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miércoles, 18 de diciembre de 2019

IA e IH


Hablando de tecnología, hablando de inteligencia artificial como punta de lanza de esa tecnología, es raro encontrar a alguien que se haya parado a pensar que uno de los grandes problemas de esta cuestión es que la mayoría de las preguntas que nos planteamos aún no las hemos resuelto a nivel humano, y sin embargo ya pretendemos resolverlas a nivel máquina.
He oído hablar, este fin de semana en una conferencia sobre IA, de la roboética y de sus limitaciones e implicaciones, de sus miedos, de sus contradicciones y de sus atisbos hacia un futuro aún revisable, aunque creo que ya por poco tiempo, y me preguntaba cómo se podrían resolver muchas de las cuestiones que se planteaban respecto a la tecnología si aún no las habíamos resuelto para nosotros mismos.
Efectivamente, como brillantemente exponía la conferenciante, María Jesús González Espejo, la aplicación y desarrollo de la tecnología, y más concretamente su rama IA, es un tema en el que de momento solo hay preguntas, preguntas tecnológicas, en muchos casos, pero sobre todo preguntas éticas y morales, preguntas que tienen que determinar no solo el hasta dónde puede llegar el desarrollo, si no para quién, para qué, de qué forma y administrado por quién.
Perturbadoras cuestiones si tenemos en cuenta que esa preguntas, determinantes a la hora de enfocar un futuro en el que pretendemos seguir teniendo un papel importante, que tenemos miedo a perder a manos de unas criaturas creadas por nosotros y que parecen tener la capacidad de superarnos, ya marcan una de las cuestiones fundamentales a plantearnos, ¿competitividad o colaboración? ¿sometimiento o complementariedad?
Pero esta pregunta es la consecuencia de que el pensamiento, en esto como en todo, suele ir más rápido que las resoluciones y que las acciones. El problema de base sigue sin resolverse, porque aún no hemos sido capaces de planteárnoslo con la solvencia necesaria. ¿Cuál es el sistema idóneo de convivencia del hombre? ¿Cómo podemos plantearnos como convivir con unas máquinas creadas por nosotros y con unas potencialidades enormes, si aún no hemos sido capaces de plantearnos con rigor, con sinceridad, con limpieza, como debería de ser nuestro sistema más beneficioso para convivir entre nosotros mismos?
Podemos observar que existen tres grandes caminos, aunque solo dos de ellos parecen ser contemplados en la realidad política y social en la que nos movemos. Para ello debemos de plantearnos una pregunta más, tal vez la primera de todas: el ser humano ¿es una especie de individuos sociales? Parece evidente, nuestra historia así lo avala, que la respuesta es sí, pero también parece evidente que ese sentido social, gremial, colaborativo, que es característica del hombre, ha servido para crear intereses piramidales de poder que anteponen el colectivo a la individualidad. Según todos los síntomas, según todos los desarrollos y tendencias actuales, el hombre debe de sucumbir en aras de la humanidad, aunque esa humanidad siempre esté representada por hombres en situación de privilegio, que crean una especie de casta superior. ¿Es ese el mundo ético, político en el que deseamos movernos? ¿Van por tanto las máquinas a convivir con un hombre sometido a otros hombres y a su vez han de buscar su sitio en esa estructura social? ¿Estarán, por tanto, las máquinas, al servicio de las clases dirigentes que determinarán a que parte de la tecnología y bajo qué condiciones tienen acceso el resto de los hombres a sus beneficios? ¿Habrá, por tanto, dueños de la tecnología y arrendatarios de sus beneficios? ¿Es ese el sistema que nos estamos planteando, que estamos consintiendo? ¿Somos siquiera conscientes de ello?
Este planteamiento, y no parece que de momento se contemple ningún otro, que busca como trasladar las estructuras actuales, con la menor variación posible en cuanto al poder y el privilegio, a un futuro con mayores posibilidades, nos enfoca hacia dos distopías posibles, hacia dos futuros en los que la brecha social, económica, de oportunidad, será cada día más amplia, más insalvable.
Una es la distopía estatalista, una distopía del formato “Gran Hermano”, en la que un poder omnímodo, representado por una estructura de poder político, es dueño y señor de los designios de todos los individuos no pertenecientes a la élite dirigente, e incluso dueños de la tecnología y sus servicios. La anulación total y absoluta del individuo como concepto que se pueda poner en valor y un sistema rígido de moral y un pensamiento uniforme que permitan su control parecen ser sus características fundamentales.
La otra distopía es la corporativa, de formato “Blade Runner”, en la que las grandes corporaciones, sus clases directivas, obsérvese la diferenciación entre clase directiva y clase dirigente, como representantes de la iniciativa privada llevada a su máxima expresión, sobrepasan la labor de los estados y se hacen con el mismo control omnímodo, pero ejercido con diferentes objetivos y estrategias, que le aplicábamos a la distopía estatalista. En este caso, tal vez, no se anule tan absolutamente al individuo porque es necesario como contribuyente o consumidor, y una moral estricta y un pensamiento único no sean tan evidentes, pero si quedan mermadas claramente la igualdad y el acceso a  las oportunidades en función de la utilidad del individuo para el sistema.
Sí, es verdad, a nada que nos fijemos, estas distopías se corresponden con las ideologías imperantes en la actualidad que se enmarcan en un dialéctico eje izquierda-derecha, e incluso podríamos señalar a sus grandes representantes en nuestro cotidiano devenir. China, tal vez Rusia de otra forma,  pertenecen a la tendencia estatalista y EEUU, Japón  y Europa están más cerca de ese mundo corporativo ya apuntado. Y a nada que reflexionemos veremos que el triunfo de cualquiera de ellas, su aplicación en el extremo, supondrán una perspectiva nada halagüeña para el futuro de la raza humana, en realidad para el futuro ético del ser humano y para el futuro moral de la especie.
Pero apuntábamos tres posibilidades a la hora de plantearnos la pregunta. Y nos falta la posibilidad no jerárquica, la posibilidad colaborativa, que prime al individuo por encima de la colectividad. Curiosamente a este sistema pertenecería uno de los mayores logros de la humanidad en todo su transcurso: la Declaración de los Derechos Humanos. Los derechos que cada ser humano, como individuo, debe de tener y que sistemáticamente son coartados, matizados, cercenados por las leyes y privilegios, hasta convertirlos muchas veces en simple letra invocada, que los sistemas jerárquicos necesitan imponer para perpetuarse. Su denominación ya nos pone en la pista de su uso, “declaración”.
La tecnología, la IA, pone al alcance del hombre unas criaturas creadas por él y que utilizadas de forma correcta podrían liberarlo de la mayor de sus maldiciones bíblicas: ganar el pan con el sudor de su frente. El trabajo, ese concepto de actividad imprescindible para poder sobrevivir en la que interesadamente han convertido el trabajo, al menos sus aplicaciones más duras, podrían ser realizadas sin problemas por máquinas, en la acepción de seres construidos, más cualificadas para esas tareas que el mismo hombre. Eso nos llevaría a una sociedad en la que cada hombre se preocuparía de desarrollar aquella labor para la que se sintiera preparado, aquella labor por la que se sintiera gratificado, sin tener que preocuparse del sustento, ni de ninguna otra necesidad básica. Una sociedad en la que el trabajo individual se considerara una aportación comunal y no una obligación vital. Una sociedad colaborativa inmersa en una civilización del ocio.
Pero esta sociedad tendría un inconveniente que la invalida en los planteamientos actuales: estaríamos hablando de una sociedad libre, de una sociedad que no podría ser chantajeada con ningún valor de compensación, una sociedad madura, formada y avisada contra estructuras jerárquicas de poder.
En ese tipo de sociedad la mayoría de los dilemas éticos o morales que se plantea la IA quedan automáticamente resueltos porque resueltos estarían los dilemas éticos de la IH, inteligencia humana, al menos los más inmediatos y acuciantes que somos capaces de identificar en la actualidad, aunque no podamos descartar la generación de otros propios de una realidad diferente.
Esta simple conclusión, este simple planteamiento, simple en su concepción y simple, por poco frecuente en la historia, desarrollo, nos lleva a plantearnos dos preguntas que tal vez deberían de haber sido las primeras.  ¿Es la IH una IA que escapó al control de sus creadores hasta alcanzar la consciencia? ¿Deberá existir una ética diferente entre la IA y la IH? Porque si la respuesta a esta última pregunta es sí, preparémonos a un conflicto permanente entre la moral humana y la moral robótica. Preparemos nuestro mundo para contemplar cómo se pueden hacer convivir dos sistemas morales, con sus derivaciones jurídicas, penales y sociales,  diferenciados y si estamos preparados para ello. Y si la respuesta es no, el conflicto vendrá marcado por la permanente reivindicación de la diferenciación entre desarrollos y posibilidades.
El tema es muy complejo y un artículo como este apenas puede asomarse a lo más elemental. Apenas nos permite hablar de cuestiones más específicas como las inteligencias mixtas, derivadas de los desarrollos biónicos (hombres con implantaciones mecánicas que sustituyan a sus partes originales), de las nanotecnologías médicas (elementos inteligentes implantados en el interior del hombre con autonomía de actuación), de los ciborg (seres mixtos hombre-máquina), o de las posibilidades de inteligencias globales producidas por la capacidad de interconexión de las individualidades de la IA, e, incluso, la ni siquiera prevista inteligencia emocional producida por causas que aún no hemos ni contemplado. Pero vamos a dejar algunas preguntas para que cada cual se vaya componiendo su propio futuro:
¿Puede la IH permitir que la IA desarrolle una inteligencia emocional?
¿Tiene, éticamente, la IH el derecho a reservarse la posibilidad de “apagar” la IA si se siente amenazada?
¿Debe prepararse, legal, ética, moralmente, la IH para enfrentarse a una reivindicación de equiparación de la IA?
Recuerdo que cuando leí Yo Robot a principios de los años 60 mi sueño fue poder ser Susan Calvin. Ni los tiempos, ni las circunstancias, me han permitido cumplir laboralmente mi sueño y, aunque la programación me permitió convertirme en maestro de máquinas, en el elemento que le explicaba a la máquina que es lo que tenía que hacer y cómo, la frustración de aquella vocación me ha llevado a reflexionar, a leer y escuchar todo aquello que cayera en mis manos y que tuviera que ver con la IA, con la robótica y con las similitudes de estructura y funcionamiento, cada vez mayores, entre la IA y la IH.
Concluyendo: avanzamos a pasos agigantados en la evolución de la IA. No sé si es una amenaza, una frustración o una soberbia seguir adelante sin antes haber resuelto todos los conflictos que la IH aún no ha sido capaz de resolver para ella misma.

viernes, 30 de agosto de 2019

Preparando el futuro


Solemos ser bastante superficiales. Tan superficiales que no hace falta engañarnos, basta con marcarnos el camino. Como las ovejas rebeldes, algunos, balaremos insatisfechos, intentaremos ir por un camino diferente al del resto del rebaño, pero al primer ladrido volveremos al redil sin preguntarnos qué mundo había al final del camino alternativo, por qué el perro obedece al pastor, cual es el objetivo del pastor y si existía alguna alternativa a nuestro comportamiento.
Así que como ovejas caminamos en una sociedad donde el perro son las medidas represivas y el pastor es el gobierno de turno. Pero, como en el caso de las ovejas, tampoco el pastor es nuestro dueño, en muchas ocasiones hay un dueño del rebaño que le marca al pastor los tiempos, los lugares y el destino final del ganado.
Pero dejemos los simbolismos de lado y vayamos a la cruda realidad, somos tan superficiales que, sabiendo lo que está mal, nos limitamos a hablar sobre ello sin poner soluciones y, sobre todo, sin analizar las causas últimas de esta insana y decadente sociedad que padecemos.
Nos quejamos de la ineficacia de los políticos, pero rara vez se nos ocurre pensar que esa ineficacia puede estar perfectamente estudiada para unos objetivos determinados.
Nos quejamos de la economía sin pararnos a pensar que esa economía puede servir a unos fines concretos y perfectamente planificados.
Nos quejamos de la educación sin siquiera darnos cuenta de que la educación puede crear una sociedad conveniente a una visión determinada del futuro.
Nos quejamos del empleo y aceptamos, incluso exigimos, el lastre de las mendicidades sociales compensatorias, porque es más cómodo poner la mano que esforzarse por defender unos derechos, unas necesidades, la reivindicación del trabajo.
Y así, paso a paso, tacita a tacita, el dueño del ganado puede que nos esté llevando a que la sociedad sea ese rebaño dócil y ciego que entrará en el futuro perfectamente acomodado para los fines perseguidos, un mayor beneficio y control del dueño del ganado.
Es conveniente, para lograr una visión correcta, empezar por el principio, y en este caso el principio es el futuro intuible, y la tecnología es el hecho diferencial que marca esa posible intuición, esas visiones, hasta el punto de que con tales perspectivas ha nacido un género literario, la ciencia ficción. Un género capaz de presentarnos posibles futuros imaginados por el autor en base a una evolución social y en los que la tecnología tiene un papel fundamental. Curiosamente no son los logros de las nuevas tecnologías los que suelen marcar la diferencia entre unas sociedades posibles y otras, si no el acceso a esas tecnologías y a su uso.
 Si reflexionamos mínimamente, nos daremos cuenta de que la tecnología es ese esclavo ideal que la humanidad lleva buscando desde el principio de los tiempos para saltarse la maldición bíblica que condena a la humanidad a ganarse el pan con el sudor de su frente. Y una vez que tenemos los esclavos idóneos ¿Quién necesita trabajar?
Esa es la pregunta clave, o al menos una de ellas. ¿Quién necesita trabajar? ¿Quién conviene que trabaje, y para quién? O, para ser más exactos, ¿A quién le conviene que el trabajo no desaparezca como medio de acceso a los bienes?
Nos quejamos con amargura de la inaceptable desigualdad económica, paro seguimos votando y dándole nuestro respaldo a las organizaciones responsables de mantener, de agrandar, esa ya casi insalvable brecha entre unos seres humanos y otros. Seguimos comprando ideología como si con las ideologías y sus falsos postulados pudiéramos lograr otra cosa que engañarnos a nosotros mimos y permitir que nos sigan engañando.
Las alternativas posibles son: una sociedad utópica, del ocio y la libertad, en la que el trabajo sea una contribución a la comunidad y el hombre disponga libremente de su tiempo y  de su espacio, o una sociedad distópica, de fractura y esclavitud, en la que tecnología esté en manos del poder económico que racione su acceso y la use para un mayor sometimiento del resto de la sociedad. Evidentemente, hablo de los modelos absolutos.
¿A cuál de las dos visiones apunta la situación actual y las leyes e iniciativas que se van produciendo? Me temo que a la segunda. En realidad no me lo temo, lo veo con una claridad meridiana. Llevamos tres décadas de absoluta involución en el camino de una sociedad mejor, más justa, más libre. Llevamos tres décadas de labor incansable preparando la distopía.
He apuntado al principio de esta reflexión de ciertas carencias en distintos ámbitos, pero también he apuntado, y me reafirmo, en que esas carencias pueden ser intencionadas. ¿Qué pasaría si transformo esas carencias en logros? aunque estos logros no coincidan con los que inicialmente se supondría que serían los deseables. Veamos.
 Nos quejamos de la ineficacia de los políticos, pero si lo que intento es una sociedad enfrentada y sin capacidad de lucha, una sociedad sin nadie que represente sus reivindicaciones y sin caminos para expresarse, una sociedad sometida al miedo de la represión, del terrorismo, de su propia libertad, resulta que los políticos están siendo altamente eficaces. Impecables, diría yo. Estamos dispuestos a renunciar a lo que sea para salvarnos de una inseguridad que en muchos casos es más ficticia que real. Estamos dispuestos a renunciar a la libertad, a la justicia… a lo que nos pidan a cambio de estar confortablemente seguros, inmersos en debates ficticios o ajenos s nuestras carencias. Y los políticos, y sus jefes, lo saben y lo manejan con absoluta eficacia.
Nos quejamos de la economía, pero esa brecha social, esa cada vez más abismal diferencia entre ricos y pobres es fundamental para establecer los niveles de acceso a la tecnología liberadora, es fundamental para dejar una clase intermedia que sirva de acicate a los de una clase más baja, con anhelos y sin accesos, para crear unas expectativas sobre prebendas y derechos que nunca se cumplirán. Y esa clase intermedia será al mismo tiempo el más feroz guardián de los “merecidos” privilegios de la clase alta, con la esperanza de que tal vez los lleguen a compartir, evitando que la clase baja pueda medrar y poner en peligro la inaccesibilidad de la clase dominante. Esa clase media que aspirará a ser clase alta mediante un golpe de suerte: juego, trabajo, negocios o delincuencia, sin apenas ninguna posibilidad real, pero que en su lucha por lograrlo será la primera fuerza de choque, la gran fuerza de choque que usará la élite contra la clase baja, ofreciendo consolidación de privilegios a cambio de injusticia ajena.
Nos quejamos de la educación, y no reparamos en que las políticas educativas están encaminadas a fomentar la mediocridad y la desigualdad intelectual, y por tanto social. Solo las mentes más brillantes, en muchos casos necesarias para el progreso de la clase dominante, tienen opción de salir de ese marasmo de incapacidad educativa que suponen los consecutivos, y demenciales, planes de estudios que se suceden sin orden ni concierto. Hay que premiar la mediocridad, hay que desanimar cualquier intento de excelencia que no sea capaz de salir a flote por sí mismo. Lograremos con ello una sociedad de analfabetos funcionales, de ciudadanos con una preparación aparente, pero irreal, que nunca aspirará a otra cosa que al funcionariado, al sueldo seguro, al sometimiento ideológico y a señalar con frustración cualquier intento que consideren que pone en peligro su plato de sopa. Una sociedad incapaz de pensar por sí misma, incapaz de identificar sus problemas reales y, cuanto menos, de luchar por solucionarlos, incapaz de reclamar el derecho a su participación en su destino, incapaz, llegado el momento, a reclamar el ocio o el trabajo que la tecnología le permita y dispuesta a luchar, educada en la competitividad y no en valores, con ferocidad entre sus miembros por la migajas presentadas como beneficios. Y a día de hoy el planteamiento educativo es altamente eficaz para estos fines.
Nos quejamos de la precariedad laboral, de la carencia de trabajo, del difícil acceso a la estabilidad, pero en realidad no parece que esto sea más que un paso intermedio hasta alcanzar la situación en la que el trabajo sea un privilegio otorgado por las clases dominantes como única vía de acceso a las tecnologías liberadoras. Una sociedad dividida entre los que dan trabajo, los que trabajan y los que viven de la mendicidad social. Cuando las nuevas tecnologías sean capaces de realizar todas las labores no cualificadas, incluso muchas si cualificadas, ¿quién obtendrá el privilegio de trabajar? ¿El privilegio de tener acceso a una medicina, una vivienda, una educación, reservadas solo para los que puedan pagarlas? La clase media productora y de servicios que necesite la clase privilegiada y que ella misma elija, y, por supuesto, la clase dirigente. Proliferarán las mafias que hagan creer a las clases bajas que hay oportunidades de acceder a esos mimos privilegios mediante condiciones de esclavitud personal de cualquier tipo, y los mercados negros de bienestar y de salud en los que los más necesitados e incautos enterrarán sus últimas posibilidades. Nada nuevo, por otro lado.
En realidad, al final, solo hablamos de libertad. Porque al final, y por eso es tan importante, el acceso a la tecnología podría ser el detonante de una igualdad y una libertad reparadoras de tanta injusticia, pero si solo es controlada por ciertas manos, por las manos que actualmente la controlan, solo servirá para acrecentar brechas y marcar un camino a un Matrix de consecuencias indeseables para la mayoría de la humanidad.
La clase dominante es libre, la clase media cree ser libre y la clase baja cree aspirar a la libertad, y, según la ideología que elija, cree que puede lograrla arrebatándosela a los que ya la tienen, o que, simplemente, puede alcanzar la situación de clase dominante por algún medio reconocido por esa clase. Y ambos caminos son falsos. El problema, ese que no somos capaces de identificar, es que en este momento la libertad no es una aspiración, no es un derecho, es una moneda a la que cada vez es más difícil acceder, y la clase dominante está encareciendo la posibilidad de adquirirla a cada día que pasa. El que avisa no es traidor, y el que adopta una ideología ayuda a construir la distopía que nos tienen preparada, a dividir a la humanidad en facciones que se enfrentan porque se lo dicen sin reparar en que solo hay un vencedor, y que, gane quien gane, es siempre el mismo.
Están preparando el futuro, y no nos va a gustar, o, y para eso trabajan ahora, acabaran logrando que ignoremos lo que nos gusta.

viernes, 9 de agosto de 2019

Los viejos selfies


Hola papá:
Hace ya meses que hablamos por última vez, hace ya meses que mi falta de tranquilidad, mi imposibilidad de sentir el duelo a la que estoy sometido por las cuestiones mundanas, tú ya sabes de qué te hablo, ha medio cegado esta vía de comunicación de la que nos hemos valido durante tu enfermedad. Esa enfermedad tantas veces negada y en la que tanto hemos sufrido durante tu última etapa.
Supongo que habrás visto al Tío Julio. Fíjate, la de cosas que superó durante su vida y ha sido incapaz de superar tu muerte. Me lo decía Alma, no levantó cabeza desde que se enteró de que habías muerto, pero ya estáis los tres ahí, los tres de mi infancia y casi adolescencia: Mamá, el tío y tú.
No te voy a contar muchas cosas de las que aquí han quedado, son excesivamente penosas y no nos aportan nada a ninguno de nosotros, solo, si te acuerdas, dile a mamá que cuanta razón tenía respecto a ciertas personas, cuanto odio, cuanta rabia, cuanto pensamiento negativo pueden albergar algunos seres humanos. Como ella bien decía es imposible ser feliz cuando solo se tienen pensamientos negativos hacia los demás.
Pero quiero centrarme en lo que quería contarte. A ella le escribiré cuando consigamos desentrañar toda la miseria que aquí nos ha quedado.
Llevaba tiempo intentando escribirte, pero siempre he roto todo lo que escribía. Eran palabras tristes y sin contenido, palabras que no tenían otro mensaje que la queja o el retrato de una situación sin pies ni cabeza, y para eso, ya me basto yo. Además supongo que donde estés habrá un filtro para evitar que las cuitas y miserias de este mundo lleguen a contaminar ese.
Nada, que me enrollo. El motivo principal de esta carta, en realidad la necesidad de poder hablar contigo es realmente el principal, es una foto. Una foto trucada e inesperada. Una foto que al recibirla me turbó de tal manera que tardé un tiempo en recuperarme, una foto tuya que nunca te hicieron a ti.
Ya sabes que en estos tiempos, aunque a ti ya prácticamente no te pillaron, todo el mundo usa los teléfonos móviles para sacar fotografías, incluso se ha puesto de moda hacerse fotos a uno mismo y se llaman “selfies”. Sí, claro que me acuerdo papá, como no, de cuando usabas los carretes de 36 fotos para todo un verano, o para un viaje, porque luego había que llevarlas a revelar y costaban una pasta, y además a veces pagabas por revelar fotos que ni se sabía que habían reflejado, o las veladas, que daban aún más rabia. En estos tiempos que corren la cosa es distinta, treinta y seis fotos se hacen en un pispás, se revisan en el momento y se borran las que no sirven. Y es que los tiempos adelantan “que es una barbaridad”.
Bueno, pues no queda ahí la cosa, ahora resulta que esas fotos se pueden manipular usando programas especiales. Que si las retocas, que si les pones un filtro de color, que si las conviertes en dibujos, que si… que sí, que se puede hacer todo eso y más. Tanto más se puede hacer que uno de esos retoques es la causa de estas letras.
Uno de esos programas que te comento envejece aparentemente a las personas. No te puedo explicar cómo, pero lo hace. En la mayor parte de las ocasiones se limita a añadir alguna ojera, algún descuelgue y alguna arruga para lograr el resultado de una vejez previsible. O eso es lo que yo creía y había visto, hasta que el otro día tu nieto me mandó una foto suya que había pasado por el dichoso programita. Tardé en entender la foto. Tardé en recuperarme de la impresión que me produjo. La foto de Yago envejecido era una foto tuya. Esta vez el programa había tirado de genes.
Siempre hemos sostenido que Yago se parecía más a la familia de Isabel que a nuestra rama. Es más, si lo miras ahora, sin el filtro, difícilmente aprecias en él ningún rasgo tuyo.  Pero parece ser que el programita en cuestión no se sintió aludido por nuestra perspectiva y envejeció a Yago hasta lograr un retrato de su abuelo, un retrato más tuyo que de él.
Te lo envío para que lo veas. Tal como ya he avisado a la gente, yo no pienso pasar ningún retrato mío por el tal filtro, primero porque cuando uno ya tiene arrugas propias a lo peor el programa se las borra, o sea que el envejecimiento de la vejez resulte un rejuvenecimiento, pero segundo, y aún más importante, porque después de la experiencia de Yago no quiero ver mi foto convertida en alguien a quien recuerde. Y es que, en contra de lo que piensan muchos, no siempre todo lo que se puede hacer, apetece.
Un beso papá. Hasta la próxima. Saluda a los que estén contigo.

miércoles, 17 de julio de 2019

El día que alunizamos


Estamos celebrando el cincuenta aniversario de nuestra llegada a La Luna. Así, en plural mayestático, porque los seres humanos somos muy de reivindicar personalmente los grandes logros y de borrarnos de los grandes, o pequeños, fracasos. Así que usamos el plural de marras para sentirnos representados en cualquier acontecimiento que suponga algún hito social, deportivo, político o de cualquier otra clase. De tal forma que igual que hemos ganado la liga sin jugar ni un minuto, descubrimos américa, sin conocer el mar en muchos casos, o sistematizamos la penicilina sin pisar un laboratorio, hace cincuenta años pisamos por primera vez La Luna sin habernos levantado nunca del suelo más que los “ta y tantos” centímetros que logramos saltar encogiendo mucho las piernas.
Es verdad que antes, literariamente hablando, ya habían llegado algunos viajeros: el Sr. Barbicane, de la mano de Verne, o Tintín, en su cohete arlequinado, o Cyrano de Bergerac, o el romántico espacionauta de Melies, o Bedford y Cavor, que reivindicaron en 1901, gracias a la cavorita y a H.G. Wells, el honor de ser los primeros hombres en La Luna. Muchos, muchos más que los mencionados, fueron, a lo largo de la historia del hombre, aupados literariamente hasta La Luna e incluso más allá. Pero no es hasta estos días del año 1969 que una hazaña científica y tecnológica permite a dos seres humanos, acompañados de un tercero que no llega a descender hasta la superficie de nuestro satélite, pisar físicamente La Luna y a toda la humanidad acompañarlos solidaria y mayestáticamente.
Así que sí, en un aparatejo extraño, de aspecto casi informe, lleno de tentáculos patas y protuberancias, como una centolla, y en el que apenas cabían dos personas, llegamos a la Luna varios millones de personas. Es más, pásmese usted Don José, por mor de la televisión lo vimos como si nosotros mismos hubiéramos bajado la dichosa escalerilla y desde una ventanilla exenta fuéramos testigos presenciales y privilegiados del famoso corto, pero tan largo, paso.
“Houston”, debería de decir la historia, “aquí estamos todos, en la Luna”. Que todos tampoco, porque entre los que se quedaron a la luna de Valencia, que parece ser que es otra luna diferente, y los que no se creían nada de lo que veían, y siguen sin creérselo, pues faltaba más gente de la que en principio pudiera parecer.
Porque, parece ser que, para cierto tipo de gente, es más fácil engañar que conseguir. Es más fácil pensar que, como en cierto capítulo de mi añorada serie “Misión Imposible” en el que le hacían creer a un diplomático ruso, siempre mucho más torpe que los occidentales, donde va a parar, que iba en un tren en marcha hacia occidente y ya podía revelar sus secretos y tal, que todo lo que se ve es una película, tipo Guerra de las Galaxias o Star Trek, y nada tiene que ver con la realidad. Y luego los toques complementarios, la bandera, la sombra, el reflejo… un verdadero sin vivir, que ya hay que ser torpes con el presupuesto que tenían cometer todos esos fallos.
Es verdad que tampoco hubiera sido raro, dado lo que se jugaba EEUU en el embate, y que no se podían permitir un fracaso, que la llegada a La Luna que vimos no fuera exactamente la que vieron los astronautas y los técnicos de la NASA, pero tampoco me atrevería a aseverar lo contrario.
Al fin y al cabo yo sí creo que hace cincuenta años, y en un alarde técnico que ha supuesto con el tiempo una mejora espectacular de nuestra tecnología cotidiana, los hombres pisamos por primera vez, al menos en este ciclo histórico, La Luna, nuestro satélite. Que hace cincuenta años alunizamos  en esa roca muerta y de frío brillo que lleva toda nuestra vida, como individuos y como especie, colgando sobre nuestras noches, empujando nuestras mareas y regulando ciclos vitales que aún no dominamos del todo.
Si, hace cincuenta años alunizamos. Y si en mi caso me aplico al plural mayestático, no es solo por mi solidaridad con la especie, sino porque yo, aquel día, una horas antes, también había llevado a cabo mi alunizaje particular.
Serían las once de la mañana, o algo menos, cuando en el Km. 12 de la carretera de Bayona a La Guardia, circulaban en un Seiscientos dos personas, un adulto y un niño, que a causa de una fuga en los conductos de la calefacción perdieron la consciencia al respirar los gases del escape. Como consecuencia de ello chocaron con un mojón y el menor, o sea yo, salió despedido por el parabrisas, llevándose por delante la luna correspondiente y aterrizando de malas maneras cuatro cinco metros más adelante. Como resultado varias brechas, algunas abrasiones, doce puntos y quince días de hospital en Vigo. Yo alunicé primero, el mismo día, unas horas antes y en medio de una carretera, pero primero.
Claro que, en una habitación del Hospital Almirante Vierna de Vigo, a la hora en que la televisión asomaba a la humanidad a los primeros movimientos humanos en La Luna, un niño con la cabeza vendada y un brazo escayolado, que había alunizado en una carretera local unas horas antes, no pudo ver la increíble hazaña. Lo que me lleva a pensar que a veces, cosas de la técnica, era más peligroso recorrer 25 kilómetros en un Seiscientos que 384.00 en un cohete en medio del vacío. Feliz aniversario, a los astronautas, a toda la especie humana, y a los que nacimos, algunos por segunda vez, en aquellas fechas.

domingo, 30 de junio de 2019

La Vida Eterna


Concebir el futuro es una actividad importante. Desde la magia, desde la ciencia o las artes, fundamentalmente la literatura, asomarse a lo que vendrá ha sido, es y será, un ejercicio con gran predicamento social.
En muchas ocasiones hay personas que desconsideran esa búsqueda como una concesión a la fantasía, como una pérdida de tiempo o como un ejercicio inútil ya que no llegaran a vivir lo imaginado. Cada uno tiene sus valores, sus inquietudes y sus percepciones, y son difíciles de discutir.
A mí me interesa el futuro, tanto el que me tocará vivir, de mañana en adelante, como el que seguramente no llegaré a conocer, ese que con tanta facilidad llamamos lejano olvidándonos de que ya en su momento le habíamos llamado así al presente que vivimos.
Intentar imaginar el futuro es un ejercicio de responsabilidad. Imaginar el futuro proyectando hacia adelante las tendencias y corrientes que vivimos actualmente y la evolución que hemos vivido es una forma de ser más consciente de los errores cometidos y de las consecuencias que las decisiones actuales pueden tener en nuestros descendientes.
Tal vez el ejemplo más claro, más palpable, sean las consecuencias climáticas, me niego a caer en el tópico del cambio, que las decisiones para un consumo desaforado han provocado, y como esas consecuencias condicionan el futuro. Lo terrible sería ignorar lo que sucede y no extrapolar la actualidad para saber qué mundo vamos a legar a los que vengan detrás.
Quitando de nuestro argumentario las mancias y las ciencias, a veces tan cercanas que limitan, si hacemos un repaso por la literatura nos encontramos una cantidad ilimitada de obras, de mayor o menor calidad, que intentan contarnos ese futuro, obras que pertenecen a esa rama de la ciencia ficción que se llama anticipación. Y si bien muchas se recrean en la fantasía, o en los viajes espaciales, o en los avances técnicos, o en los seres que podamos encontrar, otras, y muy serias, intentan hacer un retrato de la sociedad futura, de su entorno, de sus valores, de sus logros y de sus fracasos.
Novelas como “Farenheit 451”, “Un Mundo Feliz”, “1984” o “Sueñan los Androides con Hormigas Eléctricas”, por nombrar solo las más conocidas, son un claro ejemplo de estas últimas, y todas ellas son distopías. Todas ellas recrean un mundo en el que el poder se retroalimenta, la riqueza se acumula en unos pocos, o desaparece, y la sociedad es incapaz de encontrar los cauces para corregir esos errores. Todo queda confiado a las manos de algún rebelde ocasional con más posibilidades de testimoniar un fracaso que de alcanzar a lograr alguna solución.
Sí, es verdad que la distopía es más fácil de contar y tiene más lectores que la utopía, no lo olvidemos, pero también es verdad que los síntomas que se perciben alrededor no dan para imaginar grandes alegrías.
La pérdida sistemática de derechos individuales en favor de derechos colectivos, casi siempre miedos y casi siempre, posiblemente, inducidos o alimentados, la pérdida de valores éticos, cuando no su decadente confusión, y la implacable y cada vez más acentuada brecha entre ricos y pobres en nombre de un ultra liberalismo suicida, como respuesta a unas políticas socialistas que han ido de fracaso en fracaso, hacen concebir un futuro con pocas esperanzas.
Y es esa brecha entre ricos y pobres, esas estadísticas que nos dicen que un reducido porcentaje de la humanidad, donde digo reducido dígase exclusivo, acumula más bienes que la inmensa mayoría, que en gran parte vive en la miseria, es la que hace que la posibilidad de que la humanidad viva momentos de injusticia y opresión sea la más plausible. Pero no una injusticia cualquiera, que de esa ya tenemos mucha, no una opresión cualquiera, que esa ya la sufrimos, en muchas ocasiones sin ni siquiera ser conscientes, si no de las más profundas e intolerables, las que afectan a la vida.
La biotecnología en particular y la medicina en general, avanzan a un ritmo que ha llevado a algunos visionarios, por ejemplo José Luís Cordeiro, a asegurar que a mediados de este siglo el hombre podrá matar a la muerte, o sea, logrará ser inmortal. Que la medicina y la tecnología juntas podrán solventar cualquier dolencia, carencia o accidente que el hombre pueda sufrir. No sé si la fecha es válida, ni sé si ese planteamiento tan absoluto es cierto, pero lo que sí sé es que si ese planteamiento fuera cierto solo lo sería para aquellos que pudieran pagarlo. Que las mafias podrían vender vida, que el dinero podría comprar vida, y que habría una inmensidad de la raza humana que moriría contemplado la perpetuación de unas castas poderosas que les negarían el acceso a la posibilidad de vivir más tiempo. Que la muerte pasaría de ser la gran igualadora a la más despiadada clasista.
No quiero imaginarme ese mundo. No quiero imaginarme un mundo en el que la vida, la duración de la vida, sea un valor de referencia. Un mundo en el que vivir más o menos dependa del estatus social, del poder logrado, de la cercanía conseguida a las fuentes de riqueza. No quiero imaginar la absoluta abyección en la que se llegaría a caer por logar un tiempo más. No quiero imaginar la desesperación de ver morir a un hijo, a una pareja, a unos padres, en la impotencia más absoluta, mientras otros acumulan vida más allá de lo racional. No quiero ni imaginarme un mundo en el que la vida prolongada sea un lujo solo al alcance de unos pocos. No quiero mirar al sistema sanitario de la mayoría de los países de este mundo y proyectarlo sobre un futuro en el que la medicina otorgue una vida de mayor duración, de mayor calidad.
No, a veces es mejor no imaginar, a veces es mejor cerrar los ojos y morir a tiempo.

lunes, 20 de mayo de 2019

Guerra en el lejano oriente


Hay mañanas en las que escuchar las noticias se convierte en un ejercicio complicado de vuelta a la realidad, no porque lo escuchado no sea real, sino porque si los que las escuchan, y vistas sus reacciones, viven en el mismo ámbito geográfico que yo entonces yo vivo en la inopia y necesito volver a la cruda realidad.
Como en un combate de boxeo los golpes de disparates se van sucediendo, van atontando al oyente hasta que llega el definitivo que lo manda a la lona. Esta mañana el demoledor jab que nos deja tirados hasta más allá de la cuenta es la noticia sobre Google y Huawei.
Lo curioso es el degradé con el que se afronta. Se empieza a presentar como un desastre para en un intento vano de suavizar las terribles consecuencias del problema creado por Trump ir quitando hierro con comentarios consecutivos cada vez menos preocupantes. Lo que ya en sí mismo es terriblemente preocupante ya que la primera noticia no es más que un leve resplandor entre nubes al filo de un amanecer sin atmósfera, si alguien pretende decirme que aún quedan muchas horas hasta que el sol asome el miedo puede ser incontenible. El miedo o la absoluta inconsciencia.
No puedo evitar pensar en las similitudes, casi exactitudes, que la guerra comercial contra el resto del mundo emprendida por un presidente mejorable -¡que finisísimo he sido!- como persona y como político tiene con lo acontecido en el siglo XX entre los mismos EEUU y Japón.
¿Se resignará China a ser expulsada limpiamente del pastel tecnológico? Lo dudo. Ni por prestigio internacional, ni por interés económico China se va a quedar de brazos cruzados, no puede, no debe y no quiere.
Hablan algunos, no sé si piensan antes lo que dicen, de un nuevo sistema operativo de Huawei que reemplace al Android en sus terminales, pero lo importante, lo que hace popular un sistema operativo, no es el sistema en sí mismo sino la facilidad de acceder a servicios que se hacen masivos. Sin Google, sin Microsoft, significaría que los teléfonos móviles Huawei no tendrían acceso a las apps que hoy por hoy interconectan al mundo. Sin acceso a Gmail, sin acceso a Whatsapp, los usuarios de ese sistema operativo estarían desconectados de todas las redes sociales habituales.
Es más, y seguramente muchos lo desconocen, el sistema operativo Android nació como, y sigue siéndolo, un programa de código libre, esto es, accesible para cualquiera que quiera implantarlo en su teléfono, lo único que hizo Google fue darle su sello personal, desarrollar utilidades complementarias, tanto directamente como a través de desarrolladores interesados, que hicieran ese conglomerado de facilidades que han llevado a los móviles a la popularidad y tasa de utilización que tiene hoy en día.
Así que Huawei no tiene por qué renunciar al sistema operativo Android, pero si a todo esa galaxia de aplicaciones y facilidades que son su tienda de apps y a los programas desarrollados bajo el paraguas tecnológico de Google.
Recordemos que hace no mucho un gigante como Microsoft, con sus recursos, experiencia e implantación en el mercado, intentó competir con Android sacando terminales con su sistema operativo, Windows móvil, que fue un absoluto fracaso comercial. Hoy en día, en el mercado de los móviles, solo caben dos sistemas operativos, el Android adaptado por Google y el IOS de Apple, y caben porque colaboran y las herramientas populares las comparten, lo que significa que sus usuarios solo tiene que elegir entre dos tecnologías y dos formas de aprovecharlas que de cara al usuario, y sobre todo a su conexión con el resto de los usuarios, no supone ninguna traba o dificultad. Porque al final lo único que quiere el usuario es conectar su móvil y tener garantizada su interconexión con sus mundos, esos formados por sus relaciones con amigos, reales o virtuales, y su capacidad de acceso a una información, desinformación en muchos casos, masiva y compartible. Lo demás no importa, nada.
Ahora falta la respuesta China. No sé cuál será, pero si tengo claro quién va a ser la primera víctima de esta guerra, como todas, evitable. Sí, usted, y yo, todos los usuarios de telefonía móvil que dejamos de tener acceso a una tecnología de buena calidad y más barata. Los usuarios que han comprado de buena fe unos aparatos que más rápidamente de lo habitual, y ya era muy rápidamente, quedarán obsoletos.
Las implicaciones del inicio de esta guerra son tremendas y ni siquiera las empresas norteamericanas estarán libres de morir, o resultar dañadas, en la vorágine de una guerra en la que su inductor no parece haber medido las consecuencias, suponiendo, y ya es mucho suponer, que ese señor que parece empeñado en complicarnos la vida a todos tenga la capacidad suficiente para saber medir algo más que su propio ego y su afán de enriquecimiento.
Por lo de pronto, y en una marcha atrás que solo demuestra la falta de inteligencia política de un desgobierno populista y solo comprometido con sus propios intereses, que tampoco son los de su país, ya se ha acordado una suspensión de tres meses en las medidas contra Huawei por las caídas masivas en bolsa de empresas norteamericanas afectadas por la medida. Por lo de pronto.
Eso sí, en las próximas elecciones americanas será interesante ver la batalla entre los sistemas de propaganda rusos, que ya han demostrado su eficacia en algunas cuestiones de la Unión Europea y en las últimas elecciones americanas en las que jugaron a favor del  señor Trump, y los que los chinos necesitarán poner en juego para defender su posición en una guerra para la que tal vez aún no está totalmente preparados.
Y para los que creen que esto no les afecta, que comprueben que no están usando los prismáticos al revés, porque mirando por el lado equivocado todo se ve más pequeño, como si estuviera más lejos. Allá, en el lejano oriente.

lunes, 26 de junio de 2017

La estupidez tecnológica.

A veces se ponen los nombres pensando solo en la parte positiva de lo nombrado, obviando que como el hombre es un ser, como casi todo en el universo, pretendidamente simétrico habrá que pensar también en cómo se llamarán las consecuencias negativas de lo nominado.
Por ejemplo, si el hombre pone en marcha un avance tecnológico como pueda ser la inteligencia artificial es casi inevitable pensar que se dará lugar a la existencia de algo tan artificial como la inteligencia, pero de signo contrario.
Claro, el nombre evidente sería la estupidez artificial, pero, desgraciadamente, eso es algo que el hombre lleva practicando desde antes de Atapuerca. Puede, incluso, que desde antes de que el hombre pudiera considerarse a sí mismo como tal.
El caso es que más allá de cómo queramos, o logremos llamarle, el hecho existe. Como hay que referirse, y referirlo, de alguna manera permítaseme llamarle estupidez tecnológica. Posiblemente el concepto sea tan amplio que su implicación quede, al nombrarlo así, un tanto difuso. Puede ser. Pero  habrá que empezar por poner puertas al campo, nombre a lo innominado, de alguna manera.
Es verdad que una estupidez tecnológica es diseñar máquinas para matar, máquinas para devastar, máquinas para complicar la vida a las personas, y todas ellas se acometen, pero en todos esos casos, y yo diría que en todos los demás, la estupidez está en el creador y no en lo creado. Y si es así, que lo es, podríamos definir la estupidez tecnológica como todo invento realizado por el hombre para complicarle, o quitarle, la vida a sus semejantes.
Seguro que a todos se nos ocurren, así, de golpe, multitud de ejemplos. Los drones bélicos, los ordenadores de Hacienda o los “call center”. Pero con ser todos ellos intrínsecamente perversos hay otras aplicaciones tecnológicas que tras una cara amable, tras una apariencia de avance y servicio, esconden conductas que analizadas con frialdad nos llevan de la preocupación al miedo.
A mí me ha pasado ayer. Ayer, inopinadamente, he descubierto una estupidez tecnológica que me atañe directamente y que ha hecho subir el termómetro de mi indignación hasta niveles a los que hacía tiempo que no me asomaba.
Ciertamente uno de los grandes problemas que tiene esta pretendida civilización, o lo que va quedando de ella entre ideologías y otros disparates, son las redes sociales y, particularmente, su perversa utilización que deja a la vista pública la bajeza moral, la miseria ética y educativa de muchos de sus utilizandos, que vierten en una especie de frenesí bacanal lo más sucio y bajo de sus instintos. Esas redes sociales en las que triunfan en una orgía de impunidad y, pretendido, dogmatismo moral, los inquisidores subidos en pedestales de razones indiscutibles ante las que los demás hemos de doblegarnos o resignarnos a ser atacados, insultados, descalificados o amenazados, incluso de muerte, por gentecilla que cara a cara no aguantaría dos argumentos seguidos.
Pero con ser muchos de los usuarios de las redes sociales, inquisitoriales, dictatoriales, amorales de moral única y rígida, victorianos de nuevo cuño, adoradores de una libertad sin diversidad, impostores e imponedores de la verdad única, renegados y resabiados de lo normal, títeres y guiñoles de todo tipo y tendencia, tendencia ajena por supuesto, de una estupidez tecnológica proverbial, no son la única estupidez tecnológica achacable al uso, y a veces disfrute, de estas herramientas sociales que bien usadas serían una fuerza imparable en la consecución de metas positivas: la educación, la formación, la verdad y la libertad. La ajena antes que la propia, por si algunos aún ignoran en que consiste la verdadera Libertad.
Ayer, inopinadamente, mi cuenta de Facebook, eso que algunos llamamos caralibro en la intimidad, me comunicó, con un cierto tufillo de satisfacción y complicidad, que mi denuncia anónima había sido atendida y que se había retirado la publicación denunciada.
Pasmo. No puedo calificar de otra forma más que de pasmo la reacción inmediata que sufrí. Según el caralibro yo había interpuesto una denuncia anónima, algo absolutamente contrario a mi forma de entender las cosas, algo propio de represores, de reprimidos, de censores, de inquisidores, de dictadores, de frustrados, contra algo que alguien había publicado en la red social. Y además, al parecer, yo tenía razón en mi denuncia. Tras el pasmo, la indignación y la necesidad de saber, de conocer qué, cuando y de quién estábamos, en realidad estaba el caralibro, hablando.
Cuando comprobé de que publicación me habían, alguien o algo, nombrado censor anónimo y maquinante tuve un primer ataque de hilaridad, un segundo de estupor y un tercero de indignación que fue subiendo, cuando comprobé que además me preguntaban por mi satisfacción con el resultado obtenido con opciones de muñequito, hasta santa indignación. Por supuesto marqué el muñequito que más cara de amargado tenía y escribí un comentario aún más amargo, soez, insultante… que seguramente no leería nadie, o nadie al que le inmutara lo más mínimo mi respuesta, o que lo leería un robot que llevaría el muñequito a algún tipo de formulario de estadísticas de respuestas. Lo borré.
Resulta que yo había denunciado a Agustín Martinez Eugui, pintor, motero, amigo y hermano, porque había publicado uno de sus cuadros que era un torso desnudo de mujer. Es verdad que me joroba sobremanera que Agustín sea más alto, más guapo, más delgado y menos calvo que yo. Como ocultar que la envidia me corroe cuando compruebo que es mejor pintor que yo, lo cual en sí mismo no supone ningún mérito por su parte. Pero todas estas cosas ya se las he dicho a la cara, y varias veces. No, yo jamás había, ni habría, interpuesto una denuncia, jamás anónima, jamás contra Agustín, jamás porque se viera un desnudo. Claramente algo, o alguien, ha utilizado mi cuenta y mi nombre para llevar a cabo una acción que repudio con toda mi fuerza y convicción. Así que después de borrar el comentario anexo al muñequito decidí explicarme, y explicar a todo el que lo lea que existe la estupidez tecnológica y que estamos inermes ante ella.

Porque si la denuncia anónima pertenece a la más antigua, y execrable, estupidez humana, permitirla en los nuevos entornos, aún no tiene nombre y el de estupidez tecnológica se le queda corto. Muy, pero que muy, corto.

jueves, 29 de diciembre de 2016

El STW, un invento revolucionario

Esta es una historia que no por repetida deja de tener vigencia. Los grandes inventos se experimentan entre nosotros sin informarnos ni prepararnos para su evolución. Esta estrategia permite experimentar las virtudes y defectos del ingenio en cuestión al tiempo que se ahorra las críticas por su mal funcionamiento.
No dudo que habrá seguramente varios inventos que ahora mismo estén siguiendo esta planificada evolución antes de su definitiva implantación reconocida en el mundo comercial, pero yo me estoy refiriendo concretamente al STW.
Este revolucionario elemento ha sido desarrollado en busca de una mayor seguridad en la conducción de vehículos a motor y para solucionar la cada vez más compleja toma de decisiones. Al parecer, y según me informan mis fuentes, que por supuesto son absolutamente secretas, empezó a desarrollarse ya hace muchos años, más de treinta, a principios de los ochenta del siglo pasado. El incremento exponencial de unidades en circulación, la evolución de las carreteras y el previsible aumento tecnológico que influía en su conducción hicieron que los expertos buscaran ayudas de todo tipo para el conductor medio cada vez más superado por las potencialidades del vehículo que conducía.
Las primeras unidades del STW se instalaron al azar en vehículos de diferentes marcas, modelos y categorías. Se trataba de poder hacer un análisis de su funcionamiento independientemente de condicionantes de edad, nivel de conducción o adquisitivo. Por supuesto los adquirientes fueron informados puntualmente de las características especiales de su vehículo y de cuál era su funcionamiento
Concretamente esa primera versión del aparato emisor de la señal de activación iba asociada al funcionamiento del intermitente, de tal forma que al señalizar la maniobra el STW emitía la señal de alerta de funcionamiento que debería de captar el receptor de los vehículos afectados por ella.
A diferencia del emisor el receptor de la maniobra fue instalado en todos los vehículos de un país elegido al azar. Ese país fue España, y los usuarios del receptor nunca fueron informados de su inclusión en el equipamiento de los vehículos para evitar que su conocimiento quitara espontaneidad a su reacción.
Desde entonces el STW ha demostrado sus posibilidades pero los distintos fallos y errores, alguno de los cuales produjo víctimas, ha impedido que se ponga en conocimiento del público en general.
Sospecho, los últimos acontecimientos me hacen sospechar, que existe una nueva versión del STW, una versión en la que el emisor funciona conectado directamente a la voluntad de hacer la maniobra por parte del usuario del emisor.
Perdón, con el entusiasmo de ser el primero en dar la noticia se me han olvidado algunos detalles fundamentales
STW son las siglas, como no en inglés, de parar el mundo (stop the world).
El receptor debería de tener la función de, captada la señal del emisor de inicio de maniobra, evitar la interferencia de cualquier otro vehículo cercano en la misma. Cambios de carril, salidas en stop o ceda el paso, incorporaciones a vías de diferente velocidad, giros en las ciudades eran fundamentalmente las maniobras seleccionadas y de ahí su instalación conjunta con el activador del intermitente.
Y decimos que debería de tener la función porque el primer gran fracaso fue que el receptor nunca consiguió funcionar de forma correcta. ¿Entiende usted ahora por que ciertos conductores inician sus maniobras en el mismo momento de poner el intermitente sin pararse a mirar si pueden o no? Efectivamente, ellos sí tienen el emisor del STW, y además lo saben.
El otro día en la gasolinera de Carrefour en Alcobendas, al llegar y ponerme en una fila recibí una sonora pitada de una chica que, al parecer, estaba dos filas más allá y había decidido cambiarse a la fila en la que yo me puse cuando llegué. La verdad es que no conseguí entender su cabreo por no haber respetado su voluntad de la que ni siquiera me percaté. Ahora, pasadas una horas me he dado cuente de que el problema es el STW, la nueva versión.

Desgraciadamente, je, mi receptor sigue sin funcionar. Pero, he de confesarlo, si en algún momento a mi coche se le ocurre tomar por su cuenta una decisión diferente a la mía le desconecto hasta las bujías. El que avisa no es traidor, y el que no recibe… no es receptor.

domingo, 8 de mayo de 2016

Una democracia democrática

Hay una figura bastante desconocida en las nuevas tecnologías, el analista. El encargado de analizar una situación y proponer soluciones a los problemas y posibles evoluciones para mejorar los rendimientos y capacidades, al tiempo que optimiza los recursos.
Hoy, como durante tantos años de mi vida hice con la gestión de empresas, voy a ejercer de analista de la realidad política española, no en el sentido periodístico, que maestros hay y legión, si no desde el aspecto tecnológico.
¿Pueden contribuir las nuevas tecnologías a mejorar el panorama político? ¿Podrían las nuevas tecnologías ayudar a alcanzar una democracia real? ¿Pueden las nuevas tecnologías convertirse, a día de hoy, en el instrumento que necesita la gente para participar de forma activa y directa en el devenir político de su país? Si, rotunda y definitivamente sí. Permítanme que me abroche el mono de analista y se lo explico.
Todos, los partidos no, claro, ambicionamos un parlamento compuesto por las personas elegidas por nosotros, no por una ley estadística perversa y perniciosa que es la que gobierna actualmente. Todos queremos que se cumpla aquella máxima tan coreada de un hombre, un voto, que es la esencia última de la democracia. A todos, al menos a casi todos aquellos con los que yo he hablado, nos gustaría en algún momento votar a personas que consideráramos válidas, valiosas, que están en listas de un partido diferente del que queremos votar y, por el contrario, eliminar de nuestra votación a individuos que son contrarios a nuestra voluntad o simplemente relleno de los que ignoramos todo salvo el nombre.
Porque lo primero que hace que una democracia sea democrática, perdón por el ripio, es que las personas elegidas representen la voluntad real de los electores. Porque lo segundo que hace que una democracia sea democrática, claramente me ha gustado, es que todos los votos valgan lo mismo se emitan donde se emitan. Porque lo tercero que ya saben ustedes, aunque me haya gustado no quiero repetirme demasiado, es la conexión y posibilidad de control del representado sobre su representante.
¿Se dan actualmente estas circunstancias en nuestra “democracia? No, definitiva y absolutamente no, porque esto que tan pomposamente llamamos democracia no es otra cosa que una partidocracia, una aristocracia encubierta con siglas y votaciones periódicas en la que lo único que nos está permitido es elegir entre unos que no nos gustan y otros que nos disgustan, entre unos que no nos dicen la verdad y otros que nos mienten. Entre unos que  nos perjudican por nuestro bien y otros que nos perjudican por nuestros intereses. Entre unos y otros cuyo único fin es dividirnos y enfrentarnos para su mayor provecho y persistencia en el machito.
¿Pueden las nuevas tecnología, entonces, contribuir a un cambio de situación? Bueno, no, así planteado no. Pero lo que si pueden es mostrarnos mediante un análisis de recursos, mediante un ejercicio de política ficción, cuales son las posibilidades actuales de acceder a una auténtica democracia, no me resisto, a una democracia auténticamente democrática.
Requisitos iniciales:
1. Libertad de elegir representantes individuales, lo que se llaman listas abiertas.
2. Un hombre, un voto, o x votos, tantos como se consideren necesarios, que no tendría por qué agotar. O sea lo que se llamaría circunscripción única
3.  Posibilidad de control del representado sobre el representante elegido. O lo que es lo mismo, y que Podemos ha puesto, para mí gusto con buen criterio, de moda, hacer convivir la democracia representativa con la democracia asamblearia.
Imaginemos el funcionamiento, a grandes rasgos porque esto no es una novela.
Se convocan elecciones. En una página web especial los candidatos cuelgan sus perfiles políticos, proyectos que quieren presentar, posicionamiento respecto a los problemas sociales más acuciantes para los ciudadanos, afiliaciones políticas, sindicales religiosas y sociales. Tendencia sexual. Datos laborales, datos políticos y porcentaje de satisfacción de sus electores si ya hubiera desempeñado funciones políticas anteriormente. Videos, fotos, certificados… todo aquello que pudiera concernir a sus electores porque implicara su posicionamiento en temas que exigieran su voto.
El día de la votación. El votante provisto de su identificación segura podría desde su casa y ordenador, si ese es su deseo y tiene algún sistema de verificación personal (lector de huellas digitales, lector de código, escáner, … ), o desplazándose a un lugar autorizado, en cualquier punto del planeta, introducir en una página de votación los candidatos que desea elegir y en el orden de preferencia. Este orden de preferencia determinaría la elección en caso de empate.
El recuento. Daría una composición del parlamento por recuento directo y la posición personal con el número de votos obtenidos de cada diputado, dejando un número suficiente de suplentes que tomarían el relevo del elegido en caso de renuncia, fallecimiento o destitución, ya que las actas serían personales y no de partido.
El gobierno. Sería propuesto, inicialmente, por el candidato con mayor número de votos y no tendría por qué ser monocolor introduciendo infinidad de variantes y posibilidades de elegir a los mejores para cada puesto por sus conocimientos y trayectorias. En caso de no conseguir la investidura se daría opción al siguiente en la lista. El candidato sometería su investidura con su gobierno ya conformado y hecho público.
Una vez conformado el parlamento se establecerían canales directos entre el representante y sus representados de tal forma que estos pudieran estar al tanto de lo que este hace, sus votaciones, las propuestas presentadas y recibir sugerencias. Es más, con este sistema podrían, incluso, organizar plebiscitos entre sus votantes de posiciones sobre las que le surgieran dudas o nuevas iniciativas no contempladas en sus perfiles de candidatos.
¿Es utopía? No, no hay nada de lo expuesto que no esté al alcance de la tecnología popular de hoy en día, ni su aplicación supondría un coste inalcanzable, es más, supondría a corto plazo un ahorro en mítines, en cartelería, en buzoneo y en algunos otros conceptos.
Lo que sí es utopía, y de las gordas, es pensar que los que hoy en día se lo llevan crudo, los que hoy en día viven de, y para, el sistema, los que hoy en día medran gracias a su inclusión interesada en listas y prebendas, puedan estar interesados en esta idea. ¿¡¡¡Qué digo!!!? Puedan estar interesados en la consecución de una democracia democrática, se lograse como se lograse.


jueves, 5 de julio de 2012

Esclavitud Remunerada


Cuando veo las cifras del paro y observo las pretendidas soluciones que los agentes sociales apuntan me pregunto si nadie se da cuenta que vivimos en una sociedad que además de estar moralmente enferma sufre de una esquizofrenia que nos está llevando a la desesperación.
Hace miles de años, desde los albores de la inteligencia y puede que más allá, el hombre ha aspirado a vivir lo mejor posible con el mínimo esfuerzo y con el mínimo coste. Inicialmente fueron los esclavos, luego los siervos, los obreros, los empleados,…  Por encima de consideraciones morales el aumento del coste del trabajador obligaba a buscar formas de sustituir al trabajador por mecanismos capaces de realizar las labores manuales abaratando el resultado final de la explotación. Así llegaron la mecanización de la era industrial y la revolución tecnológica de anteayer.
Veía hace poco unos documentales del NODO de los años sesenta del siglo pasado sobre la organización de correos y los miles de puestos de trabajo de clasificadores, oficinas postales ambulantes, trenes correo, … que han quedado amortizados por máquinas y ordenadores. Pero exactamente lo mismo podemos decir del campo: tractores, cosechadoras, riegos …  y de tantos otros ámbitos de la economía.
Todo parece indicar que el hombre ha conseguido al fin esos esclavos ideales que llevaba añorando desde el principio de su inteligencia. No sufren sobrexplotación, cuestan la energía y el mantenimiento que demandan, no tienen, al menos de momento, derechos, ni conciencia, ni reivindicaciones… No necesitan descansar más allá de la fatiga de sus reemplazables piezas…
Pero una civilización del ocio, para la que ya se darían bastantes condiciones, supone la pérdida de control por parte de los que manejan el cotarro. ¿Quién necesita un banco si tiene sus necesidades aseguradas?¿quién precisa de un político si dispone del tiempo y los mediso necesarios para representarse a sí mismo?¿Que harían los sindicatos, afiliar a las máquinas? –mejor no dar ideas-¿Con que puede sostenerse un estado si sus ciudadanos son libres?¿Cuáles serían los medios coercitivos necesarios para que el poder siguiera existiendo y por tanto el control y el sometimiento?
Así que no queda más remedio que seguir generando trabajo prescindible que al no ser productivo llega un momento en que es impagable y entonces viene los problemas, las peregrinas ideas de cómo generar puestos de trabajo en una sociedad no productiva, de servicios que se llama, donde el trabajo es un lujo por el que hay que pagar, al estado, a los bancos, a los de siempre. Y mientras tanto creernos libres porque nuestra esclavitud actual es remunerada, miserable y falazmente remunerada. Bienes prescindibles a cambio de años de  años de vida.

viernes, 13 de enero de 2012

Magia y Supervivencia


Hace unos pocos días se cumplió el nosecuantos –unos cincuenta- aniversario de la noche en la que vi al Rey Baltasar mientras salía de mi casa después de dejar los regalos. Hace también ya muchos años en que me encontré con la Santa Compaña allá en mi Galicia natal y en una noche de niebla.

El cambio climático se está llevando muchas cosas por delante y entre las cosas que se está llevando figuran esas nieblas del noroeste que eran más un manto mágico que simples nubes a ras del suelo. Y con ellas, y con la oscuridad de las noches oscuras y con la soberbia de la ciencia actual y el pragmatismo imperante la magia tiene que buscar refugio en el interior de algunas almas que nos negamos a considerar,  ensoberbecidos , que todo a nuestro alrededor es explicable científicamente y que todo es un más acá cotidiano y aburrido, explicable y alcanzable.

Philip K. Dick dijo, en una versión libre de su frase, que la forma de distinguir una tecnología realmente avanzada es por el simple hecho de que nos parecería magia. Yo, como el Manolito de Mafalda, me asomo de vez en cuando al agujero de la antena de televisión para ver como vienen las imágenes. Yo, como yo, de vez en cuando inundo mis alrededores de mantos mágicos que permitan el acceso a mi vida de más allá nunca sospechados o rememorar los ya vividos. 

En contra de lo que muchos piensan me gustaría vivir varios miles de millones de años en la absoluta certeza de que no habría medida cósmica de tiempo por pequeña que fuera que no contuviera algo nuevo, desconocido, mágico.Morir con el universo y con la consciencia de que me quedaba un único secreto por descubrir, un último conocimiento por alcanzar, justo antes del aburrimiento.