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lunes, 22 de julio de 2019

Hacer o no hacer...


Solemos hablar de las redes sociales únicamente para denigrarlas, la mayor parte de las veces con toda la razón, pero la verdad es que también depende de con quién puedas mantener relación en ellas. Si te relacionas con seres semi racionales, fanáticos, dogmáticos y peripatéticos, lo más probable es que tu grado de frustración se corresponda con la absoluta falta de alimento intelectual que puedes sacar de ellos. Pero no todas las personas que pululan en la red tienen ese cariz intransigente y refractario al pensamiento libre, no todo en la red son consignas y panfletos, si seleccionas un poco hay amigos que te aportan una nueva vía de pensamiento cada vez que los lees.
Y entre estos amigos, en este caso además de amiga virtual tengo la suerte de conocerla personalmente, está Mar Campillo. Y la menciono, tendría muchas más razones para hacerlo, porque esta mañana ha publicado una frase de Pierre Rey, “uno es lo que no hace”, con la que inicialmente se está en desacuerdo, pero que según va paladeándose intelectualmente se va notando una proximidad inicialmente insospechada, de las que obligan a pensar.
Solemos estar convencidos de que nuestros actos hablan por nosotros, de que somos aquello que hacemos porque hacemos solo aquello que elegimos. Incontestable verdad. Craso error.
Evidentemente nuestros actos pasados determinan nuestro presente y por tanto condicionan nuestro futuro, y esto es cierto, de ahí lo de incuestionable verdad, pero no es menos cierto que no siempre elegimos lo que hacemos, unas veces por ignorancia, otras por conveniencia, y no menos por pura obcecación, y en estos casos lo que hacemos y lo que somos no son la misma cosa, de ahí lo de craso error.
Cada vez que tomamos una decisión, a cada instante que pasa porque no solo son decisiones las conscientes e importantes o reflexionadas, descartamos toda una suerte de posibilidades que darían lugar a una vida  diferente. Yo no seré el mismo después de escribir estas palabras que si no las hubiera escrito, mi mente ha cambiado, mi percepción de mí mismo y de lo que me rodea ha cambiado, aunque sea sutilmente, y, me gusta pensar, y la cosmología lo apoya, que todas esas posibilidades habrán de ser vividas por otras realidades de mi yo.
Recuerdo como Alexander Vilenkin, cosmólogo, explicaba a Eduardo Punset, con Andreu Buenafuente como taxista y testigo, que los universos son infinitos, en número y extensión, pero que lo que está dentro de ellos es finito, luego el contenido se repite con todas sus posibilidades, infinitamente. Y ponía como ejemplo, magnífico ejemplo, de lo que hablaban que seguramente en otro universo el taxista, Buenafuente, podría ser un famoso presentador de televisión.
Hace ya tiempo yo mismo exploré esta misma posibilidad configurando la vida como una serie de estancias en las que hay un número indeterminado de puertas, entre las que tienes que elegir una para seguir adelante. ¿Y las demás? ¿Tenemos que olvidarnos de ellas? No. Estoy convencido de que no, de que hay tantos yos como puestas en cada estancia y que todas son abiertas, en distinto universo, en distinto plano.
Pero no solo en distintos planos seguimos viviendo lo que no hicimos, la memoria, ese recurso maravilloso de la consciencia, nos permite recordar y recrear tantas cosas que en su momento decidimos no hacer que esa rememoración acaba siendo una parte activa de nuestro propio ser. Eso que habitualmente llamamos la experiencia no es otra cosa que el análisis de los aciertos y errores cometidos como parte de nuestra forma de adentrarnos en el futuro presente.
Lo primero que me llamó la atención en la frase original es que hay muchas cosas que no se hacen, más que las que se hacen, que ni siquiera están a nuestro alcance, que ni siquiera llegamos a saber que se podrían, o que no se podrían, haber hecho, luego no podemos ser lo que no se hace. No podemos ser solo lo que no se hace.
Así que, y sin que esto sea definitivo, ya que otros yos le darán mayores, o menores, o diferentes interpretaciones, mi yo existente hasta este momento ha llegado a la conclusión de que, sin dejar de ser lo que hacemos, somos en gran parte lo que hemos dejado de hacer, ya que eso pertenece a nuestro yo exterior, yo al fin y al cabo, y a la memoria y experiencia de mi yo actual. Pero ni aun así estaríamos enteros, ni aun así llegaríamos a cumplir todas las finitas expectativas que el infinito requiere de nosotros, así  que dando un giro más, y reafirmándome a mí mismo, creo firmemente que somos lo que hacemos, lo que hemos dejado de hacer, lo que nunca elegimos no hacer y lo que nunca tuvimos la posibilidad de hacer.
Al final, sea de forma religiosa o científica, toda idea desarrollada nos acerca a una unicidad, a una identidad única de todo. Y cuando hablo de todo me pasa como con los hechos, hablo de lo que existe, de lo que no existe, de lo que nunca existió, de lo que nunca existirá e, incluso, de lo que jamás imaginaríamos que podría existir, o no existir.
Me queda solo darle las gracias a Mar. A Mar y a todos esos amigos de las redes sociales que me obligan a pensar más allá de lo que el día a día me exige, porque cada vez que me fuerzan a hacerlo hacen que proliferen mis puertas y me multiplique en una suerte de explosión polínica del pensamiento. Y darle las gracias, también, a todos mis desconocidos yos lectores, y a los que nunca me han leído, y… “Hasta el infinito y más allá”

sábado, 22 de octubre de 2016

Más de lo mismo

Cualquiera de los que contamos más de cincuenta años hemos vivido bajo una dictadura. Sabemos de primera mano, no porque nos lo cuenten, no porque nos lo digan los libros, como era la vida y cuáles eran las consecuencias, cuál el día a día, cuáles las carencias, de vivir bajo el criterio de una élite que determinaba todos los aspectos de la vida, desde los económicos a los morales.
Cualquiera de los que contamos cincuenta, sesenta o más años  hemos tenido la oportunidad de tener que correr delante de los “grises” en las revueltas estudiantiles o sindicales. Hemos tenido la oportunidad de leer entrelineas las noticias en Triunfo, en La Codorniz, o publicaciones que secuestro tras secuestro intentaban hacer llegar hasta nosotros lo que sucedía en el mundo, más allá de la conspiración judeo-masónica y el oro de Moscú. Todos hemos tenido la oportunidad de aprender a tratar a las mujeres como iguales en un ambiente que se empeñaba denodadamente en hacerlas distintas, hemos aprendido a anhelar y pelear por la justicia social en un ambiente en que la justicia social era un delito, hemos aprendido a separar la ética y la moral de la legalidad en un entorno en el que los conceptos ley, religión y moral pretendían estar indisolublemente unidos.
Todos tuvimos la oportunidad de emocionarnos con los aires de libertad que de más allá de las fronteras, entonces si impermeables y disuasorias, de nuestro país nos llegaban en forma de noticias, canciones, películas o libros, siempre censurados o de forma clandestina, o, de forma más cotidiana, de imágenes que los aún escasos turistas nos hacían atisbar viendo sus usos y costumbres.
Todos tuvimos la oportunidad de remover nuestra formación y nuestra educación para, a pesar de todas las trabas familiares, políticas y sociales, hacer una crisálida ética y salir e incorporarnos a una sociedad global que demandaba que recorriéramos en pocos años un camino que otros habían recorrido en un par de centenas. Algunos usaron la política para reclamar el cambio, o su ausencia, otros, los más, usamos la convivencia para conseguirlo, o intentar evitarlo.
Todos tuvimos esa oportunidad. Todos lo intentamos. Unos tirando, otros frenando, muchos dejándose llevar. Unos con más fortuna, otros con más esfuerzo y menos logros. Pero todos hemos sido partícipes del inmenso esfuerzo que ha supuesto la consecución de unos derechos y libertades que otros ya tenían y a nosotros se nos negaban. De unos derechos y libertades que a los que tienen menos de cuarenta años les parecen incuestionables.
Si a cualquier europeo le costaría encontrar puntos de referencia hoy en día para explicarle a cualquiera que tenga cuarenta años o menos como era el mundo cuando él tenía su edad, a los españoles nacidos en una posguerra tardía, o antes, nos sería imposible porque no hay referencias en la vida cotidiana, ni en el ámbito público ni en el privado, que nos permitan hacer comparaciones.
Como le explico yo a mis jóvenes que, solo por poner ejemplos rápidos y llamativos, en semana santa los bares estaban cerrados, no se podía poner más música, que se oyera, que clásica o alusiva a la celebración. Ni cine. Como les explico que reunirnos cuatro cinco personas en pandilla podía llevar acarreada una detención. De botellón ya ni  hablamos. Como explicar, con toda la crudeza y frustración de lo cotidiano, esa moral implacable llena de culpas y sobresaltos que nos llevaba a condenarnos eternamente en los infiernos por besar, tocarse o explorar las delicias del sexo ajeno. Como les explico que si además esa atracción era por una persona del mismo género el infierno no esperaba a la posible eternidad, se desencadenaba ya en este mundo.
Pues no.  No tengo posibilidad ninguna, salvo la corta, la concisa, la poco reveladora palabra, para provocar en ellos un viaje por el tiempo en el que puedan siquiera atisbar como nos sentíamos entonces. Nuestra fe, nuestro compromiso, nuestra permanente provocación hacia nosotros mismos y hacia lo que nos rodeaba. Nuestra determinación a lograr un mundo mejor, más abierto, más libre, igual y fraternal.
Por eso, precisamente por eso y no por otras cosas, que también, me revelo ante este nuevo fascismo que parece venírsenos encima.
Porque fascismo es, al menos para mí, ejercer la violencia para coartar la libertad ajena. Porque fascismo es señalar a los que creemos que nos estorban. Porque fascismo es, y de la peor calaña, suponer que tengo derecho a imponer mis ideas por el simple hecho de que estoy convencido de que son las buenas, para todos, y cualquier otra, por tanto, está equivocada. Porque fascismo es, negro aunque sea rojo, sucio aunque provenga de ideas limpias, el uso de la fuerza. Porque fascista es, no importa de qué lado provenga, el insulto, el menosprecio, el linchamiento de los que piensan diferente. Porque fascista es pensar que todo está permitido si es por un bien universal, que casualmente coincide con lo que yo pienso que es el bien.
El fascismo no es, hoy en día, para mí, una ideología, craso error, el verdadero fascismo es la forma de llevarla a cabo. Los criterios morales que permiten a un individuo someter a otro para imponerle unas ideas diferentes sin reparar en medios ni consecuencias.
Claro que no es el fascismo de Mussolini, de Hitler o de Franco, ni siquiera, si me apuran, el de Lenin, de Castro o de Mao. Claro que no es fascismo como lo entiende la RAE, pero usar este término, este palabro, es, tal vez, la única forma de enfrentar a ciertas personas con sus actos. De enfrentarlos si no han pasado ya la inhumana frontera  de los iluminados.
Los que tenemos más de cincuenta años hemos tenido la oportunidad de vivir en un mundo dividido en bloques ideológicos y físicos y sabemos, hemos vivido, del dolor que conlleva. También, y como consecuencia, hemos aprendido que las actitudes coercitivas, violentas, totalitarias, no están sujetas a ser separadas por bloques. Que el daño, la sangre, la frustración de la libertad, provengan de donde provengan, se llamen como se llamen, no son de izquierdas ni de derechas, son, simplemente, totalitarias.

Los que tenemos más de cincuenta años en este país, en otros países menos, y en algunos incluso los que están naciendo, sabemos que el totalitarismo, el integrismo, la intolerancia, no tienen signo, no tienen cabida, no tienen ni siquiera sentido. Solo son, se llamen como se llamen, vengan de donde vengan, los traiga quién los traiga, más de lo mismo.

sábado, 25 de abril de 2015

En el camino I

No puedo declararme un experto, vaya por delante. No puedo, pero si hacer algunas reflexiones que las seis etapas recorridas que configuran ya de por si, y a la espera de las siguientes, una experiencia inolvidable y sin ninguna duda enriquecedora han dejado en mi cuerpo, en mi mente y en mi espíritu.
Hay muchos caminos en un solo recorrido. En realidad en ese recorrido hay tantos recorridos como caminantes porque el ritmo, la motivación, el enfoque que cada caminante le da es diferente. Tan diferente que estoy usando a propósito el término caminante y no el de peregrino que sería lo habitual. Y lo hago aposta porque lo primero que uno aprende es que hay caminantes y hay peregrinos, y no son los mismos.
Para cada persona, para cada caminante, para cada peregrino, existe un primer camino, el físico, ese trazado que recorre campos, pueblos y ciudades y que esta exquisitamente señalizado, aunque algunos en su propio beneficio imitan las señalizaciones oficiales a riesgo de confundir al caminante. Este camino físico, es una prueba de una dureza mayor de la que inicialmente uno espera, grandes cuestas, tramos de difícil discurrir, lluvia, calor… hacen que el caminante pase por pruebas que solo la voluntad, la determinación, la ilusión, permiten acometer y sobrepasar. Raro es el que no acaba sufriendo, literal, dolorosamente, de los pies. Las ampollas son compañeras habituales, e incomodas, e indeseadas, y lacerantes, del caminante que busca cada mañana, cada etapa, cada paso, la mejor forma posible de luchar con ellas. Raro es también el que no sufre los primeros días los dolores que la mochila provoca en los hombros, los dolores en las piernas…
Pero el camino físico no es más que la propuesta inicial, el camino evidente, diría que lo único común para todos, pero ni siquiera eso sería cierto ya que dentro del camino algunos se aferran a la propuesta más purista y exigente, mientras que otros eligen acortar tramos, usar transportes en algunos momentos o mandar sus bultos por sistemas que tanto particulares como empresas han diseñado como posibilidades que faciliten alguna mejora para aquellos cuyo grado de compromiso, de desafío, o posibilidad física es menor.
¿Existen entonces más caminos? Si, sin duda. Permítaseme intentar enumerar aquellos que yo he percibido. El turístico, el comercial, el simbólico, el espiritual, el interior, el social, el de los personajes  y el monumental.
Cada uno de estos caminos merece una reflexión. Cada uno se configura con experiencias y percepciones que solo se pueden encontrar desde dentro del mismo camino. Y cada uno de estos caminos solo es perceptible individualmente y seguramente algunos caminantes no habrán reparado en alguno de ellos y yo,  solo aprendiz, no habré reparado en alguno más que otros si han encontrado, al igual que para algunos caminantes seguramente no se diferencia el turístico del monumental o el interior del espiritual, aunque para mi tengan recorridos y percepciones diferentes.
Valga como primera reflexión esta ya escrita, pero no quiero cerrarla sin hacer un comentario sobre un camino de los enumerados que de momento no tengo intención de volver a comentar y que recoge la parte más negativa de la experiencia: el camino comercial.
Me parece vergonzoso, deleznable, que ciertos comerciantes aprovechen el paso del camino por la puerta de sus establecimientos para cobrar a los peregrinos precios que harían sonrojar a un comerciante de la Gran Vía madrileña, o de la Rambla barcelonesa o, incluso, de Puerto Banús. A nadie se le escapa que esos precios son especiales “del Peregrino”, ya que a los del pueblo jamás podrán cobrarle hasta 3 euros por una lata de refresco, en muchos sitios 2, cuando los precios “normales” están entre 1 y y 1.50. Es una vergüenza, como lo es que algunos avispados pongan señalizaciones imitando a las del camino para llevar al peregrino a desviarse y pasar por su negocio, muchas veces dando un rodeo que el caminante, ya castigado, maldice una vez comprendido el engaño. Y es más vergonzoso, y dañino, si tenemos en cuenta que el camino es un escaparate para una mayoría de extranjeros que tienen en él su primera experiencia con el país. Señores comerciantes un peregrino, que luego duerme en albergues equipados con literas y paga entre 5 y 15 euros por noche según sus posibilidades y necesidades, no se merece que se le expolie con precios abusivos cuando necesita beber o comer, ni que se haga una tarifa especial peregrino que quizás deberían vigilar las autoridades pertinentes. ¿No había obligación de tener una lista de precios sellada? En todo caso el peregrino no puede ir equipado de bolígrafo para ir rellenando hojas de reclamaciones. Comerciantes y autoridades, háganselo mirar, por el bién del peregrino.

Ultreia.