Mostrando entradas con la etiqueta memoria histórica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta memoria histórica. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de marzo de 2018

La desmemoria histórica


Hay temas a los que es difícil acercarse con ecuanimidad, y mucho más que esa ecuanimidad te sea reconocida por alguien. Y lo es, fundamentalmente, porque en el mundo en el que nos desenvolvemos se ha sustituido la ecuanimidad por la equidistancia. Es mucho más sencillo colocarse de perfil y no darle la razón a nadie, y así de paso no tener que definirse. El problema es que la equidistancia es, en primer lugar, cobarde, pero, sobre todo, profundamente injusta.
Si, además de todo, el tema es de los que se tratan habitualmente con una visceralidad digna de mejor fin, entonces ya sabes, cuando tecleas las primeras letras, que nadie va reconocer el esfuerzo de dejar las tripas fuera, alejadas de los dedos.
Y viene toda esta introducción a que paseando el otro día por un pueblo castellano, de los de carámbano en la nariz y sopa castellana para combatir el frío, vi en  la torre de una iglesia, ya desacralizada, una lista de nombres tachados groseramente, con pintura, pero en la que aún se podían leer parte de los nombres, algún apellido, total o parcialmente, como si quién hubiera perpetrado el acto de desmemoria quisiera ensañarse haciendo que esta fuera, con ánimo de afrenta a los muertos y a los vivos que pudieran sentirse  señalados, un permanente recuerdo al hecho de borrarlos. A nadie le gusta que se intente borrar la memoria de un familiar, ni aunque sea un asesino. A nadie le apetece que sus apellidos sean tratados con ignominia o saña, ni aunque los haya llevado alguien que pueda merecerlo.
La aplicación torticera y partidista que algunas personas, y algunos colectivos, están haciendo de la ley de memoria histórica se parece más a un revanchismo ideológico o a un deseo de perpetuarla para ganar a base de actos de odio una guerra que ya se perdió hace muchos años y ya nunca podrá ganarse ni donde han de ganarse las guerras, ni en ningún otro lugar porque la única victoria posible es el olvido de las barbaries.
Parece ser que los que no participaron en aquella contienda fratricida y terrible quieren volver a librar las batallas desde unas trincheras ideológicas que solo entienden de parte, pasando por encima de los muertos que fueron e incluso de los vivos que quisieran que finalmente se haga la paz. No podemos hacer de una guerra devastadora moral y económicamente que duró tres años una permanente sombra en nuestras  vidas y la referencia constante para descalificar a cualquiera que piense diferente. No hay sociedad que lo resista.
Nunca he logrado creer que fuera una guerra de buenos contra malos. No lo creí cuando me lo intentaron enseñar, en el colegio, algunos de los que la habían vivido y no lo creo ahora cuando algunos que no la vivieron intentan obligarme a pensarlo.
Ni todos los que estuvieron en el bando golpista eran unos fascistas asesinos ávidos de sangre, ni todos los del bando republicano eran unos inocentes represaliados. Como en el dicho, en todas partes cuecen habas. Lo primero que debería de lograr la ley de memoria histórica es que no haya ni un solo muerto olvidado. En ninguna cuneta, en ninguna pared de ninguna iglesia, en ningún monumento o calle, y, en lo posible que todos los muertos tengan la historia que les corresponde, no por ideología, si no por hechos que es la única memoria que debería de interesarnos.
A mí me encantaría encontrarme en cada pueblo, en cada lugar, una placa, un monumento en el que se relacionaran todos los muertos del lugar, sin importar bandos, ideologías, familias o posición social. Y al lado otra de los asesinos, de los que se dedicaron en ambos bandos a represaliar y matar a sus vecinos, también todos juntos, sin importar bandos o ideologías, con las barbaridades más destacadas en su haber para mayor escarnio y memoria. Cuando los inocentes estén juntos y los asesinos a un lado, posiblemente habremos erradicado esta inclinación a la memoria de parte que en realidad pretende ser una desmemoria, o una batalla más de una guerra que algunas partes, por interés, se niegan a dar por acabada.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Apuntes sobre la crisis catalana, entrega enésima y no última

He leído con todo el interés que la persona merece, como político, pero sobre todo como científico, el artículo publicado por La Vanguardia y escrito por Eduardo Punset y en el que vacía su pensamiento sobre el monotema actual, la crisis catalana. Un artículo lleno de verdad, de su verdad, lleno de sinceridad y pleno de sentimiento y memoria.

Me ha parecido un artículo impecable y emocionante. Un artículo en el que Punset se vacía y tira de memoria, el artículo que solo puede escribir un hombre bueno y convencido de lo que dice. pero una cosa es que un hombre bueno, sabio, como Punset, diga sus verdades y otra cosa es que esas verdades sean absolutas o compartibles por todos. Por mí en este caso, o por organizaciones o instituciones internacionales.

Recuerda Punset sus tiempos de exilio, sus tiempos universitarios, sus militancias en el PCE. Recuerda con emoción su compromiso con la lucha antifranquista y las libertades, como cada uno de nosotros recuerda sus cuitas, sus miedos, sus compromisos y sus actos, fueran muchos o pocos, alineados o personales, en favor de un cambio en aquella sociedad dominada por un pensamiento único emanado de un partido único encabezado por un líder único, omnipotente y omnipresente, o eso pretendía.

Y vienen esos recuerdos a cuenta de la independencia judicial, de su frustración personal porque considera que aquellos acuerdos alcanzados no garantizaban la independencia del poder judicial respecto al poder ejecutivo tal como él lo consideraba. Y lo recuerda hoy, y lo recuerda respecto a lo que está sucediendo en su tierra valorando, sin mencionarlo, todo el entramado judicial que acompaña al proceso, poniéndolo en cuestión. Dando cuerpo a una corriente de opinión, sesgada, que considera que sus políticos presos son presos políticos. Hoy, también, casualmente, y respecto al mismo tema, Amnistía Internacional dice que no hay presos de conciencia, su terminología para denominar a los presos políticos, en el tema catalán, y especifica: ni los "Jordis", ni los consejeros encarcelados.

Pero donde él ve defecto yo veo virtud, donde él ve carencia muchos vemos posibilidades, donde él apunta política, otros, sin descartarlo, vemos legalidad, donde él ve derrota muchos vemos necesidad de lucha.

Se queja el señor Punset de no haber logrado imponer íntegramente en la constitución las ideas que su partido consideraba. Seguramente si le preguntáramos al señor Fraga, o al señor Roca, que silencios los suyos en estos días, se quejarían de lo mismo, pero desde el extremo contrario. Y en ello veo virtud porque lo que significa el fracaso que él siente a día de hoy es la consecuencia de una negociación en la que nadie se salió completamente con la suya, o en la que nadie consiguió imponer totalmente su criterio, que tanto monta. El producto final fue mejorable, visto desde hoy, pero supuso, por una vez en España, que la voluntad de convivencia se impuso a la pulsión fratricida que habitualmente, históricamente, predomina en las ideologías de nuestro país.


Donde el Señor Punset, amargamente, apunta a la carencia de independencia global del poder judicial respecto al poder ejecutivo, yo, y más, apostamos por la independencia personal de los jueces implicados en el trámite legal de las consecuencias de las decisiones tomadas en aras de un proceso independentista no amparado por la legalidad vigente. No apuesto por la pericia procesal, no apuesto por la conveniencia de las decisiones, no, apuesto únicamente por la independencia de conciencia del juez designado, de la jueza en este caso. Porque una vez descartado el orden de factores, reconocido, incluso internacionalmente, que lo que hay en España son políticos presos por sus acciones en contra de la legislación vigente y no presos políticos por sus ideas, a los ciudadanos nos es fundamental pensar, confiar, en la imparcialidad de los jueces, de esos funcionarios a los que pagamos todos y que deben de dirimir, de aportar el factor humano, a aquellas actuaciones que acaban en sus manos. Porque, si no confiamos en los que tienen que administrar la legalidad, más allá de los fallos, de las carestías, de la imperfección legal, ¿a qué podemos acogernos? ¿con qué reglas comunes podemos convivir?

Donde el Señor Punset se muestra desesperanzado, vencido, sin otra opción que pervertir la legalidad que el mismo contribuyó a crear en busca de una justicia que a otros nos parecería dudosa, yo veo una llamada a la lucha. Donde el ve una suerte de camino ciego y sin salida yo veo el punto de partida para luchar por la consecución de un poder judicial más comprometido con la sociedad y menos susceptible de ser señalado por su intervención política.

Habla Eduard Punset del pequeño paraíso de sus primeros años y de como salió de él, y de como esa salida le hizo abrirse a nuevas ideas, a nuevos horizontes, y acaba el artículo con sus percepciones actuales escritas desde ese mismo pequeño paraíso de su infancia y juventud, y tiene uno la sensación, desde el respeto, desde la admiración, de que su vuelta a su paraíso ha sido una vuelta a sus horizontes limitados, a que el entorno cercano, cálido, emocional, ha pesado más en el final de sus reflexiones que esos otros internacionales, universales, multi universales, cósmicos, con los que nos ha deleitado tantas veces.

Así que yo voy a  seguir confiando en la legalidad vigente como regla fundamental de convivencia, en el sistema judicial como órgano administrativo que la interpreta y dicta sobre su cumplimiento, y, sobre todo, en los jueces como eslabón último para interpretarlo, acercarlo a esa Justicia intangible, inalcanzable, a la que todos aspiramos. Y en esa confianza va mi reconocimiento de su imperfección y mi compromiso a luchar por uno mejor, más cerca de la perfección, más próximo a la Justicia que todos, absolutamente todos, anhelamos.





sábado, 7 de mayo de 2016

De un lado para otro

Escuchaba ayer con cierto asombro que la alcaldesa de Barcelona sacaba adelante sus presupuestos gracias a un pacto con la CUP entre cuyos puntos estaba la “feminización de la pobreza”. Tardé un poco en lograr que en mi archivo mental el concepto encontrara referencias. Tuve que irme, mentalmente, hasta mis tiempos de universitario, de carreras y protestas estudiantiles, para recuperar el significado de la expresión.
Resulta que la feminización de la pobreza no es que a partir de ahora cada vez que se represente la pobreza se haga con una figura femenina y andrajosa, una figura miserable con falda. No, la cosa tiene algunos años y bemoles más de lo que inicialmente parece. La feminización de la pobreza es la presunción de que la mujer que es pobre lo es por discriminación sexual.
Tantos años buscando la igualdad, tantos años luchando cotidianamente por una igualdad efectiva, afectiva e integradora y resulta que la única solución que encuentran ciertos segmentos “progresistas” es fomentar la discriminación. Eso sí, con la etiqueta de positiva. Aunque sigo sin conseguir asumir que ética, léxicamente, los términos discriminación y positivo puedan agruparse sin crear un contrasentido.
Tantos años las mujeres pelearon contra una sociedad que no les permitía usar pantalones y ahora van y le ponen falda a los semáforos. Me parece ridículo, me parece una falta de respeto a todas aquellas mujeres que en su día pelearon por la igualdad cotidiana y real.
Leí en los años cincuenta un relato, “Las Doradas Veladas de la Atlántida”, que fabulaba sobre el tema de la igualdad entre hombres y mujeres y, como, una vez alcanzada la misma, y aprovechando la inercia de la lucha, las mujeres utilizaban el sentimiento de culpabilidad de los hombres para  instaurar un feminismo feroz y castrante, permítaseme el término. Y aquello acababa mal, muy, muy, mal. Era ficción, claro, política ficción.
Es cierto que en los años setenta, años en los que nació el concepto, la mayoría de las mujeres eran dependientes de los hombres laboral y económicamente. Es cierto que la educación recibida estaba enfocada a hacer de las niñas amas de casa y madres de familia sin otra aspiración personal que la felicidad de los suyos. Es cierto, vaya si lo es, que la mayoría de hombres y mujeres que en aquel momento estábamos en proyecto no estábamos en la línea de esos planes y trabajábamos, nos esforzábamos, intentábamos vivir en nuestras relaciones, una sociedad diferente, una sociedad en las que el concepto sexo fuera un aspecto puramente físico. Con errores, muchos, con contradicciones, muchísimas, con tropiezos, todos, pero con un sentimiento y voluntad que nos dignificaban día a día y que nos permitieron alcanzar las cotas de libertad e igualdad que ahora se disfrutan, y que algunos actualmente, con una actitud prepotente de superioridad moral, pretenden ignorar miserablemente, olvidar todas las circunstancias en contra que mi generación, y las anexas, tuvimos que sortear y superar.
La feminización de la pobreza, las faldas en los semáforos, la discriminación positiva en general, no nos hacen más iguales, nos hacen más distintos por el lado contrario. Incluso, en determinadas circunstancias, trivializan y hacen antipática la reivindicación.
Los pobres lo son por fallos de la sociedad, por fallos del reparto de la riqueza. Los pobres existen  porque la sociedad ha permitido, ha tolerado, ha fomentado, la acaparación de riqueza como objetivo máximo y síntoma de triunfo. Y entre dos pobres, con el mismo nivel de pobreza, de miseria, uno no es más pobre que el otro en función de su sexo. Porque entre dos pobres con el mismo nivel de pobreza nada me permite suponer, hoy, ahora, que uno ha tenido más oportunidades que el otro por razón de su sexo. Y si fuera así, si realmente se diera el caso, lo que tengo que trabajar es por evitar que se pueda dar tal circunstancia, no por discriminar a uno considerando mayor víctima de la sociedad a la otra.
La igualdad se consigue igualando. La visibilidad, concepto a la moda, no fomenta la igualdad, ni la justicia, ni siquiera la solución de los problemas. La pobreza no se soluciona buscando a los culpables, o a los inocentes, de ese estado, si no haciendo una sociedad más justa, más igual, más comprometida consigo misma. Claro que para eso hacen falta personas que trabajen para ello y no para enriquecerse ellos mismo y a sus amigos, para medrar y sentirse poderosos e intocables. En resumen, otra sociedad.
Es verdad que a veces hay que pensar que si para algo sirve la oscuridad es para acoger la luz, es para que la luz pueda iluminarla.
Entre tanta noticia frustrante, entre tanta estulticia pública, surge la esperanza
Daba gusto oir las palabras dictadas por el sentido común, por la tolerancia y la convivencia, de una cabeza bien amueblada, de una mujer de una generación anexa a la mía con una trayectoria pública comprometida y coherente. Francisca, Paquita para casi todos los españoles, Sauquillo puso ayer en sus palabras la carga de la razón en un tema tan mal tratado como el de la memoria histórica. No se trata de destruir, de enfrentar, de ningunear, de vejar. Nuestra historia es nuestra, es patrimonio de todos y debe de huir de la instrumentalización y patrimonialización que de ella han hecho tantas personas, instituciones y partidos.
No vale condenar al olvido los hechos, a las personas, los monumentos, los nombres de una parte de la sociedad, de la maltrecha y aún sangrante sociedad española. No vale dividir la sociedad en buenos y malos como en las películas de serie B. La sociedad tiene el derecho, tiene el deber, de conocer todo lo que aconteció, de tener memoria de todas las gestas y todas las razones que en nuestro país sucedieron. Y en ambos bandos, ambos compuestos por seres humanos, se produjeron hechos abominables y posiciones solidarias y sublimes.
Expliquemos, ilustremos, asumamos de una vez nuestra historia y permitamos que toda la luz caiga sobre lo acontecido. Solo así podremos vivir en paz y convivir en armonía y dejar atrás el permanente revanchismo que el revanchismo del revanchismo acaba produciendo.