Mostrando entradas con la etiqueta impuestos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta impuestos. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de noviembre de 2021

Cartas sin franqueo (XLV)- Pagar, y pagar, y volver a pagar

 Muchas veces hemos discutido sobre el tema de los impuestos y su perversidad, sobre todo en manos de una izquierda de salón, que divide a la sociedad, con menos imaginación que un guionista de telenovela, en buenos y malos, en empresarios ricos y explotadores, y obreros pobres y explotados, y basa en ese análisis perverso, en esa incapacidad de modernizar su visión de la sociedad, en su forma de querer ser sistema y antisistema en una misma acción, toda la frustración económica que provocan su gobiernos. Los impuestos, y basta con echar mano de la historia, son un invento de los poderosos, los gobernantes absolutos, los caciques, las religiones, para acrecentar su poder y controlar el progreso de las clases gobernadas, o de los pueblos sometidos, no olvidemos que el primer acto de victoria era marcar unos tributos sobre los vencidos. Y este es, sistemáticamente, un medio extraño en el que la izquierda naufraga en una serie de piruetas dialécticas que no consiguen tapar su incapacidad para manejarlo.

Nunca, a lo largo de su aplicación, los impuestos han sido otra cosa que el mecanismo por el que, el que podía, o sea, el poderoso, participaba en el beneficio del trabajo del no poderoso, que no tenía otra opción que pagar lo que le era solicitado (es una forma suave de decirlo), fuera justo, o no, fuera posible, o no, lo que, antes o después, y según la habilidad del gobernante, acababa causando una revuelta contra la presión económica del que mandaba y utilizaba esos recursos que detraía de la necesidad ajenas para su propio lucro, o necesidades.

Los gobernantes más hábiles convertían sus necesidades en logros que beneficiaran lateralmente a los contribuyentes, pero tampoco era especialmente importante que fuera así. Los más poderosos y hábiles, relajaban la exigencia contributiva de sus ciudadanos mediante la esclavitud de los vencidos, si el tributo era físico,  o sus obligaciones de entregar mano de obra y riquezas periódicamente, pero no lograban enmascarar que el fin último no era aliviar esa presión, si no incrementar su poder.

Estas prácticas, absolutamente intolerables, aparentemente, en una democracia, o cualquier otro sistema pseudo democrático moderno, y su planteamiento primitivo, se han amparado en el concepto de redistribución de la riqueza para justificar lo que antes no se justificaba, apropiarse de los beneficios de las clases emergentes para beneficio de los poderosos, y, en  último término, controlar el enriquecimiento de las clases medias para evitar que se conviertan en una clase poderosa. Someter a los que tienen opción, por número, y por recursos si se les permitiera, de subvertir el orden establecido.

Los impuestos, ese sistema que jamás conseguirá cerrar brecha alguna, porque su mismo mecanismo lo impide, no son otra cosa que un instrumento de control del poder sobre los gobernados, y da lo mismo, porque lo mismo da, si ese poder lo ejerce alguien en nombre de un estado que sea el que administra los recursos, en este caso el poderoso es el estado y el sometido es el ciudadano con lo que además e ven comprometidas la justicia y la libertad, ya que todos los recursos están en unas solas manos, de dictador, de ente ideológico, o de ente religioso, entonces la brecha se produce y  hace evidente entre los que administran el poder y los administrados, o en nombre de una libertad, pseudo libertad, en la que, por caminos más arteros, pero no menos eficaces, la riqueza acaba en manos de unas élites económicas que vigilan con celo sus propios intereses, aunque para ello parezcan compartirlos con los que pagan. Y entonces la brecha social entre poderosos y contribuyentes se hará siempre evidente e irreparable, aunque la misma clase poderosa cuidará de que no crezca más allá de lo que marquen sus propios intereses.

Una sociedad moderna, que apunta a recursos tecnológicos que comprometen la posibilidad del pleno empleo, que apunta a una civilización del ocio, que parece marcar una decadencia del poder como autoridad que impone las obligaciones ajenas por encima de cuestiones éticas, ya no va a poder ejercer un control sobre el trabajo físico, como sucedía en la antigüedad, o sobre el trabajo intelectual, como sucede actualmente, y si busca una verdadera equidad tendrá que empezar por buscar un modelo convivencial en el que los más desfavorecidos, por cualquier tipo de menor capacidad, no se vean relegados a una vida menos plena que los demás. Eso deberá de empezar por una ética de la solidaridad que no admite de imposiciones impositivas, si no de la cercanía entre el que contribuye y el que recibe, del pleno convencimiento de que lo que se da se usa correctamente y de lo que se recibe se recibe con la plena aquiescencia del que lo da.

El sistema actual, me da igual de la izquierda o de la derecha, no tiene otro objetivo que el pago sistemático, reiterativo, de lo que ya hemos pagado, el hurto sistemático de la plena propiedad. Pagamos nuestros bienes individuales reiteradamente, primero para que sean nuestros y luego porque ya son nuestros y queremos que lo sigan pareciendo. Pagamos nuestras infraestructuras reiteradamente, primero porque hacen falta, y luego porque ya están y necesitamos que sigan estando. Pagamos reiteradamente nuestro ocio, primero para que podamos disfrutarlo, y luego porque lo disfrutamos y no queremos prescindir de él. Pagamos por poder beber, por poder calentarnos, por poder tener luz, por aparentar ser libres. Pagamos porque nos protejan, a veces más allá de nuestros propios intereses, porque nos garanticen una salud que no siempre es garantizable, porque nos acojan entre los suyos, aunque no siempre sabemos quiénes son ellos, porque nos reconozcan unos derechos por los que somos incapaces de luchar por nosotros mismos. Todo en nuestra vida, lo que queremos tener y lo que ya tenemos, lo que queremos ser y lo que ya creemos ser, exige de un pago continuado que nos hace deudores del poder que necesita ávidamente de los recursos que nosotros generamos y que utiliza nuestras propias ambiciones, nuestras creadas necesidades, para controlarnos.

Sí, ya lo sé, lo tengo claro, el mundo que intento proponer como ideal, sería una utopía, pero, como tantas veces te he dicho, el hombre se mueve siempre en la dicotomía, y las opciones que tenemos son dos, siempre dos: pelear por intentar acceder a una utopía o, que parece el camino actual, permitir que nos arrastren a una distopía que llegarán a disfrutar plenamente nuestros herederos. Una distopía que puede moverse entre el “Gran Hermano” de la izquierda o el “Blade Runner” de la derecha, que, en el fondo, tampoco son tan diferentes.

Hemos permitido estados tan poderosos que escapan incluso al control de sus propios gobernantes. Hemos permitido la creación de estructuras económicas supranacionales que están por encima de leyes y de estados. Hemos permitido un mundo donde la más disparatada de las conspiraciones es plausible. Hemos permitido que el número ignore a la unidad. Hemos permitido un mundo donde la mentira es un recurso admisible. Hemos permitido, en definitiva, un mundo en el que la distancia entre lo que se dice querer y lo que se quiere sea imposible de recorrer, y lo seguimos permitiendo. Hemos permitido, incluso jaleamos, un mundo en el que el pensamiento está secuestrado por ideologías, por religiones, por el forofismo dirigido por guiñoles de un poder que nos maneja desde la sombra. Hemos permitido que nos arrebaten la dignidad de invocar el yo y saber de quién hablamos. Y este, llegado el momento, será un camino que solo se podrá deshacer con dolor, con un dolor que pagarán otros, los nuestros, pero otros.

sábado, 18 de abril de 2020

Las miseria humanas (IV): Los parias de la tierra


En toda guerra hay víctimas, y no solo entre los combatientes, no, también, y me parecen las más dolorosas, esas víctimas de retaguardia, están esas víctimas no combatientes, que caen sin que en ningún momento se sintieran directamente combatientes. Y todos estaremos de acuerdo, si no basta con oír alguna rueda de prensa, en que estamos en una guerra. Una guerra declarada, la de la sociedad contra el coronavirus, otra guerra de inteligencia, la guerra comercial que posiblemente esté detrás de todo esto, y una tercera guerra, ni declarada ni reconocida, que algunos han decidido iniciar aprovechando la situación, la guerra del modelo económico.
La primera guerra tiene víctimas combatientes, los enfermos y los virus, y víctimas colaterales, los sanitarios y fuerzas de apoyo que acaban siendo enfermos.
Los combatientes de la, posible, segunda guerra son siglas y grandes corporaciones, tiburones ávidos de aumentar su hegemonía y que no reparan en medios ni en víctimas directas. La víctima colateral de esta guerra, en la que este episodio sería solamente una batalla más, será nuestro futuro, nuestros derechos y libertades.
La tercera es una guerra sucia, una guerra no declarada, una guerra por un modelo económico, la guerra de clases, la guerra que gane quien gane siempre tendrá la misma víctima colateral, la clase media de la clase media.
Las víctimas económicas de esta crisis,  son todos esos pequeños empresarios autónomos por la gracia de la ley, sin grandes recursos de supervivencia que no son empresarios para las organizaciones empresariales ni son trabajadores por los sindicatos, pero que componen la mayor parte del entramado económico español, y son la mayor fuente de empleo de nuestro país.
No tieneN quién les represente, no tienen estructura que les permita representarse, si se   arruinan no perjudican a las grandes empresas, ni van a cobrar el paro si se quedan sin trabajo porque a pesar de pagar un auténtico atraco en forma de cuota no tienen derecho a desempleo, ni, en vacas flacas van a recibir apoyo de los bancos, que además, como en otras crisis, solo tendrán que alargar un poco su brazo para recoger los frutos de las hipotecas y préstamos concedidos, incluso con apoyo de dinero público, que impedirán toda posible salvación de esos ninis, ni empresarios ni trabajadores.
Los sindicatos, que representan a una minoría de trabajadores de este país, serán escuchados, pero jamás tomarán una iniciativa que no suponga favorecerse a sí mismos. Las organizaciones empresariales, que representan a una minoría de los empresarios de este país, serán escuchados, pero jamás tomarán ninguna iniciativa que no sirva para favorecer a las grandes empresas, suficientemente favorecidas ya.
Esa clase media media, de la que decía Mazarino a Colbert, con un cinismo que nadie ha desmentido en los siglos transcurridos desde que lo dijera: “Entre los ricos y los pobres hay una gran cantidad de gente, tipos que trabajan soñando con llegar algún día a enriquecerse y temiendo volver a ser pobres. Es a esos a los que debemos de gravar con más impuestos, cada vez más, siempre más, porque cuanto más les robemos más trabajarán para compensar lo que les quitamos. ¡Una reserva inagotable!”
Efectivamente, a pesar de todos los obstáculos, esa clase que no parece pertenecer a nadie, que no tiene voz ni unión para que su voto los haga fuertes, esa clase que se arruinó con la crisis del 92, con la del 2008 y que ahora volverá a arruinarse, volverá a levantarse sin la ayuda de nadie, pero en medio, si nadie lo remedia, que no lo va a remediar, arrastrará en su caída un desempleo feroz, por cada uno dos, tres o más desempleados. Los pequeños bares, las tiendas de barrio, las casas rurales, los restaurantes, los feriantes, todo ese pequeño tejido empresarial a espaldas de los que se legisla, se toman acuerdos o se hace política, se va a derrumbar y arrastrará con ellos al país a una crisis feroz. A una crisis que no afectará a los realmente poderosos porque tienen recursos de sobra y no afectará a aquellos normalmente más desfavorecidos rescatados por un empeño social más interesado en la foto que en el fondo.
En eso consiste la derecha, en eso consiste el populismo de izquierda y en eso consisten seguramente los intereses del poder, que va más allá de la carnaza ideológica con la que nos distraen.
La miseria humana, cuando hablamos de tiempos de crisis, es propiedad siempre de aquellos que por no pertenecer a ningún grupo de presión reciben toda la presión del ninguneo económico, a los auténticos parias de las políticas  de poder que siguen al pié de la letra las enseñanzas de Mazarino, de Maquiavelo y de tantos brillantes estadistas sin moral.
Y cuando vuelvan a levantarse, porque siempre se levantan, una vez más serán los contribuyentes, los paganinis del dislate, los ricos para los que buscan a los pobres y los pobres para los que protegen a los ricos, los eternos aspirantes a la zanahoria en el extremo de la vara.

jueves, 15 de agosto de 2019

La sociedad de los tres monos


Me preocupa esta sociedad. Me preocupa la incapacidad evidente de enfocar los problemas correctamente. Me preocupa, con preocupación presente y futura, el abismo intelectual, social y educativo con el que las ideologías de diferente índole y cariz la van castigando hasta sumirla en una dicotomía que lastra su solidaridad, envilece su pensamiento y destroza su capacidad de enfrentar correctamente aquellas cuestiones que le hurtan la esperanza de poder ser mejor.
No hace tanto que, con gran revuelo mediático, el gobierno propuso subir el salario mínimo interprofesional a mil euros al mes. No hace tanto que, con gran revuelo mediático, los poderes económicos se hacían cruces y anunciaban catástrofes inenarrables para la economía de este país. No hace tanto que oyendo a unos y a otros no sabía si se me caería la cara de vergüenza, ajena, o podría contener con algún éxito el descuelgue de mandíbula que el despliegue informativo, perdón, el despliegue opinativo, estaba llegando a producirme.
¿Era posible tal desfachatez por parte del gobierno? ¿Era posible tal falta de ética por parte de los poderes económicos? ¿Era posible tal falta de objetividad y visión de la realidad por parte de una sociedad dispuesta a alinearse ciegamente con quién su querencia ideológica lo demandara?
Sí, era posible. Era, es, y parece ser que será, lamentablemente posible.  Pero vayamos por partes, por protagonistas.
El nombre de salario mínimo interprofesional me parece una burla tal como está enfocado, tal vez salario de incapacidad supervivencial, o salario de incapacidad adquisitiva, o, directamente, tomadura de pelo, que al final es lo que es.
Se supone que el salario mínimo interprofesional, SMI para no tener que escribir tanto, y porque ya todo se nombra por siglas, debe de garantizar una retribución digna a cualquiera que desarrolle un trabajo. Se supone, digo bien, porque me gustaría saber con qué parámetros se calcula, por qué mil y no novecientos ochenta o mil cuatro con treinta y tres. ¿Qué se supone que garantiza ese montante? ¿Cuánto le cuesta al empresario? ¿Se garantiza también a los autónomos? A esto último, que es lo más evidente, la respuesta rotunda es no, ya se encargan el estado y su sistema retributivo de provocar, si la coyuntura lo requiere, que los ingresos de los autónomos puedan ser incluso negativos. Luego, primera tomadura de pelo, o los autónomos no desarrollan labor retribuible y solo se dan de alta por alegrar a la AT, o no son profesionales a pesar de sus profesiones, por lo cual no se pueden dar por aludidos. Es decir, que en el peor de los casos los autónomos tienen que pagar por trabajar, o por la expectativa de llegar a hacerlo.
A la primera pregunta la respuesta también es clara, suponerse se puede suponer lo que se quiera, pero la realidad es que garantizar, lo que se dice garantizar, tal como está la vida, no se garantiza con el SMI otra cosa que una imposibilidad de supervivencia individual. En la mayoría de las ciudades españolas no se puede acceder a una vivienda, pagar los costes de agua, energía y otros, preocuparse de una manutención razonable y hacer frente a otros gastos que la recaudación grava y el mercado alza, con los mil euros de los que hablamos, y si alguien tiene alguna duda, que lo pruebe, se le quitarán las dudas de golpe.
A la segunda también vamos a buscarle las vueltas. Más, al empresario le cuesta un porcentaje más que sale de su beneficio, o sea, el trabajador gana más, el empresario paga más y gana menos y el estado recauda más a la vez que justifica más impuestos para hacer frente a un gasto que no solo no soporta, si no que le beneficia. Y, como es lógico, los empresarios protestan. Sobre todo los pequeños y medianos empresarios, esos que, siendo autónomos por obligación, tienen que buscar la forma de financiar algo que en muchos casos no tienen de donde detraer y que, además, no tienen  acceso a los beneficios fiscales de las grandes empresas. Pero eso no importa, porque al ser empresarios, para una gran parte de la población, son insolidarios, millonarios y explotadores. Así los presenta el imaginario que ciertas ideologías manejan y que difícilmente se corresponde con la realidad, a poco que se tire de libros y resultados.
Así que nos encontramos con una tesitura en la que nada es verdad, ni nada es mentira, ni nada es del color del cristal con que se mira, salvo para los que llevan una retina deformada por alguna ideología, una gran parte de la sociedad, desgraciadamente.
Podríamos entonces convenir en que todos los actores sociales intervinientes en la trifulca tienen razón, casi todos. Los trabajadores porque el SMI es insuficiente para vivir de una forma mínimamente digna. Los empresarios porque el estado se aprovecha de su posición para gravar sus beneficios a cambio de nada. Bueno, de nada no, de propaganda para la ideología del demagogo de turno. Los autónomos porque a ellos nadie les garantiza nada, y los jubilados porque su pensión es inferior a ese baremo de supervivencia que los gobernantes se sacan de una chistera sin fondo, sin forro y sin vergüenza.
Aumentar el SMI es imprescindible. No gravar a los pequeños y medianos empresarios para lucirse es de justicia. Igualar las pensiones mínimas al SMI es de sentido común. Extender el beneficio a los autónomos es, simplemente, aplicar una justicia igualitaria. Y lograrlo, lograrlo es el problema con un sistema poco interesado en las soluciones reales y muy pendiente de las alharacas ideológicas, que es para lo que está montado.
Ni la derecha, preocupada por favorecer a las grandes fortunas y a las grandes empresas, está interesada en que el SMI sea otra cosa que un parámetro vendible, ni la izquierda, preocupada en exprimir al mediano y pequeño contribuyente mientras dice que su objetivo es el grande, está interesada en que el SMI sea otra cosa que un parámetro vendible.
Para que el SMI fuera un parámetro coherente tendría que calcularse de forma que realmente supusiera una estimación fiable del costo real de la vida por individuo, en base a los verdaderos costos de las partidas fundamentales. En ese momento, además, serviría como base referencial de otros muchos indicativos económicos y permitiría la elaboración de una fiscalidad con vocación de justicia distributiva. Podría analizarse el enriquecimiento, definir la acaparación, analizar los beneficios empresariales y referenciar tantos otros parámetros fundamentales para una justicia distributiva en SMIs. O sea, nada que interese a nadie.
Y no interesa a la derecha porque tirará del famoso mito de que con un sistema realmente distributivo se alimenta a los vagos, y a los pícaros que buscaran la forma de cobrar sin trabajar, que haberlos haylos y suelen ser los que más protestan, falacia fácil de desmontar si el interlocutor tiene algún interés más en el tema que el de defender una posición ideológica o repetir imperturbable los mantras aprendidos sin necesidad de demostrarlos ni de demostraselos a sí mismo. Y no interesa a la izquierda, porque siendo una suerte de derecha camuflada, de contra derecha, no necesita pensar en nuevos sistemas, cuanto menos de ponerlos en marcha, o simplemente pensar, si para lo que realmente quiere, que nada tiene que ver con una justicia distributiva, no necesita devanarse los sesos y lo puede obtener empobreciendo a los demás subiendo los impuestos y aumentando el déficit, que ya vendrán otros que lo paguen con el dinero que no es de nadie.
Realmente, como bien decía al principio, me preocupa esta sociedad de monos que no ven, no escuchan, y son incapaces de hablar para pedir: libertad, igualdad y fraternidad reales. Una sociedad capaz de mirar con equidad a sus miembros y proyectarse hacia un futuro de esperanza. Una sociedad basada en valores diferentes al enriquecimiento, el poder, el acaparamiento y la competencia. Ya sabéis, hablando cómodamente, una utopía.

domingo, 28 de julio de 2019

La Trampa


Es muy habitual, sobre todo en tiempos de elecciones, oír hablar de un concepto más resbaloso que resbaladizo y que siempre concluye como la famosa frase de Quevedo: “fueronse y no hubo nada”. Hablo de la redistribución de la riqueza.
El concepto en sí mismo ya es tramposo. Cada vez que se produce una transacción económica se lleva a cabo una redistribución de la riqueza, pero no es en este sentido en el que oímos a los políticos hablar de este tema, si no en el sentido  de que hay que intentar que la riqueza se distribuya uniformemente entre toda la población, en el sentido de habilitar mecanismos económicos que persigan una igualdad patrimonial que esos mismos mecanismos desmienten.
Hace ya mucho tiempo, tanto que la abuela tortuga no llega a recordarlo…, perdón por esta introducción de cuento para explicar un cuento, que los que detentaban el poder inventaron el concepto básico  de cómo hacerse con parte de la riqueza que generaban aquellos que estaban bajo su dominio, los impuestos, y como justificar la tropelía, haciendo de un despojo una forma de extraña de prestar servicios comunes. Eso sí, cuanto más absoluto era el poder menos beneficio revertía en los contribuyentes. Cuanto más absoluto era el poder  más opaca era la inversión de lo recaudado.
A nada  que se piense con un poco de lógica aplicada, si es el poder siempre el que determina las reglas y cuantías de la contribución que para sus fines necesita de los que producen, y los mecanismos por los que los que contribuyen tienen acceso a controlar en que se usa la parte de su riqueza, que el poder considera, coercitivamente, que le corresponde para llevar a término su pervivencia, son escasos o inexistentes, es inevitable darse cuenta de que el poder utilizará en primer término su fuerza disuasoria para su propio beneficio.
Es decir, una institución no productiva pone en marcha un sistema por el que se obliga a una solidaridad no siempre consentida a aquellos que sí producen a cambio de unos beneficios, teóricos, uno de los cuales, y de los costosos, es el sistema coercitivo que se empleará, entre otras cosas, para obligar al cumplimiento de los no conformes, que pagan de esta manera su propia represión, imponiéndoles unas reglas y cuantías que no siempre, en realidad casi nunca, son justas, y además se les escarnecerá públicamente tachándolos de insolidarios y delincuentes.
Por si misma esta situación desmiente la bondad del concepto. Un sistema que necesita represión no es solidario, y casi con toda seguridad no es justo. Un sistema que utiliza parte de sus recursos, una parte cada vez más importante, en perseguir y sancionar a los disidentes, es un sistema implícitamente perverso. No se puede imponer la solidaridad, se pueden imponer conceptos negativos que la suplantan bautizándolos con nombres de ideales, cuya consecución no es objetivo real, como puedan ser: el bien común, los servicios sociales o la redistribución de la riqueza. Ideales cuyo logro quedan flagrantemente desmentidos tanto en los presupuestos de cualquier estado como en la vida real y cotidiana.
Así que la recaudación de impuestos no es otra cosa que una forma de obligar a los individuos a que prescindan de parte del beneficio obtenido de su trabajo para que otros que no producen ningún beneficio, conocido al menos, decidan que necesidades, pretendidamente comunes aunque no siempre lo sean, tienen que cubrirse con esa merma de la remuneración personal.
¿Está un pacifista satisfecho con su contribución a la defensa? ¿Está un jubilado conforme con sus carencias mientras contempla como ciertos pretendidos representantes de su situación tienen prebendas que él no puede alcanzar? ¿Está un empresario satisfecho mientras ve como las leyes que se aprueban con su contribución lesionan gravemente las posibilidades de pervivencia de su negocio? Por poner los ejemplos más populistas, dejando de lado los más sangrantes y complejos. Lo dudo. Otros me hablarán, para rebatirme, de la sanidad, de las infraestructuras, de la educación… y yo les hablaré de donde están todas las carencias que los estados permiten.
Habrá en este caso quién me hable de izquierdas y derechas, como si esa falacia tuviera algo que ver con la realidad del problema. Los impuestos se inventaron antes que las ideologías, y las ideologías lo único que han hecho ha sido reinterpretar el sistema en su propio interés. La prueba está, como siempre basta una mirada sin improntas ideológicas, para comprobar que nada ha cambiado, aunque nada sea igual. Defiendo la perversidad del sistema, no su falta de inteligencia. Por lo que se cambian impuestos por libertades, que no tienen costo, pero no se garantizan más allá de lo que los individuos, o el grupo de presión al que pertenecen, son capaces de defender por si mismos.
La derecha defiende la mínima intervención directa del poder a cambio de una desigualdad cada vez mayor permitiendo una acaparación sin límites y apenas interesándose por los más desfavorecidos. La izquierda promueve la máxima intervención posible de tal modo que el poder se erige en garante de sí mismo y la redistribución de una pobreza provocada por la falta de libertad individual. Hablo, claramente, de situaciones extremas, pero no por extremas menos ciertas. Como si de una función matemática se tratara diríamos que x = f(n) tendiendo n a infinito, siendo f los impuestos y n el importe. Para n= 0 estaríamos en una extrema derecha ideal, y para n=infinito en un extrema izquierda tan ideal como la extrema derecha ya mencionada.
Creo que hay una referencia histórica que describe la absoluta perversidad del sistema de recaudación de impuestos. Son tiempos de Luis XIV y Francia, en realidad el rey, necesita dineros para dotar las guerras que sostiene, teóricamente para aumentar la gloria de Francia, en realidad la gloria, el poder y la riqueza del rey de Francia y de su élite. La única salida es aumentar los impuestos, y en tal sentido Colbert, el ministro de finanzas, se dirige al cardenal Mazarino explicándole que no encuentra la forma de gravar más a una población castigada ya al límite. Mazarino, lejos de compartir las cuitas de Colbert le da una norma que todos los ministros de hacienda de todos los gobiernos tienen en la cabecera de su mesa como guía y faro: “Hay una enorme cantidad de gente entre los ricos y los pobres. Son todos aquellos que trabajan soñando en llegar algún día a enriquecerse y temiendo llegar a pobres. Esos son los que debemos gravar con impuestos, cada vez más, ¡siempre más¡. A esos cuanto más les quitemos más trabajarán para compensar lo que le quitamos. ¡Son una reserva inagotable¡”
Releyendo la frase se puede paladear toda la perversión que implica. No solo el cinismo sobre la clase media y la burguesía, también sobre las clases intocables. Los pobres son intocables porque si sobrepasamos el límite de lo que les quitamos perdemos al contribuyente. Los ricos porque su verdadero valor está en que siempre podemos, en caso de necesidad, comprar parte de su riqueza a cambio de prebendas que a la larga los harán más ricos.
Intentando concluir, cuestión ya de por sí cuestionable, la de concluir, y para aquellos bien intencionados:  confiar en que el sistema impositivo basado en una apropiación porcentual de la riqueza individual en función de su producción, o riqueza pasiva, pueda contribuir a una redistribución justa de las riquezas es una falacia que solo el poder puede manejar con desparpajo, y con medios detraídos de otras necesidades reales para poder imbuir en la sociedad esa falsa convicción. Lo que se llama propaganda. El hecho de que se permita que ese sistema, además, sea prerrogativa del poder, es como poner a la zorra a cuidar a las gallinas.
Si alguna vez alguien pretende redistribuir la riqueza, si alguien alguna vez tiene un fin justo, solidario, si alguna vez alguien está más interesado en compartir que en acaparar, si alguien alguna vez es más propenso a servir que a servirse, si en algún remoto e inconcebible futuro el administrador está interesado en los administrados y más preocupado por administrar que por recaudar, seguramente empezará por proponer unos límites de enriquecimiento y empobrecimiento que eliminen de la sociedad el lujo y la miseria, que son los extremos de una injusticia social. Si alguna vez la solidaridad es una necesidad común palpable y aceptada, el recorrido estará claramente garantizado.
Tal vez entonces, y solo entonces, entendamos qué es la redistribución tolerable de la riqueza y hayamos logrado comprender la trampa que el sistema tradicional de impuestos supone para aquellos que no son ni el poder ni su élite asociada. Si alguna vez la sociedad llega a asumir que la igualdad no existe, pero que la equidad es un estado alcanzable, habremos recorrido una parte importante del camino
¡Utopía¡, gritarán muchos ante mis palabras. ¡Distopía¡ me permito yo gritar ante sus hechos, sus pertinaces, mendaces e históricos hechos.

jueves, 5 de julio de 2018

Los cien días que duraron treinta


Parece ser que la intensidad es la característica principal de Pedro Sánchez. Todo lo que hace es tan difícil, ¡qué digo¡ tan imposible, que ni los tiempos ni las acciones pueden medirse de forma habitual. Hace apenas treinta días que nombró a sus minisros y ya ha consumido los cien días de gracia que todo gobierno merece antes de ser juzgado. Esos cien días míticos que son usados para evaluar las acciones y que se caracterizan por la expectación, expectación ilusionada de los partidarios y fatalista de los que no lo son.
Y ¿Por qué sé que han pasado los cien días a pesar de que solo han transcurrido treinta de calendario? Fácil, porque hemos pasado de la ilusión a la sospecha, de la sorpresa a la certeza sin pruebas ciertas, pero presentidas.
Pedro Sánchez ha conseguido convertirse en un funámbulo de la política. En esa figura situada en lo alto de la carpa que se bambolea y que sabes que cualquier brisa, cualquier mal paso, lo va a hacer precipitarse el vacío. Como si fuera un miembro más de la familia Wallenda su arte en el alambre tendido para alcanzar la dirección de su partido, y que consiguió atravesar no sin algún traspié peligroso, lo convenció de que para él no hay desafío inalcanzable. Y con esa convicción, con esa osadía, decidió lanzarse a retos mayores y encaramarse al alambre tendido sobre el vacío de una moción de censura imposible por los vientos cruzados que la azotan.
Dice el dicho que bien está lo que bien acaba, y esto no ha hecho más que empezar. Treinta días que se han llevado por delante los cien de gracia. Treinta días en los que los guiños de los nombramientos de los componentes de su gobierno, las promesas que todo el mundo quiere oír, los gestos populares sin compromiso, han dado paso a los problemas reales, a la necesidad de bajar al fango para gobernar el día a día. Se acabó la fase de galanteo, pasó el mes de embeleso y la realidad de los problemas que no se solucionan con palabras se le han echado encima. El viento que supone la intemperie ha empezado a bambolear el alambre y los pasos se hacen más inseguros.
Hubo muchos guiños en el nombramiento de ministros. Guiños a todos los cansados que la fatiga del gobierno anterior había dejado. Guiños a las feministas, a los jóvenes, a los pensionistas, a los independentistas, a los no independentistas, a los unos y a los otros. El problema de los guiños es que si se perpetúan pasar de ser cómplices y agradables a convertirse en un tic, en un rictus que puede resultar preocupante porque sea síntoma de un mal oculto.
El episodio del “Aquarius” fue un bálsamo para las conciencias de todos los que abríamos  la ventana electrónica de nuestro salón y podíamos solicitar la compasión necesaria con unos semejantes dolientes que se asomaban a ella sin que nuestra turbación, y posterior alegría, supusieran nada en un problema que no solo tiene como protagonistas a los seiscientos viajeros del barco, si no a los miles y miles que día tras día arriesgan su vida  en una búsqueda en la mayoría de los casos desesperada. Hoy el problema sigue existiendo. Hemos salvado seiscientas vidas, que no es cosa menor, pero el gesto español no ha pasado de ser un brindis al sol respecto a la solución necesaria y que no depende de nuestro gobierno, ni siquiera de la Unión Europea.
Y promesas. Muchas promesas que a casi todos nos parecen bien. La sanidad universal, el fin del copago, la subida de las pensiones, la bajada del IVA cultural… El problema es que prometer es gratis, pero poner en marcha esas medidas no, y nadie ha explicado todavía de donde va a salir el dinero necesario para cumplirlas. El problema es que para aumentar el gasto solo hay dos vías, endeudar el país o subir la presión fiscal. Bueno, hay una tercera vía, hacer las dos cosas al mismo tiempo.
Y de repente ¡zas¡ la realidad. El gobierno anuncia una subida de casi diez céntimos sobre el diesel para aumentar la recaudación. Y no es sobre las grandes fortunas, y no es sobre las empresas que más ganan, no. Este aumento fiscal va directamente a las costillas de los autónomos, de los trasportistas, de los comerciales, de los pescadores. Se acabaron las promesas, las sonrisas, las buenas palabras. Al final, en realidad desde el principio, ni renovación ni redistribución de la riqueza. Al final, realmente desde el principio, lo de siempre y contra los de siempre.
Y por si lo de los impuestos no fuera suficiente llevamos unos días con la ópera bufa de la renovación de cargos en RTVE, que alguien ha querido vender como una regeneración. No, no es verdad. Tal como se ha hecho no es más que un quítate tú para ponerme yo, un “deja vue”, no por conocido menos indignante.
Y ahora nos preparamos para acometer el más grave de los problemas actuales, el independentismo. Y si de por sí el problema ya es grave el gobierno del señor Sánchez lo va a cometer con la suspicacia general de que hay favores pendientes. Con la sospecha de que el gobierno no tiene las manos libres, ni limpias.
Si, los cien días apenas han durado treinta. Pedro Sánchez se ha lanzado al alambre para cruzar las cataratas del Niágara sin querer mirar que tiempo se espera y el tiempo apunta malo. Lo peor de todo es que no va solo, el país entero es la troupe que lo acompaña, y como dé un traspié a ver quién es el guapo que se salva.