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sábado, 17 de diciembre de 2022

HISTORIAS REALES (I)- CIEGA, SORDA, DAÑINA

Comía el otro día con mi amigo, Antonio Zarazaga, que siempre me aporta material importante para pensar, para escribir y para pasar un rato ameno y enriquecedor, y me recordaba una frase de Voltaire, que, aunque fue mencionada en el contexto de la medicina actual, la huelga en Madrid y las mentiras que no se cuentan, tema del que trataré en breve, y bajo la misma filosofía, es perfectamente aplicable a cualquier tema de actualidad.

“Ni supongo, ni propongo, solamente expongo” dijo Voltaire, y es exactamente lo contrario de lo que hacen hoy en día los medios de comunicación, en realidad de opinión y desinformación. Basta leer un par de cabeceras de los diarios de mayor tirada, para observar que apenas hay noticias en las que el desarrollo no opte por estar a favor de las posiciones de unos y en contra de las posiciones de otros; y eso cuando lo que para uno es relevante, pera otros ni existe. Todos proponen, todos suponen, nadie expone, nadie informa.

Hablábamos el otro día, a propósito de la intoxicación y desinformación en la que vivimos los ciudadanos, y de lo terrible que es el llegar a pensar que ciertas posturas aberrantes de los políticos, que parecen obedecer a intereses que ellos niegan, pero parecen evidentes, están basadas en mentiras que ya asumimos como naturales en el desempeño de sus funciones, sobre la ferocidad fiscal que está destruyendo pequeñas empresas que de otra forma serían perfectamente viables.

Sí, lo dije y lo mantengo, mi duda es si eso es una acción política del gobierno central con el objetivo de desacreditar a ciertos gobiernos autonómicos de signo contrario, concretamente el de Madrid, o si sucede también en las autonomías afines al gobierno central. Lo que no es una duda es que, a las pequeñas empresas de Madrid, la tormenta perfecta se les ha venido encima, y la hacienda pública se ha convertido en el mayor enemigo de su futuro con una actuación ciega, sorda y dañina.

Pero, y siguiendo la frase que mi amigo Antonio me recordaba, voy a contar una historia real, una historia empresarial de la que obran en mi poder todos los documentos, y, por tanto, puedo exponer sin suponer, ni proponer.

A finales del 2019 un conocido firmó la compra de una empresa de carpintería que tenía contrato estable con una conocida firma de seguros para el hogar, contrato que aseguraba una estabilidad en la facturación y un futuro interesante en cuanto a desarrollo y crecimiento. El contrato, aparte de las estipulaciones habituales y de los datos económicos de la transacción, recogía específicamente la responsabilidad fiscal del vendedor en cualquier reclamación que fuera de periodos anteriores al 2020 en los que la nueva propiedad se hacía cargo de la gestión.

Los comienzos fueron complicados. En marzo del 2020 se les vino la pandemia encima y la aseguradora suspendió las actividades. La empresa solicitó un “ERTE” para dos de sus tres empleados, y les garantizó la recepción puntual de sus sueldos, incluso la integridad de los mismos, si el ERTE no lo hacía, como así sucedió en uno de los casos.

En mayo del 2020 se retoman las actividades, y en junio del mismo año, los trabajos están de nuevo a pleno rendimiento. Y es entonces cuando empieza el disparate.

Hacienda comunica una inspección sobre el ejercicio fiscal 2016, de la que resulta una diferencia en la declaración del IVA, diferencia que supone la reclamación de esa diferencia, más una multa, más los intereses, y que lleva inherente otra declaración por el impuesto de sociedades, por supuesto con su correspondiente multa, e intereses.

Ante esta situación, y en base al contrato de compra firmado, elevado a público ante notario, y registrado en el registro correspondiente, se requiere al propietario anterior el pago de los importes, recibiendo la respuesta  de que no va a pagar nada hasta que se lo diga un juez. Ante esta situación se informa a hacienda de que la responsabilidad fiscal de esos importes, según contrato que se aporta, corresponde al propietario anterior, al que se identifica como el firmante del contrato aportado. Al cabo de unas semanas hacienda contesta desentendiéndose del contrato, legal y legalizado, y comunicando su intención de considerar como única responsable de los pagos a la empresa, y, por ende, al administrador actual.

No voy a entrar en pormenores de dimes y diretes, ni en detalles de desarrollo que harían de este escrito, no una carta, si no un expediente de varios tomos. Baste con decir que tras la inspección del 2016, llegaron la del 2017, la del 2018 y la del 2019, con resultados semejantes, cuando no peores, y que los importes ingresados por esas inspecciones en las arcas públicas superan los cien mil euros, contra una facturación media anual, de la empresa  que ronda los doscientos cuarenta mil euros.

La brutal descapitalización que esos pagos supusieron para la empresa, han devenido en una falta de liquidez que impide las compras por la imposibilidad de compromisos estables con los proveedores y el cumplimiento de las obligaciones fiscales de los propios ejercicios, con las multas e intereses correspondientes. Los retrasos y dificultades en los pagos a los empleados suponen la desmoralización, cuando no el abandono de la empresa, y la imposibilidad de la dirección para reconducir una evolución en la que se ve abocada, periódicamente, a situaciones límite de falta de liquidez, a pesar de la facturación regular y brillante para las circunstancias que concurren de compra de materiales y finalización de trabajos.

Para mayor disparate, cada vez que hacienda comunica un embargo, se lo comunica a todos los clientes a la vez, por la totalidad de la cantidad reclamada, y, sin más trámite o dilación, bloquea los saldos de todas las cuentas, hasta que transcurran treinta días en que se resuelva el expediente, lo que ha llevado, en más de una ocasión, a embargar la totalidad del importe reclamado hasta tres veces, desde tres clientes distintos, y a tener ese mismo importe, o importes parciales, en ese mismo periodo, dándose un montante de embargo de algo más de cuatro veces  el importe reclamado, lo que ha supuesto, además de impagos a proveedores, de impagos de nóminas a empleados, la imposibilidad de hacer frente a las obligaciones fiscales, y de la seguridad social, que puedan acontecer en ese periodo, lo que, indiferentes a la perversidad del sistema, y a su propia responsabilidad en la situación provocada, supone, sin posibilidad de recurso o de defensa de ningún tipo, una imposición de multa y el recargo de intereses en las obligaciones incumplidas.

El negocio es redondo. Sobre un embargo de 4.000,00€, es un ejemplo, ha habido importes mayores, se embargan 18.000,00 €, y se devuelve el exceso recaudado con el interés legal, que rondará los seis, o siete euros. Pero, mientras tanto, se ha producido, debido al exceso de recaudación, una nueva devolución de 4.000,00€, para la que habría habido dinero de sobra, que supone, automáticamente, una multa de más de 1.000,00€, y la aplicación de los intereses legales correspondientes, que sobrepasará, casi seguro, los cien euros. Sumas y restas. No hace falta más, solo expongo ¿Quién gana? ¿Quién pierde?

Ante el desarrollo de los acontecimientos, y en un claro compromiso por lograr la continuidad de la empresa, cuya viabilidad solo pone en cuestión la actuación fiscal, solicitan una entrevista, ya saben, después de la pandemia todo es con cita previa, con la unidad de recaudación de la delegación de hacienda correspondiente. Otra sorpresa. Desde la pandemia, todos los trámites de recaudación han sido trasladados a una oficina centralizada, sin acceso público, con la que la única comunicación posible es mediante escritos, lo que, seguramente bordea lo legal, pero sin duda, sin ninguna duda, impide que nadie tome una decisión constructiva fuera de un reglamento que ya no solo es sordo, es ciego, y se convierte en dañino. Se presenta un escrito exponiendo todas las circunstancias, alegando la indefensión, aportando los documentos que justifican la petición, facturación, contrato, incumplimientos a partir de los pagos de cantidades ajenas a la explotación. La respuesta es casi inmediata, para la administración es meteórica, tanto que supone que el receptor, sea hombre, máquina o híbrido carente de alma, no ha podido ni siquiera hojear los documentos adjuntos, llega en menos de una semana, con un párrafo que, dada su literalidad en distintas respuestas, y a distintas circunstancias, da para pensar que es una respuesta estandarizada al margen de lo alegado.

“MOTIVOS DE DENEGACIÓN DE APLAZAMIENTOS/FRACCIONAMIENTOS

Por apreciarse, en base a la documentación aportada y a los datos y antecedentes que obran en el expediente, la existencia de dificultades económico-financieras de carácter estructural que impedirían hacer  frente a los pagos derivados de la concesión de un aplazamiento, como así lo pone de manifiesto el incumplimiento de otros aplazamientos concedidos con anterioridad, sin que, por otro lado, se hayan ofrecido garantías que permitan asegurar el crédito tributario.” (Éste párrafo, entre comillas, se ha rellenado con corta y pega. Anexo II de la respuesta a una solicitud de aplazamiento/fraccionamiento)

Nadie ha pedido el aporte de garantías, que, por otra parte, la misma facturación supone. Y si se pide esta actuación es porque hay dificultades, en este caso creadas por la misma actuación de hacienda y por su postura. Pero, válgame el cielo ¿se deniega la ayuda a una empresa en base a su necesidad de recibir esa ayuda? ¿Hay alguien al otro lado de esa oficina siniestra?

He oído, en los medios de opinión, que el cierre de empresas “zombi”, está siendo inusitado, lo que supone despidos, gente al paro, falta de personal en determinados sectores básicos, aumento de las subvenciones y disminución de los contribuyentes ¿Y Hacienda no escucha? ¿Solo está para recaudar?

En las películas de zombis, habitualmente, la transformación viene dada por un virus que afecta al cerebro. En esta historia, tan real que pongo a disposición de quién lo quiera la documentación que obra en mi poder, el virus se llama Agencia Estatal de Administración Tributaria (AEAT), y parece que no hay ningún interés en lograr una vacuna.

sábado, 26 de noviembre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXVII)- LA POLÍTICA CUÁNTICA

No estoy muy seguro de si se puede hablar de política cuántica, una política en la que la realidad depende de que exista un observador empeñado en su formación, es más, que varíe según el observador al que se somete, pero esta sería la única explicación para poder darle algún sentido a lo que estamos viviendo. La realidad que percibo a mi alrededor, una realidad desmotivada, desmoralizada, resignada y resabiada, que cada día está más lejos de esa otra realidad, que se vive en un parlamento ensimismado,  y que se demuestra insensible al clamor mayoritario, y a su obligación de darle voz y representarlo.

Un gobierno que vive en el disparate diario, en una huida hacia ningún sitio concreto que no sea su propia supervivencia, sostenido, en sus peores momentos, por una oposición empeñada en un disparate que hace desconfiar de su utilidad como alternativa, y por unas minorías que van, clara y declaradamente, en contra del sentir mayoritario de la sociedad.

Un disparatado dictadorzuelo decimonónico empeñado en el genocidio de todo un país, que ambiciona, por no plegarse  a sus deseos de expansión y gloria, ante la mirada, cómplice como solo pueden ser las miradas, de la escena internacional, más preocupada de su estrategia geopolítica, de  disponer de un campo práctico de pruebas para su industria armamentística y de amagar pero no dar, que de evitar una inaceptable avalancha de muertes y sufrimiento de personas que han tenido la desgracia de vivir en un campo de prácticas y ambiciones.

Una situación económica agravada por políticas fiscales populistas a las que nada les importa el daño que causan, o la indefensión que provocan.

Una sociedad desquiciada por leyes que transgreden y erizan la convivencia.

Una deriva social que avoca a un futuro tenebroso, a una distopía de tal calibre que se agradece la propia caducidad por no llegar a conocerlo.

Yo entiendo, ética aparte, conciencia a un lado, que todos vivimos en entornos que tienen una carga emocional determinada, y que la visión que de esa realidad cuántica, esa que antes dependía del color del cristal, y ahora se conforma según el observador, en la que vivimos obedece en parte a nuestras propias convicciones, pero ni entendiendo esto me parece tolerable que la política y la calle vivan en realidades diferentes.

Cuando a un problema social se le da una carga ideológica, no se soluciona el problema, se agrava, tal como demuestra el repunte machista que ponen de manifiesto las encuestas y que se da principalmente entre los jóvenes, porque pasa de ser un problema de conciencia a ser un motivo de enfrentamiento, porque el problema queda soslayado por el posicionamiento político contrario, porque el argumento pasa de ser racional a ser emocional. Si además se intentan poner en marcha iniciativas populistas, encima mal desarrolladas, las consecuencias son intolerables: retroceso de lo conseguido hasta el momento, delincuentes en la calle, y mentiras. Siempre mentiras, siempre la exhibición del chivo expiatorio como una explicación de un fracaso.

La ley del “si es si” es el mayor escándalo legislativo de este país desde la ley de vagos y maleantes del franquismo, y su única consecuencia percibible, de momento, es la rebaja de penas, cuando no la excarcelación irreversible, para delincuentes  socialmente intolerables, peligrosos, alarmantes. Ni siquiera el disparate argumentativo de cierta oposición puede enmascarar que la única salida de los responsables, si tuvieran un mínimo de ética, un mínimo de decencia democrática, sería la dimisión, pero en la realidad cuántica de los políticos, la responsabilidad es de otros, y lo importante es lo que se proclama, y no las consecuencias evidentes de su aplicación. El clamor popular está equivocado, es fascista, y solo la pureza argumentativa de una minoría iluminada puede salvar el futuro de las mujeres, de las mujeres que sobrevivan a los violadores en la calle, que sobrevivan a una violencia de género alimentada por el populismo de quienes dicen combatirla.

No voy a entrar en la rabia que percibo a mi alrededor cuando se habla del delito de sedición, no por la reforma, si no por la forma, por los impulsores, por el entreguismo que supone, agravada, la rabia, la desmoralización, por ver a Bildu imponer condiciones a un gobierno que debería representar a ciudadanos cuya realidad cuántica en nada se parece a la que se va formando medida tras medida, ley tras ley, agravio tras agravio.

Tampoco voy a entrar en la desidia popular que produce la verdad alternativa permanente, la incapacidad de dar veracidad a nada de lo que se oye, el hastío por un “relato” permanente de una visión cuántica divergente de la percibida en la calle, en el hartazgo desmoralizado de quienes se sienten impotentes ante una deriva que se escapa a su entendimiento, a sus esperanzas, a su ansia de convivencia y progreso.

Ni siquiera, hoy, voy a tocar los estragos que entre la pequeña y muy pequeña empresa está produciendo una política fiscal feroz, inmisericorde, cuyo afán recaudatorio es más propio de una bolera, que de un estado pretendidamente democrático, y a la que la sonrisa del presidente del gobierno, y sus ministros, en sus comparecencias públicas, no le parece muy diferente a la del “Joker”.

Ni mucho menos, ¿para qué?, voy a intentar entender la realidad cuántica de una oposición que oscila entre el “dontancredismo” de una parte y los exabruptos de otra.

La brillante, y exacta, frase definitoria de lo que es democracia, pronunciada por Felipe González recientemente -"En democracia, la verdad es lo que los ciudadanos creen que es verdad"- contrasta frontalmente con la práctica cotidiana de un parlamento, nada representativo, que considera que la verdad es lo que ellos consigan hacer creer, aún en contra de lo que creen los ciudadanos, es decir, la verdad que la política cuántica les presente, a los representados, como hechos consumados.

Empezando porque la mayoría real, matemáticamente constatable, no es la representada en el parlamento, mayoría que las leyes sabotean en beneficio de las ideologías y los territorios, y siguiendo porque una mayoría, minoritaria a efectos de cuentas contantes y sonantes, conformada por la suma de las pretensiones de minorías contrarias al sentir mayoritario, nunca pueden producir una política asumible por esa mayoría, que no se siente representada, escuchada, a veces, ni siquiera, concernida por una realidad cuántica que emana de un discurso mentiroso, la democracia cuántica en la que vivimos, se parece poco a una democracia real, ni formal.

En este diálogo entre dos personajes de la obra “Palabras Radiantes” de Brandon Sanderson, se aprecia algo de lo expuesto:

-          “¿Qué es una pata? Depende de tu definición. Sin un punto de vista, no existe una pata, ni una mesa. Solo es madera”

-          “Me dijiste que la mesa se percibe a sí misma”

-          “Porque la gente la ha considerado, durante mucho  tiempo, como una mesa. Para la mesa se vuelve la verdad, porque es la verdad que la gente creó para ella”.

Necesitamos, y con urgencia, una regeneración democrática, con políticos que estén más preocupados por la percepción popular que por su cuota de poder, con un parlamento que sea representativo de los ciudadanos, y no de ideologías que la mayor parte de ellos no profesa, ni comparte. Con unas leyes que permitan las mayorías reales, y no que nos condenen a minorías y populismos que favorecen los sentimientos antidemocráticos más profundos. Con una convivencia que favorezca el progreso, la libertad y la igualdad imprescindible, no el medraje de unos cuantos, la libertad que algunos consideren conceder, ni la desigual igualdad de enfervorizados activismos.

Sin duda, la teoría cuántica en la física es un hito del conocimiento, que ha revolucionado nuestra percepción de lo que nos rodea. Pero aplicada a la política es un fracaso de tal calibre, que puede emponzoñar irremediablemente nuestro futuro más inmediato, el de los nuestros.

sábado, 2 de abril de 2022

AND THE WINNER IS

Insisto, yo no voy a hablar de la guerra, de ninguna, pero la situación actual de los sucedidos, varios y variopintos, casi todos violentos, me ha traído a la mente una famosa frase que, por una vez, no es un refrán español, si no una recurrente frase inglesa, que además está de actualidad: “And the winner is…”, que suele ir seguida de una pausa dramática, y,  finalmente, el nombre del vencedor que provoca un estallido de aplausos y vítores del público presente, casi siempre.

Vamos a probar, a ver si funciona, y, dado el ámbito no presencial, doy licencia a los lectores para no prorrumpir en aplausos y vítores, ruego que tampoco abucheos, y rellenaré la pausa dramática de un texto que nos vaya conduciendo hasta el nombre final del “winner”.

“AND THE WINNER IS…” (inicio de la pausa dramática)

La primera ocurrencia es que voy a hablar de los Oscar, de la ceremonia de entrega de los Oscar, que tanto juego están dando en la prensa, en los corrillos de toda la vida, y en los actuales, que ahora se llaman redes sociales, pero que solo se diferencian con los de la vieja del visillo en la capacidad de difusión de los chismes.

No, no tengo ninguna intención de hablar de Will Smith, ni como persona, ni como personaje, ni como actor, ni como sujeto patológicamente agresivo (característica que además desconozco personalmente), ni siquiera del patoso cómico que dio pié al episodio, ni de la liberal esposa, según los que todo lo saben sobre los demás, que sufrió la patosidad del “cómico”, y ex amante, según las mismas fuentes.  Lo primero porque no los conozco personalmente, no tengo el placer, ni la desgracia, y por tanto todo lo que puedo decir lo he oído, y ni me fío de mi sentido del oído, ni me fio de lo que dicen esos demás que hablan de estas cosas. Y lo segundo, y principal, porque me importa un ardite la bofetada, el sujeto que la dio, el que la recibió, la pasiva causante del acto, la indignación social de los indignados profesionales, y la madre que los parió a todos. Sea quien sea el “winner “ del episodio, mi vida va seguir siendo la misma.

Que no, que tampoco, que no tengo ningún interés en hablar del congreso del PP. Al fin y al cabo ya sabemos quién es el ganador evidente, que bonito es el guiñol, el perdedor incuestionable, la triunfadora del momento, momentos habrá para pasarle cuentas, y los palmeros de la aclamación de turno. No hay posibilidad de pausa dramática, no en este momento.

A pesar de lo que algunos puedan pensar, no, tampoco voy a hablar del gobierno, tampoco esta vez me voy a parar en incongruencias, inutilidades, pasividades , mentiras, populismos y errores, supuestos errores, con las que convivimos día a día, en principio porque no toca, pero, en esencia, porque en este caso el “winner” es tan claro que no quiero ofender a nadie nombrándolo directamente. Solo la gran empresa y sus acólitos locales saldrán de esta crisis, y de las medidas de un “gobierno de izquierdas”, favorecidos por la situación que eloos mismos está creando.

En el hipotético caso de que quisiera hablar directamente de este tema, cambiaría la frase, y el sentido y entonación de lo escrito. La frase en este caso sería “AND THE LOSER IS”, y sin pararme en pausa dramática alguna, porque ya bastante dramático es el resultado, nombraría a la clase media, a la clase baja, a los profesionales no especializados, a los grupos económicos sin capacidad coercitiva, sin organización que los represente.

Tampoco, que también podría ser, voy a hablar de la marchita huelga del transporte, del abandono que, por veinte virtuales y cochinos céntimos, virtuales porque primero los subieron para luego descontarlos a costa de nuestro propio dinero, de ese que no es de nadie, y cochinos por poco significativos, han hecho la mayor parte de los huelguistas sin reparar que a la vuelta de seis meses, dada la tendencia del mercado y la absoluta ineficacia de la medida en las circunstancias actuales, estarán peor que ahora, y ya nadie creerá en ellos.

También en este caso tiene poca emoción señalar al vencedor, y sería más correcto hablar de los perdedores, los huelguistas, los consumidores más frágiles, los contribuyentes.

Y, finalmente, para que la pausa dramática acabe siendo dramática, y no inadecuadamente larga, tampoco voy a nombrar al vencedor del conflicto ruso-ucraniano (ucranio, que dicen los modernos), porque no creo que, en la situación actual, visto lo visto, que haya ningún vencedor, ni vencido. ¿Apostamos a que, como si de unas elecciones se tratara, al final todos se considerarán vencedores? Porque, cuando empezó la invasión rusa, esa que algunos intentan justificar tirando de épica comparativa, todos suponíamos una victoria por aplastamiento. Por aplastamiento militar, por aplastamiento tecnológico, por aplastamiento numérico, por aplastamiento de inteligencia. Y si no ha sido al revés, aunque ya veremos, sí que la evolución marca escenarios insospechados por los que no estamos en los entresijos íntimos del poder mundial.

(Fin de la pausa dramática), “… ¡¡¡¡¡¡¡CHINAAAAAAA!!!!!!!. (léase como el famoso ¡¡¡¡¡ Pedroooo!!!!!)

¿China?, me preguntan todos al leer. Sí, china. No ha entrado en la guerra, todos miran hacia ella esperando una influencia que ni ejerce, ni deja de ejercer, sobre Rusia. Y sus actos, a nada que se examinen, marcan claramente una estrategia de recogida de frutos.

(Discurso de agradecimiento, en este caso reflexivo)

El mundo es bipolar (tres son multitud), siempre lo ha sido, y se divide entre dos potencias, entre dos formas de ver la vida, y de ver la bolsa, que se enfrentan por una preponderancia. Todas las potencias de la historia han tenido su contraria, y todas han resuelto su choque mediante la guerra, pero la barbarie de las dos guerras mundiales abrió unas expectativas diferentes. Ya la guerra, la guerra total, de enfrentamiento directo, no parece el instrumento deseable porque puede derivar en la destrucción de todos, y ese nunca ha sido el objetivo. A cambio salpicamos el planeta de guerras locales, de guerras civiles, de guerras de desgaste, con diferentes motivaciones, en las que cada potencia, con más o menos claridad, apoya a uno de los bandos. Y así se va solucionando el tema.

Y de repente, una potencia, en declive por lo que la misma guerra está  mostrando, entra en una guerra de influencia para la que lo evidente demuestra que no estaba preparada, y se deja en ella el prestigio, la economía y, casi con toda seguridad, potencial nuclear aparte, el reconocimiento internacional de superpotencia. Mientras, China, trabaja con primor la manzana envenenada de dar todo su apoyo moral, a Rusia, pero solo moral. Ni económico, ni armamentístico, ni militar, mientras contempla como su “amigo” se estrella, se derrumba, se empobrece, y le deja el camino expedito para ocupar el trono de segunda superpotencia mundial y contrapeso ideológico, económico, social, a la superpotencia que representa la OTAN, como concepto político, no militar, sin tener que mancharse las manos más allá de las palabras que encelan a su “amigo” y le enseñan a los contrarios quién es ahora el oponente a tener en cuenta.

Pase lo que pase en el campo de batalla, Rusia ha perdido su estatus, lo está perdiendo a cada día que pasa, y, sin dudarlo, en todos los ámbitos, “the winner is China”, y, por ausencia directa, al igual que China, los Estados Unidos de América, que junto a los Estados Unidos de Europa, conforman la alternativa. Queda por dilucidar como ambos bloques van a ir posicionando a los que quedan fuera.

Fin de la ceremonia.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Cartas sin franqueo (XLV)- Pagar, y pagar, y volver a pagar

 Muchas veces hemos discutido sobre el tema de los impuestos y su perversidad, sobre todo en manos de una izquierda de salón, que divide a la sociedad, con menos imaginación que un guionista de telenovela, en buenos y malos, en empresarios ricos y explotadores, y obreros pobres y explotados, y basa en ese análisis perverso, en esa incapacidad de modernizar su visión de la sociedad, en su forma de querer ser sistema y antisistema en una misma acción, toda la frustración económica que provocan su gobiernos. Los impuestos, y basta con echar mano de la historia, son un invento de los poderosos, los gobernantes absolutos, los caciques, las religiones, para acrecentar su poder y controlar el progreso de las clases gobernadas, o de los pueblos sometidos, no olvidemos que el primer acto de victoria era marcar unos tributos sobre los vencidos. Y este es, sistemáticamente, un medio extraño en el que la izquierda naufraga en una serie de piruetas dialécticas que no consiguen tapar su incapacidad para manejarlo.

Nunca, a lo largo de su aplicación, los impuestos han sido otra cosa que el mecanismo por el que, el que podía, o sea, el poderoso, participaba en el beneficio del trabajo del no poderoso, que no tenía otra opción que pagar lo que le era solicitado (es una forma suave de decirlo), fuera justo, o no, fuera posible, o no, lo que, antes o después, y según la habilidad del gobernante, acababa causando una revuelta contra la presión económica del que mandaba y utilizaba esos recursos que detraía de la necesidad ajenas para su propio lucro, o necesidades.

Los gobernantes más hábiles convertían sus necesidades en logros que beneficiaran lateralmente a los contribuyentes, pero tampoco era especialmente importante que fuera así. Los más poderosos y hábiles, relajaban la exigencia contributiva de sus ciudadanos mediante la esclavitud de los vencidos, si el tributo era físico,  o sus obligaciones de entregar mano de obra y riquezas periódicamente, pero no lograban enmascarar que el fin último no era aliviar esa presión, si no incrementar su poder.

Estas prácticas, absolutamente intolerables, aparentemente, en una democracia, o cualquier otro sistema pseudo democrático moderno, y su planteamiento primitivo, se han amparado en el concepto de redistribución de la riqueza para justificar lo que antes no se justificaba, apropiarse de los beneficios de las clases emergentes para beneficio de los poderosos, y, en  último término, controlar el enriquecimiento de las clases medias para evitar que se conviertan en una clase poderosa. Someter a los que tienen opción, por número, y por recursos si se les permitiera, de subvertir el orden establecido.

Los impuestos, ese sistema que jamás conseguirá cerrar brecha alguna, porque su mismo mecanismo lo impide, no son otra cosa que un instrumento de control del poder sobre los gobernados, y da lo mismo, porque lo mismo da, si ese poder lo ejerce alguien en nombre de un estado que sea el que administra los recursos, en este caso el poderoso es el estado y el sometido es el ciudadano con lo que además e ven comprometidas la justicia y la libertad, ya que todos los recursos están en unas solas manos, de dictador, de ente ideológico, o de ente religioso, entonces la brecha se produce y  hace evidente entre los que administran el poder y los administrados, o en nombre de una libertad, pseudo libertad, en la que, por caminos más arteros, pero no menos eficaces, la riqueza acaba en manos de unas élites económicas que vigilan con celo sus propios intereses, aunque para ello parezcan compartirlos con los que pagan. Y entonces la brecha social entre poderosos y contribuyentes se hará siempre evidente e irreparable, aunque la misma clase poderosa cuidará de que no crezca más allá de lo que marquen sus propios intereses.

Una sociedad moderna, que apunta a recursos tecnológicos que comprometen la posibilidad del pleno empleo, que apunta a una civilización del ocio, que parece marcar una decadencia del poder como autoridad que impone las obligaciones ajenas por encima de cuestiones éticas, ya no va a poder ejercer un control sobre el trabajo físico, como sucedía en la antigüedad, o sobre el trabajo intelectual, como sucede actualmente, y si busca una verdadera equidad tendrá que empezar por buscar un modelo convivencial en el que los más desfavorecidos, por cualquier tipo de menor capacidad, no se vean relegados a una vida menos plena que los demás. Eso deberá de empezar por una ética de la solidaridad que no admite de imposiciones impositivas, si no de la cercanía entre el que contribuye y el que recibe, del pleno convencimiento de que lo que se da se usa correctamente y de lo que se recibe se recibe con la plena aquiescencia del que lo da.

El sistema actual, me da igual de la izquierda o de la derecha, no tiene otro objetivo que el pago sistemático, reiterativo, de lo que ya hemos pagado, el hurto sistemático de la plena propiedad. Pagamos nuestros bienes individuales reiteradamente, primero para que sean nuestros y luego porque ya son nuestros y queremos que lo sigan pareciendo. Pagamos nuestras infraestructuras reiteradamente, primero porque hacen falta, y luego porque ya están y necesitamos que sigan estando. Pagamos reiteradamente nuestro ocio, primero para que podamos disfrutarlo, y luego porque lo disfrutamos y no queremos prescindir de él. Pagamos por poder beber, por poder calentarnos, por poder tener luz, por aparentar ser libres. Pagamos porque nos protejan, a veces más allá de nuestros propios intereses, porque nos garanticen una salud que no siempre es garantizable, porque nos acojan entre los suyos, aunque no siempre sabemos quiénes son ellos, porque nos reconozcan unos derechos por los que somos incapaces de luchar por nosotros mismos. Todo en nuestra vida, lo que queremos tener y lo que ya tenemos, lo que queremos ser y lo que ya creemos ser, exige de un pago continuado que nos hace deudores del poder que necesita ávidamente de los recursos que nosotros generamos y que utiliza nuestras propias ambiciones, nuestras creadas necesidades, para controlarnos.

Sí, ya lo sé, lo tengo claro, el mundo que intento proponer como ideal, sería una utopía, pero, como tantas veces te he dicho, el hombre se mueve siempre en la dicotomía, y las opciones que tenemos son dos, siempre dos: pelear por intentar acceder a una utopía o, que parece el camino actual, permitir que nos arrastren a una distopía que llegarán a disfrutar plenamente nuestros herederos. Una distopía que puede moverse entre el “Gran Hermano” de la izquierda o el “Blade Runner” de la derecha, que, en el fondo, tampoco son tan diferentes.

Hemos permitido estados tan poderosos que escapan incluso al control de sus propios gobernantes. Hemos permitido la creación de estructuras económicas supranacionales que están por encima de leyes y de estados. Hemos permitido un mundo donde la más disparatada de las conspiraciones es plausible. Hemos permitido que el número ignore a la unidad. Hemos permitido un mundo donde la mentira es un recurso admisible. Hemos permitido, en definitiva, un mundo en el que la distancia entre lo que se dice querer y lo que se quiere sea imposible de recorrer, y lo seguimos permitiendo. Hemos permitido, incluso jaleamos, un mundo en el que el pensamiento está secuestrado por ideologías, por religiones, por el forofismo dirigido por guiñoles de un poder que nos maneja desde la sombra. Hemos permitido que nos arrebaten la dignidad de invocar el yo y saber de quién hablamos. Y este, llegado el momento, será un camino que solo se podrá deshacer con dolor, con un dolor que pagarán otros, los nuestros, pero otros.

sábado, 16 de octubre de 2021

Lo primero es no hacer daño

Existe una locución latina que pasa por ser la esencia del debate en la medicina, cuyo avance, debido al auge de la investigación, sin duda, pero también sin duda a la necesidad de negocio de los laboratorios, a veces parece anticiparse a las necesidades reales del paciente.

Aunque la profesión médica es, seguramente, una de las más antiguas del mundo, sea bajo el título de médico, chamán, alquimista, bruja o mago, la verdad es que solo el conocimiento exhaustivo del cuerpo, de su comportamiento, y la sistematización del uso de las sustancias curativas que ofrecía la naturaleza para la sanación de los diferentes males y heridas, nos ha puesto en un camino de intervención que preserva nuestra salud, e incluso se preocupa de su posible pérdida.

“Primum non nocere”, lo primero es no hacer daño. Tal es la máxima que una gran cantidad de médicos sostiene e introduce en un debate que intenta delimitar hasta qué punto está justificada la intervención de la medicina en la salud individual y colectiva. Tal vez este debate debería de plantearse a nivel de grandes instituciones nacionales y supranacionales, como la OMS o las agencias del medicamento, pero su prestigio es, a día de hoy, bastante limitado, y sus recomendaciones están siempre bajo la sospecha de favorecer a las industrias farmacéuticas. Su descarado perfil político y sus mismas fuentes de patrocinio las pone en una situación de veracidad comprometida.

Tres son, eran, las corrientes médicas que entraban en esta disputa, tres posiciones ante la alocución latina que marca la frontera de lo permisible, tres formas de interpretar hasta donde puede y debe de llegar la medicina en su relación con el paciente, y con sus tiempos. Tres, a las que conviene sumar una cuarta que, si bien era una apuesta de futuro la pandemia la ha puesto de rabiosa actualidad, e incluso de una quinta.

Todo arranca desde la convicción de que cualquier principio químico que se introduce en nuestro cuerpo de forma pautada y para reparar un daño, afecta a este de formas indeseadas, los famosos efectos secundarios, que no siempre son perceptibles, pero que casi siempre existen. Se aplica en este caso el concepto del mal menor, existe un daño, pero el beneficio resultante es mayor y mejora el estado general del paciente. Pero eso nos lleva al meollo de la cuestión, al punto en el que tenemos que establecer donde poner el límite en la busca de la salud, en algunos casos aún no perdida, ni siquiera comprometida.

La medicina tradicional solo intervenía cuando existían síntomas y un diagnóstico de certeza de una dolencia. Independientemente de su eficacia, o de la correcta aplicación del conocimiento por parte del médico, no se planteaba otra interacción con el paciente que el alivio, o cura, de la dolencia presente.

El avance de la ciencia médica, la profundización de sus conocimientos, nos llevó a una medicina que intentaba prevenir males que se presentaban, por historial familiar, por características genéticas, por hábitos vitales, como plausibles. La medicina preventiva intentaba preparar al futuro paciente sobre una base estadística que lo señalaba como probable doliente. El mal menor iba un poco más lejos que en la medicina tradicional, porque no había diagnóstico, ni síntoma, ni certeza, solo probabilidad.

Pero tampoco esto parecía contentar a la ciencia médica, que, espoleada por las potencias económicas, representadas por los laboratorios, y por los políticos, cuyos presupuestos sanitarios eran cada vez mayores, decidió erradicar la enfermedad, incluso cuando no hubiera certeza, ni siquiera probabilidad, simplemente posibilidad. Era la medicina anticipatoria, una medicina que no necesitaba la presencia de la enfermedad para intervenir, a la que le bastaba con el mero hecho de que la enfermedad existiera, intervencionista, muchas veces ineficaz y en ocasiones lesiva. El daño de los efectos secundarios, siempre difusos, siempre difíciles de concretar, siempre estadísticamente irrelevantes cuando se manifestaban, era fácilmente contrastable contra la erradicación evidente de enfermedades que habían causado millones de muertos en el pasado. Sin duda, las vacunas son el santo y seña de esta medicina, pero no lo son menos las pruebas de detección masivas, u otras intervenciones indiscriminadas, cuyos resultados, estadísticamente examinados con rigor, se muestran irrelevantes.

¿Existe algo más maravilloso que saber que hay una cantidad de enfermedades que en el pasado mataron a millones de personas que no nos van a afectar en nuestra vida, o cuya incidencia se va a ver minimizada? Sin duda el mal menor de sus posibles efectos indeseados es un pequeño precio a pagar por la constatación de que hay riesgos de salud que no correremos. Esos medicamentos de mundo feliz son probados, testados, analizados, perfeccionados, durante años antes de que le sean ofrecidos a una sociedad ávida de salud, ávida de vida. Y hacerse una prueba sin motivo, aunque se revele ineficaz en las estadísticas de evolución de la salud colectiva, tampoco hace otro daño que la pérdida de tiempo y la pequeña angustia a la espera del resultado.

Pero llegó la pandemia, el gran terror, en muchos casos inducido, interesado, magnificado por medios de comunicación ávidos de cifras y grandes titulares, magnificado por políticos necesitados de méritos que rentabilizar en futuras elecciones, por grandes empresas farmacéuticas ávidas de ventas y dividendos, y esa medicina anticipativa que tanto se ponía en cuestión en ciertos círculos médicos, que parecía conculcar el “primum non nocere” que presidía el debate, se vio superada, se vio ninguneada por una situación social que el tiempo dirá cuanto tenía de real, y cuanto de impostada.

La medicina especulativa, una medicina que anticipa la solución al conocimiento de la enfermedad, que utiliza como sujetos de experimentación a la misma población que dice proteger, que utiliza la presión social, informativa, política, psicológica, para imponer sus criterios expandiendo mensajes de terror, mensajes contradictorios emanados de su desconocimiento, mensajes que rozan el totalitarismo y la conculcación de la libertad individual con el argumento de un bien sanitario colectivo, parece haber llegado para quedarse. La técnica divulgativa ha sido un éxito, las consecuencias solo el tiempo las revelará. El paraíso médico, la amenaza de muerte para los propios y los cercanos, la propaganda feroz y terrorífica, parecen los nuevos motores sociales que determinan el devenir de la sociedad.

Una sociedad enferma de afán de salud, una sociedad manipulable en sus miedos saludables, una sociedad débil e incapaz de afrontar la muerte como parte de la vida, una sociedad más interesada en la longevidad que en la libertad, una sociedad sometida, será el resultado de lo acontecido. Será el resultado de una medicina especulativa que no necesitará  de ninguna enfermedad, bastará con su nombre, con una breve aparición en algún recóndito lugar, para provocar el ansia de un remedio, el afán de una cura, el derribo de los límites que el “primum non nocere” parecía preservar.

Tal vez, parafraseando a un querido y desaparecido amigo, haya que sustituir la vieja máxima por otra nueva: “mens sana in corpore insepulto”. Aunque, especulativamente hablando, ¿quién necesita “corpore”, origen de casi todos los sufrimientos? Y entraremos en la medicina sustitutiva. Una medicina capaz de sustituir la partes deterioradas, aunque para que esperar a que duela si puede anticiparse al dolor, capaz de corregir los defectos genéticos desde la misma concepción, aunque llegará el momento en que no haya que esperar tanto. El futuro, en parte ya el presente, parece ser de los cyborg, y la medicina sustitutiva se apresta a facilitarlo.

Claro que todo esto me deja en el aire una pregunta, una cuestión que parece ignorar una sociedad enamorada de sus logros, pero laxa en la forma en que se aplican ¿Será esta medicina sustitutiva una medicina social, o acabará siendo solo para privilegiados? ¿Será una medicina al alcance de los que la necesiten o solo para los que puedan pagarla? ¡Ah! que pensaban que estábamos hablando solo de medicina. No solo, no solo.

 

P.D.: Alguien pensará que me he olvidado de la medicina alternativa, pero es que, para mí, tiene dos defectos importantes: no me parece medicina y no la considero alternativa. Opinión que parecen compartir todos aquellos a los que la salud les falla gravemente. 

domingo, 25 de octubre de 2020

Las secuelas

 Toda crisis, toda enfermedad, deja secuelas, terribles algunas, apenas molestas otras, pero pocas crisis como esta, pocas enfermedades como esta, van a dejar en nuestra memoria, en la memoria de nuestro cuerpo, de nuestra sociedad, de nuestro futuro, llagas tan profundas, tan dolorosas, tan difíciles de superar como las que ya empezamos a atisbar.

Secuelas políticas, secuelas económicas, secuelas sociales, secuelas educativas y secuelas médicas. Puede que muchos sean medicamente asintomáticos, pero en el resto de los aspectos no existen los asintomáticos, no existen los inmunes, ni pueden crearse anticuerpos, ni esperar vacunas.

Vamos aprendiendo algunas cosas sobre el virus, entre mentiras, falsedades y medias verdades. Va desvelándose un enemigo que parece más feroz que contundente, más veloz que determinante, más instrumento que fin. Pero entre las cosas más preocupantes que conocemos la que más inmediata preocupación debe de producirnos es la infinita y cruel variedad de secuelas que tras superarlo deja el virus en nuestro devenir médico y convivencial,  y todas ellas graves, todas ellas suponen una posibilidad mortal y una certeza de pérdida de calidad de vida, y de cercanía del entorno.

Desde luego lo que no contribuye a la concienciación madura de los ciudadanos son la mentira permanente y el terrorismo informativo que chocan con la realidad percibida en la vida cotidiana. Cifras, montañas de cifras catastróficas que no se corresponden con la percepción de la realidad cotidiana que nos encontramos en nuestro entorno, en la calle. Cifras apocalípticas vertidas con una falta de rigor, de veracidad, tal que acaban creando la sensación contraria a lo que pretenden.

¿Qué significado tenían los muertos sin dar una escala referencial? ¿Qué significado tienen los contagiados con una escala referencial inadecuada? ¿Por qué en la primera oleada se hablaba de muertos y ahora de contagiados? ¿No hay muertos suficientes para asustar? ¿O es solo incapacidad comunicativa? Si hablamos de muertos tendremos que hacer referencia a una escala poblacional (cada cien mil habitantes), si hablamos de contagios, la escala referencial adecuada es el porcentaje sobre pruebas realizadas, no la población total. Por muchos, o muy pocos habitantes, que tenga una población si hago 10 pruebas y hay diez positivos mi tasa de contagios es del cien por cien, si hago diez pruebas y tengo dos positivos mi tasa de contagio será del 20%. No importa cuantos individuos haya, solo importan los que se someten a prueba y los resultados de esa prueba.

Y esta permanente mala información puede ser inocente, por incapacidad, por ignorancia, pero, ya pasado el tiempo, la permanente elección del dato epatante acaba percibiéndose intencionada y provocando la cauterización de la concienciación en vez de su sensibilización, que debería de ser el objetivo buscado.

Y si las secuelas médicas son terribles, tanto las directas como las indirectas (el deterioro por encierro de los mayores, las enfermedades cutáneas por el uso de mascarilla, la falta de atención a otros enfermos por saturación, entre otras) no van a ser menos terribles las no médicas.

En el plano económico pasarán años, si es que vuelve, antes de que podamos recuperar la tasa de empleo. La crisis, mal gestionada, mal dirigida, mal comunicada por interés político, se produce en un momento en el que el empleo está en plana transformación por la incorporación de las nuevas, ya no tanto, tecnologías, que parecen apuntar, incluso, a un cambio de paradigma. Pero si el dato preocupante es la pérdida de empleo, una mirada un poco más avisada nos pondrá sobre la pista de que el verdadero drama económico es la destrucción de la clase media comerciante, que sustenta, en España sobre todo, la mayor cantidad de riqueza circulante y la mayor tasa de creación de empleo. ¿Quién va a crear el empleo en nuestro país? ¿El gobierno (todos funcionarios)? ¿Las multinacionales (cuatro españolas y cinco extranjeras que coticen aquí)? ¿Cuántos sectores alrededor de la hostelería se van a ver arrasados por los cierres primero y la subida de impuestos después (automoción, seguros, producción agropecuaria, servicios, mobiliario, …)?

No olvidemos tampoco la crisis educativa. No vamos a ver las consecuencias de una formación no presencial improvisada, sin los recursos mínimos imprescindibles, sin los docentes preparados para hacerle frente, sin una guía política interesada en otra cosa que los números,  por supuesto sus números, y en que los estudiantes sigan adelante sin importar su nivel de conocimientos, hasta que pasen los años, hasta que tengamos ingenieros sin base matemática, médicos sin base moral, anatómica o científica, hasta que no tengamos gestores que solo conozcan el corta y pega, aunque puede que eso ya lo tengamos. O dicho de otro modo, hasta que la mediocridad de las clases instruidas haga más pobre, más entregada, más incapaz, la sociedad general.

La secuelas políticas, la incapacidad, la mediocridad, el sectarismo, el desprestigio, la falta de rigor público, la corrupción generalizada, pueden considerarse más precuelas que secuelas en ese ya desprestigiado ámbito, pero su profundización agravada por las crisis social, económica y educativa, puede sumir a este país, y no solo, en unos tiempos aún más oscuros que los actuales para los conceptos de democracia, de libertad, de igualdad, de solidaridad.

Y si además, como todo apunta, alguien pretende corregir la deriva económica con los impuestos, ese instrumento del poder tradicional, del poder absoluto, que la izquierda dice manejar y maneja con impericia económica e ideológica, acrecentando la pobreza  y la deuda, y que la derecha maneja con soltura, al fin y al cabo les es propia, acrecentando el abismo económico entre pudientes y necesitados, estaremos cayendo en una abismo insondable. La política impositiva nunca podrá ser la solución a una brecha económica que cada facción ideológica, cada una a su manera, tiene interés en resaltar.

La crisis social pude ser, seguramente sea, será, la gran secuela de una crisis que no por largamente anunciada logró que la sociedad y sus teóricos representantes se prepararan para afrontarla. Un feroz, inclemente e interesado confinamiento ha alejado a las familias, a los amigos. La gente, por la calle, ya no sabe saludarse. Han desaparecido el confort del abrazo, la cercanía del beso, la calidez del contacto y han sido sustituidos por el recelo hacia el otro, por el nerviosismo de unos gestos en los que no creemos, por el autoconfinamiento pánico, histérico, castrante, que el terrorismo informativo induce en las mentes más impresionables. Pero, con todo, posiblemente la más desgarradora e irreparable secuela de esta pandemia sea la brecha económica, ya antes casi insalvable, y que tal como apunta se puede convertir en endémica.

Al final, suponiendo que exista, suponiendo que entre las vacunas anunciadas haya alguna real, suponiendo que entre las vacunas prometidas haya alguna que sea algo más que un placebo, suponiendo, y conste que yo no lo supongo, que el virus pueda ser erradicado o controlado, los ricos se habrán hecho mucho más ricos y los pobres se habrán acercado mucho más a ser una clase subvencionada, improductiva y cautiva de una clase política que promete lo que no está a su alcance, o que ni siquiera tiene interés en cumplir.

Yo espero no vivir para contemplar una secuela social, económica, médica, educativa, que permita crear espacios libres de enfermedad y convertirlos en mercancía. Al tiempo.

domingo, 18 de octubre de 2020

Puntos de vista

 Oigo hablar de percepciones, de puntos de vista, de interpretaciones, de maneras de enfocar un problema. Y aunque últimamente solo oigo hablar de un problema y el surtido de percepciones, casi todas contradictorias, se refieren a su solución, o, para ser más exactos, a su futura solución, las percepciones, o ámbitos de percepción, son casi invariablemente los equivalentes para cualquier otro problema.

En este problema que nos acucia, el coronavirus, desde el primer momento he tenido la percepción de que nadie nos cuenta la verdad, o de que todos nos mienten, que, al fin y al cabo acaba siendo la misma cosa. Pero esa percepción, sin variar en el fondo, sí ha variado en la motivación: empecé pensando que nos mentían por ignorancia, luego pensé que nos mentían por incapacidad, pero ahora mismo pienso que nos mienten por soberbia y por interés. Claro, es mi punto de vista, que no tiene por qué ser mejor que el suyo, el de usted estimado lector, o el suyo de ellos, de los que tendrían que estar llamados a informar y formar nuestros puntos de vista.

¿Y quiénes son ellos? –y parezco Perales-, pues los que están en boca de todos, los científicos y los economistas, los que todos invocan, los políticos, organizaciones mundiales y actores sociales, y a los que todos ignoran, los ciudadanos de a pie.

Así, a primera vista, la simplificación que lleva a la confusión, seguramente interesada, me parece evidente, y permite ser usada con absoluta inadecuación y descaro por los beneficiados de que la gente de a pie no tenga un punto de vista propio, independiente, inteligente. Nada nuevo.

El debate está planteado entre los puntos de vista de los científicos y de los economistas. Así, a lo bruto, sin matices, como si fuera el día después del sorteo de navidad y nosotros fuéramos de los no agraciados: “lo importante es la salud”, suele decirse con un toque de falsa resignación. Está claro, los muertos no necesitan economía. Pero los vivos sí, sobre todo los más desfavorecidos, que al final de una crisis suelen ser más, en número, y menos, en capacidad económica y social. El caso es que, según la conveniencia e interés, el título de científico es otorgado o retirado por las facciones opinantes sin ningún rigor, ni conocimiento

Para empezar suele meterse en un mismo lote, o grupo, para evitar ofensas, a los médicos, a los científicos y a los “expertos”. Todos son científicos si dicen lo que de antemano queremos oír, y todos son unos indocumentados, o unos visionarios, o unos vendidos, o unos charlatanes,  si opinan lo contrario. ¡Que bobada!

El bloque de los llamados científicos, nos pongamos como nos pongamos, es un pandemónium sin posible uniformidad de criterio, ni de formación. Ni todos los médicos son científicos, ni todos los científicos son médicos, ni todos los que se desenvuelven en el mundo de la medicina son ni una cosa ni la otra, pero parece que son los únicos a tener en cuenta en cuanto a su punto de vista, según la mayoría de los opinadores oficiales y oficiosos.

Claro que parece ser, y esto es pura observación personal en el tráfico de las redes sociales, que solo son serios y fiables los que opinan a favor del gobierno, mientras que los que opinan de otra forma, son profundamente sospechosos de motivos políticos al pronunciarse. Más simples que el mecanismo de un chupete.

El caso es que, nos pongamos como nos pongamos, si solo tenemos en cuenta el punto de vista médico, la solución al problema será puramente médica, sin tener en cuenta ningún otro factor, sin tener en cuenta que los vivos tienen necesidades  que no se contemplan en una pura solución cuya principal motivación puede ser  preventivista, cuando no anticipatoria, con lo que eso supone de cuestionable incluso dentro de la misma profesión médica.

Nadie quiere muertos, nadie puede contemplar impávido la muerte a su alrededor, su propio riesgo de morir, sin sentir un pellizco en el alma, pero eso no significa que entreguemos nuestro futuro, nuestro bienestar y nuestras libertades en manos de un punto de vista previsible y sin equilibrio. Y en ello estamos

Tampoco el punto de vista que aportan los economistas difiere mucho, en su parcialidad y falta de análisis suficiente de las consecuencias, del científico, pero en este caso solo se analiza la parte económica, y las medidas médicas oscilarán entre la carencia y la insuficiencia. Su principal preocupación, característica de los mal llamados actores sociales, será el estado de beneficios de la gran empresa y la consolidación de unos presupuestos de aliño que permita la permanencia del consumo y la mínima inversión en infraestructuras que palíen de forma real las necesidades de ellas que la crisis ha dejado al descubierto. Ni las organizaciones empresariales, ni los sindicatos, ni los teóricos económicos de la macroeconomía, tienen demasiado que decir en cuestiones médicas, ni representan a una sociedad basada en una economía de autónomos y pequeños empresarios a los que nadie tiene en cuenta.

¿Y entonces? Entonces hace falta una clase política con un punto de vista capaz y comprometido con el bienestar de los ciudadanos que sea capaz de poner en marcha las medidas necesarias para paliar la crisis médica sin crear una incapacitante crisis económica que arrastre a una sociedad a un calvario del que difícilmente se podrá salir en  años y que, permítaseme la maldad, tiene el diseño perfecto de fosa común para la clase media.

Pero en esta país la clase política no tiene otro proyecto conocido que mantenerse en el poder, que atacar con ferocidad y sin reparar en daños al contrario con todos los medios a su alcance, crisis incluida,  y no tiene otra capacidad conocida que una mediocridad política e intelectual incapacitante, ni tiene otro argumento que la maldad de la alternativa, ni sus líderes otro proyecto que ser el más listo de los tontos.

Nadie nos lo cuenta, y solo los crédulos lo ignoran, todos acabaremos, antes o después, infectados por este virus y por otros. La infección la contraeremos en el interior de algún lugar donde nos habremos reunido con algún fin con alguno, o algunos, que ya lo tenían. Alguno lo desarrollará de forma grave, y la mayoría no. Pase el tiempo que pase las infraestructuras no habrán mejorado porque los presupuestos centrales y autonómicos no contemplan tal posibilidad. La clase media saldrá doblemente empobrecida, o no saldrá, en muchos casos, de la doble trampa económica que la mediocridad y afán de protagonismo habrá provocado en la sociedad: trampa de consumo provocada por un confinamiento errático, inútil y puramente estético, y trampa impositiva usando los recursos fiscales para rematar el empobrecimiento de aquellos ya perjudicados por la crisis principal.

Claro que este es solo mi punto de vista, porque lo tengo, porque me permito tenerlo , sea certero o no, al margen de los puntos de vista oficiales, aplaudidos, consentidos y castrantes. Y, por no callarme nada, en este país no habrá soluciones mientras no haya DEMOCRACIA: LISTAS ABIERTAS, CIRCUNSCRIPCIÓN ÚNICA. Un hombre un voto, en la calle y en el congreso. En este país no habrá soluciones mientras no podamos lograr el gobierno de los mejores y no, como tenemos en la actualidad, el de los más avispados entre los más mediocres, el de los tuertos.

domingo, 31 de mayo de 2020

Una mínima renta


Hay momentos en los que las palabras parecen un estorbo a la hora de escribir sobre ciertas cuestiones, sobre todo éticas y morales, sobre todo sociales. Distinguir entre lo que se dice y lo que se pretende es una aventura en la que los principales escollos son identificar la lógica del dicente y encontrar el sentido último al contrasentido que se expresa.
Antes de la radicalización de las ideologías, y de su desfachatez en el uso de ese bien común que es el lenguaje, para no decir nada, o para decir lo contrario de lo que parecen decir, o para desdecirse reafirmando, podíamos estar de acuerdo con el poeta y proclamar que nos quedaba la palabra.
Hoy ya no, hoy no nos queda ni siquiera la palabra, hoy no nos queda ni siquiera, empiezo a creer, la capacidad de un pensamiento independiente que pueda transmitirse con palabras.
La confrontación ideológica a la que estamos sometidos los ciudadanos no alineados, o, como despectivamente dicen los forofos, equidistantes, no nos permite expresar con palabras mesuradas y razonables, la opinión que todos ellos nos merecen. Bueno, sí, siempre y cuando esperes la correspondiente descalificación, sin argumentos, ni empacho en la respuesta, que nunca argumento en contrario.
Estos días, en los que la pandemia parece retroceder, en los que el mejor augurio es que el Covid parece estar mutando y perdiendo virulencia, como ya le pasó a algunos de sus hermanos coronavirus, y que los números bajan para satisfacción general, incluso de los políticos, estos nos han dispuesto un nuevo tema de falsa confrontación para seguir justificando su sueldo, y para mantenernos inmersos en una lucha que impida que nos unamos para pedir las cuentas que nos están siendo escamoteadas.
El ingreso mínimo vital, o renta básica. ¿Es justo? a mí me lo parece. ¿Es necesario? Estoy convencido. ¿Es el momento? Para algo justo y necesario siempre es el momento. ¿Está bien hecho? No, rotundamente no. ¿Se cuenta la verdad sobre su filias y sobre su fobias? No, ninguno, todos mienten, lo saben y nosotros también deberíamos de saberlo.
El primer argumento en contra de la derecha, es su inducción al profesionalismo de la subvención, y esa fobia está justificada, pero ni es la primera subvención que existe, ni su negación va a mejorar la situación. ¿Es justo vivir del esfuerzo ajeno? No. ¿Es suficiente la renta marcada para vivir de ella? En unos sitios sí y en otros no, lo cual ya establece la primera de mis discrepancias con el tema. ¿Crea problemas añadidos? Si, aunque nadie parece comentarlo. Favorece la economía sumergida ya que al no poder vivir con la cantidad asignada siempre se buscarán pequeñas tareas de tal índole que no habrá opción a declararlas. ¿Habría otros sistemas y métodos para alcanzar lo mismo? Si, y más justos, pero evitarían que los subvencionados se conviertan en rehenes de voto de quienes han instaurado el sistema.
Hay ciertas consideraciones que nadie se ha hecho, al parecer, y que deberían de estar en el argumentario de los no forofos:
-¿Es lógico detraer recursos económicos para personas en edad y capacidad laboral, cuando hay otros segmentos de población en necesidad? Podemos recordar, en respuesta a esta cuestión, que las pensiones oscilan entre lo miserable y lo insuficiente para la inmensa mayoría de los jubilados españoles, y este aumento del gasto no parece que vaya a favorecer sus expectativas de una mejora imprescindible. Tampoco la dependencia está dotada suficientemente, y tampoco parece que eso haya preocupado excesivamente al disponer de los recursos de las arcas del estado. ¿Estos argumentos invalidan la justicia y necesidad, en casos puntuales y controlados, de la prestación? Definitivamente no, pero como en toda economía, sea familiar o estatal, no se pueden acometer todos los gastos a la vez si no están asegurados los recursos suficientes
-¿Su dotación se logrará a través de un impuesto a los ricos? Esto es como decir que se le va a pedir a los Reyes Magos. Es una falacia populista sin más contenido que buscar el aplauso fácil y el paseíllo torero en el hemiciclo. Una boutade para incondicionales y forofos. Primero habría que identificar quienes son los ricos, porque seguramente usted, que nunca ha podido considerarse tal, y hay meses que acaba malamente, estará, para ciertos personajes e ideologías, en el punto de mira. Hablan de un patrimonio de un millón de euros, cantidad que le parecerá inalcanzable a algún habitante de la España vacía o de alguna aldea gallega, pero que para un habitante de las grandes urbes es el precio de una vivienda medio alta que está pagando al banco hasta el día de su muerte. Porque el patrimonio nominal, como bien sabe cualquiera que viva en el mundo real, no garantiza la calidad de vida, que seguramente es mayor en lugares pequeños y patrimonios menores, que en los grandes núcleos urbanos de vida cara y difícil. O sea, otra falacia activista. Y lo que no explica el populista de turno es que en un sistema de libre circulación de capitales, y en un país sin tejido industrial propio, el capital desaparece con la misma facilidad que la factoría de Nissan, o aún mayor, por no comentar que la presión fiscal sobre las empresas está focalizada sobre la pequeña y mediana empresa, o sea los de siempre, y que si cambias eso sin una planificación adecuada, sin un diálogo inteligente y sin un acuerdo consensuado, lo único que vas a lograr es la miseria social que supone la huida de todo ese trabajo a lugares más benignos fiscalmente hablando.
-También cabría preguntarse, si hay un salario mínimo recién revisado, y por tanto todos los que trabajan cobran lo justo según la ley, ¿por qué esa renta mínima se puede usar, se va a usar, como un complemento salarial? ¿Por qué la renta es válida incluso para personas con trabajo? Lo lógico sería mejorar el sistema contractual, las condiciones laborales, evitando los trabajos que no permitan una vida digna al trabajador, y hacer incompatibles ambos conceptos, o, con la picaresca habitual, nos podremos encontrar con familias que sin apenas trabajar logren unos ingresos superiores a los de otras que trabajen regularmente. Y eso si es un problema que acaba generando descontento y agravios por falta de justicia social hacia los que trabajan y no piden, o no logran, esas subvenciones.
-¿Por qué la cantidad elegida es esa y no otra? Aquí el cinismo me puede. Porque es bueno para las corrientes que se dicen sociales que la cantidad permita crear un clientelismo sin facilitar que esa ayuda dé acceso a variar el estatus de los que la reciben, lo que rebajaría el número de votantes cautivos. Estoy seguro de que este argumento ni figura en ningún documento, ni ningún político la va a reconocer, pero ahí está, “e si non e vero, e ben trovato”.
Hay muchas más consideraciones a favor y en contra, lo que demuestra hasta qué punto esta iniciativa es más un movimiento político que social, más una afrenta ideológica, tal como se ha concebido, que un progreso social, que también existe. Más una luz de navajas ideológicas que una preocupación real por la población.
Pero la extensión del artículo no da para ser riguroso. Poco más de dos páginas no nos llevan a otra cosa que a rascar la superficie y dejar algún arañazo en el que las mentes realmente independientes puedan profundizar. Y eso ya sería un logro.
Como bien intentaba explicar al principio, es lamentable tener que abrir las costuras de algo que se considera justo y necesario, pero lo justo y necesario no lo es tanto cuando se logra mediante la mentira y la crispación. Antes de que nadie me insulte, o precisamente para lograrlo, la crispación artificial de ambos bandos, que, para mí, no son otra cosa que las dos caras del mismo, la derecha, y la antiderecha.  Las dos caras de un capitalismo absoluto que busca hacerse la competencia a si mismo para justificarse.


sábado, 18 de abril de 2020

Las miseria humanas (IV): Los parias de la tierra


En toda guerra hay víctimas, y no solo entre los combatientes, no, también, y me parecen las más dolorosas, esas víctimas de retaguardia, están esas víctimas no combatientes, que caen sin que en ningún momento se sintieran directamente combatientes. Y todos estaremos de acuerdo, si no basta con oír alguna rueda de prensa, en que estamos en una guerra. Una guerra declarada, la de la sociedad contra el coronavirus, otra guerra de inteligencia, la guerra comercial que posiblemente esté detrás de todo esto, y una tercera guerra, ni declarada ni reconocida, que algunos han decidido iniciar aprovechando la situación, la guerra del modelo económico.
La primera guerra tiene víctimas combatientes, los enfermos y los virus, y víctimas colaterales, los sanitarios y fuerzas de apoyo que acaban siendo enfermos.
Los combatientes de la, posible, segunda guerra son siglas y grandes corporaciones, tiburones ávidos de aumentar su hegemonía y que no reparan en medios ni en víctimas directas. La víctima colateral de esta guerra, en la que este episodio sería solamente una batalla más, será nuestro futuro, nuestros derechos y libertades.
La tercera es una guerra sucia, una guerra no declarada, una guerra por un modelo económico, la guerra de clases, la guerra que gane quien gane siempre tendrá la misma víctima colateral, la clase media de la clase media.
Las víctimas económicas de esta crisis,  son todos esos pequeños empresarios autónomos por la gracia de la ley, sin grandes recursos de supervivencia que no son empresarios para las organizaciones empresariales ni son trabajadores por los sindicatos, pero que componen la mayor parte del entramado económico español, y son la mayor fuente de empleo de nuestro país.
No tieneN quién les represente, no tienen estructura que les permita representarse, si se   arruinan no perjudican a las grandes empresas, ni van a cobrar el paro si se quedan sin trabajo porque a pesar de pagar un auténtico atraco en forma de cuota no tienen derecho a desempleo, ni, en vacas flacas van a recibir apoyo de los bancos, que además, como en otras crisis, solo tendrán que alargar un poco su brazo para recoger los frutos de las hipotecas y préstamos concedidos, incluso con apoyo de dinero público, que impedirán toda posible salvación de esos ninis, ni empresarios ni trabajadores.
Los sindicatos, que representan a una minoría de trabajadores de este país, serán escuchados, pero jamás tomarán una iniciativa que no suponga favorecerse a sí mismos. Las organizaciones empresariales, que representan a una minoría de los empresarios de este país, serán escuchados, pero jamás tomarán ninguna iniciativa que no sirva para favorecer a las grandes empresas, suficientemente favorecidas ya.
Esa clase media media, de la que decía Mazarino a Colbert, con un cinismo que nadie ha desmentido en los siglos transcurridos desde que lo dijera: “Entre los ricos y los pobres hay una gran cantidad de gente, tipos que trabajan soñando con llegar algún día a enriquecerse y temiendo volver a ser pobres. Es a esos a los que debemos de gravar con más impuestos, cada vez más, siempre más, porque cuanto más les robemos más trabajarán para compensar lo que les quitamos. ¡Una reserva inagotable!”
Efectivamente, a pesar de todos los obstáculos, esa clase que no parece pertenecer a nadie, que no tiene voz ni unión para que su voto los haga fuertes, esa clase que se arruinó con la crisis del 92, con la del 2008 y que ahora volverá a arruinarse, volverá a levantarse sin la ayuda de nadie, pero en medio, si nadie lo remedia, que no lo va a remediar, arrastrará en su caída un desempleo feroz, por cada uno dos, tres o más desempleados. Los pequeños bares, las tiendas de barrio, las casas rurales, los restaurantes, los feriantes, todo ese pequeño tejido empresarial a espaldas de los que se legisla, se toman acuerdos o se hace política, se va a derrumbar y arrastrará con ellos al país a una crisis feroz. A una crisis que no afectará a los realmente poderosos porque tienen recursos de sobra y no afectará a aquellos normalmente más desfavorecidos rescatados por un empeño social más interesado en la foto que en el fondo.
En eso consiste la derecha, en eso consiste el populismo de izquierda y en eso consisten seguramente los intereses del poder, que va más allá de la carnaza ideológica con la que nos distraen.
La miseria humana, cuando hablamos de tiempos de crisis, es propiedad siempre de aquellos que por no pertenecer a ningún grupo de presión reciben toda la presión del ninguneo económico, a los auténticos parias de las políticas  de poder que siguen al pié de la letra las enseñanzas de Mazarino, de Maquiavelo y de tantos brillantes estadistas sin moral.
Y cuando vuelvan a levantarse, porque siempre se levantan, una vez más serán los contribuyentes, los paganinis del dislate, los ricos para los que buscan a los pobres y los pobres para los que protegen a los ricos, los eternos aspirantes a la zanahoria en el extremo de la vara.

jueves, 15 de agosto de 2019

La sociedad de los tres monos


Me preocupa esta sociedad. Me preocupa la incapacidad evidente de enfocar los problemas correctamente. Me preocupa, con preocupación presente y futura, el abismo intelectual, social y educativo con el que las ideologías de diferente índole y cariz la van castigando hasta sumirla en una dicotomía que lastra su solidaridad, envilece su pensamiento y destroza su capacidad de enfrentar correctamente aquellas cuestiones que le hurtan la esperanza de poder ser mejor.
No hace tanto que, con gran revuelo mediático, el gobierno propuso subir el salario mínimo interprofesional a mil euros al mes. No hace tanto que, con gran revuelo mediático, los poderes económicos se hacían cruces y anunciaban catástrofes inenarrables para la economía de este país. No hace tanto que oyendo a unos y a otros no sabía si se me caería la cara de vergüenza, ajena, o podría contener con algún éxito el descuelgue de mandíbula que el despliegue informativo, perdón, el despliegue opinativo, estaba llegando a producirme.
¿Era posible tal desfachatez por parte del gobierno? ¿Era posible tal falta de ética por parte de los poderes económicos? ¿Era posible tal falta de objetividad y visión de la realidad por parte de una sociedad dispuesta a alinearse ciegamente con quién su querencia ideológica lo demandara?
Sí, era posible. Era, es, y parece ser que será, lamentablemente posible.  Pero vayamos por partes, por protagonistas.
El nombre de salario mínimo interprofesional me parece una burla tal como está enfocado, tal vez salario de incapacidad supervivencial, o salario de incapacidad adquisitiva, o, directamente, tomadura de pelo, que al final es lo que es.
Se supone que el salario mínimo interprofesional, SMI para no tener que escribir tanto, y porque ya todo se nombra por siglas, debe de garantizar una retribución digna a cualquiera que desarrolle un trabajo. Se supone, digo bien, porque me gustaría saber con qué parámetros se calcula, por qué mil y no novecientos ochenta o mil cuatro con treinta y tres. ¿Qué se supone que garantiza ese montante? ¿Cuánto le cuesta al empresario? ¿Se garantiza también a los autónomos? A esto último, que es lo más evidente, la respuesta rotunda es no, ya se encargan el estado y su sistema retributivo de provocar, si la coyuntura lo requiere, que los ingresos de los autónomos puedan ser incluso negativos. Luego, primera tomadura de pelo, o los autónomos no desarrollan labor retribuible y solo se dan de alta por alegrar a la AT, o no son profesionales a pesar de sus profesiones, por lo cual no se pueden dar por aludidos. Es decir, que en el peor de los casos los autónomos tienen que pagar por trabajar, o por la expectativa de llegar a hacerlo.
A la primera pregunta la respuesta también es clara, suponerse se puede suponer lo que se quiera, pero la realidad es que garantizar, lo que se dice garantizar, tal como está la vida, no se garantiza con el SMI otra cosa que una imposibilidad de supervivencia individual. En la mayoría de las ciudades españolas no se puede acceder a una vivienda, pagar los costes de agua, energía y otros, preocuparse de una manutención razonable y hacer frente a otros gastos que la recaudación grava y el mercado alza, con los mil euros de los que hablamos, y si alguien tiene alguna duda, que lo pruebe, se le quitarán las dudas de golpe.
A la segunda también vamos a buscarle las vueltas. Más, al empresario le cuesta un porcentaje más que sale de su beneficio, o sea, el trabajador gana más, el empresario paga más y gana menos y el estado recauda más a la vez que justifica más impuestos para hacer frente a un gasto que no solo no soporta, si no que le beneficia. Y, como es lógico, los empresarios protestan. Sobre todo los pequeños y medianos empresarios, esos que, siendo autónomos por obligación, tienen que buscar la forma de financiar algo que en muchos casos no tienen de donde detraer y que, además, no tienen  acceso a los beneficios fiscales de las grandes empresas. Pero eso no importa, porque al ser empresarios, para una gran parte de la población, son insolidarios, millonarios y explotadores. Así los presenta el imaginario que ciertas ideologías manejan y que difícilmente se corresponde con la realidad, a poco que se tire de libros y resultados.
Así que nos encontramos con una tesitura en la que nada es verdad, ni nada es mentira, ni nada es del color del cristal con que se mira, salvo para los que llevan una retina deformada por alguna ideología, una gran parte de la sociedad, desgraciadamente.
Podríamos entonces convenir en que todos los actores sociales intervinientes en la trifulca tienen razón, casi todos. Los trabajadores porque el SMI es insuficiente para vivir de una forma mínimamente digna. Los empresarios porque el estado se aprovecha de su posición para gravar sus beneficios a cambio de nada. Bueno, de nada no, de propaganda para la ideología del demagogo de turno. Los autónomos porque a ellos nadie les garantiza nada, y los jubilados porque su pensión es inferior a ese baremo de supervivencia que los gobernantes se sacan de una chistera sin fondo, sin forro y sin vergüenza.
Aumentar el SMI es imprescindible. No gravar a los pequeños y medianos empresarios para lucirse es de justicia. Igualar las pensiones mínimas al SMI es de sentido común. Extender el beneficio a los autónomos es, simplemente, aplicar una justicia igualitaria. Y lograrlo, lograrlo es el problema con un sistema poco interesado en las soluciones reales y muy pendiente de las alharacas ideológicas, que es para lo que está montado.
Ni la derecha, preocupada por favorecer a las grandes fortunas y a las grandes empresas, está interesada en que el SMI sea otra cosa que un parámetro vendible, ni la izquierda, preocupada en exprimir al mediano y pequeño contribuyente mientras dice que su objetivo es el grande, está interesada en que el SMI sea otra cosa que un parámetro vendible.
Para que el SMI fuera un parámetro coherente tendría que calcularse de forma que realmente supusiera una estimación fiable del costo real de la vida por individuo, en base a los verdaderos costos de las partidas fundamentales. En ese momento, además, serviría como base referencial de otros muchos indicativos económicos y permitiría la elaboración de una fiscalidad con vocación de justicia distributiva. Podría analizarse el enriquecimiento, definir la acaparación, analizar los beneficios empresariales y referenciar tantos otros parámetros fundamentales para una justicia distributiva en SMIs. O sea, nada que interese a nadie.
Y no interesa a la derecha porque tirará del famoso mito de que con un sistema realmente distributivo se alimenta a los vagos, y a los pícaros que buscaran la forma de cobrar sin trabajar, que haberlos haylos y suelen ser los que más protestan, falacia fácil de desmontar si el interlocutor tiene algún interés más en el tema que el de defender una posición ideológica o repetir imperturbable los mantras aprendidos sin necesidad de demostrarlos ni de demostraselos a sí mismo. Y no interesa a la izquierda, porque siendo una suerte de derecha camuflada, de contra derecha, no necesita pensar en nuevos sistemas, cuanto menos de ponerlos en marcha, o simplemente pensar, si para lo que realmente quiere, que nada tiene que ver con una justicia distributiva, no necesita devanarse los sesos y lo puede obtener empobreciendo a los demás subiendo los impuestos y aumentando el déficit, que ya vendrán otros que lo paguen con el dinero que no es de nadie.
Realmente, como bien decía al principio, me preocupa esta sociedad de monos que no ven, no escuchan, y son incapaces de hablar para pedir: libertad, igualdad y fraternidad reales. Una sociedad capaz de mirar con equidad a sus miembros y proyectarse hacia un futuro de esperanza. Una sociedad basada en valores diferentes al enriquecimiento, el poder, el acaparamiento y la competencia. Ya sabéis, hablando cómodamente, una utopía.

domingo, 28 de julio de 2019

La Trampa


Es muy habitual, sobre todo en tiempos de elecciones, oír hablar de un concepto más resbaloso que resbaladizo y que siempre concluye como la famosa frase de Quevedo: “fueronse y no hubo nada”. Hablo de la redistribución de la riqueza.
El concepto en sí mismo ya es tramposo. Cada vez que se produce una transacción económica se lleva a cabo una redistribución de la riqueza, pero no es en este sentido en el que oímos a los políticos hablar de este tema, si no en el sentido  de que hay que intentar que la riqueza se distribuya uniformemente entre toda la población, en el sentido de habilitar mecanismos económicos que persigan una igualdad patrimonial que esos mismos mecanismos desmienten.
Hace ya mucho tiempo, tanto que la abuela tortuga no llega a recordarlo…, perdón por esta introducción de cuento para explicar un cuento, que los que detentaban el poder inventaron el concepto básico  de cómo hacerse con parte de la riqueza que generaban aquellos que estaban bajo su dominio, los impuestos, y como justificar la tropelía, haciendo de un despojo una forma de extraña de prestar servicios comunes. Eso sí, cuanto más absoluto era el poder menos beneficio revertía en los contribuyentes. Cuanto más absoluto era el poder  más opaca era la inversión de lo recaudado.
A nada  que se piense con un poco de lógica aplicada, si es el poder siempre el que determina las reglas y cuantías de la contribución que para sus fines necesita de los que producen, y los mecanismos por los que los que contribuyen tienen acceso a controlar en que se usa la parte de su riqueza, que el poder considera, coercitivamente, que le corresponde para llevar a término su pervivencia, son escasos o inexistentes, es inevitable darse cuenta de que el poder utilizará en primer término su fuerza disuasoria para su propio beneficio.
Es decir, una institución no productiva pone en marcha un sistema por el que se obliga a una solidaridad no siempre consentida a aquellos que sí producen a cambio de unos beneficios, teóricos, uno de los cuales, y de los costosos, es el sistema coercitivo que se empleará, entre otras cosas, para obligar al cumplimiento de los no conformes, que pagan de esta manera su propia represión, imponiéndoles unas reglas y cuantías que no siempre, en realidad casi nunca, son justas, y además se les escarnecerá públicamente tachándolos de insolidarios y delincuentes.
Por si misma esta situación desmiente la bondad del concepto. Un sistema que necesita represión no es solidario, y casi con toda seguridad no es justo. Un sistema que utiliza parte de sus recursos, una parte cada vez más importante, en perseguir y sancionar a los disidentes, es un sistema implícitamente perverso. No se puede imponer la solidaridad, se pueden imponer conceptos negativos que la suplantan bautizándolos con nombres de ideales, cuya consecución no es objetivo real, como puedan ser: el bien común, los servicios sociales o la redistribución de la riqueza. Ideales cuyo logro quedan flagrantemente desmentidos tanto en los presupuestos de cualquier estado como en la vida real y cotidiana.
Así que la recaudación de impuestos no es otra cosa que una forma de obligar a los individuos a que prescindan de parte del beneficio obtenido de su trabajo para que otros que no producen ningún beneficio, conocido al menos, decidan que necesidades, pretendidamente comunes aunque no siempre lo sean, tienen que cubrirse con esa merma de la remuneración personal.
¿Está un pacifista satisfecho con su contribución a la defensa? ¿Está un jubilado conforme con sus carencias mientras contempla como ciertos pretendidos representantes de su situación tienen prebendas que él no puede alcanzar? ¿Está un empresario satisfecho mientras ve como las leyes que se aprueban con su contribución lesionan gravemente las posibilidades de pervivencia de su negocio? Por poner los ejemplos más populistas, dejando de lado los más sangrantes y complejos. Lo dudo. Otros me hablarán, para rebatirme, de la sanidad, de las infraestructuras, de la educación… y yo les hablaré de donde están todas las carencias que los estados permiten.
Habrá en este caso quién me hable de izquierdas y derechas, como si esa falacia tuviera algo que ver con la realidad del problema. Los impuestos se inventaron antes que las ideologías, y las ideologías lo único que han hecho ha sido reinterpretar el sistema en su propio interés. La prueba está, como siempre basta una mirada sin improntas ideológicas, para comprobar que nada ha cambiado, aunque nada sea igual. Defiendo la perversidad del sistema, no su falta de inteligencia. Por lo que se cambian impuestos por libertades, que no tienen costo, pero no se garantizan más allá de lo que los individuos, o el grupo de presión al que pertenecen, son capaces de defender por si mismos.
La derecha defiende la mínima intervención directa del poder a cambio de una desigualdad cada vez mayor permitiendo una acaparación sin límites y apenas interesándose por los más desfavorecidos. La izquierda promueve la máxima intervención posible de tal modo que el poder se erige en garante de sí mismo y la redistribución de una pobreza provocada por la falta de libertad individual. Hablo, claramente, de situaciones extremas, pero no por extremas menos ciertas. Como si de una función matemática se tratara diríamos que x = f(n) tendiendo n a infinito, siendo f los impuestos y n el importe. Para n= 0 estaríamos en una extrema derecha ideal, y para n=infinito en un extrema izquierda tan ideal como la extrema derecha ya mencionada.
Creo que hay una referencia histórica que describe la absoluta perversidad del sistema de recaudación de impuestos. Son tiempos de Luis XIV y Francia, en realidad el rey, necesita dineros para dotar las guerras que sostiene, teóricamente para aumentar la gloria de Francia, en realidad la gloria, el poder y la riqueza del rey de Francia y de su élite. La única salida es aumentar los impuestos, y en tal sentido Colbert, el ministro de finanzas, se dirige al cardenal Mazarino explicándole que no encuentra la forma de gravar más a una población castigada ya al límite. Mazarino, lejos de compartir las cuitas de Colbert le da una norma que todos los ministros de hacienda de todos los gobiernos tienen en la cabecera de su mesa como guía y faro: “Hay una enorme cantidad de gente entre los ricos y los pobres. Son todos aquellos que trabajan soñando en llegar algún día a enriquecerse y temiendo llegar a pobres. Esos son los que debemos gravar con impuestos, cada vez más, ¡siempre más¡. A esos cuanto más les quitemos más trabajarán para compensar lo que le quitamos. ¡Son una reserva inagotable¡”
Releyendo la frase se puede paladear toda la perversión que implica. No solo el cinismo sobre la clase media y la burguesía, también sobre las clases intocables. Los pobres son intocables porque si sobrepasamos el límite de lo que les quitamos perdemos al contribuyente. Los ricos porque su verdadero valor está en que siempre podemos, en caso de necesidad, comprar parte de su riqueza a cambio de prebendas que a la larga los harán más ricos.
Intentando concluir, cuestión ya de por sí cuestionable, la de concluir, y para aquellos bien intencionados:  confiar en que el sistema impositivo basado en una apropiación porcentual de la riqueza individual en función de su producción, o riqueza pasiva, pueda contribuir a una redistribución justa de las riquezas es una falacia que solo el poder puede manejar con desparpajo, y con medios detraídos de otras necesidades reales para poder imbuir en la sociedad esa falsa convicción. Lo que se llama propaganda. El hecho de que se permita que ese sistema, además, sea prerrogativa del poder, es como poner a la zorra a cuidar a las gallinas.
Si alguna vez alguien pretende redistribuir la riqueza, si alguien alguna vez tiene un fin justo, solidario, si alguna vez alguien está más interesado en compartir que en acaparar, si alguien alguna vez es más propenso a servir que a servirse, si en algún remoto e inconcebible futuro el administrador está interesado en los administrados y más preocupado por administrar que por recaudar, seguramente empezará por proponer unos límites de enriquecimiento y empobrecimiento que eliminen de la sociedad el lujo y la miseria, que son los extremos de una injusticia social. Si alguna vez la solidaridad es una necesidad común palpable y aceptada, el recorrido estará claramente garantizado.
Tal vez entonces, y solo entonces, entendamos qué es la redistribución tolerable de la riqueza y hayamos logrado comprender la trampa que el sistema tradicional de impuestos supone para aquellos que no son ni el poder ni su élite asociada. Si alguna vez la sociedad llega a asumir que la igualdad no existe, pero que la equidad es un estado alcanzable, habremos recorrido una parte importante del camino
¡Utopía¡, gritarán muchos ante mis palabras. ¡Distopía¡ me permito yo gritar ante sus hechos, sus pertinaces, mendaces e históricos hechos.