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martes, 8 de agosto de 2017

De la lógica y el sentido común

Uno de los grandes debates que mantengo con mi mujer es sobre la unicidad de la lógica. Pero este debate parte de una falsedad patente. Lo que ella llama lógica es lo que popularmente se conoce como sentido común que no es más que un atajo en el que las certezas se sustituyen por evidencias.
Como experto en lógica informática, asignatura que enseñé durante muchos años, tengo muy claro que la lógica no solo no es única, si no que existen tantas lógicas como personas y posiblemente, aunque esta es una aseveración que precisaría un estudio exhaustivo, existen una lógica masculina y una lógica femenina que tienen un objetivo común pero que se estructuran de diferente forma.
Dirigí durante algunos años, bastantes, equipos de programadores cuya labor era el desarrollo y mantenimiento de programas a medida, allá cuando los lenguajes no eran estructurados y las bases de datos eran lo que nosotros programáramos. Una de las primeras cosas que aprendí es que ante ciertos problemas debes de escoger a una mujer o a un hombre y jamás indistintamente. Me explico, si necesito seguir la secuencia lógica de un problema para descubrir los pasos de un proceso, casi con toda seguridad, necesito a una mujer. No sé si es paciencia, intuición o capacidad mental pero los pasos que sigue una ordenación lógica les son más evidentes que a los hombres. Si lo que necesito es un proceso de depuración de una rutina para logra una mayor versatilidad o velocidad, me inclinaré por un hombre que pondrá en el empeño soluciones originales. No es un problema de capacidades, tanto unos como otras están sobradamente capacitados para resolver cualquier tipo de tarea, es una cuestión de eficacia. Tiempo y rendimiento.
Pero no nos desviemos del tema y pongamos un ejemplo. Cuando empezaba el curso siempre ponía un ejercicio que en la mayor parte de los casos duraba todo el año lectivo: diséñame un organigrama para calcular una raíz cuadrada. Puedo asegurar que ningún alumno completó con éxito total el ejercicio, porque aunque los más brillantes lograban resolver el problema principal ninguno dejaba de caer en los saltos que el sentido común dicta. Todos obviaban el principio del problema dando por sentadas ciertas convenciones que la lógica no permite.
Pongamos un ejemplo ilustrativo aunque en diferente ámbito. Los hombres, hablo de los seres humanos,  trabajamos con la legalidad que se basa en la evidencia, porque nos es inaccesible la justicia que solo puede trabajar con la inalcanzable verdad. ¿Y cuál es la diferencia entre la evidencia y la verdad? La veracidad, porque si intentamos un acercamiento a la veracidad necesitaremos hacer un juicio paralelo de cada uno de los testigos, de cada una de las pruebas, de cada circunstancia anterior y posterior al hecho juzgado. La legalidad es lenta, la justicia eterna.
Había un programa en los años 77 y 78 en TVE, esa que era de todos, que se llamaba “El Monstruo de Sanchezstein” en el que Luis Ricardo, el monstruo en cuestión, tenía que ser dirigido por los niños mediante instrucciones simples y precisas desde su lugar de reposo hasta la zona de regalos y coger uno. Sencillo, ¿no? No. Todos los niños tendían a dar instrucciones inmediatas que Luis Ricardo no entendía.
·         Luis Ricardo, vete hasta donde está la muñeca y cógela. – Luis Ricardo emitía un ruido característico de incomprensión y no se movía- Luis Ricardo avanza veinte pasos- decía entonces la concursante, sin medir exactamente la longitud de la zancada que podía llevar al desastre de llevarse por delante el mostrador de premios y la consiguiente eliminación.
Luis Ricardo era especialmente picajoso en los ángulos de los giros, en las distancias y en los movimientos de cercanía.
·         Luís Ricardo gira a la derecha – Y Luís Ricardo se mareaba girando hacia la derecha como un trompo- Luís Ricardo gira un poco a la izquierda – Y Luís Ricardo se quedaba bloqueado decidiendo que era un poco.
·         Luís Ricardo coge el camión – ya cuando estaba cerca y no entendía que era eso de coger el camión y hacía su ruidito de no entiendo nada- Sube el brazo hasta que yo te diga, abre la mano, estira el brazo hasta tocar el regalo y cógelo. – bueno, eso sí era ejecutable siempre y cuando el regalo fuese de un tamaño razonable para una sola mano, porque si era grande podía suceder que al intentar cogerlo solo con una, lo tirase y el concursante se fuera a casa sin premio-

Muchos de mis alumnos lograron una secuencia lógica que resolvía la raíz cuadrada de cualquier número. Tampoco es muy difícil. Todos consiguieron lo evidente, pero ninguno logro la verdad. Muchos se olvidaban de preguntar cuál era número del que queríamos calcular la raíz cuadrada. Muchos se olvidaban de comunicar el resultado una vez obtenido. Muchos parecían ignorar que existen los números periódicos puros y no incluían una salida a un bucle infinito. Pero lo que no hizo nunca ninguno fue verificar sobre qué base numérica se trabajaba. Y el resultado puede ser diferente.
A veces algo tan elemental marca la diferencia entra la evidencia y la verdad. Entre la lógica y el sentido común.
El sentido común nos dice que siempre trabajamos en base decimal, la lógica lo pregunta. El sentido común nos dice que cuando se obtiene un resultado el objetivo está cumplido, la lógica nos obliga a comunicarlo e, incluso, a verificar que la comunicación se ha efectuado. El sentido común nos hace suponer que cuando nos cansemos de sacar decimales nos pararemos, la lógica nos pregunta si ya queremos pararnos o en cuantos decimales, con que precisión, queremos obtener el cálculo. El sentido común nos dice que no se empieza a calcular hasta que no hay número sobre el que calcular, la lógica nos obliga a preguntarlo o empieza a trabajar sobre el 0.
La lógica trabaja sobre el sí y el no, sin matices que únicamente son consecuencia de una concatenación de preguntas y respuestas. El sentido común es la presunción del matiz preferido como respuesta única. La Lógica obliga a la presunción de inocencia, el sentido común invita a la presunción de culpabilidad. Y no es pequeño el matiz.

Por eso cuando discuto con mi mujer y ella me dice que algo es lógico y que solo existe una lógica yo sé que ya no existe ninguna posible discusión, es de sentido común.

sábado, 18 de febrero de 2017

¿Se acuerda alguien de la Justicia?

La convivencia en una sociedad está marcada por una serie de valores que los individuos que la componen deben de asumir y practicar. Hablamos mucho de libertad, hablamos mucho de tolerancia e incluso de igualdad, pero ¿se acuerda alguien de la justicia?
Si nos atenemos a títulos prebendas y frases rimbombantes  podríamos concluir que la justicia es la virtud colectiva de mayor presencia en las instituciones, la que mayor número de veces es mencionada por los políticos, por los ciudadanos, por la sociedad en general. Hasta existe un Ministerio de Justicia, así, con algunas mayúsculas.
Rara es la vez que no se escucha a los políticos hablar del imperio de la ley para aclarar a continuación que la justicia es la misma para todos.  Pero el día a día, la terca realidad cotidiana viene con obstinación a dejar algo más que dudas en nuestra puerta de la conciencia social. Sin duda este es el imperio de la ley que bordea, pero muy por fuera, el ansia de justicia de los ciudadanos. Eso sí, habitualmente de justicia para los demás.
Porque si algo queda claro, si uno se fija con cuidado, es que cuando hablamos de justicia, a veces hasta con mayúscula, nos estamos refiriendo a aquello que cada uno considera justo para el prójimo, así con minúscula, pero que en absoluto puede aceptar que le sea aplicable a él mismo.
Nos viene de largo. El país que inmortalizó la picaresca, que convirtió el patio de Monipodio en escuela para instituciones públicas, y privadas, solo podrá tener el privilegio de tener unas leyes, o una aplicación de la ley, que reflejen su propio carácter
Un país que grava con impuestos las pensiones, que discrimina a sus ciudadanos en función de la parte territorial en la que residan, que consiente que ciertas entidades privadas se enriquezcan a costa de la miseria de sus ciudadanos, que permite que el frío, el hambre o la educación de sus administrados sean objeto de dividendos, que permite la especulación con la vivienda de los que se quedan en la calle y que se les arruine de por vida, que institucionaliza e incluso permite que se abuse de leyes y normas recaudatorias, que hace de la presunción de inocencia un títere en manos de la presunción de veracidad de los funcionarios, ese país, puede que sea el imperio de la ley, pero sobre la justicia ni llega a sospechar que exista.
Es verdad, a que negarlo, que la Justicia es rea de la Verdad, y que a nivel humano la Verdad es un concepto inalcanzable. Qué duda cabe. Pero de ahí a promover y legislar para promover la injusticia va un trecho que en muchos casos ya se ha recorrido. Y por eso, precisamente por eso, el único acercamiento a la justicia que le cabe al ciudadano es que no se le considere culpable salvo que se pueda demostrar lo contrario.  Son la presunción de inocencia y la probatura de culpabilidad. Demostrar la inocencia es en muchos casos y tal como está montado el sistema, una imposibilidad, imposibilidad que favorece siempre al que detenta la administración. Leer “El Proceso” de Kafka puede resultar una suave introducción a esa realidad.
Yo no sé, puedo tener sospechas, incluso fundadas, si la Infanta es culpable o inocente, ni lo sé ni me importa con este planteamiento que ya de raíz es injusto. Porque la causa que se seguía era por un tema económico, no de nombre, no de cuna, no de institución o político. Estos condicionantes del personaje no pueden, no deberían de, afectar a la justicia, no deberían de afectar a su aplicación legal.
Pero los linchadores de rigor, los que solo están dispuestos a aceptar un resultado, ya se han lanzado a la calle, a la física y a la mediática, para, sin pruebas, sin otros argumentos que la sospecha, la suposición o el rechazo hacia la institución a la que pertenece, condenar a la persona por ser personaje. Eso no es Justicia, eso no es ni siquiera legal, pero da igual, por ser quien es o por pertenecer a lo que pertenece algunos ya la consideran culpable sin remisión. Triste sentido de la justicia. Nulo sentido de la legalidad. Volvamos entonces a ley de Lynch, a los tribunales populares o a las confesiones por tortura, y que dios nos pille confesados si a alguno de nuestros vecinos le parecemos culpables de algo, posiblemente nos encuentren emplumados, colgados de un árbol al amanecer o perezcamos en una hoguera en alguna plaza pública. Aunque ahora que lo pienso ya hemos vuelto, ya tenemos ajusticiados al amanecer, periodístico o mediático, sin juicio previo y sin acceso a la presunción de inocencia. Ya algunos pobres infelices mueren víctimas del acoso o de la violencia gratuita de aquellos que no soportan la libertad ajena.
Aunque yo tampoco crea en mi fuero interno que la sentencia sea justa, sí considero que es legal. Nadie me ha podido demostrar, yo al menos no lo veo, la culpabilidad de la persona. Nadie ha aportado pruebas, nadie ha declarado su culpabilidad con contundencia y sin beneficio propio. Y en ese caso prima la presunción de inocencia, para mí y para cualquier persona o personaje.
Y para colmo, en medio de este batiburrillo que marca, como cada día en cada juzgado, como cada día en cada ciudad y pueblo del mundo mundial, la infranqueable distancia que media entre la legalidad y la Justicia, cierto juez directamente implicado en el caso se descuelga con unas declaraciones públicas en las que se dedica a verter a la opinión pública, a través de la publicada, sus sospechas, sus insinuaciones, sus particulares y personales apreciaciones de indicios no compartidos por los jueces que han visto el caso.
Bien, señor juez, bien. Seguramente habrá una gran parte de la opinión de la calle, y de la de los medios de comunicación, que lo considerarán un héroe popular. Espero que se conforme con eso, o que sea eso lo que sus palabras han buscado. Para mí un juez que hace una demostración tal de no creer en la presunción de inocencia me parece patético, no personalmente, no individualmente, si no como persona formada y encargada de administrar las leyes. Como persona que, posiblemente, acabe siendo Personaje.
En el cuento “Ley y Justicia”, del libro “Arnulfo Aprendiz”, Arnulfo le pregunta a su Maestro:
-              Maestro, ¿Por qué existen más leyes que instantes tiene la vida de un hombre? Y ¿por qué casi todas, si no todas, son injustas?

Si a la injusticia palmaria de las leyes, y por propia iniciativa, le sumamos la negación contumaz e interesada del principio de presunción de inocencia acabaremos acostumbrándonos a que aparezcan cadáveres en el río o emparedados en las viviendas, y proliferarán los miserables que marquen la culpabilidad de los demás. Eso sí, entonces podremos ahorrar unos dineros en estructuras legales que permitan un mayor enriquecimiento de los de siempre, y el poder ilimitado y omnímodo que proporciona administrar la injusticia.

domingo, 6 de abril de 2014

Derribata y Fuga

He dejado pasar un tiempo antes de decidirme a abordar el tema de la semana. La tocata y fuga, más bien derribata y fuga, de Esperanza Aguirre. Y lo hago desde el convencimiento de que hay una mirada al tema en la que ocupados en repartir chanzas, puyas y culpabilidades, casi nadie parece haber reparado y que es de la máxima importancia.

Cierto es, porque es cierto, que la apariencia esperpéntica de la escena –ex alcaldesa huye de la que fue su policía, que la persigue y sufre, algún agente no la policía en general, un ataque de ansiedad-, su desarrollo y su final son para que plumas como las de Mihura o Tono le sacaran todo el jugo disparatado que la historia sugiere, pero también es cierto, y es lo que a mí me preocupa, es que la historia tiene una faceta oculta que muchos ciudadanos que hemos tenido episodios con la policía municipal de Madrid, y no dudo que con muchas otras sea lo mismo, no podemos dejar de tener en cuenta. La presunción de veracidad de la policía municipal, de cualquier policía o entidad estatal, es una trampa en la que se estrella sistemáticamente el derecho a la justicia del ciudadano. Lo que ellos digan es cierto sin necesidad de ningún tipo de prueba y el ciudadano tiene que demostrar que es inocente, no ellos que es culpable.

Si, hablo de la presunción de inocencia y la conculcación diaria y sistemática de ese principio por parte de unos agentes, funcionarios o personal auxiliar, que en algunas de sus actuaciones se desenvuelven con total desapego hacia el ciudadano sin reparar en el daño que causan, o importándoles un bledo, y dejándole inerme en sus derechos y habitualmente en su bolsillo. Y también de un público dispuesto a linchar al policía o al personaje mediático, ¿se dice así?,  en función de las siglas de sus amores. En ambos casos hablo de una perversión ética.

Esta no es una visión que pretenda exculpar a la señora Aguirre, que no tiene justificación posible en su comportamiento si se demostrara cierto, y del que por otro lado no hay más testimonio que el de los agentes implicados y su presunción de veracidad, que para mí es como si no hubiera nada porque no creo en esa veracidad después de haberlos visto declarar en un juicio algo absolutamente diferente a lo vivido.

Sufra la señora Aguirre en sus carnes el desarrollo que ella y los suyos, y los suyos opositores han contribuido a poner en marcha contra el ciudadano de a pié, y valga este episodio como una llamada a recuperar la presunción de inocencia tan enunciada, referida y pisoteada. No en vano en castellano existe un refrán que demuestra hasta qué punto en nuestro país eso de la presunción de inocencia no casa en la vivencia popular: “Cuando el río suena…”


Si señor juez, yo, el presuntamente inocente, soy culpable salvo que milagrosamente pueda demostrar lo contario, ante la ley, ante la policía, ante hacienda  y ante cualquier organismo estatatal o paraestatal que para mi desgracia haya decidido considerarme culpable. Bueno, pueda demostrarlo y tenga recursos económicos para intentarlo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

La Palabrocracia (04-08-2011)


Empiezo a pensar que vivo en una palabrocracia. Me gobiernan palabras y expresiones que no siempre quieren decir lo que significan. Al parecer como ciudadano tengo unos derechos reconocidos por la ley que la propia ley se preocupa de desmentir.

Hace unos meses recibí un certificado que contenía una sanción de aparcamiento en  una calle de Madrid por un estacionamiento de mi vehículo sin distintivo en una fecha y hora en la que mi coche se encontraba aparcado en su plaza porque aquel día yo no salí de casa en ningún momento. Recurrí con la absoluta seguridad de que no podrían demostrar algo que era imposible porque no había sucedido. Esto es lo que la ley reconoce como presunción de inocencia. Inocente el que lo lea.

Meses más tarde recibí, certificada, la confirmación de la denuncia por coincidencia de los datos del vehículo y ratificación del sancionador. Asombrado recurrí volviendo a argumentar no solo la imposibilidad de la denuncia si no la falta de entidad jurídica de quien me había impuesto la denuncia que no tiene más entidad que una denuncia particular.

La maquina administrativa respondió ratificando la sanción y dando por finalizada la via administrativa e invitándome –yo juraría que había un pliegue que parecía una sonrisa en el papel- a pagar o seguir por la vía contencioso-administrativa, vía inalcanzable económicamente y que no garantiza que me den la razón. Y no es la primera, y no será la última, y no seré el único.

Hoy me han embargado la cuenta del banco por una infracción que no cometí y además me han cobrado los intereses. La máquina administrativa recaudatoria y rodillo de los derechos del ciudadano –crisol que convierte al ex-ciudadano en continuo contribuyente- está perfectamente engrasada y aplasta cualquier oposición que encuentre a su paso.

Yo jamás podré demostrar que estaba en mi casa y al menos dos funcionarios, uno de ellos con presunción de veracidad, han ratificado un hecho que nunca pudo ocurrir sin aportar ninguna prueba, y en este caso, y casi en cualquiera que me enfrente a la administración, un banco o cualquier ente de recursos ilimitados, mi presunción de inocencia no vale nada, perdón, para ser exactos, vale una mierda.

A esta situación se la conoce como indefensión  y a la sensación moral impotencia. Y a los que lo han permitido y promovido sinvergüenzas, perdón, políticos.