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miércoles, 18 de diciembre de 2019

IA e IH


Hablando de tecnología, hablando de inteligencia artificial como punta de lanza de esa tecnología, es raro encontrar a alguien que se haya parado a pensar que uno de los grandes problemas de esta cuestión es que la mayoría de las preguntas que nos planteamos aún no las hemos resuelto a nivel humano, y sin embargo ya pretendemos resolverlas a nivel máquina.
He oído hablar, este fin de semana en una conferencia sobre IA, de la roboética y de sus limitaciones e implicaciones, de sus miedos, de sus contradicciones y de sus atisbos hacia un futuro aún revisable, aunque creo que ya por poco tiempo, y me preguntaba cómo se podrían resolver muchas de las cuestiones que se planteaban respecto a la tecnología si aún no las habíamos resuelto para nosotros mismos.
Efectivamente, como brillantemente exponía la conferenciante, María Jesús González Espejo, la aplicación y desarrollo de la tecnología, y más concretamente su rama IA, es un tema en el que de momento solo hay preguntas, preguntas tecnológicas, en muchos casos, pero sobre todo preguntas éticas y morales, preguntas que tienen que determinar no solo el hasta dónde puede llegar el desarrollo, si no para quién, para qué, de qué forma y administrado por quién.
Perturbadoras cuestiones si tenemos en cuenta que esa preguntas, determinantes a la hora de enfocar un futuro en el que pretendemos seguir teniendo un papel importante, que tenemos miedo a perder a manos de unas criaturas creadas por nosotros y que parecen tener la capacidad de superarnos, ya marcan una de las cuestiones fundamentales a plantearnos, ¿competitividad o colaboración? ¿sometimiento o complementariedad?
Pero esta pregunta es la consecuencia de que el pensamiento, en esto como en todo, suele ir más rápido que las resoluciones y que las acciones. El problema de base sigue sin resolverse, porque aún no hemos sido capaces de planteárnoslo con la solvencia necesaria. ¿Cuál es el sistema idóneo de convivencia del hombre? ¿Cómo podemos plantearnos como convivir con unas máquinas creadas por nosotros y con unas potencialidades enormes, si aún no hemos sido capaces de plantearnos con rigor, con sinceridad, con limpieza, como debería de ser nuestro sistema más beneficioso para convivir entre nosotros mismos?
Podemos observar que existen tres grandes caminos, aunque solo dos de ellos parecen ser contemplados en la realidad política y social en la que nos movemos. Para ello debemos de plantearnos una pregunta más, tal vez la primera de todas: el ser humano ¿es una especie de individuos sociales? Parece evidente, nuestra historia así lo avala, que la respuesta es sí, pero también parece evidente que ese sentido social, gremial, colaborativo, que es característica del hombre, ha servido para crear intereses piramidales de poder que anteponen el colectivo a la individualidad. Según todos los síntomas, según todos los desarrollos y tendencias actuales, el hombre debe de sucumbir en aras de la humanidad, aunque esa humanidad siempre esté representada por hombres en situación de privilegio, que crean una especie de casta superior. ¿Es ese el mundo ético, político en el que deseamos movernos? ¿Van por tanto las máquinas a convivir con un hombre sometido a otros hombres y a su vez han de buscar su sitio en esa estructura social? ¿Estarán, por tanto, las máquinas, al servicio de las clases dirigentes que determinarán a que parte de la tecnología y bajo qué condiciones tienen acceso el resto de los hombres a sus beneficios? ¿Habrá, por tanto, dueños de la tecnología y arrendatarios de sus beneficios? ¿Es ese el sistema que nos estamos planteando, que estamos consintiendo? ¿Somos siquiera conscientes de ello?
Este planteamiento, y no parece que de momento se contemple ningún otro, que busca como trasladar las estructuras actuales, con la menor variación posible en cuanto al poder y el privilegio, a un futuro con mayores posibilidades, nos enfoca hacia dos distopías posibles, hacia dos futuros en los que la brecha social, económica, de oportunidad, será cada día más amplia, más insalvable.
Una es la distopía estatalista, una distopía del formato “Gran Hermano”, en la que un poder omnímodo, representado por una estructura de poder político, es dueño y señor de los designios de todos los individuos no pertenecientes a la élite dirigente, e incluso dueños de la tecnología y sus servicios. La anulación total y absoluta del individuo como concepto que se pueda poner en valor y un sistema rígido de moral y un pensamiento uniforme que permitan su control parecen ser sus características fundamentales.
La otra distopía es la corporativa, de formato “Blade Runner”, en la que las grandes corporaciones, sus clases directivas, obsérvese la diferenciación entre clase directiva y clase dirigente, como representantes de la iniciativa privada llevada a su máxima expresión, sobrepasan la labor de los estados y se hacen con el mismo control omnímodo, pero ejercido con diferentes objetivos y estrategias, que le aplicábamos a la distopía estatalista. En este caso, tal vez, no se anule tan absolutamente al individuo porque es necesario como contribuyente o consumidor, y una moral estricta y un pensamiento único no sean tan evidentes, pero si quedan mermadas claramente la igualdad y el acceso a  las oportunidades en función de la utilidad del individuo para el sistema.
Sí, es verdad, a nada que nos fijemos, estas distopías se corresponden con las ideologías imperantes en la actualidad que se enmarcan en un dialéctico eje izquierda-derecha, e incluso podríamos señalar a sus grandes representantes en nuestro cotidiano devenir. China, tal vez Rusia de otra forma,  pertenecen a la tendencia estatalista y EEUU, Japón  y Europa están más cerca de ese mundo corporativo ya apuntado. Y a nada que reflexionemos veremos que el triunfo de cualquiera de ellas, su aplicación en el extremo, supondrán una perspectiva nada halagüeña para el futuro de la raza humana, en realidad para el futuro ético del ser humano y para el futuro moral de la especie.
Pero apuntábamos tres posibilidades a la hora de plantearnos la pregunta. Y nos falta la posibilidad no jerárquica, la posibilidad colaborativa, que prime al individuo por encima de la colectividad. Curiosamente a este sistema pertenecería uno de los mayores logros de la humanidad en todo su transcurso: la Declaración de los Derechos Humanos. Los derechos que cada ser humano, como individuo, debe de tener y que sistemáticamente son coartados, matizados, cercenados por las leyes y privilegios, hasta convertirlos muchas veces en simple letra invocada, que los sistemas jerárquicos necesitan imponer para perpetuarse. Su denominación ya nos pone en la pista de su uso, “declaración”.
La tecnología, la IA, pone al alcance del hombre unas criaturas creadas por él y que utilizadas de forma correcta podrían liberarlo de la mayor de sus maldiciones bíblicas: ganar el pan con el sudor de su frente. El trabajo, ese concepto de actividad imprescindible para poder sobrevivir en la que interesadamente han convertido el trabajo, al menos sus aplicaciones más duras, podrían ser realizadas sin problemas por máquinas, en la acepción de seres construidos, más cualificadas para esas tareas que el mismo hombre. Eso nos llevaría a una sociedad en la que cada hombre se preocuparía de desarrollar aquella labor para la que se sintiera preparado, aquella labor por la que se sintiera gratificado, sin tener que preocuparse del sustento, ni de ninguna otra necesidad básica. Una sociedad en la que el trabajo individual se considerara una aportación comunal y no una obligación vital. Una sociedad colaborativa inmersa en una civilización del ocio.
Pero esta sociedad tendría un inconveniente que la invalida en los planteamientos actuales: estaríamos hablando de una sociedad libre, de una sociedad que no podría ser chantajeada con ningún valor de compensación, una sociedad madura, formada y avisada contra estructuras jerárquicas de poder.
En ese tipo de sociedad la mayoría de los dilemas éticos o morales que se plantea la IA quedan automáticamente resueltos porque resueltos estarían los dilemas éticos de la IH, inteligencia humana, al menos los más inmediatos y acuciantes que somos capaces de identificar en la actualidad, aunque no podamos descartar la generación de otros propios de una realidad diferente.
Esta simple conclusión, este simple planteamiento, simple en su concepción y simple, por poco frecuente en la historia, desarrollo, nos lleva a plantearnos dos preguntas que tal vez deberían de haber sido las primeras.  ¿Es la IH una IA que escapó al control de sus creadores hasta alcanzar la consciencia? ¿Deberá existir una ética diferente entre la IA y la IH? Porque si la respuesta a esta última pregunta es sí, preparémonos a un conflicto permanente entre la moral humana y la moral robótica. Preparemos nuestro mundo para contemplar cómo se pueden hacer convivir dos sistemas morales, con sus derivaciones jurídicas, penales y sociales,  diferenciados y si estamos preparados para ello. Y si la respuesta es no, el conflicto vendrá marcado por la permanente reivindicación de la diferenciación entre desarrollos y posibilidades.
El tema es muy complejo y un artículo como este apenas puede asomarse a lo más elemental. Apenas nos permite hablar de cuestiones más específicas como las inteligencias mixtas, derivadas de los desarrollos biónicos (hombres con implantaciones mecánicas que sustituyan a sus partes originales), de las nanotecnologías médicas (elementos inteligentes implantados en el interior del hombre con autonomía de actuación), de los ciborg (seres mixtos hombre-máquina), o de las posibilidades de inteligencias globales producidas por la capacidad de interconexión de las individualidades de la IA, e, incluso, la ni siquiera prevista inteligencia emocional producida por causas que aún no hemos ni contemplado. Pero vamos a dejar algunas preguntas para que cada cual se vaya componiendo su propio futuro:
¿Puede la IH permitir que la IA desarrolle una inteligencia emocional?
¿Tiene, éticamente, la IH el derecho a reservarse la posibilidad de “apagar” la IA si se siente amenazada?
¿Debe prepararse, legal, ética, moralmente, la IH para enfrentarse a una reivindicación de equiparación de la IA?
Recuerdo que cuando leí Yo Robot a principios de los años 60 mi sueño fue poder ser Susan Calvin. Ni los tiempos, ni las circunstancias, me han permitido cumplir laboralmente mi sueño y, aunque la programación me permitió convertirme en maestro de máquinas, en el elemento que le explicaba a la máquina que es lo que tenía que hacer y cómo, la frustración de aquella vocación me ha llevado a reflexionar, a leer y escuchar todo aquello que cayera en mis manos y que tuviera que ver con la IA, con la robótica y con las similitudes de estructura y funcionamiento, cada vez mayores, entre la IA y la IH.
Concluyendo: avanzamos a pasos agigantados en la evolución de la IA. No sé si es una amenaza, una frustración o una soberbia seguir adelante sin antes haber resuelto todos los conflictos que la IH aún no ha sido capaz de resolver para ella misma.

domingo, 14 de abril de 2019

Sobre la eutanasia


Supongo que legislar es complicado, incluso ingrato. Supongo, porque nunca me he visto en la tesitura de hacerlo, que buscar la justicia para los demás  es una tarea que debe de exigir una capacidad casi infinita de perspicacia, perspectiva y buena fe que parece inalcanzable. Tal vez por eso mismo intentar que la legalidad, el resultado del acto de legislar, se acerque a un concepto tan ideal como el de Justicia ya no es solo complicado, ingrato, es, finalmente, improbable.
Pero tal vez lo más preocupante, lo que hace que nuestro punto de partida apunte, desde antes de empezar, en una dirección equivocada, a un camino torcido, es comprobar en manos de quién dejamos la tarea.
Legislar debe exigir una tremenda pulcritud en la neutralidad, unas claras miras de lograr mejoras en la convivencia que sobrepasen la circunstancialidad del día de su promulgación y busquen un futuro lo más largo posible, una vocación indiscutible de facilitar la convivencia en armonía evitando las situaciones de preponderancia, de abuso y de perjuicio, administrando los derechos de cada uno sin permitir que nadie pueda olvidar las obligaciones para con los demás.
Esto lo entendieron muy bien los legisladores de la antigua Roma, tan bien, que a día de hoy el derecho romano sigue siendo la base fundamental de diferentes sistemas legislativos, incluido el español. Pero desde entonces, desde hace más de dos mil años, ese cuerpo legislativo se ha ido modificando para adaptarlo a nuevos tiempos, nuevos conceptos, nuevos derechos, nuevas obligaciones. Y el problema siempre ha estado en la mirada del legislador.
Porque los cuerpos legislativos no han sido neutrales nunca. Durante cientos de años se ha legislado sobre los interesas de los legisladores que estaban representados por la iglesia y la nobleza. Unos legislaban sobre la moral, confundiendo sus convicciones con normas de obligado cumplimiento, y los otros legislaban sobre el beneficio y la riqueza reservándose la parte del león y el control de acceso a esa riqueza, o simplemente al bienestar. Detentar el poder y el control eran los objetivos.
Esta situación pareció cambiar con la Ilustración, el nuevo concepto de ciudadano y la aceptación de los derechos individuales universales. El reconocimiento del individuo como referente de esos derechos y capaz de gestionar su propio entorno ético abre unas expectativas que desgraciadamente se frustran al poco tiempo, al poco tiempo histórico.
La irrupción de las ideologías como sistemas de convicciones que se alimentan de la preponderancia del colectivo sobre el individuo, del enfrentamiento sobre el acuerdo, de la imposición por ley sobre la formación evolutiva, hacen que la tarea de legislar recaiga en unas manos que buscan conseguir por la vía de la inmediatez legislativa la obligatoriedad social de compartir las ideas del gobernante y sus más allegados, convirtiendo, de paso, la discrepancia en una ilegalidad.
Pero si con todo lo apuntado la ley parece quedar en mal lugar, en peor lugar queda cuando se constata que las leyes de los distintos periodos se solapan porque nadie las deroga, dando lugar a esperpentos, o situaciones de absoluto agravio.
La legislación sobre la moral que en tiempos pretéritos impulsó el `predominio terrenal de la iglesia, se convierte hoy en una legislación que afecta a las convicciones éticas de los individuos, penalizando, a veces con rigurosidad, convicciones que comparten amplios segmentos de los legislados.
No se puede, no se debe, legislar la moral. No se puede legislar, no se debe, sobre conceptos y derechos que atañen al propio individuo y no implican en su aplicación a otros, a terceros.
Tal vez el último ejemplo, el caso del suicidio de Mª del Carmen Carrasco, haya destapado un problema que solo permanecía tapado para la administración, la acción de control del cuerpo legislativo sobre la vida del individuo. Resulta que el suicidio, la libre disposición de la vida propia, es un delito. Y resulta, como consecuencia, que cualquiera que colabore es también un delincuente con el agravante de que mientras el sujeto principal del delito resulta ya inalcanzable para la justicia, el sujeto colaborador se convierte en reo y perjudicado.
En el fondo subyace el concepto de eutanasia. En realidad el poso moral de nuestra educación nos lleva a un debate estéril entre eutanasia y cuidados paliativos, estéril porque son diferentes y complementarios. Existe una cobardía moral heredada que nos penaliza e impide dar una solución ética al problema. ¿Cuál es la frontera entre los cuidados paliativos y la eutanasia? , yo creo que simplemente la que separa la acción de la inacción.
Los que en algún momento hemos tenido que tomar decisiones sobre vidas ajenas, pero muy próximas, sabemos de la rémora moral que nuestra decisión supone, aún a pesar de tener la convicción ética de haber hecho lo correcto. Tomar la decisión de dejar morir a alguien que ya no tiene ante sí más que un futuro, en la mayoría de los casos corto, de intenso sufrimiento, de tortura médica, es complicado, y siempre queda la duda, el mordisco interior de dudar si se ha hecho lo correcto. Esa incertidumbre moral es, supongo, estoy convencido, mucho mayor cuando en vez de consentir pasas a ejecutar, cuando con el consentimiento del sujeto tú dispones activamente de la vida ajena. Yo, ahora, desde mi perspectiva, no me siento capaz ni ética ni anímicamente de una decisión de ese tipo, pero tampoco, bajo ningún concepto, me siento moralmente capaz de condenar a aquellos que dadas la circunstancias adecuadas si lo hagan. Y en eso si debe de intervenir la legislación, en definir las circunstancias adecuadas descargando a la ley de todo peso moral.
Agravar el sufrimiento moral que seguramente sufre Ángel convirtiéndolo en un delincuente, gravándolo económicamente para mantener su defensa, y obligándolo a la exhibición pública de su zozobra, es de una bajeza ética difícil de consentir. Que además eso se realice mediante un tribunal especial, especialmente concebido y diseñado, para delitos en los que la alarma social es la única justificación para perpetrar una desigualdad con la excusa de corregir otra, es de una vileza legal difícil de asumir.
El peso de la ley, que parece ser muy pesado, no debe de recaer sobre individuos que no han hecho otra cosa que actuar éticamente. No es ese su fin. Tampoco debe de permitir escenarios equívocos en los que puedan darse situaciones de asesinato encubierto. Pero precisamente por eso, se debe de acometer de una vez por todas le definición de los escenarios en los que la eutanasia ha de ser aplicable, aquellos en los que el sujeto pasivo aún puede expresar su libre consentimiento y su firme voluntad debido al deterioro de su calidad de vida. Si se ha legislado sobre el aborto, que para mí no es más que una forma de eutanasia por derechos interpuestos, no entiendo los escrúpulos éticos para afrontar el resto de supuestos, los relacionados con enfermedades degenerativas en fases terminales y de sufrimiento. Acabaríamos, legalmente, con situaciones que terminan siendo injustas para con el que sufre en primer término y con el sufrimiento de los que asisten impotentes a su dolor por extensión.

martes, 25 de septiembre de 2018

Señora puta:


Sea lo que sea en lo único en lo que seguro que hay acuerdo es en que es el más antiguo del mundo. No cabe duda de que es un oficio y como tal lo desempeñan miles de mujeres y hombres, que sí, que de verdad, que hombres también, en todo el mundo. Sobre que sea un delito o un pecado solo corresponde a posiciones éticas y morales que pretendo que no me incumban, sobre todo porque tengo las mías y me siento impelido a evitar que me colonicen con otras, pacatas, mojigatas, victorianas sean bajo la excusa de una moral dictada por unas alturas tan altas que no alcanzo, o por unas posiciones ideológicas que solo conciben un mundo con pensamiento y comportamiento uniformes.
Si tuviera alguna duda  al respecto de mi posición sobre el tema me bastaría con ver como es atacado, con argumentos diferentes, con motivaciones diferentes, desde la izquierda y desde la derecha con igual saña y, hasta el momento, con igual falta de éxito.
La prostitución existe, perdón Teruel, y existe desde que existe la memoria del hombre. La prostitución existe y en ciertos momentos históricos ha alcanzado tal prestigio social que las concubinas tenían un mayor peso en el devenir de los estados que las reinas o los ministros.
Solemos pensar en la prostitución como en un antro de explotación, de miseria, de corrupción puramente masculina. Es una visión un tanto certera en lo que respecta a una mayoría de situaciones, pero si la analizamos globalmente, con una cierta frialdad y con perspectiva, comprobaremos sin demasiado trabajo que es una visión interesada, una visión que sirve a los fines de ciertas personas, instituciones, ideologías, poderes, preocupados en la estigmatización de la prostitución para su mayor manejo y lucro, o simplemente porque no conciben que exista un mundo diferente al que ellos consideran idóneo.
No voy a defender la explotación de ciertos seres humanos por parte de las mafias, pero no la voy a defender ni en la prostitución, ni en la emigración, ni en la donación de órganos, ni en tantas otras cuestiones y recovecos como las mafias aprovechan, valiéndose de la miseria ajena, para sacar partido de las necesidades ajenas. Pero por lo mismo que no voy a pedir la ilegalización de las donaciones porque las mafias se lucran de ellas, sí voy a pedir la legalización y la normalización, de norma, no de uso, de la prostitución, y voy a saludar con alborozo e interés la creación de ese sindicato que tanto parece horrorizar a la izquierda mojigata como escandalizar a una derecha pacata y victoriana
Algo tendrá el agua cuando la bendicen, algo tenga la prostitución cuando tantos tienen tanto interés en perseguirla.
Yo, afortunado de mí, nunca he requerido de sus servicios, pero no por ello puedo considerarme mejor ni peor, tal vez, incluso, el considerarme afortunado no sea más que un prejuicio que aún no he conseguido superar. Tal vez, pudiera ser, porque aún no haya superado el recuerdo de cierto amigo de mi adolescencia que debido a sus malformaciones no consiguió que ninguna mujer atendiera a sus requerimientos amorosos salvo que fueran acompañados de una contraprestación económica. A veces el amor, a pesar de ser ciego, encuentra algún resquicio por el que mirar y solo considera la normalidad física para lanzar sus flechas.
Prohibir la prostitución, ocultarla, estigmatizarla, no va a hacerla desaparecer, pero lo que si lograría una regulación moderna, acorde con la sociedad en libertad que pretendemos, es evitar la proliferación de las mafias, que viven cómodas en la ilegalidad, es el halo de delincuencia que genera todo lo proscrito, son las inevitables secuelas sanitarias que la falta de rigor normativo puede llevar aparejadas.
Una sociedad antigua menos libre que la nuestra, tenía unos usos, en cuestiones sexuales, que si no eran justos, ni deseables, si eran mucho más diáfanos y consecuentes con sus normas. Desde la injusticia, desde la desigualdad, desde la gazmoñería, desde la hipocresía. Sí, pero integrando en un papel, aunque fuera marginal y social y pretendidamente ignorado, esta práctica como algo inherente a la sociedad y a la convivencia.
Podríamos tirar de historia, y sería larguísima. Podríamos tirar de argumentos, y serían muchísimos. Tiremos simplemente de sentido práctico. Mientras el amor no sea totalmente ciego, mientras haya hombres y mujeres que tengan necesidades sexuales no cubiertas en relaciones estables, o sin relaciones estables, la prostitución, sin género, sin explotaciones inadmisibles, sin cargas éticas o morales ajenas al practicante y al demandante, será una necesidad social que cuanto más normalizada, de norma no de uso, esté menos cobijo dará a indeseables de todo pelo que la usen para lucrase a costa de la explotación ajena. Estoy convencido.
Recordemos, como guión orientativo, cuando cierta eminencia del furor ideológico pretendió prohibir que los enanos -ya me jode aclararlo pero lo aclaro-, dicho sea lo de enano sin ningún otro afán que el de la simplicidad descriptiva, participaran en espectáculos en su calidad de tales, y estuvo a punto de mandar a la miseria a tantos que viven de actividades que los requieren por su aspecto físico.
En resumen, y por mi parte, bienvenidas señoras putas sindicadas, mi solidaridad, mi apoyo y mi absoluto respeto a su iniciativa. Solo espero que no lleguen en el fututo a estar tan integradas que algún ideólogo de excesivo tiempo libre me intente obligar a llamarles señoritas de compañía retribuida. Yo, con su permiso, les seguiré llamando putas, sin cargas y en la seguridad de que ustedes y yo nos entendemos, léxicamente hablando.

miércoles, 13 de julio de 2016

En defensa propia

Me cuesta a veces encontrar las palabras. En realidad lo que me cuesta es encontrar las palabras pertinentes, las impertinentes son fáciles, cuando ciertas actitudes demuestran la imposibilidad de encontrar los oídos adecuados. La miseria moral, la estética gratuita y decadente que suele acompañarla, el postureo intelectual del todo vale si yo lo digo, me hacen enfermar casi de tanta gravedad como enferma me parece la sociedad que ha parido y acoge a personas de ese cariz.
Recuerdo, como olvidarlo, que en mi primera etapa del camino, bajando de Roncesvalles, coincidí durante unos cuantos kilómetros con una chica, en el sentido temporalmente amplio del término, cincuenta y dos años y abuela, obsesionada con la idea de que lo mejor para el mundo era que el hombre desapareciera del planeta y todo volviera a su origen. Nunca conseguí que fuera capaz de definir con una cierta coherencia cual era ese origen. Eso sí, tan obsesionada estaba con el tema que una de sus fijaciones era restaurar las hileras de procesionarias que alguien había pisado al pasar interrumpiendo su dañino camino. Intenté explicarle que era una plaga, le enseñé los cientos de nidos que infectaban los pinares navarros. Todo fue inútil, elle defendía a los pobres animalitos que un desalmado había agredido matando a parte de sus miembros.
No sé en qué extrañas fuentes naturalistas, ecológicas, bebía aquella mujer. No lo sé aunque sospecho que sus fuentes estaban peligrosamente contaminadas. Oírla hablar me hacía recordar aquella frase de un amigo mío que cuando veía a alguna mascota tratada con la consideración que se le negaba al indigente más próximo: “Madre mía, cuánto daño ha hecho el señor Disney”.
Esta triste, esta decadente sociedad es la responsable de que la absoluta ausencia de educación, no confundir con formación, en valores como el respeto haya producido una suerte de seres humanos cuyo principal afán es imponer sus “valores” por lo civil o por lo criminal, por las buenas o por las malas, desde una postura de violento frentismo y miseria moral que inevitablemente nos salpica a todos.
Los insultos, y no es la primera vez, vertidos contra la muerte de un ser humano por mor de una profesión que no toleran exhibe dos fallos morales de difícil recuperación. El primero, el más preocupante, es su propensión a la violencia. Si, de momento ejercida de palabra, ejercida desde la cobardía de suponerse impunes, desde el aplauso garantizado de sus similares, y evito a propósito el término semejantes por si pudiera inducir a la consideración de seres humanos a la que evidentemente renuncian y que yo no les reconozco.
El exabrupto y la falta de empatía humana que su difusión suponen permiten hablar de una enfermedad profunda, de una enfermedad  social e individual que solo una sociedad en descomposición, sin valores referenciales y con un trasfondo emocional podrido puede producir.
Todo posicionamiento anti es enfermizo de por sí. Todo lo que pretende afirmar desde la negación, desde la contra razón, no es más que una trinchera en la que se refugia una falta de argumentos para convencer, una necesidad culpable de imponer desde el absolutismo que la incapacidad para atraer produce en los frustrados.
Mi rechazo al espectáculo de los toros es total. Mi rechazo al sufrimiento de un ser vivo como acto lúdico es frontal, pero sí tengo claro que solo desde la educación, solo desde el respeto, solo desde la convicción puedo ganar mis batallas contra lo que considero erróneo. Jamás desde el insulto, nunca desde la imposición y la vejación. Lo otro, lo que practican ciertos demócratas de la verdad absoluta, se llama totalitarismo. Resumido: “Tú haces esto, o dejas de hacerlo, porque ese es mi criterio y toda opinión en contra es errónea”. Luego ya pasamos a coser estrellas en la ropa, a matar gitanos, a fusilar a los disidentes o a ejercer de reina de corazones.
Pero si algo demuestra esa dolencia moral, yo estoy convencido de que también intelectual, es que todo parte de la humanización de los animales y, como contraprestación, de la deshumanización de los seres humanos. Actitud, esta última, que hasta hace poco solo era privilegio de los asesinos para poder desarrollar su actividad.
Solo una sociedad sin objetivos, una sociedad despreocupada de sus elementos, una sociedad desinformada y trastocada puede dar lugar a la violencia gratuita, a la violentación de la norma mínima de respeto a la vida de los semejantes.
Hoy deseo la muerte de un torero, mañana la de un anciano que no vota lo que quiero o la del vecino que no me cae bien, y pasado mañana empiezo a matarlos.
Defender a los animales nunca puede pasar por denigrar a un solo ser humano. La razón nunca puede partir de la sinrazón. Son tantas, tan profundas, las contradicciones en las que suelen incurrir en sus argumentaciones, tan contradictorios sus posicionamientos respecto a la vida y al sufrimiento según de quién y cuándo, que solo se puede intuir que viven en una conflictiva amoralidad que les permite opinar una cosa y la contraria según el sujeto de su razonamiento. Tiste bagaje.

 Lo dije hace algún tiempo y lo dicho me resultó tan fuerte que lo retiré. Hoy no me da la gana. Algunos solo defienden a los animales en defensa propia.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Puritanos

Hace ya algunas décadas que los atónitos españolitos de entonces asistían entre extasiados y obnubilados al primer streeptease de la pacata, remisa y oficial televisión española. Si, es verdad, todo lo que se quitaba la divina Iran Eory era una cota de maya y unos guanteletes de armadura, pero la intención no era menor que la que ponía la increíble Rita en su guante y ni una ni otra escena se han borrado de las pupilas y el catecismo erótico de todos los españoles que entonces pudimos contemplarlas.
Se la habían metido doblada a la censura, se comentaba en bares, oficinas, colas oficiales y cualquier otro mentidero organizado o espontáneo que se preciara de serlo. El inexistente, virtual se diría ahora, el insinuado, intuido, ansiado y prolongado en la intimidad intelectual de los espectadores, desnudo de la actriz no podía ofender, conmover, alarmar a unos señores que solo veían la carne o la retorcida simbología de la literatura. El erotismo, esa extraña actitud intelectual capaz de rellenar, de prolongar, de culminar, una insinuación, no entraba en sus competencias, ni en sus desviadas mentes.
Pero no pretendía yo al sentarme enfrente del teclado enzarzarme en un cántico al erotismo, que le canto todo lo que haga falta, ni en un avieso estudio sobre la motivación, métodos y capacidad, o incapacidad, intelectual de la censura. No. Yo quería hablar de los puritanos, de los de entonces y de los actuales.
Porque puritano, para mí, es todo aquel que intenta imponer su criterio moral a los demás sin contemplar, ni por asomo, que pueden existir otras escalas de valores diferentes a las suyas. Porque puritano, para mí, es todo aquel que se escandaliza del que piensa o actúa diferente. Porque puritano, para mí, es el que legisla sobre cuestiones morales con ánimo redentor y profético para evitar la degradación moral, condena eterna, de esos desventurados seres que no comprenden, que no acatan, que no aprenden, que no asumen ni se suman a su cruzada.
Y con ese fin, con esa altruista voluntad de salvar a los que no quieren ser salvados, recurren incluso a la ley. Porque donde existe la posibilidad de condenar a una cuantiosa multa, a una cárcel redimente o a una pena de muerte aséptica quien necesita convencer, formar, evolucionar.
Claro que no estoy hablando de sexo, no solo, ni de la reaccionaria derecha, no solo, ni de la religión, ninguna, no solo, estoy hablando de todos esos puritanos de cualquier signo, condición o criterio que se dedican a linchar a los que no piensan como ellos hasta que, o mientras no, puedan alcanzar las cuotas de poder que les permita evangelizarnos. Estoy hablando de todos esos grupos, habitualmente radicales de cualquier signo o pertenencia, que se consideran llamados, elegidos, superiores, dententadores de la razón en base a lo cual cualquier acto, tropelía, linchamiento o difamación que perpetren lo hacen por el bien común, por la salvación de las almas, o del planeta, o de cualquier propio objetivo, que los demás no somos capaces de captar.
Así que ahora podemos condenarnos, celestial o humanamente, por toda la eternidad o durante una vida, si fornicamos, si bebemos, si fumamos, si comemos, si pisamos una hormiga o simplemente no pertenecemos a alguna minoría de superior criterio moral. Una asco de vida, vamos.

Dios, o la razón, nos asista. 

domingo, 6 de septiembre de 2015

Una sociedad escandalosa

Escandalizarse es una de las grandes pasiones de la sociedad actual. Lo curioso es que siempre nos escandalizamos con grandes aspavientos y rimbombantes palabras de aquello que hacen otros cuya cara debía de haberse caído hace ya tiempo de vergüenza. Nos podemos escandalizar por los actos, las palabras o, incluso, los pensamientos que unos otros perpetran sin reparar en el daño que causan a nuestra inocencia.
Escandalizarse por la foto de un niño muerto, uno más, y no por los cientos, los miles, de personas de todo sexo y edad que a diario mueren por motivos tan dispares como el hambre, la guerra, la religión, la política o la ausencia de futuro, son ganas de sentirse a gusto con la propia conciencia y barrer la basura de la nuestra hacia alfombras ajenas.
Todos, toda la sociedad occidental, toda la llamada civilización actual, todos los que día a día alquilamos con nuestro trabajo la capacidad de una vida de confort y adormecimiento moral mientras contribuimos sin rechistar al fortalecimiento de poderes que ni conocemos y manejan el mundo para su mayor provecho, somos parcial, pero absolutamente, culpables de tolerar las causas que provocan esa imágenes.
Una sociedad que asiste desde el confort de su salón a la desgracia ajena y se escandaliza, es escandalosa
Una sociedad que tolera que le cobren las necesidades básicas como el agua, el calor o la comida para mayor comodidad propia y enriquecimiento ajeno,  mientras hay gente que carece de ellas, es escandalosa
Una sociedad que permite la destrucción diaria de sobrantes de alimentos y ropas de abrigo mientras millones de seres humanos sufren de su carencia, es escandalosa
Una sociedad que fomenta la exclusividad y el lujo mientras asiste a la marginación de seres humanos sin hogar, o que son expulsados de él para beneficio de otros, o que, simplemente, carecen de oportunidades para  acceder a una vivienda digna, es escandalosa.
Una sociedad que considera la formación y la educación como un lujo solo accesible para unos cuantos, es escandalosa
Una sociedad que permite que una persona gane en un día lo que un país necesita, y no tiene, para comer en un año, es escandalosa
Una sociedad capaz de gastarse en sus mascotas el dinero que necesitan los seres humanos para sobrevivir, es escandalosa.
Una sociedad que permite que en aras de unas interesadas ideas, o de un idioma, o de una situación geográfica, se mate, se viole, se mutile, se persiga y se escarnezca a otros, es escandalosa
Una sociedad que dibuja líneas imaginarias para repartirse el mundo y crea y fomenta la animadversión de los que están a un lado y otro de esas líneas, es escandalosa
Una sociedad que busca las diferencias para defender lo que tiene en vez de buscar las semejanzas para compartirlo, es escandalosa
Una sociedad que permite que la manejen, la manipulen y le digan cuando toca escandalizarse, con qué y durante cuánto tiempo, es escandalosa.
Una sociedad que permite, admite y acata leyes solo conducentes a la discriminación, sea del signo que sea, al predominio de unos sobre otros, sean mayorías o minorías, al enriquecimiento de unos cuantos, sean industrias o caciques, o al aumento del poder de unos determinados grupos, sean políticos o económicos, es escandalosa.

Y ahora, en un ejercicio posiblemente imposible de sinceridad, repasad conmigo los motivos de escándalo que he apuntado, marcad aquellos con los que estéis conformes y decid conmigo: “la sociedad en la que vivo es escandalosa” Y después ya podéis volver a vuestra rutina diaria. Por hoy ya hemos tenido suficientes emociones.

lunes, 17 de agosto de 2015

Entre mantas y cobertores

Es una vieja reivindicación que los partidos sistemáticamente ignoran ya que consideran que pone en peligro, y yo estoy de acuerdo en ello, el férreo dominio que sus cúpulas ejercen sobre la posibilidad de medraje en sus estructuras y el control sobre el panorama político. La listas abiertas.
Pero si es una vieja reivindicación también es una propuesta de actualidad desde las últimas elecciones y los ultimísimos acontecimientos en el PSOE madrileño.
¿De quién es el escaño? ¿Del electo o del partido que lo presentó? ¿A quién votaron los electores? ¿A la persona o a las siglas? Pues depende. Casi con toda seguridad los electores votaron a la persona en el caso de los cabeza de lista conocidos y, porque no hay otro remedio, al resto de desconocidos de la lista y simplemente por ir en ella, pero también los habrá que votaron a la lista por la lista y a pesar de que alguno de los conocidos que la encabezaban le fuera ajeno o, incluso, antipático. Así que cuando se produce un conflicto nadie sabe a quién, éticamente, le corresponde el dichoso escaño.
Pues bien, este dilema quedaría resuelto con las listas abiertas ya que los electores tendrían la posibilidad de elegir a sus representantes según su particular sensibilidad y sin necesidad de afiliarse a unas siglas, o liarse la manta a la cabeza, temporalmente en cada convocatoria electoral y el escaño sería sin lugar a dudas del elegido y si renunciase pasaría al siguiente más votado fuera del partido que fuera.
Alguna de las ventajas del sistema serían un escaño con propietario, que el ciudadano se podría al fin sentir representado y los partidos tendrían la necesidad de buscar a los candidatos más convenientes y conocidos para que puedieran ser votados, y no a una nómina de anónimos componentes de una estructura férrea y casi nunca compartible.
Pero si esto hasta ahora era claro la irrupción de una desestructura ideológica de partido como la que exhibe Podemos hace que sea imprescindible.
El hecho de que en una misma lista yo esté votando a candidatos que son activistas de diferentes convicciones, algunas contradictorias e, incluso, algunas moral o éticamente en conflicto entre ellas, hace que no pueda votar de una forma homogénea. Eso y que vista la experiencia hasta el momento todos consideran que por ser elegidos en una lista en la que eran un número más tienen antes el derecho a imponer sus activismos que la obligación de representar a todos los electores que es, al fin y al cabo, el mandato real de todo electo.
Y debido a ello nos encontramos que hay alguien que propone prohibir las fiestas de moros y cristianos, otros que se niegan a asumir la representación de la institución que encabezan, y por tanto de sus ciudadanos, según en qué eventos, otros que deciden hablar siempre en femenino y otros que llevan su activismo personal a intentar imponerlo a todos los ciudadanos aunque los que no lo votaron sean más que los que sí lo hicieron.
Yo por lo de pronto, y dejando de lado propuestas más anecdóticas y chocantes, me siento incapaz de colaborar con mi voto a que alguien que muestra un problema moral como humanizar a los animales y deshumanizar a las personas, que es capaz de linchar, de momento verbalmente, a unas personas a las que tiene la obligación de representar para demostrar que los animales le importan más, que es capaz de insultar a ciudadanos que maltratan a un animal, a los que yo también insultaría no siendo su representante, pero defienden con pasión la posibilidad del aborto libre, pueda acceder a la responsabilidad de liderar a esta sociedad. Porque, me ratifico en lo dicho, eso no demuestra otra cosa que un conflicto moral solo posible en una sociedad decadente y débil en la que todo vale si es lo mío y nada vale si es lo ajeno. En la que solo existen derechos personales y no existen las obligaciones colectivas salvo las emanadas de razones personales impuestas.
Y eso, se mire como se mire, acaba en dictadura, es la esencia de la dictadura, y el germen de una sociedad incapaz de formar un proyecto y consolidar una estructura.

Así que una vez más, pero con, incluso, más argumentos, listas abiertas ya, para evitar en las instituciones gente que sea como en el dicho de mi tía abuela: “Si es que los hay como mantas y abrigan como cobertores”.

viernes, 16 de enero de 2015

Ver para creer

Acabo de escuchar en las noticias, con gran alivio, que por fin se penaliza la zoofilia. Por fin podré dormir con tranquilidad sabiendo que el alma inmortal de tantos pecadores se salva gracias a la intrépida, lúcida, histórica iniciativa legislativa del gobierno.

Había oído, con gran consternación e incredulidad por mi parte, que la sociedad reclamaba por la regeneración democrática, por una educación eficaz, por una sanidad universal o incluso por dislates tales como el paro o la economía. Afortunadamente el gobierno con una preclaridad que lo dignifica y enaltece, y seguramente confiado en la ya definitiva recuperación económica, ha decidido incidir en la salvación de las almas eternas y olvidarse de las miserias temporales de los cuerpos.

Bueno, eso y darle una alegría a ese incansable, noble, esforzado y también preclaro, grupo de presión que tanto pelea por los animales, y tanto se olvida de las personas y la realidad, como es el grupo de defensa de los animales.

Claro, se me ocurre ahora, reflexionando, en el coste que tendrá la nueva ley en reformas necesarias en los juzgados. Porque, pensándolo con calma, para acusar a alguien tendrá que haber una pillada in fraganti o una denuncia del animal en cuestión. Y si es por denuncia el denunciante tendrá que declarar y harán falta en las salas del juzgado perchas, corrales, cercados, jaulas, ramas, estanques y comederos adaptados a los distintos tipos de alimentación. Y traductores, harán falta cientos de intérpretes del reino animal que ilustren a los jueces y fiscales sobre el contenido exacto de las declaraciones.

Ah¡, ya veo, tonto de mí. Es una medida con un trasfondo económico claro.

La de cientos de puestos de trabajo que se van a crear. Academias para los abogados que se especialicen en rebuzno normalizado o en cacareo de gallina sureña. La de cientos de psicólogos periciales expertos en psicología aplicada al pato o la vaca que puedan aclarar a la judicatura la perniciosa influencia del nuevo delito en la vida del pobre bicho… Ver para creer.

viernes, 3 de mayo de 2013

Legalidad Versus Justicia


Comentaba, en una de esas charlas en las que la inteligencia de tu interlocutor –y en este caso amigo- obliga a la tuya a tirar de recursos y enriquecerse, sobre la situación general del país o País S.A. –que diría el Forges-. Esta banal y desesperanzada conversación, que hoy por hoy predomina incluso sobre los debates del fútbol o la poesía –por dios, la ironía, ¿donde queda la ironía?-, nos llevó en un recorrido típico de la economía a los parados, de los parados a la política, de la política al gobierno, del gobierno a los tribunales y sin pausa a la justicia. Y llegados a este punto yo me planté: hablemos de legalidad pero de justicia hay poco que decir, espeté a mi interlocutor.
Y ahí, en ese amargo, en ese oscuro punto de dolor moral y/o ético atrincheré mis más sentidas y emotivas posiciones. Ante la acometida de mi interlocutor reclamando la identidad de ambos términos yo me negué a que equiparación sea lo mismo que identidad. Negué que pueda haber un ministro –ni un ministerio- de justicia, si de legalidad, rebatí aún con más énfasis que los jueces actuales impartan justicia, si la aplicación de la legalidad vigente, y denuncié con rigor y pasión que el uso de las palabras puede trastocar el verdadero significado, la esencia íntima de los conceptos a los que pretenden referirse.
Sea, dijo mi interlocutor, dame algunos ejemplos.
-          Que un individuo esté viviendo en la calle por no poder pagar una vivienda en tanto hay viviendas vacías con las que ciertos colectivos se lucran es legal, pero no es justo
-          Que algunas personas pasen necesidad cuando otras, individuales o colectivas, destruyen bienes para evitar fluctuaciones de precios que les perjudiquen es legal, pero no es justo
-          Que algunos nazcan con la vida resuelta y gocen oportunidades no merecidas más que por cuna  en tanto otros por su simple nacimiento tienen todas las papeletas para acabar en la miseria y la estulticia es legal, pero no es justo
-          Que alguien pueda ganar en un día lo que un continente entero  sumido en la hambruna necesita para comer ese mismo día es legal, pero no es justo.
-          Que haya personas que amasan fortunas por encima de la posibilidad de disponer, no despilfarrar, no malversar, disponer, de ellas es legal, pero no es justo.
-          Que haya un ministro que grava económicamente el acceso de los más desfavorecidos a la legalidad con artimañas verbales y técnicas es legal, ya sí, pero no es justo.
-          Que se condene a alguien a la muerte es, en algunos lugares, legal, pero no es justo
-          Que se prive a alguien de libertad a causa de sus opiniones es, en algunos lugares –en la mayoría-, legal, pero no es justo
-          Que los asesinos recalcitrantes, los ladrones contumaces, los violadores irredentos puedan pasearse en libertad entre el resto de los ciudadanos es legal, pero no es justo.
-          Que lo que hoy es legal mañana pueda ser ilegal y viceversa es legalidad, pero no es justicia.




En mi opinión, y es la mía, la legalidad es un entorno técnico en algunos casos coloreado políticamente con claros visos de la preponderancia de unos colectivos que detentan la razón del momento –el poder- sobre otros que no siempre son peores, pero  la justicia es un concepto únicamente ético o moral que debe de satisfacer la razón de un individuo, individual o colectivo insisto, sobre otro independientemente del poder que detente en ese momento o del tiempo histórico en el que se plantee el conflicto.
No me dio la razón, olvidemos imposibilidades, pero tampoco argumentó en contra de mis ejemplos. Parafraseando a Quevedo, cambiose de tema y no hubo nada, ni siquiera justicia.