sábado, 22 de agosto de 2026

CARTAS SIN FRANQUEO (CLV)- LOS VALORES

 A mi modo de ver, uno de los grandes fracasos de esta sociedad, tal vez el mayor fracaso de esta sociedad, es la pérdida de los valores, esos entes etéreos, esos conceptos inaprensibles, que permiten el comportamiento ético de los individuos mas allá de leyes, normas y reglas. La desgracia, lo que me mueve al pesimismo, es que el problema que detecto, incluso en círculos donde el trabajo intelectual, incluso el trabajo ético,  se puede suponer más intenso, es que falla la base, falla la capacidad de identificar que es un valor ético, y como se debe de enfrentar su perfeccionamiento.

Es habitual confundir los valores con otros conceptos, con derechos, con emociones, con sentimientos, incluso considerar que pueden estar sometidos a algún extraño concepto de balance emocional, más propio de sistemas financieros, que de sistemas de valores. Otro error grosero, pero muy común, es, por el simple hecho de saberlos nombrar, o de pensar que se está trabajando en ellos, que ciertos individuos se consideren depositarios, portadores, de ese valor, y se erijan en jueces, justicieros o inquisidores del prójimo, exigiéndoles que compartan su error, que compartan un concepto que, por su mismo planteamiento, ya no es un valor, si no una interpretación de ese valor que intenta imponerse como norma.

Los valores, entes absolutos, metas de perfeccionamiento personal, no se sienten, no se proyectan sobre los demás, y nunca, nunca, nunca jamás, se alcanzan. Nadie puede sentir libertad hacia los demás, nadie puede sentir fraternidad hacia los demás, nadie puede sentir justicia hacia los demás, ni tolerancia, ni ningún otro valor ético de los que solemos presumir de poseer personalmente, en una negativa evidente de su práctica.

Porque, y esto es lo fundamental, los valores no se sienten, no se proyectan, no se comparten, no se piden, ni se dan, los valores se practican, y se practican, se intentan practicar, íntimamente, sin otra contraprestación que el propio reconocimiento del progreso que podamos apreciar en nosotros mismos.

La otra característica básica de los valores, es que son absolutos. No se pueden practicar parcialmente, ni un poquito, ni durante un rato, ni en un entorno determinado, ni con un círculo elegido. Los valores se trabajan, o no se trabajan, pero no tienen un interruptor de encendido/apagado, ni un reóstato de intensidad variable, entre otras cosas, porque lo valores son absolutos, inalcanzables, y cualquier renuncia, cualquier distracción o descanso, desmiente cualquier trabajo realizado, o la pretensión de haberlo realizado.

He conocido personas que, en una frase más estética que ética, en una frase demoledora, en una frase que habla de un fracaso de quién la pronuncia, demuestran su absoluta falta de rigor en sus compromisos éticos, y una ignorancia que conlleva fracaso en la comprensión de lo que son los valores. La frase: ”yo soy tolerante con todo el mundo, menso con los intolerantes”. Equivalentes que demuestran el absurdo:

-          Yo soy listo con todos, menos con los tontos. ¿?

-          Yo soy pobre con todos, menos con los ricos. ¿?

Solo se puede ser tolerante con los intolerantes, los tolerantes no necesitan de nuestra tolerancia. Como los que pretender practicar la fraternidad con los amigos, vaya absurdo, la fraternidad hay que practicarla con los que nos enfrentan, con los que nos agreden, con los que nos caen mal, con los que preferiríamos no encontrarnos. La fraternidad hay que practicarla con el que nos pisa en un transporte público, con el que nos saca el dedo en medio del tráfico, con el que nos hace difícil la convivencia en la comunidad, con el que despierta nuestros peores instintos y sentimientos. Eso es fraternidad, eso es tolerancia, eso es practicar los valores, y lo otro, lo otro es una engañifa, lo otro es un bálsamo para autocomplacientes y soberbios, o sea, para todos nosotros.

Pero no olvidemos la costumbre de confundir la igualdad con el igualitarismo, la libertad con el derecho a la libertad, la justicia con la legalidad, o la equidad con algo que puede imponerse mediante leyes y castigos. No habrá libertad mientras existan restricciones a la libertad, mientras cada individuo de la sociedad no se sienta reponsable, y solidariamente, libre con todos los demás. No habrá justicia mientras exista la legalidad y los individuos deleguen su práctica en entes ajenos a sí mismos. No habrá equidad mientras existan diferencias creadas artificialmente por reglas creadas según intereses de grupos, mientras cada individuo de la sociedad no tenga la convicción íntima de todos los que le rodean son sus iguales, y no se renuncie a prebendas y derechos adquiridos sin justificación ética.

Por eso esta sociedad no puede quejarse de la falta de valores, porque no los practica, porque no los pretende, porque los confunde en un interés de determinados, perfectamente identificables, grupos de poder para los que su práctica los privaría de su posición de privilegio. Esos grupos de poder en los que los individuos, mal formados, mal informados, mal educados y vagos éticos, delegan su vida, sus valores, para ir renunciando a ellos a cambio de confort, de despreocupación, de falta de responsabilidad.

jueves, 20 de agosto de 2026

CARTAS SIN FRANQUEO (CCXXXI)- EL ABSENTISMO

Venir semana tras semana, y una semana sí, y otra también, a intentar poner en su justo término los torcidos debates con los que nos obsequian nuestros políticos, es una tarea poco agradecida, la verdad, pero imprescindible para la salud mental de este que suscribe, su seguro servidor (fórmula antigua y de una belleza poco apreciada).

Y esta vez ni me voy a molestar, instalado en el hartazgo, instalado en el aburrimiento de los sesgos pertinaces, mendaces, elaborados solo para la cla, o claque, o clac, para la que inteligentísima IA sepa de que hablo, término que para los poco versados en teatro clásico, era el grupo de personas a las que se pagaba por aplaudir, o, a veces, abroncar durante el estreno de una obra, con el objeto de hacerla triunfar, o abocarla al fracaso. Ahora les llamamos, fans, o fanáticos, o forofos, o… el fútbol tiene bastantes términos locales para ellos. En todo caso mentiras, retruécanos y relatos, que solo son admitidos por aquellos dispuestos a admitir cualquier cosa en función, y sin otro requisito que su origen, de quién la diga.

Tal vez los que no lo han vivido puedan pasar sobre el tema sin ningún sobresalto, funcionarios, empleados de grandes empresas, grandes y medianos empresarios, pero hay personas, sectores, los llamados autónomos societarios, para los que el tema es sinónimo de ruina, de descalabro, de persecución estatal. Y me estoy refiriendo al tristemente tratado, al nocivo y permitido, absentismo.

El tema, mal planteado, desconocido en su verdadera dimensión por el señor Feijoo, representante de la España acomodada, y torpe en su forma de hacerlo, ya que en su discurso ignora a aquellos que debería atraer, y plantea el problema como si quisiera darle argumentos a sus rivales políticos. ¿Quién le asesora Sr. Feijoo? Porque sea quién sea o es un infiltrado en sus filas, o simplemente es un ignorante de la realidad cotidiana, un personaje que le hace decir lo que no es, en el peor momento posible, sobre un tema del que no conoce, ni se preocupa de conocer, más allá de las estadísticas, de los informes oficiales. Y esto, Sr. Feijoo, no va de estadísticas, va de vidas de ciudadanos, de ilusiones, de ruinas, y de proyectos truncados, a veces hasta la exclusión social. Y encima le da argumentos a los contrarios.

El tema, tratado con mendacidad, con ignorancia, con desvergüenza, por una pretendida, y nunca suficientemente denostada, izquierda, que solo favorece la necesidad de confrontación de un sistema que se sostiene gracias a la desunión, al engaño, al fanatismo, provoca una respuesta torticera, sesgada, con mala fe, por un gobierno, y sus socios, que no saben más del tema que el asesor del Sr. Feijoo, con el agravante de que en sus manos estaría solucionarlo, y en su ideario debería de estar hacerlo, si en vez de un movimiento populista fuera un movimiento social. Claro, no lo es, como a cada paso se encargan de demostrar.

Así que el Sr.Feijoo habla de lo que le importa, el beneficio de las grandes empresas, y el gobierno, y adláteres sale a responder con eslógans y populismos que ignoran el verdadero problema, pero que contentan a los destinatarios de esos mensajes que ni piensan, ni se les espera.

El absentismo, en contra de lo que el sistema, sus representantes, pretende hacernos creer, no es un tema único, ni es un tema que hoy por hoy esté socialmente cuestionado, como pretende el gobierno. Nadie con dos dedos frente, nadie que hoy por hoy esté en el mundo, puede pretender que alguien enfermo trabaje. Nadie, con un mínimo de raciocinio, y sentido social, puede pretender que alguien cuyas capacidades están mermadas acuda a realizar una tarea a la que no puede responder adecuadamente. No, ese no es el problema real, esa no es lo planteado por el jefe de la oposición, ni responde a otra cosa que una respuesta puramente populista por parte del gobierno.

Y si no es el qué, como tantas veces he dicho, porque en los qué prácticamente todos estamos de acuerdo, en lo que se marcan las diferencias es en cómo abordar los cómo solucionar los qué, en cómo enfocar, habilitar, esas soluciones a unos problemas que lastran la economía, arruinan microempresas, y son objeto de abuso por parte de los más desahogados. Porque esas son las tres grandes patas del problema del absentismo. Las costuras mal cosidas legalmente por las que el absentismo desangra al estado, y a las empresas.

Casi todos conocemos casos de esos individuos, para mí son delincuentes sociales, que buscan las debilidades del sistema, y logran bajas totalmente inventadas, o de una duración desmesurada, o ambas cosas. Claro que ellos no tienen la culpa de explotar en su provecho la lasitud de ciertas evaluaciones médicas, ni la permisividad administrativa, sin medios ni voluntad para controlar una situación que todos parecemos conocer, salvo la administración. Claro que si ellos mismos crean puestos inexistentes, o colocan personas que ni llegan a parecer por su puesto de trabajo, ¿qué podemos esperar?

La gran mentira sobre el absentismo está en las estadísticas, porque los numeros no reflejan el drama humano, social, económico, que esos números, trasladados a personas, a individuos, a proyectos, a ilusiones, nos contarían si tuviéramos la más mínima sensibilidad, el interés imprescindible para explorar las consecuencias reales.

Que en una gran empresa, o en una entidad pública, falte un trabajador, incluso una cantidad indeterminada de trabajadores, so suele comportar otro perjuicio que la ralentización de una determinada tarea, y ese trabajador, siempre puede ser sustituido por otro ya en plantilla, o contratar uno nuevo. La cuenta de resultados lo respalda.

Pero, ¿qué sucede si esto sucede en una empresa con uno, o dos trabajadores, que trabaja cubriendo el día a día? ¿Sin recursos financieros sobrados? ¿Sin recursos para contratar a otro trabajador? Pues es sencillo, evidente. La empresa deja de facturar porque no tiene trabajador para seguir adelante, pero sus obligaciones con el estado, y con el trabajador, no se detienen, lo que supone que la empresa no puede pagar sus impuestos, al no tener ingresos, no puede hacer frente a las cargas sociales de un trabajador que no trabaja, y no puede hacer frente a la parte salarial respecto a ese trabajador que ya no proporciona los recursos de su labor.

Lo que sigue es tan injusto, tal vil, tan insocial, que hasta cuesta escribirlo. La empresa entra en un bucle de impagos que no puede evitar por falta de recursos, y la administración, lejos de intentar encontrar una salida, entra en una histeria recaudatoria, multas, intereses sobre lo impagado, negación de salidas pactadas, que acaba llevando al pequeño empresario a la ruina, a la empresa a la quiebra, y finalmente al trabajador a quedarse sin ese trabajo.

No existe una legislación diferente para la pequeña empresa, está sujeta a la misma que las grandes empresas, con el agravante de que la saña administrativa, consecuencia de una indefensión provocada por su falta de músculo financiero, se va a centrar en ella, sin que a la administración le importe un ardite el daño personal, social y económico que su actitud puede causar.

Habrá ahora quién quiera desmentir lo que digo, pero lo he vivido en primera persona, en mis propias carnes, en mi propio proyecto.

No, nadie pretende que los trabajadores enfermos vayan a trabajar, pero sí que los trabajadores que se declaran enfermos realmente lo estén.

No nadie pretende que los trabajadores enfermos vayan a trabajar, pero sí que sea el estado quién se haga cargo, en las pequeñas empresas, del costo de los beneficios sociales de los que presume.

No, nadie pretende que los trabajadores enfermos vayan a trabajar, pero sí que haya control y severidad sancionadora para aquellos que pretenden defraudar a la empresa, a sus compañeros, y a la administración, que deberíamos ser todos.

El absentismo es inevitable, lo que sucede en este momento es una lacra.

lunes, 17 de agosto de 2026

ADIÓS PLAZABIERTA

 Todo en la vida suele tener un principio, y un final, e inopinadamente, sin tener muy clara la situación, de un día para ese mismo día, mi colaboración con la publicación digital Plazabierta ha finalizado por decisión unilateral del propietario de la cabecera, al parecer, por cuestiones ajenas a nada de lo publicado, más bien de tipo personal. Al fin y al cabo el que manda siempre tiene la última palabra.

Después de tantos años colaborando lealmente con la cabecera, y en los que creí tener un amigo en la vida normal, y algo más que un amigo en otros ámbitos, me encontré que como tantas veces, las palabras no tienen por qué representar a la realidad, y que muchas personas las usan para expresar una ficción emocional que, seguramente, están convencidos de sentir.

Dice un conocido, que a los amigos se les conoce en las dificultades, a la familia en las herencias, y a la pareja en los divorcios, y yo he comprobado la verdad de esta afirmación en todos los ámbitos, y, lo que es más lamentable de forma simultánea.

No es este el momento de pasar cuentas, ni siquiera creo que exista ese momento, porque solo la conciencia de cada uno puede enfrentar los comportamientos miserables de cada uno, y lo habitual es mirar para otro lado cuando la conciencia exige profundidad y autocrítica. Al fin y al cabo ya sabemos que el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio, y aún no se conoce el caso en el que alguien asuma su culpa ante ningún hecho ante el que ha decidido “tener la razón”

Creo que ya lo conté en un artículo escrito para la hoy ya inaccesible, para mí, Plazabierta. Durante muchos años, en los que yo viajaba en metro para ir al colegio, estaba convencido de que todos los que tenían razón viajaban conmigo, porque en las conversaciones que sostenían siempre tenía la razón, y apabullaba con ella al ausente contrario, mi compañero de transporte. Luego, años más tarde, descubrí a Schopenhauer y su “El arte de tener razón”, y descubriría que para la gente en general es mucho más importante tener razón, que saber la verdad, que es mucho más importante a nivel personal la autojustificación, que la autocrítica.

Ahora, muchos años después, más de cincuenta, he vuelto a tener que descubrir que el dicho de mi amigo se cumple puntualmente en más casos de los que la fraternidad, el cariño, y la verdad aconsejarían, y que lo observado en mis juveniles viajes en metro sigue vigente. En pocos años he perdido a mi hermana en un tema que se justifica con una herencia, aunque sea mentira, he perdido a mi pareja, en una disparatada historia en la que no existe otra verdad que una huida ante las dificultades, y un comportamiento vengativo y miserable, en la separación, y he perdido a algunos que creí amigos, porque las dificultades espantan a aquellos que de ciertas palabras solo conocen el sonido. He redescubierto que confiar en la gente es un lujo en el que uno se deja parte de tranquilidad vital, pero que no pienso renunciar a él, por más palos que me de la vida.

He tenido que reconstruir mi vida casi desde cero, sin ocultar a la gente que se acercaba a mí,  mi situación real, víctima de un divorcio abusivo, tampoco soy el primero, ni el último, perseguido por una administración más interesada en sancionar y señalar, que en ser justa, o colaborativa, como sería su obligación, y a pesar de todo he recibido cariño desde distintos círculos, he recibido complicidad, ayuda, y, sobre todo, sobre todo, amor. Amor en diferentes variedades, en diferentes ámbitos, en diferentes formatos.

Hoy, mi despido, que no despedida, aunque nunca haya tenido un vínculo contractual con Plazabierta, ya que toda mi colaboración ha sido gratuita, desinteresada, guiada por el afecto, cierra la única puerta, salvo a unos pocos viejos amigos a los que no se les ha colocado una historia falsa, interesada, mentirosa, que me unía al pasado. Solo quedan mis hijos, mis nietas, y esos viejos amigos que la memoria y el cariño sincero preservan.

Desde hoy mis escritos volverán a mis viejos blogs, que durante años he abandonado para no crear competencia con Plazabierta, y que hoy recupero con la misma ilusión que tuve en su momento al crearlos, y con la que afronto esta nueva etapa.

Espero seguiros viendo.