Mostrando entradas con la etiqueta falso debate. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta falso debate. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de diciembre de 2019

En el país de los tuertos


Si en el país de los ciegos el tuerto es el rey, ¿será que en el país de los tuertos el rey es el que ve con los dos ojos? Posiblemente, aunque alguien podrá argumentar que lo habitual en todos los países es que la mayoría de los ciudadanos vean con los dos ojos. Pero, como es obvio, hablamos de países imaginarios, simbólicos, oportunistas. O no tanto.
No tanto porque a mí se me ocurre, así, a bote pronto, un país definible en el que todos sus habitantes son tuertos. ¿Qué país? El país de los que practican alguna ideología de eje, o sea, izquierda-derecha.
Es verdad que no todos tienen absolutamente inútil el otro ojo, y que los más avisados con el ojo malo al menos ven sombras, pero no es menos cierto que llegados ciertos momentos lo aprietan con saña para evitar ver lo que los tuertos totales les dicen que no se puede ver.
Y ya se sabe que, sin abandonar el país de los refraneros impenitentes, no hay mayor ciego que el que no quiere ver,  y lograr que el otro ojo acabe siendo un vago impenitente tiene su recompensa en montones de amigos desconocidos y montones de “me gusta” sin sustancia ni compromiso.
¿Qué es mejor, ideológicamente hablando, un ciego o un tuerto? Yo prefiero al ciego, y me explico, el ciego tiene una no visión periférica, es decir, desarrolla sentidos alternativos para examinar todo su entorno y dominarlo, mientras que el tuerto, sobre todo si es vocacional y contumaz, niega que exista aquello que no entra en su limitada visión.
Una visita, sin necesidad de profundizar ni de pasar horas en ellas, a las redes sociales, nos revela que sin ninguna duda existe el país de los tuertos, de los tuertos ideológicos seguimos hablando. Las redes sociales son su paraíso, su jardín de las delicias, su ámbito ideal para dejar patente su incapacidad para mirar con los dos ojos.
Así que cuando me asomo a las redes últimamente, aparte de una pereza fatalista para intervenir en debates, siempre me viene a la memoria aquella habitual admonición de mi recordada madre: “Ándate con mucho ojo, a ver dónde te vas a meter”. Y yo, aplicado y obediente, me ando con tanto ojo que intento utilizar los dos, incluso muy abiertos, para intentar sortear los charcos y socavones de los debatidores tuertos profesionales. De los debatidores muro, esos que consideran que su mejor argumento, habitualmente único, es negar todos los argumentos contrarios. De los debatidores Schopenhauer, que van siguiendo los 38 puntos de la dialéctica erística, a su manera, saltandose puntos, pero acabando inevitablemente en el 38, el insulto y el menosprecio. De los debatidores pulso, que conciben el debate como una especie de torneo en el que el fin último es ganar. ¿Ganar qué? Me pregunto cuando a pesar de mi cuidado me empiezo a oler el enredo. De los debatidores eslogan, que no tienen otro argumento que el último titular del periódico afín o la última soflama del partido al que pertenece su ojo sano. De los debatidores velocistas, que, para no perder su tiempo, ya insultan antes de saber de qué se está hablando. De los debatidores entregados, que, sobrepasados todos los argumentos y contra argumentos, acaban renunciando a la razón para explicar que en ese tema concreto, o en ese posicionamiento concreto, no se puede ni siquiera invocar la razón, que ese tema ha de ser tabú.
Y este último tipo de debatidor ha crecido como las setas en días húmedos. La humedad se llama VOX y las setas se llaman intolerancia y frentismo contra la intolerancia de VOX.
Bueno, hay que estar muy tuerto para mantener esa posición. Hay que estar muy ciego para no ver que esa posición es la idónea para que VOX medre y se haga más fuerte.
Intentan, en ese afán por el debate que no están dispuestos a sostener, descalificar las posiciones de VOX con el único argumento de quienes son, de cuál es su posición ideológica, sin reparar en que todo lo que dice VOX lo ha escuchado en la calle y no pertenece necesariamente a su ideario. Lo peligroso de VOX, lo peligroso de cualquier partido radical y populista, y también en el parlamento los tenemos del signo contrario, no son las cosas que dice y que podemos compartir muchos ciudadanos no tuertos, lo peligroso de esos partidos son los medios de los que se valdrían, y los extremos a los que llegarían, si alguna vez tuvieran la oportunidad de poner en práctica sus ideas.
Reconocer que VOX, que PODEMOS o la CUP, apuntan problemas que preocupan a la sociedad, que se ve desamparada por los demás partidos, por los más moderados, que están en lo suyo, no significa que de inmediato te hayas convertido en un facha o un anti sistema, significa, solamente, que el problema existe, y la táctica de negar el problema, de descalificar a los que no lo niegan o sostienen que hay otro enfoque, seguimos con el refranero, es enterrar la cabeza como el avestruz. Para los más tuertos, o más contumaces, un ejemplo, que Franco hiciera pantanos no convierte a los pantanos en franquistas, por más que ciertos tuertos lo digan.
Los problemas de los ciudadanos no tienen color político, como no lo deberían de tener las soluciones. Contra los problemas que aportan los populistas solo cabe abordar las soluciones que puedan ponerle remedio y dejarlos sin argumentos, y negarlos no es una de ellas.
¿O es que vamos a negar que existe una inseguridad popular por el excesivo garantismo de algunas leyes?
¿O es que vamos a negar que existe una disconformidad con la ley electoral porque no permite una representación justa de los votantes?
¿O es que vamos a negar que la violencia de todo tipo prolifera en lo cotidiano sin que los responsables tomen medidas realmente eficaces?
¿O es que vamos a negar que, por falta de medios y de previsión,  la situación actual de los inmigrantes ilegales es lesiva para ellos y para los que conviven con ellos?
¿O es que vamos a negar que los temas territoriales nos preocupan a todos y tal vez la solución actual no es la idónea, o al menos, si sí lo es,  no está correctamente desarrollada?
¿O es que vamos a negar que nuestros mayores no viven en el mundo para el que han trabajado y se merecen, y se sienten abandonados y menospreciados?
¿O es que vamos a negar que la brecha social que abre la desigualdad económica es cada vez más profunda e infranqueable?
¿O es que vamos a negar…?
¿Pero en què país vivimos? ¿En qué mundo vivimos? Pues, si, efectivamente, en el de los tuertos con poca visión, o con nula voluntad de ver con el otro ojo.

jueves, 7 de noviembre de 2019

De debates y maitines


Llevo unos cuantos días oyendo hablar de un debate que al parecer se ha celebrado en televisión y cuyos debatientes eran cinco de los candidatos en las próximas elecciones. Me parece que me lo he perdido.
En realidad no es que me lo haya perdido, es que me han engañado. El pasado día tres, perfectamente pertrechado para evitar el sueño que habitualmente me producen los debatientes y su, exhibido repetidamente, encefalograma plano, tomé posesión del sillón a la hora anunciada, conecté el canal acordado y asistí a un espectáculo televisivo.
Está claro que equivoqué la cadena, Antena 3, o la hora, las 22:00, o ambas cosas, y en vez de un debate me tragué un mitin a cinco absolutamente infumable. Ni un contraste de ideas, ni una discrepancia razonada, ni el más mínimo respeto hacia los votantes, como no fueran los de su partido.
Un horror. Un disparate. Una tomadura de pelo solo admisible desde la soberbia de saber que pase lo que pase alguno de ellos será el futuro presidente de un país castigado por una clase política que solo consigue el aprobado en la soberbia actitud de ignorar a los votantes. Un esperpento.
¿Y el debate? Pues eso me pregunto yo, eso llevo buscando desde hace unos días en internet, en los periódicos. Sí, hay noticias que hablan de un ganador, y todo. Así que debió de haber debate, pero yo solo encuentro referencias al infumable espacio de propaganda ideológica que yo presencié. Del debate ni rastro.
Lo más divertido del tema fue cunado en el espacio posterior al mitin, un supuesto analista deba como vencedor rotundo al Sr. Sánchez, que había estado muy en jefe del gobierno. ¡Tamaña desfachatez!
Para mí los mítines más interesantes, más a los suyo, menos embarrados y embarrantes, fueron los de Podemos y VOX, seguidos, ya a distancia, por el representante del PP y absolutamente lamentables, desubicados, inoportunos, incapaces, los del PSOE y Ciudadanos.
La inteligencia y el dominio del medio de Pablo Iglesias, no los vamos a descubrir ahora. Como buen boxeador siempre encuentra la guardia baja del contrario, siempre saca los temas que los demás han ignorado y que son de preocupación popular, siempre sorprende saliéndose de las trilladas vías que recorren los demás. Y lo hace con el énfasis y la convicción que todo populista sabe usar cuando tiene público. Para mí un 8 sobre diez, que promediando con el 0 de fiabilidad ideológica de las soluciones pretendidas no da para aprobar.
Abascal, serio, circunspecto, sin entrar en provocaciones, fue colocando sus mensajes, tan populistas como los de PODEMOS, sin inmutarse y sabiendo perfectamente donde le duele a la gente de a pie, donde están sus verdaderas preocupaciones, sus miedos y carencias cotidianas. Un poco excedido en los mensajes negativos que permiten ver por la costura el esqueleto radical y absolutista, involucionista, que lo sustenta, pero podríamos repetir la operación matemática y evaluativa hecha con Pablo Iglesias.
Casado. Distendido, seguro de sí mismo, sin errores propios ni salidas de pata de banco tan practicadas en las elecciones anteriores. No estuvo brillante, lo de la naturaleza y Salamanca, pero sí positivo, didáctico, y muy pescador en caladero ajeno. Le faltan tablas, le falta un poco de carisma, y tiene imagen y ganas de agradar de sobra, el puesto le va en ello. No le daría más de un siete y en este caso la ideología no se exhibió con lo que no hay nada que promediar. Como los saltadores que van al límite derribó el listón con el talón del último pié.
Sánchez estuvo en Sánchez. Soberbio, displicente, sobrado, ausente, lleno de gestos de conmiseración hacia los demás, ensimismado en sus papeles, ignorando las intervenciones ajenas, torpe de palabra, espeso de conceptos, confundiendo permanentemente su figura como candidato y como presidente de gobierno en funciones, repitió en varias ocasiones lo que iba a hacer después de las elecciones en vez de hablar de lo que haría si era elegido. A Pedro Sánchez, y así lo hizo ver durante todo el infumable programa, le sobran las elecciones, él va a ser el próximo presidente del gobierno por mandato divino, y por belleza personal, y lo sabe, y si se avino a prestar su presencia fue solo para que nosotros supiéramos que lo sabe. Un 1 porque un menos 1 al cuadrado es lo que resulta.
Y finalmente Rivera. Previsible, exaltado, incómodo, incomodando, lleno de tics y sin sitio. Alguien en su equipo ha pillado la linde de los objetos e informes a enseñar y ya se sabe que cuando la linde acaba, alguno que otro sigue. Seguramente sus mensajes eran comprables, o lo serían si hubieran sido inteligibles, limpios, expresados en intención positiva y no en pasado ajeno negativo. Quiso pegarse con todos y de todos recibió sin llegar a conectar ni un solo golpe claro que le diera puntos. Un horror. Y encima, ¡por dios que alguien se lo diga de una vez! ese histérico y enervante latiguillo de “No se ponga usted nervioso” que lo único que logra es granjearle las antipatías de los que escuchamos. El señor Rivera es como los malos actores, que una vez les sale un papel apañadito y ya lo repiten toda su vida, aunque el personaje no lo soporte.
En fin que yo debate no vi ninguno, y si se me permite el chiste fácil, ya que el horario coincide, si antes se oraban maitines ahora se soportan “mitines”, sí con acento en la segunda i para que rime. Si ellos son tan malos yo no tengo por qué ser mejor. Lo de los laudes, si eso,  ya lo dejo para otra ocasión.

domingo, 20 de octubre de 2019

¿Existe el problema catalán?


Supongo que no queda nada por decir sobre Cataluña, salvo la última palabra, esa que todos invocan pero nadie pronuncia. En este sentido se puede creer que es casi un problema místico, el conocimiento está en esa palabra que abre el universo, pero que no está al alcance de los humanos
Tal vez el que estuvo más cerca de la verdad sobre la relación de Cataluña con el resto de España fuera Ortega cuando dijo aquello de que el problema catalán no tiene más solución que la de aprender a sobrellevarlo.
Hay quién piensa que el problema tiene una solución político-ídeológica, de dialogo, yo creo que no. Yo creo simplemente que el problema no tiene ninguna solución definitiva, porque hay una parte que no la quiere, ni siquiera la invocada independencia.
Aunque sea la izquierda, esa izquierda tan estética y tan poco izquierda que nos gastamos por estos lares, la que de alguna manera intenta acaparar y justificar el movimiento catalán, aunque sea su tibieza provocada por sus propias contradicciones la que lo alimenta más, y eso que la derecha lo alimenta mucho, este es un movimiento de derechas, de derecha radical, un movimiento de raíz económica generado por una oligarquía que siempre ha pretendido sacar partido de su manejo de los que desprecia, el pueblo llano y los inmigrantes.
Mucha gente ignora la historia, ya se preocupa el sistema educativo de que así sea, y por tanto ignora que la deslealtad  y el desapego de Cataluña hacia España son, no solo proverbiales, históricos.
Empezamos por desconocer el origen y evolución de los símbolos básicos de la identidad catalana y acabamos por desconocer y tergiversar todo lo referente a Cataluña.  Y de ese desconocimiento, de esa huida de la historia para sumirse en la leyenda y sus deformaciones convenientes, ya se encarga una enseñanza deformada y maniquea de la historia con la absoluta permisividad del estado.
¿Cuántos catalanes desconocen que el nombre de su bandera, senyera, proviene de “El senyal real del Rei d'Aragón”? Y hablamos de Aragón, porque existieron los reinos de Aragón, Valencia y Mallorca, paro nunca el de Cataluña, salvo por un breve periodo que tuvo un rey francés y que acabó con una vuelta de Cataluña a España del mismo pelaje que había sido la ida a Francia, por el caminito de la traición.
A Francia la aventura catalana le costó prácticamente sus sueños de expansión en el Mediterraneo, y a España, entre otras cosas, El Rosellón y La Cerdaña, y un terrible debilitamiento en su posición en Portugal y en los Paises Bajos.
Tal vez si Pau Clarís pudiera leer la historia y las consecuencias de lo que hizo, tal vez digo sin mucha convicción, se hubiera pensado sus actos, porque las consecuencias económicas y políticas para Cataluña fueron evidentes, y el desgaste para las dos potencias que se la disputaban aún mayor, incluso nefasta.
Esa es una constante. Cataluña pierde y pierde España, pero el problema persiste porque la ambición de los que lo utilizan es desmesurada, infinita.
Nada importa, porque no importa nada, que en el XIX con el romanticismo y el nacimiento de los nacionalismos, que tantos millones de muertos le han costado a Europa, el movimiento catalán adopte unas señas acordes con su entorno, ni que en el XX se revista de unos tintes ideológicos que para nada son su fundamento, lo único que importa es que la oligarquía dominante en el territorio alcance nuevos objetivos, y que sean los demás, de una forma u otra, con un señuelo u otro, los que aporten la acción, la sangre si es necesaria.
Y así llegamos hasta aquí. Hablando de un problema ficticio, de unas  posibilidades ficticias, con unos argumentos ficticios y por tanto intentando unas soluciones ficticias. El problema catalán no  es la independencia, el problema catalán no es la historia, el problema catalán no es España, el problema catalán es la ambición desmesurada de su oligarquía, y esa no tiene otra solución que, como bien apuntaba Ortega, sobrellevarla. Que trabajar en tiempos de paz para no permitir la recluta de inocentes, que trabajar en tiempos de enfrentamiento por no caer en el engaño, que empezar a trabajar cuando acaba un episodio preparando el siguiente, que llegará. Se haga lo que se haga.
Lo que es difícil de digerir en este momento, son las actitudes soberbias del gobierno en funciones, y las beligerantes de la oposición. ¿Dónde está el pacto de estado? ¿Dónde está la defensa de los ciudadanos que se ven atrapados y secuestrados por los activistas? ¿Dónde están los límites de la integridad y la resistencia de los funcionarios de los distintos cuerpos de seguridad? ¿Dónde están los despachos de los ministros que dirigen por teléfono sin pasar el miedo y el trabajo de los que están a pié de calle? ¿Dónde está el límite de lo tolerable? ¿Dónde el límite del dontancredismo?
¿Dónde están los oligarcas catalanes, esas familias de 16 apellidos catalanes, que alientan, planifican y dan soporte a este disparate?  Estén donde estén su ambición es la razón última de esta sinrazón, y ellos son el verdadero problema, y los últimos culpables.

sábado, 27 de enero de 2018

Pastores, adeptos y redes sociales

Me lamento profundamente cada vez que entro en las redes sociales, las ínclitas redes sociales, y compruebo, con harto pesar, que el primer escollo para la comunicación que debieran de favorecer es que en muchos casos el obstáculo principal para una comprensión del problema que se intenta tratar es el vaciado sistemático, feroz, no sé si irreversible, del lenguaje realizado por los políticos y activistas de todo pelo. Observar el torticero uso de conceptos como democracia, fascismo, derecho, justicia, ley o igualdad para a continuación ver la interpretación parcial e interesada que se hace de los mismos, siempre a favor del que lo usa, es patético. Conceptos retorcidos al límite para buscar la razón antes que la verdad.
Llevo meses, en realidad años, constatando como los personajes públicos, los creadores de opinión, cuanto peores más, retuercen el lenguaje, se lo inventan, lo pervierten para que parezca que dicen lo que no dicen, que no dicen lo que dicen, o que donde dije digo, digo diego. Aunque lo más patético, lo que realmente invita a la depresión, es comprobar, con horror y con rubor, aunque sea rubor de vergüenza ajena, como muchas personas, algunas con un cierto prestigio intelectual, utilizan esos conceptos irreales para defender posiciones que si tuvieran la voluntad, o la capacidad, de pensar por sí mismos verían que son absolutamente irreales.
Pero en muchos casos la educación recibida no se lo permite, y en otros ni pueden ni quieren, porque se nos ha acostumbrado a pensar con frases hechas, impuestas, estudiadas para evitar que el pensamiento sea libre. Cada vez que oigo a más de una persona repetir el mismo concepto, las mismas palabras, el mismo argumentario sin ser capaz de salir de los límites que el originador de mantras, mi abuela les llamaba caga sentencias, ha puesto en circulación, me pregunto dónde está la capacidad de raciocinio individual, y les pregunto.
Les pregunto porque la mejor forma de saber si alguien es un convencido o es un converso es preguntarles más allá de los límites impuestos, es seguir el razonamiento hasta los recovecos en los que el razonamiento individual tiene que valorar fundamentos que en el mantra inicial se han usado como axiomas y que suele ser el origen de toda la falacia. Les pregunto y les razono hasta donde la lógica se convierte en binaria y no admite los matices que permiten extender la sombra sobre la razón.
Y cuando un converso, un difundidor de mantras ajenos, un sectario de lo que sea que alguien pretende conseguir con mentiras y frases estudiadas para no ser puestas en cuestión, convertidas en gotas léxicas preparadas para penetrar mentes por el goteo continuo, pertinaz, contumaz, irracional, se encuentra ante el límite de su capacidad de defensa suele tener tres salidas típicas: volver al origen de la idea para evitar la trampa del límite, insultar o calificar al que no es capaz de convencer o, los más inteligentes, intentar buscar un argumento alternativo que sea negativo para el oponente aunque no tenga nada que ver con lo que se estaba discutiendo. Este último recurso es casi un reconocimiento de que no es capaz de mantener la razón sobre el tema inicial pero que hay tantas cosas alrededor de su pretensión que puede justificarla con argumentos ajenos al meollo de la cuestión.

 Y aquí seguimos, instalados entre la sordera y el insulto, sin pretender dar tregua al enemigo, que, por supuesto, es el malo y es conveniente acabar con él, por lo civil o por lo criminal. Entre personajillos de la talla de los actuales políticos que solo pueden dar lugar a personajillos como los que defienden a capa y espada sus eslóganes, sin otro argumento que el emanado de un lenguaje vacío y degradado, interesadamente incapaces de expresar una sola idea sin que pueda pensarse que sean al menos tres contrapuestas. Pensadores de adeptos a los que guiar sin educar, a los que adoctrinar sin convencer, a los que imbuir sin necesidad de razonar. Pastores que no se preocupan más que de hacerse con una razón que les favorezca y difundirla para imponerse, sin importarles un ardite el mal que a su paso vayan dejando, ni el que el futuro herede por su causa. 

miércoles, 31 de agosto de 2016

No hay dos sin cuatro

Hay una máxima en la empresa privada que es incuestionable: el que no rinde, el que no cumple con su trabajo, se va. No siempre es cierto, es verdad, el principio de Peter es inamovible y todos hemos conocido algún caso flagrante de incompetencia recompensada, pero suele ser en grandes corporaciones o a causa de la incompetencia de algún jefe que ha alcanzado su posición por el susodicho principio.
Y a mí, que no estoy en el ajo y me han convertido en un mero espectador, me parece que todos los políticos actuales, bueno, ese que se ha ofendido a lo mejor no, que casi todos los políticos actuales, la mayoría de ellos, cumplen una especie de Principio de Peter de la política.
Todo ciudadano que alcanza en el ámbito privado su nivel de incompetencia se dedica a la política, o a las subvenciones. Lo dicho, a la política.
He asistido con escepticismo inicial, con cabreo profundo durante, y con indignación de las de atraganto e insulto al final, a las comparecencias de los diferentes personajes, esos llamados líderes y los otros llamados portavoces, que han tenido a bien  ofender mi inteligencia, abusar de mi paciencia y utilizar de forma espuria el dinero de mi país.
Si esto fuera una representación teatral, que lo es, lo es, solicitaría que me devolvieran el dinero y no volvería a asistir a ningún espectáculo en el que figurara ninguno de sus nombres.
¿Nos han tomado por idiotas? ¿Lo somos? ¿Realmente esto se puede llamar democracia por el simple hecho de que votamos? ¿Cómo pueden tener la poca vergüenza, la nula dignidad, la soberbia, de ir a un debate con los discursos escritos? ¿O es que ya se habían puesto de acuerdo en lo que iba a decir cada uno? ¿O es que ni siquiera se escuchan? ¿Ni siquiera tienen la decencia de simular un verdadero debate?
Yo hubiera podido decir, hace ya meses, cada una de las palabras, cada uno de los argumentos, cada una de las estupideces, cada sinrazón expuesta en sus discursos manidos, relamidos, culpables y reprobables.
¿Y estos tipos arrogantes, pagados de sí mismos, despreciadores de la gente que ha depositado su fe en ellos, son mis representantes? No me jodas, y perdón por el exabrupto. Estos tipejos son unos sinvergüenzas, unos desahogados , unos estafadores de la peor calaña que juegan con la credulidad, con el dinero, con la esperanza de las gentes de este país.

Lo dije hace un tiempo, antes de las segundas elecciones, y no me muevo ni un pelo: No hay dos sin cuatro, y si no al tiempo. Al tiempo y a la paciencia de los ciudadanos.

viernes, 18 de diciembre de 2015

El Efecto Mariposa

Lo decía hace poco, hace nada. Si me llego a retrasar una semana incluiría lo de hoy en lo de entonces. La realidad es tozuda, en este país por lo menos, y se empeña en dar y quitar razones. En mi caso de dar, desgraciadamente.
España es un país de antis, mucho más de antis que de pros, y solo desde esa perspectiva podemos entender ciertos comportamientos, ciertas carencias morales y éticas, ciertas dejaciones lamentables de humanidad.
Lo decía hace demasiado poco y, aún a riesgo de repetirme, lo reafirmo. En España no somos de izquierdas ni de derechas, no somos monárquicos o republicanos, no somos religiosos o laicos, no, somos anti monárquicos o anti republicanos, somos antifascistas o anticomunistas, somos anti católicos o anti laicos, antisemitas o anti islamistas, y una vez que hemos definido contra que estamos por defecto atisbamos lo que nos queda ser, y, por ende, lo somos hasta el paroxismo, con la desesperación propia del que no quiere que lo consideren lo que anti es.
¿Qué no? ¿En que otro país un líder político sería justificado y jaleado por un ataque personal contra otro candidato? ¿En que otro país se permitiría una pertinaz, agobiante, casi exclusiva, retórica del y tú más durante décadas, sin otro argumento político positivo? ¿En que otro país habría tanta gente, además aparentemente inteligente, que se alegrara de una acto absolutamente reprobable?
La violencia se condena o no se condena. Sin matices, sin justificaciones, sin bandos ni bandas, sin sonrisas de complicidad. Y cuando la violencia se condena, se condena incluso la propia, la que en algún momento ejercemos y debemos de reconocer, la que en algún momento podemos considerar inevitable sin dejar de ser culpable.
Es posible, todo el mundo lo dice, que la salida de tono del señor Sánchez el otro día no tenga nada que ver con el acto de violencia contra el señor Rajoy. Es posible. Es claro que en ningún momento el señor Sánchez intentó, o previó, que un lunático asestara el ya famoso puñetazo. Es más, estoy convencido del rechazo absoluto por su parte de la agresión. Pero la violencia, la de los lunáticos, la de los iluminados, la de los antis más extremos, se alimenta de un clima que cuanto más denso, cuanto más sucio, más va cargando de sinrazones a los alunados.
Ninguno de nosotros, nadie en las redes sociales, parece comprender que ciertos niveles de crítica, que personalizar ciertas conductas, que nuestra incapacidad evidente de separar lo público de lo privado, que nuestra incontinencia denigradora contra determinadas personas, alimenta la enfermedad de individuos que se sienten justificados en su dolencia. Nadie parece reparar en que las palabras también están sujetas al efecto mariposa.
Hace ya algunos años, y con motivo de una elecciones, escandalizado por ciertos mensajes de todo signo que atentaban contra la dignidad más básica de personas cuyo único delito inicial era presentarse a un proceso público bajo determinadas siglas, escribí una proclama que se llamaba “A mí no” y que lo único que pedía era que no me hicieran llegar ningún tipo de mensaje, de ningún signo, o partido, o tendencia, que afectara a la dignidad de una persona. Y me costó amigos, de todos los signos, de todas las tendencias, de varios partidos.

Yo voy a empezar por reconocerlo. Yo he contribuido a que un pobre chalado le pegara al Presidente del Gobierno de mi país. Y tú. Tú también.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Gustavito

Ayer vi a Gustavito. Hacía un montón de años que no sabía de él. Desde aquellos años en que la pandilla se reunía en la plaza de la música del Retiro para jugar a las chapas o a alguno de aquellos juegos de tecnología punta del momento como el escondite, el balón prisionero, el fútbol , el dólar o el “tula”. En uno de los barridos que las cámaras hicieron por las bancadas del congreso lo vi. Sentado en un escaño, con su gesto característico.

Gustavito era famoso entre nosotros por tres cosas: su habilidad para cambiar cromos, su capacidad para hablar mucho de nada en concreto y, sobre todo, por ese gesto suyo, tan característico, que ponía cuando alguien lo insultaba o le reprochaba algo al tiempo que soltaba su consabida respuesta “y tú más”.

La verdad es que los niños siempre hemos sido crueles y nos lo pasábamos genial metiéndonos con él simplemente por ver el gestito y corear su respuesta, tras lo que estallábamos en carcajadas para mayor coraje del susodicho. Con el tiempo Gustavito entendió que nos reíamos de su respuesta e introdujo una mayor diversidad de contestaciones: unas veces decía “y tú más” y otras “pues anda que tú” y sus plurales respectivos.

Alguien pensará que Gustavito era tonto. No. Gustavito me recuerda a un sucedido que me contaba una amiga de Tomelloso.

Parece ser que un niño con alguna carencia intelectual asistía regularmente a clase para mayor desesperación de la profesora que estaba convencida de que debería asistir a algún centro especial. Llegado un momento la profesora convocó a los padres del chaval para exponerles sus percepciones. Los padres, preocupados, decidieron llevar el tema al terreno médico y el muchacho se hizo diversas pruebas, concluidas las cuales la madre se presentó ante la profesora para comunicarle el dictamen del psicólogo: “Que ha dicho el doctor que tonto, tonto, lo que se dice tonto, no es. Que “p’a” maestro vale”

Pues eso. Gustavito tonto, tonto, lo que se dice tonto no debe de ser, que para político ha valido y su entrenamiento para el “y tú más” y el “anda que tú” es seguramente incomparable y eso es un valor en alza en la política española actual.

Pero, en fin, yo no me había puesto a escribir para contar de Gustavito y su historia, si no sobre el debate del estado de la nación y no sé porque se me ha ido la cabeza a mi viejo conocido.
Aunque ya llegado a estas alturas quisiera al menos pronunciarme sobre mi percepción de quién ha sido el ganador del debate. No sé quién ha ganado el debate, pero si se quien lo ha perdido. Todos los españoles.

sábado, 21 de junio de 2014

Monarquía o República

Lo mío empieza a ser patológico, o lo de la sociedad, que aunque parezca que no es también lo mío. Este permanente desenfoque de la realidad de los problemas es ya cansino, tanto que llevo ya unos cuantos días queriéndome evadir de la última irrealidad en boga, pero al final tengo que caer porque tanto despropósito, tanta falsedad provocada por una historia falseada o desconocida, acaba por salpicarte.

¿República o monarquía, me preguntan todos al pasar? ¿Y a mí que me importa? ¿Y a mí y al 99 por ciento de los españoles que nos importa?  A mí porque como ácrata el debate me resulta ajeno. Ni una cosa ni la otra, yo creo en la libertad de los individuos, en la madurez de una humanidad correctamente formada y educada, en la igualdad de los seres humanos y en su capacidad de autogestión. Pero en el colmo de los paroxismos ideológicos observo que en una “pingareta” histórica la república es de izquierdas y la monarquía es de derechas. Debe de ser una broma de la que yo me he perdido el enunciado un día de los que paseaba por mi interior.

Los comunistas no son republicanos ni lo han sido jamás ya que su objetivo es una dictadura del proletariado y eso es incompatible con el enunciado de república que se maneja en la calle. Los socialistas tampoco han sido históricamente republicanos. La república señores es un sistema de organización del estado que siempre ha sido más bien de centro y si no repásense los hechos de la república española, sus sueños, sus apoyos, sus verdaderos enemigos y sus desafueros y empezamos a hablar de cuál es la realidad.
Así que señores republicanos de nuevo cuño y convicción, muestren sus auténticas cartas, las de verdad, para que los menos informados puedan decidir si lo que ustedes pretenden es lo que realmente la gente quiere y necesita, lo de ahora son brindis al sol, o afán de agitar la calle, para lo cual empiezan por utilizar una bandera que nunca representó a la totalidad de los ciudadanos de este país y que fue creada desde el frentismo más arraigado y en ello sigue.

¿Monarquía o república? Se siguen preguntando algunos en alta voz para que se sepa que se lo preguntan y provocar la pregunta ajena. Eficacia, respondería yo como concepto que me interesa.

A día de hoy prefiero tener un jefe de estado profesional y neutral, con cierto prestigio internacional, a que tal cargo lo desempeñe alguno de los patéticos populistas profesionales que pululan por los partidos políticos y que solo saben de agitar, de arrimar el ascua a su sardina y sumir a la sociedad en un enfrentamiento irreal permanente. Y encima seguro que al final hasta me saldría más caro.

¿Monarquía o república? Virgencita, virgencita, para no mejorar que me quede como estoy.

martes, 18 de febrero de 2014

Una Larga Cambiada

Nos torean, en el sentido literal de la expresión. Nos sacan al ruedo de la opinión, nos torean con argumentos que nos dividen y nos hacen débiles porque nos obligan a mirar hacia donde no es y luego nos matan, en carne propia o en carne ajena, que, en sentido gremial de ser humano, tanto me da, porque la muerte ajena la acabo sintiendo como propia y porque la muerte es lo único en esta vida que no tiene vuelta atrás.
Quince muertos que son, que desgraciadamente serán, en realidad cientos, miles, a lo largo de los años, pero quince muertos para sostener una larga cambiada que nos vuelva a centrar en el engaño triste, cruel, del falso debate sobre si se ejerció una violencia desmesurada sobre unos señores que intentaban traspasar violentamente una frontera. Que si los que lo intentaban eran unos pobres inmigrantes, que si los que lo evitaban eran unos crueles policías, que si los que lo intentaban eran unos peligrosos delincuentes, que si los que lo evitaban eran unos inocentes servidores de la ley. De todo habría en ambas partes y nada de eso deberíamos de preocuparnos porque el daño ya estaba hecho de antes y por todos.
Ya de por si el que hubiera dos bandos, dos partes, ya de por si la simple, y xenófoba, denominación de inmigrante es ofensiva para cualquiera que se sienta ser humano, ya el concepto inmigrante es moralmente insostenible. La culpa no es de quien quiere alcanzar un lugar en el que mal vivir, marginalmente, miserablemente a veces, explotado y siendo reo de perjuicio ajeno por esa explotación, es un paraíso deseable desde una miseria, desde una explotación, que en origen es inconcebiblemente mayor. La culpa es de una civilización, de un desarrollo político, que ha hecho de su compartimentación, de su concepto de chiringuinto exclusivo, territorial y económicamente, un motivo más para que los de dentro se sientan superiores, o diferentes, o inferiores, o agraviados, o explotados, o amenazados, o cualquier otro sentimiento que al que maneja el cotarro le interese respecto a los del otro lado de la inmoral, impuesta, virtual frontera.
Cuántos muertos, ¡cielo santo!, cuántas vidas, cuanta inteligencia desperdiciada en mover y sostener  unas lindes que no tienen otro beneficiario que los de siempre, ni otros sacrificados que los de costumbre, los peones que las habitan, ni otros argumentos que los inmemoriales: el falso agravio, la diferencia inexistente, la intolerancia, la compartimentación del poder, el reparto innoble e interesado del territorio para aquellos que pretenden acapararlo.

Mientras existan las fronteras, mientras acojan privilegios a costa de los perjuicios ajenos, mientras las musiquitas y los colores no nos dejen en la cama igual, mientras las palabras “inmigrante, “emigrante”, designen una cuestión legal más allá del simple movimiento físico, mientras las pertenecías, políticas, religiosas, étnicas o culturales sirvan para diferenciar, ofender, ser ofendido, atacar, o ser atacado, el único debate que ese me alcanza es: ¿que mierda pinta esta raya aquí?.