar distinto. A la vuelta de unos años, pocos, todos contribuyentes, ni un solo ciudadano.

miércoles, 24 de agosto de 2016

De Cuarta Categoría

Comprendo, ¿Cómo no iba a comprender?, que el paso de los años permite que la experiencia sea un elemento a incorporar en los análisis, en las reflexiones y disquisiciones que cada uno se hace sobre diferentes temas.
Y esa misma experiencia, ese mismo poso de conocimiento adquirido por el mero paso de los años, hace que todas las convicciones personales estén revestidas de una pátina de reflexión pausada que, si no es excesivamente pausada, resulta conveniente a la hora de analizar, de encarar, las situaciones que te toque vivir.
Es precisamente esa pátina, ese plus vital que los más jóvenes van adquiriendo según dejan de serlo, el que me lleva a afirmar sin pararme en simpatías, o antipatías, personales, que el principal problema que tiene en este momento este país es que los actuales líderes políticos son de cuarta categoría.
Habrá quién se pregunte que por qué digo de cuarta y no de tercera o de quinta. Bueno, en mi percepción es fácil catalogar la categoría de una persona respecto a una labor o respecto a un objetivo.
Para un político que aspira a gobernar un país el objetivo prioritario ha de ser lo mejor para ese país, lo más conveniente. Una vez establecida esa prioridad habrá de hacerlo conforme a su ideología, siempre que las circunstancias lo permitan, y con un equipo formado por personas de su confianza. De Perogrullo, vamos.
Si en esto estamos de acuerdo, y estoy convencido de que es suscribible por la mayoría de ciudadanos del mundo, la categoría de un político puede medirse en función del desplazamiento del objetivo principal dentro de sus prioridades a la hora de tomar decisiones que afectan al país a gobernar.
Establecida la fórmula solo queda aplicarla.
Nuestros actuales políticos miran en primer lugar, y de forma “ostentórea”, por su propio interés. Su personalismo, su afán de notoriedad y posteridad es digno de mejores metas. En segundo lugar, y aquí me cabe la duda de si en algunos casos el segundo y el tercer interés son intercambiables, miran por su partido. Posteriormente la mirada se les centra, o descentra según la postura a tomar, en la ideología. Y tenemos que esperar a un cuarto nivel para que el interés del candidato y el del país se encuentren.
Y aplicada la fórmula llegamos indefectiblemente a la conclusión de que, desgraciadamente, nuestros políticos no sobrepasan la cuarta categoría. Y eso siempre que consideremos, divina ilusión, que son absolutamente sinceros con nosotros y que no tienen otros intereses o prioridades en la mochila, que ya es lanzarse a la credulidad más desaforada a pecho descubierto.

Y si los políticos son de cuarta el país que gobiernen será de… efectivamente, un país es de la misma categoría que los políticos que lo gobiernan y que han sido elegidos por una ciudadanía incapaz de exigir, de controlar, de hacerse escuchar, o sea de cuarta categoría.

miércoles, 22 de junio de 2016

El pasmo

El pasmo, esa situación entre anímica, te quedas bloqueado, no te salen las palabras, y física, se te abren mucho los ojos y se te descuelga el maxilar inferior, que se produce ante una situación inexplicable, es lo que a mí me produce esa mezcla entre candidez y mala fe que se produce en los votantes de los partidos.
Yo comprendo, o no, la verdad, esa predisposición al seguidismo ciego que tiene los asistentes a un mitin respecto a las palabras,  ideas me parece un exceso y bufonadas una incorrección, que el mitinero, orador me parece un exceso y teatrero una incorrección, de turno vocifera,  comparte me parece un exceso y escupe me parece una incorrección, con energías dignas de mejor fin al público asistente y entregado que lo jalea como si de un espectáculo se tratara, que se trata, se trata.
Asumo que la jornada de reflexión, al menos en España, es la ocasión para tomarse unas cañas y reflexionar sobre cualquier cosa menos sobre política, que después de una pre campaña y una campaña, en ocasiones normales solamente una de cada, lo que apetece es una jornada de descanso y no poner a funcionar la hormigonera para acabar de mezclar y procesar el pastiche pseudo ideológico que todos y cada uno han contribuido a formarnos para evitar que caigamos en la insana costumbre de pensar y vayamos a darnos cuentas de que al fin y al cabo si la vida es puro teatro lo de la política ya no tiene ni definición.
Todos prometen, todos saben cómo, todos mienten como bellacos y nosotros lo sabemos. Si a mí me pidieran un lema general para las campañas políticas, para todas, usaría aquella, vista desde hoy desafortunada pero entonces veraz, frase que decía: “antes de meter prometer, después de metido nada de lo prometido”. A los mayores de cincuenta nos suena a todos. Y aquí pasa lo mismo.
El problema es que la única forma, conocida, de incrementar las prestaciones y servicios es recortar otras prestaciones o servicios o recaudar más dinero.  ¿Cómo? Vía impuestos, claramente. Y aquí empieza la demagogia. Desde el que dice que los va a bajar al que dice que se los va a subir a los que menos pagan. Todos mienten y lo sabemos. El dinero no nace, se hace y tiene un costo, y la capacidad de la cadena de producción no es ilimitada ni depende de la voluntad popular.
Lo único que nos distingue a la hora de ser, de permitir ser, engañados una y otra vez es el planteamiento personal con el que nos enfrentamos a las promesas sistemáticamente falsas con las que decidimos comulgar
Unos esperan un más equitativo reparto de la riqueza, una mayor cohesión social y el incremento de las partidas sociales en detrimento de otras. Pero no se debe de olvidar que todos los partidos lo ofrecen aunque ninguno, hasta el momento, lo cumple, y, sobre todo, que o se obvia el camino para llevarlo a cabo, porque no hay ninguna intención de hacerlo o se disparata sobre cómo lograrlo por el mismo motivo.
Otros esperan pagar menos impuestos y generar mayor riqueza, aunque esto suele suponer que la riqueza se incrementa en función de la que uno ya tiene, y viceversa. Yo soy cada vez más rico lo que supone que otro es cada vez más pobre. No hay otro camino porque el dinero final es el mismo que el dinero inicial, solo se ha movido de bolsillo. Estos votaran a la derecha
Pero si hay un grupo de gente  la que desprecio sin consideración de ningún tipo, sin cortapisas ni atenuantes, es a aquellos que esperan que con su voto la riqueza ajena pasa a ser la suya. A esos cuyos derechos no están sujetos a deberes y cuya actitud de agravio permanente respecto a la sociedad no suele ser más que una máscara de la incapacidad laboral voluntaria y la miseria moral que suele acompañarla. Estos votarán al que más prometa. No importa la ideología ni las consecuencias.
La mayoría, la inmensa mayoría, lo que quieren es un equilibrio. Lo mejor y más equilibrado posible sin engaños, sin hipotecar el futuro, sin demagogias, pero, precisamente por eso, no suelen estar en los mítines, ni suelen escuchar los debates sabiendo de antemano cual es el mejor, ni saben a ciencia cierta a quien votar, ni por qué.

Esa inmensa mayoría no puede plasmar su voluntad porque votar es otorgar carta blanca a una estructura diseñada para servirse a sí misma en primer lugar, a los afiliados en segundo término y finalmente a los allegados. Eso son los partidos. Estructuras de poder y clientelismo ciegas a la realidad social y a las verdaderas necesidades de los ciudadanos, ahora ya llamados contribuyentes y que cada uno piense por qué.

lunes, 13 de julio de 2015

Revanchismo interesado

Observo con preocupación, con un cierto temor, un rebrote de revanchismo desde las últimas elecciones celebradas, y, si mi conocimiento histórico no me falla, el revanchismo de un signo precede inevitablemente al revanchismo del signo contrario y, como consecuencia final, a la incapacidad de crear una sociedad tolerante, libre y preparada para convivir con estabilidad.
Una sociedad dirigida, política e intelectualmente, por personas cuyo principal objetivo es tirar por tierra todo lo que han hecho los anteriores no puede más que generar una sociedad condenada al continuo vaivén de las urnas y, por tanto, a una sociedad empobrecida intelectualmente, arrasada formativamente y envilecida políticamente.
Leo, leo cada vez menos pero aún lo suficiente, como se promueve el cambio del nombre de calles, la iniciativa para prohibir las fiestas de moros y cristianos o la iniciativa para incautar patrimonio eclesiástico solo por serlo.
Eso se llama revanchismo, eso se llama obsesión, eso llama a que, dentro de los años que sean y ganen los otros, tengamos otro episodio -declaraciones, gastos y ofensas- semejante pero de signo contrario.
Pero vayamos por partes.
A mí que las calles se llamen de una forma u otra me resulta bastante indiferente, de hecho ignoro de una forma completa quienes fueron la mayoría de personas cuyos nombres figuran en los carteles. Los nombres de las calles sirven para saber dónde estás y, salvo casos y circunstancias, no me provocan ningún éxtasis de recreación histórica. Yo circulo por la calle Velázquez buscando el número al que voy o admirando la belleza arquitectónica de sus edificios, pero no hago un repaso mental ni de su vida ni de su obra. Que a la calle José María Pemán se le cambie el nombre porque fue franquista me parece una aberración, salvo que se haga lo mismo con la de Rafael Alberti. El uno fue literato, según los gustos, y franquista, el otro fue literato, según mi gusto malísimo, y comunista. Si es por calidad literaria quitemos los dos, y tantos otros, si es por filiación política es revanchismo y por tanto yo estoy en contra.
Admitamos que ningún nombre de torturador o asesino debe de figurar en los carteles de una calle, pero para evitar el revanchismo, para hacer algo justo y no ofensivo quitemos todos los nombres de ambos lados con el mismo criterio. Militares, fuera todos, colaboracionistas de cualquier signo, fuera todos, héroes varios, fuera todos. Seguro que a los italianos si les explican quien fue Viriato lo considerarían un asesino indigno de tener una calle. Y a Velázquez por monárquico, y a Pío XII por papa y a Alfonso XIII por rey y a Mariana Pineda porque ofende a los franceses y a mí, como alérgico, los de flores y plantas. Qué barbaridad. Revanchismo y revisionismo.
Respecto a las tradiciones ofensivas para otras gentes estoy hasta los inmencionables de “bienpensantes” que deciden que parte de la historia tiene que avergonzarnos a todos y están dispuestos a imponer su superior criterio moral y social a los pobres engañados, pervertidos e insolidarios que por el mundo circulamos sin caer en penitencias desgarradoras por la maldad intrínseca de todos nuestros antecesores.
Yo, cuando veo algo que no me gusta, que no comparto, me limito a ignorarlo en la mayor parte de los casos y, si es dañino, a explicar mis razones, a fomentar el conocimiento del daño causado, la educación de aquellos que no reparan en lo dañino de sus actos porque nadie se ha preocupado antes de equiparlos con un criterio moral suficiente. Pero lo que no hago es prohibir, imponer, agredir, soliviantar, condenar a aquellos que piensan diferente a mí, primero porque no tengo motivos para pensar que mis maldades, sí, esas que todos tenemos, sean mejores que sus maldades porque son menos públicas y segundo porque no tengo ningún interés, ni por tanto prisa, en figurar en la historia como el referente moral de nadie ni de nada.
Si alguien se siente ofendido con una tradición que se vaya a otro lado donde no se practique o que consiga su ilegalización. Yo, salvo cuestiones de violencia y sangre, soy más partidario de que se vaya a un lugar donde no le ofendan. Ejemplo: cuando hay una fiesta popular siempre hay algún vecino con balcón aledaño que se siente perjudicado. Los más listos se cogen vacaciones coincidiendo con las fiestas y se ausentan.
Había un tercer punto de revanchismo en el principio, pero ese tiene su propio recorrido y es tan complejo e intrincado que intentar desarrollarlo aquí haría esta reflexión interminable.
En fin, que como ciudadano de a pié, como sufridor de administraciones varias hay puntos que me urgen mucho más que lo de revisar los nombre de las calles o la mayoría de propuestas de corte populista que hasta este momento han hecho los “nuevos ayuntamientos”, los antiguos ni eso.  Una propuesta que creo que suscribiríamos todos los ciudadanos sin distinción de color, credo o filiación: Bloqueo inmediato de las leyes recaudatorias y revisión, o incluso anulación, de todos los expedientes con flagrante fraude de ley incoados por las policías municipales y otros entes de dudosa legalidad que los perpetran.

Ah¡, que eso es dinero y no interesa. Ya, Ya sé cómo me dicen. Primero a salvar las conciencias y luego, luego a mantener los mecanismos recaudatorios que hay que pagar muchas cosas. Ciudadanos sí, pero calladitos, engañados y exprimidos.

domingo, 14 de junio de 2015

No hay

Pues nada. Ahí seguimos, en el machito. Parece ser que nuestros políticos no acaban de darse cuenta de que su actitud no representa, no es capaz de representar, la idea que los ciudadanos de a pié, esos que muchas veces no votamos por hastío, esos que muchas veces votamos contra lo que hay, esos que a veces votamos en blanco para manifestar nuestro cabreo, esos a los que la ley electoral castiga con su indiferencia interesada, tenemos de lo que es el verdadero servicio a la comunidad, a los intereses del pueblo llano y no militante.
Llevamos muchos años, tantos que me da pereza contarlos, inmersos en una política autista, frentista, partidista y soez. Llevamos muchos, muchísimos, años en que gobernar es deshacer todo lo que han hecho los anteriores y oponerse es tirar por tierra cualquier proposición del que gobierna sin importar en lo más mínimo si es conveniente, razonable o incluso necesaria.
El único afán de los partidos es tener el poder, a costa de lo que sea, no importan los medios, no importan los ciudadanos, no importan, ni siquiera, las bases. Control férreo de los militantes mediante la disciplina de partido. Control férreo de los ciudadanos mediante una ley electoral que impide la representatividad directa y que favorece el mangoneo post electoral.
Todo es macro. La macroeconomía, las macroempresas, las macro estructuras. Todo menos los micro ciudadanos, su micro capacidad de control sobre los políticos y su micro interés para los que “gobiernan” y muchas veces, desgraciadamente, en los que gobiernan.
Tengo la extraña sensación de vivir en una sociedad con propietarios. Tengo la extraña sensación, el convencimiento, de estar viviendo una suerte de despotismo ilustrado con elecciones. Tengo la extraña sensación, casi la certeza, de que me paso la vida pagando un alquiler, sin opción a compra, de un sitio en una sociedad que ya alguien ha organizado para mí y en la que se me permiten ciertas libertades que se utilizan como mordaza, como coacción moral, para evitar que me dé cuenta de que no soy dueño, ni siquiera socio, de esta amalgama de realidades socio-culturales en la que cierto “poder en la sombra” ha convertido al planeta. Fronteras, himnos, banderas, religiones, doctrinas políticas, racismo, todo está perfectamente orquestado para lograr desunión y enfrentamiento

O, simplemente, hoy me he levantado con un fuerte ataque conspiranoide. Todo puede ser. Pero aquí, ahora, me declaro seguidor incondicional, devoto irredento, fanático, del primero que sea capaz de darle la razón a su oponente o de oponer un argumento en positivo. No hay… lo que tiene que haber: libertad, razones, interés, ciudadanía.

viernes, 5 de junio de 2015

Por Ambos Lados

Por un lado ha pasado suficiente tiempo, ya dos semanas, y por otro aún hay que esperar bastante, casi cuatro años, para plantearse con cierta perspectiva el resultado electoral de la última convocatoria que hemos vivido en España.
Por un lado no ha cambiado nada, todos los partidos se consideran ganadores según el criterio que les conviene, pero por otro lado todo ha cambiado con la irrupción de nuevas fuerzas políticas (dos) y la desaparición prácticamente total de algunos partidos (dos).
Por un lado los ciudadanos han fragmentado su voto con la aparente intención de evitar la falta de control sobre el poder de la que hemos adolecido en los últimos tiempos en este país y que ha dado lugar a figuras nefastas como el Sr. Gallardón o el Sr. Zapatero, pero por otro lado la necesidad de los partidos de “pillar cacho” los lleva a buscar desesperadamente alianzas que reproduzcan en mosaico el monolito.
Por un lado, y por una vez, los ciudadanos han parecido votar en positivo y pluralidad a pesar de una ley electoral que les roba la posibilidad de elegir a las personas por las que realmente quieren ser representados en favor de ideologías fácilmente escamoteables, pero por otro lado, una vez más, los partidos han elegido el frentismo, el mensaje a la contra, de tal forma que la conclusión más escuchada, más machaconamente difundida, es la de defenestrar, expulsar de las instituciones dicen, a los representantes de más de la mitad de los votantes.
Por un lado los votantes han elegido probar nuevas vías que corrijan los errores cometidos de fondo, de forma, de prepotencia y autismo ciudadano, pero por otro los partidos están eligiendo reproducir fórmulas que ya han fracasado repetidamente y en distintos lugares, incluido este país nuestro.
Por un lado los ciudadanos han decidido que lo que fue en sus tiempos UCD, después el CDS e intentó ser UPyD, es decir un partido bisagra que evite la polarización de la política hacia un lado u otro del espectro pretendidamente ideológico, lo ocupen ahora los señores de Ciudadanos, y por otro han decidido entregar el testigo de una fuerza política instalada desde hace años en la demagogia, la acomodación y la corrupción (como todas), como era IU a una nueva fuerza política de izquierda más radical como es Podemos.
Lo que en ningún caso parecen haber votado los ciudadanos es el mercadeo, el intercambio de cromos, el frentismo, la división, la mentira, el escamoteo de sus deseos, el espectáculo del triunfo universal, la persecución, la vuelta a la tortilla, que siempre exige otra vuelta más, y otra, y otra.
Por un lado el fracaso una vez más de una ley electoral que no garantiza más que la creación de perversiones, de nichos, de mafias de poder, por otro el deseo de una ley que permita la elección directa de representantes y expresar las diferentes sensibilidades de cada votante que no tienen que corresponderse con las de ningún partido concreto.

Por un lado, como cada vez, como siempre, la voluntad de los ciudadanos de formar una sociedad libre y plural, harmoniosa en convivencia y comprometida con su futuro, por otro, como cada vez, como siempre, la voluntad de los partidos de conseguir el poder a costa de lo que sea y eliminar toda pluralidad que atente contra su predominio y el inmoral, el infecto, el desmoralizador medraje de sus mediocres cuadros.

domingo, 25 de enero de 2015

Volveremos a empezar (si nos dejan)

Nos hemos convertido en una sociedad mediocre. Acobardada, servil y mediocre. Y no me estoy refiriendo a la sociedad española exclusivamente aunque sea la que tengo más presente, me estoy refiriendo a la sociedad occidental en general que está culminando un camino de varios siglos en los que, salvo hechos puntuales, se ha ido refugiando en un adocenamiento inducido por la cesión del individuo hacia las instituciones.
El individuo, armado de sus números  (de cuenta, de identificación, de acceso a la sanidad, de matrícula laboral, de teléfono,…) se va diluyendo en medio de unas estructuras de poder inicialmente diseñadas para resolver los problemas comunes y que con el tiempo se han ido convirtiendo en voraces organismos fuera del control ciudadano en el mejor de los casos cuando no en causa directa de los mayores problemas del mismo.
Es inconcebible que convivamos con normas y leyes dictadas en nuestro favor (póngase el tono ironía activo) que todos sabemos puramente recaudatorias y coercitivas y no seamos capaces de obligar a sus promotores a retirarlas avergonzados de forma fulminante. No, no solo no las retiran y nos piden perdón, si no que con la cabeza alta y la soberbia de quién se considera por encima de sus administrados nos enumeran una lista infinita de pretendidas ventajas para nosotros.
Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado. Más allá de la justicia o la razón, más allá de la equidad o idoneidad de la aplicación de las normas, la administración persigue al ciudadano hasta límites intolerables, moralmente reprobables, bordeando la ley hasta su aplicación fraudulenta e interesada.
Así que el ciudadano asiste entre el pasmo y su incapacidad de una reacción acorde a su indignación a su continuo despojo, a su permanente indefensión, al pisoteo sistemático de sus derechos individuales desde las diferentes administraciones -¿Por qué tener un expoliador si podemos tener varios y que se escuden unos en otros?- o desde grandes corporaciones protegidas por las leyes que les permiten actuar de forma lesiva e injusta sin otro derecho que el de la coacción de suspender un servicio básico ante cualquier posibilidad de resarcirse o rebelarse que el ciudadano de a pié pueda tomar.
Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado. Son intolerables los personajes que medran al amparo de estas normas, de estas leyes, y que añaden a la vejación de su aplicación la insultante, muchas veces, actitud personal de inquisidor, la altiva confrontación de quien se cree con una superioridad e impunidad que insulta, que veja, que condena a quien le paga aún antes, sin ni siquiera haberlo escuchado.
Es un fraude de ley la presunción de veracidad que permite gravar y/o condenar a un ciudadano sin otra prueba que la denuncia de otro ciudadano al que se le concede tal privilegio por motivos de mayor facilidad condenatoria. Es un fraude de ley que reconocida la presunción de inocencia en la constitución el ciudadano tenga que demostrarla ante cualquier conflicto con la administración o funcionario o personal asimilado y no estos su culpabilidad. Baste su palabra
Es fraude de ley utilizar los plazos y recursos de la administración para dejar indefenso, sin capacidad de reacción al ciudadano, pero tanto la administración central, como las administraciones autonómicas, como los ayuntamientos lo hacen sistemáticamente sin que nadie parezca dispuesto a intervenir o capaz de ponerles coto.
Es fraude de ley, pero su aplicación es permanente, que las leyes y normas se utilicen con un fin diferente de aquel para el que fueron aprobadas.
Es fraude ciudadano que alguien pueda ser condenado por lo mismo que otro sea absuelto, baste cambiar de juez, de ayuntamiento o de comunidad autónoma.
Es fraude de ley que una ley no tenga otro objetivo que despojar a un ciudadano de una parte o la totalidad de los bienes sin pararse en su justa aplicación moral ni en las consecuencias  económicas o laborales para el condenado.
Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.
Y es que en apenas dos siglos el habitante de los países occidentales en general ha sufrido una imparable mutación de ciudadano en contribuyente y  de contribuyente en paganini. Tan imparable e indeseada mutación amenaza con no dejar las cosas así y convertir al paganini actual en un aborregado esclavo de un gran hermano, insospechado por su origen para Orwell en unos casos y exacto en otros, que ya claramente asoma las orejas.

Balad, balad hermanos, con las papeletas en las manos.
Elegid, elegid con esmero quién os quitará el dinero.
Bailad, bailad los triunfos de los que os van a despojar.

Y después de cuatro años, volveremos, volveremos a empezar. (Si nos dejan).

miércoles, 2 de octubre de 2013

Veras Como Viene Alguien

Cuando el tiempo acompaña, y dependiendo de los gustos el tiempo acompaña casi siempre, hay pocas actividades tan lúdicas y económicas, en Madrid, como pasear por el madrileño parque del retiro un domingo por la mañana. Por el moderado coste del desplazamiento se puede asistir a un concierto de música popular, a un espectáculo de títeres, o disfrutar en general de múltiples actividades que diferentes personas, individual o colectivamente, nos ofrecen a cambio de alguna moneda que voluntariamente quieras intercambiar por su talento – en algunos casos te dan ganas de pedírselas en vez de dárselas pero ya se sabe que donde hay posibilidad hay picaresca-. Son tan ricos y variados los espectáculos humano, natural y artístico que al poco tiempo de estarlo disfrutando el espíritu se siente con esa sensación de felicidad intrascendente que parece llenarnos en ciertas ocasiones en las que la vida se empeña en enseñarnos su lado más positivo.
Pero ya se sabe, como en el famoso cartel de los bares “hoy es un día perfecto verás cómo viene alguno y lo …”.
Ante tanta dicha siempre surge la educación engañosa, o falta de respeto al prójimo, de los españoles dispuestos a confundir espacio público con espacio de derecho individual ilimitado. El argumento de este es un lugar público y por tanto puedo hacer lo que me de la gana no solo es falaz, y casi universal, sino una palmaria demostración de falta de civismo rayana en algunos casos en el delito. Claro que los ciudadanos son responsables solo en una cierta medida, las autoridades lo son en la absoluta desidia en el cumplimiento de sus funciones de vigilancia y, en último extremo, aplicación coercitiva a los renuentes.
Excepto en España, y países semejantes que comparten su escasa educación cívica, espacio público es aquel en que nadie impone su derecho sobre el de los demás a la hora de compartirlo y exige una gran dosis de tolerancia, de respeto hacia los demás y, lo más escaso si es que existe, cortesía. Claro que hay una frase que resume todo esto: “Anda y que le…” con varias terminaciones que al fin y al cabo significan el desprecio por el otro y la absoluta negativa a reconocer la falta de criterio en nuestra actuación. Si lo hemos hecho por algo será y la culpa es del otro, sin paliativos.
En este tema hay ciertos colectivos que hacen gala de un comportamiento especialmente incívico, llegando a la agresión verbal e incluso física si se les afea su conducta. Pero dado que son varios cada uno de ellos tal vez merezca una reflexión, por contumaces y prepotentes.
Pues eso, verás como siempre hay alguno que viene y lo…