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sábado, 15 de octubre de 2022

CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXI)- LA LAICA INQUISICIÓN

Cuando te escribí las cartas anteriores, una sobre el falso racismo, y otro sobre un comportamiento inadecuado, tildado de machista por sus aspavientos y por conveniencia militante, que no por su fondo o intención, sabía que era inevitable que, las mismas personas que esas cartas pretendían señalar, harían una exhibición de su fundamentalismo. Y no me equivoqué.

He tardado menos de lo que tardé en escribir las cartas, menos de lo que cualquiera tarda en leerlas, en convertirme en machista y en racista.

Lo primero que te pide el cuerpo, es devolver el golpe, devolver insulto por insulto, etiqueta por etiqueta, estupidez por estupidez, pero a nada que reflexiones, y ahí se acaba la equivalencia, te das cuenta de que caer en el comportamiento de aquellos a los que pretendes denunciar, de aquellos que quieren convertir a esta sociedad en un monobloque sin capacidad de pensamientos individuales, de matices reflexivos, de ideas más allá de las consignas, es otorgarles un triunfo al que no estás dispuesto.

La segunda opción que se te pasa por la cabeza, es, de cara a los que te leen, defenderte alegando lo que has hecho en tu vida, en tu entorno, en tu intimidad, para desmentir un ataque que consideras injusto, infundado, malicioso; hasta que te das cuenta de la trampa que supone tal actitud. Ponerte a la defensiva es justamente su mejor baza. Para insultar, para atacar, para etiquetar, no necesitan otro argumento que hacerlo, nada les importa la verdad o la razón, cuanto menos el razonamiento, y si tu pretensión es desmentirlo, descubres una parte de tu intimidad, una debilidad, que solo puede servir para ser usada en tu contra. No, no son tus amigos, no son tus allegados, no son tu familia, no son tus colaboradores, no pertenecen a ningún círculo que tú frecuentes, no te conocen de nada, y la falta de criterio reflexivo de sus opiniones, su fundamentalismo, su puritanismo ideológico, que en el fondo, y de cara a tu vida, te importan un ardite, no justifican, bajo ningún criterio, que hagas un intento de comprensión, un ejercicio de comunicación, para que tengan una idea individual, cuando lo único  que demuestran es que piensan en rebaño, en cabeza ajena.

Entiendo a todos aquellos que se sienten señalados por las palabras de otros que, sin conocerlos, los tildan de esto o de aquello, de fascistas, de comunistas, de machistas, de feminazis, de racistas, o de cualquiera de esas dagas dialécticas con las que, los populistas que pululan por las redes, etiquetan a cualquiera que no comparta la totalidad de su ideario, al que no aportan otra cosa que una pertenencia ciega, sorda, plana. Entiendo esa necesidad compulsiva que todos tenemos de ser aceptados, entendidos, de gustar y que nos lo digan, pero, aunque lo entienda, asumí desde mi primera letra escrita que ese era uno de mis objetivos inalcanzables, y ni la gente que me halaga con sus reconocimientos hace que mi ego se conmueva, más allá de la satisfacción del reconocimiento, ni aquellos que me tildan de esto o aquello, sin conocerme, sin haber intercambiado conmigo ni una sola palabra, afectan de ninguna manera a mis convicciones, siempre puestas en cuestión por mí mismo, atendiendo a razones ajenas, jamás por consignas, insultos, ni soflamas, que dejan a la vista un inmovilismo digno de Blas Piñar y su famosa frase(*).

Si, ya se, querido amigo, algunos de los que leen esto no saben ni quién fue Blas Piñar, ni tendrían en cuenta nada que rozara su nombre. Seguro que saben usar la “wikipedia”, y que si pudieran borrarían su nombre de ella. Esa es la diferencia, ellos solo escuchan a los que dicen lo mismo que quieren oír, yo aprendo más de los que dicen cosas que no comparto.

Estos personajes, faltones, incluso aquellos que escriben sus insultos con formas suaves y educadas, los menos, de pensamiento único, se reclaman además, ya tiene pelendengues la cosa, como defensores de la libertad, de la democracia, de la ética social, pero, a nada que escarbas, queda claro que no defienden otra cosa que la libertad de pensar como ellos, la democracia de los que siguen sus reglas, y que hay que imponer a los que tengan otras, sean los que sean, y la ética social vista a través de un prisma de una sola cara. En realidad solo resultan ser censores, absolutistas, puritanos, inmovilistas, incapaces de imaginar una sociedad plural. Incapaces de captar un matiz, de llegar a una idea propia, de tener un atisbo de tolerancia.

Habrá quien piense que intentan defender una causa noble, porque la causa lo es, pero cuando el grado de integrismo llega a los niveles que exhiben, cuando la intolerancia y el cerrilismo son las únicas herramientas aplicadas, cuando su uso de los problemas es tan estúpidamente fundamentalista que provoca en una parte considerable de la sociedad rechazo, en otra no menos importante hartazgo, y dañan a toda en general con la falta de libertad inherente al miedo a ser señalado, considero que su uso de las lacras sociales no solo es inadecuado, es dañino para aquello que dicen defender. Es más, no descarto que su “justa ira”, esa que exhiben de cara a los demás, no esconda otra cosa que su falta de compromiso interior con esas causas.

Son la Laica Inquisición, “torquemadas” del teclado y el linchamiento en masa, inquisidores generales de cualquiera que pase por su lado y se permita un pensamiento libre, sea incorrecto, o no, portadores de un odio irracional y dañino en nombre de un dios no divino, casi siempre mal interpretado, oscurantistas, totalitarios, gregarios, populistas, violentos hasta la afrenta, y más allá, hasta el linchamiento sin redención, censores y puritanos.

Si Torquemada levantara la cabeza, los contrataba a todos. Si ellos hubieran estado en Salem, no se habrían librado de la hoguera, ni siquiera, el reverendo Parris, ni su hija. En su ideario solo cabe la condena, porque una vez efectuada la acusación, si está dentro de su ideario, la culpabilidad está probada, y un juicio solo puede servir para que el acusado difunda su error, para que cree dudas, o alegue razones, entre los que están fuera de su círculo, pero jamás en ellos, que tienen ya predeterminada la culpabilidad del reo.

Mientras las lacras sociales se combatan con leyes, y el fundamentalismo, el puritanismo, el populismo, las use como argumento, esas lacras seguirán existiendo, y estarán más hondamente ocultas en las almas de las personas que se sientan reprimidas. Mientras el machismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia, la intolerancia, sean objeto de leyes, y no se subsanen con educación y una conciencia social de su insania, una conciencia social libre, asumida, convencida, esas lacras nos lacerarán a todos sistemáticamente. Mientras la represión, la persecución, la victimización y el silencio impuesto y castrante, sean las armas para erradicar a nuestros demonios colectivos, estos camparán, a lo peor de forma oculta y ladina, por sus respetos entre los miembros de una sociedad mal formada.

Reprimir no es convencer. Acallar no es silenciar. Victimizar no es construir. Legislar no es educar. Condenar no es redimir. Censurar no es erradicar. Y, sobre todo, no busquemos tres pies al gato, según sostenía Cervantes, ni cinco, tal como ponderaba Covarrubias, solo tiene cuatro, por más que quieras incluir el rabo. Y, si lo mareas mucho, al final araña.

Hay que erradicar el racismo, hay que erradicar el machismo, hay que erradicar el populismo, y la intolerancia, y el insulto, y el frentismo, y el totalitarismo, y el pensamiento único, y la mala educación, y el forofismo y todas esas lacras que hacen de nuestra sociedad una sociedad incómoda, injusta, dividida, inclemente, inhabitable, infeliz.

La laica Inquisición nunca logrará estos objetivos, tampoco, en el fondo, los busca o le importan más allá de usarlos para encender su “justa ira”, la de los suyos. Su único objetivo es lograr una sociedad uniforme, sometida, en la que ejercer su dominio. Pero lo más preocupante es que el uso trivial de esas lacras para señalar cualquier conducta aprovechable para sus fines, aunque en esa conducta no existan la intención, ni la persistencia, imprescindibles para considerarlas parte de esas lacras, no solo no nos llevan a solucionarlas, seguramente su único logro constatable es agravarlas. Agravarlas y generar una sociedad permanentemente cabreada, dividida, al acecho. La que les conviene.

 

(*) Blas Piñar, notario y político. Una frase suya presidía la biblioteca del campamento militar radicado en el Ferral del Bernesga, León, en el año 1976: “Como no vamos a ser inmovilistas, si ya hemos llegado”.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Internet y la Santa Inquisición

Cada vez sucede más, cada vez con más frecuencia los represores, los partidarios de prohibir, imponer y coartar la libertad de los demás en nombre de la libertad tal como ellos la entienden, se hacen más dueños, se hacen más presentes y visibles y al tiempo más osados, más coercitivos, más dictatoriales, en el entorno de las redes sociales.
Alguien comparte en su muro, sin otra intención que la estética o el chascarrillo, una imagen o un comentario que le ha parecido interesante, gracioso, o porque le da la gana y es su muro. Hasta aquí todo normal, pero hay cosas que los inquisidores de redes, los defensores de la libertad única e impuesta no van a tolerar sin intervenir de una manera rápida y feroz. Da igual cual sea tu intención, o la falta de ella.
El inquisidor armado de su justa furia, de su ultrajada conciencia universal, de su razón última y absoluta, se lanzará hacia el osado y descargará contra él toda su manida, relamida, ciega y vacía, batería de descalificaciones y pseudo argumentos que suenan igual que los eslóganes de las manifestaciones, altisonantes, con sonsonete y carentes de cualquier posibilidad de debate real.
Y no entres en debate, como decía el otro, si entras en debate es peor. Si intentas argumentar, debatir, defenderte no recibirás más que más eslóganes, más argumentario de activismo militante, más vacío intelectual y posición inamovible. Los nuevos inquisidores, los inquisidores de la libertad tal como ellos la entienden, los inquisidores de la culpa ajena y la intachabilidad propia no pueden, no saben, no tienen capacidad para entender la libertad ajena, la intrascendencia de lo intrascendente, la banalidad de ciertos momentos o actitudes. Ellos solo entienden de la vigilancia permanente, la soflama a flor de piel, la persecución implacable de los que simplemente pretender vivir al margen  de militancias, de inquisiciones, de libertades impuestas.
Y, claro, yo, ser humano hasta donde se me alcanza, varón, de sesenta y tres años y diez días de edad según me han contado, que he tenido que vencer a lo largo de mi vida la imposición de una enseñanza sesgada, que he tenido que liberarme del yugo de una forma de entender la religión que no compartía, que he tenido que sobrevivir a una dictadura y varias legislaciones democráticas que me hacían cada vez menos libre individualmente, que he tenido que asistir a la entronización y santificación de los mediocres y los “justos” como referente moral de esta sociedad, que he tenido que contemplar como las sucesivas políticas de formación destrozaban sistemáticamente la posibilidad de educar, dar valores y crear ciudadanos libres, que he asistido dolido a la radicalización absurda e interesada de ciertas partes de la sociedad, me niego, me rebelo, estoy hasta los mismísimos, de aquellos que pretenden decirme en qué consiste la libertad, que pretenden decirme en qué tengo que creer, que tengo que pensar, que es correcto decir o cuanto tengo que reprimirme para acceder a su placet.
Guardense, por no decir métanse, su placet donde les quepa. Soy ya lo suficientemente mayorcito para saber lo que debo, lo que puedo y lo que me da la gana de hacer o de pensar. Lo que me peta callar o decir. Lo que me hace libre o me convierte en esclavo de fundamentalismos de salón o de algarada callejera.
No pienso pedir perdón a esos fanáticos de la persecución ajena, de la paja en el ojo de los otros, de la verdad propia y única. Me ha pillado mayor y vivido. Me han pillado de través y con la suficiente experiencia como para poder decir todo esto y quedarme tan ancho. Me han pillado lo suficientemente perito y reflexionado como para poder, callándome los exabruptos que debo de callarme por propia convicción, ciscarme en todos los inquisidores de nuevo cuño que se dedican a difundir la mala conciencia ajena en loor de una libertad de Gran Hermano, personaje de la novela 1984 de Orwell que no tiene nada que ver con Tele5 para los muchos que lo ignoren, que se creen en el derecho y la necesidad de imponer a los demás.
Faltaría ahora identificar a aquellos a los que me refiero, pero eso sería hacer esta reflexión tendenciosa e interminable, y eso sería darles, además, un gusto, más que nada por sentirse injustamente señalados, que me niego  a darles.
Sí, es verdad, me refiero a esos que usted, paciente lector, piensa, pero también a todos los demás, a los de signo contrario que exactamente hacen lo mismo en función de sus ideales contrarios. Me refiero en realidad a todos los que se sienten capacitados para decirles a los demás lo que pueden y no pueden decir, pensar, hacer. Me refiero a todos esos radicales, fanáticos integristas, militantes de cualquier signo, ideología o verdad, que se permiten la desfachatez, o la fachatez, de dar carnés de idoneidad o salubridad política, religiosa, social o moral.

Váyanse ustedes, vosotros, a freír gárgaras y a tocarle las libertades a quienes necesiten del placet ajeno para sentirse mejor. Y agradecedme que no tire de Cela, a ser posible con voz de Fernando Fernán Gómez,  para expresarme con mayor desahogo.

jueves, 21 de junio de 2012

Salud Inquisitorial (16-02-11)


Ayer, día de fútbol, estuve en el bar que hay en la urbanización en la que vivo viendo el primer tiempo del partido. Estábamos en el local el dueño, otro vecino que es soporte y garante del buen funcionamiento económico del negocio y yo. Hacía un frío considerable en el exterior, frío húmedo porque además estaba lloviendo. En un momento determinado el dueño cogió su cazadora, se la puso, verificó que en los bolsillos tenía tabaco y mechero y se arrojó, a través de la puerta, al exterior inclemente.

Si, había tenido que salir de su propia casa, ante dos clientes a los que el humo no les molestaba –uno fuma, el otro, y yo que aunque hace ya veinticinco años que no fumo no soy  exfumador reivindicativo-. Dado que la urbanización se encuentra a las afueras del pueblo y que para venir hay que venir ex profeso, la imagen de Jose Luis humeando a la puerta de su negocio, vacío, -bueno, solo quedaba yo porque el otro salió a humear con él- me impactó.

Como me impactó la noticia de que unos actores catalanes tuvieron que justificar que lo que fumaban en escena eran hierbas aromáticas y no tabaco para evitar que les cerraran el local. ¿Qué hubiera pasado si al pasarse el funcionario inquisidor de turno se les hubieran acabado los cigarrillos, os aromáticos?¿Que va a pasar si el autor en una absoluta falta de previsión de futuro escribió que uno de los personajes encendía el cigarrillo?¿Sherlock Holmes tendrá que llenar su pipa de incienso porque Sir Arthur fue incapaz de prever el disparate ministerial?¿Se podrá seguir matando, violando, … -en escena-, eso si, sin fumar?

No se si se trasluce de mis palabras anteriores, pero estoy preocupado, perplejo, inquieto, indignado porque la inquisición –esta vez laica y laicista- asoma entre las leyes de complacencia personal de los ministros de nuevo cuño que parece que legislan  para si y para sus allegados, estéticamente, pero con un desprecio absoluto hacia las libertades individuales.

Yo, por si acaso, voy a ir esta mañana a comprarme unas bufandas, porque tengo miedo de que con la temperatura que hace humee al salir de casa, ya se sabe eso del aliento condensado, justo al abrir la puerta, y venga un inspector por detrás, o me denuncie mi vecino, y me clausuren la casa y me pongan una multa impagable por no conseguir demostrar que no era tabaco. Ya se sabe que los funcionarios y denunciantes tienen presunción de veracidad.

De lo de Internet intentaré hablar otro día, porque con la indignación que me produce se me solidifican las palabras, unas con otras, amontonadas, y no hay forma de saber lo que digo, solo se aprecia la espuma que me sale de la boca.