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domingo, 23 de mayo de 2021

Un estado acomplejado

Es complicado defender un estado en el que las instituciones son permanentemente puestas en cuestión por su propia gente. Es mucho más complicado si los que ponen en cuestión esas instituciones forman parte del gobierno del país. Es ya casi imposible, si además se ha ido socavando, poniendo sistemáticamente en cuestión, acogiendo sin reparo las mentiras sobre el estado mismo, su historia, sus logros.

España es un estado acomplejado. Acomplejado hasta el punto de poner en cuestión, internamente, su propia existencia, su propio presente, su propio futuro: España vive, acomplejada por su historia reciente, su historia presente, debatiendo a sangre y fuego, debatiendo sin rigor histórico, con profundo desconocimiento, con ferocidad ideológica, con absoluto desprecio de lo propio, un pasado inamovible, un pasado leído desde posturas maniqueas, puristas, mentirosas, que nada tienen en común con ese pasado

España vive sumida en una permanente revisión de sí misma, patrocinada por los mismos españoles, sobre todo por parte de aquellos que no quieren serlo, o por parte de aquellos que querrían ser otra cosa, y que se hace desde la desinformación, la animadversión y el interés en lograr una visión alternativa que facilite una superioridad ética que nada tiene en común con lo revisado.

España vive permanentemente lastrada por la ferocidad interna de un enfrentamiento civil que en momentos es una guerra civil declarada y en otros una guerra civil larvada, sorda, pero no menos sangrienta, castrante, lesiva, en sus consecuencias.

España es un país sin cohesión ciudadana, muchos de cuyos habitantes sienten rubor de serlo, muchos de cuyos ciudadanos solo se sentirían españoles si España fuera como ellos quisieran que fuera, muchos de cuyos ciudadanos están más interesados en negar lo que es, en negar lo que fue,  que en trabajar sobre lo que será.

Y como consecuencia de todo ello, como consecuencia inevitable de ello, España en un país débil en sus relaciones con el resto de estados en el concierto internacional. Un país lleno de miedos propios que entrega como útil a cualquier otro que decida tener un conflicto, sea legal, político, territorial o económico, con ella.

España es débil en su relación fronteriza porque es un Estado que parte siempre en situación de debilidad ante cualquier otro estado. Situación de debilidad patrocinada, sostenida, alardeada por una parte considerable de su población más interesada en el sonido de su voz que en las consecuencias de lo que dice.  Y ante esto, en una pecera de tiburones, no somos más que las almejas, los camarones de las relaciones internacionales.

Y en este ambiente vivimos, en este complejo castrante, en esta indefinición permanente, en este falso debate político sin fuste ni rigor, en esta negación permanente de lo propio, y eso es lo que trasladamos a nuestro entorno.

Mi convicción de un mundo sin fronteras, convicción emanada de mis vivencias, no de mi pertenencia ideológica a ideología alguna, no tiene límites. No entiendo las fronteras salvo como agresión a los que están dentro de ellas, como recorte de la libertad, como pertenencia a un amo que no siempre tiene la cara que vemos, pero esa convicción no me impide ver que toda frontera tiene dos caras, la de fuera y la de dentro. Y que de nada sirve negar la cara de dentro sin no hay una correspondencia con la cara exterior de esa frontera. Y quién piensa en renunciar a la suya, a su frontera, sin correspondencia, lo único que hace es entregarse al que mantiene la suya del otro lado. Y no siempre, casi nunca, lo que llega es mejor que lo que tienes, interesa.

¿Qué si Marruecos lo sabe? Lo saben sus instituciones y la mayoría de su pueblo lo acata. Incluso lo jalea.

lunes, 2 de diciembre de 2019

La repipi


Había una expresión que hace tiempo que no oigo, la de niño repipi. El niño repipi era un niño habitualmente repelente que tendía a expresarse de una forma impropia de su edad y comentar con sesuda seguridad sobre temas considerados “de mayores”.
Una de las características más habituales del niño repipi es que, aunque en un principio podía tener cierta gracia, al final todo el mundo le huía, porque resultaba cargante, repelente y petulante, y el fenómeno solo le hacía gracia a sus propios allegados más incondicionales.
Yo no sé si Greta  Thunberg, se dice así, ¿no?, es una niña repipi natural o repipi de bote, es decir, un montaje familiar o político, pero lo que si se es que a mí ya me resulta repelente, que, desde hace unas semanas, cada vez que el telediario  habla de ella o  de catamaranes, yo directamente cambio de cadena o me levanto y me voy.
Me enerva, me enfurece, me desespera. He dejado de ver, hace ya mucho, cualquier programa que convierte a los niños en los nuevos enanos de corte de los espectáculos. Niños , y niñas, que se visten de adultos, que se comportan como adultos, que se ofenden a sí mismos y a los que les ríen las supuestas gracias para que el espectáculo pueda continuar.
Como en el caso de los niños repipis, primero fue la curiosidad, una niña que se sentía con fuerzas para hacer oír su voz en un entorno que no le era propio induce inicialmente a la simpatía. Pero lo mucho cansa y lo poco agrada, y desde que los telediarios, las conferencias internacionales y hasta la ONU, se han convertido en una suerte de monotema sobre la niña en cuestión, la simpatía se transformó en incomodidad, primero, hartazgo, después, y rechazo frontal en este momento.
¿De verdad el clima, nuestro futuro, nuestro presente, puede quedar en manos de un personaje formado interesadamente? Creo que hay mucha gente mucho mejor preparada que esta artista del circo mediático para, con datos, con estudios serios, con argumentos más allá de la demagogia, liderar un movimiento que va siendo imprescindible.
Todos tenemos que concienciarnos porque la solución no es política, no es ideológica, no es asamblearia, la solución es individual y cotidiana. La solución es un consumo responsable, una utilización de materiales responsable, una conciencia hogareña del problema y de los usos y costumbres que pueden ayudar a que la suma de actitudes suponga un alivio.
No, ni esta niña repipi, ni su hermana, según he leído ayer entrenada por sus padres para convertirse en una activista feminista, ni sus padres, a los que habría que plantearse si retirarles la custodia y la patria potestad, son los adecuados para liderar un problema de este calibre.
No, el rechazo frontal a la repipi no hará que me alinee climáticamente con Trump, con Bolsonaro o con Vox, no al menos de momento, pero lo que no puedo garantizar es que llegada la fase de las arcadas, del asco insuperable, no coja un termómetro de los antiguos, de los de mercurio, y lo vacíe en la basura, a ver si se lo come un pez que lo pesquen en un catamarán en el que viaje alguien insoportable.
¡Mira que cosas me hace decir la repipi esta!

martes, 17 de abril de 2018

Daños colaterales


Hay gente convencida de que la basura de los demás limpia la propia. Hay gente que piensa que mal de muchos, refugio asegurado. Y hay quién cree que el fin justifica los medios. En realidad ni piensan, ni están convencidos, ni creen, pero de paso tienden a dejar toda la sociedad llena de su basura. Es lo que, de un tiempo a esta parte, los finos llaman daños colaterales.
Lo que pasa es que a veces alguien mide mal sus acciones y el objetivo principal al que están encaminadas, y los daños colaterales son tan importantes y cuantiosos que jamás pueden justificar el resultado obtenido.
No sé, la verdad es que tampoco me importa, de donde salió la idea de defenestrar políticamente a la Presidenta de la Comunidad de Madrid. Hay quién dice que de las filas de su propio partido, otros dicen que de las filas del PSOE. Enemigos no le faltan, con capacidad de maniobra suficiente, y con una falta de moral ciudadana con la que solo los políticos están equipados.
El método que, sea quien sea, ha elegido, no solo es de una endeblez preocupante, no solo mancha indiscriminadamente a integrantes de todas las formaciones, no, además defenestra de una forma irreparable la credibilidad de la universidad pública española.
He oído decir, con toda la pachorra del mundo, que efectivamente los daños colaterales son ahora mismo inevaluables pero que ha merecido la pena por conseguir que la señora Cifuentes haya sido puesta en cuestión. He oído decir, con descuelgue de mandíbula y ojos al límite de sus órbitas, que cargarse la credibilidad formativa de las instituciones más democráticas, en el terreno de la enseñanza, de este país merece la pena por derribar de un puesto político a una persona determinada.
¿Qué título de cualquier universidad pública española se atreverá a exhibir un estudiante para reclamar méritos en el extranjero? ¿Quién resarcirá del daño ocasionado a tantas personas que de buena fe han cursado correctamente sus estudios?
Ya, ya sé que nadie. ¿A quién le importan las personas, los ciudadanos, aquellos de cuyo bienestar tienen confiada la tutela, cuando lo que está en juego es una cuota de poder? Y de paso si conseguimos un mayor empobrecimiento, si es que fuera posible empobrecerlo más, del sistema educativo español y achacárselo a quién convenga pues miel sobre hojuelas.
Es verdad que en este caso mi propia experiencia, mis propias vivencias, me hacen ser más reflexivo, más suspicaz, más incrédulo con todo lo sucedido. Es verdad que si a mí me pidieran una justificación de mis estudios, de mis logros, o de mi pertenencia a cualquier asociación, empresa o causa, tendría que recurrir a sus archivos para justificarlo. Incluso si me piden el contrato de la hipoteca que aún estoy pagando. A lo mejor es por eso, mentiras, incongruencias e inseguridades aparte, que yo a estas alturas no creo a nadie, ni siquiera a la universidad que, evidentemente, tiene un problema administrativo, problema que debería de haber sido el objetivo principal de todo lo sucedido para que yo creyera en la buena fe de quién inició toda esta historia.
Es posible que ni mis títulos, si los tuviera, ni los suyos, ni los de nadie, valgan ahora ni el papel en el que están escritos. Es posible que alguien se crea gratificado por lo conseguido. Pero lo que si tengo claro es que a día de hoy, si me piden que vaya a votar lo único que se me pueda ocurrir es la famosa frase de:” vota tú, que a mí  me da la risa”. Una risa boba, vacía, desesperanzada y triste. La única que me dejan estos personajillos públicos que piden mi voto para jugar a hacer un país cada vez peor, cada vez más desarmado de valores, de verdad y de derechos, en el que pueda sentirme ciudadano, corresponsable.
Felicidades a los premiados. Espero que en su premio lleven su propio descrédito igual que ellos han conseguido el de la universidad pública española. Y que les aproveche