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sábado, 11 de junio de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXIII) -LA SENSATEZ

 

Ha resultado cierto, y no me duelen prendas reconocerlo, que tu predicción sobre la intervención en el conflicto abierto con Argelia, en el sentido de que nuestros socios europeos iban a ser decisivos, ha resultado cierta, aunque no es menos veraz que esta intervención me recuerda mucho a aquellos episodios con mi madre en los que, tras haber hecho alguna trastada, o simplemente haberte salido del guión de niño bueno y obediente, mi madre, con una sonrisa escalofriante, ríase usted de la risa del Joker, decía aquello de:” aprovecha, aprovecha, que luego ya llegaremos a casa”.

Es verdad que, tras la admonición, una madre jamás amenaza, seguías haciendo aquello mismo que había provocado la intervención materna, orgullo obliga, pero en tu íntimo ser, tras tu sonrisa de yo hago lo que me da la gana, el frío del futuro se había adueñado de tus entrañas, y desgranabas, como en una letanía, la posible lista de penas que te aguardaban en el interior, tras la puerta de la celda, aquel mismo lugar que en otras ocasiones habías llamado hogar: “pescozón, zapatilla, bofetada”. Que duro y largo se hacía el camino. Que duro se hacía disimular ante los demás la zozobra, que se incrementaba según menguaba la distancia hasta casa. Cuantas alternativas de orgullosa, e imposible, rebelión se te pasaban por la cabeza. Cuanta suficiencia aparentabas para encubrir el ineludible destino que te aguardaba, cada vez más cerca, más cerca, a la vuelta de la esquina, traspasado el portón del portal, mientras la llave entraba en la cerradura. “Pasa, pasa”, aquel tono. Aquella mueca.

El episodio de Argelia no se ha acabado. Tras el respaldo de la UE, en la sonrisa de suficiencia de nuestro ministro de interioridades socialistas exteriores, me reconozco en los episodios con mi madre, vendrán las consecuencias: más pateras, el gas más caro, el peor trato posible en los temas bilaterales, pero eso, por supuesto, ya sucederá cuando lleguemos a casa, mientras tanto, sostenella y no enmendalla, aunque se caiga el mundo.

No sé, ni lo voy saber, ni lo vamos a saber en tanto en cuanto sea posible que lo ignoremos, si este episodio chusco, de vodevil o de opereta, de nuestra, mal llamada, inteligencia exterior, está relacionado con el no menos irrisorio de la intervención exterior de teléfonos de nuestros gobernantes, pero, como bien recoge el acervo popular en su sección de dichos y sentencias: “Si non e vero…”; o en esa aún más demoledora e indenfendible: “Cuando el río suena…”; así, inconclusas, que resultan aún más dañinas.

Yo, por no abandonar el hilo de los recuerdos infantiles, ni el de la cultura popular, tengo en la cabeza aquella, me cuesta llamarle juego, me cuesta definirla como trastada, provocación gansa en la que incurríamos cuando algún empleado municipal, en el desempeño de sus funciones, entonces habituales, casi diarias, armado de llave de paso en “T”, y un par de metros de manguera, procedía al riego refrescante de las calles, o al riego imprescindible de parques y jardines; provocación espontanea, sobre todo los días de calor, que se iniciaba con una cantinela, impensable si no era en grupo: “La manga riega, que aquí no llega”, coreábamos mientras, ante la aparente indiferencia del regante, nos íbamos acercando. Muchas veces el regante no estaba para bromas, e ignoraba a los gansos como quién ignora a las moscas, pero otras veces, que tampoco el regante estaba para bromas, te soltaba un manguerazo que te dejaba para tender al sol. Hoy en día, en el que este juego es impensable porque no puede trasladarse a ordenador o consola, el niño acudiría a sus padres para que le montaran una bronca al de la manguera, en aquel entonces, mi entonces infantil, lo sensato era buscar un lugar en el que el clima eliminara las encharcadas pruebas de lo sucedido, así te ahorrabas el pescozón, o el castigo, que era inevitable que te cayera si el episodio llegaba a oídos de tus progenitores. Alguno conozco que prefirió contar que se había caído al estanque, antes que narrar la humillante verdad del manguerazo frontal.

Claro que acabo de mencionar la sensatez, esa cualidad humana por la que, en cada circunstancia, se hace lo más conveniente. No lo mejor, no lo que más apetece, no lo que solicitan los afines, no lo que parece obligado por las circunstancias, simplemente lo que puede crear menos inconvenientes. Pero, convengamos, la sensatez es una cualidad en desuso, una rara avis en la vida cotidiana, y una especie extinta en el panorama político. El populismo imperante, que exige, para mantenerse, imponer una sinrazón, que promueve la necesidad de exaltar a los afines y zaherir a los que no lo son, se complementa con el frentismo, el exabrupto, la salida de pata de banco, la ocurrencia zafia y grosera, el insulto evidente y cómplice, pero con la sensatez no.

Con la sensatez casan la prudencia, la inteligencia, la fraternidad, el afán de servicio, y tantas otras cualidades que ni están, ni se las espera. Me gustaría pensar que, al igual que las golondrinas de Becquer, la sensatez volverá de los escaños sus nidos a colgar, pero estoy más en lo de Rubén Darío, y parafrasearlo diciendo aquello de:”Sensatez, divino tesoro, te vas para no volver”. Ya veremos.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Un paseo por el Paseo, de Orense


Hay momentos en que los dioses permiten, momentos en los que el clima acompaña, momentos en los que las circunstancias invitan, y se puede asistir a sucesos cotidianos extraordinarios. Siempre que paseo por Orense los ojos de los soportales parecen túneles que el tiempo dispone, e invita a traspasar para trastocarse, para enredarse en su transcurso y poderse asomar a otros momentos que las piedras guardan celosamente grabados en sus entrañas, personas y personajes que dejaron su impronta tallada en ellas a su paso. En Orense la lluvia es paisaje, y memoria, cuando el paseante mira con los ojos más allá de las caras que se cruza y del tiempo en el que parece vivir.
Todas las calles son caminos temporales que discurren en un plano habitualmente rígido, lineal,  inaccesible en su transcurso. El tiempo que todo lo ve pero nada concede se vuelve dadivoso, maleable, generoso con el paseante.
Es así como un paseo por el Paseo, de Orense, en un día lluvioso, aparentemente desapacible, puede convertirse en una experiencia de reconfortante intimidad. Es así que mis 65 años, con los que empecé el recorrido, se habían convertido en veinticinco al llegar al Parque de San Lázaro y en diez, en apenas diez, cuando de nuevo empecé a oler las garrapiñadas que marcan a los sentidos el final del paseo, el extremo del Paseo.
En ese tiempo pude ir viendo a las señoras sentadas en el Miño, escrutando a los paseantes, escrutando, en realidad sus vidas, y rellenando los huecos que por ignorados, por supuestos, resultaban más interesantes y jugosos de comentar. Esas señoras que a mi madre tanto le preocupaban desde la distancia de Madrid y que provocaban la recomendación que siempre me hacía, y que podía volver a escuchar, cuando en plena época hippie y rebelde me recordaba siempre en la estación, justo antes de partir para Orense: “si vas a pasar por el Miño, vete bien vestido”, magnífica invitación para ir vestido como me diera la gana. “Aunque tú no las conozcas, ellas sí te conocen a ti”, como si con la edad que yo me gastaba el reconocimiento fuera diferente a lo que sucede con un cristal polarizado, que si tú no ves a los que están al otro lado tienes la sensación de que tampoco ellos te ven a ti.
Me encontré en mi paseo por el Paseo de Orense con tantas personas queridas, recordadas, en muchos casos añoradas, que, como siempre sucede en los momentos en los que la magia toma el control, el alma se va invadiendo de una felicidad calma, lluviosa, de pompa sin ruido, de charco que no moja, de sonrisa sin rictus. Saludé a personas y a lugares que hace tiempo que solo residen en las esquinas de la lluvia y la memoria, de la piedra y el recuerdo. A Marujita Manzano, la gran amiga de mamá, a Marite y Gloria Vilanova, al chalet de los Losada, a las sesiones vermut en el Auria, a la Tía Natalia y al tío Juan con su sombrero y su chaleco irrenunciables, con esa piel de color blanco casi transparente, al  tío José Luís, el filósofo,  siempre del brazo de la tía María Joaquina, a los helados de La Ibense, y a la pastelería “Ramos” que conformaba el otro extremo goloso del paseo. Goloso y aromático. Me encontré conmigo mismo saliendo del Losada con mi padre de ver mi primera película: “Globo Rojo”. Tantas personas a las que saludar, recordar, recuperar en ese paseo mixto de tiempo y espacio, de clima y recuerdo. Paso a paso iba devanando mi memoria y paso a paso los recuerdos, y los recordados, se unían a mi paseo. Unos se quedaban conmigo, mi primo Santiago, siempre presente, otros saludaban al pasar, algunos se paraban a compartir y representar charlas que no había olvidado.
Tanto en la ida como en la vuelta los pasos eran  pausados, de los que se recrean en el espacio para no perderse el tiempo, para no perderse, por apresurados, un recuerdo más perezoso que pugnando por salir pudiera sobrepasar antes de que se manifestara. Tanto a la ida como a la vuelta me visitaron personas, lugares, recuerdos, palabras, que sin pertenecer al entorno del Paseo si eran invocados por las personas y los momentos que iban apareciendo. Cincuenta años largos en dos largos del Paseo, en ese deambular de ida y vuelta, pausado, expectante, un poco exhibicionista, que era su forma natural de ser recorrido. Es un recorrido corto en el tiempo que transcurre, pero extenso en el tiempo recorrido. Un tiempo extendido en los recuerdos de Papá, del tío Julio, de personas y sucesos que nunca viví porque no había nacido, memoria heredada que siempre me vinculó a una ciudad que siendo la mía, apenas fue mi residencia permanente.
Y de nuevo el olor de las garrapiñadas que me despidió al iniciar mis pasos, la luz del escaparate de La Viuda que me reclama para una última representación del pasado, comprar un libro tal como hacía el Tío Toñito cada vez que llegaba a pasar parte de mis veranos a su casa.  Y en ese acto se incardinan dos situaciones: empezar a evocar la Plaza Mayor, allí donde me esperaban mi pandilla, mis primeros amores, mis últimos juegos, y el despertar a la realidad del momento presente, aunque la ensoñación pareciera tener todo preparado para evocar más y más recuerdos.
Pero seguramente ese será otro viaje, otra lluvia, otras piedras, otro tiempo y otro momento, que ya me producen un cierto anhelo, una melancolía húmeda y dulce que me predisponen a recórrelo, cuando los dioses lo permitan, cuando el clima lo acompañe, cuando las circunstancias me  inviten.

viernes, 9 de agosto de 2019

Los viejos selfies


Hola papá:
Hace ya meses que hablamos por última vez, hace ya meses que mi falta de tranquilidad, mi imposibilidad de sentir el duelo a la que estoy sometido por las cuestiones mundanas, tú ya sabes de qué te hablo, ha medio cegado esta vía de comunicación de la que nos hemos valido durante tu enfermedad. Esa enfermedad tantas veces negada y en la que tanto hemos sufrido durante tu última etapa.
Supongo que habrás visto al Tío Julio. Fíjate, la de cosas que superó durante su vida y ha sido incapaz de superar tu muerte. Me lo decía Alma, no levantó cabeza desde que se enteró de que habías muerto, pero ya estáis los tres ahí, los tres de mi infancia y casi adolescencia: Mamá, el tío y tú.
No te voy a contar muchas cosas de las que aquí han quedado, son excesivamente penosas y no nos aportan nada a ninguno de nosotros, solo, si te acuerdas, dile a mamá que cuanta razón tenía respecto a ciertas personas, cuanto odio, cuanta rabia, cuanto pensamiento negativo pueden albergar algunos seres humanos. Como ella bien decía es imposible ser feliz cuando solo se tienen pensamientos negativos hacia los demás.
Pero quiero centrarme en lo que quería contarte. A ella le escribiré cuando consigamos desentrañar toda la miseria que aquí nos ha quedado.
Llevaba tiempo intentando escribirte, pero siempre he roto todo lo que escribía. Eran palabras tristes y sin contenido, palabras que no tenían otro mensaje que la queja o el retrato de una situación sin pies ni cabeza, y para eso, ya me basto yo. Además supongo que donde estés habrá un filtro para evitar que las cuitas y miserias de este mundo lleguen a contaminar ese.
Nada, que me enrollo. El motivo principal de esta carta, en realidad la necesidad de poder hablar contigo es realmente el principal, es una foto. Una foto trucada e inesperada. Una foto que al recibirla me turbó de tal manera que tardé un tiempo en recuperarme, una foto tuya que nunca te hicieron a ti.
Ya sabes que en estos tiempos, aunque a ti ya prácticamente no te pillaron, todo el mundo usa los teléfonos móviles para sacar fotografías, incluso se ha puesto de moda hacerse fotos a uno mismo y se llaman “selfies”. Sí, claro que me acuerdo papá, como no, de cuando usabas los carretes de 36 fotos para todo un verano, o para un viaje, porque luego había que llevarlas a revelar y costaban una pasta, y además a veces pagabas por revelar fotos que ni se sabía que habían reflejado, o las veladas, que daban aún más rabia. En estos tiempos que corren la cosa es distinta, treinta y seis fotos se hacen en un pispás, se revisan en el momento y se borran las que no sirven. Y es que los tiempos adelantan “que es una barbaridad”.
Bueno, pues no queda ahí la cosa, ahora resulta que esas fotos se pueden manipular usando programas especiales. Que si las retocas, que si les pones un filtro de color, que si las conviertes en dibujos, que si… que sí, que se puede hacer todo eso y más. Tanto más se puede hacer que uno de esos retoques es la causa de estas letras.
Uno de esos programas que te comento envejece aparentemente a las personas. No te puedo explicar cómo, pero lo hace. En la mayor parte de las ocasiones se limita a añadir alguna ojera, algún descuelgue y alguna arruga para lograr el resultado de una vejez previsible. O eso es lo que yo creía y había visto, hasta que el otro día tu nieto me mandó una foto suya que había pasado por el dichoso programita. Tardé en entender la foto. Tardé en recuperarme de la impresión que me produjo. La foto de Yago envejecido era una foto tuya. Esta vez el programa había tirado de genes.
Siempre hemos sostenido que Yago se parecía más a la familia de Isabel que a nuestra rama. Es más, si lo miras ahora, sin el filtro, difícilmente aprecias en él ningún rasgo tuyo.  Pero parece ser que el programita en cuestión no se sintió aludido por nuestra perspectiva y envejeció a Yago hasta lograr un retrato de su abuelo, un retrato más tuyo que de él.
Te lo envío para que lo veas. Tal como ya he avisado a la gente, yo no pienso pasar ningún retrato mío por el tal filtro, primero porque cuando uno ya tiene arrugas propias a lo peor el programa se las borra, o sea que el envejecimiento de la vejez resulte un rejuvenecimiento, pero segundo, y aún más importante, porque después de la experiencia de Yago no quiero ver mi foto convertida en alguien a quien recuerde. Y es que, en contra de lo que piensan muchos, no siempre todo lo que se puede hacer, apetece.
Un beso papá. Hasta la próxima. Saluda a los que estén contigo.

sábado, 22 de octubre de 2016

Más de lo mismo

Cualquiera de los que contamos más de cincuenta años hemos vivido bajo una dictadura. Sabemos de primera mano, no porque nos lo cuenten, no porque nos lo digan los libros, como era la vida y cuáles eran las consecuencias, cuál el día a día, cuáles las carencias, de vivir bajo el criterio de una élite que determinaba todos los aspectos de la vida, desde los económicos a los morales.
Cualquiera de los que contamos cincuenta, sesenta o más años  hemos tenido la oportunidad de tener que correr delante de los “grises” en las revueltas estudiantiles o sindicales. Hemos tenido la oportunidad de leer entrelineas las noticias en Triunfo, en La Codorniz, o publicaciones que secuestro tras secuestro intentaban hacer llegar hasta nosotros lo que sucedía en el mundo, más allá de la conspiración judeo-masónica y el oro de Moscú. Todos hemos tenido la oportunidad de aprender a tratar a las mujeres como iguales en un ambiente que se empeñaba denodadamente en hacerlas distintas, hemos aprendido a anhelar y pelear por la justicia social en un ambiente en que la justicia social era un delito, hemos aprendido a separar la ética y la moral de la legalidad en un entorno en el que los conceptos ley, religión y moral pretendían estar indisolublemente unidos.
Todos tuvimos la oportunidad de emocionarnos con los aires de libertad que de más allá de las fronteras, entonces si impermeables y disuasorias, de nuestro país nos llegaban en forma de noticias, canciones, películas o libros, siempre censurados o de forma clandestina, o, de forma más cotidiana, de imágenes que los aún escasos turistas nos hacían atisbar viendo sus usos y costumbres.
Todos tuvimos la oportunidad de remover nuestra formación y nuestra educación para, a pesar de todas las trabas familiares, políticas y sociales, hacer una crisálida ética y salir e incorporarnos a una sociedad global que demandaba que recorriéramos en pocos años un camino que otros habían recorrido en un par de centenas. Algunos usaron la política para reclamar el cambio, o su ausencia, otros, los más, usamos la convivencia para conseguirlo, o intentar evitarlo.
Todos tuvimos esa oportunidad. Todos lo intentamos. Unos tirando, otros frenando, muchos dejándose llevar. Unos con más fortuna, otros con más esfuerzo y menos logros. Pero todos hemos sido partícipes del inmenso esfuerzo que ha supuesto la consecución de unos derechos y libertades que otros ya tenían y a nosotros se nos negaban. De unos derechos y libertades que a los que tienen menos de cuarenta años les parecen incuestionables.
Si a cualquier europeo le costaría encontrar puntos de referencia hoy en día para explicarle a cualquiera que tenga cuarenta años o menos como era el mundo cuando él tenía su edad, a los españoles nacidos en una posguerra tardía, o antes, nos sería imposible porque no hay referencias en la vida cotidiana, ni en el ámbito público ni en el privado, que nos permitan hacer comparaciones.
Como le explico yo a mis jóvenes que, solo por poner ejemplos rápidos y llamativos, en semana santa los bares estaban cerrados, no se podía poner más música, que se oyera, que clásica o alusiva a la celebración. Ni cine. Como les explico que reunirnos cuatro cinco personas en pandilla podía llevar acarreada una detención. De botellón ya ni  hablamos. Como explicar, con toda la crudeza y frustración de lo cotidiano, esa moral implacable llena de culpas y sobresaltos que nos llevaba a condenarnos eternamente en los infiernos por besar, tocarse o explorar las delicias del sexo ajeno. Como les explico que si además esa atracción era por una persona del mismo género el infierno no esperaba a la posible eternidad, se desencadenaba ya en este mundo.
Pues no.  No tengo posibilidad ninguna, salvo la corta, la concisa, la poco reveladora palabra, para provocar en ellos un viaje por el tiempo en el que puedan siquiera atisbar como nos sentíamos entonces. Nuestra fe, nuestro compromiso, nuestra permanente provocación hacia nosotros mismos y hacia lo que nos rodeaba. Nuestra determinación a lograr un mundo mejor, más abierto, más libre, igual y fraternal.
Por eso, precisamente por eso y no por otras cosas, que también, me revelo ante este nuevo fascismo que parece venírsenos encima.
Porque fascismo es, al menos para mí, ejercer la violencia para coartar la libertad ajena. Porque fascismo es señalar a los que creemos que nos estorban. Porque fascismo es, y de la peor calaña, suponer que tengo derecho a imponer mis ideas por el simple hecho de que estoy convencido de que son las buenas, para todos, y cualquier otra, por tanto, está equivocada. Porque fascismo es, negro aunque sea rojo, sucio aunque provenga de ideas limpias, el uso de la fuerza. Porque fascista es, no importa de qué lado provenga, el insulto, el menosprecio, el linchamiento de los que piensan diferente. Porque fascista es pensar que todo está permitido si es por un bien universal, que casualmente coincide con lo que yo pienso que es el bien.
El fascismo no es, hoy en día, para mí, una ideología, craso error, el verdadero fascismo es la forma de llevarla a cabo. Los criterios morales que permiten a un individuo someter a otro para imponerle unas ideas diferentes sin reparar en medios ni consecuencias.
Claro que no es el fascismo de Mussolini, de Hitler o de Franco, ni siquiera, si me apuran, el de Lenin, de Castro o de Mao. Claro que no es fascismo como lo entiende la RAE, pero usar este término, este palabro, es, tal vez, la única forma de enfrentar a ciertas personas con sus actos. De enfrentarlos si no han pasado ya la inhumana frontera  de los iluminados.
Los que tenemos más de cincuenta años hemos tenido la oportunidad de vivir en un mundo dividido en bloques ideológicos y físicos y sabemos, hemos vivido, del dolor que conlleva. También, y como consecuencia, hemos aprendido que las actitudes coercitivas, violentas, totalitarias, no están sujetas a ser separadas por bloques. Que el daño, la sangre, la frustración de la libertad, provengan de donde provengan, se llamen como se llamen, no son de izquierdas ni de derechas, son, simplemente, totalitarias.

Los que tenemos más de cincuenta años en este país, en otros países menos, y en algunos incluso los que están naciendo, sabemos que el totalitarismo, el integrismo, la intolerancia, no tienen signo, no tienen cabida, no tienen ni siquiera sentido. Solo son, se llamen como se llamen, vengan de donde vengan, los traiga quién los traiga, más de lo mismo.

jueves, 13 de agosto de 2015

Puente Sobreira

Ayer estuve en tu puente, papá, en ese puente de piedra, umbrío, oculto entre arboles, silvas y casas en ruinas que tanto significó en tu niñez y en la de tus hermanos. Ese puente al que te acompañé unos meses antes de que tu enfermedad empezara a alejarte de mí y acercarte a su memoria.
Cerca de Faramontaos, en Sobreira, puente que ahora transitan los peregrinos y algún vecino que ocasionalmente precisa de su concurso para cruzar un río de aguas escasas este año, tan escasas que apenas son un encadenamiento de charcos sin corriente entre ellos. Puente ante el que, más allá de flujos y reflujos de su caudal, el tiempo, el recuerdo, la memoria, que tan escasa te es de este momento presente, parecen florecer y hacerse un centro fundamental de los retazos de tu vida que aún no se han ocultado tras el traicionero velo de la enfermedad.
Recuerdo aún con emoción la visita que hicimos. Recuerdo aún tus ojos, tu sentimiento, tus palabras en el momento de visitarlo. “Mi puente”, decías, “mi puente”. Casi como un mantra, como un intento desesperanzado de retener junto a ti lo que se te escapaba, de transferirme la memoria que sentías perder para que yo pudiera perpetuar esa vida que tú tanto añoras. La abuela en su escuela dando clase, los niños de tu época, la casa en la que vivías, vuestras correrías.
Y por eso, para poder cumplir ese deseo, he ido yo ayer hasta el puente. Acompañado de mi hija para que ella sea depositaria de esa memoria que tú quisiste compartir conmigo antes de que se desvaneciera, de que se perdiera en esa maraña de tristeza, de incomprensión, de palabras extrañas con la que tu enfermedad te castiga en tus escasos momentos de lucidez.

Desde Puente Sobreira, papá, te quiero, te recuerdo, te revivo.

sábado, 6 de junio de 2015

Conversaciones

Es complicado escucharte. Nuestros oídos, nuestras prisas, nuestro egoísmo no están preparados para desentrañar el mensaje que se oculta entre balbuceos de palabras intentadas, significados ocultos de palabras inteligibles y desvaríos de tiempo, edad y percepción que se intercalan en tus conversaciones.
Parece que la vida solo nos prepara para el mensaje directo, para la cabeza despejada, para atender y responder de forma contundente a un mensaje enunciado meridianamente. El simbolismo, la reinterpretación nos pone nerviosos y a la defensiva, y caemos en el riesgo de dejar pasar una idea clara envuelta en intentos fallidos.
Me contabas ayer con palabras de silabas temblorosas, movidas, con superlativos simplificadores y numerales que eran en realidad magnitudes – cien son muchos, tres varios- y situando la acción en un ayer de más de dos años, la caída de la banqueta que desencadenó la evolución definitiva de tu enfermedad. Y me la contabas a mí, tu hermano de hoy, tu hijo de ayer, como si fuera una tercera persona ausente entonces, e incluso ahora.
-Ya me dijo mi hermano mayor –yo- que no me suba, que me voy a caer y eso es muy peligroso.
Bueno, la frase fue mucho más larga e inconexa, pero lo que me llamó la atención es que me lo contaras a mí, que entonces era tu hijo, que fui el que te llamó la atención sobre el peligro, finalmente, desgraciadamente, consumado, trastocado en tu hermano mayor, que es lo que soy ahora, como si se lo contaras a una tercera persona, que es lo que debía de ser en ese momento, totalmente ajena a los hechos.
Aún recuerdo, y no puedo evitar emocionarme, condolerme, cuando sentados en la sala de urgencias del Hospital de la Princesa, escuché tu primera flagrante incoherencia. El cómo entonces con una consciencia amarga, con un miedo vergonzante e impropio, quise desesperadamente pensar que estabas bromeando. Hablábamos sobre tu edad.
-          A ver, papá, ¿Cuántos años tienes?
-          Ciento treinta y siete
-          Venga, en serio, ¿Cuántos años? – aún confiado y sonriente-
-          Ciento treinta y siete – ya serio y mirándome como si estuviera tonto-
-          Pero, papa, entonces – ya preocupado- ¿Cuántos tiene el tío Virgilio? – su hermano mayor-
-          Buff, ese tiene por lo menos trescientos diez –Sin ningún atisbo de sorna, sin ninguna concesión a la duda-
La rememoro y la tengo clavada porque es la última conversación coherente que recuerdo haber mantenido contigo, la primera que me hizo temer lo que días más tarde se convirtió en un proceso irreversible hacia el mundo de extrañas magnitudes que hoy habitas, hacia el mundo de pasado lejano, presente inconsistente y futuro incierto en el que desde entonces nos movemos, te mueves y nos mueves.

Pero aun así, aunque a veces mi cabeza se evade en medio de un torrente incontenible, incontinente, de palabras que pretenden fallidamente contar viejas memorias, mi oído permanece atento a cualquier significado interpretable, a cualquier frase coherente, a cualquier historia a girones que poder coser para alcanzar significado. Tú háblame, papá, aunque muchas veces no me digas nada.

domingo, 18 de marzo de 2012

Un Sueño


Hemos pasado una tarde estupenda. Mi hermana estuvo jugando conmigo todo el tiempo  a las adivinanzas, me ha contado historias y también hemos hecho los deberes. Mi hermana mayor me quiere mucho y cuando está conmigo me siento feliz. Lo que no se es por qué ya no vive en casa. Supongo que se ha casado pero no lo recuerdo. Tengo que preguntárselo cuando vuelva. Tampoco hemos visto a papá y a mamá, mi hermana estuvo conmigo durante la cena y después me ayudo a acostarme. También estaba la chica.

Pero ahora tengo mucho miedo. Tengo una pesadilla y no consigo despertarme. He soñado que me despertaba en una habitación desconocida y que yo quería que viniese mamá para que se me pasase el susto pero venía una enfermera que tenía la cara de la chica que ayudó a mi hermana a acostarme y entonces le pedía que llamara a mi hija. Porque en esta pesadilla yo tengo hijos y mi mujer ha muerto y yo vivo en esta habitación y en este edificio.

Quiero despertarme, o volver a soñar, volver a tener 8 años y jugar con mi hermana y esperar a que papá y mamá aparezcan en la puerta y yo vaya corriendo a abrazarlos y a besarlos.

Estoy confuso.  ¿Cuál es el sueño?