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viernes, 11 de noviembre de 2016

Cochófobos, cochófilos y cochocantes

Hay palabras que surgen para quedarse más allá de que sean inventos de un momento particular, y cochófobos, gracias corrector por recordarme que no existe, es seguramente una de ellas.
Efectivamente no existe en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua esta palabra, como no existen tampoco cochófilo, o cochocante, pero son términos que una vez pronunciados todo el mundo entiende.
Solo un pero, solo una aclaración, al hablar de cochófilos y de cochófobos nos estamos refiriendo a coches y no a cochos, cerdos, puercos, marranos. Tal vez los términos cochéfilos y cochéfobos serían menos equívocos, pero son también menos rotundos y, en todo caso, no son los elegidos por la señora Aguirre para su discurso.
No cabe duda que allí donde surge un fobos se insinúa un filos, y que ambos términos se definen por antagonismo respecto al otro. Cochófilo es aquel que usa el coche para la realización de cualquier actividad a realizar, incluso no siendo necesario. Es una actitud bastante extendida y particularmente llamativa en poblaciones pequeñas donde hay gente que usa el coche para desplazarse menos de un kilómetro. “Es que está en el otro extremo del pueblo”, suelen oírse decir a los que gastan más gasolina en el acto de arrancar el coche que en el desplazamiento mismo.
Cochófobos, sin embargo, acoge en su sonido a aquellos que no utilizan el coche salvo para ocasiones en las que no encuentran otra posibilidad de desplazamiento o a aquellos que se sienten molestos, indignados o agredidos por la utilización del vehículo a motor por parte de los demás.
Y he aquí que apreciamos la primera característica peculiar de las fobias respecto a las filias, al menos de esta. Mientras la filia es una actitud particular, personal, la fobia se proyecta con mayor intensidad sobre los ajenos que sobre el individuo que la ejerce, o padece.
Son cochófobos todos aquellos que buscan, de pensamiento, palabra u obra, - je, me suena-, toda acción posible para la erradicación del automóvil como medio de transporte personal bajo una excusa o argumentario cuyo fin último no se explicita, la cochofobia, enumerando a cambio toda una serie de ventajas o beneficios irrenunciables. ¿Se puede considerar que los argumentos aportados son falsos? No, con seguridad no, pero a poco que escarbemos podremos percibir que no son el objetivo último de las medidas.
Desde hace años el conductor, y por ende su vehículo, es el objeto inmisericorde de una recaudación encubierta y que, en muchos casos, traspasa, con la impunidad que da el tener la sartén por el mango, la legalidad e incluso la razón.
La guardia civil de tráfico, los agentes de movilidad, la policía municipal, se dedican a perseguir y multar al conductor antes que a educarlo. Radares, zonas de estacionamiento regulado, límites de velocidad inexplicables, cámaras para semáforos en rojo… todos elementos recaudatorios justificados bajo la falsedad argumental de la protección del conductor, el medio ambiente o la fluidez del tráfico.
No, la administración, perdón, las administraciones, sean del color que sean, sean del nivel que sean –estatales, regionales, provinciales o locales- sufren de una cochofilia perversa. Ansían desmesuradamente, con ilegalidad manifiesta a veces, el dinero que la multitud de coches depara. Porque, desengañémonos, la seguridad les importa un ardite. Si les importara la educación vial sería una asignatura obligatoria y prioritaria en los colegios y no lo es. Si les importara la seguridad de las personas habría controles preventivos en las zonas de mayor riesgo de consumo, no en medio de una carretera y con el objeto de sancionar. Si les importara lo más mínimo la integridad de las personas el carnet de conducir se daría mediante un auténtico examen de pericia y habría que renovarlo demostrando algo más que la simple capacidad de mover el volante correctamente, a veces ni eso. La inmensa mayoría de las leyes y normas que atañen a la circulación son, sin duda por mi parte, puramente recaudatorias, circunstancia que además es del dominio público por lo que simplemente sufren el descrédito más absoluto.
Entonces, ¿lo que decía la señora Aguirre de la cochofobia?
Efectivamente. Es casi inevitable comprobar que el ayuntamiento de Madrid en particular, aunque no es el único, apunta maneras de cochófobo impenitente. Las medidas contra la circulación de vehículos sin ningún tipo de garantía, planificación o mínima información, nos hacen pensar que, más allá de las razones, seguramente reales, esgrimidas se esconde una clara fobia a los vehículos no públicos.
Las medidas se antojan, en primer lugar, injustas. Veamos:
1.       Perjudica a los que menos tienen. El que tiene más de un vehículo puede permitirse tener uno par y otro impar. Solucionado
2.       Perjudica a la pequeña empresa. Si se dedican al reparto, a la reparación, a la distribución o a la representación, tendrán que dejar de trabajar los días que su matrícula no coincida con las autorizadas, o hacer un desembolso extraordinario los días en que esté prohibido aparcar.
3.       Perjudica a los comerciantes. Menor movimiento de gente, menor movimiento de comercio.
4.       Perjudica a los trabajadores, muchos de los cuales trabajan a bastante distancia de su lugar de residencia y el vehículo particular es el único medio que tiene para evitar desplazamientos de horas que impedirían su conciliación familiar.

En segundo lugar perjudiciales: la falta de planificación, la decisión se toma cuando algunos de los perjudicados ya están durmiendo y se encuentran con la medida en vigor a la hora de salir hacia su trabajo y sin posibilidad de paliar el perjuicio que le ocasionen.

En tercer lugar son casi absolutamente ineficaces en una situación real de riesgo: da lo mismo el número de vehículos que se restrinjan si parte de esos vehículos contaminan indiscriminadamente por no tener un mínimo de mantenimiento, incluso algunos públicos. Da lo mismo que se prohíba la circulación si no se prohíben determinados tipos de calefacción que contaminan mucho más que los vehículos.

Podríamos sacar incluso a relucir la exagerada contaminación  que producen las ventosidades animales, pero a lo mejor me acusaban de mascotófobo, y, sin descartar que lo sea, me abren otro frente que no toca.

En fin, que el tufillo cochófobo es inevitable. Y si algo me duele es que algunos de estos cochófobos son además cochocantes(*). Ahí es ná.


(*)Cochocante: Es aquel que es cochófobo respecto a los vehículos ajenos y cochófilo respecto al propio. 

viernes, 18 de diciembre de 2015

El Efecto Mariposa

Lo decía hace poco, hace nada. Si me llego a retrasar una semana incluiría lo de hoy en lo de entonces. La realidad es tozuda, en este país por lo menos, y se empeña en dar y quitar razones. En mi caso de dar, desgraciadamente.
España es un país de antis, mucho más de antis que de pros, y solo desde esa perspectiva podemos entender ciertos comportamientos, ciertas carencias morales y éticas, ciertas dejaciones lamentables de humanidad.
Lo decía hace demasiado poco y, aún a riesgo de repetirme, lo reafirmo. En España no somos de izquierdas ni de derechas, no somos monárquicos o republicanos, no somos religiosos o laicos, no, somos anti monárquicos o anti republicanos, somos antifascistas o anticomunistas, somos anti católicos o anti laicos, antisemitas o anti islamistas, y una vez que hemos definido contra que estamos por defecto atisbamos lo que nos queda ser, y, por ende, lo somos hasta el paroxismo, con la desesperación propia del que no quiere que lo consideren lo que anti es.
¿Qué no? ¿En que otro país un líder político sería justificado y jaleado por un ataque personal contra otro candidato? ¿En que otro país se permitiría una pertinaz, agobiante, casi exclusiva, retórica del y tú más durante décadas, sin otro argumento político positivo? ¿En que otro país habría tanta gente, además aparentemente inteligente, que se alegrara de una acto absolutamente reprobable?
La violencia se condena o no se condena. Sin matices, sin justificaciones, sin bandos ni bandas, sin sonrisas de complicidad. Y cuando la violencia se condena, se condena incluso la propia, la que en algún momento ejercemos y debemos de reconocer, la que en algún momento podemos considerar inevitable sin dejar de ser culpable.
Es posible, todo el mundo lo dice, que la salida de tono del señor Sánchez el otro día no tenga nada que ver con el acto de violencia contra el señor Rajoy. Es posible. Es claro que en ningún momento el señor Sánchez intentó, o previó, que un lunático asestara el ya famoso puñetazo. Es más, estoy convencido del rechazo absoluto por su parte de la agresión. Pero la violencia, la de los lunáticos, la de los iluminados, la de los antis más extremos, se alimenta de un clima que cuanto más denso, cuanto más sucio, más va cargando de sinrazones a los alunados.
Ninguno de nosotros, nadie en las redes sociales, parece comprender que ciertos niveles de crítica, que personalizar ciertas conductas, que nuestra incapacidad evidente de separar lo público de lo privado, que nuestra incontinencia denigradora contra determinadas personas, alimenta la enfermedad de individuos que se sienten justificados en su dolencia. Nadie parece reparar en que las palabras también están sujetas al efecto mariposa.
Hace ya algunos años, y con motivo de una elecciones, escandalizado por ciertos mensajes de todo signo que atentaban contra la dignidad más básica de personas cuyo único delito inicial era presentarse a un proceso público bajo determinadas siglas, escribí una proclama que se llamaba “A mí no” y que lo único que pedía era que no me hicieran llegar ningún tipo de mensaje, de ningún signo, o partido, o tendencia, que afectara a la dignidad de una persona. Y me costó amigos, de todos los signos, de todas las tendencias, de varios partidos.

Yo voy a empezar por reconocerlo. Yo he contribuido a que un pobre chalado le pegara al Presidente del Gobierno de mi país. Y tú. Tú también.

jueves, 5 de abril de 2012

La Palabra es un Arma Cargada de Futuro


El lenguaje es un arma poderosa, el lenguaje es un arma cargada de futuro, solo hay que aprender a utilizarla.

Estamos acostumbrados a la concreción de las palabras, a su significado directo aunque a veces el paso del tiempo las provea de un segundo tercer o hasta décimo significado que nos enriquece en los dobles triples… y hasta décimos sentidos de las frases que utilizamos.

Pero de un tiempo a esta parte la sociedad ha inventado, ha reinventado, la posibilidad de sustituir una palabra directa, diáfana, cruel a veces por su significado, por toda una serie de giros, circunloquios y funambulismos semánticos que siempre he considerado una forma maniquea de llamar a las cosas. No puedo evitar pensar que persona de talla corta y enano, o subnormal y disminuido psíquico son misma cosa llamada de una forma distinta, aunque no menos ofensiva si el afectado, sus allegados o las asociaciones que los reúnen deciden ofenderse por una descripción no malintencionada. Llamar caballo de tamaño medio africano con rayas a una cebra no cambia su condición, llamar mujer que fuma a una prostituta, ramera, puta, etc… no varía su función socio-sexual.

Ahora se que estaba equivocado. Ahora por fin he comprendido que todo ese esfuerzo por redefinir y envolver no era más que una introducción, una vía de enseñanza, para la situación actual en la que empezamos a comprender que ante la actual situación, “precaria aunque sin duda tomada con rigor con el fin de llegar a futuros momentos con un cambio de estructuras y unos sacrificios que sin duda se verán compensados con la bonanza de esos tiempos venideros”, solo el lenguaje puede situarnos en la verdad necesaria.

Yo por lo de pronto he conseguido pillar algo de lo que nos explican –después de dos noches de extraños sueños me desperté entendiéndolo- y puedo manifestar con gran orgullo, con gran satisfacción, con una plenitud estomacal insospechada que a día de hoy me encuentro ahíto, incluso un poco empachado, a cuenta de lo que comeré a partir de la próxima semana. El país se lo merece.