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martes, 22 de agosto de 2017

La transferencia

Hola, papá:

Han sido días duros, han sido muchos días intentando hacerte la vida lo más cómoda posible sin saber si acierto o no en las decisiones que tomo. Y tú no te pronuncias. Te quejas, te dueles, mejoras o empeoras a tu propio ritmo sin que pueda saber, salvo pasado algún tiempo, en que te afecta lo que haya hecho.
Es el problema de no tener voluntad, papá, el problema de la incomunicación y el abandono de tu cuerpo. El problema es que los demás lo convertimos en una suerte de muñeco sobre el que hacemos transferencia de nosotros mismos, de nuestras cuitas, de nuestros miedos, de nuestras obsesiones, y, en el colmo, papá, a veces hasta de nuestros dolores y malestares.
Ha sido duro tomar ciertas decisiones sabiendo que te ibas a quejar, que ibas a mostrar malestar, miedo, oposición, sin poderte explicar los motivos por los que las creía conveniente, y aunque haya sido gratificante ver ciertas mejoras físicas la oposición, en algunos casos feroz, de mamá a que se haga nada que ella no considere aceptable, hace todo mucho más difícil.
Tengo claro que ella proyecta sobre ti sus miedos. Su rechazo a las residencias, su miedo a los médicos, su negativa a que nadie tome decisiones por ella, con ella, pero en esa lucha contra la vida y contra el tiempo te arrastra, espero que inconscientemente, a un déficit considerable en tu calidad de vida y, lo que es aún más triste, en la suya.
Si tu enfermedad nos machaca a todos el que un miembro de la familia se cierre sistemáticamente a la realidad de la situación y a cualquier tipo de medida que pueda mejorarla, hace que todo sea aún más duro, más áspero, mas sórdido.
Claro que llegados a este punto, llegados al punto en el que el diálogo es imposible, en que razonar es solo un verbo y anticiparse a los problemas una entelequia, tampoco puedo estar seguro de que algunas de mis decisiones, de mis convicciones, no sean también una transferencia de mi propia personalidad sobre tu situación.
Al final, papá, eres, te convertimos, en esa especie de guiñol que el marionetista de turno maneja con la convicción de darle vida temporal al muñeco, pero que no siempre lo consigue.
Esta, la nuestra, es una enfermedad colectiva, te lo he dicho más veces papá, en la que tú eres el enfermo, pero los demás somos los pacientes. Pacientes de un deterioro de convivencia, de una desesperanza cansada y sin futuro en la que nos vamos sumiendo más a cada día que pasa.
En fin, papá, te pido perdón desde aquí, me pido perdón a mí incluso, si algo de lo que hago llega a perjudicarte. Me queda al menos el consuelo de hacerlo con la absoluta certeza de que no es lo más fácil y en la convicción de que para ti es lo mejor que soy capaz de proporcionarte. Un beso.

jueves, 13 de abril de 2017

la cultura incivilizada

Hay actitudes por las que uno deja de creer en el ser humano, en el ser humano civilizado y consciente por lo menos.
Visitar los grandes logros de la humanidad, las construcciones esplendorosas, los poblados y restos de nuestros antepasados, las obras de arte que en el tiempo nos han legado para nuestro disfrute, es uno de los grandes beneficios que ese monstruo de mil cabezas, no todas buenas, llamado turismo nos ha permitido.
Asombrarse ante la grandiosidad de las catedrales, de los monasterios y palacios, arrobarse ante la belleza emotiva de ciertas obras de arte, inspirarse en las vivencias y reflexiones de los grandes hombres, quedarse embelesado con el esfuerzo y el ingenio de nuestros primitivos y valorar en lo que valen sus avances y sus afanes, son experiencias que engrandecen nuestra alma y permiten que nuestro intelecto se reconforte y nutra.
Pero, y desgraciadamente, todo este panegírico sobre las bondades que el turismo cultural, que se llama, nos puede deparar se troca, con la experiencia de la cruda realidad, en una indignación sorda y visceral.
Así que por mor de esta terca e infausta realidad una vivencia lúdica y que debería de haber sido enriquecedora y placentera te deja un poso de amargura, de desesperanza, de sospecha sobre lo que se puede esperar de los seres humanos actuales y su educación.
Si coges una visita guiada tu enfado empieza en los comentarios sobre el patrimonio perdido durante la desamortización, durante los saqueos perpetrados al comienzo de la segunda república  o los latrocinios de coleccionistas privados que con impunidad, y muchas veces con complicidades clericales, se han llevado a cabo. A veces uno piensa que alrededor hay personas que no están muy lejos de los talibanes que destrozaron los budas o de los desmanes del  tristemente famoso ISIS y su sistemático derribo de todo aquello que no concuerde con sus creencias o sus ideologías.
Pero con ser eso triste, con ser lamentable y ya inevitable, lo que acaba de derrumbarte, de amargarte el día, es la absoluta falta de respeto de muchos visitantes hacia el lugar que visitan, de su falta de educación y de sentido histórico y, sobre todo, de su dejación hacia esos conceptos respecto a los menores a su cargo, cuando los hay.
He visto en la Alcazaba de Almería a gente que se subía o manoseaba piezas y elementos arquitectónicos que específicamente ponían “no tocar”, a niños cogiendo piedras de cualquier sitio que se les ocurriera sin que nadie les llamara la atención, es más, los vigilantes se giraban y miraban para otro lado evitando darse por enterados. “Es que si les llamamos la atención luego nos expedientan a nosotros”, me confesó uno. Incluso una familia, bastante numerosa, retiró una cinta de prohibido el paso para aposentarse en una escalinata y acomodarse en ella para almorzar, bolsas, neveras, manteles, latas, botellas, como si del campo o la playa se tratara.
He asistido en una visita de un grupo cultural a los toros de Guisando donde padres e hijos se subían a las esculturas para sacarse fotos y hacer las gracias correspondientes. En el poblado de Los Millares coincidí con un colegio cuyas profesoras estaban absolutamente sobrepasadas por las ocurrencias que los alumnos más “graciosos” llevaban a cabo en el interior de las cabañas mientas otros vigilaban que no se acercara nadie.
Porque parece ser que la permisividad, que el concepto de que la propiedad particular de cada cual está implícito en la propiedad pública, que la falta de perspectiva histórica inculcada en la formación, y el descrédito de la disciplina evitan que tengamos el más mínimo respeto por lo que el pasado pone a nuestro alcance y por la obligación de preservarlo y legarlo a nuestros descendientes en las mejores condiciones posibles.
El otro día estuve visitando el Monasterio de Uclés, ahora convertido en campamento y residencia de infantes. Me pareció tremendo ver a un montón de críos encaramados al brocal del pozo, sentados sobre la plancha que cubre su boca jugando a las cartas, escalándolo utilizando las figuras que lo adornan como puntos de apoyo para su ascensión sin que los monitores, uno de los cuales, al menos, estaba allí presente, hiciera el más mínimo además de llamarles la atención. Es más ante mi intención de hacer una foto un chaval un poco más mayor que los otros, no el monitor, les ordenó que se bajaran para que pudiéramos sacar la imagen sin habitantes, cosa que todos aceptaron sin ningún tipo de protesta. Pasada la foto todos volvieron a sus actividades de juego y escalada.

¿Cuantas actitudes de este tipo puede tolerar nuestro patrimonio sin resultar dañado? ¿Cuantos graciosos pueden soportar los monumentos haciendo su gracia de pintar, encaramarse o llevarse un recuerdo sin deteriorarlos? ¿Cuánta cultura incivilizada podemos permitirnos? ¿Valen para algo la autoridades, en este tema, aparte de para asegurarse su cargo y cobrarlo? Y prefiero no seguirme preguntando.

martes, 7 de marzo de 2017

En defensa de los valores

“Todos, todos me miran al pasar, menos lo  ciegos, es natural” y mi sensación actual es que estoy rodeado de ciegos, de los peores ciegos que  existen, los que no quieren ver.
Al parecer esta ceguera que se ha apoderado de la sociedad de unos años a esta parte, pero que aún debería de ser reversible, se desarrolla de una forma insidiosa, paulatina, casi voluntaria, de tal forma que el ciego lo acaba siendo por su propia determinación.
Empieza viendo solo la realidad que le rodea con un solo ojo, el que le marca su ideología, mientras cierra el otro cada vez con más fuerza hasta que, víctima de la misma inoperancia, del sistemático olvido de la función se desconecta definitivamente y  produce una ceguera parcial en el individuo que a partir de ese momento no tendrá más opción que seguir mirando sesgado.
Aunque esta pérdida pueda parecerle a algunos irrelevante e incluso conveniente a otros, la verdad es que realmente es irreparable porque ciertos valores solo son apreciables, solo son aceptables desde una perspectiva de visión dual. Esos valores dañados, olvidados, perdida la perspectiva son además los valores fundamentales que todo hombre de bien debería de defender por encima de sus propias y parciales convicciones: La Justicia, la Verdad, la Solidaridad, la Libertad y el Respeto.
Ninguno de estos valores es defendible si el individuo se empeña en mirar con un solo ojo y olvida que hay siempre, siempre, otra perspectiva de cualquier suceso o problema que es, como mínimo, tan válida como la suya.
La Libertad que hay que defender no es la propia, es la ajena. La solidaridad que hay que practicar no es con los que nos son afines, si no con los que nos son ajenos. La Justicia que hay que lograr no es la que dicta lo que yo creo si no la que preserva la inocencia en su máxima posibilidad. La Verdad que tenemos que buscar no es la que hace a unos mejores que a otros si no la que nos permita ser  a todos iguales. El respeto que tenemos que sentir, no el que practicamos, si no el que nos tiene que salir de dentro, el que nos permite escuchar las ideas de los demás, aunque sean contrarias a las nuestras, con la misma ecuanimidad y atención, o mayor según el grado de perfeccionamiento, con la que ellos deberán de escuchar las nuestras.
El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.
No puedo evitar cada vez que me asomo a las redes sociales sorprenderme de la bajeza que practican sectariamente personas que en la vida real, en el encuentro físico me parecen personas inteligentes y razonables.
Supongo que el anonimato, aunque sea nominal, del ordenador, el no estar físicamente sosteniendo lo dicho hace que muchas personas, insisto inteligentes, aparentemente ecuánimes, comprometidas con los valores, entren en una atroz carrera por decir la burrada más ocurrente, la patochada más soez e innecesaria, la barbaridad más insostenible, la irrespetuosidad más miope sobre los más diversos temas y personas, sin darse cuenta que lo mayores reos de sus disparates son ellos mismos y su credibilidad.
No dudo, en realidad estoy convencido, de que como los avaros de los cuentos su única satisfacción será frotarse las manos mientras recuentan los me gusta y los comentarios huecos y lisonjeros que responden a sus palabras.
Yo, que pretendo seguir siendo yo y para eso necesito que los demás sigan siendo los demás, todos, sin excepción, me declaro reo de mis palabras, sean escritas orales, firmadas o sin firma, porque mi único interés es la preservación y perfeccionamiento de los valores individuales fundamentales. Verdad, Justicia, Solidridad, Respeto  y como consecuencia Libertad.