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sábado, 12 de noviembre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXV)- PEROGRULLO Y EL BARQUERO

Qué gran mentira es la verdad, querido amigo, que gran verdad es la mentira, en esta sociedad en la que ni siquiera se respeta el color del cristal con que se mira.

Una duda pertinaz se me plantea cada vez que, cada vez menos, me asomo al mundo de las verdades a medias, de las verdades relatadas desde el papel o la pantalla, y que parecen no tener otro objetivo que instaurarse como verdades verdaderas, en detrimento de verdades constatables solo sostenidas desde la realidad, o la experiencia.

El tan cacareado “metarverso” todo lo soporta, y el empeño, que ya no supone esfuerzo, si no oportunidad, de crear una realidad que se acomode a los deseos particulares, sin tener en cuenta la realidad real, si es que eso existe, va triunfando. Para que algo sea verdad, en los tiempos actuales, basta con que acomode a un personaje público, o que sea recogida en alguno de los soportes tecnológicos de las verdades sin sustancia.

La mentira ya no existe, existen verdades acomodadas como “el relato”, la “postverdad”,  o la verdad alternativa justificable, todas ellas construidas desde una mentira común, la voladura sistemática del lenguaje, el significado irreconocible de la comunicación verbal.

La nueva torre de babel, esta vez no al servicio de dios, si no al de los hombres endiosados, que se creen con derecho y capacidad para destruir lo que les rodea para construir a su medida, por muy escasa y discutible que esta sea, está en marcha, hasta tal punto que la desfachatez, una lacra abominable digna de personajes sin ética, y sin vergüenza, se ha convertido en una suerte de virtud imprescindible para cualquiera que se considere refrendado, y con atribuciones, para subvertir la verdad constatable.

Ya nadie tiene que mentir, ya nadie miente, simplemente, con absoluta desfachatez, cuando a alguien le ponen un micrófono delante, se limita a construir un “relato”, a defender una “postverdad”, o a marear el lenguaje, con aire de suficiencia y paciencia infinita, hasta emitir un mensaje en el que todas las palabras son individualmente reconocible, pero que, unidas, no llegan a significar absolutamente nada.

Perogrullo y el barquero, son los auténticos héroes de nuestro tiempo, los adalides de los servidores públicos convertidos en salvadores de lo políticamente correcto, de la mentira incuestionable, de la verdad alternativa, aplaudida, celebrada, defendida, inmediatamente, sin fisuras ni cuestionamientos, por quienes está más preocupados por las “verdades ajenas” que por las mentiras propias.

Estos, más seguidores del barquero que de Perogrullo, están perfectamente conformes con las tres verdades del barquero, que acaban siendo cuatro, o cinco, o las que sean necesarias para defender las anteriores, porque, primera y curiosa característica de esas verdades, tienen que ser defendidas, porque son cuestionables. Y ahí entra Perogrullo y dice, con la suficiencia que le caracteriza que la verdad nunca puede ser cuestionable, pero nadie le escucha.

Se supone que, para evitar todo esto, debe de existir un código ético que permita enfocar en su justa medida los comportamientos, y que esa ética, variable para cada uno, pero no variable en cada uno, es un conjunto de valores que invitan a las virtudes, hasta que Marx, no Carlos, el otro, el del cine, definió en una frase genial la ética variable, la del oportunista, la del sinvergüenza, la del desahogado, la que cada día nos encontramos ante micrófonos, en parlamentos, despachos y redacciones.

La verdad como virtud generadora de confianza, de integridad, de respeto, ya no existe, está obsoleta. Ahora, en estos tiempo de verdades convenientes, de mentiras sin piedad, de discursos sin fuste, ni contenido, de lenguajes que permiten construcciones destructivas, y realidades alternativas, necesarias para construir sociedades indefensas, de ideologías alienantes y que se pretenden justificar a sí mismas en base a éticas no compartidas, impuestas, totalitarias, uniformizantes,  el barquero va y viene por el río escuchando verdades que no comparte, y sin cobrar ni un céntimo por sus viajes; hasta que la barca se hunda, o el río se seque, o no queden pasajeros que quieran cruzar en barca.

¿Y Perogrullo? Perogrullo sumido en el silencio, en el asombro, en la incapacidad de encontrar ni una sola obviedad que llevarse al caletre, viendo el vaivén frenético del barquero  y la ruina de su familia. De la de barquero, por supuesto.

 

(*) Las tres verdades del barquero:

-          “Pan duro, mejor duro que ninguno”

-         “Zapato malo, más vale en el pie que no en la mano”

-         “Si a todos pasas de balde como a mí, dime, barquero, ¿qué haces aquí?”

Que pueden ser cinco si, según ciertos autores, le añadimos estas dos:

-          “Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro”.

-          “Al que no está hecho a bragas, las costuras le hacen llagas”.

Que pueden ser seis si le añadimos una verdad como un templo, una verdad verdadera, una verdad como un puño, una verdad de Perogrullo, sustanciado en el que suscribe: el que no dice nada coherente, ni dice verdad, ni miente.

viernes, 22 de mayo de 2020

Las miserias humanas (X): Los forofos


A veces, sobre todo si son términos de uso popular, me gusta asomarme al DRAE y comprobar hasta qué punto su cotidiana utilización lo haya podido ir separando de su significado original, el continuado  desgaste y esa entre ambigüedad y retorcimiento al que determinados estamentos públicos, y publicados, han decidido que tienen derecho para variar, vaciar y metamorfosear las palabras. Determinadas palabras.
No es el caso de esta, no es el caso de forofos. El significado se muestra íntegro y, en todo caso, admito que tal vez necesite alguna actualización. Bueno, para que andarnos con zarandajas, necesita imperativamente una actualización, una ampliación.
Dice el DRAE respecto a forofo:
1.            Persona a la que le gusta mucho una actividad determinada o la practica con pasión.
2.            Persona que anima con pasión y entusiasmo a su equipo o deportista favorito.
Exacto, pero corto. No habla nada de muchas de las características del forofo, de esa personalidad transformada cuando le tocan lo suyo que roza la irracionalidad, y cuando digo que la roza me refiero a su incapacidad de abandonarla.
El forofo, para empezar, divide el mundo en dos, los suyos y los otros, y esa frontera es tan irreductible, tan impermeable, que cualquiera que no comparte su espacio es automáticamente uno de los otros, y esos otros son todos iguales porque son distintos a él. El forofo tiene un alto sentido gremial, he estado a punto de decir cabañil, pero gremial es más riguroso, y repite cánticos, consignas y chascarrillos, cuanto más hirientes con los ajenos más ruidosamente celebrados por la manada, he estado a punto de decir rebaño, pero manada es más riguroso.  Su entrega a la causa es tal que ignora la autocrítica, o dice ignorarla en defensa propia, y es capaz en su seguidismo de sostener una cosa y la contraria, según el interés de su aplicación, sin percibir ninguna contradicción en ello. Cualquier posibilidad de culpa, de percepción de contradicción, de atisbo de impropiedad, es inmediatamente volcada sobre los otros. Los otros siempre son los culpables por acción o por omisión y su culpa justifica cualquier posibilidad de la porpia.
Claro, efectivamente, estoy hablando de política ideológica, de esa carencia que comentaba en el DRAE, estoy hablando de una situación demencial en la que un tercio de los ciudadanos de  este país busca desesperadamente, sin rubor, sin disimulo, la anulación intelectual de los otros dos tercios. De momento anulación intelectual. Alguien se ha inventado el bonito cuento de la izquierda y la derecha para justificarlo todo, y lo ha vendido de tal forma que el tercio de los que se dicen de derechas considera que los otros dos tercios son de izquierdas, y el tercio de los que se autoproclaman de izquierdas consideran a todos los demás de derechas. Implacablemente, sin concesiones a la humanidad, a la racionalidad o a una invocada, al tiempo que indeseada, fraternidad.
Hemos llegado a una sociedad donde lo importante no es lo que se piense, ni siquiera lo que se haga o lo que se diga, lo importante es aquello en lo que no se coincide con alguno de los círculos impenetrables  que se han descrito, lo que coloca automáticamente a cualquier crítico entre los otros, los de fuera del círculo, los enemigos. Es decir, no importa el pensamiento, si no el grado de coincidencia con los pensamientos ajenos que, de forma inmediata, califican y etiquetan. Tampoco es importante un posicionamiento global, si no que el juicio se produce permanentemente, por cada  manifestación realizada. Y es tan así, que en una misma conversación el discrepante puede ser etiquetado como de unos, a continuación como de otros, o, en el colmo del disparate, como del bando contrario por ambos bandos en una misma frase o idea.
Solo en un entorno como el que se describe se puede concebir una de las mayores infamias contra el sentido, y el sentir, democrático. Una infamia como la que se produjo ayer en el parlamento español. Solo desde la perspectiva de no tener que dar cuantas de mentiras, engaños y falacias, en la seguridad de que los forofos asociados justificarán cualquier acción realizada que llame a cerrar filas frente al enemigo exterior, puede un gobierno perpetrar tal cúmulo de felonías sin miedo a consecuencias.
Que en una misma votación se engañe sin rubor a varios de los que te apoyan y a los propios socios de gobierno es de tal desfachatez, de tal soberbia, de tal desprecio hacia lo que es un mínimo sentido democrático, que solo en un mundo de forofos, en un mundo en el que los valores han perdido todo poso en favor de una concepción excluyente y frentista, en un mundo en el que una parte se considera con tal superioridad que busca la anulación del resto, puede asumirse una situación como la dada sin que se produzca una dimisión inmediata de los responsables, un clamor popular y la exigencia de la asunción de responsabilidades.
¿Qué es lo que va a suceder? Nada. En un mundo de forofos todo está permitido, incluso el trilerismo político, basta con mencionar a los otros, y a su maldad intrínseca, para que cualquier desmán de los propios esté sobradamente justificado, es más, sea celebrado como una muestra de lo que hay que hacer para apartar a los que no estén de acuerdo, para tamizar una sociedad y que solo queden los buenos, por supuesto los propios.
Es proverbial la capacidad de auto justificación que poseemos los humanos, pero es apenas un breve apunte sobre la dimensión de esa capacidad en el mundo de los forofos, en un mundo de absolutos irracionales, verdades  inamovibles y axiomas inatacables. Un mundo enfermizamente dividido, interesadamente fraccionado, patética y artificialmente enfrentado, entre fascistas de bigotillo y gafas de sol y comunistas de zamarra Mao y visera con estrella roja. Un mundo plano y sometido, incapaz de sobreponerse a unos intereses en los que los forofos no pasan de instrumento desechable, de fuerza de choque conseguida por una leva ideológica.
Y que dios, que nada tiene que ver con esta historia salvo para usar su nombre a favor o en contra, nos pille confesados.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Gobernar de espaldas


¿Si bailar pegados es bailar, podemos concluir que gobernar de espaldas es gobernar? La pregunta, de primeras, puede dejar perplejo a más de un lector. De primeras. ¿Qué tiene que ver una canción romántica con la acción política? ¿Qué tiene que ver bailar con gobernar? Nada, absolutamente nada, pero, convengamos, dada la absoluta falta de rigor consigo mismo que manifiesta sistemáticamente el, ya, ahora sí, candidato ¿No tenemos los demás al menos el mismo derecho a ser igual de dispersos, o inconsecuentes?
He hablado de gobernar de espaldas, lo cual, inicialmente, puede significar gobernar ignorando a los gobernados, y digo inicialmente porque, aunque este significado pueda ser válido, me temo que no refleja la verdadera situación. En la situación actual gobernar de espaldas es gobernar contra el criterio de la mayoría de los gobernados.
Gobernar de espaldas, llevado ya al último término, es gobernar contra todo lo ofrecido a los votantes cuando se les solicitaba el voto, y por tanto, y es lo más grave que se me ocurre, es gobernar habiendo engañado a la mayoría de los que lo votaron, es gobernar, incluso, contra parte de los suyos. ¿Y se puede gobernar así? Si la pregunta se refiere a una cuestión ética es evidente que no, si la pregunta es puramente técnica es evidente que sí.
Personalmente considero que todo lo que está sucediendo, la sistemática renuncia del pretendido presidente a los principios invocados en campaña, la sistemática necesidad personal que demuestra de llegar al poder, invalida de forma definitiva y total, y hablamos solo del plano ético, todo el espectáculo de engaño tolerante y tolerado, al que la opinión pública está siendo sometida.
El problema, el gravísimo problema, es que su falta de ética nos convierte a todos en rehenes por cuatro años de sus tejemanejes. Rehenes unos y cómplices los que, llevados por su posicionamiento político, están dispuestos a asumir todas las mentiras, e incluso a aplaudirlas, los más entusiastas y entregados, cuyo único fin es enmascarar dialécticamente lo que no tiene enmascaramiento posible con el objetivo final de alcanzar el poder
Cuatro años en los que todo lo que se haga va estar bajo sospecha, bajo la tristeza de poder contemplar daños irreparables, bajo la angustia de comprobar cómo se producen movimientos contrarios al criterio de la mayoría apoyados por una minoría de incondicionales y con el único fin, constatable, de servir al superior ego de un, lo ha demostrado en repetidas ocasiones, ególatra consumado.
Apenas habían pasado unas horas desde el recuento definitivo cuando los conmilitones, Pedro y Pablo, Pablo y Pedro, escenificaban mediante un abrazo lo que era el inicio de la puesta en escena de la frase aquella: “Donde dije digo, digo Diego”. O Pablo, o Quim, u Oriol. Donde dije lo que dije en realidad daba lo mismo decir otra cosa, pero lo que dije daba más votos.
Yéndonos al mundo de la copla: “¿de lo dicho qué?, de lo dicho ná, ¿Pero no decían qué?, decían pero ná”. Y es que no hay nada nuevo bajo el manto celestial. Ni el descaro, ni la mentira, ni la absoluta falta de ética, ni la adoración personal e intransferible de un narciso del poder.
Pedro Y pablo se abrazaron para escenificar una versión cutre de la esperanza, pero se dieron cuenta de que el abrazo no cerraba su deseo y decidieron  pagarse una ronda de barra libre para todo el que quisiera participar en el gesto, a cuenta de todos los votantes, la mayoría, que no estaban dispuestos a participar en el engañoso gesto.
Un gesto necesario para formar el gobierno que necesita la estabilidad del país. ¿En serio? ¿Nos dicen en serio que la estabilidad del país está garantizada por las fuerzas que expresan a diario, por activa y por pasiva, que sus principales objetivos son desmembrar el país y romper su sistema?
Por fin un gobierno de progreso. ¿En serio? ¿Con qué programa? Ah¡, es verdad que aún no nos lo han dicho. Que es posible que ni siquiera ellos lo sepan. De todas formas ¿un gobierno erigido sobre la mentira a los electores, un gobierno edificado sobre un fiasco ético, puede ser un gobierno de progreso? Y si es que sí ¿Qué tipo de progreso? ¿Progreso respecto a qué o a quienes? Desde luego, para mí, y hablo personalmente, el progreso exige una ética impecable, salvo que hablemos de esa suerte de progreso que se mide por los logros individuales de alguien que se considera referente.
El gran problema, el más terrible problema, es que ese gobierno de estabilidad solo va a generar un frentismo feroz, un frentismo reivindicativo, un frentismo rencoroso que alimentará, para mayor satisfacción de los que no ven más allá de la cuarta que su ideología les permite, los peores rincones de las ideologías contrarias, y que podemos acabar pagándolo todos, incluso ellos.
Pues sí, técnicamente, gobernar de espaldas es gobernar, aunque sea para inferir un daño irreparable a los gobernados, aunque sea con el aplauso ciego de los suyos, aunque sea con el rencor ciego de los contrarios, aunque sea con la frustración y horror de la mayoría.
Bailar pegados es bailar, sin duda. Bailad, bailad pues malditos, bien juntos, bien pegados, hasta confundiros, y confundirnos, y hasta que todos, confundidos o confusos, seamos de nuevo convocados al siguiente capítulo del engaño que no cesa.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Frankenstein o Fronkonstin


La moda en este momento es analizar las catastróficas consecuencias económicas y laborales que puede producir el pacto de gobierno PSOE-PODEMOS en el futuro inmediato, y más allá, del país. Realmente el pacto es preocupante, no por  las siglas que lo firman, o por su ideología, sino por la incapacidad de gestión de los recursos y la incapacidad de asunción de la realidad inmediata que tiene ambas formaciones, o, por ser más exactos, sus líderes. Hablar de subida de impuestos con una recesión asomándose, o de una ampliación de los beneficios sociales sin antes desempantanar el problema, es la típica apuesta populista que solo cuenta para hacer sus apuestas con el dinero ajeno, ese que, según alguno de sus militantes, no es de nadie.
Una reforma fiscal como la que se pretende acometer solo empieza a dar sus frutos en dos o tres años, que a ver si los aguanta la legislatura, pero que además pueden ser francamente amargos si la recesión se lleva por delante toda la cacareada batería de medidas contra “los ricos”, que acaban siendo en realidad la clase media. Ya la han arruinado una vez, y sería complicado volver a levantar la cabeza con tan poco tiempo de recuperación.
Pero con ser la política económica tremendamente preocupante, por el momento y por los actores, tal vez no sea ese el caballo de batalla que sele puede encabritar a semejante gobierno. Un gobierno dicotómico, un gobierno esquizofrénico en los temas territoriales, un gobierno sin otra ligazón que la personal necesidad de sus líderes de tocar poder, un gobierno cuya parte populista está arrastrando a la que debería de poner el poso de fuerza de estado.
Cuantos más días pasan, cuantas más declaraciones se escuchan, cuantos más discursos se apoderan de las portadas de los diarios de opinión, más negro se vuelve el futuro, peores consecuencias se adivinan en el horizonte.
Pero aunque la moda sea opinar sobre esta cuestión, tal vez, es mi opinión, no sea la que mayor riesgo produce en un futuro inmediato. Pero vamos a intentar explicarlo con números electorales y vemos que dicen esos números.
Alianza ideológica para el gobierno (PSOE + Podemos)                                9.850.168 votos
Otros aliados ideológicos (Más país)                                                                 554.066
Oposición constitucionalista (PP, Ciudadnos y VOX)                                  10.297.472
Otros aliados ideológicos (Navarra suma)                                                           98.448
Ni fu/ni fa (otros partidos, en blanco y nulos)                                                1.403.852
Abstenciones                                                                                                 10.506.203
Independentistas de izquierdas              (BNG+Bildu+CUP+ERC)               1.510.804
Independentistas de derechas (PNV+JXCAT)                                                   904.798
Pasaban por ahí (resto de partidos con escaño)                                                 310.705

Así que en una interpretación simplista de lo que vemos que está sucediendo, que a lo mejor no tiene nada que ver con lo que realmente está sucediendo, pero no nos cuentan, vamos a limitarnos a leer los números, sin ninguna interpretación, y a eso le podremos aplicar todos los barnices éticos que nos convengan, barnices que en muchos casos, en la mayoría, no serán otra cosa que tintes ideológicos.
Según los números, en realidad los que dicen representar a esos números después de filtrados, deformados y distribuidos según criterios muy dudosos, 9.850.168 españoles se consideran con derecho, apoyados por otros 554.066, que suman 10.404.234, a gobernar a todos los demás, aproximadamente el doble que ellos, y no solo a gobernarlos, si no a imponerles unos criterios contrarios a su parecer, es decir, a gobernar contra ellos.
Bien, como esos números son insuficientes, incluso una vez retorcidos por la distribución territorial y la ley esa famosa, deciden que hay que sumar más apoyos, para que el disparate pueda consumarse en ¿representantes?, por lo cual suman a otros grupos cuyo interés es justo el contrario al invocado.
Veamos el disparate. Para poder salir triunfantes llaman a unirse a un gobierno de progreso, o sea de izquierdas, a 1.510.804 independentistas del mismo signo, o sea de izquierdas, incluso a 244.754 anti sistemas confesos como son los de la CUP, es decir a personas cuyo objetivo declarado es subvertir el sistema legal del estado para el que están apoyando un gobierno. Me cuesta no incluir ninguna valoración, pero aún queda mucho disparate.
Como siguen sin ser suficientes incorporan también a unos cuantos de los que pasaban por ahí y no tienen otro interés, ni finalidad, que preguntar que qué hay de lo suyo, en un auténtico alarde de sentido de estado, de unos y de otros.
Pero aún no es suficiente, aún no hay suficiente metralla, así que de repente, en una insospechada y circense pingareta, se invita a un gobierno de izquierdas a 904.498 votantes independentistas de derechas, para ser aún más exhaustivos, a 377.423 independentistas de derechas (PNV) y a 527.375 independentistas de extrema derecha (JXCAT), que por mor de la necesidad de llegar al poder se trocan en progresistas de toda la vida. O que por suerte para el pretendido gobierno su mayor interés de sacar tajada independentista les hace alinearse con quién parezca dispuesto a ceder más, sin importar otra ideología que la de debilitar al estado.
10.506.203 personas no se molestaron en acudir a un lugar donde no pueden hacer oír su voz, y lo que es peor, donde su voz es irreconocible. 249.499 votaron con cabreo de tal forma que su voz no sea aprovechable. 216.515 explicaron de la única forma posible que una vez personados no hay nadie capaz de representarlos, ni un sistema que los acoja. Un verdadero disparate.
Pero lo peor, lo más preocupante, es que 3.640.063 españoles votaron con las tripas, con la indignación, con el cabreo absoluto y creciente que ese Fronkonstin electoral y sus consecuencias a medio y largo plazo pueden tener para un país en el que se sienten a gusto, y en el que si no fuera por componendas, leyes electorales y mentiras contrastables, podrían seguir estando a gusto. Y no hablamos de lo económico, no solo, sino de lo que la calle ya aborrece, lo territorial, las moralinas ideológicas de todo tipo, el garantismo llevado al esperpento, el trato discriminatorio en ciertas materias, el trato vejatorio del que pretende denunciar la situación, y un largo etcétera que es caldo de cultivo para populistas y extremistas de todo signo.
El mayor problema para todos es que el supuesto gobierno con sus actitudes elitistas y prepotentes, puede acabar logrando que el cabreo de tantos como ellos se eche a la calle por su incapacidad para controlar un país enardecido con sus tejemanejes. Y el peligro, el gran peligro, es que ahora ese cabreo tiene a quién es capaz de llevar sus reivindicaciones a ese terreno. La calle ya no es patrimonio de la izquierda, y VOX puede moverse en ese entorno con la misma comodidad que la izquierda de su misma tesitura. Y luego estamos los que no le importamos a ninguno, ni a unos ni a otros, la mayoría de los españoles que una vez más sufriremos las consecuencias de unos ambiciosos inoperantes y sin criterio ni moral para ejercer las funciones a las que aspiran.
Urge una nueva ley electoral que permita a los votantes elegir a las personas que desean que los representen más allá de sus ideologías o pertenencias. Listas abiertas que obliguen a quien es votado y hagan responsable al votante. Una ley que tenga una circunscripción única que descargue de veleidades territoriales la elecciones para el estado, contando los votos totales, se produzcan donde se produzcan, y que todos tengan el mismo valor. No puede ser que 1.637.540 ciudadanos tengan menos representantes que 869.934 porque están en distinta circunscripción. En un estado todos los votantes deben de tener el mismo valor, y todos los ciudadanos que ejercen el voto están en la misma circunscripción. Pero ya, no próximamente, no en un futuro cercano, no dejarlo correr a ver si nos olvidamos.
Solo aclarar un último concepto. He utilizado el nombre de Fronkonstin, en vez del de Frankenstein, para referirme a esa suerte de retales que pretenden avalar un gobierno con absoluta intención. Frankenstein, incluso en la ficción, era un creador de vida, Fronkonstin, protagonista del Jovencito Frankenstein, no era más que una parodia del original y un engaño burlesco que pretendía ocultar sus famas.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Que llueva


Dicen que las armas las carga el diablo, puede que los votos también. Hace ya algún tiempo escribí una reflexión en la que expliqué por qué nunca podría votar a PODEMOS a pesar de compartir muchas de sus ideas. Ahora podría reescribir el mismo artículo sustituyendo PODEMOS por VOX.
Y es que la postura radical es muy cómoda, porque consiste en decir lo que muchos quieren oír o piensan, sin adquirir un compromiso real de llevarlo a cabo. Es más, ¡dios nos libre de que alguna vez pudieran llevarlo a cabo!, porque si algunas de sus ideas pueden ser comunes a las mías, lo que no es común, en absoluto, entre ellos y yo es el método para poder llevarlas a la práctica.
Oigo bramar contra VOX con voces histéricas que claman anatema. Es una buena campaña para ellos cuando además los que con voces fariseas desbarran contra VOX han sembrado el descontento y la desconfianza entre los votantes. Y ahora se permiten, sin aportar ni una solución, ni una actitud arrepentida, ni un solo síntoma de escuchar a los de a pie, reclamar la complicidad de los que han ignorado, me atrevería a decir ninguneado y humillado, para erradicar a otro partido, que se toma la licencia de decir lo que los votantes reclaman, con la única razón de que deben de ser considerados unos apestados, ideológicamente hablando.
Me temo que es un intento inútil, o, para ser más exactos, un intento que se vuelve permanentemente contra ellos. El viejo truco que usa el lobo para desviar la atención del pastor gritando que viene el lobo, al cabo de unas cuantas veces no funciona.
Y el identificar a los votantes de VOX como integrantes de la España más rancia, aparte de una afrenta, es una falacia. Los votantes de VOX, en su mayor parte, son personas con deseos de propinarle una patada en los mismísimos a un sistema que los ignora y los descalifica según sus propios intereses. Un sistema que utiliza los grandes problemas para enardecer a sus votantes, los de toda la vida, y luego, confortablemente en sus despachos oficiales,  se desentienden de ellos y se ponen de perfil cuando esos problemas afectan a la convivencia diaria de los ciudadanos, de los vecinos que los sufren.
Hablo del garantismo que permite que los delincuentes pongan en la calle a personas que se ven despojadas de sus bienes, de su vivienda, por mafias perfectamente orquestadas y asesoradas para saltarse la ley, y sus consecuencias. Y cuando al fin logran recuperarla, aveces pagando una extorsión que el sistema no persigue, es devastada y saqueada sin que esto suponga ningún tipo de pena para el delincuente, ni genere ningún tipo de satisfacción para la víctima.
Hablo de esos delincuentes que se amparan en el estatuto de los menores no acompañados para sembrar el terror en los vecinos de los barrios, habitualmente personas humildes y mayores, y cuando se levantan, abandonados, ignorados, reclamando su tranquilidad y su convivencia, con llamarles fachas e insolidarios está todo arreglado. Eso sí, desde la distancia, no vayan a darles un susto.
Hablo de esos niños bien que orquestados por movimientos internacionales siembran el terror y la violencia amparados en consignas políticas en las que no creen y promovidas por políticos sin moral que no creen en ellos, ni en sus propias consignas.
Hablo de esos comerciantes que agobiados a impuestos, vigilados por sospechosos de enriquecerse, es fundamental desacreditar al que se queja, hasta límites de estado recaudo-policial, ven como en cualquier lugar, incluso a la puerta de sus negocios, se instala una competencia que no tiene obligaciones fiscales, laborales o comerciales, y cuenta con el beneplácito de los que no aportan otra cosa que buenismo y demagogia. Eso sí, esos mismos son los que luego, instalados en poltronas, suben los impuestos a los que ya los pagaban, e insultan a los que se quejan del trato discriminatorio, intentando hacerlos sentirse culpables.
Hablo de los que sufren persecución en razón de su propio ideario, o a los que no se les permite expresar su discrepancia con algún tema sin ser, de inmediato, socialmente linchados, vilipendiados, y si puede ser, desposeídos de cualquier mérito o fama.
Hablo de los que son prejuzgados sin causa, condenados sin ser acusados, linchados por el único delito de discrepar en contra de colectivos que imponen su ley sobre la ley.
Hablo de una sociedad que no ve salidas a sus demandas, que están hartos de escuchar, el día después de las elecciones solamente, que los votados han entendido su mensaje para, a continuación, hacer lo que les da la gana. Hartos de que se les quiera educar con una falta de educación evidente, que se les quiera imponer un pensamiento único en aras de una libertad solo reconocida para sí mismos y para los que ellos consideren oportuno
Hablo de un colectivo exento de ideología harto de ser insultado y ninguneado por el simple hecho de discrepar de los idearios ajenos, más bien de su desfachatez, por la falta de soluciones a sus problemas cotidianos, por la ignorancia de las situaciones que les toca vivir, por la dificultad de las convivencias y el día a día que los políticos crean por su interés y luego se desentienden sin preocuparse de las consecuencias de sus actos, ni de los que las tienen que soportar.
Habrá quién inmediatamente, la inmediatez y el insulto son lo suyo, considere que estoy en contra de la inmigración. Soy gallego, inmigrante a los cuatro años, hijo de inmigrantes, nieto de inmigrantes, biznieto de inmigrantes, miembro de un colectivo que viene siendo inmigrado desde hace cientos de años, y nadie, y menos un tonto con dos o tres banderas, me puede hablar de inmigración, pero lo intentará y además será aplaudido. Es la sociedad que estamos creando.
Habrá quien inmediatamente, la intolerancia contra la intolerancia y la ignorancia son sus armas favoritas, me califique y me etiquete en base a sus propias carencias de ideas propias y de interés por sus semejantes, o lo intentará, y será aplaudido. Es la sociedad que estamos alimentando.
Habrá quién se sienta justificado en su odio contra los sembradores de odio, los límites de su permisividad hacia sí mismo y los que le aplaudan son infinitos, y justificará la violencia contra los que él considere violentos, y actuará de una forma fascista con los que él califique de fascistas, y se sentirá héroe de redes sociales, adalid del insulto y abanderado de todo lo que dice combatir, pero en realidad practica y fomenta. Y sus víctimas acabarán siendo votantes de VOX, aunque no sea porque los confundan con semejantes piltrafas morales.
El problema, esperemos que no la desgracia, es que los votos los carga el diablo, y como algún día gobiernen los radicales, sean de un signo o de otro, sean los de VOX o los de PODEMOS, la única culpa será de los partidos incapaces de una actitud democrática, pero las primeras víctimas serán sus propios votantes, esos que hartos de estar hartos se liaron la manta a la cabeza y votaron con las tripas, con las entrañas, con la desesperación y el desaliento de buscar una democracia y encontrar solo lo que tenemos.
¡Ea!, ya está dicho. Que llueva, y me da lo mismo que sea café en el campo o basura en las redes sociales.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Francisco I El Paseado

Me resulta difícil saber ante ciertas actitudes si se deben a una inteligencia que supera en mucho a la mía limitada o si son fruto de una estupidez soberana. También queda la opción cíclica, esa que sostiene que los extremos se confunden y que en este caso casi haría imposible discernir entre una jugada maestra y una contumaz majadería. Y el problema es que argumentos sobran para sostener ambas premisas, y ambas premisas se sostienen contemplando el bochornoso espectáculo al que nos encontramos expuestos sobre este tema.

Es difícil no pensar que la popularidad del dictador estaba tan en declive, que, salvo algunos nostálgicos de tiempos pretéritos muy entregados a la causa, muy pocos, muy de vez en cuando, nadie visitaba la tumba que en un lugar apartado de la sierra contiene los restos del personaje en cuestión. Tan en declive que seguramente era incómoda para aquellos que necesitan de muleta y engaño para hacer ver a los demás un posicionamiento político que son incapaces de desarrollar salvo con gestos que no tiene otra trascendencia que la de su exhibición pública. Ahora la semi olvidada tumba, y todo su entorno, ha reverdecido sus viejas glorias visitantes y recibe alborozada a leales de toda la vida y curiosos de la última hora que visitan por igual el enterramiento o el juzgado donde van a pasear al último popular encausado.

Mi duda, respecto a la jugada y su conveniencia, no es su eficacia para adictos a la ideología, sean de la promotora o de la contraria, ni siquiera su repercusión, previsible para los mismos, no, mis dudas están en la falta de previsión respecto al desarrollo de la historia, la falta de previsión o la eficaz planificación. Hace ya cinco meses largos que Pedro Sánchez y su gobierno tomaron las riendas, es una forma de hablar, del país. Hace ya cinco meses largos que hicieron de esta medida santo y seña de sus compromisos con “el pueblo”.

Y cinco meses más tarde aún no sabemos ni cuándo ni a donde irán a parar los restos del redivivo, al menos mediáticamente, dictador. Cinco meses más tarde lo único que han logrado es que no haya día en el que no haya algo distinto, nuevo me parece un exceso, que comentar sobre el tránsito, el pretendido tránsito, del nefasto personaje. Afortunadamente no tiene posibilidad de presentarse a las próximas elecciones, o sí, porque le estarían haciendo la campaña gratis. Removiendo sin curar, agitando sin parar, paseando sin lugar.

Malo sería que el dictador acabase en un lugar más emblemático y accesible para sus adictos, malo y casi inevitable ya que no sé cómo se podrá evitar que la familia decida hacer uso de su legítima propiedad.

Pero de lo que no cabe duda es de que mientras hablamos de la diaria y virtual, de momento, itinerancia de un cadáver de hace cuarenta años no nos preocupamos de tantos temas que nos son necesarios en la actualidad. Y eso sí que es bueno para un gobierno instalado en eludir sistemáticamente la realidad.

  • -          Nada sobre la reestructuración de la justicia.
  • -          Nada sobre una sanidad más eficaz.
  • -          Nada sobre la imprescindible reforma de la educación.
  • -     Nada sobre un reparto más justo de la riqueza salvo el consabido recurso de subir los impuestos y hacer más pobres a los más pobres
  • -          Nada sobre la reforma de la ley electoral que devuelva el control a los ciudadanos.
  • -      Nada sobre la solución a los problemas territoriales que ante la dejación gubernamental se enroca, se crece y se hace más fuerte.
  • -          Nada sobre unas elecciones que devuelvan un gobierno fuerte, eficaz y capaz.
  • -   Nada sobre la asunción inmediata de responsabilidades ante hechos que suponen el desprestigio y cuestionan la integridad de los miembros del gobierno, empezando por el propio presidente.
  • -          Nada de nada
  • -          Nada de nada de nada


Y ante esta nada tenemos una oposición ineficaz, un cadáver itinerante, unos socios de gobierno indeseados y una vicepresidenta del gobierno más digna del forofismo de un equipo de fútbol que de un equipo de gobierno.

Pero esto es España. Forges ha muerto y nos hemos quedado sin motoristas. Y para colmo nuestro ancestral apego al toreo nos hace entrar a la muleta sin pararnos a pensar que nos están toreando. Es más, seguramente somos el único toro que aplaude y jalea al torero, y olé.

De todas formas no nos preocupemos, mientras Francisco I “El Paseado”, no encuentre acomodo definitivo para sus huesos tampoco nosotros encontraremos de nuevo nuestra preocupación por las medidas necesarias. ¿Quién necesita conciencia actual pudiendo hablar de memoria histórica?

¿Y cuándo encuentre acomodo? No, claro, después tampoco. Ya encontraremos otro cadáver que pasear.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Gato por liebre


Hay situaciones que me ponen en guardia, que me hacen concebir sospechas sobre lo que está sucediendo, y esas situaciones se producen cuando me parece que un medio se convierte en un fin, que un camino se convierte en una meta. Entonces empiezo a elucubrar y a buscar desesperadamente que me están escamoteando. Porque esas situaciones, y no hay más que mirar al mundo de la política, no se producen porque sí, si no por un afán de toreo al ciudadano.
Y eso es lo que me está sucediendo últimamente con los temas que el gobierno está planteando. Tengo la sensación de que solo le interesan aquellos temas que pueden acaparar titulares, que todo es improvisado, atropellado y desmesurado, pero siempre impactante para la opinión pública.
El traslado de los restos del dictador a una ubicación diferente a la que tiene es respetable, seguramente compartido por la mayoría de los ciudadanos, pero nunca se puede convertir en un fin, en una especie de pulso a la legalidad existente y a todo el que se oponga, en un objetivo a conseguir a costa de lo que sea.
No es moralmente aceptable que un dictador con una cantidad importante de sangre en sus manos ocupe un lugar de honor por encima de sus víctimas, las afines y las enemigas, porque de toda esa sangre hay en su historia. Pero hay otros dictadores con tanta, e incluso con más, sangre en sus manos y sus mausoleos son visitados a diario por cientos de personas sin que nadie se lleve las manos a la cabeza. Que por otra parte eso sí lo han conseguido, que un monumento que languidecía ahora reciba más visitas que nunca.
¿Cuál es el fin de lo que pretende el gobierno? Pues parece que trasladar a Franco de lugar, titular al canto, y luego ya veremos si esto o lo otro o… Ya, ya ¿pero que hemos resuelto? ¿Qué objetivo fundamental para la sociedad se ha conseguido? Ninguno claro. Ni siquiera podremos asegurar que el día de mañana otro gobierno de algún partido que hoy se opone decida hacer el camino contrario.
Lo lógico, lo normal, lo políticamente correcto sería elaborar un plan global en el que esta medida procesionaria ocupara su lugar, un lugar discreto y no polémico, un lugar en el que tal actuación cumpliera su función de medio para conseguir un fin deseable por la mayoría de la ciudadanía. Pero eso no proporcionaría titulares.
Eso no permitiría al gobierno presentar ante las próximas elecciones un curriculum en el que pudieran presumir de enfrentar todos aquellos temas que los demás no se atreven, temas polémicos que muevan pasiones y si es posible de difícil resolución porque así dan más de sí. Dan más de sí y permiten encubrir la incapacidad de tomar medidas que la ciudadanía si necesita.
Porque la propaganda sí que funciona y se hace oír, pero la eficacia brilla por su ausencia.
En educación otros titulares populistas, nueva asignatura y apartamiento de la religión. Defenestración de la educación concertada.  De soluciones reales, plan de estudios pactado y eficaz, ninguno.
En Impuestos: más para los de siempre, todos, y amenaza de subida que no se cumplirá a los recurrentes de siempre, los ricos esos que varían según las necesidades del titular a conseguir. De reparar la brecha entre ricos y pobres real, nadad de nada.
En legalidad adhesión inquebrantable ante las demandas vocingleras y silencio absoluto en los temas de calado. Nada sobre las ocupaciones organizadas, nada sobre la impunidad de los pequeños delincuentes, esos que afectan al día a día de todos, nada sobre la impunidad de los políticos en temas de estado, nada real sobre la violencia doméstica , nada sobre la carestía de la legalidad. O sea nada de nada. De justicia, como de costumbre, ni hablamos
En economía más de lo mismo. Van a acabar con los recortes pero poco a poco, no vaya a ser que alguien se dé cuenta de que no se hace nada.
En sanidad: tampoco se puede acabar precipitadamente con el copago. Sanidad universal pero dentro de un orden porque es competencia autonómica y a ver como se paga. Listas de espera no pero que se gestionen solas porque no hay ni ideas ni iniciativas para solucionarlas.
Y en eso estamos mientras paseamos al dictador. Lo paseamos de un titular a otro, de un periódico a otro. Una procesión, vamos. Un sin vivir.
Mientras tanto los que vivimos la dictadura, los que conocimos al dictador y sus maneras, asistimos asombrados a este reverdecer de su popularidad, a este trajín populista y mediático del que parecen vivir los que no tienen otra cosa que ofrecer.
A mí, personalmente, donde descansen los restos de este señor, me tiene absolutamente sin cuidado. Nunca le he llevado flores ni tengo necesidad de medrar a costa de su memoria, pero sí me preocupa, y mucho, que de tanto en tanto me intenten tener ocupado con tal strajín y lo único que pretendan sea darme gato por liebre en tantas cosas que si me importan. A mí y a todos los ciudadanos, pero, como en el escondite, a mí el primero.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Se tiró por un barranco

Hablaba el otro día de canciones infantiles y del tema catalán, como dos ejemplos de sin fin. Y la experiencia de estos días, y la memoria, me llevan a insistir con nuevos argumentos y nuevas canciones. Vamos, con nuevas aportaciones porque tanto el tema como las canciones son “de toda la vida”

Pero como en todas las cosas de toda la vida, el fondo permanece pero las circunstancias varían, permanecen el fondo, a veces las formas, las letras y las melodías, sean de canciones o de sonsonetes.
 
Sonsonete, o soniquete, que vienen a ser lo mismo, preciosas y precisas palabras que llegan a reflejar con exactitud la sensación de hastío que acaban produciendo. Sonsonete, soniquete, pertinaz, contumaz, son todas palabras aplicables y pertinentes en el temita catalán. Incluso en las canciones.

Recordaba, y hacía tiempo que no me sucedía, una canción de excursión, de esas que se pueden cantar durante horas sin desmayo y sin temor al olvido porque la letra varía lo imprescindible para saber por qué estrofa vas. Puedes ir por el 7,346,938 elefante, por el innúmero paletó de Fernando VII, por el enésimo barquito naufragado, o por la parte x de la doncella que se tiró por el barranco toda vestida de blanco y que es la más interesante, aunque sea igual las x -1 anteriores.

Es verdad que en este caso la doncella que se tira por el barranco no va, casi con toda seguridad, vestida de blanco, si no con una túnica cuatribarrada en rojo y amarillo y con una estrella en algún lugar próximo a su corazón, pero puede ser la única diferencia.

Como no hay diferencia en esa especie de éxtasis discursivo en el que parece haber caído el “presidente a la fuga” y en el que el próximo discurso será el más interesante a pesar de que acabará diciendo lo mismo que en todos los anteriores.

Claro que las técnicas de hipnosis requieren de una reiteración de movimiento, de una monotonía estudiada en sonido y movimiento, de un soniquete o  sonsonete, para que sean efectivas, para lograr que se produzca el abandono de la realidad cotidiana y entrar en el universo de la realidad inducida, y el discurso catalanista es sin duda hipnóptico aunque solo lo sea  para aquellos que cometen el error de prestarle atención. Como lo de la mujer de Lot pero en nacionalista y por los oídos.

Y por si a alguien le cabía alguna duda lo de Tabarnia, algo parecido ya sugerí yo hace unas fechas en “Una solución Salomónica”, deja totalmente al aire las vergüenzas de un discurso plagado de demagogias, de tópicos, de lugares comunes inasumibles por nadie que tenga un mínimo de coherencia o de vergüenza, torera o de cualquier otra clase.

Solo alguien abducido, sofronizado, hipnotizado, puede enfrentarse a la desvergüenza de negarle a los demás los argumentos que aplaude para sí mismo. Nadie, salvo un político o un incapaz, es capaz de creerse coherente, razonable, discretamente inteligente o libre cuando considera que un discurso solo es válido si se desarrolla en el ámbito que él determine o con sus condiciones.

Pero resulta, las elecciones así lo dicen, que cierto títere, lo de titiritero le viene grande, especialista en habitar maleteros y en huidas chuscas mientras deja en la estacada a aquellos a los que pretende dirigir y que encima crea una realidad paralela para encubrir su cobardía, su incapacidad, su vileza moral, ha logrado hipnotizar a una cantidad apreciable de personas supuestamente inteligentes o capaces de discernir y que están dispuestos a aplaudirle las gracias, a tirarse al barranco todos vestidos de lo que sea para que se pueda contar la parte siguiente que como todo el mundo sabe es igual que la anterior, que las anteriores, pero se anuncia como la más interesante.

Que semejante personajillo, afortunadamente casi irrepetible, haya conseguido que 940,602 personas se vistan de independentistas ciegos para tirarse por el barranco porque se lo dice el flautista, es tremendo. Vale, descontemos los estómagos agradecidos, descontemos los medradores en busca de relevancia o carrera política, descontemos los de sostenella y no enmendalla, descontemos los que votan eso por motivos inescrutables… siguen siendo muchos, demasiados, los que enfrentados a la realidad de los hechos, a la inviabilidad del proyecto, siguen votando por tirarse por el barranco, por el barranco económico, por el barranco político, por el barranco ideológico, por el barranco institucional. Son tantos que solo puedo pensar que están abducidos, hipnotizados, sofronizados, poseídos o que tiene un fin oculto, tan oculto que lo es incluso para ellos.

En fín, por ir acabando, lo que yo no acabo de entender, lo que me niego a asumir, es que unos personajes que son reos, perdón, presuntos reos, de delitos gravísimos contra el estado estén en situación de impunidad y desde ella intentar repetir con anuncio y clamor de fanfarrias los mismos delitos sin que haya nada que parezca que se pueda hacer para impedirlo. Si existe la prisión cautelar, ¿no existe una inhabilitación cautelar?


Si Puigdemont es nombrado presidente, aunque sea a distancia, que ya tiene bemoles la cosa, yo me apeo por tomadura sistemática de apéndices capilares, que ya me escasean. El que avisa no es traidor.

sábado, 22 de julio de 2017

El santo al cielo

Aunque parezca mentira, mentir tiene reglas y pericias. Mentir, decir mentiras, es un arte complicado de dominar y que exige una técnica personal contrastada por la experiencia. Porque, como bien dice el refrán, se coge antes a un mentiroso que a un cojo y es que las mentiras tienen las patas muy cortas.
Al igual que en las matemáticas hay diferentes caminos, en un caso para llegar a la verdad, en el otro para llegar a la falsedad, y se debe elegir con mimo, sagacidad y profundo conocimiento personal el camino que cada uno elige. Porque lo primero que hay que tener en cuenta es que mentir es una actividad de mucho desgaste, por lo que vagos e inconstantes deben de abstenerse.
Si, ya sé, estarán pensando que el que esto escribe es un consumado mentiroso y que escribe por su propia experiencia.  Pues no, no va por ahí el tema. Todo lo que sé sobre la mentira lo he aprendido leyendo y escuchando a nuestros próceres.
Y he aprendido que hay dos formas fundamentales de mentir, de mentir reclamando la veracidad, claro está. La primera, la más habitual, la que se emplea en el cara a cara, cotidianamente, en mítines, comparecencias rutinarias, entrevistas en medios de comunicación… la de faena de aliño, que le podíamos llamar, es una mentira sin mentir. Es una verdad interpretable. Es un digo diego, o digo dogo, o diego dogo. Consiste en retorcer las palabras hasta que no significan lo que inicialmente significaban, ni lo que aparentemente significan, ni, en realidad, acaban significando absolutamente nada. Esta técnica se aplica sobre todo a temas en los que la indefinición es el efecto a conseguir: economía, justicia, territorialidad…
Ya lo decía la canción que cantaba mi abuela: “¿De lo dicho qué?, de lo dicho ná, ¿No decían qué?, decían pero ná”. Algún ejemplo al uso: llamarle desaceleración económica a la crisis, llamarle ajuste temporal a un recorte, llamarle subida a un 0,25% de las pensiones, llamarle nación de naciones a un concepto que debe de ser una federación, o no, o vaya usted a saber, porque de eso se trata, de vaya usted a saber, llamarle bajada de impuestos a una subida de impuestos indirectos, llamarle churras a las merinas y “meninas” a las churras. Al fin y al cabo de eso trata de no decir nada concreto, ni inconcreto, ni circunstancial, sin callarse.
La otra, que se suele aplicar a asuntos más complejos, o de mayor recorrido, es aún más imaginativa. Consiste en elaborar una mentira evidente que tape las especulaciones inevitables de los que la escuchan y que permita invocarla como reducción al absurdo de cualquier intento de enunciar la verdad. Algo parecido a lo de la canción aquella: “Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará, vamos a contar mentiras, tralará””
Si yo tengo que dar una noticia que va da lugar a elucubraciones sobre su veracidad, a disquisiciones sobre la forma en que realmente se produjo, a posibles verdades alternativas, lo mejor es que simultáneamente ponga en marcha todo un juego de disparates que permitan ridiculizar cualquier intento de acercamiento a una alternativa plausible. Es la famosa teoría de la conspiración.
Pongamos algún ejemplo:
·    La llegada del hombre a la Luna. Teorías conspiranoides: Nunca llegamos a la Luna. Llegamos pero hubo que cortar la emisión porque unos extraterrestres se metieron en foco. Llegaron mucho antes y cuando lo televisaron ya había bases en la cara oculta  y desde ellas se hizo el paripé. Al parecer hasta había un bar que regentaba un gallego…
·  El atentado de las torres gemelas. Teoría conspiranoide: Las torres las volaron desde dentro para que se colapsaran, los aviones solo fueron los fuegos de artificio.
·  Los atentados de los trenes de Madrid. Teoría conspiranoide: El atentado lo hicieron unos musulmanes contratados, o dirigidos, o ambas cosas, por ETA.
·     Y así sucesivamente…

Es cierto que los ejemplos más habituales, como las películas sobre el tema,  son con origen en los Estados Unidos de Norteamérica. Al fin y al cabo son el país de Maxwell Smart, el Superagente 86, figura inigualable del “recontraespionaje”. El país de los servicios secretos, más secretos, incluso más secretos, y secretos entre los secretos. Ellos se lo han buscado. El caso es que si yo intento dar una explicación, seguramente la verdad, sobre la retransmisión de la llegada, que no sobre la llegada en sí misma, del hombre a la luna alguien asumirá inmediatamente que yo hablo sobre alguna de las teorías cosnpiranoides ampliamente difundidas y será imposible, por ridículo, perseverar en el planteamiento.

El gran problema de todo esto es que ya no nos creemos nada, nada de nada, nada de nada de nada. Da lo mismo lo que nos digan, que nos lo juren por la constitución o por las bragas de Mafalda. Nos han acostumbrado a dudar de todo y de todos, de lo divino, de lo humano y del más allá. Dudamos por convicción y por sistema y entre nosotros las presunciones más extendidas son la de falsedad y la de culpabilidad. A tal punto hemos llegado.

Pero bueno, a estas alturas lo que no tengo claro es a que viene toda esta historia. Me puse a escribir después de leer algo sobre Blesa y se me ha ido el santo al cielo, sin ánimo de señalar. A veces no me entiendo ni yo mismo.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Abstenerse o votar en defensa propia

Empiezo a pensar, y ya sé que en este país tal declaración está bastante mal vista, que el principal problema político español es que la falta de una democracia real durante tantos años, trufada con la mediocridad de los personajes que los partidos permiten llegar a sus puestos de responsabilidad, nos ha llevado a olvidar lo que realmente es una sistema democrático.
Solo desde este supuesto, sin olvidar un descomunal cultivo del ego de los personajes en cuestión, se puede entender la situación actual.
Es verdad que la aplicación de la norma practicada por ellos para justificar su actuación, la real, no la invocada, varía según el candidato, pero el fondo final es tan similar que podría considerarse único. No hay país fuera del partido. En todo caso si hay país, personas, ciudadanos, contribuyentes, tontos útiles, solo importan los míos, los que me votan, o, en último caso, los del partido.
Pero eso no es democracia. Eso no es la esencia de la democracia que consiste en convencer y ejercer la labor pública en favor de todos, o, al menos de la mayoría.
El censo electoral se divide en tres tipos de personajes: los militantes, los votantes y los abstencionistas. Es verdad, es una simplificación, pero inevitable para explicar a algunos partidos por qué no ganan, e, incluso, por qué pierden.
Todo partido, sea del signo que sea, existe y vive de sus militantes. Personas fieles a una ideología y dispuestas a renunciar a sus propios criterios morales para asumir los que el partido, en realidad el líder de turno, les marca como necesarios. Pero todo partido gobierna gracias a sus votantes, es decir, gracias a  sus militantes sumados a aquellas personas, simpatizantes o no, a las que haya conseguido convencer de sus ideas y proyectos.
Ningún partido, ni en España ni en ningún otro lugar del mundo, puede gobernar solo con sus bases, salvo los partidos únicos que, por su propia idiosincrasia, consiguen siempre la mayoría, cuando no la totalidad, de las papeletas depositadas.
Y ese es, a mi simple entender, el drama de la izquierda española. Dividida en dos partidos incapaces de convencer a los votantes, en dos partidos encerrados en sus propios recursos y con posiciones tan diferentes que solo la necesidad, la ambición o la desesperación, les pueden permitir un acercamiento a nivel estatal. Que solo el ansia de alcanzar el gobierno les puede cegar para llegar a acuerdos que únicamente pueden ser viables a nivel local, donde los problemas de enjundia, los problemas realmente trascendentes para la globalidad del país no tienen relevancia.
Y ese ansia, y la históricamente pretendida, y cuestionable, superioridad moral, es precisamente la que les está llevando a convertirse en partidos de militantes, con líderes y declaraciones cada vez más de espaldas a los votantes y más centrados en los suyos. El PSOE se escora para alcanzar lo supuestamente perdido con Podemos y Podemos demuestra, una y otra vez, más preocupación por las reivindicaciones particulares de sus electos que un posicionamiento claro y votable de cara a sus no militantes
El uno se desangra elección tras elección amenazando con convertirse en un partido incapaz de volver a ganarse la confianza de los electores y el otro, de momento, parece haber alcanzado el techo de personas dispuestas a votar sus dispares y radicales propuestas.
¿Y la abstención? Los que la practican por desinterés total, ahí seguirán. Son auténticos militantes de la abstención. Pero no olvidemos que muchos la practican por falta de propuestas asumibles, por hartazgo con las maneras de los partidos, porque perciben una incapacidad del sistema para representarlos realmente. Es decir, por falta de voz en su voto. Y esto, aunque suene duro, se llama carencia democrática.
Y si esto sigue así, si llegamos a las quintas, a las sextas elecciones, posiblemente el partido que gane sea el partido abstencionista, y se lo tendrán bien merecido.
Yo estoy convencido, con absoluta convicción, de que si esto no ha sucedido ya es por ese inveterado recurso nacional que nos lleva cuando no estamos a favor de nada concreto a estar ferozmente en contra. Y ahora, en este momento de la historia, los españoles no votamos a favor de lo que queremos si no en contra de lo que no queremos. O sea, en defensa propia.
Y por eso, por esa falta de mensaje comprable de los partidos de izquierdas para los no militantes, es por lo que un partido corrupto, un partido salpicado de problemas y con una trayectoria en los últimos años deleznable, gana y se afianza, porque la sensación general, la percepción de la calle es que más vale que nos tomen el pelo a que nos dejen sin país para cumplir una ambición personal, o a que jueguen con nuestro voto para arrebatarnos las tradiciones, o convertirnos en otros distintos a los que queremos, estamos acostumbrados a, ser.
Tal vez cuando esas izquierdas tan superiores moralmente que no se molestan en mirar si esa superioridad les es reconocida por el españolito de a pié, cuando empiecen a tener un proyecto de estado sin sorpresas personales no declaradas, puedan encontrar los votos perdidos en las últimas elecciones.

De momento, y para desgracia de todos, solo hay un partido capaz de atraer los votos no militantes y tener la representación mayoritaria de la calle. Sí, es verdad, sin convicción, con rabia, pero en defensa propia. O eso, o, con displicencia, con resignación o rabia, abstenerse de ser cómplice de un sistema electoral que solo se acuerda de los ciudadanos cada cuatro años, salvo repeticiones, y para engañarlos. 

sábado, 6 de febrero de 2016

Refraneando

En castellano, y supongo que en cualquier otro idioma, hay refranes aplicables a cualquier situación cotidiana, y, aunque a veces nos sorprenda la vida con sus vueltas, casi ninguna es nueva. Sí, es verdad que hay algunas más dolorosas, más incomprensibles, más, tal vez, ajenas a nuestro devenir diario porque no parecen propias del entorno en el que nos movemos, pero eso es parte de la vida, de la enseñanza y de nuestra propia formación como seres humanos.
Siempre pensé en el refrán que hoy se me vino a la cabeza en términos absolutos, en términos de injusticia palmaria y evidente, pero la situación vivida me ha obligado a dar una vuelta más de tuerca al refrán, a buscar un más allá de un enunciado simple y directo.
“Pagan justos por pecadores” habremos oído cantidad de veces. Es un refrán presente desde el colegio. Era un refrán aplicable cuando el profesor cogía a un alumno con una nota en la mano en medio de un examen y no preguntaba si era suya, si se la habían pasado sin pedirlo, si… tantas circunstancias y el alumno era expulsado con su suspenso correspondiente y todos sabíamos que aquel era la víctima. El culpable, habitualmente, seguía en clase y no tenía la gallardía de identificarse al profesor. El expulsado era el que sabía, el que no estaba acostumbrado a las trampas, el que, unas veces voluntariamente y otras no, recibía una nota que no había solicitado, o que había acordado para ayudar al “listo” de turno. Y entonces pagaba el justo, el que había estudiado, el que sabía, por el pecador, por el que no se había esforzado y además provocaba la desgracia ajena.
“Pagar justos por pecadores”, que habitual. Que tristemente habitual resulta en una sociedad donde ciertos individuos tienen la habilidad para manejar a terceros que hagan su trabajo sucio sin ellos dar la cara, manteniéndose a resguardo de las consecuencias y viendo como en aras de su cobardía, de su egoísmo, de su insidia, otros torpes, otros débiles, aunque no inocentes, expían las culpas de los que no tienen la categoría humana, moral, ética, suficiente para afrontar sus propios actos, o deseos, o ambiciones.
Y si esto es lamentable, si esto es en sí mismo lamentable, cuanto más lo es en entornos donde la moral, la ética, la humanidad, son materias de trabajo personal, donde mejorar es un desafío personal consciente, obligado por la propia decisión de hacerlo y de acompañarse de otros en el camino de realizarlo.
Maldigo a los cobardes culpables de inhumanidad, de desapego, de congelación moral, capaces de resguardarse detrás de la culpa de otros, capaces de ver como consumen ilusiones y posibilidades ajenas en un trabajo sucio, soterrado y, habitualmente, indigno que solo a ellos les es propio. Los maldigo y los desafío, porque, en estos casos en que no hay justos que paguen porque no hay inocentes absolutos, si es verdad que pagan los menos culpables, los “tontos” elegidos por los verdaderos culpables. Y, digamos la verdad entera, culpables somos también en mayor o menor medida, pero culpables, los que mirando para otro lado no ponemos coto, no enfrentamos, no denunciamos, no combatimos, a los que son el origen del mal, a los insidiosos, a los amorales que se aprovechan de nuestra tibieza, o prudencia, o comodidad, para medrar y seguir consumiendo víctimas.

¿Qué de quién hablo? De nadie en concreto, esto es simplemente una reflexión, una licencia literaria que hoy me he tomado, pero eso sí, estoy seguro que mientras lo leíais, mientras los significados entraban en vuestras cabezas, alguna imagen se os ha venido. Y también es posible que si tendéis vuestra mirada alrededor veréis a alguno que se rasca, porque le pica, y ya se sabe que “al que le pica ajos come”. Y ya lanzados al ruedo refranero a mí me gustaría pensar que se acabará cumpliendo ese que dice que: “El que la hace la paga” o aquel otro: “A cada cerdo le llega su San Martín”. Y no digo más, ni quito una coma.

domingo, 25 de enero de 2015

Volveremos a empezar (si nos dejan)

Nos hemos convertido en una sociedad mediocre. Acobardada, servil y mediocre. Y no me estoy refiriendo a la sociedad española exclusivamente aunque sea la que tengo más presente, me estoy refiriendo a la sociedad occidental en general que está culminando un camino de varios siglos en los que, salvo hechos puntuales, se ha ido refugiando en un adocenamiento inducido por la cesión del individuo hacia las instituciones.
El individuo, armado de sus números  (de cuenta, de identificación, de acceso a la sanidad, de matrícula laboral, de teléfono,…) se va diluyendo en medio de unas estructuras de poder inicialmente diseñadas para resolver los problemas comunes y que con el tiempo se han ido convirtiendo en voraces organismos fuera del control ciudadano en el mejor de los casos cuando no en causa directa de los mayores problemas del mismo.
Es inconcebible que convivamos con normas y leyes dictadas en nuestro favor (póngase el tono ironía activo) que todos sabemos puramente recaudatorias y coercitivas y no seamos capaces de obligar a sus promotores a retirarlas avergonzados de forma fulminante. No, no solo no las retiran y nos piden perdón, si no que con la cabeza alta y la soberbia de quién se considera por encima de sus administrados nos enumeran una lista infinita de pretendidas ventajas para nosotros.
Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado. Más allá de la justicia o la razón, más allá de la equidad o idoneidad de la aplicación de las normas, la administración persigue al ciudadano hasta límites intolerables, moralmente reprobables, bordeando la ley hasta su aplicación fraudulenta e interesada.
Así que el ciudadano asiste entre el pasmo y su incapacidad de una reacción acorde a su indignación a su continuo despojo, a su permanente indefensión, al pisoteo sistemático de sus derechos individuales desde las diferentes administraciones -¿Por qué tener un expoliador si podemos tener varios y que se escuden unos en otros?- o desde grandes corporaciones protegidas por las leyes que les permiten actuar de forma lesiva e injusta sin otro derecho que el de la coacción de suspender un servicio básico ante cualquier posibilidad de resarcirse o rebelarse que el ciudadano de a pié pueda tomar.
Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado. Son intolerables los personajes que medran al amparo de estas normas, de estas leyes, y que añaden a la vejación de su aplicación la insultante, muchas veces, actitud personal de inquisidor, la altiva confrontación de quien se cree con una superioridad e impunidad que insulta, que veja, que condena a quien le paga aún antes, sin ni siquiera haberlo escuchado.
Es un fraude de ley la presunción de veracidad que permite gravar y/o condenar a un ciudadano sin otra prueba que la denuncia de otro ciudadano al que se le concede tal privilegio por motivos de mayor facilidad condenatoria. Es un fraude de ley que reconocida la presunción de inocencia en la constitución el ciudadano tenga que demostrarla ante cualquier conflicto con la administración o funcionario o personal asimilado y no estos su culpabilidad. Baste su palabra
Es fraude de ley utilizar los plazos y recursos de la administración para dejar indefenso, sin capacidad de reacción al ciudadano, pero tanto la administración central, como las administraciones autonómicas, como los ayuntamientos lo hacen sistemáticamente sin que nadie parezca dispuesto a intervenir o capaz de ponerles coto.
Es fraude de ley, pero su aplicación es permanente, que las leyes y normas se utilicen con un fin diferente de aquel para el que fueron aprobadas.
Es fraude ciudadano que alguien pueda ser condenado por lo mismo que otro sea absuelto, baste cambiar de juez, de ayuntamiento o de comunidad autónoma.
Es fraude de ley que una ley no tenga otro objetivo que despojar a un ciudadano de una parte o la totalidad de los bienes sin pararse en su justa aplicación moral ni en las consecuencias  económicas o laborales para el condenado.
Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.
Y es que en apenas dos siglos el habitante de los países occidentales en general ha sufrido una imparable mutación de ciudadano en contribuyente y  de contribuyente en paganini. Tan imparable e indeseada mutación amenaza con no dejar las cosas así y convertir al paganini actual en un aborregado esclavo de un gran hermano, insospechado por su origen para Orwell en unos casos y exacto en otros, que ya claramente asoma las orejas.

Balad, balad hermanos, con las papeletas en las manos.
Elegid, elegid con esmero quién os quitará el dinero.
Bailad, bailad los triunfos de los que os van a despojar.

Y después de cuatro años, volveremos, volveremos a empezar. (Si nos dejan).

jueves, 21 de junio de 2012

Y El Otro También...


Supongo que a todos nos ha sucedido alguna vez, o para ser más exactos con alguna persona. No importa lo que diga, no importa como lo diga, ni siquiera importa que lo que diga sea exactamente lo que yo pensaba hasta hace un momento, desde el momento en que él lo enuncia yo estoy radicalmente en contra, irracionalmente opuesto, furibundamente en desacuerdo porque me doy cuenta de que estoy manteniendo posiciones contrarias a mi verdadero ideario. Pero no lo puedo evitar, como no puedo evitar rascarme la picadura de un mosquito aunque sé que me va a picar más y encima se me va a hinchar. Pues exactamente eso es lo que me pasa a mí con los políticos últimamente, que digan lo que digan, lo diga quién lo diga yo me posiciono automáticamente en contra. Sin fisuras. Con la rabia propia del que se siente continuadamente estafado, proverbialmente engañado.
Me pasa un poco lo de aquel pastor que tenía dos vacas y le preguntaban ¿Cuál da mas leche?, la blanca, ¿y la negra?, también, ¿Y cual cría mejor?, la blanca, ¿Y la negra?, también, ¿Por qué siempre contesta que la blanca?, porque es mía, ¿y la negra?, también.
¿Quien miente más en esta historia?, El PSOE , ¿y el PP? También, ¿Quién trinca todo lo que puede?, el PSOE, ¿y el PP?, también y es que al fin y al cabo el PSOE representa todo lo que significa mi frustración como ciudadano, ¿Y el PP?, también.