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sábado, 15 de octubre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXI)- LA LAICA INQUISICIÓN

Cuando te escribí las cartas anteriores, una sobre el falso racismo, y otro sobre un comportamiento inadecuado, tildado de machista por sus aspavientos y por conveniencia militante, que no por su fondo o intención, sabía que era inevitable que, las mismas personas que esas cartas pretendían señalar, harían una exhibición de su fundamentalismo. Y no me equivoqué.

He tardado menos de lo que tardé en escribir las cartas, menos de lo que cualquiera tarda en leerlas, en convertirme en machista y en racista.

Lo primero que te pide el cuerpo, es devolver el golpe, devolver insulto por insulto, etiqueta por etiqueta, estupidez por estupidez, pero a nada que reflexiones, y ahí se acaba la equivalencia, te das cuenta de que caer en el comportamiento de aquellos a los que pretendes denunciar, de aquellos que quieren convertir a esta sociedad en un monobloque sin capacidad de pensamientos individuales, de matices reflexivos, de ideas más allá de las consignas, es otorgarles un triunfo al que no estás dispuesto.

La segunda opción que se te pasa por la cabeza, es, de cara a los que te leen, defenderte alegando lo que has hecho en tu vida, en tu entorno, en tu intimidad, para desmentir un ataque que consideras injusto, infundado, malicioso; hasta que te das cuenta de la trampa que supone tal actitud. Ponerte a la defensiva es justamente su mejor baza. Para insultar, para atacar, para etiquetar, no necesitan otro argumento que hacerlo, nada les importa la verdad o la razón, cuanto menos el razonamiento, y si tu pretensión es desmentirlo, descubres una parte de tu intimidad, una debilidad, que solo puede servir para ser usada en tu contra. No, no son tus amigos, no son tus allegados, no son tu familia, no son tus colaboradores, no pertenecen a ningún círculo que tú frecuentes, no te conocen de nada, y la falta de criterio reflexivo de sus opiniones, su fundamentalismo, su puritanismo ideológico, que en el fondo, y de cara a tu vida, te importan un ardite, no justifican, bajo ningún criterio, que hagas un intento de comprensión, un ejercicio de comunicación, para que tengan una idea individual, cuando lo único  que demuestran es que piensan en rebaño, en cabeza ajena.

Entiendo a todos aquellos que se sienten señalados por las palabras de otros que, sin conocerlos, los tildan de esto o de aquello, de fascistas, de comunistas, de machistas, de feminazis, de racistas, o de cualquiera de esas dagas dialécticas con las que, los populistas que pululan por las redes, etiquetan a cualquiera que no comparta la totalidad de su ideario, al que no aportan otra cosa que una pertenencia ciega, sorda, plana. Entiendo esa necesidad compulsiva que todos tenemos de ser aceptados, entendidos, de gustar y que nos lo digan, pero, aunque lo entienda, asumí desde mi primera letra escrita que ese era uno de mis objetivos inalcanzables, y ni la gente que me halaga con sus reconocimientos hace que mi ego se conmueva, más allá de la satisfacción del reconocimiento, ni aquellos que me tildan de esto o aquello, sin conocerme, sin haber intercambiado conmigo ni una sola palabra, afectan de ninguna manera a mis convicciones, siempre puestas en cuestión por mí mismo, atendiendo a razones ajenas, jamás por consignas, insultos, ni soflamas, que dejan a la vista un inmovilismo digno de Blas Piñar y su famosa frase(*).

Si, ya se, querido amigo, algunos de los que leen esto no saben ni quién fue Blas Piñar, ni tendrían en cuenta nada que rozara su nombre. Seguro que saben usar la “wikipedia”, y que si pudieran borrarían su nombre de ella. Esa es la diferencia, ellos solo escuchan a los que dicen lo mismo que quieren oír, yo aprendo más de los que dicen cosas que no comparto.

Estos personajes, faltones, incluso aquellos que escriben sus insultos con formas suaves y educadas, los menos, de pensamiento único, se reclaman además, ya tiene pelendengues la cosa, como defensores de la libertad, de la democracia, de la ética social, pero, a nada que escarbas, queda claro que no defienden otra cosa que la libertad de pensar como ellos, la democracia de los que siguen sus reglas, y que hay que imponer a los que tengan otras, sean los que sean, y la ética social vista a través de un prisma de una sola cara. En realidad solo resultan ser censores, absolutistas, puritanos, inmovilistas, incapaces de imaginar una sociedad plural. Incapaces de captar un matiz, de llegar a una idea propia, de tener un atisbo de tolerancia.

Habrá quien piense que intentan defender una causa noble, porque la causa lo es, pero cuando el grado de integrismo llega a los niveles que exhiben, cuando la intolerancia y el cerrilismo son las únicas herramientas aplicadas, cuando su uso de los problemas es tan estúpidamente fundamentalista que provoca en una parte considerable de la sociedad rechazo, en otra no menos importante hartazgo, y dañan a toda en general con la falta de libertad inherente al miedo a ser señalado, considero que su uso de las lacras sociales no solo es inadecuado, es dañino para aquello que dicen defender. Es más, no descarto que su “justa ira”, esa que exhiben de cara a los demás, no esconda otra cosa que su falta de compromiso interior con esas causas.

Son la Laica Inquisición, “torquemadas” del teclado y el linchamiento en masa, inquisidores generales de cualquiera que pase por su lado y se permita un pensamiento libre, sea incorrecto, o no, portadores de un odio irracional y dañino en nombre de un dios no divino, casi siempre mal interpretado, oscurantistas, totalitarios, gregarios, populistas, violentos hasta la afrenta, y más allá, hasta el linchamiento sin redención, censores y puritanos.

Si Torquemada levantara la cabeza, los contrataba a todos. Si ellos hubieran estado en Salem, no se habrían librado de la hoguera, ni siquiera, el reverendo Parris, ni su hija. En su ideario solo cabe la condena, porque una vez efectuada la acusación, si está dentro de su ideario, la culpabilidad está probada, y un juicio solo puede servir para que el acusado difunda su error, para que cree dudas, o alegue razones, entre los que están fuera de su círculo, pero jamás en ellos, que tienen ya predeterminada la culpabilidad del reo.

Mientras las lacras sociales se combatan con leyes, y el fundamentalismo, el puritanismo, el populismo, las use como argumento, esas lacras seguirán existiendo, y estarán más hondamente ocultas en las almas de las personas que se sientan reprimidas. Mientras el machismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia, la intolerancia, sean objeto de leyes, y no se subsanen con educación y una conciencia social de su insania, una conciencia social libre, asumida, convencida, esas lacras nos lacerarán a todos sistemáticamente. Mientras la represión, la persecución, la victimización y el silencio impuesto y castrante, sean las armas para erradicar a nuestros demonios colectivos, estos camparán, a lo peor de forma oculta y ladina, por sus respetos entre los miembros de una sociedad mal formada.

Reprimir no es convencer. Acallar no es silenciar. Victimizar no es construir. Legislar no es educar. Condenar no es redimir. Censurar no es erradicar. Y, sobre todo, no busquemos tres pies al gato, según sostenía Cervantes, ni cinco, tal como ponderaba Covarrubias, solo tiene cuatro, por más que quieras incluir el rabo. Y, si lo mareas mucho, al final araña.

Hay que erradicar el racismo, hay que erradicar el machismo, hay que erradicar el populismo, y la intolerancia, y el insulto, y el frentismo, y el totalitarismo, y el pensamiento único, y la mala educación, y el forofismo y todas esas lacras que hacen de nuestra sociedad una sociedad incómoda, injusta, dividida, inclemente, inhabitable, infeliz.

La laica Inquisición nunca logrará estos objetivos, tampoco, en el fondo, los busca o le importan más allá de usarlos para encender su “justa ira”, la de los suyos. Su único objetivo es lograr una sociedad uniforme, sometida, en la que ejercer su dominio. Pero lo más preocupante es que el uso trivial de esas lacras para señalar cualquier conducta aprovechable para sus fines, aunque en esa conducta no existan la intención, ni la persistencia, imprescindibles para considerarlas parte de esas lacras, no solo no nos llevan a solucionarlas, seguramente su único logro constatable es agravarlas. Agravarlas y generar una sociedad permanentemente cabreada, dividida, al acecho. La que les conviene.

 

(*) Blas Piñar, notario y político. Una frase suya presidía la biblioteca del campamento militar radicado en el Ferral del Bernesga, León, en el año 1976: “Como no vamos a ser inmovilistas, si ya hemos llegado”.

martes, 20 de septiembre de 2022

JUGUETES PARA ROMPER

Es complicado, por no decir imposible, hablar sobre el mundo del futbol, sin hablar de futbol, porque quién más, quién menos, lleva en el alma los colores de algún equipo, y, aunque seas capaz de sustraerte al fanatismo político, es casi imposible sustraerte al forofismo futbolístico, y esto incluye, aunque ellos lo nieguen, a los que hacen de su ignorancia y desdén hacia el futbol, otro equipo más, el equipo de un forofismo en negativo, en contraste, pero no con menor carga emocional. Es complicado, por no decir imposible, hablar sobre el mundo del futbol, sin hablar de futbol, después de un partido de los que se denominan de “máxima rivalidad”, pretendiendo mantener una neutralidad que tus propias entrañas desmienten

¿Cómo hablar del mundo del futbol, sin hablar de futbol, mientras mantienes en tu cabeza, prácticamente aún ante tus ojos, aquella jugada que si el árbitro, otra marioneta en el guión, hubiera pitado correctamente, según tu apreciación y tus colores, habría cambiado el resultado del partido? Pues, a fuer de ser sincero, no sé cómo, pero voy a intentar hablar sobre el mundo del futbol, y de otros mundos semejantes, sin hablar de futbol.

Recuerdo que, hace años, en una de aquellas recopilaciones de relatos de Fantasy & Science Fiction que Bruguera publicaba regularmente, para fortuna de adeptos, uno de los relatos publicados contaba como los jugadores de fútbol Americano, sobrepasados por la actitud del público, sus insultos, sus gritos, incluso los de apoyo, sus cánticos, sus exigencias y sus confianzas, se juramentaban para, aprovechando la convocatoria de un encuentro, masacrar indiscriminadamente a los asistentes. Hablamos de los años setenta, aún no existía internet y cuando se hablaba de los periódicos deportivos se les denominaba de información. ¿Qué pensarían ahora aquellos jugadores, insultados o glorificados en las redes, expuesta su vida privada por una prensa forofa, más pendiente de vender que de informar, incapaces de obtener un mínimo de intimidad, tratados como cromos sin posibilidad de manifestarse sin que alguien se apropie y utilice sus palabras para sus propios fines?

Es difícil de saber. Es difícil de saber incluso para los jugadores reales, más allá de aquellos ficticios que optaron por una vía extrema, improbable.

Lo terrible de todo esto, de este mundo que empieza cuando acaban los partidos, y acaba con su pitido inicial, es comprobar el daño inferido a aquellos que más han destacado. La destrucción personal y humana de aquellos a los que se entroniza en los altares, sean divinos o demoníacos. La utilización sin reglas ni límites de sus figuras, de sus vidas, de las de sus familias, de las de los múltiples aprovechados que se adhieren a ellos al calor de su fama, y de su dinero, sobre todo de su dinero.

La hemeroteca está llena de nombres de grandes jugadores, de figuras emblemáticas, que acabaron sus días en la miseria, en la económica, en la moral, o en ambas en muchos casos. La fama, mal gestionada, el dinero disparatado, éticamente injustificable, y una corte de personajes medrando en los alrededores de unos chicos, la mayor parte sin madurar, sin una educación que les permita discernir en cuestiones relevantes para su futuro, son el caldo de cultivo para convertirlos en víctimas cuando el estrellato empieza a declinar, si no en auténticos mamarrachos durante su época de esplendor. Futuros juguetes rotos que gran parte de su entorno contemplará, con conmiseración, en los mejores casos, con desprecio, la mayor parte de las veces, cuando no con odio si en su devenir han decidido cambiar los colores que los glorificaron. Pocos, de los más encumbrados, sobreviven a una vida sin referencias, a una vida que parece eterna hasta un segundo antes de que ya no exista. Y entonces, los mismos que los jalearon, los mismos que se los apropiaron y utilizaron, dirán aquello de que se creyó más grande que el club, y no es nadie. Y en esa parte tendrán razón, ya no son nadie para quienes antes les hicieron sentirse héroes. En ese momento solo será, algunos solo son, muñecos ávidos de lo que fue, con cierta tendencia a la autodestrucción, empeñados en seguir siendo para los demás lo que ya no son más que para los más benévolos de los que los recuerdan.

El otro día, viendo el partido que me hizo sentarme a escribir estas letras, y dejando el fútbol de lado (al menos tan de lado como el resultado dejaba a mi equipo, o precisamente por eso), me fijé en un nuevo, futuro, juguete roto. En un chico de 22 años, criado en un ambiente humilde, sin grandes conocimientos de la vida, pero con una habilidad singular, que se pasó el partido más pendiente de desquiciar a sus contrarios, de exasperar a los seguidores del equipo contrario, de reivindicar algo que nadie había puesto en cuestión, salvo los profesionales del jaleo, también llamado información, que de realizar ese juego portentoso que es capaz de llevar a cabo.

Alguien lo convenció de que tenía que sentirse personalmente insultado por todos los que vistieran en el campo de una forma diferente, por todos los que animaran a esos, por todos los que le habían llamado negro con desprecio, aunque no supiera quienes eran, ni los hubiera oído decírselo, bastaba con que aceptara la palabra ajena, por su bien, por el bien del glorioso equipo en el  que juega, por las ventas de los que lo cocinaron todo, por mayores ventas de los medios audiovisuales que cubrían el evento.

Curiosamente, en su equipo había varios, bastantes, jugadores más de su mismo color de piel, también en el equipo contrario, pero el racismo solo se ejercía, según los liantes de turno, los profesionales de la rabia y el jaleo, sobre ese jugador, sin que los demás negros sobre el campo sufrieran esa misma afrenta. El episodio, aparte de chusco, peligroso y vergonzoso, debería de ser investigado para esclarecer quienes utilizan una lacra terrible, como es el racismo, para jugar a su propio juego, y dar un escarmiento a la altura del mal causado. Y entre ellos al árbitro que ignoró sistemáticamente el juego descentrado de este chaval, sin ejercer sobre él una labor que, a la par de reglamentaria, podría haber resultado docente.

Claro, como era inevitable, a cuenta de las sucesivas provocaciones, en forma de información, al final salieron los descerebrados de turno a cantar sus estupideces, y a hacer que los que montaron el circo pudieran cobrar sus entradas, justificando como racismo lo que no ha sido más que un lamentable espectáculo orquestado por unos sinvergüenzas, representado por un chico desnortado, cuatro cómplices interesados y una caterva de impresentables que no se representan ni a sí mismos.

Alguien debería de explicarle, si es que aún tiene capacidad de escuchar algo más allá de las loas y halagos, que esos mismos que ahora le aplauden, que le ríen sus ocurrencias, mañana, si hace un par de partidos malos, o se le ocurre cambiar de equipo, o se retira en pleno declive, serán los primeros en insultarlo, en hacer cánticos contra él, en dejarlo tirado como un juguete roto, uno más de los que quemaron sus naves vitales por unos pocos días de sentirse los más importantes del mundo, solo por saber usar los pies, y no preocuparse de cómo, y cuando, usar la cabeza.

sábado, 4 de julio de 2020

Entre pillos anda el juego

Hay un gran problema a la hora de contar la historia; que ninguno de nosotros estuvo allí. Este problema nos suele llevar a interpretar la historia según criterios, filias y fobias, que nada tienen que ver con los personajes que sí la vivieron, lo que nos lleva a que haya una historia según la percepción de cada persona que intenta acercarse a ella. Para evitar esta disparidad e intentar una visión más o menos homogénea e imparcial,  existen los historiadores, personas especializadas en estudiar lo sucedido, en investigar e intentar, con base documental y un criterio no excesivamente personal, trasladar a nuestros tiempos lo que aconteció en épocas anteriores.
Seguiremos, siguiendo esta historia de historiadores, teniendo dudas y lagunas, porque ni nosotros, ni los historiadores, podremos vivir dentro de los personajes, ni reproducir todas las vivencias que los llevaron a comportarse como lo hicieron, pero al menos tendremos una visión más o menos desapasionada de los hechos que nos han conducido a ser como somos, a vivir como vivimos y a pensar como pensamos. Tal vez suene un poco fatalista, pero si cada uno somos nosotros y nuestras circunstancias, esas circunstancias que nos llevan a ser quienes somos se alargan en el tiempo por generaciones.
La nueva moda, la nueva e intolerable moda, de reescribir la historia según unos criterios ideológicos, éticos y morales absolutamente ajenos a los tiempos en los que se desarrolló, nos lleva a considerar que cualquier ciudadano de a pie, de dudoso criterio, evidente poca formación y carga ideológica invalidante, tiene derecho a contar la historia según a él le parezca y a elevar un juicio general a la contada por los historiadores.
Todo esto sería puramente anecdótico si no fuera porque tras estas actitudes existen intereses, algunos confesables, otros no tanto, y un aire absolutista que intenta forzar la aceptación de la historia contada según unos criterios sesgados con el único fin de justificar intereses presentes, electorales, económicos o ideológicos.
Creo que lo que sucede en estos momentos con el movimiento racial en estados unidos es un ejemplo claro de cómo las corrientes radicales sobre cualquier tema, aún las más dispares y alejadas, acaban uniéndose en una extraña alianza de intereses y oportunidades. De cómo un movimiento de reivindicación por una deriva racista intolerable de una sociedad acaba confundiendo, interesadamente, sus objetivos y sirviendo a objetivos de aquella idea contra la que inicialmente protestaban: el supremacismo blanco anglosajón, centroeuropeo, que domina la cúpula económica en aquel país, y cuya lucha por borrar las raíces e influencias hispanas en su historia, que debe de iniciarse con el desembarco de la “Myflower” y el imprescindible exterminio de las tribus aborígenes, lleva a la persecución de cualquier símbolo de una cultura que aborrecen por ajena. Aquellos mismos que hicieron de la esclavitud negra su gran herramienta económica, que mataron, y aún matan,  indiscriminadamente a indios, negros, hispanos, chinos y a cualquiera que no sean ellos, se valen de las protestas de esos mismos colectivos, que fueron sometidos a un trato inhumano, para endosar su genocidio a otra cultura que les incomoda.
Solo desde una visión muy sesgada de la historia, visión que existe y que se puede detectar en manifestaciones culturales, se puede pensar que la expansión de la esclavitud en América se produce como consecuencia de la colonización española, cuyas leyes prohibían expresamente la esclavitud. Solo desde una visión muy sesgada de la historia puede asociarse el fenómeno de los negreros, los comerciantes de la esclavitud negra, fundamentalmente holandeses, franceses, ingleses y portugueses con la colaboración de las tribus costeras africanas, con una forma de colonización que sigue las pautas de expansión cultural y religiosa heredadas de Grecia y Roma. Por el contrario la esclavitud, no solo la de los negros, es un recurso habitualmente usado por las colonizaciones anglosajona y centroeuropea, como puede estudiarse en el envío de esclavos irlandeses a América en pleno siglo XVII.
El esclavismo, según la visión de esta nueva e inconsistente historia, solo existe como fenómeno racial contra los negros, ignorando que durante toda la historia antigua la esclavitud era una práctica habitual en todas las culturas. Esclavitud cuyo origen era la guerra, no la leva, y cuyo objetivo era la obtención de mano de obra económica para la expansión colonial y el crecimiento económico.  Esclavitud que no solo se practicaba en Europa como bien sabían los esclavos de los mayas, aztecas, toltecas y demás culturas preponderantes pre-colombinas.
Es muy difícil, en la extensión y formato de un artículo, aportar todos los argumentos, documentación y testimonios, necesarios para desmontar la peregrina idea que asocia la esclavitud en América a la colonización española. Es muy difícil y, además, doctores tiene la Historia que la han desarrollado y explicado abundantemente para aquellos que tienen interés en saber lo que pasó, y no en enrocarse en  lo que ellos sostienen que pasó. Pero como pequeña contribución a una reflexión sencilla repasemos dos puntos que pueden ponernos sobre la pista:
  1. La ubicación geográfica del esclavismo negro. Norteamérica, colonización anglosajona, algo de Centroamérica y Caribe, colonización o influencia de Norteamérica, Holanda y Francia, y Brasil, colonización portuguesa. Prácticamente no existe esa situación racial en los países hispanos de Sudamérica, ni en los de más fuerte tradición española de Centroamérica, como Méjico, Costa Rica, Honduras, Guatemala…
  2. La mezcla de razas. En los lugares donde predomina la cultura anglosajona la mezcla de razas es prácticamente inexistente. En Estados unidos, la India o Australia, no existen fenómenos de interacción de las razas. Los cimarrones, vástago de blanco y piel roja, son una rareza prácticamente inexistente, contra la proliferación de un crisol de mezclas en los países de influencia hispana (criollos, mulatos, castizos, mestizos, zambos, harnizos, cholos, …), cuyo modelo de colonización buscaba, mediante la convivencia y el pleno reconocimiento de derechos, la integración de las poblaciones indígenas como miembros de una única sociedad, política y religiosamente concebida.
Siempre habrá casos, tanto en un modelo como en el otro, de personajes que saliendose de la norma puedan ser usados para intentar rebatir la tendencia general, pero como bien dice el dicho, la excepción suele confirmar la regla.
Y una última reflexión, Miguel de Cervantes, cuya estatua también ha sido arrastrada, pintada y vejada, fue sometido a esclavitud en Argelia cien años después de que Colón llegara a América, algo que parece ser que ignoran los movimientos de reivindicación que favorecen los objetivos de la extrema derecha anglosajona y centroeuropea infiltrada en el movimiento de reivindicación de la raza negra, y parece ser que indígena americana, por añadidura.
Entre pillos anda el juego, y no hay nada más pillo que aprovecharse de la ignorancia, o de la soberbia, o de la soberbia ignorancia, ajena para lograr que te hagan el trabajo sucio, incluso en contra de su propio ideario. Pillos, pero indudablemente más inteligentes de los que siendo usados se creen paladines.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Liarse la manta a la cabeza


No cabe duda de que la manta es una prenda socorrida a la hora de expresar con brevedad la idea de la falta de rigor y planificación de ciertas iniciativas. También es útil para expresar la falta de capacidad de alguien. El problema viene cuando los que son unos mantas o se lían la manta a la cabeza son aquellos cuya primera obligación es mantener su cabeza despejada y la nuestra protegida.
Otra cosa son los manteros, esas personas, generalmente de piel negra, que invaden aceras, playas y terrazas en busca de una venta que favorezca a quién les vende y les permita comprar con unas monedas una ínfima parte del bienestar de la sociedad que les rodea.
A todos, a casi todos en realidad, nos puede el sentimiento humanitario respecto a aquellos que sufren y padecen de carencia. Es difícil, salvo para los que tienen algún fallo emocional, mirar con conmiseración la necesidad ajena sin que le sobrevenga la idea de cómo poder ayudarlos. Por supuesto hablamos de los que real e individualmente carecen de lo más necesario, y no de las mafias y mafiosos que los usan y enriquecen a su costa. Por supuesto hablamos de aquellos que tienen una voluntad real de trabajar, integrarse en esta sociedad y prosperar sin acabar de conseguirlo. Por supuesto no hablamos de los que ni quieren ni lo intentan y viven con cierta complacencia de la caridad estatal y particular, porque de esos ya tenemos suficientes nacionales.
Recibimos una avalancha de personas que, en la mayoría de los casos por necesidad y en la mayoría de los casos con rigor, necesitan acceder a países que les proporcionen estabilidad emocional, oportunidad económica y bienestar social. Asistimos con pena y preocupación a una avalancha de personas que se juegan la vida, en la mayoría de los casos con desesperación y en la mayoría de los casos enfrentados a la fatalidad,  y demandan a nuestros países la oportunidad que no ven posibilidad de tener en los suyos, para ellos y para sus familias. Contemplamos con cierto espanto, cómodo, distante, pero sincero, las imágenes y sus cifras de miles de personas que a diario mueren y sobreviven en busca de las migajas de lo que nosotros tenemos, y en muchos casos tiramos. Lamentamos, generalmente con lamento de minutos, a veces solo de instantes, la despiadada miseria de los que suplican para ellos como bien deseable nuestra opulenta pobreza. Y por todo ello, para protegernos, tomamos posiciones colectivas que nos permiten ocultar nuestro rostro individual y evitar mirar cara a cara al rostro individual del que nos demanda. Porque cara a cara, mirando a los ojos, ni los más recalcitrantes, anti empáticos aparte, serían capaces de negar la ayuda a un verdadero necesitado.
Pero este no es un problema de individuos, aunque al final todos los problemas lo sean, este es un problema de naciones y de aquellos que con una absoluta falta de ética, creo que algunos le llaman macroeconomía, expolian sus países, explotan a sus habitantes y acaparan sin medida los frutos de la miseria que producen. Y ante eso no vale liarse la manta a la cabeza e intentar dar soluciones individuales, entre otras cosas porque si no es viable matar las moscas a cañonazos mucho menos posible es matar los cañones a moscazos.
La mayoría de esta sociedad, la bien pensante, que estoy convencido de que es la mayoría, se solidariza con los que padecen necesidad, pero también esa mayoría se siente recelosa, agredida, poco empática, cuando contempla ciertas actitudes y observa como los políticos, aparentemente en el nombre de todos, toman determinaciones con las que no están de acuerdo. Porque los políticos que ostentan cargo público, aunque ellos parecen ignorarlo, no están ahí para hacer lo que a ellos les parece, si no lo que la sociedad, la mayoría, demanda.
No son todos los políticos, claro que no, pero sí una mayoría necesitada del voto que actúa con la única finalidad de obtenerlo sin pararse en la consecuencia a largo plazo de sus actos. A estos políticos, que cada vez proliferan más, se les etiqueta como populistas y a su forma de plantear los problemas como demagogia. Pero dado que estamos en la era del “me gusta” y sus diferentes emoticonos, podemos casi afirmar que ese populismo se ha trasladado a la calle, aunque sea una calle virtual llamada redes sociales, ya que aquellos que marcan el “me gusta” en toda publicación que suene a moderna, a transgresora o a cercana a ciertas posiciones radicales, solo buscan, en la mayoría de los casos, el “me gusta” de su propio “me gusta”, formando así un populismo peculiar y ávido de integración en un mundo próximo a lo ficticio.
Esta gente, a la que ciertos políticos parecen seguir, más que ser seguidos, para acceder a sus “me gusta” electorales, me recuerda a aquel personaje del Orense de los 40 conocido como “El Clásico”. Este personaje, real como la vida misma, frecuentaba tertulias y círculos literarios, considerándose a sí mismo un excelso literato. Su argumentación era impecable: “Yo leo a los clásicos y me place lo que leo, y luego leo mis escritos y me placen en igual medida. Eso quiere decir que escribo como un clásico”. Trasladado a lo que nos ocupa: “si me gusta lo que publican ciertas personas y pienso que es lo correcto y luego en las redes sociales a los demás les gusta lo mismo que a mí, lo que pienso es incuestionable”. Ni al clásico, ni a estos individuos, parece haberles explicado nadie que los silogismos no son una herramienta excesivamente fiable cuando el resultado va por delante del planteamiento. Nadie parece haberles explicado a los populistas, políticos y votantes, que los actos tienen consecuencias, que los derechos conllevan obligaciones y que las redes sociales son mundos ficticios donde no todos sus habitantes dicen lo que piensan, no todos sus habitantes son quienes dicen ser, no todos sus habitantes participan y no todos sus habitantes conocen realmente a sus “amigos”.
Populista y lamentable es el tema del top manta. Lo es desde el momento en que es una actividad paralela a otra por la que las autoridades, que deciden mirar para otro lado, cobran impuestos y, llegado el momento, los exigen coercitivamente. Los impuestos no solo se cobran para recaudar, los impuestos obligan a las administraciones que los recaudan a unas contraprestaciones que en este caso no cumplen provocando un agravio comparativo y una indefensión. Tal vez la solución no sea perseguir a los manteros, que se buscan la vida como pueden, tal vez la solución sea evitar que haya “industriales” que se beneficien con la necesidad de personas acogidas sin posibilidad de otro trabajo. Sin posibilidad de otro trabajo entre otros motivos por las trabas que las propias administraciones crean a la hora de contratar trabajadores.
Populista y lamentable es tener un país con fronteras y pretender que estas sean transparentes o permeables. Las fronteras existen o no existen y su labor es filtrar a los que pretenden traspasarlas. Yo no creo en las fronteras, pero no creo en ellas siendo consciente de a cuantas cosas tendría que renunciar si se hicieran desaparecer: Cierto bienestar y seguridad económicos, una sanidad avanzada y pretendidamente gratuita, que no se puede sostener si los usuarios son muchos más que los contribuyentes, la detentación de ciertos derechos que algunos grupos organizados cuyos intereses no son el progreso moral y ético de la humanidad pondrían en peligro abierta la libre circulación… Y por supuesto los servidores públicos que las atienden son solo eso, servidores públicos, funcionarios cuya labor es mantener esa barrera que marca la diferencia en algunas formas de entender y disfrutar la vida. Lo que es populista y aberrante es jalear el uso de la fuerza contra esos funcionarios que están a nuestro, nuestro, de todos, servicio.
Populista y lamentable es alentar, jalear y amparar a aquellos que intentan usar su acogida para forzar las costumbres de sus acogedores sin reparar en las consecuencias, ni  en que el verdadero motivo de su apoyo no es estar de acuerdo con unos usos y costumbre que chocan frontalmente con todas sus demás convicciones, es hacer patente su enfrentamiento con otras costumbres más permisivas y propias con las que se sienten directamente enfrentados. Salir de Málaga para meterse en Malagón puede parecer muy moderno, pero no deja de ser una huida hacia ninguna parte que se acaba pagando cuando esos intolerantes a los que apoyas acaban exigiendo que tú también renuncies a lo que ahora dices defender. Y puede acabar pasando, porque los populistas actúan por frentismo, pero ellos actúan por convicción, y en algunas ocasiones por fanatismo.
Populista y ridículamente estético, aunque resulte anti estético, es colgar en una fachada, pública y emblemática, un trapo garabateado que muestra una intención de acogida en idioma foráneo y en un lugar donde los únicos afectados que lo pueden leer son algunos manteros que pasan por allí en busca del lugar donde aposentarse, o los que lo ven en alguna televisión desde los barrios marginales donde se hacinan. No hay que dar la bienvenida a los refugiados con trapos pintados, no hay que alejarlos con trapos de diferentes colores, hay que ofrecerles una real acogida poniendo a su disposición trabajo que exista, leyes que les permitan integrarse y una conducta política que no fomente la xenofobia de los que se consideran agraviados por los privilegios, en muchos casos falsos, de los que llegan. Y sobre todo no pretender ignorar que un país, como una barca, que se sobrecarga acaba naufragando.
El populismo y la demagogia, en busca de un beneficio propio e inmediato, usan para su propio beneficio el oscurantismo, los bulos y las declaraciones inapropiadas, las que todos quieren oír, sin importarles que todas sus añagazas acaben siendo lo más popularmente dañino que existe para que cualquier iniciativa real, sincera, sin paños calientes, pueda realizarse. Es ese populismo fácil e irresponsable uno de los mayores detonantes de las fobias contra los colectivos que dicen querer ayudar.
A mí me gustaría que antes de que todos esos populistas que no ofrecen otra cosa que buenas palabras, puede que en algunos casos acompañadas de buenos deseos, hagan un ofrecimiento y me digan a cuantos y cuales de sus privilegios, de sus derechos, están dispuestos a renunciar para que la acogida pueda hacerse real en los términos que ellos pretenden.
Ser populista es sencillo, basta con decir lo que la mayoría quiera oír. Sin compromiso, sin visos de poder realizarse, sin reparar en las consecuencias. Basta con liarse la manta a la cabeza y abrir la boca. El problema es que, como decía mi tía abuela, en algunos casos los hay como mantas y abrigan como cobertores. Y de mantas intelectuales liadas a la cabeza y cobertores públicos emboscados empezamos a tener nuestras instituciones llenas. Y nuestras calles de manteros sin futuro.

jueves, 28 de abril de 2016

De la convivencia y el respeto

Paseaba el otro día por el centro de Madrid y me encontré, imagen ya habitual,  con un hombre tumbado, todo su largo, frente al escaparate de un comercio y con un vaso de plástico delante. Y me indigné. Me indigné porque el individuo allí tumbado tenía las mismas características textiles y raciales, asumo que me llamen racista y me importa un pito, que la mayoría de los que me abruman en los semáforos intentando obligarme a permitirles que limpien unos cristales que me da la gana de llevarlos como los llevo, esos mismos que se comportan de diferente forma si el conductor es hombre o mujer porque si es mujer intentan intimidar, rebasan el nivel de la grosería e incluso de lo permisible. Si, esos mismos que en grupos numerosos recorren las calles arrasando con bolsos y bolsillos y recurren a la violencia verbal, a la amenaza, si son descubiertos. Los mismos, esos mismos, que ciertos vehículos reparten por Madrid, y estoy seguro que por muchas otras ciudades de este país, para ocupar las plazas a las que han sido asignadas por el cabecilla de turno que horas más tarde hará la recogida de sus compinches y las recaudaciones obtenidas.
Esos mismos que con sus maneras, con sus desmanes, con su absoluta falta de respeto a la convivencia, hacen las calles de nuestras ciudades más inseguras, más sucias, más antipáticas e inhabitables. Esos mismos que han encontrado en nuestro país, en su enfermiza dejación, en la permanente manipulación de los hechos para arrimar el ascua a la sardina que conviene, en su tibieza respecto a la propia estima, en su miedo permanente a ser políticamente incorrectos, en su búsqueda permanente de la excelencia ajena sin reparar en la propia, el paraíso para sus desmanes, la tierra prometida de la permisividad y la tolerancia mal entendida, mal vivida, mal aplicada, mal asumida.
Lo he dicho al principio, habrá, dado que estoy señalando directamente a una etnia concreta, quién piense que este es un comentario racista. Para que no existan dudas, lo es, y lo es porque también es étnico, racista, el fenómeno de las mafias. Porque, aunque sea políticamente correcto, aunque haya intelectuales de salón que amparan el mal gusto, el mal trato de la convivencia, la culpabilidad interesada, la modernidad del todo vale cueste lo que cueste, yo me niego a creer que la felicidad de un verdadero necesitado pase por tirarse en medio de una acera. Porque dudo que la justicia social de una sociedad pase por permitir que ciertas mafias campen a sus anchas en perjuicio de sus ciudadanos. Porque, definitivamente, no me creo que para ser moderno, progresista, haya que tolerar ciertos comportamientos  o simplemente callarse para evitar que los observadores de insulto fácil e intelectualidad dudosa te llamen fascista. Antes muerto que señalado. Antes callado, sumiso, políticamente correcto, que permitir que alguien pueda acusarte de fascista en un ejercicio de fascismo intelectual intolerable.
Ya está bien. Ya está bien de modernos que vienen a decirnos lo que tenemos que pensar, lo que debemos de aborrecer, lo que ellos, iluminados por la verdad máxima, han conseguido comprender para conseguir convertirse en apóstoles de la nueva verdad absoluta que  a lo largo de tanto siglos nadie había conseguido atisbar.
Y me vienen a la mente, como último ejemplo de esta intelectualidad moral y aviesa, las palabras de esa diputada catalana que ha declarado que “follar en el metro no es pecado”. No señora, posiblemente follar en el metro no sea pecado, por más que sus mismas palabras denuncian su única intención en el comentario.
No sé a ciencia cierta si “follar en el metro” es pecado, es más, ni me importa. Si me importara le preguntaría a una autoridad religiosa ya que el pecado, el concepto de pecado, es un concepto puramente religioso y usted no me parece una autoridad en el tema. Es más, siendo consecuente, no sé si “follar en el metro”, por seguir respetando sus palabras, es delito, o falta, porque tampoco me importa. Ni me importa, ni me escandaliza por motivo moral alguno, el que alguien quiera follar en el metro, en la playa, o, ya puestos, en el portal de mi casa si tienen acceso a él. No, pero el que no me escandalice, el que no me haga clamar contra el pecado ni me lleve a crear una cruzada contra la perversión de la sociedad, no hace que deje de pensar que “follar en el metro” o en cualquier lugar sin intimidad, tumbarse en la acera, o hacer otro tipo de exhibiciones públicas, es un ejercicio de mal gusto, de falta de respeto a los demás.
Porque, al parecer, la modernidad, el progresismo, la fineza intelectual y moral, la nueva verdad revelada, pasa porque una parte de la sociedad, la moralmente perfecta, la progresista, la moderna, se dedique a provocar y a faltarle al respeto a otra parte de la sociedad que sin saberlo necesitaba ser salvada por los nuevos mesías de la verdad revelada.
La convivencia es un ejercicio de respeto. La convivencia pasa por respetar lo ajeno aunque no creamos en ello. La convivencia pasa por educarse uno mismo antes de pensar en educar a los demás. Pero esto, que también tiene que ver con la tolerancia, necesita de unos valores éticos, morales, intelectuales, que claramente no están al alcance de ciertos redentores de pacotilla que se sienten capacitados para salvar al mundo de los errores, cuando lo que realmente necesita el mundo es salvarse de ellos.

Por dejarlo claro: “follar en el metro”, tirarse en medio de una acera para hacer exhibición de miseria, dedicarse a provocar por hacerse unas risas o considerarse mejor que los demás, no es pecado, posiblemente no es delito, ni falta, es solo una ordinariez, una exaltación del mal gusto y, sobre todo, sobre todo, una falta de respeto. Y donde no hay respeto no hay posibilidad de convivencia.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Todos contra Todos

La integración en las sociedades que tienen un componente multicultural no se consigue a golpe de ley, ni a golpe de censura, ni a golpe de discriminación positiva. Solo una labor pedagógica de años, la convivencia diaria y el conocimiento del otro pueden llevar a que esa tolerancia necesaria pueda darse y no imponerse.
Somos muy dados en esta sociedad marchita, adocenada, decadente, a que aquellos que tienen voz, aquellos a los que se les ha otorgado la voz para que hablen por nosotros, en una clara dejación de sus funciones, confundan su voz con la voz de aquellos a los que representan y, lo que es peor, secuestren la voz de sus representados en una labor de sórdida censura cuando estos dicen, o lo intentan, aquello que a los excelsos representantes de sí mismos les parece inconveniente.
Posiblemente una de las abominaciones más flagrantes de un tiempo a esta parte es todo aquello que engloba, que supone, que se guarece bajo la mediocridad de la expresión “políticamente correcto”, porque cuando algo es políticamente correcto es que es solo parcialmente cierto, tendiendo el porcentaje de certeza de la expresión a cero.
No se le puede pedir a una sociedad que viva en un retroceso permanente de sus usos y costumbre solo para que aquellos que llegan se sientan más cómodos y además que calle y otorgue. No se puede acusar permanentemente a un colectivo mayoritario de intolerante o fascista porque no permita de buen grado la imposición de hábitos que chocan y agreden a los suyos propios, consecuencia de siglos de evolución y cultura. No se puede acallar a la gente que en la calle percibe una realidad, indeseada por políticos y comunicadores, llamándoles racistas, xenófobos o fachas, aunque en determinados casos lo sean, porque aquellos que son insultados por su percepción de lo que les rodea no van a cambiar esa percepción siendo vilipendiados, etiquetados, despreciados, antes bien se convertirán en unos irreductibles propagadores de su idea, en unos enemigos acérrimos y beligerantes de lo que rechazan.
Porque una cosa es lo hablado y otra cosa es lo vivido. Porque una cosa es hablar desde un barrio acomodado sin problemas de convivencia y otra es ver como tu barrio de toda la vida, tu barrio modesto y tradicional, se va convirtiendo en un gueto en el que tú eres el extraño, en el que puedes llegar a ser mal mirado por hacer tu vida de siempre. Porque una cosa es tener un empleo bien remunerado y solvente y otra cosa es ver que los nichos de trabajo no especializado te son inaccesibles por ser nativo. Y además no puedes decirlo, es políticamente incorrecto. Los que tenemos un buen trabajo, los que vivimos fuera de las zonas marginales, te vamos a llamar racista, facha, xenófobo y vamos a usar todos los medios a nuestro alcance, políticos, de difusión, legales, para hacerte comprender a ti y a los a los demás equivocados lo impropio de su conducta.
 Solo habremos conseguido fomentar el odio de los estigmatizados y, eso sí, vernos con un halo de santo apostolado, civil, laico, progresista, políticamente correcto.
Pues nada, nada, santos varones del mundo cultural, del mundo político, del mundo social, de las élites, a seguir así, a seguir vaciando nuestra equívoca conciencia sobre las espaldas de los que no tienen derecho ni siquiera a su propia conciencia. A seguir pontificando desde nuestra atalaya diciendo que no hay barro al pie de nuestra casa mientras la gente se va hundiendo en él. Mantengamos nuestros privilegios y fustiguemos, hostiguemos, insultemos y despreciemos a todo aquel que remueva la placidez de nuestra buena conciencia.
Sigamos permitiendo los guetos, los vivenciales, los educativos, los laborales, incluso los de protección social, y seguiremos teniendo marginalidad, violencia, terrorismo y, sobre todo, sobre todo, una sociedad intolerante de todos contra todos. Sigamos negando la realidad por políticamente incorrecta y seguiremos teniendo una  suerte de capas sociales, étnicas y culturales absolutamente impermeables unas con otras.

Y después nos sorprendemos de París, de Londres, de Madrid…