Mostrando entradas con la etiqueta con mi padre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta con mi padre. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de agosto de 2019

Los viejos selfies


Hola papá:
Hace ya meses que hablamos por última vez, hace ya meses que mi falta de tranquilidad, mi imposibilidad de sentir el duelo a la que estoy sometido por las cuestiones mundanas, tú ya sabes de qué te hablo, ha medio cegado esta vía de comunicación de la que nos hemos valido durante tu enfermedad. Esa enfermedad tantas veces negada y en la que tanto hemos sufrido durante tu última etapa.
Supongo que habrás visto al Tío Julio. Fíjate, la de cosas que superó durante su vida y ha sido incapaz de superar tu muerte. Me lo decía Alma, no levantó cabeza desde que se enteró de que habías muerto, pero ya estáis los tres ahí, los tres de mi infancia y casi adolescencia: Mamá, el tío y tú.
No te voy a contar muchas cosas de las que aquí han quedado, son excesivamente penosas y no nos aportan nada a ninguno de nosotros, solo, si te acuerdas, dile a mamá que cuanta razón tenía respecto a ciertas personas, cuanto odio, cuanta rabia, cuanto pensamiento negativo pueden albergar algunos seres humanos. Como ella bien decía es imposible ser feliz cuando solo se tienen pensamientos negativos hacia los demás.
Pero quiero centrarme en lo que quería contarte. A ella le escribiré cuando consigamos desentrañar toda la miseria que aquí nos ha quedado.
Llevaba tiempo intentando escribirte, pero siempre he roto todo lo que escribía. Eran palabras tristes y sin contenido, palabras que no tenían otro mensaje que la queja o el retrato de una situación sin pies ni cabeza, y para eso, ya me basto yo. Además supongo que donde estés habrá un filtro para evitar que las cuitas y miserias de este mundo lleguen a contaminar ese.
Nada, que me enrollo. El motivo principal de esta carta, en realidad la necesidad de poder hablar contigo es realmente el principal, es una foto. Una foto trucada e inesperada. Una foto que al recibirla me turbó de tal manera que tardé un tiempo en recuperarme, una foto tuya que nunca te hicieron a ti.
Ya sabes que en estos tiempos, aunque a ti ya prácticamente no te pillaron, todo el mundo usa los teléfonos móviles para sacar fotografías, incluso se ha puesto de moda hacerse fotos a uno mismo y se llaman “selfies”. Sí, claro que me acuerdo papá, como no, de cuando usabas los carretes de 36 fotos para todo un verano, o para un viaje, porque luego había que llevarlas a revelar y costaban una pasta, y además a veces pagabas por revelar fotos que ni se sabía que habían reflejado, o las veladas, que daban aún más rabia. En estos tiempos que corren la cosa es distinta, treinta y seis fotos se hacen en un pispás, se revisan en el momento y se borran las que no sirven. Y es que los tiempos adelantan “que es una barbaridad”.
Bueno, pues no queda ahí la cosa, ahora resulta que esas fotos se pueden manipular usando programas especiales. Que si las retocas, que si les pones un filtro de color, que si las conviertes en dibujos, que si… que sí, que se puede hacer todo eso y más. Tanto más se puede hacer que uno de esos retoques es la causa de estas letras.
Uno de esos programas que te comento envejece aparentemente a las personas. No te puedo explicar cómo, pero lo hace. En la mayor parte de las ocasiones se limita a añadir alguna ojera, algún descuelgue y alguna arruga para lograr el resultado de una vejez previsible. O eso es lo que yo creía y había visto, hasta que el otro día tu nieto me mandó una foto suya que había pasado por el dichoso programita. Tardé en entender la foto. Tardé en recuperarme de la impresión que me produjo. La foto de Yago envejecido era una foto tuya. Esta vez el programa había tirado de genes.
Siempre hemos sostenido que Yago se parecía más a la familia de Isabel que a nuestra rama. Es más, si lo miras ahora, sin el filtro, difícilmente aprecias en él ningún rasgo tuyo.  Pero parece ser que el programita en cuestión no se sintió aludido por nuestra perspectiva y envejeció a Yago hasta lograr un retrato de su abuelo, un retrato más tuyo que de él.
Te lo envío para que lo veas. Tal como ya he avisado a la gente, yo no pienso pasar ningún retrato mío por el tal filtro, primero porque cuando uno ya tiene arrugas propias a lo peor el programa se las borra, o sea que el envejecimiento de la vejez resulte un rejuvenecimiento, pero segundo, y aún más importante, porque después de la experiencia de Yago no quiero ver mi foto convertida en alguien a quien recuerde. Y es que, en contra de lo que piensan muchos, no siempre todo lo que se puede hacer, apetece.
Un beso papá. Hasta la próxima. Saluda a los que estén contigo.

viernes, 11 de enero de 2019

Sin adiós definitivo


Llevo tanto despidiéndome de ti, papá, que se me hace difícil pensar en una despedida definitiva. Tanto tiempo de no estar poco a poco que no concibo que ya no estés nada. Tanto tiempo hablado a tu ausencia que la ausencia no me produce lejanía, alejamiento.
No hay barreras a la palabra, no hay fronteras al pensamiento y mis palabras y mis sentimientos te siguen acompañando, me siguen surgiendo como cuando sin estar estabas. No sé cuál es el franqueo al lugar en que te encuentras como no sabía que sello poner a donde te encontrabas.
Tampoco sé en qué se diferencia hablare a la ausencia de tu cuerpo cuando tantas cosas le he dicho a tu mente ausente.
No sé si ahora me escuchas con más fuerza, con otra claridad que el oído adquiere en la ausencia de un cuerpo que lo lastre. No lo sé, papá, no puedo saberlo.
Es difícil hablar a quién no parece escucharte, pero llevamos tanto tiempo sosteniendo este dialogo sin retorno que mi necesidad de hablarte trasciende ya la necesidad de que el interlocutor se manifieste, de que su presencia corpórea me acomode, de que las palabras tengan que ser pronunciadas, de que el destinatario sea consciente.
Son solo palabras, papá, son solo sentimientos, son solo retazos de una comunicación que nunca fue tan fluida como cuando te hiciste ausente. Son solo ideas compartidas que no necesitan de respuesta.
¿Qué me hablo a mí mismo? Como todos, todos nos hablamos y escuchamos con mucho interés lo que decimos, algunos por el mero hecho de escucharse, otros, no sé si más o menos, con la esperanza de encontrar algo en sus palabras que no pudo encontrar en sus silencios.
Los hay, papá, que se sienten mejores, allá ellos, otros buscamos con ahínco, con método de minero artesano, ese pensamiento que nos haga entendernos, vano intento, aunque sea hablando con alguien que, como tú, ya haya muerto.
Quería decirte, papá, desde el principio, que voy a seguirte escribiendo, que la memoria y el cariño no se acaban aunque ya no haya cuerpo. Que te hablado tanto tiempo sin respuesta que la falta de respuesta es solo eso, un canal discreto.
Mañana te enterramos, tus cenizas. Mañana tu ausencia corporal será definitiva, pero seguirás recibiendo estas cartas porque seguiré necesitando tu recuerdo para saber quién soy, que soy, que existo.
Un beso papá, aunque tu cuerpo no pueda ya recibirlo. Un beso.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Perdón papá, perdón, perdón, perdón, perdón.


Perdón, papá, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón.  Tal vez las veces que te lo pida sean suficientes, tal vez,  para ti, con una fuera bastante, pero me temo que el que va a tener problemas para perdonarse soy yo mismo. Es posible que tenga la culpa tan profundamente clavada que no consigo encontrar la penitencia para poder aliviar el pesar que me invade.
Alguien tuvo la brillante ocurrencia de inventar la frase de: “una vez viejo, dos veces niño”. Merece un castigo acorde con la futilidad y perversidad de su afirmación. Ayer, mientras te cambiábamos en un estado lamentable, pensaba en cuál era la diferencia entre lo que estaba haciendo contigo y la misma tarea que había realizado el día anterior con tu biznieta. No, la tarea no tenía nada que ver. El problema no era de peso, de facilidad de manejo, o de otras apreciaciones de tipo escatológico. No, el problema era de dignidad. El problema es que la dignidad de un viejo no es el doble que la ausencia de dignidad, la inocencia, de un bebé. Tú jamás hubieras permitido ciertas cosas que ahora te son cotidianas.
Así que lo único que me queda es pedirte perdón, muchas veces, insuficientes veces, convertir el deseo de perdón en un mantra que me permita mirarme al espejo sin despreciarme en mi imagen como hijo.
Perdón, papá, por mi debilidad, por haber cedido cuando tu enfermedad apenas empezaba a manifestarse y permitir que me convencieran de que estabas perfectamente y que era solo mi exageración la que veía un problema donde no lo había. Si no hubiera cedido, si no me hubiera conformado y hubiera intervenido tal vez las cosas hubieran discurrido de diferente forma.
Perdón, papá, por mi cobardía. Cuando la enfermedad ya era manifiesta fui incapaz de enfrentarme para conseguir medidas preventivas que demoraran y aliviaran tu mal. Por mi cobardía hasta hace unos días intentando evitar un enfrentamiento a cambio de no actuar como yo creo que deberíamos para darte los cuidados que yo creo que necesitas.
Perdón, papá, por no preservar tu dignidad, por permitir que sucedan cosas que tú no habrías permitido jamás, por permitir que, a veces, seas una especie de muñeco en manos ajenas. Me sonrojo, me avergüenzo cada vez que lo pienso.
Perdón, papá, por no haberte escuchado con la atención que tus historias merecían y que hoy añoro y me gustaría recordar. Cuantas veces las contabas, en los últimos tiempos casi como si intentaras desesperadamente que nos impregnaran, y siempre estábamos ocupados con otras cosas.
Perdón, papá, por cada minuto de tú no vida actual en la que veo con dolor e ineficacia como tu calidad de vida es absolutamente insuficiente. Por tolerar que tu falta de comunicación se entienda como una falta de sufrimiento.
Perdón papá, por no ser capaz de transmitir a los demás tu situación real y permitir que compren una fantasía amable emanada de una incapacidad de asumir tú estado actual.
Seguiría desgranando mis culpas, mis cuitas, mis necesidades de perdón, pero eso significaría ya meterme en historias con personajes y detalles y, de momento, creo que no toca. No ahora, no por este medio. No.
Es hora de dejar esta carta, de abandonar la auto flagelación, de sustituir las palabras por los hechos. Es hora de darte la cena, la medicación y esperar a las chicas que vienen a cambiarte tres veces al día, como si las necesidades de un cuerpo sin voluntad respetaran turnos. Es hora de asistir a esa rutina que me destroza y me llaga el alma. Es hora, un día más, otra vez, de asistir a mi propia humillación sentida a través de tu cuerpo. Afortunadamente, espero, que en algún lugar indefinible tu espíritu liberado de todos estos sentimientos y frustraciones terrenales entienda lo que digo y me perdone. O tal vez tenga que esperar yo a alcanzar ese estado para perdonarme, al fin y al cabo la culpa, para los que somos capaces de sentirla, reside en el interior de cada uno.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Desesperos y desesperanzas

Es… en realidad no sé cómo es, papá, no entiendo que pueda acostumbrarme a la imagen de tu deterioro, ni entiendo, ni me entiendo, cuando te beso o te llamo papá como si nada hubiera cambiado. Todo ha cambiado, papá, y seguramente mi mente se esfuerza en seguir unas costumbres que me permitan navegar entre el dolor de la pérdida, el miedo al futuro, la necesidad de convivir con lo que fue tu cuerpo y el esfuerzo físico y psicológico de renunciar a parte de mi vida para entregarla a una labor que por más humanitaria que sea no evita que pueda reconocerla como desesperanzada e, incluso, carente de otro significado que una convención social.

Que duro resulta lo que he dicho, que terrible, que despiadado, y que cierto. Esta ignominiosa enfermedad, esta condena familiar que supone, te hace enfrentarte a lo mejor y a lo peor de ti mismo. Porque lo primero que te exige es la renuncia parcial a una persona querida, la renuncia a la esencia misma de la persona mientras cuidas de lo que fue su cuerpo.

Ves como la persona se va yendo ante tus ojos mientras su progresiva ausencia te somete a un desgaste vital desesperado, y desesperanzado.

¿Dónde está el alma de mi padre? ¿Dónde está aquella persona que acompañó toda mi infancia y mi juventud? ¿Qué queda aparte de sus rasgos y su envoltura decrépita y mortecina?

Busco en tus ojos, busco desesperadamente en tu mirada, en tus gestos, la persona perdida y no encuentro más que un pobre cuerpo quebrantado, sufriente, aunque afortunadamente no doliente, cuando hay que cambiarte, que moverte, que asearte. Nada queda del pudor, de la dignidad, de esos sentimientos que determinan la relación entre padres e hijos, nada salvo ese cariño residual y tiránico que nos lleva a buscar lo mejor, lo más confortable para ese cuerpo que en otros tiempos nos abrazó, nos quiso, nos dio la mano.

Es difícil enfrentarse a la realidad, a esta realidad enferma y enfermante, sin sentirte miserable, egoísta, insensible. Pero es que la enfermedad es miserable, miserable de cuerpo, miserable de mente. Pero es que esta enfermedad es egoísta porque hay una parte que solo recibe, que ni pretende ni puede pretender dar algo a cambio, salvo dolor y sacrificio. Pero es que esta enfermedad es insensible, insensibiliza neuronalmente al enfermo y emocionalmente a los pacientes, a los cuidadores, a los familiares.

No puedes enfrentarse a la muerte día a día durante meses, a una muerte personal e irrenunciable, sin protegerse del deterioro que tan terrible convivencia puede ocasionar en tu vida y en tu mente. Y nadie puede juzgar al que lo sufre, nadie salvo el que esté o haya estado en el mismo trance.

Parece ser que tu cuerpo ha descendido un escalón más en esa escala que se va hundiendo cada día más en una tumba de rutinas de supervivencia desesperada. La disfagia ya ha hecho acto de presencia, las funciones básicas empiezan a abandonar también al cuerpo. Todo se complica un poco más en un proceso que ya era complicado.

Y a los demás, a los que asistimos por presencia y por servicio, solo nos queda la reflexión con perspectiva, la navegación firme y un poco fatalista para no confundir los deseos con los sentimientos, la piedad con la crueldad, la duración de las constantes vitales con la vida.

Y si normalmente espero, papá, que estés donde estés puedas oír, o leer, mis palabras, hoy prefiero pensar que tu mundo y el mío son estancos y distantes. Hoy, papá, y ayer, y posiblemente mañana, incluso yo preferiría no oír mis propias palabras.

lunes, 16 de julio de 2018

Sin duelo


Hola papá. Hace ya tanto tiempo. Hay tantas cosas que decir y tan pocas que contar. Tantos sentimientos sin resolver desde la muerte de mamá.

Son muchas las veces que he empezado a escribir estas palabras con las que siempre siento la esperanza de que de alguna manera lleguen hasta ese yo profundo que tu día a día, que tu enfermedad, nos escamotea. Son muchas las veces, tantas como las que las he borrado perdido a veces en la pena, otras en la frustración y algunas incluso en la rabia.

Es el problema, papá, de los lutos no resueltos, de las cuitas que muchas veces la muerte deja a los vivos para que sepan que lo están, pero esas cuitas, esos devaneos diarios con la realidad más lamentable del mundo que vivimos, nos distraen de nuestro duelo y nos llevan a caminos de dolor difíciles de transitar. Si al menos tuviéramos el consuelo de poder pararnos y asumir, o tiempo para prepararnos…

Pero te estoy hablando papá sin que tú entiendas de qué te hablo. Te estoy hablando y asumiendo el duelo por ti, aún futuro, sin poder haber asumido el de mamá que ya es pasado. Que complicado es esto de los sentimientos, que duro pensar, como pienso, que estoy asistiendo a una suerte de velatorio diferido en el tiempo por un alma que ya no acompaña al cuerpo.

Al final tengo la sensación que me estoy imponiendo la ternura que me despiertan tus balbuceos inconexos, que me estoy imponiendo el sentimiento que se despierta cuando veo tu cara que es la de aquel que estuvo a mi lado tantas veces, que me estoy imponiendo una necesidad social de sentir y que acaba convirtiendo el sentimiento en una sospecha. Una sospecha que lacera, que seca, que me obliga a mirar dentro de mí sin llegar realmente a verme, o a saber qué es lo que veo.

Y el duelo sigue pendiente. Mamá tendrá que esperar a que yo pueda volver a sentir sin sospecha, sin miedo, sin necesidad, solamente porque me brote de dentro y pueda deshacerme de esta extraña sensación de negarme el sentimiento que necesito por si no es auténtico. Esta flagelación interior que no me deja lamentar, que no me deja extrañar, que no me deja poder recrearme en mi propio dolor sin sospechar que esté creado por mí mismo.

Al menos me queda el consuelo de que no sufres, de que hace ya tiempo en que tú eres el enfermo pero los pacientes somos los que te rodeamos. Al menos me queda el consuelo de que en tu mundo de murmullos y ensoñaciones, el dolor, el sufrimiento, la pena, no tienen un lugar para desarrollarse. Si, el miedo, si, y ya es bastante triste, pero al menos estás al margen de este mundo y sus miserias, al menos de las morales y de las intelectuales.

No sé, no puedo saber ahora, si estas palabras seguirán el mismo camino que tantas anteriores. Ni siquiera importa. Te he escrito tantas veces porque necesitaba pensar que me escuchabas y ahora, al escribir, tengo la sensación de que solo pretendía escucharme. Es más de lo mismo que ya te había comentado. Ni siquiera fuera de mí consigo dejar de estar dentro.

En fin papá, no sé si me habrás escuchado, no tengo claro a pesar de todo si lo quiero. En todo caso, por si acaso, te quiero papá, o te he querido y me esfuerzo en seguirlo haciendo. Un beso.

domingo, 14 de enero de 2018

Ya sé que sabes

De alguna forma que no consigo explicar, ni explicarme, sé que lo sabes. Es difícil entender como lo sé, es complicado inferir que lo sabes, pero ciertos cambios en ti lo indican.
Mamá ha muerto, el otro día. En trece días se nos fue sin darnos oportunidad a retenerla, a distraer a la muerte que la había señalado. Y tú, tan ajeno a este mundo, tan aparentemente desconectado, has querido mandarnos las señales para que supiéramos que desde algún sitio, de alguna manera, sigues lo que sucede.
Es verdad que el otro día, cuando te llevamos a tu biznieta para que la conocieras ni siquiera la miraste. Ni siquiera pareciste consciente de que estaba a tu lado. Es verdad que en tu permanente aislamiento actual no has preguntado por la ausencia de mamá, de “esa señora", como la llamabas, ya hace tiempo, cuando aún te salían las palabras. Es verdad que cuando te miramos y nos miras tus ojos no reflejan emoción, reconocimiento, comunicación. Todo eso es verdad, papá, pero ahora, sin embargo, suceden cosas que nos llevan a pensar que, a pesar de tu lejanía, queda un hilo por el que accedes a los sucesos de este mundo tan apartado del tuyo.
No nos has preguntado por mamá, no has verbalizado la pregunta, pero desde que ella se marchó, desde que salió de casa para no volver, tu comportamiento cambió. Había una inquietud que no habíamos notado antes. Parecía que notabas que te faltaba alguien, la usencia de la voz que te reconvenía o te animaba a comer, o te hablaba aunque no obtuviera respuesta, o se imaginaba tu respuesta para seguir la conversación. Y expresabas ese cambio en el entorno con un cambio en tu comportamiento. Si, ya sé, eso no significa que fueras consciente, claro, o sí, sabemos tan poco de la mente.
Por supuesto, papá, que no te llevamos a visitar a mamá en el hospital, ¡qué barbaridad¡ ¿Cómo íbamos a llevarte? ¿Para qué? Pero ahí estás, desde dos días después de su muerte, en la habitación enfrente de la que ella ocupó hasta dejarnos, que esta noche al volver a tú habitación estuve a punto, lo que hace la costumbre, de meterme en la que fue la suya, haciendo una suerte de visita forzada. Claro que no lo has hecho a propósito ¿en qué cabeza cabe?, que no te has puesto enfermo para poder visitar el sitio en el que mamá vivió sus últimos momentos, o si, sabemos tan poco de nosotros mismos.
Claro, papá, claro, ya sé que en tú proceso nada tiene que ver que vuestra compañía haya durado más de sesenta años, que últimamente, un últimamente de más de veinte años, no os hayais separado una distancia superior a cien metros. Que desde que ella tuvo la lesión que le impedía andar con normalidad tú fueras ese bastón, ese sostén, que ella requería para ir a cualquier lado. Es evidente que una cosa nada tiene ver con la otra, o sí, porque si sabemos poco de la mente, nada sabemos del alma, e incluso llegamos a negarla.
No sé por qué tengo la intuición de que en ese mundo desconocido tuyo no rigen la distancia ni el tiempo, que la leyes físicas no están en vigor y las limitaciones de los cuerpos que nos transportan quedan obsoletas. Tal vez por eso mismo estoy convencido de que sabes perfectamente, iba a decir que has escuchado pero sería inexacto, las palabras que sobre mamá dije en el funeral en Orense.
Pero, a pesar de todo, papá, no me resisto a adjuntarlas a esta carta. Ya sé que no me vas a decir que sí, ni que no, que no te vas a dar por enterado de ninguna forma, pero permíteme que esta tarde, mientras esté junto a tu cama, cuando me aprietes la mano, interprete que te han gustado.
Tal vez en ese mundo intermedio, ajeno aunque cercano, inaccesible para nosotros aunque insertado en el nuestro, puedas tener algún acceso a los que se fueron, a mamá por ejemplo. Si es así dile que la queremos y que ya la echamos de menos. Te pongo a continuación las palabras de mamá. Un beso, papá, un beso, que no quiero que me quede ninguno sin ofrecértelo.

Panegírico
“La muerte no importa.
Estoy simplemente en la habitación contigua.
Yo soy yo, tú eres tú. Seguimos siendo lo que éramos los unos por los otros.
Dadme el nombre que siempre me disteis.
Hablad de mí como siempre lo habéis hecho.
No empleéis un tono distinto o un aire solemne o triste. Seguid riéndoos con lo que nos reíamos juntos.
Rezad, sonreíd, pensad en mí, rezad por mí.
Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo fue, sin énfasis, sin sombra. La vida significa todo lo que siempre ha significado.
Es lo que siempre ha sido.
El hilo no se rompe. ¿Por qué estaría fuera de vuestros pensamientos, simplemente porque estoy fuera de vuestra vista?
Os espero.
No estoy lejos, justo en el camino contiguo.
Veis, todo está tranquilo”

Sirva este poema de Henri Scott Holland, esta reflexión, para transmitiros lo más importante de mis palabras, el inmenso agradecimiento por vuestra presencia, por vuestra compañía, por vuestro consuelo. Tanto mi hermana como yo o el resto de la familia agradecemos en el alma a los que aquí estáis, o a los que ya han estado durante este proceso, vuestra cercanía.
Es habitual en estas ocasiones hacer un panegírico de las grandes virtudes de la persona que se ha ido, pero si yo hiciera eso el poema inicial no tendría sentido, ni ninguno de vosotros que la conocíais y la compartisteis con nosotros la reconoceríais en ellas.
Mamá era una persona normal, una persona más, llena de virtudes perfectamente equilibradas con un sinnúmero de defectos que la hacían ser ella misma y ninguna otra. Pero si tuviera que definirla con tres características estas serían: Generosa, divertida y dueña de su realidad.
Muchos de vosotros, y muchos otros que ya se fueron, han sabido de su generosidad, de su casa siempre abierta, siempre llena de transeúntes, siempre presta a la acogida. De su necesidad, que hacía virtud, de estar rodeada de gente que iba y venía. Parada obligatoria de todo orensano que residiera en Madrid, que viajara hacia otro punto de España o al extranjero. En casa siempre había una cama, un plato de comida o un rato de charla esperando al que llamara a la puerta, y el timbre no solía descansar.
Divertida. Con ese estilo tan peculiar para  contar las cosas, incluso las dramáticas, de tal forma que provocaba la risa de los que la escuchábamos. Era difícil compartir con ella un velatorio, una enfermedad, sin acabar riéndose, incluso a veces inconvenientemente, a carcajadas. En eso salía a los Ferreiro, a mi abuela Chelo, al tío Toñito. Hasta tal punto que sus últimas palabras conscientes fueron para preguntar por su biznieta y después hacer un chascarrillo último sobre su situación en ese momento. Ya no le oí más palabras. Solo quedó el silencio de su respiración dificultosa, algún gesto de asentimiento o denegación y finalmente nada.
Pero sobre todas sus características la de la necesidad de controlarlo todo era quizás la más fuerte, la más evidente. Lo controlaba, o pretendía, tanto todo que siempre existían a su alrededor dos realidades, la suya, que predominaba, y la de todos los demás. Cuando después de muchos años de cojera y dolores conseguimos mediante engaños que un traumatólogo nos diera su veredicto solo sirvió para que nosotros supiéramos que era lo que realmente le pasaba, que por supuesto no coincidía con lo que ella estaba dispuesta a reconocer que le pasaba, y que adquiriéramos la clara percepción de que los médicos poco saben de salud consueliana. ¿Sabrían los médicos? Cuando a consecuencia de ese diagnóstico el médico le dijo que lo suyo era fácil de operar y ganaría considerablemente en movilidad nos dijo: “Ya me lo dijo fulanito (siempre había un fulanito o fulanita que le había dicho lo que le convenía oir), Chelo, tú cabeza o piernas, y yo he elegido cabeza”
Estoy convencido de que mamá, Chelo, Chelito o Cheliño para casi todos vosotros, Consuelo para el tío Julio y para mí, tenía tal control sobre su situación que la muerte, para poder llevársela, tuvo que acceder a sus condiciones y las tuvo que cumplir hasta el final. Siempre dijo que ella no quería ir a ningún médico porque le iban a descubrir cierta enfermedad y ella se negaba a tenerla. Y la muerte tuvo que cumplirlo, murió sin que nadie le dijera que tenía esa enfermedad que delante de ella no se podía ni nombrar. Siempre dijo que ella quería morir, sin saber lo que tenía y sin sufrimiento. Y así murió, aferrada a su propia realidad y plácidamente. Agarrada a mi mano, sin un gesto, sin un temblor, sin un suspiro. Se apagó. Ambas cumplieron su parte, la muerte con su mejor cara y ella dejándose ir en el momento en que se cumplieron las condiciones.
Echaremos mi hermana y yo, como no, de menos sus manías, sus narraciones, sus regañinas que acababan convirtiéndose en discusiones. Echaré de menos estar, de vez en cuando, unos días sin hablarle, o su cocina, o su desesperante irrealidad. Echaremos todos de menos, y os incluyo a todos vosotros, las charlas, su peculiar forma de ver las cosas, su bienvenida siempre presta, su risa. Por eso estáis hoy aquí, a nuestro lado, porque todos vosotros habéis sido parte de su vida, parte muy importante de su vida, y, aunque a lo largo de todos estos años siempre hubo quién pretendiera dañarla, siempre tuvo alrededor muchos más que consiguieron que se sintiera querida. Vosotros. Todos vosotros

Gracias. Gracias por haber estado con ella y gracias por estar hoy aquí. Nuestro recuerdo y cariño hará que siga viva para todos.

viernes, 3 de noviembre de 2017

La trivialidad de lo importante

Hola papá:
Cuanto tiempo, cuantas cosas. El mundo enloquecido gira y gira y tú apenas te mueves del sillón, apenas sales de esa cada vez más profunda ensoñación que va secuestrando tu percepción del día a día.
He empezado estas líneas con la intención de ponerte al corriente de todo lo que está sucediendo y tú, a pesar de que te pasas las jornadas frente a la televisión, no llegas a captar. El mundo, en un frenesí que roza el histerismo, sale, según los profesionales de la información, a no menos de cuatro o cinco noticias históricas por día, algunas de ellas ya catalogadas como de la década o, incluso del siglo.
Así que, ante tal avalancha, me he puesto al teclado con la fútil esperanza de que al menos mis palabras puedan llegarte, aunque sea como un eco, al lugar, o a la entelequia, en el que pueda estar reposando tu consciencia.
Mi primera intención ha sido contarte, con pelos y señales, el tema de Cataluña. Los vaivenes, los desatinos, los juramentos, alguno incluso en arameo, y la sinrazón que parecen haberse apoderado de todo el mundo, pero de todo el  mundo mundial, papá, no solo del español. Pero pasado el primer impulso me he dado cuenta de que aún no ha acabado y no tengo muy claro cuando, ni como, acabará. Incluso mirándote a los ojos para empezar a contártelo me he dado cuenta de que, tal vez, no sea tan importante.
Luego me he ido a las matanzas, a las de los atentados, fíjate el de Barcelona, en La Rambla, y a esas otras que de vez en cuando algún probo ciudadano norteamericano armado perpetra contra todo el que pilla por en medio. Y también me he percatado, al mirarte, de que hablarte de muertos tampoco es un tema que ahora te sea especialmente interesante.
También se me ha ocurrido ponerte al día sobre los inmigrantes, sobre la política en general, sobre el fútbol o sobre los diversos temas que tan ocupados, cabreados, atentos, nos tienen estos días. Pero al llegar a ellos tampoco me han parecido de tú interés en tu situación actual.
Finalmente, papá, me he dado cuenta de que a pesar de la importancia que les damos, ¿A ti que te importan en este momento? ¿Qué te va a ti en que los catalanes, los corsos o los de Albacete quieran ser independientes? ¿Qué te importa que el Barça vaya primero en la liga o que la pesadilla del ISIS se haya terminado?
Me hubiera gustado poder contarte que ya hay una cura para lo tuyo, que mañana podrás leer lo que sucede en el periódico, que al menos existe una esperanza… pero no, papá, de lo tuyo no hay nada, ni esperanzas. Ni fondos suficientes, ni, y es duro decirlo así de crudamente, parece haber un interés real, de esos que aportan dinero con el que financiar el tiempo de los investigadores.
Sí que me hubiera gustado comentar contigo las primeras gracias de la niña, tu biznieta, a la que aunque llegues a ver no conocerás nunca, no al menos en este plano, en esta realidad, en esta vida. Contarte que es muy alta, que está muy espabilada, que se fija en todo y reacciona ante todo. Que nos parece la más lista de las niñas de cuatro meses que hemos visto. Que… eso, que es nuestra nieta, tu biznieta. La más guapa, la más alta, la más todo.

En fin, papá, gracias por ayudarme a entender que es lo aparentemente importante y qué lo verdaderamente trascendental. A veces es necesario alejarse de este mundo para tener suficiente perspectiva, aunque sea por las malas.

martes, 22 de agosto de 2017

La transferencia

Hola, papá:

Han sido días duros, han sido muchos días intentando hacerte la vida lo más cómoda posible sin saber si acierto o no en las decisiones que tomo. Y tú no te pronuncias. Te quejas, te dueles, mejoras o empeoras a tu propio ritmo sin que pueda saber, salvo pasado algún tiempo, en que te afecta lo que haya hecho.
Es el problema de no tener voluntad, papá, el problema de la incomunicación y el abandono de tu cuerpo. El problema es que los demás lo convertimos en una suerte de muñeco sobre el que hacemos transferencia de nosotros mismos, de nuestras cuitas, de nuestros miedos, de nuestras obsesiones, y, en el colmo, papá, a veces hasta de nuestros dolores y malestares.
Ha sido duro tomar ciertas decisiones sabiendo que te ibas a quejar, que ibas a mostrar malestar, miedo, oposición, sin poderte explicar los motivos por los que las creía conveniente, y aunque haya sido gratificante ver ciertas mejoras físicas la oposición, en algunos casos feroz, de mamá a que se haga nada que ella no considere aceptable, hace todo mucho más difícil.
Tengo claro que ella proyecta sobre ti sus miedos. Su rechazo a las residencias, su miedo a los médicos, su negativa a que nadie tome decisiones por ella, con ella, pero en esa lucha contra la vida y contra el tiempo te arrastra, espero que inconscientemente, a un déficit considerable en tu calidad de vida y, lo que es aún más triste, en la suya.
Si tu enfermedad nos machaca a todos el que un miembro de la familia se cierre sistemáticamente a la realidad de la situación y a cualquier tipo de medida que pueda mejorarla, hace que todo sea aún más duro, más áspero, mas sórdido.
Claro que llegados a este punto, llegados al punto en el que el diálogo es imposible, en que razonar es solo un verbo y anticiparse a los problemas una entelequia, tampoco puedo estar seguro de que algunas de mis decisiones, de mis convicciones, no sean también una transferencia de mi propia personalidad sobre tu situación.
Al final, papá, eres, te convertimos, en esa especie de guiñol que el marionetista de turno maneja con la convicción de darle vida temporal al muñeco, pero que no siempre lo consigue.
Esta, la nuestra, es una enfermedad colectiva, te lo he dicho más veces papá, en la que tú eres el enfermo, pero los demás somos los pacientes. Pacientes de un deterioro de convivencia, de una desesperanza cansada y sin futuro en la que nos vamos sumiendo más a cada día que pasa.
En fin, papá, te pido perdón desde aquí, me pido perdón a mí incluso, si algo de lo que hago llega a perjudicarte. Me queda al menos el consuelo de hacerlo con la absoluta certeza de que no es lo más fácil y en la convicción de que para ti es lo mejor que soy capaz de proporcionarte. Un beso.

martes, 25 de julio de 2017

Noventa y un años

Cumple hoy tu cuerpo noventa y un años, papá, noventa y un años que se fueron haciendo hielo hasta congelar tú mente, hasta congelar tu tiempo. Ese tiempo que transcurre sin que pase el tiempo, ese tiempo que corre solo para los que no estamos dentro de tu mente quieta, parada en no sabemos bien que recuerdo.
El alguno de esos recuerdos que en los que te fuiste sumiendo como la arena que cae en un profundo hueco, como la arena que se traslada llevada por el viento, como la arena que se mueve sin reparar en el movimiento.
Noventa y un años, papá, aunque cuatro de ellos, los últimos, los más cernos, no tienen para almacenar su memoria ningún posible hueco. Años de tristeza, papá, de desesperanza. Años de aprender, de luchar, de intentar contener un deterioro sin conocimientos. Porque nadie sabe, aunque todos hablemos, porque nadie conoce y tú el que menos, porque nadie ve la luz ni siquiera lejos.
Cumple hoy tu cuerpo noventa y un años, papá, noventa y un años sin futuro, noventa y un años en los que lo único que sabemos cierto es que no estás aunque si te vemos, noventa y un años en los que cuantos años más cumplirá es lo único incierto.
La vida no es justa, papá, y en algunos casos, en tú caso, en el de todos los que existen sin ser, viven sin saber, perduran sin conocer, lo es aún menos.
No puedo evitar, cada vez que te miro, sentir esa piedad transida y lacerante que tu cuerpo quebrantado, ese cuerpo inerme y dependiente, me transmite. No puedo contemplar la triste existencia de un cuerpo quejumbroso, miedoso, reasumido, sin que se me rompa algo dentro. Porque siempre queda algo que romper por mucho que pase el tiempo.
Noventa y un años, papá, y debería, según las normas, felicitarte, pero no puedo. Primero porque no me escuchas, segundo porque no me entiendes, tercero porque no quiero.
No, papá, no quiero felicitarte porque la maquinaria que un día portaba a mi padre hoy sigue en funcionamiento. ¿Felicitarte? ¿Por qué? ¿Porque tu corazón late? ¿Porque tu estómago digiere? ¿Porque tus pulmones cogen aire? ¿Por qué, papa? ¿Por qué tengo que felicitarte?
Tal vez mi reflexión parezca cruel, tal vez lo sea, pero solo me queda una felicitación que poder desearte, que puedas descansar, que puedas llevar tu cuerpo a donde ya descanse tu mente. Sea el todo o la nada, seas tú, seas nadie o seas parte de algo que nos trasciende.

Bueno papá, el tiempo empieza a contar, en este triste universo, reducido, enfermo, inclemente, para que sean noventa y dos los años que llegue a cumplir tu cuerpo.

domingo, 16 de julio de 2017

Buenas tardes, papá, hasta mañana

Hola papá, cuanto tiempo. No te escribo más porque el tiempo es para mí escaso y para ti, en tu percepción, no pasa. Así que me relajo y le doy vueltas a lo que quiero decirte al tiempo que me pongo a resguardo de los que critican que te escribo demasiado, que te utilizo para sentirme mejor,  lo cual es en el fondo cierto aunque no como ellos pretenden decirlo.
Efectivamente papá, cuando te escribo me siento mejor, pero no más bueno, si no más limpio, más tranquilo, más dispuesto a seguir en las batallas cotidianas que no pertenecen a ninguna guerra. Cada vez que acabo de escribirte me siento liberado, aunque sea parcialmente, o subjetivamente, o anímicamente, de todo lo que ha quedado atrás y eso me da fuerzas para pensar en acometer ese futuro incierto, imprevisible en contenido, que nos aguarda.
Claro que para escribirte tengo que aislarme de todo lo que en el mundo general acontece y que a ti te importa un ardite. ¿Qué voy a contarte del gobierno? ¿Y de la oposición? ¿Qué te importa a ti si los recortes en políticas sociales hacen cada día más complicado atender de una forma digna a los que, como tú, vivís en otro mundo ajeno a estas preocupaciones?
¿Y qué te importa a ti el mundo irreal que se desarrolla más allá de los límites de tu sillón, de tu silla de ruedas? ¿Qué te importa a ti del mundo que para los demás es real más allá de esa paloma que se cruza en tu camino y a la que le gritas para que se aparte? Nada, no te importa nada. Te importa que te importunen para lavarte. A veces te importa que te obliguen a comer cuando no quieres. Te importa que te muevan sin reparar en que es lo que tú quieres, aunque en realidad es posible que ya no quieras nada. Que tu voluntad no vaya más allá de resistirte cuando intentan moverte o abrir la boca y tragar cuando te dan la comida.
Vivimos en mundos tan separados que yo no te puedo explicar por qué hacemos las cosas y a ti no te interesa lo más mínimo, ni puedes, entender lo que te explicamos.
Lo peor es que ahora, ya demasiado tarde, echamos  de menos aquellas historias, que nos parecían soporíferas, de tu pasado. Ahora nos damos cuenta, demasiado tarde, de aquellos momentos de repaso compulsivo a tus recuerdos que tenían que habernos puesto en alerta sobre lo que en tu interior se estaba desencadenando. De aquella necesidad vehemente de contarlo todo, continuamente, sin respiro y sin reparo.
Demasiado tarde. Ya no acuden a ti ni siquiera los recuerdos lejanos. Y si acudieran daría lo mismo porque tampoco acude a ti el lenguaje.
En fin, papá, otra carta. Otra serie de palabras, de reflexiones, que en realidad me hago a mí mismo y para sentirme mejor, más relajado.
En realidad esta carta la empecé pensando en comunicarte que ya eres bisabuelo, desde hace más de veinte días. Nora ha llegado a nuestras vidas y empieza a distinguir las formas y a mostrar su carácter. Pero, desgraciadamente, nunca llegarás a reconocerla. Nunca  sabrás que tienes una biznieta, y ella no recordará que conoció a su bisabuelo. Los extremos que en esta ocasión, y en contra del dicho, ni se tocan ni se encuentran.
¿Qué a quién se parece? Ya sabes, hay opiniones, aunque yo no puedo evitar cuando la veo en su cochecito con su muñeco de trapo el recordarte a ti con tu mono de juguete. La verdad es que a veces nuestra mente tiene un poso de crueldad  que aunque sea involuntaria se siente como culpable. Pero no puedo evitarlo, me recuerda.
En fin, papá, como bien decía antes, otra carta. Otro monologo cuyo principal destinatario no llegará jamás a leerlo.

Buenas tardes, papá, hasta mañana, esté ubicado donde esté en el tiempo ese mañana.

domingo, 28 de mayo de 2017

Vivir sin vivir en ti

Hola papá. Hace tiempo que no te escribo, hace tiempo que el tiempo, para ti y para mí, transcurre pero no pasa. Hace ya meses que vivimos una permanente espera, una espera que se debate entre la rutina de que no pasa nada y el permanente sobresalto de que pueda pasar algo, porque, desgraciadamente, cualquier evolución que pueda acontecer será para peor.

Le preguntaba el otro día al neurólogo si esos chispazos de lucidez que aparentas suponen que eres consciente de tu situación. La respuesta supuso un doble sentimiento, el de resignación y el de alivio.

No, papá, ya nuca podrás saber por los mecanismos comunes de leer lo que escribo que es lo que te cuento. Ya no queda en ti ni siquiera un breve atisbo que te permita asomarte a este mundo tal vez paralelo, tal vez tangencial, pero sin espacio común con el que tú habitas.

Si, papá, es sin duda triste saber que lo único que podemos aportarte es el cariño, el cuidado, la atención que podemos prestarte sin esperar otro agradecimiento, que tampoco necesitamos, sin conseguir otro logro que hacer que te sientas un poco mejor día a día en tu solitaria excursión de lo que te sentirías si no los tuvieras. Pero en compensación tenemos el alivio de saber que no hay ninguna posibilidad de que seas consciente ni por un segundo del estado en que tu enfermedad te está sumiendo. De saber que esas chispas de consciencia, de aparente consciencia, que nosotros detectamos no son más que conexiones neuronales casuales sin ningún trasfondo de verdadera lucidez.

Hace poco hablaba en la radio de tu problema, porque si yo sé algo de tu enfermedad, papá, no es más que lo que aprendo al estar contigo, al luchar con tu situación y las circunstancias que la rodean, las personas, las instituciones. Sobre todo las instituciones papá, enredadas en una burocracia que lastra cualquier posibilidad de funcionamiento. Confinadas en una burocracia que las hace llegar siempre tarde, casi siempre mal y  a veces nunca. Como esas ayudas que llegan cuando el solicitante ya ha muerto, cosa que sucede más de lo que sería conveniente. Iba a poner deseable, papá, pero lo deseable es una administración con la determinación de ir por delante de las necesidades de sus administrados y no siempre por detrás.


Y en esas estamos, papá, entre la desidia de lo inalterable y el temor a la novedad. Un sin vivir, papá, o, en tu caso, un vivir sin saber que vives. Un vivir sin vivir en ti.

viernes, 14 de abril de 2017

Una cuestión metafísica

Verás papá, en estos días que estamos pasando más horas juntos da tiempo, contemplándote, a pensar en muchas cosas. En tantas que a veces entiendo que la principal secuela de esta enfermedad es  que genera un pensamiento enfermizo, errático, obsesivo, en las personas, en los pacientes, que atienden al enfermo.
Contemplándote dormir con ese sueño profundo, continuo, malsano que parece más un entrenamiento para un destino inevitable que una actividad reparadora, que parece más una desconexión cada vez más prolongada y evasiva que una necesidad fisiológica, que parece más un ensayo de tránsito que un tiempo de descanso, es inevitable que las ideas vayan y vengan en una danza de tiempos y temáticas variados.
Cada vez más, cuando me preguntan cómo estás, respondo que tu cuerpo está perfectamente y que del resto de ti solo podemos constatar una ignorancia absoluta de tu paradero.
Esa presencia física a la que ya es difícil entenderle nada de lo que dice salvo los insultos a las personas que lo asean, que rara vez muestra un chispazo de coherencia que resulta aún más lacerante que la inconsciencia habitual, casi permanente, ya no es reconocible como el que fue mi padre salvo en ciertos rasgos de su fisonomía.
Si papá, tu cara aún recuerda tu cara, pero es lo único que queda del que fuiste, del que yo recuerdo. A veces tu risa, a veces un silbido, parecen abrirse camino de reconocimiento, de contacto, con los que estamos a tu lado. Eso, una brisa, un chispazo, un eco salido de una profundidad malsana e insondable.
Esta tarde, mirándote, viendo ese gesto que me atormenta de llevarte las manos a la cabeza como si los dedos pudieran encontrar y restaurar las conexiones perdidas de tu cerebro, me hice una pregunta nueva, una pregunta entre metafísica y desesperanzada: si los seres humanos tenemos alma ¿Dónde está la de los demenciados? Si el alma de los vivos reside en su cuerpo unidos por el hilo de plata y la de los muertos transita hacia estados superiores de consciencia ¿en qué recóndito estadio intermedio, en qué divino pebetero, aguarda el alma de los que han perdido su propia consciencia, el tránsito que la libere del cuerpo?
No, papá, no es una pregunta religiosa, es una pregunta metafísica, es una necesidad de entender  ¿por qué? ,ó , para ser más exactos, ¿Dónde?
¿Dónde estás, papá, si es que estás, que no te alcanzamos? ¿Qué extraño lugar es ese que se rige por la falta de comunicación de los muertos y la actividad física de los vivos? ¿Estás ya muerto y tu cuerpo aún no lo sabe? ¿Estás aún vivo y no consigues que lo sepamos? No hay nadie que pueda contarlo, explicarlo, aunque pretendan hacerlo.

Es lo malo de la metafísica, papá, la facilidad que tiene para que nos planteemos las preguntas, la absoluta incapacidad de que adolece para llegar a las certezas.

sábado, 8 de abril de 2017

El hoy imperecedero

Hola papá: hace muchos días. La rutina siempre tiende a enmascarar cualquier viso de creatividad y llevamos una temporada, afortunadamente, en la que no pasa nada de particular. No pasamos de que hoy estés un poco más agresivo, un poco más dormido o un poco más  lúcido. Nos hemos instalado en que día a día hay que asearte, darte de comer, un paseo, volverte a asear y a dormir. Bueno, a pasar la noche, porque dormir duermes casi todo el día. Ya, sumidos en ese devenir plano, donde pensar es un lujo que tú no vas a compartir, todo sucede porque sucedió ayer y seguramente, dios lo quiera, sucederá mañana. Estamos programados y nos movemos de una forma casi mecánica. Ya los intentos de comunicación son una curiosa imposibilidad, curiosa por escasa e imposible porque no tenemos acceso a tu mente ni siquiera a través de ese lenguaje ininteligible con el que esporádicamente nos demandas algo inconcreto y muchas veces inexistente.
Hablo de la rutina como si me quejara de ella, en realidad quejándome de ella, pero es verdad que es el único flotador que nos permite estar contigo sin caer permanentemente en la angustia de ver cómo vas decayendo, cómo te vas yendo jornada tras jornada, sin presente, sin futuro, sin horizonte conocido o previsible. Todo lo que habrá de ser será, pero mientras tanto lo que es tiene una suerte de inmutabilidad que se mueve entre la desesperanza del no retorno y el bálsamo de lo rutinario.
Ya no hay recuerdos, ni historias trastocadas. Ya no hay añoranzas de celebraciones ni frustración por las historia perdidas. Ya no hay otra cosa que un mirar hacia el hoy sin concebir un mañana ni recurrir a un ayer. No existe ni siquiera un ahora que signifique otra cosa que lo inmediato. El tiempo pasa pero no parece irse, mañana será una fotografía, un calco de hoy, que lo ha sido de ayer.
Y si es desesperante no avanzar, no moverse, moverse es el peor de los castigos porque mañana, para ti, solo puede ser peor que hoy.

Hola papá, buenos días. Hola papá, hoy tampoco será otro día.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Bisabuelo

Mira papá, parece a veces que todo está dicho, que ya no queda nada en el futuro que pueda conmover los oscuros anclajes que te tienen secuestrado en un mundo solitario, inaccesible, pero siempre acaba por demostrarse que es una idea equivocada.
Es verdad que tú vives en un pasado remoto e inaccesible, pero el mundo que sigue empeñándose en inventar un futuro acaba provocando instantes en los que tu presencia física hace que seas partícipe, aunque sea por ausencia, de ese futuro.
Recordaba hace no mucho, con motivo de la muerte de Fidel Castro, una historia familiar en la que tú fuiste uno de los protagonistas. Me hubiera gustado que fueras tú quién me contara, de forma larga, parsimoniosa –en otras circunstancias habría dicho que pesada-, las circunstancias de aquellos felices momentos. No pudo ser, evidentemente. Tú estás mucho más atrás en el tiempo, más allá de mis posibles recuerdos y a veces incluso de los tuyos.
Apenas han pasado un par de semanas y el futuro vuelve a provocarnos la añoranza de poder comunicarnos contigo, de que nos entiendas.
Vas a ser bisabuelo papá. Y no podrás disfrutar de esa criatura que, estoy seguro, te haría una inmensa ilusión si pudieras entenderlo.
Siempre fuiste muy de jugar con los niños. No había niño a tu lado al que no le hicieras un chascarrillo, al que no le prestaras una atención especial. Si, aún hoy, no pasa un niño a tu lado sin que intentes decirle algo. Se te ilumina la cara, te asoma la sonrisa, mueves las manos e intentas decir algo que al final no son más que sonidos, pero son los únicos momentos en los que tu mundo interior, ese mundo semi claustral, ese mundo con vocación placentaria, se comunica con este otro en los que nos movemos a tú alrededor.
Si papá, vas a ser bisabuelo. No llegarás a conocer a tu bisnieto, aunque sí llegues a verlo. No llegarás a asociar su cara, su nombre, a esa galería de personas que jalonan tu vida. No podrás jugar con él, con ella, no podrás, no sabrás, intentar gastarle una broma de las tuyas. No podrás llevarte su imagen a tu presente pasado, a tu lejanía cotidiana, pero, papá, seguirá siendo para nosotros, un futuro que no existiría si no existiera tu pasado.

Un beso papá, bisabuelo.

martes, 27 de septiembre de 2016

El día del Alzheimer

Hola papá:
Hace unas fechas fue el día mundial del Alzheimer y todos los actos y zarabandas se centraron en esa terrible enfermedad. En esa enfermedad que yo llamaría colectiva porque aunque el que sufre la enfermedad, el enfermo, es uno, los que la padecen, los pacientes, son tantos como personas allegadas lo atienden. Claro, que qué te voy a contar que no estemos viviendo.
Tal vez esta carta debería, podría, haber sido escrita en fecha tan significativa en vez de esperar este tiempo, pero no ha sido así. Y no ha sido así a propósito, con toda la intención del mundo, como protesta consciente y sentida.
Parece ser, así se desprende de ciertas convocatorias y actitudes, que el Alzheimer es una enfermedad de grado superior, una especie de élite de las enfermedades neurológicas, y que el resto de demencias, las que no tienen nombre específico porque no las ha estudiado un doctor con nombre y renombre, son de rango inferior, o, simplemente, no se las nombra.
Así que, papá, te has extraviado por el camino equivocado. Algo así como si te hubieras extraviado dos veces. Si no fuera tan patético, tan lastimoso, tan cruel, te pediría que volvieras para extraviarte por el camino correcto.
Aunque a estas alturas que te vengan a ti con esas historias. A ti, que llevas ya un tiempo más allá de pompas y nombres, más allá de cuitas y pesares que no sean los inherentes y diarios de no permitirte languidecer en paz, sin el sufrimiento pertinaz que los episodios de limpieza y alimentación te producen y que son los únicos nexos que te obligan a conectarte con un mundo, con unas costumbres, que hace tiempo ya que abandonaste.
En fin, papá, que no te preocupes. Que nosotros, tus pacientes asociados, te vamos a cuidar, vamos a velar por tu limitada vida hasta donde las fuerzas nos acompañen y la voluntad nos guíe, o incluso más allá. Sin importarnos el nombre o la importancia social que este pueda deparar. Sin importarnos un ardite que tu enfermedad sea de primera o segunda categoría, porque tú eres, para nosotros, EL ENFERMO. Si, así, en mayúsculas.

Un beso, papá, volátil, efímero, cariñoso, con la esperanza de que consiga abrirse camino hasta donde tú puedas percibirlo.

miércoles, 27 de julio de 2016

El 90 cumpleaños

Ayer, papá, fue tu cumpleaños. Ayer, papá, era el día en el que todos, tus hijos, tus nietos, algunos sobrinos, deberíamos de habernos reunido para celebrar que hacía noventa años que habías nacido.

Somos tan dados a las efemérides redondas. Somos tan previsibles y tan aficionados a marcar el camino con mojones que significan tan poco en realidad. Estamos tan preocupados por encontrar un motivo de felicitación que solemos dejar pasar, sin siquiera percatarnos, todos los momentos  rutinarios, normales, en los que deberíamos congratularnos en previsión de aquellos venideros en los que la ausencia de normalidad, la ausencia de felicidad o esperanza, harán que volvamos la vista atrás para buscar el último momento en el que debimos de felicitarnos, de felicitarte.

Ayer, papá, fue el cumpleaños de las ausencias, el cumpleaños en el que el cuerpo de mi padre cumplió noventa años de vida, el cumpleaños al que mi padre, el homenajeado, no asistió por incapacidad, por enfermedad, por abandono.

Hoy se, entonces no lo podía saber, que deberíamos de haber celebrado tu ochenta y ocho cumpleaños como el último que celebraríamos con mi padre, como el último en el que tú participarías con el resto de la familia de tu onomástica. Aunque fuera mermado, aunque fuera parcialmente, aunque a ratos te ausentaras para visitar ese lejano lugar en el que se vive una permanente infancia.

Felicidades, papá. Felicidades.


Estamos tan alejados que sé que mi mensaje no te puede llegar. No hay teléfono ahí donde resides, en ese imaginario lugar al que tu mente ha ido a refugiarse. Aun así no quiero que pase el día sin felicitarte, sin recordarme que, aunque no te olvide en ningún momento, esta fecha, dicen las convenciones sociales, las costumbre arraigadas, la práctica desde niños, es un momento en el que felicitarte es más obligatorio, en el que felicitarte exige un homenaje, un rito, una práctica especial, una parafernalia de expresiones y actitudes que este año están más encaminadas a que los demás intentemos un día de normalización que a que tú te sientas acompañado.

No sé si ha habido tarta. No sé si ha habido regalos. No sé si habrás tomado el batido, que  a diario se consigue que tomes entre gritos, agravios y engaños, de forma plácida y con ganas. No sé si, a pesar de no percibirlo, tú también habrás decidido celebrarlo. Me temo que no, papá. Yo creo que, si tu cabeza te alcanzara, celebrarías los cinco o los seis años. Sin tarta. Sin regalos. Sin fiestas ni más compañía que la que tu propio ensimismamiento pudiera proveerte.

Ayer, papá, fue tu cumpleaños, tú 90 cumpleaños, y yo no estaba. Ayer, papá, cumpliste noventa años, y tú tampoco.

miércoles, 13 de julio de 2016

Cabeza y corazón

Hace apenas una semana, papá, que creí despedirme de las cartas que te escribo. Hace apenas una semana, tanto, tan poco, que creí cerrar un capítulo en mis reflexiones sobre tu enfermedad, sobre nuestra enfermedad.
Una semana de siete días apenas transcurridos en una rutina de aislamiento, de incomunicación, de inaccesibilidad, que presagiaban, que anunciaban, un corte definitivo en tus relaciones con este mundo que los demás llamamos, inconscientemente, consciente. Solo tus ojos, papá, esos ojos grises tuyos que tantas miradas han compartido con los míos, con los nuestros, que tantos momentos comunes han contemplado, simulaban una ventana a un interior desordenado, a un interior con un orden inalcanzable desde el exterior. Pero tampoco. Al mirarlos solo devolvían miedo, solo devolvían alejamiento, solo devolvían un gesto indescriptible de frontera. La ventana está abierta, la contra cerrada.
Una semana, papá, decía. Una semana y aquí estoy de nuevo, incapaz de contener las palabras que me brotan de la triste contemplación de tu dolencia, de la impotente sensación de inútil acompañante de tus cuitas y desafueros.
Ayer, viéndote gritar de miedo cada vez que te movían, viéndote desorientado, perdido, en la camilla del hospital, requiriéndome los besitos que pedías a tu hermano mayor, José Luís, agarrado a mi mano o a la de mi hermana como si fuera tú ultimo asidero a la vida, no podía evitar pensar en la crueldad, en la indecencia, en la ruina vital, que supone contemplar una actitud infantil en un cuerpo estragado por la inmovilidad, por la ausencia de actividad cognitiva y regular, por los años y la enfermedad.
Y hablaba con mi hermana y reflexionábamos ambos, sin poder evitar el dolor de pensarlo, hasta donde puede justificarse el sufrimiento de una familia preservando una vida que ya es apenas biológica. La vida de un ser remoto de aspecto exterior conocido, una vida que se apaga con la lentitud del paso de los milenios, y que ya no tiene esperanza alguna de recuperación.
Y entonces pedías los besitos, “José Luís, José Luís, dame besitos. Más”, con mirada perdida, con cara de un sufrimiento desorientado, casi ausente, y el dolor de haberlo pensado, el dolor de haber sido capaz de pensarlo, te traspasa y te sientes miserable. Aunque sepas que en realidad no eres José Luís, que él ya no es tu padre, que nunca volverá a serlo. Aunque sepas que el calvario que os queda por delante es peor que todo lo pasado.

No te preocupes, papá, mientras estemos aquí, a tu lado, no faltará José Luis para darte besitos, ni faltarán tus hijos para agarrar tu mano. Aunque las fuerzas a veces fallen, aunque los labios apenas puedan insinuar el beso en medio de un bostezo de cansancio, aunque la mano esté lasa de agotamiento, aunque a veces, solo a veces, papá, solo cuando la realidad se impone al sentimiento, la cabeza nos marque una distancia que el corazón acaba no aceptando. 

domingo, 3 de julio de 2016

Hasta luego, papá, adiós

Al principio solo fueron las palabras, la dificultad de interpretarlas, la creciente distorsión de las historias, la ruptura paulatina de los canales de comunicación. Sabíamos, habíamos oído, que era duro. Sabíamos, conocíamos casos, que nos enseñaban a esperar un empeoramiento permanente, pero solo la vivencia en primera persona, solo la convivencia con el deterioro, con la diaria sensación de pérdida, no por prevista menos dolorosa, hace que te des cuenta de la verdadera pendiente que el tobogán vital va adquiriendo día a día.
Hoy, papá, puedo seguir hablándote hacia dentro de mí mismo, pero la dificultad se ha hecho distancia, la distancia, lejanía, pozo y ya sima insondable a la que difícilmente llegan las palabras, los actos, los sentimientos. Estoy seguro de que aún no has alcanzado la profundidad máxima que la enfermedad puede deparar, pero también sé que estás en ese límite en que nuestra percepción ya no puede ahondar más, en que nuestra cordura no puede seguirte, en que nuestra consciencia nos impide rebasar el límite sin arriesgarnos a precipitarnos nosotros mismos en la negrura.
Entre el límite que estás sobrepasando y la muerte física seguramente aún hay un recorrido considerable, una escalada de situaciones y penurias para las que debemos de prepararnos, aunque la preparación sea inútil, pero tú, la persona a la que siempre me he dirigido en mis cartas presuponiendo que de alguna forma tenía que comunicarme contigo, estás ya fuera de mi alcance, estás en ese estadio intermedio entre el no es y el no está que antecede al se ha ido.
Yo seguiré escribiéndote, seguramente incluso más allá de la vida, suponiendo que siempre puede haber un canal desconocido que por el que mis palabras puedan llegarte, o, simplemente, probablemente, porque necesito decirlas y pensar que tú puedas acceder a ellas.

Adiós papá, adiós de momento, creo que ha llegado el momento en que mis palabras tengan que volverse hacia mamá, en que tenga que preocuparme más de la vida aunque no olvide mirar de reojo al limbo en el que ya habitas, y son muchas las palabras pendientes para ella. Víctima y verdugo, víctima de su propia personalidad y verdugo de todos, empezando por ella misma.

domingo, 29 de mayo de 2016

Sin Destinatario

Hace tiempo papá que no te escribo. Hace tiempo papá que no te encuentro. Hace tiempo, tanto tiempo, que no te percibo en tu cuerpo, que un extraño te usurpa y se escuda en sonidos inconexos para que no sepamos que no queda de ti más que el quebrantado cuerpo, los ojos que ya no miran, las manos que ya no abrazan, los pies que no encuentran camino, la boca y sus balbuceos.

Hace ya tiempo papá que sospecho que el hilo de plata se quebró en algún momento y dejó atrás unos jirones de alma para que nosotros cuidemos durante el tiempo que tarde en volver y llevarse el resto.

No se papá. No sé si en algún sitio, ahí adentro, queda algo de lo que fuiste, queda algún destello fugaz del hombre que habitó ese cuerpo. Creo que no papá y no me siento mejor por ello. Ni liberado, ni más preocupado.

Solo siento que el tiempo pasa y tú estás cada vez más lejos. Perdido en un mundo que no acierto a atisbar cuando aprietas los ojos para no mirar, para no ver, incluso para no escuchar.

Hace tiempo papá que no te escribo porque la carencia de palabras en tú boca cercena las mías que ya no son más que lamento sin esperanza de encontrar oídos, añoranzas de tiempos pretéritos que entonces parecían tristes, que entonces parecían yermos.

Nunca mis cartas tuvieron un destinatario, nunca lo necesitaron. Ahora tampoco lo tienen, ahora ya no lo encuentro.

domingo, 31 de enero de 2016

Yo, Hoy, Para Ti

Mira papá, en estos ya casi tres años en los que te nos vas alejando sin que podamos hacer nada por retenerte hay una cosa que me obsesiona, que no puedo quitar de mi cabeza: de cuanto de lo que te está pasando eres consciente ¿Cuántas veces al mirarme te estás despidiendo sin saber si será la última?¿Sin que yo pueda entenderlo?¿Qué mecanismos tiene tu mente que te permitan remontar la tortura?
Posiblemente, casi seguro, influye en esta preocupación el largo periodo de hospitalización en el que mi mente me alejaba de la realidad, en el que el exterior era una entelequia representada por la luz verde de un piso del edificio de enfrente que veía a través de la ventana, desde mi cama, ya que era incapaz de asomarme para ver la calle. Mi mente no me lo permitía, como no me permitía, engolfado en una rutina de televisión y visitas que me ayudaban a comprender el paso del tiempo más que a apreciar la compañía, leer, usar el ordenador o ninguna otra actividad que exigiera el más mínimo ejercicio de voluntad. La mente era consciente de lo que pasaba, pero no me permitía ansiedades, no me permitía voluntades, solo actuaba en modo testimonio.
También me preocupa, papá, el error que cometemos día a día en tu trato. Se nos ha comentado reiteradamente que tu comportamiento era regresivo, que cada día serías menos adulto, más niño, con lo cual hemos adaptado, de forma automática, sin recapacitar, el rol educativo, formativo.
Craso error, papá, craso error. Un niño es un ser humano con futuro y sin pasado al que hay que enseñar las reglas de convivencia, las nociones básicas del saber, el conocimiento imprescindible para progresar en el mundo que le espera. Tú no eres un niño, papá, tu eres un ser humano con pasado y sin futuro, que duro suena decirlo así aunque sea cierto, y educarte, intentar imbuirte unas reglas que te son ajenas, y, salvo por convenciones sociales que te importan un pito, innecesarias, es algo rayano en la crueldad.
Cierto, tenemos que intentar que comas, que te vistas, que descanses, tenemos que intentar mantenerte una rutina que no acreciente tú desorientación. Por supervivencia, por intentar desesperadamente contener la sangría de tu, ya poca, cabeza, por mantenerte lo más vivo, lo más sano, lo más “consciente” posible. Aunque dudo que lo consigamos, que ni siquiera estemos actuando de la forma más humana posible.
Tal vez lo más humano sería, como hacían antiguamente los japoneses con sus mayores, abandonarte a tú suerte en un lugar en el que pudieras ser quién crees ser y por el tiempo que seas capaz de serlo.
Pero también soy consciente de que soy miembro de esta sociedad, de que luchamos desesperadamente, en gran parte egoístamente, contra el deterioro, intentando negar la muerte, y eso nos lleva a someter a los enfermos a tremendas crueldades que no tienen otro objetivo que alargar innecesariamente una vida que ya no lo es en aras de una esperanza que ya no existe
Yo quiero que sigas vivo, papá, mucho tiempo. Yo quisiera que tú, que mi padre, del que solo tienes el avejentado aspecto físico y los recuerdos de una niñez inalcanzable, siguieras vivo por siempre. Por cariño, por egoísmo –como decía un amigo mío, los siguientes somos nosotros-, porque así me han educado. Pero no puedo evitar, intuyendo tú sufrimiento, viendo el sufrimiento de mamá, el de mi hermana, el mío propio, pensar que objetivo, que superior designio o criterio moral, se alimente manteniendo los visos de normalidad en las vidas que, ya quebrantadas, solo entienden la normalidad del sufrimiento, del propio y del de aquellos que los rodean.

Tal vez alguien, papá, crea leer una proclama en favor de la eutanasia. Baste decir que yo, hoy, para ti, no la firmaría. Yo, hoy, para ti. Un beso papá.