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lunes, 21 de septiembre de 2020

Hablando de estadística

 Hablemos de estadística. Hablemos del contenido principal, desde hace ya meses, de los informativos, sean escritos, hablados o televistos. Hablemos de una técnica derivada de una ciencia, que en el momento que se usa, y según como se haga, deja de ser exacta.

En estos casos es pertinente, en primer lugar, consultar el diccionario para asegurarnos que todos hablamos del mismo concepto, de la misma acepción:

“1. f. Estudio de los datos cuantitativos de la población, de los recursos naturales e industriales, del tráfico o de cualquier otra manifestación de las sociedades humanas.

2. f. Conjunto de estos datos.

3. f. Rama de la matemática que utiliza grandes conjuntos de datos numéricos para obtener inferencias basadas en el cálculo de probabilidades.”

Si analizamos con cuidado las tres acepciones que reconoce la RAE, ya empezamos a asomarnos al abismo del que pretendía hablar en esta ocasión, a ese abismo que abre el uso inadecuado de la estadística, a ese abismo que sugiere el famoso chiste estadístico, ese que plantea que si entre dos personas se comen dos pollos, estadísticamente se han comido un pollo cada una, aunque en la realidad uno se haya comido los dos pollos y otro ninguno.

Acepción 1: Estudio de los datos cuantitativos de la población. Eso significa, en román paladino, que si la población no está bien elegida, no es suficientemente numerosa y significativa, el resultado será tan poco significativo como la población elegida. Cuanto mayor sea el número de sujetos incorporados al estudio, más posibilidades hay de acercarse a los datos correctos, cuanto más diversas sean sus tendencias, más representativa de una población más amplia será la población de muestra. También, y es muy importante tenerlo en cuenta, influye en los datos finales la cuestión planteada para requerirlos, y la forma de plantearla, ya que cuanto más se induzca una respuesta menos válida será la misma. Elemental, querido Watson.

Acepción 2: Los datos se suman y son ciegos, aún no tiene interpretación, ni significado. Son solamente unos datos que obedecen a unos requisitos de planteamiento y sus reacciones posibles ante ellos.

Acepción 3: fíjense con qué cuidado exquisito el diccionario evita hablar de resultados, de conclusiones, de certezas. Habla de inferencias, habla de cálculo de probabilidades, habla, sin mencionarlo, de interpretaciones, porque ya depende de cómo y quién presente los datos para que estos digan una cosa u otra, incluso la contraria. Aquí, en esta acepción es donde realmente la estadística puede separarse de las matemáticas y hacerse puramente especulativa, incluso manipuladora.

Así que  podemos deducir con facilidad, cuando en estadística queremos hacer comparativas, que son la base de la información evolutiva, que necesitamos poblaciones homogéneas, planteamientos equivalentes e interpretaciones idénticas. Cualquier desviación de estas consideraciones solo lleva a la desinformación, claro que esta puede ser ignorante o culpable, y eso ya queda a consideración del consumidor. Yo, cuando se habla de política suelo tender a la desinformación culpable, o sea, para los que le cueste entender, I N T E R E S A D A.

Tomemos como base de análisis estadístico la información sobre el COVID-19. No voy a hacer ninguna aseveración, solo quiero compartir preguntas, ya que el interés de este escrito es inquirirme y compartir mis dudas, no analizar ni concluir sobre las posibles respuestas.

Distingamos dos fases en la información, como dos fases parece haber habido en la información de la enfermedad. Analicemos la integridad de los datos en cada una de ellas y, ya que se comparan, en esta comparativa.

¿Por qué en la primera fase solo se hablaba del número de muertos y de la comparativa con otros países?

¿Por qué en la segunda fase  solo se habla de contagios y de la comparativa entre comunidades autónomas?

¿Por qué en la primera fase nunca se utilizó una población homogénea con los países que se comparaba, ni se usaba un ratio que fuera comparable? Lo lógico hubiera sido una forma de contar las muertes igual en todos los territorios comparados, pero cada país utilizó su propio sistema. Lo validable hubiera sido usar el ratio de muertos por cada x habitantes, pero solo se usaba el número de muertos que al ser poblaciones diferentes no es un ratio comparable. Que Rusia debería de tener más muertos que Andorra no necesita de estadísiticas.

La agresividad del virus en la primera fase es incuestionable, pero, pasada esa primera fase, ¿cuántos muertos por encima de lo normal, que incremento de mortandad real, ha habido? Porque si la media de muertos en los nueve primeros meses del año, en los últimos años (dato del INE), por afecciones respiratorias es de cuarenta y cinco mil personas y este año ha habido cincuenta mil, por poner una cifra, significaría que el incremento de mortalidad es de cinco mil personas, es decir, que el virus mata antes, pero apenas más, pero si la cifra de este año sobrepasa los ochenta mil significa que el virus mata mucho y con rapidez.  Pero estas cifras no aparecen en ningún sitio.

Tampoco es posible comparar los ratios de contagio entre la primera y la segunda fase, ya que, y esto no tiene ya remedio, en la primera fase solo se hacían pruebas de confirmación a los ingresados y a los muertos en hospitales, mientras que las pruebas en esta segunda fase se hacen a la población en general, incluso a aquella que no presenta síntomas. Ante poblaciones estadísticas diferentes y metodologías distintas no cabe comparación posible.

Hay muchas más preguntas, muchísimas más, sobre este tema, pero no hay respuestas, y las respuestas que hay parecen más destinadas a crear confusión y miedo que a aportar luz entre una ciudadanía cada vez más incrédula que atribulada.

¿Cuántos muertos por enfermedades víricas ha habido este año?  ¿Cuántos por la misma causa en años anteriores? ¿Cuántos en otras pandemias víricas anteriores? Porque a lo mejor nos encontramos con que lo verdaderamente significativo del COVID 19 es su virulencia inmediata en condiciones favorables, para él, claro está, no su mortalidad en sí misma. Con que lo terrible del COVID 19 fue la inhumanidad, la tragedia humana y familiar que se creó alrededor de su ataque, más por razones de incapacidad, incompetencia y desconocimiento, que por razones médicas.

Lo de las mascarillas en lugares públicos, en condiciones normales, ya no es estadística, es tomadura de pelo, es conveniencia política (¿nadie ha observado que las medidas restricitivas, salvo que sean en una comunidad gobernada por la derecha, son de izquierdas y el cuestionamiento de las medidas, salvo en el mismo caso, son de izquierdas?, ¿es esto serio?) Sigo sin ver ninguna explicación real al hecho de que en espacios abiertos la mascarilla tenga otra utilidad que la de aparentar, y más cuando los que realmente tienen riesgo de difundir el virus por vía aérea son los que están exentos de su uso: deportistas, fumadores y personas con afecciones respiratorias. No es que sean más contagiosas, no es que sean ninguna suerte de apestados, simplemente su forma de exhalar el aire de sus pulmones permite una mayor capacidad del virus para mantenerse en el aire.¿ Hay, en estos casos, una carga vírica suficiente para que el contagio sea efectivo? No lo sé, y si alguien lo sabe, se lo calla, o no le permiten decirlo, que todo puede ser.  Lo que sí sé, porque me lo han dicho, es que donde realmente hay riego de contagio es en los interiores, pero ahí nadie usa la infausta prenda.

Lo que cada vez tengo más claro es que esto no parece ser una guerra entre la economía y la salud, guerra que parecen haber perdido ambos contendientes, sino una guerra entre la política y la información, y esta también tiene perdedor conocido, todos nosotros.

A mí, personalmente, me atemorizan todas las enfermedades, todos lo virus, bacterias y degeneraciones celulares que nuestro cuerpo acoge, reproduce y nos devuelve en forma de enfermedades de diferente gravedad, sobre todo los que aún no han llegado pero están en camino, pero no hay miedo más profundo que el temor a cuales son los objetivos de los que no me cuentan la verdad. Y para saber si me la cuenta, en muchas ocasiones,  me basta con mirar las estadísticas, y no permitir que me las interpreten.

sábado, 9 de mayo de 2020

Las miserias humanas (IX): el futuro


Es un dicho lleno de sabiduría ese que sostiene que a veces el árbol no deja ver el bosque. Me temo que una de nuestras mayores miserias en esta crisis, que solo podremos observar pasado el tiempo, es que de tanto atisbar para ver cómo será el futuro se nos ha pasado reflexionar sobre el futuro que, a nuestras espaldas, nos están construyendo.
Habrá a quién le guste la perspectiva, a quién le guste el modelo, quién se sienta beneficiario de ese proyecto y lo aplauda, pero me temo que la mayoría trabaja a favor de esa nueva normalidad sin pararse a pensar en que está ayudando a un sistema absolutamente contrario a sus valores.
Hemos pasado por este confinamiento tan enfrascados en darle la razón hasta la irracionalidad a unos y denigrar hasta el insulto a otros, que, como ya viene siendo habitual, no hemos tenido tiempo de pararnos, reflexionar y tirar un tentáculo de inteligencia proyectado hacia las consecuencias que el hoy real va a tener en el mañana planificado.
Hay quién, seguramente con mucha razón, ha llegado a hablar de cambio de paradigma. Hay quién se erige en defensor de la sanidad, otros de la economía, otros de la gestión, y todos, todos hablamos desde el miedo, desde un terror a causa del que pagamos nuestra supuesta seguridad en derechos, en libertades, llegando a exigir que el precio sea aún mayor para sentirnos a salvo.
Hablamos por boca de organismos incontrolables, nacionales, internacionales,, sospechosos muchas veces en sus actuaciones, pero olvidamos todo recato en aplaudirles si lo que declaran apoya lo que aquellos que consideramos los nuestros dicen. Sin reparar en el precio, sin reparar en la enormidad de la pérdida, sin reparar en que ayer decían lo contrario y también les aplaudíamos. Sin reparar en que hay otros tantos, igual de sospechosos, igual de inconsistentes, que dicen lo contrario.
Nuestro futuro, apuntado por nuestro presente, apuntalado por nuestro pánico, es un futuro entregado a las grandes corporaciones, a las farmacéuticas que nos curen, a las químicas que nos alimenten, a las energéticas que nos proporcionen confort y a las tecnológicas que nos construyan un mundo mejor.
¿Mejor para quién?
¿Quién, habiendo renunciado a sus derechos, habiendo pagado con sus derechos, confort, salud, alimento  y control, podrá tener acceso a reclamar equidad, justicia, libertad?
¿Quién, llegado el momento de necesitar un tratamiento pionero, inaccesible salvo para unos pocos, podrá reclamar la equidad que ahora está entregando por miedo?
¿Quién, llegado el momento de escasez de alimentos sanos y naturales, podrá reclamar la libertad de elegir un productor ya inexistente, o tan selecto que solo cierto privilegiados podrán alcanzar?
¿Quién ante la escasez, real o inducida, de tierras libres, de agua, de aire o de energía, y su acaparación por quienes pueden, se atreverá a solicitar la justicia a la que ha renunciado encerrado en su minúsculo pánico?
Un mundo mejor donde todo sea posible, pero solo para quién pueda pagarlo, para quienes en los tiempos de miedo ciego han aprovechado para constituirse en propietarios únicos de lo que es de todos.
Hay tantas distopías, tanta literatura que intenta, que ha intentado, avisarnos sobre los perversos caminos que el poder real utiliza para perpetuarse, que no podemos alegar que nadie nos había avisado.
Pero el miedo manda. No un miedo natural y constructivo. No un miedo que nos obligue a la precaución. No, un terror pánico que nos hace refugiarnos en lo más profundo de nosotros mismos, de nuestra comunidad, de nuestro pueblo, de nuestra casa, de nuestra piel, y que hace peligroso todo lo que intente acercarse a nuestra zona de ensimismamiento, de ceguera histérica y egoísta, histéricamente egoísta.
Parece ser, es, que hemos cambiado economía y salud por tiempo. Que solo hemos ganado tiempo dejándonos en el empeño una parte irrecuperable de nuestra vida. El tiempo, no ese que hemos ganado, si no ese que no nos permite ver nuestro miedo actual, nos pondrá en nuestro sitio, aunque entonces ya será tarde para demandar lo que hayamos cobardemente regalado.

jueves, 30 de abril de 2020

Truco o trato


Decía Alfonso Guerra, que después del mandato socialista iban a dejar una España que no la iba a conocer “ni la madre que la parió”. Sin el toque populista, otros hablarán de gracejo andaluz, del lenguaje guerrista, este nuevo gobierno socialista se ha empeñado en instalarnos en una nueva realidad generada y gestionada por ellos con la complicidad de un bichito microscópico que convenientemente utilizado provoca el pánico necesario para que la sociedad se quede inerme ante quién promete la protección frente al peligro mortal en que nos han sumido.
Está esta nueva realidad entramada en la nueva normalidad explicada con el nuevo lenguaje que ya llevan intentando instalar desde hace varios años, tal vez un par de décadas. Claro que el intento, sin el miedo que paraliza y provoca entreguismo, pone en cuestión, si uno es capaz de dar un paso atrás y evadirse del chantaje, algunas preguntas casi elementales: ¿Puede una normalidad ser nueva? ¿La normalidad no es la consecuencia de una vivencia habitual y sin variaciones apreciables? ¿Vivir con miedo es vivir, o sobrevivir?
Lo decía mi amigo Mariano Para, tras un suceso de salud grave, en una comida cuando alguien le preguntó si no le daba miedo su normalidad a la hora de comer y beber: “A mí lo que me gusta es vivir, no sobrevivir”
Dice el dicho, que siempre existe a propósito en el refranero español, que el miedo siempre es un mal consejero. No sé si lo dice el dicho, pero me atrevo a decirlo yo, no existe normalidad con miedo, no existe la normalidad con una espada de Damocles sobre nuestras cabezas, no existe normalidad en la permanente rémora de tamizar nuestra convivencia, nuestra planificación vital en función de una amenaza tan inevitable como invisible.
¿Susto o muerte? ¿Truco o trato? Pues a lo mejor hay que elegir muerte, a lo mejor ni susto, ni trato. La vida, que dura menos que un suspiro, su normalidad, no puede quedarse enganchada en un miedo irracional y condicionante.
Yo no quiero una nueva normalidad, ni siquiera explicada con un nuevo lenguaje lleno de desescaladas, de pantallas evolutivas, como si mi vida fuera un videojuego, de controles anónimos de mi localización, que solo serán anónimos mientras a alguien no le interese ponerle nombre. Yo quiero mi normalidad de siempre, yo quiero vivir sin miedo, sin policías de balcón que me digan lo que está bien o mal, sin fases de libertad individual, sin necesidad de consultar una estadística, que además no me creo, para saber si ese día puedo abrazar a mis amigos, o besar a mis hijos y nieta.
El problema del poder cuando encuentra un resquicio, es que le gusta mandar, dominar, imponer, y en cuanto encuentra una oportunidad intenta apropiarse de unas prerrogativas sobre el individuo que en otro caso serían derechos individuales.
Yo quiero mies derechos íntegros, yo quiero mi libertad íntegra, yo quiero decidir mi riesgo sin que nadie venga a hablarme del coco, del hombre del saco o del coronavirus. Yo quiero, y ya es querer, que no se utilice a ese miedo para decirle a los demás que mi libertad pone en peligro su salud, su vida. Primero porque no es verdad y, sobre todo, porque si eso fuera verdad también sería responsabilidad suya y de la educación errónea que nos habrían inculcado.
El virus mata la vida, en muchos casos. El miedo al virus mata la libertad, siempre.

jueves, 23 de abril de 2020

Las miserias humanas (VI): Los abandonados


Existen situaciones intolerables en nuestra vida cotidiana, situaciones intolerables que la falta de solidaridad institucional convierte de necesariamente extraordinarias en lamentablemente ordinarias, tan ordinarias que acaban sumiéndose en el olvido de una sociedad preocupada por el bienestar egoísta de cada uno de sus miembros, que tienden a delegar esa solidaridad necesaria, de cercanía y calor humano, en una supuesta solidaridad institucional, lejana, fría, cuando no inexistente.
Hablábamos hace unos días de la miseria humana sufrida por nuestros mayores en residencias que han sido ignoradas en sus desesperadas necesidades por todas las instituciones a las que les correspondía supervisar, dotar y reforzar estos centros porque eran de su competencia.
La miseria humana que hoy quiero traer ante vuestros ojos tiene los mismos protagonistas, nuestros mayores, pero sus circunstancias son tan terribles, ni más ni menos, como las de los ancianos confinados, atrapados entre cuatro paredes con su asesino. Hablo de los ancianos que conviven con su soledad y su deterioro en viviendas sin que haya familia, ni amigos cercanos, que siga su evolución y sus necesidades, que pueda, en un momento crítico, suplementar esas carencias, que ordinariamente son de cariño y atención, y extraordinariamente, como lo es actualmente, son de cuidado y alerta, de tomar decisiones necesarias en el momento necesario.
Las estadísticas de nuestros mayores muertos en colectivos desamparados son terribles, son indignantes, son imperdonables, pero me temo que las estadísticas de los muertos en soledad en su casa, sin atención ni compañía, no lo sean menos.
Es dramáticamente más impactante imaginar a un grupo de ancianos y cuidadores, en algunos casos tan ancianos como ellos, debatiéndose colectivamente entre la vida y la muerte. Esa colectivización, el entorno cerrado, la desesperación ante lo inevitable, hace que el dramatismo de la situación nos traspase y remueva nuestra conciencia.
Pero no creo que sea menos dramático, con el dramatismo del abandono, de la soledad, con la miseria de la posible incapacidad de tomar resoluciones llegado el momento crítico, el episodio de la muerte en absoluto abandono de muchos de nuestros mayores, que han muerto en su casa sin que nadie los asistiera ni aliviara su padecimiento debido al confinamiento en que nos encontramos sumidos. Nadie Parece haber pensado tampoco en ellos, nadie parece haber tomado medidas para paliar una problemática perfectamente previsible.
Todos los que hemos vivido el deterioro de nuestros mayores sabemos que, llegado un cierto momento de esa evolución, existe una incapacidad manifiesta de actuar, de tomar decisiones, de resolver, y dependen de sus familias porque han perdido ese empuje mínimo necesario para, incluso, preservar su vida. Y si no existen esas familias, esas personas cercanas que sigan su evolución y resuelvan por ellos, sucederá lo que está sucediendo, que se dejan morir sin que nadie atienda su muda demanda de ayuda, sin que nadie se percate y pueda hacer esa llamada salvadora, o pueda acariciar esa mano que se paga agarrada al vacío de su soledad.
Y lo más terrible, lo más patético, lo más intolerable, es que ni tenemos estadísticas, ni las podremos tener hasta que pase un tiempo, porque algunos de ellos, posiblemente muchos, irán apareciendo en sus sillones, en sus camas, en el suelo de sus casas, según vaya pasando el tiempo y alguien repare en su ausencia, cuando las ausencias, de nuevo, sean excepcionales, o, en los más terribles casos, cuando algún acto administrativo alerte de unos plazos excedidos.
Y es que si la muerte colectiva es miserable, no lo es menos, ni más, la muerte en absoluto abandono, la absoluta soledad del muerto sin deudos.

sábado, 18 de abril de 2020

Las miseria humanas (IV): Los parias de la tierra


En toda guerra hay víctimas, y no solo entre los combatientes, no, también, y me parecen las más dolorosas, esas víctimas de retaguardia, están esas víctimas no combatientes, que caen sin que en ningún momento se sintieran directamente combatientes. Y todos estaremos de acuerdo, si no basta con oír alguna rueda de prensa, en que estamos en una guerra. Una guerra declarada, la de la sociedad contra el coronavirus, otra guerra de inteligencia, la guerra comercial que posiblemente esté detrás de todo esto, y una tercera guerra, ni declarada ni reconocida, que algunos han decidido iniciar aprovechando la situación, la guerra del modelo económico.
La primera guerra tiene víctimas combatientes, los enfermos y los virus, y víctimas colaterales, los sanitarios y fuerzas de apoyo que acaban siendo enfermos.
Los combatientes de la, posible, segunda guerra son siglas y grandes corporaciones, tiburones ávidos de aumentar su hegemonía y que no reparan en medios ni en víctimas directas. La víctima colateral de esta guerra, en la que este episodio sería solamente una batalla más, será nuestro futuro, nuestros derechos y libertades.
La tercera es una guerra sucia, una guerra no declarada, una guerra por un modelo económico, la guerra de clases, la guerra que gane quien gane siempre tendrá la misma víctima colateral, la clase media de la clase media.
Las víctimas económicas de esta crisis,  son todos esos pequeños empresarios autónomos por la gracia de la ley, sin grandes recursos de supervivencia que no son empresarios para las organizaciones empresariales ni son trabajadores por los sindicatos, pero que componen la mayor parte del entramado económico español, y son la mayor fuente de empleo de nuestro país.
No tieneN quién les represente, no tienen estructura que les permita representarse, si se   arruinan no perjudican a las grandes empresas, ni van a cobrar el paro si se quedan sin trabajo porque a pesar de pagar un auténtico atraco en forma de cuota no tienen derecho a desempleo, ni, en vacas flacas van a recibir apoyo de los bancos, que además, como en otras crisis, solo tendrán que alargar un poco su brazo para recoger los frutos de las hipotecas y préstamos concedidos, incluso con apoyo de dinero público, que impedirán toda posible salvación de esos ninis, ni empresarios ni trabajadores.
Los sindicatos, que representan a una minoría de trabajadores de este país, serán escuchados, pero jamás tomarán una iniciativa que no suponga favorecerse a sí mismos. Las organizaciones empresariales, que representan a una minoría de los empresarios de este país, serán escuchados, pero jamás tomarán ninguna iniciativa que no sirva para favorecer a las grandes empresas, suficientemente favorecidas ya.
Esa clase media media, de la que decía Mazarino a Colbert, con un cinismo que nadie ha desmentido en los siglos transcurridos desde que lo dijera: “Entre los ricos y los pobres hay una gran cantidad de gente, tipos que trabajan soñando con llegar algún día a enriquecerse y temiendo volver a ser pobres. Es a esos a los que debemos de gravar con más impuestos, cada vez más, siempre más, porque cuanto más les robemos más trabajarán para compensar lo que les quitamos. ¡Una reserva inagotable!”
Efectivamente, a pesar de todos los obstáculos, esa clase que no parece pertenecer a nadie, que no tiene voz ni unión para que su voto los haga fuertes, esa clase que se arruinó con la crisis del 92, con la del 2008 y que ahora volverá a arruinarse, volverá a levantarse sin la ayuda de nadie, pero en medio, si nadie lo remedia, que no lo va a remediar, arrastrará en su caída un desempleo feroz, por cada uno dos, tres o más desempleados. Los pequeños bares, las tiendas de barrio, las casas rurales, los restaurantes, los feriantes, todo ese pequeño tejido empresarial a espaldas de los que se legisla, se toman acuerdos o se hace política, se va a derrumbar y arrastrará con ellos al país a una crisis feroz. A una crisis que no afectará a los realmente poderosos porque tienen recursos de sobra y no afectará a aquellos normalmente más desfavorecidos rescatados por un empeño social más interesado en la foto que en el fondo.
En eso consiste la derecha, en eso consiste el populismo de izquierda y en eso consisten seguramente los intereses del poder, que va más allá de la carnaza ideológica con la que nos distraen.
La miseria humana, cuando hablamos de tiempos de crisis, es propiedad siempre de aquellos que por no pertenecer a ningún grupo de presión reciben toda la presión del ninguneo económico, a los auténticos parias de las políticas  de poder que siguen al pié de la letra las enseñanzas de Mazarino, de Maquiavelo y de tantos brillantes estadistas sin moral.
Y cuando vuelvan a levantarse, porque siempre se levantan, una vez más serán los contribuyentes, los paganinis del dislate, los ricos para los que buscan a los pobres y los pobres para los que protegen a los ricos, los eternos aspirantes a la zanahoria en el extremo de la vara.

martes, 14 de abril de 2020

Las miserias humanas (III): Los coronautas


Hay sastres, y hay desastres. E incluso hay sastres que hacen desastres. Sastres que una vez acabado el traje, sea bien o mal, son incapaces de rematarlo adecuadamente, por falta de pericia o por falta de presupuesto. El caso es que, sea por un motivo o por el otro, dejan hilvanes que en el momento en que alguien que lo utiliza hace un esfuerzo, por leve que sea, saltan las costuras y queda el forro, o la piel, a la vista de los que lo rodeen.

En España llevamos siglos de malos sastres, de grandes desastres y de la malhadada conjunción de ambas cosas que da lugar a la repetida miseria de aquellos que encargaron el traje, habitualmente de la clase media para abajo.

Es realmente miserable este ya casi crónico mal de nuestro país, o país de países, o países metidos en un país, o cualquier otra ocurrencia de político de turno, que impide con la miseria de sus dirigentes el normal desarrollo político, económico y social de unas gentes que merecen, y a la vista de la historia es palmario, una suerte un poco más favorable.

No ha sido distinta esta catástrofe, que, por mor de la incompetencia de los encargados de afrontarla, se ha acabado convirtiendo en una catástrofe de catástrofes, o en unas catástrofes metidas en una catástrofe, de consecuencias aún inimaginables. Administradores que, a pesar de que los números no se lo permitirían a nadie con un mínimo de honradez política, o humana, se dedican a loarse a sí mismos, a crear discordia en la sociedad, cuando no, ciertos socios de esa administración, a juguetear ideológicamente creando una mayor inseguridad, cabreo e inquietud en los de siempre, como ya he dicho, de la clase media para abajo, con sus acciones.

Pero no era de los ínclitos administradores, que ya tendrán su momento de gloria cuando toque, de los que yo quería hablar cuando me he puesto a pergeñar estas letras, sino de los Coronautas, término cuya autoría me permito reclamar y acuñado en honor, y a la imagen, de mi virtual amigo, Francisco Breijo, no por virtual menos apreciado, equipado para el comienzo de sus médicas tareas.

Llamo Caronautas a todos aquellos que en su función de atención a los pacientes del maldito bicho se mueven en las zonas de riesgo, hospitales, ambulancias, consultas y más, embutidos en unos equipamientos, a veces trajes, que les hacen semejar personajes de película de ciencia ficción. Llamo Coronautas a todos los que día a día se juegan su contagio, su aislamiento de sus propios familiares y su vida, atendiendo a los enfermos en cuerpo y espíritu, porque este maldito virus también afecta al espíritu, a  la soledad del enfermo grave que ve cómo va perdiendo la vida en la ausencia de sus seres queridos.

Miserable es el comportamiento de las administradores con los coronautas, miserable y criminal. Miserable y criminal es verlos confeccionando esos trajes, como en el atrezo de una película de pacotilla, como sastres en medio del desastre, con bolsas de basura, mientras los responsables dan ruedas de prensa triunfalistas asegurando que todo se está gestionando correctamente y que la culpa de cualquier deficiencia es siempre de los otros, de la oposición, de los insolidarios, de los chinos, pero jamás suya.

Los coronautas, navegando entre nubes de coronados virus ávidos de nuevos territorios de expansión, se han defendido como han podido, se han defendido de los virus, de las carencias y de la miseria moral de unos administradores incapaces y soberbios en su incapacidad. Han tenido que bregar con la enfermedad de los pacientes, con la soledad de los dolientes y con la carencia de medios mínimos para ejercer su trabajo correctamente y salvaguardar su propia salud en ese ejercicio.

Y de esa conducta miserable, y culpable, de los administradores, todos, cada uno en su nivel y competencia, dan fe las cifras: más de veintiochomil sanitarios infectados, casi treinta muertos, eso sin contar los cuerpos y fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas.

Yo no sé si en ejercicio de esa grandeza de compromiso, de profesionalidad vocacional, que están haciendo, alguno de ellos se sentirá compensado con ese aplauso colectivo, que ya en muchos casos se ha convertido en una especie de rito social sin trasfondo, de alivio al enclaustramiento con espectáculo, diario. Yo creo que no, que como mucho confortados, y en ocasiones puntuales reconocidos, pero no compensados en su esfuerzo y en su riego

Veremos a cuántos de ellos, pasada la emergencia, se le reconocen esos méritos con unas condiciones laborales más acordes con su valía, con su compromiso, y con la dependencia que esta sociedad tiene de ellos para el mantenimiento de su estado de bienestar, y, sobre todo, para estar preparados para futuras crisis que no se adivinan muy lejanas en el horizonte.

Y por si fueran pocas las miserias con las que los administradores los castigan, han aparecido los “solidarios de siempre”, los valientes de los anónimos en el portal, solicitando la solidaridad que ellos no sienten y conminando a los que arriesgan su vida a abandonar su hogar para no sentirse ellos, los miserables redactores, en riesgo.

Ante tantas miserias, ante tantos y tan diversos miserables, mi solidaridad, mi reconocimiento y mi admiración por los coronautas. Y hoy sí, aquí sí, mi sentido aplauso.


viernes, 10 de abril de 2020

Miserias Humanas(II): Los madrileños

Las miserias humanas están a veces ocultas, pero tan superficialmente que cualquier hecho, fortuito o excepcional, hace que afloren. Y eso es lo que está sucediendo, que tras todos los cantos a la solidaridad, tras todos los aplausos y las actitudes de compromiso, por la puerta de atrás, a la chita callando, callando porque en un clima de alabanza interesada y de necesidad de reforzar la moral hay que acallarlas, muchas de las más miserables miserias de los hombres van sacando la cabeza y demostrando cuanto tenemos que mejorar, como sociedad y como individuos.
Sé que en medio del subidón de autoestima de la mayoría que esta situación está provocando, mis palabras van a resultar incómodas, discordantes, chirriantes, pero alguien tiene que decirlas.
Este virus tiene muchas caras, y algunas, la mayoría son muy feas. Tal vez la cara más fea sea la de la muerte, tampoco la de la enfermedad es una cara agradable, pero no son las únicas, solo, posiblemente, las peores, pero hay otras que conviene que no dejemos de mirar de frente porque reflejan cosas de nosotros que procuramos evitar darnos por enterados de que existen.
Una de las mayores miserias que he observado en esta crisis es la xenofobia. Pero no una xenofobia hacia lo desconocido, hacia lo lejano, hacia lo extraño, no, una xenofobia hacia lo cercano, hacia lo circundante, hacia lo perimétrico, hacia, casi, lo propio.
Hemos recuperado, de los episodios más oscuros de nuestra historia, la figura de los delatores, de aquellos que, por la motivación que sea, en este caso miedo, se creen con derecho a juzgar a todo aquel cuyo comportamiento no sea el que ellos creen correcto. Personas que instaladas en un falso sentido de solidaridad se sienten capacitadas para juzgar y condenar, en un único y unívoco acto, la conducta de los demás.
Pero la policía de balcón no ha sido el único acto de este tipo, ni siquiera el más difundido o evidente, hay un acto de xenofobia aún más evidente, aún más doloso, aún más lamentable, porque además de producirse ha sido difundido y jaleado desde los medios masivos de comunicación, el llamado fenómeno de los “madrileños”, un acto de xenofobia en el que incurren incluso muchos luchadores contra la xenofobia lejana y que por ello se sienten justificados, o libres de culpa, al practicar esta xenofobia de proximidad.
El miedo es libre, y esa capacidad lleva a torcer conductas intachables, intachables hasta ese momento. Y ese mismo miedo que lleva a unos a practicar la insolidaridad de desplazarse indebidamente buscando lugares donde el riesgo sea menor, es el que lleva a otros a considerar  que esos vecinos con los que han compartido veranos, fiestas, ventas en sus negocios, o, incluso, cañas en el bar, son ahora unos tipos peligrosos a los que insultar y denunciar. No importa si su derecho individual les permite elegir el lugar en el que pasar su cuarentena, siempre y cuando la respeten estrictamente, un autoproclamado derecho colectivo los señala como seres extraños y peligrosos para nuestra, falta de, convivencia.
Como toda etiqueta colectiva, esa de “los madrileños”, no solo es injusta, es terriblemente xenófoba, es una forma de etiquetar a los otros, a los que no son estos, a los de fuera. O sea, xenófoba se coja por donde se coja.
Otra cosa sería que no respetaran el confinamiento, que para eso están las autoridades, y pusieran en peligro al resto de la población, pero en ese caso no serían distintos de cualquier otro del pueblo que tuviera esa misma conducta, claro que entonces no sería un “madrileño”. Sería simplemente un insolidario.
Yo supongo que los alcaldes, las comunidades autónomas que ahora se sienten agredidas por su presencia, perdonarán el IBI y otros impuestos de esas viviendas de “madrileños” que no han ido a ocuparlas, en compensación y reconocimiento a su comportamiento ajeno al pueblo, a la ciudad o la urbanización. ¿O eso no?
Uno de los grandes problemas de la xenofobia es que el que la siente, el que la practica, siempre cree tener razones suficientes para hacerlo. Pero no siempre es cierto.
Siempre, siempre, al otro lado de la xenofobia, existe una frontera, la puerta de un portal, el cartel de carretera que indica el principio o el final de un pueblo, una bandera, o un miedo, la triste realidad de una miseria que, oculta en lo más profundo de nuestras entrañas, espera su oportunidad para asomar su fea cabeza. En este caso es una de las feas caras de un virus, en otros un viaje en patera, o un salto en una valla, o un acento, o un idioma, o el color de la piel. Siempre hay algo que justifica que lo otro es lo extraño, lo peligroso, a lo que hay que atacar para defenderse.
Par mí solo hay dos tipo de personas ante esta emergencia, los que respetan las normas y los que no las respetan, y en ninguno de ambos casos es mi responsabilidad señalarlos o juzgarlos. Para mí, claro.

sábado, 4 de abril de 2020

Llegó el comandante y mandó a parar


Siempre me ha hecho cierta gracia un cartelito de esos habituales en los bares sobre la voluntad de fiar y algunas otras reflexiones populares. Me refiero al muy visto de: “hoy hace un día estupendo verás cómo viene alguno y lo…”.
Pues siguiendo el cartelito de marras el gobierno ha decidido que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que el bichito justifica cualquier iniciativa que se tome, y si alguien osara protestar es relativamente fácil echarle a la opinión pública, metida en pánico, encima, es el momento de mezclar churras y merinas y colarnos unas medidas ideológicamente inadmisibles.
Hasta el sábado mismo yo he defendido que a pesar de las sombras y de las luces, a pesar de los aciertos y de los errores, tocaba estar al lado del gobierno, y antes o después llegaría el momento de revisar u exigir responsabilidades. He defendido que ante un enemigo común era imprescindible un frente común y así estaba actuando la sociedad.
Hasta el sábado mismo, en realidad hasta el viernes. Porque el viernes se entreabre la vía política, el sábado se confirma la vía y el domingo la ministro de trabajo da el primer mitin ideológico desde que empezó la crisis, mitin que, curiosamente, no tiene ningún reflejo inmediato en la prensa.
El gobierno parece haber claudicado ante los miembros más radicales y populistas de su entorno. Parece haber claudicado, pero tampoco tengo claro que no sea una jugada envenenada en la que se permite a otros tomar decisiones especialmente cargadas ideológicamente para llegado el momento señalarlos como responsables de la misma y recoger los réditos de las medidas imprescindibles. Parece que las navajas están desenfundadas en el entorno gubernamental.
El problema es que a los de siempre nos ha pillado en medio, y si las consecuencias sanitarias son terribles, las económicas empiezan a adivinarse no menos terribles, y largas, y penosas. La recuperación del mito decimonónico del empresario con monóculo, barriga, puro y cuello de piel en el abrigo, que la izquierda radical, de ideario tan decimonónico como el mito del empresario, usa para señalar a quién tiene que pagar la crisis, quién es el enemigo, está de nuevo en la calle. Ya tenemos paganini, y posiblemente chivo expiatorio.
Prohibido despedir, prohibido trabajar, prohibido discrepar, vacaciones extraordinarias  para todos a cuenta de la empresa, que luego se devolverán, o no, más adelante. Pero ¿puede aguantar esto la empresa española? ¿Quién es la empresa española?
Pues la empresa española, si se lo preguntas a la izquierda o a la derecha, los unos para intentar esquilmarla y los otros para intentar favorecerla, son Amancio Ortega, El Corte Inglés, Construcciones y Contratas, Telefónica, los bancos, y unos cuantos empresarios más de calado económico similar que manejan unas cuantas empresas élite de residencia fiscal nacional. Pero si vas al registro de empresas, entonces comprobarás que en el tejido empresarial español esas empresas ocupan una esquinita insignificante en el paño global. Un poco más grande será el área que ocupan empresas consolidadas de tipo medio y la inmensa mayoría de esa superficie estará ocupada por pequeños empresarios, muchos de ellos empresarios trabajadores, autónomos, cuyas figuras difícilmente se acomodan al estereotipo que manejan los radicales.
Si analizamos con un mínimo rigor, y con criterio de posición de mercado al durante la crisis, este entramado empresarial podremos distinguir entre tres tipos de comportamiento de sus mercados:
1-      Grandes y medianas empresas. Parar un mes, o dos si fuera preciso, no le afecta más que a su cuenta de resultados a final de año y a la cantidad a repartir entre los socios. No tienen problemas en asumir despidos improcedentes. Tienen exenciones fiscales especiales y unos departamentos legales y financieros que hasta podrán sacar beneficio de esta crisis. Las vacaciones recuperables ni les quitan ni les aportan nada.
2-      Empresas de clientes cautivos. Empresas cuyos clientes pueden aplazar el requerimiento de su trabajo pero no prescindir de él, por lo que pasada la crisis recibirán todo el trabajo aplazado y el que se generará nuevo. En estas circunstancias las medidas acordadas inicialmente, los ERTES y los ICO, les pueden permitir capear el temporal y enfrentarse con garantías a un paro que tampoco exceda los tres o cuatro meses. Las vacaciones recuperables pueden suponerles un alivio financiero a la horade la acumulación de trabajo que puede provocar la necesidad de horas extraordinarias.
3-      Empresas de negocio diario. Empresas cuyo negocio depende de su facturación diaria y que no pueden acumular negocio. Dos ejemplos de estas empresas diferentemente tratadas por la crisis, pueden ser la industria turística y el comercio alimenticio. Los hoteles no pueden recuperar su facturación del paro, ni les aporta nada que sus empleados recuperen el tiempo de unas vacaciones no pactadas, ya que su trabajo no es aplazable. Las pequeñas empresas hoteleras familiares, el comercio de proximidad no alimenticio y algunas otras pequeñas empresas, y muchos autónomos, serán las víctimas de estas medidas populistas. En este caso, en estas circunstancias, hay una inmensa cantidad de pequeños empresarios autónomos a cuya supervivencia la deriva política de la crisis les va a costar su empresa, y, en consecuencia, el empleo de todos los trabajadores que de ellas dependen, y que no son pocos. Luego bastará con tacharlos de insolidarios, de depredadores económicos o de cualquier otra lindeza de panfleto y redes sociales, para afianzar un mensaje que solo la inconsciencia fanática de un núcleo ideológicamente duro, o de una ignorancia comprable, podrá sostener.

El gobierno, al menos su ala más radical con la aquiescencia del resto, ha decidido introducir una deriva ideológica en su gestión de la crisis. El viernes la apuntó, el sábado la refrendó y el domingo la expuso, mediante el discurso mitinero de la ministra de trabajo, con toda su crudeza, explicando que para ellos solo existe el bien general y no el individual, hasta tres veces repetido y enfatizado, por si alguien no había oído bien. No conozco ningún bien general que no incluya el bien individual, porque no puede existir el uno sin el otro salvo que alguien vaya a decidir por todos cual es el bien general. Y por si había dudas la declaración de Pablo iglesias sobre la riqueza común, es decir del gobierno, como un concepto sobre el que las acciones de gobierno pueden decidir, aporta un sesgo radical, populista y totalitario que nadie ha votado y que nos están implantando aprovechando una crisis que nada tiene que ver con la política y mucho menos con las ideologías.
Tampoco nadie nos ha contado el punto del decreto en el que se autoriza el control por geolocalización de todos los ciudadanos, se supone que para evitar los desplazamientos ilegales, pero que en realidad es un punto que nos acerca más a un Gran Hermano que a una medida de control democráticamente conseguida. Es más, dudo que sea constitucionalmente aceptable.
En todo momento he apostado por una actitud constructiva y de acatamiento de las órdenes del ejecutivo hasta que la crisis se pudiera superar, pero bajo ningún concepto estoy dispuesto a asistir impasible y callado a una deriva ideológica y a un desastre económico. Si llega el comandante y manda a parar, tal vez es el momento de que los ciudadanos digamos basta a estas actitudes que nada tienen que ver con el entorno sanitario. Desde la disciplina que la situación demanda, desde la consciencia ciudadana del bien común construido desde los bienes individuales, desde la posición irrenunciable de copropietario de nuestro país, desde este momento y desde este medio denuncio la inadmisible deriva ideológica del manejo de la crisis e insto al presidente a derogar las medidas improcedentes y populistas que pueden destrozar nuestra economía. Yo había dicho antes o después, el gobierno ha elegido ahora. Pues ahora.

Miserias Humanas


Cuando hablamos de dramas humanos, hablamos de sufrimiento y, normalmente, de muerte. Por eso, en estos tiempos que estamos viviendo, en estos tiempos de reclusión y pandemia, controvertida en su declaración pero evidentemente sufrida, los dramas humanos están a la orden del día, al cabo de la calle, al volver la esquina. Expresiones todas ellas que expresan una cercanía que en sí misma podría considerarse un drama humano.

Porque aunque la idea, rara vez la consciencia, de que la muerte es lo único cierto de la vida no hay nada que haga sufrir al ser humano que el lograr atisbar en la cercanía, o lejanía, de la muerte, y no digamos ya nada si se supone una inmediatez, más o menos dilatada.

No hay mayor castigo, no hay mayor tortura, al menos hablando psicológicamente, que ponerle plazo a la vida. Como no hay mayor pena que la condena a la soledad forzada, a la ausencia de un ser que nos acompañe en los momentos de sufrimiento.

Por eso, y no solo por eso, lo que está sucediendo con el coronavirus está provocando miles de dramas humanos, miles de situaciones de muerte y soledad que pueden ser identificados como tales, y como tales nos conmueven y nos dejan sumidos en una tristeza equiparable a la soledad de nuestras calles, a la mirada lánguida con la que miramos por la ventana cuando el sol parece invitarnos a compartir sus rayos con una luz que hace muchos años que no veíamos.

Drama humano es el de los enfermos que llegan a los hospitales y se encuentran con la imposibilidad de acceso a los medios imprescindibles para salvarles la vida y ven partir a los suyos sin posibilidad de despedirse y sin saber si será la última vez, pero temiéndolo.

Drama humano es el de los familiares que abandonan a sus seres queridos con la sensación, luego confirmada desgraciadamente en muchos casos, de que no volverán a verlos con vida y el inmenso dolor de no poder acompañarlos en sus últimos momentos y no poder constatar que hayan muerto sin sufrimiento, en paz.

Drama humano es el de las familias usando las habitaciones del propio hogar para crear compartimentos que aíslen a unos miembros de la familia de otros, sin poder atenderlos como el cariño demanda, sin poder demostrárselo para mantener el ánimo de ambos.

Drama humano es el de los profesionales que se juegan su salud, su vida, para intentar salvar las ajenas, o para facilitar unos servicios imprescindibles para la comunidad, y pasan miedo mientras llevan a cabo su labor sin los medios más elementales y necesarios.

Dramas todos ellos que a pesar de tener diferentes protagonistas, diferentes entornos, tiene los elementos comunes de la presencia de la muerte y la ausencia de la cotidianeidad.

Pero sin duda, para mí, en el entorno global de un drama humano general, hay ciertos dramas humanos que me conmueven por encima de los demás, que me atribulan el alma, me hacen bola en la garganta y logran que los ojos se cubran de una humedad a punto de derramarse. Lo que ha sucedido en nuestras residencias, con nuestros mayores más desvalidos, sobrepasa todo lo tolerable, todo lo justificable, todo lo asumible.

Han muerto solos, abandonados, en muchos casos sin que sus familiares estuvieran al tanto de lo que estaba sucediendo, sin que el personal que los cuidaban tuviera los conocimientos, ni los medios, para paliar su situación o para intentar salvarles la vida. Han muerto enter la impotencia de los que estaban con ellos y la prepotencia de los que les negaron el auxilio en una parodia burocrática de competencias y pertinencias. Y si su drama fue morir  por la puerta de atrás de la vida, no es menor el de unos familiares ausentes, confiados, que se encuentran tratados como extraños en unos momentos en los que la cercanía es mucho más necesaria para el vivo que para el muerto.

Me parece indignante, vergonzosa, la culpabilización de esas instituciones, o empresas, de sus trabajadores, que no son sanitarios, que no son médicos, que no son otra cosa que trabajadores que día a día se ocupan de aquellas personas que no pueden recibir los cuidados imprescindibles por parte de sus familias, porque no las tienen, o porque la vida moderna no permite una calidad adecuada de vida para ellos en el entorno en el que viven sus familiares. Me parece repugnante que además se haga sabiendo, como se sabe, que los más dependientes, muchos de ellos, ni siquiera desarrollan los síntomas ni son capaces de comunicar que los sienten.

Tal vez sea hora de que alguien les de voz más allá del tiempo entrecortado de dos minutos que no tiene cara, ni relato, ni capacidad de comprender la dimensión exacta del drama, drama  inversamente proporcional, en muchos casos, a la capacidad económica del centro del que se hable, porque aunque los ricos también lloran, también mueren, lo hacen en un entorno menos dramático, suponiendo que la muerte en circunstancias tan excepcionales, admita diferentes grados de dramatismo.

A lo mejor si ponemos caras, nombres, circunstancias, a las historias, ciertos depredadores de la basura en redes, ciertos políticos domadores del chivo expiatorio, ciertos sinvergüenzas de tecla fácil y conciencia embalada, tengan la posibilidad de recapacitar sobre la basura que difunden. A lo mejor, tal vez, aunque yo no lo creo.  

viernes, 3 de abril de 2020

Miserias Humanas (I): Las penas con pan


Hablábamos de dramas humanos, de situaciones dramáticas dentro de la dramática situación general en la que estamos viviendo. Hablábamos del drama continuado, cotidiano, habitual, que se hace aún más dramático en circunstancias extraordinarias. Hablábamos de cómo la discapacidad sin recursos es, a día de hoy, en medio de la pandemia que vivimos y del pandemonium en el que la imprevisión y la incapacidad de los sucesivos gobiernos de país nos han sumido, un agravante, en ciertos casos definitivo, de la enfermedad. De cómo la ignorancia dolosa  inicial de una población marginal por sus circunstancias y capacidades en el principio de la crisis, y su abandono, han servido como cómplice necesario para una mortandad evitable.

Dice el dicho que las penas con pan son menos y tal vez por eso estos dramas humanos agravados por el abandono social, por la enfermedad previa y por una situación económica delicada se hacen aún más intolerables cuando ciertas clínicas privadas utilizan medios de diagnóstico, teóricamente intervenidos por el gobierno por su escasez y necesidad para uso púbico, para cobrar por ellos cantidades minoritariamente accesibles. O sea, una pasta.

Pero dejemos de hablar de generalidades, los agravios y los muertos tienen nombre,  alguien, aunque sea a toro pasado, tendrá que darles satisfacción, alguien tendrá que asumir la culpa de dejar morir en un abandono mezcla de ignorancia y desidia, a varios miles de personas cuya capacidad de cuidarse y solicitar ayuda era inexistente. Alguien tendrá que declararse responsable de un olvido dramático de ancianos y cuidadores en recintos perfectamente identificables, convertidos en zonas preferentes de cultivo y expansión del virus por sus características de convivencia y de residencia.

Parece ser que nadie pensó en los mayores, muchos de ellos aquejados de enfermedades mentales degenerativas, internados en establecimientos de residencia salvo para nombrarlos como grupo de riesgo, pero sin preocuparse ni de sus necesidades, ni de sus incapacidades, ni de las consecuencias de ese abandono.

Tal vez el problema, casi seguro, es que los responsables solo conocen personalmente, o familiarmente, o por interpuestos, las magníficas residencias de pago, algunas con plazas concertadas, pero desconocen esas otra residencias atendidas por religiosas o por voluntarios, que trabajan en el borde de la indigencia, en el límite en el que dar y recibir se escora escandalosamente de la parte del dar.

Es preferible pensar que ha sido una incapacidad manifiesta, una incompetencia dolosa, la que ha producido este desastre humanitario, esta intolerable miseria humana. Porque la otra opción, la otra impensable opción, nos podrá llevar a sospechar que cierta tendencia anticlerical en algunos estratos de los partidos en el gobierno ha tenido alguna influencia en el abandono de las residencias más pobres, casi todas atendidas por órdenes religiosas o voluntarios, o una combinación de ambos.

Y lo digo, mordiéndome la lengua para no llamarles miserables, sinvergüenzas y despojos humanos, después de constatar el uso de las redes por algunos de sus partidarios que se han dedicado a verter basura, o a jalearla, o a reirla, o a difundirla, sobre las religiosas que atienden en sus residencias a los más desfavorecidos de la sociedad, a aquellos a los que el sistema tan social y tan aparentemente preocupado de los que no tienen recursos, ni les encuentra plaza, ni los acoge. Eso sí, desde una posición progresista y de evidente superioridad moral, y desde el sillón de casa, o desde su escaño en el parlamento.

Comentaban hoy en las noticias que en una residencia de Madrid había más de veinticinco muertos, y prácticamente la totalidad de residentes y cuidadores estaban contagiados. Hoy, casi tres semanas después de que en esta misma residencia, una residencia de caridad, ya se supiera de los primeros muertos y contagiados que hicieron saltar la información, una residencia sin medios económicos ni sanitarios para enfrentarse a un problema de esta envergadura. Una de las primeras que recibió la primera andanada de ciertos ministros anunciando investigaciones judiciales que intentaban culpabilizar a las víctimas de la incompetencia institucional.

No es la única, ni solo sucede en la comunidad de Madrid, pero sí que, desgraciadamente, la inmensa mayoría de residencias afectadas por la pandemia, la mayoría de las residencias que abastecen los números de fallecidos de edad avanzada y con patologías previas, lenguaje oficial, en las estadísticas, son residencias de caridad, de las Hermanitas de los Pobres, de las Misioneras de la Madre Teresa de Calcuta y de algunas otras órdenes y ONGs, pero que tienen una caracterítica común, la pobreza de sus residentes y la falta de medios y recursos humanos para todo aquello que no sea lo cotidiano.

Algunas, como una de las más vilipendiadas en redes, son además residencias para monjas mayores. Las hay también que acogen, en planta aparte, a enfermos de VIH sin recursos. Otras combinan su actividad de caridad con la de residencia de estudiantes que les permite captar algunos fondos para mantener su actividad. Ninguna nada en la abundancia de las privadas, ni están pensadas como negocio del que sacar un beneficio, y todas ellas solicitan ayuda, medios, desinfecciones, posibilidades para aislar a los enfermos, en definitiva, soluciones que parece que en los mejores casos tardan en llegar, si es que llegan.

Creo que en esta historia se combinan varios dramas humanos:

1.      El abandono específico sobre el abandono general de una población que debería de estar mimada por su imposibilidad de defenderse por sí misma, ni siquiera en un día a día normal. La ignorancia culposa por parte de las instituciones oficiales de unos colectivos que por sus características deberían de ser objeto preferente de sus atenciones.
2.      La tardanza en, incluso la falta de, la reacción necesaria para corregir la situación y poner los medios necesarios para atajar el agravamiento del gravísimo problema.
3.      El abandono institucional de sus primeros responsables. ¿Dónde estaban los responsables de las iglesias y sus recursos, que a todos nos consta que tienen? ¿Dónde estaban los que viven en los oropeles y los palacios eclesiales, que tendrían que haber dado el paso y proporcionar recursos a estas instituciones que están bajo su tutela, cuando no aportar su propia presencia en los lugares más necesitados, dando ejemplo de lo que predican?
4.      La miseria moral que exhiben los profesionales del linchamiento mediático y sectario, que han sacado su lado más repugnante aprovechando la situación de desvalimiento de estas comunidades.

Pues eso, que las penas con pan son menos, y  que a perro flaco todo son pulgas. No hay peor agravante para una pandemia, en esta sociedad, que ser pobre o preocuparse de los pobres. Pero para ver que esto era así tampoco hacía falta una pandemia, bastaba con una gripe, o con una visita a cualquiera de estos establecimientos de caridad un día cualquiera de un año cualquiera. La miseria es lo que tiene, se oculta, pero solo deja de verse para quien se niega a mirarla.

viernes, 20 de marzo de 2020

Antes o después


Cuando un español quiere recurrir a una convicción fatalista de que algo acabará sucediendo aunque aún no sea capaz de atisbar cuando, existe una expresión que indetermina con exactitud la certeza de lo que ha de suceder, sí o sí,: “antes o después”. Todo queda atado, es definitivo, pero no sabemos, ni aproximadamente, cuando. Solo el destino, las circunstancias, el voluble devenir, permitirá que lo inevitable suceda y marcará el tiempo definitivo en el que el pasado resuelva cuentas pendientes.

“Antes o después” parece una frase especialmente ideada para las circunstancias actuales en las que
El Mundo ha decidido establecer una barrera cronológica, un antes y un después, que así escrito significa algo totalmente diferente, de la pandemia y sus efectos en el mundo de la salud, de la economía y, como no, de la política.

Porque más allá de la certeza de los confinamientos, de las incomunicaciones, de las solidaridades y los gestos que recuperan la dimensión de ciudadano, tantas veces reclamada por los librepensadores como negada por los políticos, quedan un montón de preguntas, un montón de decisiones, un montón de actitudes que explicar y, llegado el caso, depurar.

Es mi intento, seguramente inexacto e incompleto, hacer una breve lista de todas esas cuestiones que antes o después han de ver la luz y ser sometidas al criterio de los que, se supone, son los protagonistas de la democracia, los ciudadanos. Esos mismos que han puesto el sacrificio, los muertos y las penalidades económicas derivadas de una situación fuera de su control.

Antes o después habrá que averiguar cuál es el origen real de este séptimo coronavirus que nos azota de forma tan feroz. El tercero o cuarto en lo que llevamos de milenio y siglo.

Antes o después habrá depurar responsabilidades entre quienes, por descuido o interés, permitieron su expansión.

Antes o después tendremos que replantearnos el sistema mundial de alertas, la función real de la OMS, y la escasa credibilidad de instituciones y organismos incapaces de concitar la confianza y colaboración de los ciudadanos hasta que empezaron a producirse los primeros muertos.

Antes o después alguien tendrá que explicarnos la renuencia a actuar hasta que ya era tarde en el origen de la pandemia, asistiendo al bochornoso espectáculo de la condena del primer médico que alertó sobre lo que se nos venía encima.

Antes o después alguien tendrá que explicarnos como se permite, por intereses económicos superiores, que la enfermedad se expanda libremente antes de tomar las medidas adecuadas.

Antes o después alguien tendrá que explicarnos, y asumir la responsabilidad, del sistema que han elegido las principales naciones europeas que, en contra del sistema japonés o el coreano, prima el acortamiento del tiempo de crisis a costa del número de muertos.

Antes o después habrá que pedir responsabilidades, para bien y para mal, a los que han tomado las decisiones y a los que han asesorado.

Antes o después tendremos que pedir cuentas a los que han intentado, o logrado, utilizar la situación para su promoción personal o su predominio ideológico.

Antes o después tendremos que pasar agravios a los que han intentado apropiarse de méritos, colgarse medallas o reclamar pagos por los servicios prestados, que debieran ser, en estas circunstancias, donados.
Antes o después el mundo deberá señalar y condenar a los populistas que han antepuesto su ignorancia, su soberbia o su partidista visión a las previsibes consecuencias de sus actos. Y señalo especialmente a Bolsonaro, a Trump, a Boris Jhonson y a López Obrador, sin olvidarme de algún nacional de pataleta e imposición de su capricho.

Antes o después, y esto debería de ser lo primero, deberíamos de hacer una profunda reflexión sobre las costuras abiertas que han quedado al descubierto en esta crisis y ponerles solución inmediata.

Antes o después, y esto debería de ser lo segundo, deberíamos de establecer un día, y mira que yo no soy afecto a los días predeterminados, de homenaje a todos los colectivos que han sido la fuerza de choque contra el bicho.

Antes o después, posiblemente nunca, debería de producirse, en España, un gobierno de concentración nacional que se pusiera al frente de la situación posterior a la crisis y pudiera sacar adelante medidas que no tuvieran sesgo, ni propietario, encaminadas a la recuperación total del país.

Antes o después, es inevitable, habrá que señalar a héroes y villanos, pero habría que procurar que los héroes lo fueran de todos, y no solo de un bando, y los villanos no solo fueran los ajenos.

Antes o después, que no ahora. Ahora, solo, ¡virus fora!

sábado, 14 de marzo de 2020

Virus fora


Solo los médicos saben lo que los demás quisiéramos entender. Solo los virólogos, los epidemiólogos, tienen capacidad de entender lo que todos quisiéramos saber. Y la ignorancia y la ansiedad son magníficos abonos para que crezca el miedo. Un miedo con un alto componente de irracionalidad, con un toque de desconfianza y algo de desinformación.
Es habitual en España copiar las medidas de otros países, que no siempre tienen que ser eficaces en el nuestro. Sucede con leyes que aprobamos porque han dado resultado en Francia, en Alemania, o en la Conchinchina, famoso territorio que está más allá de cualquier otro territorio que se nos pueda ocurrir, y que una vez promulgadas se muestran ineficaces o incluso contraproducentes.
Tampoco el Coronavirus de nuestras entretelas y contagios ha cambiado esta forma de actuar, pero no reparamos, quienes deben no reparan, en que los españoles tenemos nuestra propia idiosincrasia, y que ciertas medidas tomadas en otros lugares no tienen por qué funcionar en nuestro país aplicadas de la misma forma y en los mismos tiempos. Y estoy pensando en la inconveniencia de anunciar medidas restrictivas con antelación que producen pánico e invitan, inadecuadamente, a las medidas defensivas.
Yo entiendo perfectamente, aunque no comparta totalmente, la actuación de las personas que le anuncian que viene un tsunami a la zona en la que vive y lo primero que hace es coger un medio de transporte y alejarse de la “zona de riesgo”. Normal. Tal vez lo que ha pasado es que la medida, sin duda necesaria, debería de haberse tomado sin aviso previo y con una desdramatización mayor. Con una información más detallada y comprensible.
Porque todo lo que puede costar la vida a alguien es dramático, pero según como se comunique, según como se divulgue, ese dramatismo se convierte en el indeseado pánico histérico que obstaculiza las posibles medidas necesarias. O, lo que es peor, la asunción de la población de esas medidas como necesarias. Y esa falta de asunción lleva a los comportamientos inadecuados que todos vemos.
Intentemos analizar las informaciones que pueden dar lugar a equívocos entre una parte de la población y a las consideraciones que suponen:
-        El coronavirus es un virus mortal. Claro. Todos hemos visto las estadísticas y los muertos producidos. Pero nadie consigue que la gente entienda, aunque se ha dicho, que no es más mortal que la gripe, o el sarampión, o la mayoría de los otros virus con los que compartimos nuestra vida diaria. Pero difiere de ellas en los recursos inmunológicos de los que disponemos y en el tiempo de expansión.
-        El año pasado la gripe causó en España 525.300 casos y 6.300 muertos, cosa que, salvo catástrofe, no producirá el coronavirus.
-         Entonces no hay de qué preocuparse. Sí, sí que hay de qué preocuparse. Los humanos necesitamos desarrollar defensas colectivas que nos inmunicen contra los ataques externos que podamos sufrir, lo que los médicos conocen como inmunidad de grupo, y que necesitan de un tiempo para desarrollarse.
-        Hay que intentar, por todos los medios, que el contagio no sea incontrolado porque necesitamos tiempo y espacio para evitar muertes innecesarias. Tiempo para desarrollar, tanto naturalmente como mediante la investigación, la inmunidad necesaria que haga al coronavirus otro virus más, y no uno especial, y espacio en los recursos sanitarios de emergencia para que puedan atender a la población de riesgo que resulte contagiada.
-        El objetivo es no contagiarse. Es cierto, pero no totalmente cierto. Como en toda enfermedad el objetivo primario es no tener esa enfermedad, pero en el caso de las infecciones víricas esa pretensión es casi una ficción, casi todos pasamos por el trance de alojar a los bichitos en nuestro cuerpo, a veces sin siquiera desarrollar síntomas, por lo que el objetivo real en este momento es no contagiarse ahora y no contagiar a otros.
-        Si desarrollas la enfermedad y la superas, todo se ha acabado. No está claro, porque hay informes de China en los que se habla de recaídas en pacientes ya dados de alta. Pero no sabemos cuál es la fiabilidad de esos informes.
-        Hay remedios caseros que inmunizan contra la enfermedad. Falso. Solo podemos confiar en el uso sistematizado de productos que los médicos consideren fiables, el resto es una suerte de mancia médica que solo puede conducir al tratamiento inadecuado de la enfermedad, tratamiento inadecuado que el mejor de los casos será simplemente inútil.
-        Los de fuera traen la enfermedad. Cierto y falso. La xenofobia es una enfermedad mental que solo puede ampararse en la ignorancia y en la irracionalidad. Los contagios no son lineales, ni radiales, ni de ninguna otra figura geométrica reconocible. El virus ya puede estar en ciertos ámbitos sin haberse todavía manifestado. Otra cosa es que el movimiento incontrolado de personas aumenta el riesgo de expansión, si no se respetan el aislamiento y cuidados aconsejados.

Pero, tal como apuntaba al principio de estas letras, estamos tan obsesionados mirando lo que hacen los demás, que medidas toman, con qué tiempos, que nos olvidamos de mirar hacia nosotros mismos y evaluar con que armas contamos y que debilidades tenemos
Estas son las características peculiares con las que la crisis se afronta en España, y no todas son malas:
-          El gobierno no ha cultivado la confianza de todos los ciudadanos con lo que su veracidad en cualquier tema está mermada, sin olvidar su debilidad y tendencia al fraccionamiento en las decisiones importantes. La última torpeza de la manifestación del 8 de marzo no ha contribuido, precisamente, a mejorar esta situación.
-          Los medios de comunicación hacen la guerra por su cuenta y con el sesgo de algunas de sus informaciones están haciendo un llamamiento a la población más cerril para que puedan surgir brotes de xenofobia.
-          A algunos, que vienen de un largo periplo de visión ideológica y frentista, en los dos lados, les cuesta desprenderse de esa perversa visión a la hora de enfrentarse a un problema sin ideología, y no contribuyen precisamente a crear el clima necesario de solidaridad
-          El virus se enfrenta en este país a uno de los sistemas sanitarios más fuertes y preparados del mundo, y eso, que hemos construido entre todos a lo largo de los últimos años, tiene que ser nuestra fortaleza y nuestra confianza.
-          Si bien los españoles somos bastante indisciplinados, la historia nos demuestra que, cuando llaman a rebato, pocos pueblos hay más solidarios, más creativos y más colaboradores que el pueblo español. La sanidad privada ya se ha puesto a disposición de la pública y la industria hotelera ha ofrecido su infraestructura para complementar la necesidad de camas e instalaciones. Y estamos hablando de la confluencia de tres sectores que se encuentran entre los mejores del mundo en su ámbito.

Habrá quienes quieran aprovechar estos momentos, no hay más que asomarse a las redes sociales, para intentar rentabilizar las posturas a favor o en contra del gobierno, de la oposición, o del sistema político, me parece una actitud torpe, miope, casi rayana en lo miserable. Ahora mismo, en la situación actual, el gobierno es mi gobierno y nos caiga más simpático o más antipático, nos parezca más o menos eficaz, es el único órgano con potestad suficiente para coordinar las acciones a tomar, y ojalá esté inspirado y bien asesorado para dirigirnos a todos con el menor coste en vidas y bienestar posibles. No hay otra. La oposición ya se ha puesto a su lado y es lo que toca.

Tampoco debemos de olvidar, sin dejar de alabar la función de los sanitarios de primera fila, el tremendo trabajo que están realizando esa segunda fila poco conocida de operadores de servicios de emergencia, de médicos de apoyo en despachos y teléfonos de consulta que no por no estar de cara al público son menos importantes para garantizar nuestra salud, los conductores de ambulancias, los farmacéuticos, los operarios de servicios urgentes e imprescindibles, los empleados de alimentación… todos aquellos que sin que se aprecie su trabajo evitan que nuestro mundo, la calidad de nuestra vida, entre en colapso.
Estoy convencido, absolutamente convencido, y la historia lo refrenda, que saldremos de esta crisis con mejores números de los previstos, con la satisfacción de haber actuado por encima de las expectativas, y la absoluta predisposición a volver a ser un pueblo alegre, festivo e indisciplinado, o sea, españoles.

Desde mi casa, a 14 de marzo del 2020

viernes, 20 de septiembre de 2019

El día del alzheimer 2019


Dicen que hoy es el día del alzheimer, que es como decir que hoy es el día de las enfermedades degenerativas mentales, que es como decir que hoy es el día de recordar a los muertos en vida, a los enfermos y a los pacientes.
No soy muy partidario de los días de, y no soy muy partidario porque me parecen una forma de decir que los que podrían hacer algo más por solucionar un problema consideran que de momento no requiere sus auténticos esfuerzos. Una forma plástica de aliviar las malas conciencias.
La enfermedad es más eficaz y no entiende de días. La enfermedad trabaja todos los días del año y avanza inclemente sobre la vida de los enfermos y de los cuidadores sin dar tregua ni esperanza.
Todo lo que envuelve a la demencia se convierte en un tiempo dentro del tiempo, en un tempo de lasitud, de abandono, de cansancio mental, de desesperanza, de tristeza, de agotamiento físico, de lateralidad social que va carcomiendo las mentes y los cuerpos. Todo es lentitud: del tiempo al pasar, de la vida al decaer, de la administración al dar soluciones.
Tal vez las dos primeras lentitudes son inevitables a día de hoy, pero la tercera solo demuestra la ineficacia de una maquinaria compuesta por personas que funcionan como engranajes, la falta de alma de un entramado burocrático que en muchas ocasiones aporta las soluciones cuando el enfermo ya no las necesita. Eso que se llama a toro pasado.
Enfrentarse a un caso de demencia, de alzheimer si se quiere, es enfrentarse a una hipoteca vital, moral, económica y social. Y nadie está preparado para eso. Nadie está preparado a renunciar a una parte importante de su vida a cambio de ir despidiéndote de un ser querido poco a poco, temiendo cada día que el anterior haya sido el último en el que te ha reconocido, el último de su consciencia, el último en el que podías reconocer al que cuidas por algo más que por su deteriorados rasgos físicos. Enfrentarse a un caso de demencia convierte al que lo hace en un enfermo más. Enfermo de desesperanza, enfermo de despedida, enfermo de empezar desear la muerte ajena como única salida, enfermo moralmente por desearlo.
Está bien esto del día de… aunque me temo que no sirve, en la práctica, para nada.
Los enfermos de alzheimer no mejoran en el día del alzheimer, los cuidadores no descansan  en el día del alzheimer, las administraciones no resuelven más ayudas ni crean otras nuevas en el día del alzheimer, los investigadores no avanzan más ni tienen más fondos en el día del alzheimer. Eso sí, se habla más del alzheimer en el día del alzheimer, y si las palabras fueran obras tal vez estaríamos en otra situación.
Este moderno concepto de la visibilidad me produce un sentimiento entre la ternura de la buena voluntad y la indignación de la indiferencia que supone. Pero me temo que la verdadera, la única, visibilidad de esta enfermedad se da cuando la enfermedad se manifiesta, en ese momento para el que nadie se ha preparado, para el que todo lo oído no sirve de nada porque los sentimientos no se entrenan. Entonces viene la estupefacción, la negación, en muchos casos, que puede agravar el devenir de los pacientes y de los enfermos, la necesidad de unos apoyos que no llegarán hasta mucho más tarde.
No sé, no está a mi alcance saberlo, si se podrá hacer algo más científicamente. Es difícil poder mejorar el comportamiento heroico de las familias, la mayoría, enfrentadas a un futuro sin esperanza. Es lamentable la burocrática, lenta e insensible respuesta de las distintas administraciones a las que hay que enfrentarse, incluso la respuesta distante de algunos funcionarios sin la empatía imprescindible para tratar con casos de necesaria humanidad.
Bueno, celebremos el día del alzheimer como medio para lograr que al menos un día al año la gente se sienta conmovida por un drama que afecta a miles de enfermos, a millones de pacientes y piense, los que piensen, si se podrá hacer algo más. Me temo que, desgraciadamente, los que podrían resolver algo tienen otras prioridades, incluso el día del alzheimer, y no pueden distraerse de esas superiores obligaciones.
Mientras tanto al resto, a los que lo hemos pasado, a los que hoy empiezan a sufrirlo, a los que a partir de mañana lo padecerán, siempre nos quedará la esperanza de poder celebrar en un futuro cercano el “Día de la Erradicación de las Demencias”
Ah¡, para los que aún no lo saben, el alzheimer solo es una forma de demencia, ni siquiera la más habitual, pero eso no nos lo explican y tiene consecuencias. Porque hay familiares que abominan de la palabra, de la denominación, y se crean una falsa esperanza cuando pueden rechazar el nombre del doctor asociado a la enfermedad de su allegado. Porque hay personas que asocian el nombre, alzheimer, a una suerte de lacra que pueden negar en el caso de que la demencia diagnosticada sea de cualquier otra región cerebral.
Recuerdo a mi madre, ingresada en el hospital, ya con cuidados paliativos, con que furia me llamó a capítulo  porque yo le había a dicho al médico que mi padre padecía alzheimer en un grado muy avanzado. “Te prohíbo que vuelvas a decir que tu padre tiene alzheimer. Tu padre no tiene eso”. Si mamá, era verdad, papá sufría una demencia frontoparietal en grado IV, pero para ti era importante, era determinante, que no se llamara alzheimer, que no tuviera día, ni desesperanza.
Conmemoremos el día del alzheimer, aunque lo suframos todo el año, aunque lo olvidemos el resto del año. Señal de que, afortunadamente, aún podemos.