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sábado, 16 de mayo de 2020

Las miserias humanas (VIII): Tendencias médicas


Ya antes de la pandemia existía un profundo debate entre médicos a propósito de cómo enfrentarse a la enfermedad, a cualquier enfermedad. Frente a la medicina clásica, la que trata la enfermedad en curso, la evolución de los conocimientos médicos puso en marcha la medicina preventiva. Esa medicina, más bien esas prácticas médicas, que permitía anticiparse al riesgo cierto de sufrir determinadas enfermedades antes de que estas pudieran desarrollarse. Los mayores emblemas de esta medicina podrían ser las vacunas y la creación de ciertos hábitos alimentarios en base a evitar dolencias futuras.
Pero aunque la medicina preventiva tiene sus detractores, sus polémicas abiertas en cuanto a que ha generado conductas de tipo moral, una parte de la medicina ha dado una vuelta de tuerca más con la medicina anticipativa, medicina que algunos no dudan en asociar a unas motivaciones económicas. La medicina anticipativa es aquella que intenta anticipar, mediante tratamientos, enfermedades que seguramente nunca se desarrollarían. Tratamientos que en muchos casos generan o favorecen, con sus efectos secundarios, dolencias producidas por la reacción al tratamiento de la enfermedad anticipativamente tratada.
Existe, incluso, un movimiento médico contra esta forma de practicar la medicina y sus consecuencias, representado por una frase: “Primum non nocere”, primero no hacer daño. Antes de intentar sanar, no perjudicar.
Yo tengo la sensación de que en la forma de afrontar la pandemia ha habido algo de estas tres corrientes médicas, algo de tradicional, algo de preventivo y mucho de anticipativo.
Sin duda se ha practicado la medicina clásica mediante el trabajo inabarcable de los sanitarios en lucha diaria con los infectados que desarrollaban la enfermedad. Su combate, sin los medios adecuados, sin los medios prometidos, sin los medios que día a día se decía a la población que iban a llegar y nunca llegaban, ha sido, seguramente, una de las más grandes gestas médicas de la historia.
Pero también se ha practicado la medicina preventiva, la distancia social, la higiene personal y la renuncia a ejercer derechos individuales consolidados en favor de una expansión más lenta, son sin duda medidas características de una aplicación preventiva de los conocimientos médicos.
Pero, para mí, la reclusión total que hemos sufrido en España, es más propia de una medicina anticipativa, que de una medicina preventiva. Lo es en su forma de enfocarse y lo es en el resultado al que nos enfrentamos tras varias semanas de aislamiento anticipativo.
Hemos encerrado a todos, los que estaban infectados y los que no, los que desarrollaban la enfermedad y los asintomáticos, todos conjuntamente separados sin saber ni cuál era su  situación respecto al contagio, ni cuales iban a ser las consecuencias de ese enclaustramiento.  Las consecuencias médicas, porque las sociales, las económicas y las anímicas estaban bastante claras desde el principio.
El problema es que da la impresión de que el grupo INCOGNITO, ese de asesores secretos del gobierno, no sabe cómo acabar con esta situación y asumir que estamos prácticamente en la casilla de salida. Como explicarle a la población, a los ciudadanos, que el tiempo pasado en confinamiento solo ha servido para retrasar el inevitable choque con la enfermedad, que tiene que producirse antes o después para que la inmunidad colectiva empiece a desarrollarse. Es verdad que no es tiempo perdido, que es tiempo que ha servido para mejorar las infraestructuras, para fortalecer los equipamientos, pero es que esa era una obligación de los administradores anterior a esta enfermedad, a enfermedades pasadas y a las futuras enfermedades que ya nos acechan.
Porque con el 5% de infectados, estamos donde estábamos hace casi tres meses, pero con algo más de músculo sanitario. Nos quedan por delante momentos muy duros, ojalá me equivoque, pero como no nos acaban de contar las cosas como son, como siguen tratándonos como a incapaces e incompetentes (piensa el ladrón que todos son de su condición), nos han dejado con el miedo metido en el cuerpo y sin la información imprescindible para poder administrarlo. Nos toca convivir con el bicho en un ejercicio imprescindible de exquisitez social, y seguir encerrados no es una opción viable. Tendremos que ser tacaños con nuestros afectos y ocios, pero no vivir de espaldas a ellos. Y todo eso nos lo tendrían que contar asumiendo la responsabilidad que por su gestión les corresponde, pero no lo verán nuestros ojos.

Hemos empezado esta reintegración paulatina a nuestra vida cotidiana demonizando a todo aquel que atente contra nuestro miedo, a los que no respeten las reglas que creemos que nos dan seguridad. Entiendo y comparto la preocupación y el rechazo hacia cualquier persona que aumente con su actitud el riesgo de contagio. El miedo es libre, y como manifestación de tal supongo las actitudes intransigentes de unos e inconscientes de otros, pero la educación es una carencia que tampoco podemos permitirnos porque esa educación es la que nos lleva a actitudes tan nocivas como el virus. El confinamiento ha sido excesivo porque, en contra de países como Suecia, Alemania, Portugal... que han hecho un confinamiento más permeable, ha impedido que montemos una base para una inmunidad de rebaño (término técnico), que hoy por hoy sería la única defensa accesible. Esta falta de inmunidad colectiva nos pone en riesgo de sufrir rebrotes de tanta intensidad como este primer brote, pero el miedo no nos puede dejar encerrados hasta dentro de meses, o años (recuerdo que aún no existe una vacuna real contra el VIH). Los dos grandes peligros a los que nos enfrentamos a día de hoy son el virus y su utilización política, esa si que es una pandemia, y los insultos pertenecen más a la segunda que al primero. NI la derecha, ni la izquierda, ni ninguna ideología tienen en sus manos la solución a la enfermedad, pero sí, y la usan, la capacidad de enfrentar a la mitad de la población con la otra mitad.
Posiblemente el detonante de tanta decisión tomada tarde, o mal, o tarde y mal, ha sido el encontrarnos con un sistema sanitario real, deficitario en medios e infraestructuras, frente a un sistema sanitario idealizado por su compromiso, el de los profesionales, por su preparación, la de los profesionales, y por su sentido universalista, hasta más allá de lo razonable para igualar recursos y prestaciones.
Ahora unos políticos dirán que la culpa es de los otros, y los otros dirán que la culpa es de los unos. Yo diré, como dice el dicho: “entre todos la mataron y ella sola se murió”. La situación de nuestro envidiado, y en tiempos envidiable, sistema sanitario, del que solo rescato al personal, no es un problema de responsables, si no de irresponsables. No es un problema estético-ideológico, es un problema de presupuestos e interés. Es un problema de lenguaje y de mediocres designados para su gestión.
Saldremos de esta, no nos queda más remedio, pero nuestro gran fracaso será que saldremos manteniendo a una clase política, mediocre, ineficaz y mentirosa. Así, sin medias tintas y sin salvar a ninguno.

sábado, 9 de mayo de 2020

Las miserias humanas (IX): el futuro


Es un dicho lleno de sabiduría ese que sostiene que a veces el árbol no deja ver el bosque. Me temo que una de nuestras mayores miserias en esta crisis, que solo podremos observar pasado el tiempo, es que de tanto atisbar para ver cómo será el futuro se nos ha pasado reflexionar sobre el futuro que, a nuestras espaldas, nos están construyendo.
Habrá a quién le guste la perspectiva, a quién le guste el modelo, quién se sienta beneficiario de ese proyecto y lo aplauda, pero me temo que la mayoría trabaja a favor de esa nueva normalidad sin pararse a pensar en que está ayudando a un sistema absolutamente contrario a sus valores.
Hemos pasado por este confinamiento tan enfrascados en darle la razón hasta la irracionalidad a unos y denigrar hasta el insulto a otros, que, como ya viene siendo habitual, no hemos tenido tiempo de pararnos, reflexionar y tirar un tentáculo de inteligencia proyectado hacia las consecuencias que el hoy real va a tener en el mañana planificado.
Hay quién, seguramente con mucha razón, ha llegado a hablar de cambio de paradigma. Hay quién se erige en defensor de la sanidad, otros de la economía, otros de la gestión, y todos, todos hablamos desde el miedo, desde un terror a causa del que pagamos nuestra supuesta seguridad en derechos, en libertades, llegando a exigir que el precio sea aún mayor para sentirnos a salvo.
Hablamos por boca de organismos incontrolables, nacionales, internacionales,, sospechosos muchas veces en sus actuaciones, pero olvidamos todo recato en aplaudirles si lo que declaran apoya lo que aquellos que consideramos los nuestros dicen. Sin reparar en el precio, sin reparar en la enormidad de la pérdida, sin reparar en que ayer decían lo contrario y también les aplaudíamos. Sin reparar en que hay otros tantos, igual de sospechosos, igual de inconsistentes, que dicen lo contrario.
Nuestro futuro, apuntado por nuestro presente, apuntalado por nuestro pánico, es un futuro entregado a las grandes corporaciones, a las farmacéuticas que nos curen, a las químicas que nos alimenten, a las energéticas que nos proporcionen confort y a las tecnológicas que nos construyan un mundo mejor.
¿Mejor para quién?
¿Quién, habiendo renunciado a sus derechos, habiendo pagado con sus derechos, confort, salud, alimento  y control, podrá tener acceso a reclamar equidad, justicia, libertad?
¿Quién, llegado el momento de necesitar un tratamiento pionero, inaccesible salvo para unos pocos, podrá reclamar la equidad que ahora está entregando por miedo?
¿Quién, llegado el momento de escasez de alimentos sanos y naturales, podrá reclamar la libertad de elegir un productor ya inexistente, o tan selecto que solo cierto privilegiados podrán alcanzar?
¿Quién ante la escasez, real o inducida, de tierras libres, de agua, de aire o de energía, y su acaparación por quienes pueden, se atreverá a solicitar la justicia a la que ha renunciado encerrado en su minúsculo pánico?
Un mundo mejor donde todo sea posible, pero solo para quién pueda pagarlo, para quienes en los tiempos de miedo ciego han aprovechado para constituirse en propietarios únicos de lo que es de todos.
Hay tantas distopías, tanta literatura que intenta, que ha intentado, avisarnos sobre los perversos caminos que el poder real utiliza para perpetuarse, que no podemos alegar que nadie nos había avisado.
Pero el miedo manda. No un miedo natural y constructivo. No un miedo que nos obligue a la precaución. No, un terror pánico que nos hace refugiarnos en lo más profundo de nosotros mismos, de nuestra comunidad, de nuestro pueblo, de nuestra casa, de nuestra piel, y que hace peligroso todo lo que intente acercarse a nuestra zona de ensimismamiento, de ceguera histérica y egoísta, histéricamente egoísta.
Parece ser, es, que hemos cambiado economía y salud por tiempo. Que solo hemos ganado tiempo dejándonos en el empeño una parte irrecuperable de nuestra vida. El tiempo, no ese que hemos ganado, si no ese que no nos permite ver nuestro miedo actual, nos pondrá en nuestro sitio, aunque entonces ya será tarde para demandar lo que hayamos cobardemente regalado.

viernes, 10 de abril de 2020

Miserias Humanas(II): Los madrileños

Las miserias humanas están a veces ocultas, pero tan superficialmente que cualquier hecho, fortuito o excepcional, hace que afloren. Y eso es lo que está sucediendo, que tras todos los cantos a la solidaridad, tras todos los aplausos y las actitudes de compromiso, por la puerta de atrás, a la chita callando, callando porque en un clima de alabanza interesada y de necesidad de reforzar la moral hay que acallarlas, muchas de las más miserables miserias de los hombres van sacando la cabeza y demostrando cuanto tenemos que mejorar, como sociedad y como individuos.
Sé que en medio del subidón de autoestima de la mayoría que esta situación está provocando, mis palabras van a resultar incómodas, discordantes, chirriantes, pero alguien tiene que decirlas.
Este virus tiene muchas caras, y algunas, la mayoría son muy feas. Tal vez la cara más fea sea la de la muerte, tampoco la de la enfermedad es una cara agradable, pero no son las únicas, solo, posiblemente, las peores, pero hay otras que conviene que no dejemos de mirar de frente porque reflejan cosas de nosotros que procuramos evitar darnos por enterados de que existen.
Una de las mayores miserias que he observado en esta crisis es la xenofobia. Pero no una xenofobia hacia lo desconocido, hacia lo lejano, hacia lo extraño, no, una xenofobia hacia lo cercano, hacia lo circundante, hacia lo perimétrico, hacia, casi, lo propio.
Hemos recuperado, de los episodios más oscuros de nuestra historia, la figura de los delatores, de aquellos que, por la motivación que sea, en este caso miedo, se creen con derecho a juzgar a todo aquel cuyo comportamiento no sea el que ellos creen correcto. Personas que instaladas en un falso sentido de solidaridad se sienten capacitadas para juzgar y condenar, en un único y unívoco acto, la conducta de los demás.
Pero la policía de balcón no ha sido el único acto de este tipo, ni siquiera el más difundido o evidente, hay un acto de xenofobia aún más evidente, aún más doloso, aún más lamentable, porque además de producirse ha sido difundido y jaleado desde los medios masivos de comunicación, el llamado fenómeno de los “madrileños”, un acto de xenofobia en el que incurren incluso muchos luchadores contra la xenofobia lejana y que por ello se sienten justificados, o libres de culpa, al practicar esta xenofobia de proximidad.
El miedo es libre, y esa capacidad lleva a torcer conductas intachables, intachables hasta ese momento. Y ese mismo miedo que lleva a unos a practicar la insolidaridad de desplazarse indebidamente buscando lugares donde el riesgo sea menor, es el que lleva a otros a considerar  que esos vecinos con los que han compartido veranos, fiestas, ventas en sus negocios, o, incluso, cañas en el bar, son ahora unos tipos peligrosos a los que insultar y denunciar. No importa si su derecho individual les permite elegir el lugar en el que pasar su cuarentena, siempre y cuando la respeten estrictamente, un autoproclamado derecho colectivo los señala como seres extraños y peligrosos para nuestra, falta de, convivencia.
Como toda etiqueta colectiva, esa de “los madrileños”, no solo es injusta, es terriblemente xenófoba, es una forma de etiquetar a los otros, a los que no son estos, a los de fuera. O sea, xenófoba se coja por donde se coja.
Otra cosa sería que no respetaran el confinamiento, que para eso están las autoridades, y pusieran en peligro al resto de la población, pero en ese caso no serían distintos de cualquier otro del pueblo que tuviera esa misma conducta, claro que entonces no sería un “madrileño”. Sería simplemente un insolidario.
Yo supongo que los alcaldes, las comunidades autónomas que ahora se sienten agredidas por su presencia, perdonarán el IBI y otros impuestos de esas viviendas de “madrileños” que no han ido a ocuparlas, en compensación y reconocimiento a su comportamiento ajeno al pueblo, a la ciudad o la urbanización. ¿O eso no?
Uno de los grandes problemas de la xenofobia es que el que la siente, el que la practica, siempre cree tener razones suficientes para hacerlo. Pero no siempre es cierto.
Siempre, siempre, al otro lado de la xenofobia, existe una frontera, la puerta de un portal, el cartel de carretera que indica el principio o el final de un pueblo, una bandera, o un miedo, la triste realidad de una miseria que, oculta en lo más profundo de nuestras entrañas, espera su oportunidad para asomar su fea cabeza. En este caso es una de las feas caras de un virus, en otros un viaje en patera, o un salto en una valla, o un acento, o un idioma, o el color de la piel. Siempre hay algo que justifica que lo otro es lo extraño, lo peligroso, a lo que hay que atacar para defenderse.
Par mí solo hay dos tipo de personas ante esta emergencia, los que respetan las normas y los que no las respetan, y en ninguno de ambos casos es mi responsabilidad señalarlos o juzgarlos. Para mí, claro.

sábado, 14 de marzo de 2020

Virus fora


Solo los médicos saben lo que los demás quisiéramos entender. Solo los virólogos, los epidemiólogos, tienen capacidad de entender lo que todos quisiéramos saber. Y la ignorancia y la ansiedad son magníficos abonos para que crezca el miedo. Un miedo con un alto componente de irracionalidad, con un toque de desconfianza y algo de desinformación.
Es habitual en España copiar las medidas de otros países, que no siempre tienen que ser eficaces en el nuestro. Sucede con leyes que aprobamos porque han dado resultado en Francia, en Alemania, o en la Conchinchina, famoso territorio que está más allá de cualquier otro territorio que se nos pueda ocurrir, y que una vez promulgadas se muestran ineficaces o incluso contraproducentes.
Tampoco el Coronavirus de nuestras entretelas y contagios ha cambiado esta forma de actuar, pero no reparamos, quienes deben no reparan, en que los españoles tenemos nuestra propia idiosincrasia, y que ciertas medidas tomadas en otros lugares no tienen por qué funcionar en nuestro país aplicadas de la misma forma y en los mismos tiempos. Y estoy pensando en la inconveniencia de anunciar medidas restrictivas con antelación que producen pánico e invitan, inadecuadamente, a las medidas defensivas.
Yo entiendo perfectamente, aunque no comparta totalmente, la actuación de las personas que le anuncian que viene un tsunami a la zona en la que vive y lo primero que hace es coger un medio de transporte y alejarse de la “zona de riesgo”. Normal. Tal vez lo que ha pasado es que la medida, sin duda necesaria, debería de haberse tomado sin aviso previo y con una desdramatización mayor. Con una información más detallada y comprensible.
Porque todo lo que puede costar la vida a alguien es dramático, pero según como se comunique, según como se divulgue, ese dramatismo se convierte en el indeseado pánico histérico que obstaculiza las posibles medidas necesarias. O, lo que es peor, la asunción de la población de esas medidas como necesarias. Y esa falta de asunción lleva a los comportamientos inadecuados que todos vemos.
Intentemos analizar las informaciones que pueden dar lugar a equívocos entre una parte de la población y a las consideraciones que suponen:
-        El coronavirus es un virus mortal. Claro. Todos hemos visto las estadísticas y los muertos producidos. Pero nadie consigue que la gente entienda, aunque se ha dicho, que no es más mortal que la gripe, o el sarampión, o la mayoría de los otros virus con los que compartimos nuestra vida diaria. Pero difiere de ellas en los recursos inmunológicos de los que disponemos y en el tiempo de expansión.
-        El año pasado la gripe causó en España 525.300 casos y 6.300 muertos, cosa que, salvo catástrofe, no producirá el coronavirus.
-         Entonces no hay de qué preocuparse. Sí, sí que hay de qué preocuparse. Los humanos necesitamos desarrollar defensas colectivas que nos inmunicen contra los ataques externos que podamos sufrir, lo que los médicos conocen como inmunidad de grupo, y que necesitan de un tiempo para desarrollarse.
-        Hay que intentar, por todos los medios, que el contagio no sea incontrolado porque necesitamos tiempo y espacio para evitar muertes innecesarias. Tiempo para desarrollar, tanto naturalmente como mediante la investigación, la inmunidad necesaria que haga al coronavirus otro virus más, y no uno especial, y espacio en los recursos sanitarios de emergencia para que puedan atender a la población de riesgo que resulte contagiada.
-        El objetivo es no contagiarse. Es cierto, pero no totalmente cierto. Como en toda enfermedad el objetivo primario es no tener esa enfermedad, pero en el caso de las infecciones víricas esa pretensión es casi una ficción, casi todos pasamos por el trance de alojar a los bichitos en nuestro cuerpo, a veces sin siquiera desarrollar síntomas, por lo que el objetivo real en este momento es no contagiarse ahora y no contagiar a otros.
-        Si desarrollas la enfermedad y la superas, todo se ha acabado. No está claro, porque hay informes de China en los que se habla de recaídas en pacientes ya dados de alta. Pero no sabemos cuál es la fiabilidad de esos informes.
-        Hay remedios caseros que inmunizan contra la enfermedad. Falso. Solo podemos confiar en el uso sistematizado de productos que los médicos consideren fiables, el resto es una suerte de mancia médica que solo puede conducir al tratamiento inadecuado de la enfermedad, tratamiento inadecuado que el mejor de los casos será simplemente inútil.
-        Los de fuera traen la enfermedad. Cierto y falso. La xenofobia es una enfermedad mental que solo puede ampararse en la ignorancia y en la irracionalidad. Los contagios no son lineales, ni radiales, ni de ninguna otra figura geométrica reconocible. El virus ya puede estar en ciertos ámbitos sin haberse todavía manifestado. Otra cosa es que el movimiento incontrolado de personas aumenta el riesgo de expansión, si no se respetan el aislamiento y cuidados aconsejados.

Pero, tal como apuntaba al principio de estas letras, estamos tan obsesionados mirando lo que hacen los demás, que medidas toman, con qué tiempos, que nos olvidamos de mirar hacia nosotros mismos y evaluar con que armas contamos y que debilidades tenemos
Estas son las características peculiares con las que la crisis se afronta en España, y no todas son malas:
-          El gobierno no ha cultivado la confianza de todos los ciudadanos con lo que su veracidad en cualquier tema está mermada, sin olvidar su debilidad y tendencia al fraccionamiento en las decisiones importantes. La última torpeza de la manifestación del 8 de marzo no ha contribuido, precisamente, a mejorar esta situación.
-          Los medios de comunicación hacen la guerra por su cuenta y con el sesgo de algunas de sus informaciones están haciendo un llamamiento a la población más cerril para que puedan surgir brotes de xenofobia.
-          A algunos, que vienen de un largo periplo de visión ideológica y frentista, en los dos lados, les cuesta desprenderse de esa perversa visión a la hora de enfrentarse a un problema sin ideología, y no contribuyen precisamente a crear el clima necesario de solidaridad
-          El virus se enfrenta en este país a uno de los sistemas sanitarios más fuertes y preparados del mundo, y eso, que hemos construido entre todos a lo largo de los últimos años, tiene que ser nuestra fortaleza y nuestra confianza.
-          Si bien los españoles somos bastante indisciplinados, la historia nos demuestra que, cuando llaman a rebato, pocos pueblos hay más solidarios, más creativos y más colaboradores que el pueblo español. La sanidad privada ya se ha puesto a disposición de la pública y la industria hotelera ha ofrecido su infraestructura para complementar la necesidad de camas e instalaciones. Y estamos hablando de la confluencia de tres sectores que se encuentran entre los mejores del mundo en su ámbito.

Habrá quienes quieran aprovechar estos momentos, no hay más que asomarse a las redes sociales, para intentar rentabilizar las posturas a favor o en contra del gobierno, de la oposición, o del sistema político, me parece una actitud torpe, miope, casi rayana en lo miserable. Ahora mismo, en la situación actual, el gobierno es mi gobierno y nos caiga más simpático o más antipático, nos parezca más o menos eficaz, es el único órgano con potestad suficiente para coordinar las acciones a tomar, y ojalá esté inspirado y bien asesorado para dirigirnos a todos con el menor coste en vidas y bienestar posibles. No hay otra. La oposición ya se ha puesto a su lado y es lo que toca.

Tampoco debemos de olvidar, sin dejar de alabar la función de los sanitarios de primera fila, el tremendo trabajo que están realizando esa segunda fila poco conocida de operadores de servicios de emergencia, de médicos de apoyo en despachos y teléfonos de consulta que no por no estar de cara al público son menos importantes para garantizar nuestra salud, los conductores de ambulancias, los farmacéuticos, los operarios de servicios urgentes e imprescindibles, los empleados de alimentación… todos aquellos que sin que se aprecie su trabajo evitan que nuestro mundo, la calidad de nuestra vida, entre en colapso.
Estoy convencido, absolutamente convencido, y la historia lo refrenda, que saldremos de esta crisis con mejores números de los previstos, con la satisfacción de haber actuado por encima de las expectativas, y la absoluta predisposición a volver a ser un pueblo alegre, festivo e indisciplinado, o sea, españoles.

Desde mi casa, a 14 de marzo del 2020