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sábado, 3 de diciembre de 2022

SI NON E VERO

Siempre hemos sabido que tras una huelga hay, en un gran porcentaje, una intencionalidad política que nada tiene   que ver con los fines declarados, y esa misma sospecha existe respecto a algunas cosas que están sucediendo en la comunidad de Madrid, utilizando como reos, y víctimas, a los ciudadanos de la comunidad.

Es posible, no puedo afirmar lo contrario ya que no me muevo en los terrenos fanáticos de ninguna de las facciones en conflicto, que haya personas en ese movimiento que actúan con la buena fe de reivindicar carencias evidentes en la sanidad de la comunidad; deficiencias que, por otra parte, no son muy diferentes de las de otras muchas comunidades, regidas, estas, por afines y no afines ideológicamente, a la comunidad madrileña, y que no son reos del ataque sindicalista de Madrid.

Ya lo digo, es posible, casi seguro, pero lo que no sé es si esos médicos son tan reos de los manejos políticos que se adivinan en el fondo del movimiento, como los ciudadanos mismos, y si, éticamente, esta actitud es tolerable. Parece ser que la consecución del poder todo lo tolera.

Pues eso, que ahora llegan los famosos audios y revelan una intencionalidad puramente saboteadora de la convivencia que, no sé si estaba en la mente de los convocantes, o en la de los que siguen las consignas, o en la de los que se han unido convencidos de las reivindicaciones formuladas, pero que, a los que llevamos observando el desigual tratamiento de la sanidad en las distintas comunidades, sin importar la situación existente, desde una postura neutral, a los que asistimos a una confrontación ideológica entre la presidenta de la Comunidad de Madrid y el Presidente del Gobierno, en términos difícilmente defendibles desde un punto de vista ético, y no perdemos de vista que las elecciones están a la vuelta de la esquina, la motivación puramente ideológica de ciertos convocantes de esta huelga, nos parece, como mínimo, veraz, o como dice el dicho: “si non e vero, e ben trovato”.

Y es que en este mundo político, de enconos ideológicos, en los que el ciudadano no es más que el argumento, pero nunca el sujeto real de las preocupaciones, en el que los sindicatos políticos actúan como la famosa marquesa de la canción, que organizaba una fiesta en la que se cometían toda clase de desmanes, eso sí, a beneficio de los huérfanos y los pobres de la capital, realizando movilizaciones, planteando reivindicaciones, a beneficio de las gentes no afiliadas, pero en las que subyace una lucha por el poder a la que están supeditados todos sus planteamientos, y, por supuesto, cuidando muy bien de decirles a sus patrocinados, los que ellos declaran sus patrocinados, lo que deben de querer, sin molestarse en preguntarles lo que realmente necesitan, nada es verdad, ni es mentira, todo depende del color de la ética con la que se mira.

Sí, me parece perfectamente plausible que los que manejan el cotarro de las movilizaciones médicas, curiosamente afines a movimientos de izquierda, más proclives a los objetivos políticos que a los profesionales, estén moviendo el avispero de cara a las próximas elecciones.

¿Quiere esto decir que las reivindicaciones no son justas? No ¿Qué no son necesarias? No ¿Qué no son convenientes? No. Seguramente las reivindicaciones argumentadas son justas, convenientes y necesarias, pero la mentira subyacente con la que se plantean, la falta de verdad y rigor del planteamiento, la negativa a lograr soluciones en aras de un desgaste político que favorezca sus pretensiones de poder, las mancha, las degrada, las hace sospechosas, y puede provocar en los votantes el efecto contrario.

Si todo poder es sospechoso, que lo es, y la posición lógicamente democrática de cualquier ciudadano es ejercer la oposición a quién detenta el poder, por pura salubridad ciudadana, ser reo de una lucha entre dos poderes invalida siempre al agresor, invalida siempre al que, en función de una ética parcial, considera que se puede mentir, ocultar, desvirtuar y utilizar los hechos y a las gentes, con el objetivo de conseguir una posición preponderante, en la que, vistos los resultados, se considerará respaldado para seguir utilizando esos mismos métodos, eso sí, a beneficio del pueblo y sin que el pueblo lo sepa.

“Si non e vero, e ben trovato”, es una de las frases más demoledoras para la ética y la democracia, porque lo que nos viene a decir es que no hay nada en lo que pueda creerse con firmeza; no hay nada solido y veraz a lo que agarrarse para sostener los principios, nada en lo que se pueda confiar tal como nos lo cuentan. Y la mentira, la falta de credibilidad, la desconfianza, son arietes imparables para demoler la convivencia.

Puede que estemos en una campaña electoral soterrada y ventajista, populista, para apropiarse de las necesidades reales como instrumentos de ataque a una opción política concreta, y si esto es así, si se consideran por encima del bien y del mal, y con derecho a manchar todo lo que les rodea, va siendo hora de decir basta, va siendo hora de, como decía la canción de Quilapayún: “llegó el comandante y mandó a parar”.

Y llegados a este punto, punto de falsedad y desconfianza, me pregunto, desde la más pura desconfianza,  si la indefensión fiscal que están sufriendo las pequeñas empresas en Madrid, no sé si en otros lugares, que las sume en la impotencia y la ruina, víctimas de una ferocidad fiscal sin interlocución, sin defensa, sin esperanza, no pertenecerá también a una campaña de acoso político, para lograr unos números de fracaso empresarial que invaliden los logros de la facción en el poder autonómico. Desgraciadamente, y mirando el entorno, también en este caso, “si non e vero, e ben trovato”.

sábado, 26 de noviembre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXVII)- LA POLÍTICA CUÁNTICA

No estoy muy seguro de si se puede hablar de política cuántica, una política en la que la realidad depende de que exista un observador empeñado en su formación, es más, que varíe según el observador al que se somete, pero esta sería la única explicación para poder darle algún sentido a lo que estamos viviendo. La realidad que percibo a mi alrededor, una realidad desmotivada, desmoralizada, resignada y resabiada, que cada día está más lejos de esa otra realidad, que se vive en un parlamento ensimismado,  y que se demuestra insensible al clamor mayoritario, y a su obligación de darle voz y representarlo.

Un gobierno que vive en el disparate diario, en una huida hacia ningún sitio concreto que no sea su propia supervivencia, sostenido, en sus peores momentos, por una oposición empeñada en un disparate que hace desconfiar de su utilidad como alternativa, y por unas minorías que van, clara y declaradamente, en contra del sentir mayoritario de la sociedad.

Un disparatado dictadorzuelo decimonónico empeñado en el genocidio de todo un país, que ambiciona, por no plegarse  a sus deseos de expansión y gloria, ante la mirada, cómplice como solo pueden ser las miradas, de la escena internacional, más preocupada de su estrategia geopolítica, de  disponer de un campo práctico de pruebas para su industria armamentística y de amagar pero no dar, que de evitar una inaceptable avalancha de muertes y sufrimiento de personas que han tenido la desgracia de vivir en un campo de prácticas y ambiciones.

Una situación económica agravada por políticas fiscales populistas a las que nada les importa el daño que causan, o la indefensión que provocan.

Una sociedad desquiciada por leyes que transgreden y erizan la convivencia.

Una deriva social que avoca a un futuro tenebroso, a una distopía de tal calibre que se agradece la propia caducidad por no llegar a conocerlo.

Yo entiendo, ética aparte, conciencia a un lado, que todos vivimos en entornos que tienen una carga emocional determinada, y que la visión que de esa realidad cuántica, esa que antes dependía del color del cristal, y ahora se conforma según el observador, en la que vivimos obedece en parte a nuestras propias convicciones, pero ni entendiendo esto me parece tolerable que la política y la calle vivan en realidades diferentes.

Cuando a un problema social se le da una carga ideológica, no se soluciona el problema, se agrava, tal como demuestra el repunte machista que ponen de manifiesto las encuestas y que se da principalmente entre los jóvenes, porque pasa de ser un problema de conciencia a ser un motivo de enfrentamiento, porque el problema queda soslayado por el posicionamiento político contrario, porque el argumento pasa de ser racional a ser emocional. Si además se intentan poner en marcha iniciativas populistas, encima mal desarrolladas, las consecuencias son intolerables: retroceso de lo conseguido hasta el momento, delincuentes en la calle, y mentiras. Siempre mentiras, siempre la exhibición del chivo expiatorio como una explicación de un fracaso.

La ley del “si es si” es el mayor escándalo legislativo de este país desde la ley de vagos y maleantes del franquismo, y su única consecuencia percibible, de momento, es la rebaja de penas, cuando no la excarcelación irreversible, para delincuentes  socialmente intolerables, peligrosos, alarmantes. Ni siquiera el disparate argumentativo de cierta oposición puede enmascarar que la única salida de los responsables, si tuvieran un mínimo de ética, un mínimo de decencia democrática, sería la dimisión, pero en la realidad cuántica de los políticos, la responsabilidad es de otros, y lo importante es lo que se proclama, y no las consecuencias evidentes de su aplicación. El clamor popular está equivocado, es fascista, y solo la pureza argumentativa de una minoría iluminada puede salvar el futuro de las mujeres, de las mujeres que sobrevivan a los violadores en la calle, que sobrevivan a una violencia de género alimentada por el populismo de quienes dicen combatirla.

No voy a entrar en la rabia que percibo a mi alrededor cuando se habla del delito de sedición, no por la reforma, si no por la forma, por los impulsores, por el entreguismo que supone, agravada, la rabia, la desmoralización, por ver a Bildu imponer condiciones a un gobierno que debería representar a ciudadanos cuya realidad cuántica en nada se parece a la que se va formando medida tras medida, ley tras ley, agravio tras agravio.

Tampoco voy a entrar en la desidia popular que produce la verdad alternativa permanente, la incapacidad de dar veracidad a nada de lo que se oye, el hastío por un “relato” permanente de una visión cuántica divergente de la percibida en la calle, en el hartazgo desmoralizado de quienes se sienten impotentes ante una deriva que se escapa a su entendimiento, a sus esperanzas, a su ansia de convivencia y progreso.

Ni siquiera, hoy, voy a tocar los estragos que entre la pequeña y muy pequeña empresa está produciendo una política fiscal feroz, inmisericorde, cuyo afán recaudatorio es más propio de una bolera, que de un estado pretendidamente democrático, y a la que la sonrisa del presidente del gobierno, y sus ministros, en sus comparecencias públicas, no le parece muy diferente a la del “Joker”.

Ni mucho menos, ¿para qué?, voy a intentar entender la realidad cuántica de una oposición que oscila entre el “dontancredismo” de una parte y los exabruptos de otra.

La brillante, y exacta, frase definitoria de lo que es democracia, pronunciada por Felipe González recientemente -"En democracia, la verdad es lo que los ciudadanos creen que es verdad"- contrasta frontalmente con la práctica cotidiana de un parlamento, nada representativo, que considera que la verdad es lo que ellos consigan hacer creer, aún en contra de lo que creen los ciudadanos, es decir, la verdad que la política cuántica les presente, a los representados, como hechos consumados.

Empezando porque la mayoría real, matemáticamente constatable, no es la representada en el parlamento, mayoría que las leyes sabotean en beneficio de las ideologías y los territorios, y siguiendo porque una mayoría, minoritaria a efectos de cuentas contantes y sonantes, conformada por la suma de las pretensiones de minorías contrarias al sentir mayoritario, nunca pueden producir una política asumible por esa mayoría, que no se siente representada, escuchada, a veces, ni siquiera, concernida por una realidad cuántica que emana de un discurso mentiroso, la democracia cuántica en la que vivimos, se parece poco a una democracia real, ni formal.

En este diálogo entre dos personajes de la obra “Palabras Radiantes” de Brandon Sanderson, se aprecia algo de lo expuesto:

-          “¿Qué es una pata? Depende de tu definición. Sin un punto de vista, no existe una pata, ni una mesa. Solo es madera”

-          “Me dijiste que la mesa se percibe a sí misma”

-          “Porque la gente la ha considerado, durante mucho  tiempo, como una mesa. Para la mesa se vuelve la verdad, porque es la verdad que la gente creó para ella”.

Necesitamos, y con urgencia, una regeneración democrática, con políticos que estén más preocupados por la percepción popular que por su cuota de poder, con un parlamento que sea representativo de los ciudadanos, y no de ideologías que la mayor parte de ellos no profesa, ni comparte. Con unas leyes que permitan las mayorías reales, y no que nos condenen a minorías y populismos que favorecen los sentimientos antidemocráticos más profundos. Con una convivencia que favorezca el progreso, la libertad y la igualdad imprescindible, no el medraje de unos cuantos, la libertad que algunos consideren conceder, ni la desigual igualdad de enfervorizados activismos.

Sin duda, la teoría cuántica en la física es un hito del conocimiento, que ha revolucionado nuestra percepción de lo que nos rodea. Pero aplicada a la política es un fracaso de tal calibre, que puede emponzoñar irremediablemente nuestro futuro más inmediato, el de los nuestros.

viernes, 7 de enero de 2022

Los cuestionistas

Corría el año del señor de 1520, los españoles intentaban conquistar la capital de México mediante alianzas con tribus sojuzgadas, cuando un aliado inesperado, inesperado por los mexicanos que incluso ignoraban su existencia, inesperado por los españoles porque no contaban con él, vino en su ayuda, y allí se quedaría hasta 60 años después, hasta cuarenta millones de indígenas muertos después.

Mucho se ha hablado de los aguerridos descubridores españoles, que eran aguerridos, ciertamente, eran descubridores de lo desconocido por la civilización en la que habían nacido, sin duda, pero eran pocos y mal equipados para la colosal tarea que años, siglos, después podemos comprobar que acometieron. Pero no todos los que llegaron a América eran españoles. Por ser más exactos, no todos eran humanos, no todos ocupaban lugar en los barcos, o al menos, no todos estaban presentes en los manifiestos de embarque.

Virus desconocidos para los indios, tan desconocidos para ellos como lo era para nosotros el COVID en sus inicios, y posiblemente aún ahora, los virus de la viruela y el sarampión principalmente, se difundieron entre la población indígena creando una pandemia que, por duración en años y número de muertos, aún no ha sido superada por ninguna otra, ni siquiera por la peste negra, esta bacteriana, que asoló Europa y Asia, y que durante seis años mató al 50-60 % de la población a la que afectó.

Las pandemias, unas más mortíferas en el tiempo, otras más mortíferas en corto plazo, suelen ser el enfrentamiento del sistema inmune del ser humano con una afección para la que no está preparado, y eso ha sucedido, sucede y sucederá a lo largo de la historia. No olvidemos que, ya literariamente hablando, los marcianos de la “Guerra de los Mundos”, que arrasan ejércitos y resistencias gracias su superioridad tecnológica, fracasan en su invasión porque su sistema inmune no es capaz de enfrentarse con eficacia a las afecciones terrestres, y mueren en sus naves mientras contemplaban su victoria militar. Las grandes potencias, sus estamentos militares, ni lo ignoran, ni lo olvidan.

Se ha establecido un falso debate, un debate interesado, un debate politizado, entre los que niegan el virus y los que consideran cualquier medida oficial a tomar contra el COVID como si fuera un mandato divino, entre negacionistas y oficialistas, pero tanto en un bando como en el otro trabajan con más mentiras que certezas, con más fe que razón, y así es difícil llegara a verdad alguna, ni siquiera parcial. Los negacionistas niegan, mire usted que cosa absurda, desde la existencia del virus, hasta la utilidad de la vacuna. Los oficialistas exigen, lo que es un disparate, desde el uso de la mascarilla en espacios abiertos, hasta el cierre de cualquier actividad, preferiblemente de ocio y nocturna, lo que huele a recorte de libertades, de tipo puritano, más que a ningún tipo de eficacia en la lucha contra la afección.

Desde los estamentos oficiales, sin ningún rigor, sin ninguna previsión de futuro, sin ningún conocimiento básico de los mecanismos del virus, se enfocó la lucha como una batalla de exterminio, como un duelo en OK corral, solo podía quedar uno, o el ser humano, o el virus, y en esa estrategia de terror, de enclaustramiento, en esa psicosis de batalla definitiva, se enmarcaron las vacunas. Y ahora, dos años después de la irrupción mortífera del virus, los oficialistas, aferrados a una estrategia que nunca debió de ser, aferrados a una mentira oficial que en ciertos momentos pudo tener alguna justificación, siguen planteando esta batalla sin vencedor posible , con una estrategia basada en la desaparición, en la imposible desaparición, del virus.

Ahora, cuando el negacionismo es absurdo, es inconsistente, es ridículo, el oficialismo se arroga el derecho a la verdad absoluta, a una verdad que, tal como está planteada, y llevada a su extremo, no puede desembocar más que en un desastre social y económico de dimensiones incalculables, y por si fuera poco el disparate, resulta que, con cierto fundamento estadístico, el negacionismo es de extrema derecha, y el oficialismo es progubernamental. Lo que en España lleva a la cómoda rutina silogista, al simplismo intelectual político-interesado de:

- Si cuestionas algo sobre el virus eres negacionista

- Si eres negacionista eres de extrema derecha

- Luego si cuestionas algo sobre el virus eres de extrema derecha.

Y así planteado supone tal empobrecimiento de la capacidad intelectual, ya mermada en general por ideologías y un sistema educativo deficiente, deficiente por interés, que cualquier debate sobre una cuestión de capital importancia se hace desde posiciones frentistas, irreductibles, nada constructivas, nada edificantes. Unos desde un negacionismo cerril, incapaz de asumir una realidad palmaria, el virus, el beneficio evidente de las vacunas, otros desde un terror ideologizado, incapaces de asumir las mentiras oficiales: el virus difícilmente se propaga en espacios abiertos, ni siquiera en el contacto físico casual de un saludo o un abrazo, salvo patología previa que lo haga de riesgo, el virus no se propaga por contacto, salvo que ese contacto sea reiterado y afecte a las zonas sensibles, el virus no ataca más por la noche, ni es especialmente furibundo con los que bailen o tomen copas, aunque no tomar ciertas precauciones pueda significar un riesgo de contagio.

El cierre del ocio nocturno, el toque de queda, no parecen otra cosa que medidas estéticas y puritanas. Si cierro los locales, fomento los descontroles de los botellones. Si impongo el toque de queda, fomento el descontrol de las fiestas privadas, favorezco a aquellos cuya forma de vida, cuya calidad de vida, les permite disponer de espacio no comunitario para sus actividades. En definitiva, son medidas coercitivas de dudosa eficacia respecto al virus, pero que no son dudosas respecto al cercenamiento de la libertad. Medidas estéticas que enmascaran la falta de acción política: inversión en personal y medios sanitarios, inversión en infraestructuras necesarias.

El virus no se va a erradicar, es ya parte de nosotros, al menos de la mayoría, y acabará siendo de todos, y ahora nos toca aprender a vivir con él, aprender, como lo hacemos con el virus de la gripe, con el del SIDA, con otros tantos, a tomar las precauciones evidentes de no querer estar enfermos, de no querer pasar un episodio incómodo que, si se complica, y siempre puede complicarse, como con la gripe, como con el SIDA, como con tantos otros, puede ser letal. Y las vacunas han sido fundamentales para lograr parar la capacidad mortífera del COVID, si tienen otros efectos perjudiciales, otras consecuencias indeseadas, solo el tiempo lo dirá, pero nos han permitido ganar, de principio, esas batallas, la del tiempo, la de la vida.

Pero eso no significa que tengamos que basar toda nuestra vida en el número de vacunas recibidas, como si de cicatrices de victorias se tratara. Hay ya quién habla de cuarta dosis mientras hay estudios rigurosos que cuestionan la eficacia de la tercera dosis, y hay opiniones autorizadas que intentan poner un poco de luz en tanta posición visceral, irracional, emitida desde posicionamientos que nada tienen que ver con la medicina, con la salud. Y mi actitud es escuchar a todos, es defender la salud y la libertad, es cuestionar desde una mentalidad no mediatizada por el terror, por la ideología, por la economía o por un cientifismo que invalida cualquier otro matiz, toda la información que me llega, y vivir. Seguir viviendo, seguir amando, seguir disfrutan do de lo que y de los que me rodean, sin ponerme en peligro, sin suponer un riesgo para los demás, pero sin caer en aspavientos, en mediocridades y en zarandajas de los que no se atreven, o no son capaces, de reconocer sus errores, que no por compartidos los hacen menos erróneos, de los que consideran que la vida de los demás es un riesgo para la suya propia.

Ahora solo queda, ya hay atisbos, variar el clima de terror que durante dos años se ha sembrado, se ha imbuido, se ha grabado a fuego en muchas gentes, que aún hay personas y estamentos empeñados en mantener, por otro de responsabilidad y precaución que es el que corresponde al momento actual y al devenir previsible, hasta la próxima pandemia, porque habrá otras, no les quepa la menor duda, y tal vez no tan lejanas.

Así que, sabiendo de antemano que mi opinión será considerada negacionista por los más oficialistas, y colaboracionista por los más negacionistas, he decidido declararme cuestionista. ¿Qué eso no existe? Por eso, precisamente por eso, ya va siendo hora de que exista.

sábado, 17 de julio de 2021

Cartas sin franqueo (XXXIX)- El sesgo

“Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales, que lavándose las  manos se desentienden y evaden, maldigo la poesía de quién no toma partido hasta mancharse”  Celaya dixit.

La pertenencia, en realidad el sesgo, es lo que hace que haya una parte dogmática de la sociedad que opina que los neutrales son todos aquellos que no se colocan en su posición intolerante, narcisista ideológicamente hablando, autocomplaciente, porque desde su atril dogmático-docente son absolutamente incapaces de asumir que haya mundo, ni razón, fuera de su mundo y de su razón, porque son absolutamente refractarios a la libertad de pensar fuera de las estructuras predeterminadas del pensamiento afín.

Y confunden la no alineación con la neutralidad. Y confunden la razón con su razón. Y confunden, porque no son capaces de cuestionar sus propias convicciones, paso inicial del librepensamiento, el dogma con la verdad, lo que los incapacita para intentar encontrar el resquicio de la razón ajena. Y confunden la neutralidad, o la equidistancia, culpable con la náusea que produce el dogmatismo. Y confunden la neutralidad  con el absoluto rechazo a las mentiras inamovibles que sustentan las ideologías.

“El centro, es aquel punto desde el que ningún experto puede equivocarse”. No lo digo yo, es una de las máximas del simbolismo y del libre pensamiento, y, desde luego, las ideologías no están en el centro, están sesgadas, tan sesgadas como las miradas de los que viven bajo las convicciones de sus razones.

Predican los sesgados, que el odio es patrimonio de los del sesgo contrario, y argumentan que los únicos odios reconocibles son los que se han producido sobre los regímenes de ideología contraria, y en esa ideología, como si todos fuéramos tontos, meten sin mesura ni empacho a todos aquellos que no pertenecen su forma sesgada de ver el mundo.

Así, unos consideran que todo lo que esté a la izquierda de la social democracia, en los casos más radicales incluyen a la social democracia misma, es extrema izquierda, los “social-comunistas”, mientras que los otros consideran que todos los que están a la derecha son “fascistas”. Tampoco es que argumenten mucho para demostrarlo. Tampoco es que les preocupe mucho argumentarlo, ni siquiera se plantean si hay argumentos. Tampoco es que cuando lo intentan pasen mucho más allá del panfleto o el eslogan proporcionado por los grandes pensadores de su sesgo. Y esa es una forma de detectarlos. Si en vez de proponer disponen, si en vez de exponer predican, si solo ven virtudes en lo propio y maldades en lo ajeno, no cabe duda, estamos ante los dogmáticos.

Lo habitual es argumentar sobre la perversidad ajena, usando como argumento irrebatible de su maldad intrínseca los muertos históricos, olvidándose de los propios, justificando los propios como si fueran muertos necesarios, muertos por su propia elección, por su culpa. Nadie muere por su culpa, ni siquiera los suicidas, en la mayor parte de las ocasiones. Y yo en temas de muerte soy muy simple. Si alguien mata a otro es un asesino, para empezar. Y a la hora de contar muertos trabajo en base 1, es decir, o hay cero muertos o hay muchos más muertos de los que yo soy capaz de tolerar.

Oí en una entrevista a un encumbrado “intelectual de izquierdas” como justificaba la superioridad moral de la izquierda, su progresía, con argumentos muy parecidos a los que en su momento oí usar a Blas Piñar para reclamar el inmovilismo de la extrema derecha, la convicción absoluta de la verdad propia. Porque la ceguera dogmática, la venda ideológica, el sesgo del pensamiento aupado en una columna de sabiduría y razón autoconcedidas, no permite más visión que la que el ideario marca como límite de lo permitido.

Yo no me desentiendo, ni evado, combato la mentira dogmática de las ideologías con todos los medios a mi alcance, y mi rechazo no es cultural, ni neutral, ni equidistante, ni tibio, es rabioso, es beligerante, y es extremadamente crítico con aquellos que se acunan en la autocomplacencia, mientras odian y siembran el odio, practican la intransigencia y miran hacia otro lado cuando las consecuencias de su sesgo se traducen en muertes, en muertos, de los que yo los considero corresponsables.

Las ideologías son un planteamiento plano del pensamiento, un planteamiento en un eje x-y, izquierda-derecha, que incapacita para transitar por el eje z del pensamiento libre, que incapacita para salirse de las dos dimensiones que niegan la tercera, porque no está descrita, ni siquiera prevista, por los que piensan por ellos.

Parafraseando a Celaya, desde la distancia técnica que nos separa: maldigo las ideologías concebidas como un arma de opresión contra los pueblos, maldigo a los que las defienden sin reparar en sus daños, ni reparar en sus duelos.

Lo triste, lo patético, lo irreparable, es comprobar como el mundo se mueve hacia un feudalismo tecnológico, hacia una opresión feroz en un ambiente falsamente libre, en el que las únicas preocupaciones de las ideologías son: su supervivencia por encima de valores y justicias, y el debate que determinará si la nueva aristocracia será económica o ideológica. Es triste ver día a día como las ideologías, y sus militantes, nos llevan de enfrentamiento en enfrentamiento, de mentira en mentira, de utopía en utopía, hacia un mundo distópico del que tardaremos mucho en poder salir, si es que llegamos a hacerlo. No sé si esa distopía se parecerá al 1984 de Orwell, o al Cuento de la Criada, pero ninguna de ellas me resulta admisible. Yo preferiría vivir en uno de los mundos ácratas, suavemente rurales, utópicos, que describe Ursula K. Leguin en sus novelas.

No quiero un mundo dominado por un estado administrado por un partido, no quiero vivir en un estado dominado por las grandes corporaciones, no quiero un mundo en el que unos cuantos determinan el grado de libertad, el grado de equidad, el grado de justicia que pueden tolerarse según las circunstancias y conveniencias de la élite gobernante. Quiero un mundo de ciudadanos, un mundo de libertad no administrada, de equidad homologable, de justicia asumida. Y eso no me lo permite, no me lo consiente, no me lo tolera ninguna ideología, cuerpos de moral impuesta y ajena a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, aunque las invoquen para vaciarlas de contenido.

Al final, amigo mío, el sesgo no es otra cosa que la incapacidad de ver los errores propios y las virtudes ajenas. O sea, la consecuencia inevitable de los dogmas. Y los dogmáticos son sus profetas.

domingo, 9 de mayo de 2021

Cartas sin franqueo (XXVIII)- La anti derecha

Me preguntabas no hace mucho, por qué en muchas ocasiones hablo de la anti derecha, y le niego la denominación de izquierda que ellos reclaman. Voy a intentar explicártelo, aunque desde un punto de vista no ideológico, puramente lógico, y ya lo de puramente da una idea de la futilidad de mi pretensión.

No tengo que recordarte de donde nace el término izquierda, cuyo origen de ubicuidad puramente circunstancial, da una idea de la fragilidad del concepto, ya que no puedo considerar que esas izquierdas originales tengan que ver nada con los que luego se apoderaron del término, finales de XIX, principios del XX, ni por asomo con los que ahora se autodenominan como tales.

En la revolución francesa, no existían los partidos políticos, ni siquiera la exclusividad de pertenencia a grupos de debate político, pero existían dos tendencias generales sobre la forma de desarrollar el nuevo estado, que se fueron denominando los aristócratas y, por el contrario, los patriotas, estos últimos más radicales, revolucionarios y violentos, y según los debates se sucedían fueron, por comodidad y afinidad, ubicándose según su inclinación, a un lado y otro del foro. Insisto, eran librepensadores, y su posición física no presuponía su adhesión inquebrantable o su disciplina de voto, hacia ninguna idea a debatir.

Así que resulto que aquellos ciudadanos que se situaban a la izquierda, más partidarios de buscar nuevos caminos, nuevas soluciones, una ruptura más nítida con todo lo anterior, cuyas reivindicaciones estaban más en la línea de las clases bajas y burguesía, se convirtieron en la izquierda, aunque, si intentamos ser puristas, aquella facción era más de montaña que de izquierda, pero eso no nos aporta nada. Quedémonos con la izquierda, que a su vez se dividía en exagerados, terroristas y moderados, y que finalmente es la que desencadena ese periodo de terror con el que pretenden erradicar todo pensamiento discrepante de su idea de la revolución.

Si hubiera que definir aquella izquierda sería complicado, pero podríamos hablar de revolucionaria, republicana, violenta y con ciertos tintes absolutistas, en tanto en cuanto proponen una vía, brutal, hacia un pensamiento homogéneo.

Tampoco voy a extenderme, mucho, nada, sobre los herederos del término izquierda que nacen de la revolución industrial, el nacimiento de las ideologías socialistas, y la división de la sociedad en clases rígidas según su cometido. Ni siquiera en sus reivindicaciones, ni en su forma de intentar alcanzar el paraíso socialista. Está en los libros.

Y en los tiempos actuales, tenemos una izquierda, un movimiento político que se autodenomina izquierda, que se declara heredero de estos últimos izquierdistas de principios, mediados del XX, y que hacen esa reivindicación desde un discurso que sigue hablando de clases, en un mundo donde las clases prácticamente no existen, y siguen pretendiendo reivindicar para sí un pueblo, unas organizaciones y unos métodos que son cada vez más ajenos a su discurso.

Cada vez más sus planteamiento son los contrarios a los de una derecha que es la única referencia social en la que pueden basarse, lo que les lleva, junto con la mediocrización de sus dirigentes, a una decadencia ideológica y política lesiva para los intereses de la sociedad.

Por eso les llamo la anti derecha, porque son oposición incluso cuando están en el gobierno, porque no tienen más discurso que los heredados de tiempos en los que la sociedad era diferente, en los que las inquietudes y reivindicaciones eran distintas. Y lo hacen intentando ser continuistas, ser parte del sistema que, según la parte más pura de su discurso, pretenden desmontar. O sea revolucionarios sin revolución, republicanos con rey, violentos sin derramamiento de sangre. Inconsistentes.

Intentaré ponerte algún ejemplo, aunque ejemplos sobran

- Hablan de la clase trabajadora, pero la clase trabajadora de la que hablan, que reivindican, está en proceso de desaparición por la automatización y la evolución misma del trabajo y no saben cómo defender, ni siquiera cuales son, las necesidades de los trabajadores que se incorporan a trabajos de reciente creación y que nada tienen que ver con los anteriores.

- Basan su acción en sindicatos cuya utilidad, por lo expuesto en el punto anterior, es cada vez más cuestionable. Por no entrar en el cuestionamiento de sus métodos y de sus soluciones.

- Hablan del trabajo desde una ignorancia supina, personal, del mundo laboral actual y sus circunstancias reales.

- Intentan solucionar la brecha económica mediante un manejo lesivo de un instrumento de la derecha, los impuestos, que no saben utilizar, ni aplican nunca en el sentido que ellos declaran. Sus reformas acaban siempre perjudicando a los que dicen favorecer.

- Oponen lo público a lo privado, simplemente porque en la lucha de clases lo privado es sinónimo de capital, en vez de buscar vías en las que la eficacia y la austeridad se enfrenten a lo socialmente inaccesible.

- Reclaman una superioridad moral, ética, desde un fango ético intolerable visto desde una posición de neutralidad intelectual.

- Reclaman el sentido democrático desde una intolerancia democrática de pensamiento único.

- Dicen defender a las minorías, y lo hacen sin los planteamientos mínimos de rigor, debate y exigencia de compromiso de esas minorías, identificando minoría y derecho con razón sin cuestionamiento.

Podría seguir, pero esto no pretende ser un análisis riguroso de la falta de base de ideológica, de capacidad intelectual y de conocimiento mínimo social, necesarios para que la actual anti derecha fuera la izquierda que la transformación de la sociedad requiere. Hay atisbos, intentos, pero aún tiernos, aún en riesgo de ser malogrados por esta caduca, vocinglera y vacía anti derecha que tanto daño está haciendo.

Y mientras, la derecha, más madura, más cómoda con los mecanismos que el sistema tiene, porque son los suyos, más ágil, más capaz de adaptarse a lo que está viniendo, sigue diseñando un futuro que no me parece nada halagüeño, aunque, tal vez, si tuviera que elegir, sí más halagüeño que el panorama de cesarismos, totalitarismos encubiertos y vacíos progresistas, que me muestra la anti derecha con la que cohabitamos.

domingo, 31 de enero de 2021

El populismo

Me comentabas el otro día que es difícil saber qué es populismo y qué no. Es más, que no tenías muy claro que hubiera un populismo de izquierdas y un populismo de derechas. Llevo días, desde que lo hablamos, intentando encontrar la manera de explicártelo, de explicármelo, aunque basta con ver un par de sesiones de informativos de televisión, o leer un par de diarios para hacerse una idea bastante aproximada.

Antes de pasar a los ejemplos ilustrativos sería conveniente que establezcamos una base teórica para que nos sea más fácil el acercamiento; populismo es todo aquello que comparte tus ideas, pero con lo que tú jamás compartirías lo métodos para conseguirlo. Y aunque se crea que el populismo solo existe a nivel político, no es cierto, los populismos, sus hermanos gemelos, existen en todos los ámbitos de la vida humana. Al fin y a la postre, el populismo político no es más que el hermano refinado del charlatán de feria.

El charlatán de feria saca un artilugio, te hace una demostración asombrosa de su utilidad y facilidad de manejo, te convence de que es exactamente lo que llevas esperando toda la vida, te lo vende, y cuando llegas a casa, e intentas usarlo, te percatas de que eres incapaz de lograr el mismo espectacular efecto que has visto durante la demostración. Seguramente el artilugio es válido, es igual, exactamente igual, al que le viste usar, pero lo que no te contó es cuánto tiempo necesitó para lograr la pericia demostrada. Te engañó, te ocultó el método por el que tú vas a acabar arrinconándolo en algún recóndito y oscuro lugar de tu casa y de tu memoria. Seguramente no vuelvas a acordarte de él hasta una limpieza general o una mudanza.

O sea, que en el populismo todo está en el charlatán, en su habilidad para manejar el objeto y la situación, y, por supuesto, en la capacidad de empatía con el público expectante. Perdón, y en el ambiente, no olvidemos que el ambiente es fundamental. El charlatán de feria necesita del ambiente de feria, que supone una predisposición a la compra, para ejercer su hechizo. El político populista necesita un ambiente de crisis, de frustración, de decadencia, para su florecimiento. Necesita el descontento, la mediocridad, la confusión, para colocar su mensaje.

Pensemos, y soy consciente que en los actuales tiempos de abundancia excesiva es difícil, que un padre tiene un hijo que ansía un artículo de difícil adquisición. Pongamos, en los tiempos de mi niñez lo era, aunque ahora no, que fuera una bicicleta. Las distintas actitudes del padre ante el reto nos llevarán a ilustrar los distintos populismos.

El padre normal considerará que la opción es comprar la bicicleta, para lo cual necesita un dinero determinado que, directamente, o mediante ahorro, podrá adquirir.

El padre populista, antes de plantearse cualquier posibilidad, identificará enemigos externos, aquellos que son culpables de que su hijo quiera una bicicleta y no la tenga, o que, simplemente, ya la tienen y él, el padre, por distintos motivos, considera que no se la merecen. Cierto, eso no va a conseguir que su hijo la tenga antes, pero tampoco ese es el objetivo del agravio.

El padre populista de derechas se fijará en que ciertos niños inmigrantes, o de familias desarraigadas, tienen bicicletas porque se las regalan ciertas instituciones o asociaciones, o porque directamente las roban. ¿Qué tiene eso que ver con su compromiso de comprarle la bicicleta a su hijo? Nada, roben las que roben los inmigrantes, regalen las que regalen las instituciones, en las tiendas seguirá habiendo las mismas bicicletas y al mismo precio. ¿Las bicicletas que tienen esos niños son del último modelo o bicicletas recicladas, o sobrantes? Da igual, el agravio es que hay niños a los que se les ha regalado la bicicleta y al suyo tiene que comprársela.

El padre populista de izquierdas pondrá automáticamente su atención en que hay niños que tienen más de una bicicleta, alguna incluso que fue de sus padres, por lo que parten en una situación de ventaja, ya que disfrutan de bicicleta desde que han nacido ¿Qué tiene que ver eso con su compromiso de comprarle la bicicleta a su hijo? Nada, tengan las bicicletas que tengan otros niños, las hayan comprado o heredado, en las tiendas seguirá habiendo las mismas bicicletas y al mismo precio ¿Hay niños que tienen dos y hay otros que tienen trecientas sesenta y seis? No importa, lo importante es que hay niños que tienen más de una y el suyo aún no tiene ninguna.

El padre populista de izquierdas, además, negará que pueda haber niños inmigrantes que roben bicicletas, o instituciones que las regalen. Y al padre populista de derechas dirá que no importa cuántas bicicletas tengan algunos niños siempre y cuando sean del país.

Y mientras se quejen, mientras sean sus niños los que no tengan bicicletas, todo estará dentro de lo cabal, pero ¡ay de nosotros! si en algún momento esos padres alcanzan la potestad de legislar sobre las bicicletas, porque puede que el mercado de las bicicletas lo resista, pero no la libertad de los niños.

Recuerdo, cuando era pequeño, que mis padres me enseñaron como usar mi conocimiento del gallego para mejorar mi ortografía en castellano. ”Todo verbo similar que en gallego lleva una f y en castellano es una vocal, se escribe con h”, decía mi madre. “fariña, es harina, desfeito, es deshecho”, porfiaba ¿Y esto a que viene? Pues esto viene a que a veces cierto conocimiento del lenguaje nos facilita una mejor percepción del mundo que nos rodea.

Los populistas siempre hablan de repartir, jamás de compartir.

Los populistas hablan de la igualdad como uniformidad, jamás como equidad

Los populistas siempre hablan de imposiciones, nunca de tolerancias.

Los populistas siempre hablan de fronteras, nunca de límites.

Los populistas siempre hablan de agravios, nunca de causas.

Los populistas siempre ven como defecto ajeno lo mismo que en ellos es virtud.

Los populistas siempre describen y exigen su libertad, nunca hablan de la libertad, de la de los demás, de la de todos

De todas formas, nunca intentes utilizar estos argumentos con un populista, siempre considerará que los culpables, las culpas, son otras, de otros, de los otros.

lunes, 11 de enero de 2021

El discurso perverso y el concepto pervertido

En la sociedad actual, puede que a lo largo de la historia, es costumbre inveterada tomar el síntoma como si fuera el mal, lo que permite al mal prosperar sin que nadie le ponga una barrera eficaz. Es el la perversión del discurso que oculta el concepto pervertido.

Los recientes, actuales, sucesos en Washington han encendido los medios de comunicación, siempre tan pulcros y alineados, y las redes sociales, siempre prestas al insulto y la descalificación como único argumento válido. Donald Trump es un loco. Seguramente, pero en todo caso es un loco con varios millones de votantes y un poder de convocatoria que no tienen la mayoría de los que lo critican. Donald Trump es un fascista, descalificación, o calificación, que de tanto usarse ya no significa nada. Lo que sí es, es un supremacista, un tipo de valores sociales dañinos y que puede tener lugares comunes con el fascismo. Donald Trump es un populista, claro, y Maduro, y Morales, y Bolsonaro, y Boris Jhonson, pero todos ellos están en este momento al frente de los gobiernos de sus países. Esos y muchos más, tal vez más discretos pero no menos dañinos.

Pero Donald Trump no es el mal, es el síntoma. El populismo, que comparte con otros muchos líderes mundiales, no  es el mal, es el síntoma. La enfermedad, el mal que asola un mundo que se cree libre, que se cree modélico, es el retorcimiento de los valores. La enfermedad es la práctica, en todo el mundo, del discurso perverso para lograr la perversión de los valores. La enfermedad es la degradación de las ideologías manejadas por líderes cada vez más mediocres, cada vez más entrampados con un populismo perverso, cada vez más alejados de la gente a la que dicen querer representar. Desde sus atalayas parlamentarias, gubernamentales, asamblearias, pretenden hablar en nombre de un pueblo, de una ciudadanía, de un colectivo humano, que está muy lejos de sentirse representado por ellos.

Hace ya muchos años, desde que se instauró en la antigua Grecia, que el concepto de democracia ha sido pervertido por intereses y valores que nada tienen que ver con ella, que la democracia parece ser un sistema en el que se invita a votar con el único objetivo de arrogarse una representatividad que, ni por número de votos obtenidos, ni por complejas operaciones matemáticas que otorgan mayorías, ni por perversiones territoriales de la representatividad, pueden reclamar legítimamente los pretendidos electos. Ninguno.

Y cuando la mayoría de esos ciudadanos de a pie, sin ideología reconocida, sin carnet de partido o sindicato, sin el odio necesario para afiliarse a ningún partido o movimiento afín a las ideologías, se siente ninguneado desde el gobierno, se siente aludido cuando desde un escaño, y en su nombre, se invocan y promueven valores contrarios a los que sustenta, se siente humillado cuando al intentar mostrar una discrepancia se le insulta, se le ningunea, se le muestra odio, cuando desde las estructuras de poder pretenden arrogarse una verdad no compartida, en su nombre y con su voto, cuando se siente acorralado, amordazado, regañado, desde unos medios de opinión que comparten las consignas del poder o del contrapoder, es entonces cuando el populismo se hace fuerte, es entonces cuando el ciudadano, pervertida su percepción de la realidad por los perversos discursos de líderes de cartón y con hilos, es capaz de votar, por desesperación, por hartazgo, por pura frustración, contra lo que, en condiciones normales, serían sus valores de referencia, es capaz de votar opciones populistas con las que no comparte más que el enunciado de los problemas. Es capaz de creer que la verdad está en Trump, en Maduro, en Abascal o en Iglesias, aunque solo sea porque dicen lo que quiere oír, lo que ansía oír, sin importarle un ardite las consecuencias de su acto. Y eso es, al fin y a la postre, el populismo, la capacidad de decir lo que la gente quiere oír sin que importe lo más mínimo si lo que se dice, si lo que se pretende decir, lo que se quiere hacer para ponerlo en práctica, es viable, es ético, es beneficioso.

Y, sin necesidad de escarbar, sin necesidad de pararse a investigar, si hacemos una breve enumeración de los valores pervertidos por discursos engañosos, interesados, perversos, podremos comprobar que todos los conceptos enumerados son valores imprescindibles para lograr un mundo más humanamente aceptable: La democracia, la igualdad, la libertad, la justicia, la equidad, la fraternidad y, en definitiva, la convivencia.

Es una vieja táctica del poder por el poder, enfrentar para evitar tener que dar explicaciones, que permitir derechos, que ser puesto en cuestión. El poder absoluto, alternativo pero absoluto, de las ideologías al que llevamos ya décadas sometidos, no es muy diferente del poder absoluto, omnímodo, voraz, de las tiranías de cualquier tiempo. Eso, sí, con votaciones, con alternativas, perfectamente medidas y previsibles, y con la solución de los populismos para que nos dé mucho miedo elegir. Permitir, de vez en cuando, en realidad, promocionar, un Trump, un Abascal, un Bolsonaro, un Putin, un Iglesias, un Maduro, o un Morales, permite mostrarle al mundo lo peligroso que es salirse de lo políticamente correcto, aunque, en realidad, ellos sean una consecuencia de lo políticamente correcto.

Y para ello, y por ello, el discurso perverso, el concepto pervertido, son las grandes armas del poder. Las palabras vacías, los valores vaciados, retorcidos, irreconocibles, con los que nos van adoctrinando día a día, sin descanso, desde los gobiernos, desde los medios de comunicación, desde las redes sociales, desde nuestra falta de compromiso con nosotros mismos.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Ética, para-ética y política

Creo que es hora de emplear una mirada hacia la ética, de parar toda opinión y despojarla sin recato de todo tipo de influencia ideológica, de toda inclinación parcial y tendenciosa, a la hora de encarar un presente del que nadie debería de sentirse orgulloso, pero al que muchos se sienten obligados a apoyar. Desgraciadamente el forofismo, enfermedad social y mental que anula la más mínima capacidad de análisis riguroso, ético, sincero, de cualquier tema, es la tendencia imperante en este delicado momento. Se han desterrado la tolerancia, el auto análisis, la disensión, como herramientas para limar una radicalización que las tendencias ideológicas necesitan en un momento de lucha crucial entre modelos de sociedad que se juegan el futuro. Y esa radicalización solo tiene un objetivo, solo tiene un fin, el pensamiento único imprescindible para dominar una sociedad que permita ser guiada sin conflictos a un puerto que, por más apariencia democrática que pueda conservar, será inevitablemente totalitario.

Es particularmente preocupante observar cómo se crea una para-ética política que tiende a justificar cualquier acción o pensamiento, no en base a su contenido, sino justificado por el posicionamiento en contrario de la ideología rival. No importan la verdad, la razón, ni la propia opinión expresada anteriormente, todo debe de girar en torno a pensar lo contrario que el contrario, lo cual, éticamente hablando, es insostenible.

Esto viene a significar que no existe un criterio fiable, que no existe un posicionamiento en cualquier tema que pueda considerarse como estable, porque todo es susceptible de ser cambiado para presentar un frente que permita confrontar al rival, que se convierte en enemigo. Tampoco importa si ese posicionamiento es beneficioso o dañino, ni si es cuestionable o conveniente, ni siquiera es realmente importante si respeta las reglas o las quebranta gravemente, el único valor es el poder y evitar que lo pueda alcanzar otro.

No importan ya los programas, no importan las consecuencias, no importan los ciudadanos, ni importan las leyes. Con la nueva ética, para-ética, antiética, política en vigor, los programas sólo son válidos en razón de que sean populares, aunque se adivinen variables, o imposibles,  según las necesidades del poder. Las consecuencias son justificables en tanto en cuanto la única norma válida es la detentación del lugar más alto. Los ciudadanos son entes manejables que sólo tienen interés en el momento en que se les permite emitir un voto, circunstancia para la cual, previamente, se les ha mentido lo necesario sobre lo propio y sobre lo ajeno, sobre lo sucedido  y sobre lo pretendido, sobre formas, métodos e intenciones. Las leyes, y el poder legislativo, sólo son respetables mientras sancionen las posturas adoptadas desde el poder, con lo que se cuestiona, incluso se interviene si es necesario, y se legisla a medida si las circunstancias lo hacen viable, necesario, conveniente.

El gran problema es en qué derecho, no legislación, puede basar el poder su autoridad, no su autoritarismo, cuando desprecia la ética que parece justificarlo, darle sentido y razón. Qué queda de democrático cuando unas minorías, mayoritarias sólo desde una ley que hurta la representatividad a los ciudadanos, se permiten legislar, maniobrar y burlar,  a una mayoría real invocando una representación que los números demuestran que no se les ha otorgado.

La quiebra de la ética tal como siempre ha sido entendida, y su sustitución por una para-ética que se define en presente y según las necesidades del definidor, el quebranto del lenguaje común para lograr un discurso equívoco, a mí personalmente me parece mentiroso, y la desfachatez en el uso de la mentira como verdad alternativa y justificable, parecen apuntar a un sistema de valores contra el que el ciudadano puede sentirse inerme, indefenso, despojado de sus derechos más elementales, a veces en nombre de la defensa, también mentirosa, de esos mismos derechos.

No puede haber libertad, aunque se invoque, sin unas leyes básicas y estables, con órganos ajenos al poder que las sancionen, que la garanticen. La libertad no puede depender del que gobierna, de su criterio o permisividad, la Libertad  tiene que ejercerse a pesar del poder y de su insaciable afán de cercenarla, y es la única que garantiza su control para evitar que la autoridad derive en autoritarismo. Solo la libertad, la ejercida, no la invocada, puede garantizar una convivencia en valores éticos reales.

No puede haber convivencia si la principal premisa del poder es enfrentar, es afrentar, a la parte no ideológicamente afín de la sociedad que gobierna, porque esa afrenta, esa confrontación solo puede derivar en una reacción de signo contrario antes o después, una reacción que, si aplicamos la ley del péndulo, será más radical, más extrema a cada cambio de signo ideológico que se produzca.

Llevamos, según mi percepción, instalados en esta antiética, en este vaivén de pre-violencia ideológica, desde el año 2000. Las leyes que se promulgan, tanto en entornos sensibles, como en cuestiones fundamentales, ya se sancionan con la clara consciencia del que impone su criterio sin importarle que este vaya a durar lo que dure su mandato, lo que sume a los ciudadanos de a pie, al tejido empresarial y al futuro común en un permanente impasse que va socavando la percepción democrática de los ciudadanos, el rearme ético de la sociedad y oculta, escamotea, una percepción de futuro con esperanzas.

Es lamentable decirlo, es casi una invitación revolucionaria, pero ahora mismo, tal como parece percibirse en la calle, tal como yo lo percibo, los políticos, sus invocadas, y huecas, ideologías, su incapacidad de asumir el reto de representar a los ciudadanos, su soberbia, su necesidad de imponer su valores a los valores, su ética a la ética, su verdad a la verdad, su modelo social al que desea la sociedad mayoritariamente, su pensamiento único e incuestionable a un pensamiento rico, diverso, no ideológico que permita florecer el libre pensamiento, su sed de poder, trascendencia y permanencia, a la democrática alternancia de ideas y realizaciones que permitan un sosegado vaivén, son, seguramente, el mayor lastre convivencial con el que el reto de construir una sociedad libre, fraterna, sana, se encuentra en su camino.

Pero, para solucionar esto, todos, absolutamente todos, desde el primero hasta el último, tendríamos que asumir, infecto verbo, nuestras responsabilidades. Sí, usted también, todos somos parcialmente responsables de la situación actual. Todos hemos caído en alguno de los dos grandes males que nos han traído estos lodos. Todos hemos votado una ley electoral que nos priva de representatividad. Todos hemos votado por rutina a los “nuestros” porque aunque nos parecieran corruptos, mentirosos, manipuladores o populistas, eran los nuestros y, por tanto, preferibles a los otros. Todos hemos justificado lo injustificable con el peregrino argumento del “y tú más”. Todos hemos mirado para otro lado cuando los “nuestros” han actuado de forma antiética sin importarles un ardite las consecuencias, que sabían que no les íbamos a demandar. Todos hemos sido forofos, o, peor si cabe, permisivos con conductas inaceptables.

Nos han hurtado la representatividad, nos van despojando de la libertad, nos han robado la esperanza y, como quién no quiere la cosa, nos están dejando sin ni siquiera la palabra. Todo envuelto en papeles de colores ideológicos que en su interior no contienen otra cosa que soberbias personales, tendencias totalitarias y futuros distópicos. Ambiciones desmedidas de personajes mediocres y afanes de historia que no tiene gran importancia que puedan ser para mal.

Claro que mientras le ley electoral no cambie, mientras en las primarias de los partidos no se elija al que más soluciones coherentes proponga en vez del que a más grite y al que más disparates frentistas sea capaz de enumerar, mientras los ciudadanos no militantes no adoptemos una actitud electoral firme, determinante, votando en blanco, o de alguna forma que permita dejar claro nuestro descontento, nuestra falta de acuerdo con las opciones presentadas, nada cambiará.

Todo tiene un punto de difícil retorno, y solo el compromiso hace que ese punto pueda estar más cerca, o se aleje de forma considerable, pero, para los que tenemos hijos, nietos, descendientes, ellos deberían de ser razón suficiente para denunciar la antiética, la para-ética ideológica, y exigir la vuelta de una ética sin desviaciones partidistas, una ética que permita una sociedad libre, equitativa y fraterna.

sábado, 21 de noviembre de 2020

A la octava tampoco va la vencida

Hay pocas materias en las que, a poco que alguien se interese y lo intente, la patita insidiosa del enfrentamiento ideológico no aparezca por debajo de la puerta de las leyes aprobadas, y cuando hablo de la patita insidiosa no hablo de su idoneidad o su falta de idoneidad, si no de que muchas de ellas son simplemente una apuesta por una propuesta que no va a durar más allá de la legislatura del ministro promotor.

Parece ser que a nadie le importan especialmente los perjuicios que tal proceder le ocasiona a los ciudadanos en general y ciertos cuerpos profesionales de la ley en particular. Y, legislatura tras legislatura, asistimos al empobrecimiento del país por la incapacidad de los partidos que se alternan en el poder de llegar a acuerdos de estado en los temas principales.

Ni en educación, ni en sanidad, ni en justicia, ni en  política impositiva, ni en empleo, son estos políticos de baratillo capaces de llegar a unas reglas de juego que permitan afrontar de una forma decidida y consistente los grandes problemas que realmente preocupan al ciudadano, y tener la posibilidad de profundizar en las soluciones.

Hoy se ha perpetrado el octavo fracaso con nombre, para mayor gloria actual y escarnio histórico, del ministro de turno. Hoy se ha quemado, desde la llegada de la democracia, la octava posibilidad de presentar una ley de educación consensuada y que otorgue al cuerpo docente, y los alumnos futuros, en mayor medida, y actuales, en menor medida, una posibilidad de afrontar un futuro educativo dotado de una cierta estabilidad.

No se trata, eh ahí el quiz de la cuestión, de criticar ningún aspecto concreto de la ley aprobada hoy, ni siquiera de las siete leyes anteriores, no se trata de hacer un análisis político, ideológico o de idoneidad de esta ley ni de las otras. Y no se trata de eso porque eso es lo único que escucho, lo único de lo que se habla, los únicos pros y contras que parecen tenerse en cuenta.

El país, los ciudadanos, los docentes, los educandos, los padres y madres que son tan protagonistas como los anteriores, se merecen una ley de educación que, como el anillo de Frodo Bolsón, los englobe a todos. Una ley que garantice por un periodo mayor que una legislatura, que el discurrir de un ministro, o el efímero periodo de mandato de un partido, una política educativa coherente y previsible.

Que permita a los padres planificar la educación de sus hijos sin los sobresaltos de que un cambio de ley pueda perjudicar sus decisiones. Que puedan descansar del gasto de libros y material didáctico aprovechándolos de unos hijos a otros, y no se encuentren que cada año algún político ha tenido la feliz idea, y posiblemente rentable, de hacer que los libros anteriores sean inaprovechables, e incluso de poder crear unas bolsas de libro usado que favorezcan a los que más lo necesitan.

Que permita a los educadores prepararse para enseñar lo que saben y aprender lo que aún no saben, en vez de tenerse que preocupar de aprender cómo enseñar lo que ya saben y ya habían enseñado.

Hay un cierto tufillo de soberbia en toda esta historia, un cierto afán de posteridad, un “lo importante es que hablen de mí, aunque sea mal”, que denota la mediocridad personal en un firmamento, o bancada, de absolutas mediocridades. Votadas, pero mediocridades.

Y este mismo fracaso, esta misma celebrada, por una parte, denostada, por otra igual de numerosa, aunque la castrante ley electoral española conceda una superioridad ficticia a unos sobre otros, ley la que pone de relieve una incapacidad patológica, un enfrentamiento tan buscado como ficticio a nivel de calle, una mediocridad invalidante, de los políticos que todos, T O D O S, hemos votado.

Dice la teoría que los políticos son los representantes de los votantes. Dice la parte exquisita de esa teoría que una vez elegidos deben de representar a todos, los que los han votado y los que no. No sé lo que sucederá en los mundos paralelos que no están a mi alcance. No sé lo que sucederá, o como se ve esta realidad, en la mente monocromática de los forofos. Pero lo que sí tengo claro es que los incompetentes que tenemos gobernando nuestro país no tienen otro interés que mantenerse en el poder e intentar que su nombre pase a la posteridad. ¿Y a los demás? Ah¡, ¿pero hay otros? 

sábado, 3 de octubre de 2020

Llanto por la democracia

 Lo confieso, sin rubor, hoy sentarme al teclado es un castigo a mi ánimo sombrío, a mi desanimo avergonzado, a mi vergüenza ajena, al sentimiento de ajeno que todo lo que está sucediendo me produce.

Observo con estupor, con rabia, con una absoluta incredulidad la desastrosa deriva que las ideologías han introducido en los últimos años en nuestras vidas y tiemblo por el futuro, por cualquiera de los futuros, que se atisba tras el odio, el frentismo, el ambiente pre bélico en el que parecemos sumidos. Por ese futuro que parece que aguarda a mis hijos, a nuestros nietos.

Nunca me he llamado a engaño, nunca he sido especialmente optimista sobre la calidad democrática que nuestro país, sobre todo desde el último mandato de Aznar hasta hoy, estaba aplicando. La ley electoral que primaba la preponderancia de los partidos sobre la representatividad de los ciudadanos, no parecía exactamente una democracia. La intromisión consentida, regulada, progresiva, acaparadora y protagonista, del poder ejecutivo en los otros poderes, propiciando una ignorancia de la necesidad de su separación extrema, tampoco dejaba mucho lugar a la esperanza.

Pero nadie, en plena euforia del 78, podía adivinar que la mediocridad ascendente, castrante y acaparante, de los políticos y de sus militantes podría conducir al bochornoso espectáculo de la actualidad, al desesperanzado atisbo a los futuros previsibles.

¿Puede la democracia tener apellidos? Yo creo que no, que hay democracia o no la hay. Cuando alguien le pone apellidos a la democracia lo único que pretende es desvirtuarla en su propio beneficio. Estamos en una democracia forofista, frentista, cuyo único fin es intentar llevarnos a cualquier precio hacia una democracia popular o hacia una democracia orgánica. Nadie tiene interés en respetar otra libertad que aquella que cada uno concibe. Nadie pretende, o parece pretender, otra cosa que tener el poder suficiente para imponerle al resto su visión de la sociedad. Sin concesiones, sin otro pasado que el suyo, sin otro futuro que aquel en el que toda la sociedad es como él la sueña. Eso, sí, a cualquier precio.

¿Puede la democracia resistir el insulto? Yo creo que no, que no hay democracia sin respeto al que piensa diferente. Luego vienen los que argumentan que no se puede respetar al que no respeta, y de repente nos encontramos con que basta con incluir en la categoría de los que no respetan a cualquiera que piense diferente y ya tenemos una sociedad en la que lo importante no es la convivencia, esencia de la democracia, si no la preponderancia, base del totalitarismo.

¿Puede la democracia resistir la intolerancia? Yo creo que no, que no hay democracia sin la permisividad imprescindible para escuchar, debatir, rebatir y compartir. No hay democracia sin diálogo, sin sentir la necesidad de diseñar un espacio de convivencia en el que los ajenos se sientan casi tan cómodos como los afines, un espacio de convivencia sin agresiones ni frentismos, un espacio de convivencia justo y estable.

¿Puede la democracia resistir la mentira? Yo creo que no. Ninguna mentira, ni la verdad variable, ni siquiera la finta dialéctica, permiten la confianza en alguien que hace del lenguaje inconcreto, de las palabras huecas, de las tergiversaciones, del permanente cambio de discurso según lo que le convenga, de la negación del contario por el simple hecho de serlo, la esencia de su discurso. Claro que esta es la característica principal de la democracia forofista. El líder sabe, y lo usa con descaro, como desafío, sin recato, que si ayer su cla aplaudió su discurso, hoy sus forofos aplaudirán otro que diga lo contrario, y lo justificarán sin importar las contradicciones con lo dicho anteriormente. Lo ha dicho el líder, el aparato propangandista del partido, punto final.

No, la democracia no resiste ninguna de estas características, ni el frentismo, ni el sectarismo, ni el predominio de las minorías, ni el populismo, ni el fascismo, ni el mesianismo, ni el recorte de libertades, ni la desigualdad económica, ni la utilización partidista de los problemas, sean económicos, médicos, legales o sociales, ni la ambición desmedida de los líderes, ni la falta de una educación o de proyecto de educación, ni la mediocridad inducida de los mediocres, ni la falta de controversia, ni las uniformidades impuestas, ni tantas otras cosas que observo cuando me asomo a las ventanas de mi casa.

Cuando me asomo a las ventanas que dan a la calle. Cuando me asomo a las ventanas del cuarto poder, también intervenido, también silenciado, también integrado en el poder único que todo lo quiere controlar. Cuando me asomo a las ventanas mediáticas, empañadas de odio, de intolerancia, de frentismo, de forofismo. Todas la ventanas me asoman a un presente repugnante, a un futuro sin esperanza, sin democracia, sin equidad, sin libertad, sin fraternidad.

No forofos, no, vosotros, los mal llamados militantes, los aplaudidores de ignominias, mentiras y falacias, los tristes cabestros de un rebaño sin bravos, las huestes del hostigamiento popular, populista, populachero, las mediocres y entregadas tropas de mesías sin paraíso, sois el verdadero cáncer de la democracia. Representáis las amargas lágrimas de una esperanza que no pudo ser. Levantáis las barreras con palabras que nunca debieron de ser pronunciadas pero que hacéis vuestras. Palabras que defendéis no por lo que digan, sino por quién hayan sido pronunciadas. Palabras que entierran la razón, el futuro, la esperanza.

Yo lloro hoy por la democracia, por la que pudo ser y no la dejaron, por la que pudimos construir y destruimos día a día, por la que hubiéramos podido legar en vez del páramo que legamos. Y aún ahora habrá quien piense que hablo de los otros , o de ellos, y no que hablo, como hablo, de todos nosotros, de todos los que de una forma u otra, votando, justificando, insultando, denigrando, o mirando para otra parte, permitimos este estado de las cosas. Fomentamos el llanto, el pésame y el profundo llanto, por una democracia que no tenemos valor, independencia o criterio, para defender.

domingo, 27 de septiembre de 2020

El juego de la democracia

 Desde distintos ámbitos de mi vida han intentado convencerme de que el mundo es un tablero de ajedrez compuesto de decisiones buenas, cuadros blancos, y decisiones malas, cuadros negros, o viceversa, que tanto monta. Algunos, en el paroxismo de la intelectualidad, hablan, con un cierto aire de sabio estreñido, de los infinitos matices del gris, que viene a ser algo así como una digestión incompleta de la usencia del color, del compromiso, de la capacidad de pronunciarse.

Yo, sinceramente, en esta simbólica batalla del posicionamiento que algunos quieren trasladar a la realidad cotidiana, siempre me he declarado más de las juntas que separan las casillas, curiosa contradicción, que de las casillas en sí, no porque haya descubierto en ellas esos fastuosos e infinitos matices del gris, sino porque en ellas se juega al parchís, que es mucho más colorido, diverso, y permite unas opciones fuera de las rígidas normas de la oficial oficialidad, de la dualidad castrante que intentan imponernos en todos los ámbitos de nuestra vida para un más fácil etiquetado y una mayor maleabilidad. Buenos y malos, ricos y pobres, listos y tontos, parias y poderosos, de izquierdas y de derechas, de aquí y de allá. Políticos y apolíticos.

Como ya he dicho, yo soy más del parchís, de la oca, de la alegría natural de los colores y sus matices, y no juego al pantone porque nadie ha inventado el juego todavía. Soy de descubrir ese “verde pino y astuto” que una niña de seis años me definió en cierta ocasión entre los distintos lápices de una caja de Alpino. Una identificación de color que viene a demostrar la frescura y capacidad intelectual superior de una niña de seis años sobre ciertos “intelectuales” oficiales nombrados por sí mismos. ¿Se imaginan a esa niña poniendo cara de hallazgo transcendente y comentando los infinitos matices del verde? ¡Un monstruo!

Bueno, pues por muy cansado que esté de esta dualidad castrante, y hay, y habrá, muchos que me espeten la dualidad del ser humano olvidando que, desde la perspectiva del ser humano, lo superior siempre ha sido trinitario, están intentando presentarme un nuevo diseño del tablero de ajedrez a ver si al cambiar las figuras me descuido y lo compro.

Ha salido el ajedrez del Covid-19. El ajedrez que divide entre médicos y pacientes, entre sanos y enfermos, entre confinados y libres, entre miedosos e inconscientes, entre contagiadores y contagiados, entre concienciados y conspiranoicos, entre enmascarillados e insolidarios. Al final, que curioso, que triste, que frustrante e ilustrativo, entre buenos y malos, entre listos y tontos, entre de izquierdas y de derechas.

Me he frotado los ojos varias veces e intentado, repetida, deseperadamente, despertarme de un sueño que tiene tintes de pesadilla, pero parece que la realidad se impone y debo de asumirla. Al final lo han conseguido, al final han puesto sobre el tablero el juego político que pretendieron hacer pasar por médico, demostrando, a quienes no queríamos creerlo, que nunca han tenido otro interés en la salud pública que aquella que les podía reportar votos y cuota de poder.

Hace ya muchos años que la democracia en España no es otra cosa que una palabra que se invoca para justificar los abusos propios, justificados por los votos recibidos, para denunciar los abusos ajenos, sustentados por los engañados que los votaron, y para convocar cuando conviene unas votaciones en las que nadie puede votar libremente, ni en igualdad, ni ninguna opción que tenga visos de realizarse tras las votaciones. Hace ya muchos años que la democracia en España es una falacia, un concepto secuestrado y maltratado por unas estructuras de poder sin ningún respeto por los ciudadanos que se llaman partidos.

Solemos culpar de esta situación a los políticos, es lo fácil, pero no por fácil es más cierto; los únicos culpables de la situación somos los ciudadanos que seguimos jugando a su juego, a su amañado ajedrez, convocatoria tras convocatoria, engaño tras engaño, mentira tras mentira, aún a sabiendas de cuál es el resultado del juego antes de empezar la partida.

Pero si los ciudadanos en general somos los culpables de la ausencia de democracia real, existen unos culpables con mayúscula, unos cómplices de la situación, unos ciudadanos capaces de vender sus valores al amparo de una consigna, de trastocar la verdad a la sombra de la invocación de una cruzada, de vender su alma por lo que el líder solicite: los militantes, los forofos. Los que convierten a los discrepantes en apestados, a sus hermanos en enemigos, a sus adversarios en parias sin derechos. Personas incapaces de hacer su función elemental: controlar a los dirigentes, exigir la verdad y honradez de quienes los dirigen, pasar factura a las mentiras, a las falacias, a las corrupciones y corruptelas. En resumen ser inflexibles con quienes medran y engañan en su nombre, porque los demás podemos acabar pensando, en realidad pensamos, que no hacen otra cosa que defender sus propias mentiras, sus propias corrupciones, sus propias incoherencias,  su propia intolerancia y afán de sojuzgar a los demás, de someter por cualquier medio a los demás a su superior criterio. 

Nadie con dos dedos de frente debería de permitir lo que estamos viviendo en este momento, este ajedrez infernal en el que tanto las fichas negras como las blancas juegan una partida en la que los ciudadanos, su muerte, y la verdad propia son los trofeos que buscan vencedor. Y los forofos aplaudiendo. Los forofos justificando y asumiendo las barbaridades que se hacen en nombre de una ideología, cualquiera, que debería de llamarse patología.

Tengo la sensación de que el COVID-19 ha servido, sirve, para que el gobierno ataque a ciertas autonomías que no le son afectas y maniobre contra ellas. Tengo la sensación de que esas autonomías se defienden, la defensa es la excusa perfecta, ignorando las necesidades médicas de aquellos a los que administran. Tengo la triste sensación que tanto a unos como a otros les importan muy poco los muertos, armas con que atacarse, ni la salud, ni los ciudadanos, ni otra cosa que jugar su macabra partida en busca del poder, del aplastamiento del contrario.

Volverán, como las oscuras golondrinas, las elecciones a ser convocadas, pero a nada que nos descuidemos, a nada que sigamos por el camino marcado, la democracia real, esa, no volverá. Las libertades que nos fueron arrebatadas en nombre de nuestro propio bien, esas, no volverán. La oportunidad de construir un futuro más justo, más equitativo, más libre y solidario, esa, no volverá.

Volverán los pasados más oscuros, los muertos que nunca combatieron, el hambre de la guerra de unos pocos, el odio de aquellos que perdieron, la soberbia de los falsos ganadores, la mentira mendaz que suplanta a las razones. Volverán los jinetes varias veces, arrasando a su paso el pensamiento. Volverá la muerte triunfadora, señora de una vida despreciada, asombrada de que la busquen con premura. Y el futuro no será, triste amargura, otra cosa que el terrible pasado que se augura.

martes, 9 de junio de 2020

Jugando al Tula


El Tula, en otros lugares pilla-pilla, era un juego habitual en las calles y los parques de mi infancia, un juego que no discriminaba y en el que la única regla fija es que hacían falta dos o más jugadores. Su nombre era un apocope de “tú la quedas” y consistía en que uno perseguía a los demás hasta que conseguía tocar a otro, que pasaba a ser el perseguidor.
Una de las mejores y mayores muestras de la ignominia en la que vivimos es que la política que se practica en estos momentos, esa política de muertos y forofismos, de sinvergüenzas y mediocres, o de sinvergüenzas mediocres, es que me pueda recordar a un juego infantil.
El bochornoso espectáculo al que estamos asistiendo, un espectáculo en el que todos los culpables se declaran inocentes y le pasan el turno del Tula al opositor, cuando no al coaligado, que a su vez devuelve sin empacho y sin mácula el turno de ofendido, es demoledor. Porque en este juego, en este espectáculo, en esta ignominia, en esta masacre, nadie tiene la culpa de nada en primera persona, ni del singular ni del plural.
Sin duda los muertos son el argumento que nadie puede soslayar. Los muertos existen, como existen, y estos son los más perjudicados y peligrosos, los deudos de esos muertos. Unos deudos que han tenido que sufrir la pérdida de familiares, en algunos casos por partida doble ya que una vez muertos tuvieron grandes dificultades para localizar sus cuerpos, una inmoral dificultad para lograr la certeza de que el muerto recibido era el muerto reclamado. Esos deudos que, en muchos caos, según veían pasar el tiempo y el dolor, han transformado estos en una indignación que ha pasado de sorda a reivindicativa, y han decidido pasar de las flores y la memoria a los tribunales.
Hay pocos espectáculos más éticamente insufribles que asistir al lanzamiento de cadáveres a cabeza ajena. Pero pocos no es ninguno, y si el de los políticos luchando a cadáver partido roza el límite, el de los forofos correspondientes en las redes sociales, insultando, esparciendo basura y consignas, fomentando el odio y la antiética, rebasa ampliamente ese límite.
En este país la ética suele ser confundida con la soberbia de reclamarla, la honradez con el orgullo de la falsa dignidad, la verdad con el cuento aceptado por los propios. En este país, y seguramente no es el único pero si el mío, la ética es aquello que yo puedo aplicarle a los demás.
Seguramente por eso, desde que El Forges puso la figura en el “candelabro”, se ha perdido la impagable oportunidad de crear el Real Cuerpo de Motoristas Dimitidores. Ahora más que nunca, tanto como siempre, sería necesario un cuerpo independiente de personas que armadas de rasqueta y agua caliente, y portando un sobre con un escrito de dimisión, visitaran las poltronas con adherencias inquebrantables. Claro que el fallo de mi argumento está en la propia realidad. He dicho un cuerpo independiente, como lo deberían de ser la prensa, la fiscalía o el poder judicial, pero eso los partidos no lo permiten porque su único objetivo es conseguir un poder omnímodo.
Ahora nos queda asistir a la sublimación del Tula, al todos contra todos que se va perfilando, a la evolución judicial inevitable ante la incapacidad de asumir responsabilidades por parte de ninguno, ante la imposible asunción ética de esas responsabilidades.
Yo he jugado mucho al Tula, horas que sumadas harían días, incluso semanas, por eso no permito que nadie me distraiga del que “se la queda”. La responsabilidad siempre la tiene el que detenta el poder, y en un poder piramidal, como son las autonomías, la responsabilidad mayor es del que ocupa la mayor altura en la pirámide. Pero que sea mayor no significa que sea única.
Los muertos de las residencias no son solo de uno, son de todos, de los altos funcionarios que dirigían servicios esenciales y permitieron lo que pasó, de los consejeros de las comunidades que intervinieron en una criminal decisión, del presidente de la comunidad que los nombró, de los ministros responsables de las áreas implicadas que no intervinieron a pesar de ser su competencia y su función, y del presidente del gobierno que los nombró. Todos ellos son culpables, todos ellos tienen nombre, todos ellos tienen la poca vergüenza de tirarse los muertos a la cabeza intentando lograr un rédito político que los incapacita éticamente para ninguna función representativa, que los invalida moralmente para hablar de inocentes y culpables.
La única solución decente, ética, comprometida con el bien común, sería una dimisión en bloque de todos los políticos en ejercicio, estén al nivel que estén, una incapacitación de por vida para ellos, y convocatoria de nuevas elecciones. Pero ni eso verán nuestros ojos, ni siquiera la convocatoria de elecciones, ni siquiera la solicitud básica de una renovación de confianza que tienen claro que no lograrían.
Ya hay no sé cuántas demandas presentadas, en juzgado locales, en juzgados autonómicos, en juzgados nacionales e internacionales, y estamos empezando. Y en este clima pretenden que pasemos los próximos tres años. Siento vergüenza, vergüenza ajena.

domingo, 31 de mayo de 2020

Una mínima renta


Hay momentos en los que las palabras parecen un estorbo a la hora de escribir sobre ciertas cuestiones, sobre todo éticas y morales, sobre todo sociales. Distinguir entre lo que se dice y lo que se pretende es una aventura en la que los principales escollos son identificar la lógica del dicente y encontrar el sentido último al contrasentido que se expresa.
Antes de la radicalización de las ideologías, y de su desfachatez en el uso de ese bien común que es el lenguaje, para no decir nada, o para decir lo contrario de lo que parecen decir, o para desdecirse reafirmando, podíamos estar de acuerdo con el poeta y proclamar que nos quedaba la palabra.
Hoy ya no, hoy no nos queda ni siquiera la palabra, hoy no nos queda ni siquiera, empiezo a creer, la capacidad de un pensamiento independiente que pueda transmitirse con palabras.
La confrontación ideológica a la que estamos sometidos los ciudadanos no alineados, o, como despectivamente dicen los forofos, equidistantes, no nos permite expresar con palabras mesuradas y razonables, la opinión que todos ellos nos merecen. Bueno, sí, siempre y cuando esperes la correspondiente descalificación, sin argumentos, ni empacho en la respuesta, que nunca argumento en contrario.
Estos días, en los que la pandemia parece retroceder, en los que el mejor augurio es que el Covid parece estar mutando y perdiendo virulencia, como ya le pasó a algunos de sus hermanos coronavirus, y que los números bajan para satisfacción general, incluso de los políticos, estos nos han dispuesto un nuevo tema de falsa confrontación para seguir justificando su sueldo, y para mantenernos inmersos en una lucha que impida que nos unamos para pedir las cuentas que nos están siendo escamoteadas.
El ingreso mínimo vital, o renta básica. ¿Es justo? a mí me lo parece. ¿Es necesario? Estoy convencido. ¿Es el momento? Para algo justo y necesario siempre es el momento. ¿Está bien hecho? No, rotundamente no. ¿Se cuenta la verdad sobre su filias y sobre su fobias? No, ninguno, todos mienten, lo saben y nosotros también deberíamos de saberlo.
El primer argumento en contra de la derecha, es su inducción al profesionalismo de la subvención, y esa fobia está justificada, pero ni es la primera subvención que existe, ni su negación va a mejorar la situación. ¿Es justo vivir del esfuerzo ajeno? No. ¿Es suficiente la renta marcada para vivir de ella? En unos sitios sí y en otros no, lo cual ya establece la primera de mis discrepancias con el tema. ¿Crea problemas añadidos? Si, aunque nadie parece comentarlo. Favorece la economía sumergida ya que al no poder vivir con la cantidad asignada siempre se buscarán pequeñas tareas de tal índole que no habrá opción a declararlas. ¿Habría otros sistemas y métodos para alcanzar lo mismo? Si, y más justos, pero evitarían que los subvencionados se conviertan en rehenes de voto de quienes han instaurado el sistema.
Hay ciertas consideraciones que nadie se ha hecho, al parecer, y que deberían de estar en el argumentario de los no forofos:
-¿Es lógico detraer recursos económicos para personas en edad y capacidad laboral, cuando hay otros segmentos de población en necesidad? Podemos recordar, en respuesta a esta cuestión, que las pensiones oscilan entre lo miserable y lo insuficiente para la inmensa mayoría de los jubilados españoles, y este aumento del gasto no parece que vaya a favorecer sus expectativas de una mejora imprescindible. Tampoco la dependencia está dotada suficientemente, y tampoco parece que eso haya preocupado excesivamente al disponer de los recursos de las arcas del estado. ¿Estos argumentos invalidan la justicia y necesidad, en casos puntuales y controlados, de la prestación? Definitivamente no, pero como en toda economía, sea familiar o estatal, no se pueden acometer todos los gastos a la vez si no están asegurados los recursos suficientes
-¿Su dotación se logrará a través de un impuesto a los ricos? Esto es como decir que se le va a pedir a los Reyes Magos. Es una falacia populista sin más contenido que buscar el aplauso fácil y el paseíllo torero en el hemiciclo. Una boutade para incondicionales y forofos. Primero habría que identificar quienes son los ricos, porque seguramente usted, que nunca ha podido considerarse tal, y hay meses que acaba malamente, estará, para ciertos personajes e ideologías, en el punto de mira. Hablan de un patrimonio de un millón de euros, cantidad que le parecerá inalcanzable a algún habitante de la España vacía o de alguna aldea gallega, pero que para un habitante de las grandes urbes es el precio de una vivienda medio alta que está pagando al banco hasta el día de su muerte. Porque el patrimonio nominal, como bien sabe cualquiera que viva en el mundo real, no garantiza la calidad de vida, que seguramente es mayor en lugares pequeños y patrimonios menores, que en los grandes núcleos urbanos de vida cara y difícil. O sea, otra falacia activista. Y lo que no explica el populista de turno es que en un sistema de libre circulación de capitales, y en un país sin tejido industrial propio, el capital desaparece con la misma facilidad que la factoría de Nissan, o aún mayor, por no comentar que la presión fiscal sobre las empresas está focalizada sobre la pequeña y mediana empresa, o sea los de siempre, y que si cambias eso sin una planificación adecuada, sin un diálogo inteligente y sin un acuerdo consensuado, lo único que vas a lograr es la miseria social que supone la huida de todo ese trabajo a lugares más benignos fiscalmente hablando.
-También cabría preguntarse, si hay un salario mínimo recién revisado, y por tanto todos los que trabajan cobran lo justo según la ley, ¿por qué esa renta mínima se puede usar, se va a usar, como un complemento salarial? ¿Por qué la renta es válida incluso para personas con trabajo? Lo lógico sería mejorar el sistema contractual, las condiciones laborales, evitando los trabajos que no permitan una vida digna al trabajador, y hacer incompatibles ambos conceptos, o, con la picaresca habitual, nos podremos encontrar con familias que sin apenas trabajar logren unos ingresos superiores a los de otras que trabajen regularmente. Y eso si es un problema que acaba generando descontento y agravios por falta de justicia social hacia los que trabajan y no piden, o no logran, esas subvenciones.
-¿Por qué la cantidad elegida es esa y no otra? Aquí el cinismo me puede. Porque es bueno para las corrientes que se dicen sociales que la cantidad permita crear un clientelismo sin facilitar que esa ayuda dé acceso a variar el estatus de los que la reciben, lo que rebajaría el número de votantes cautivos. Estoy seguro de que este argumento ni figura en ningún documento, ni ningún político la va a reconocer, pero ahí está, “e si non e vero, e ben trovato”.
Hay muchas más consideraciones a favor y en contra, lo que demuestra hasta qué punto esta iniciativa es más un movimiento político que social, más una afrenta ideológica, tal como se ha concebido, que un progreso social, que también existe. Más una luz de navajas ideológicas que una preocupación real por la población.
Pero la extensión del artículo no da para ser riguroso. Poco más de dos páginas no nos llevan a otra cosa que a rascar la superficie y dejar algún arañazo en el que las mentes realmente independientes puedan profundizar. Y eso ya sería un logro.
Como bien intentaba explicar al principio, es lamentable tener que abrir las costuras de algo que se considera justo y necesario, pero lo justo y necesario no lo es tanto cuando se logra mediante la mentira y la crispación. Antes de que nadie me insulte, o precisamente para lograrlo, la crispación artificial de ambos bandos, que, para mí, no son otra cosa que las dos caras del mismo, la derecha, y la antiderecha.  Las dos caras de un capitalismo absoluto que busca hacerse la competencia a si mismo para justificarse.