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martes, 17 de abril de 2018

Daños colaterales


Hay gente convencida de que la basura de los demás limpia la propia. Hay gente que piensa que mal de muchos, refugio asegurado. Y hay quién cree que el fin justifica los medios. En realidad ni piensan, ni están convencidos, ni creen, pero de paso tienden a dejar toda la sociedad llena de su basura. Es lo que, de un tiempo a esta parte, los finos llaman daños colaterales.
Lo que pasa es que a veces alguien mide mal sus acciones y el objetivo principal al que están encaminadas, y los daños colaterales son tan importantes y cuantiosos que jamás pueden justificar el resultado obtenido.
No sé, la verdad es que tampoco me importa, de donde salió la idea de defenestrar políticamente a la Presidenta de la Comunidad de Madrid. Hay quién dice que de las filas de su propio partido, otros dicen que de las filas del PSOE. Enemigos no le faltan, con capacidad de maniobra suficiente, y con una falta de moral ciudadana con la que solo los políticos están equipados.
El método que, sea quien sea, ha elegido, no solo es de una endeblez preocupante, no solo mancha indiscriminadamente a integrantes de todas las formaciones, no, además defenestra de una forma irreparable la credibilidad de la universidad pública española.
He oído decir, con toda la pachorra del mundo, que efectivamente los daños colaterales son ahora mismo inevaluables pero que ha merecido la pena por conseguir que la señora Cifuentes haya sido puesta en cuestión. He oído decir, con descuelgue de mandíbula y ojos al límite de sus órbitas, que cargarse la credibilidad formativa de las instituciones más democráticas, en el terreno de la enseñanza, de este país merece la pena por derribar de un puesto político a una persona determinada.
¿Qué título de cualquier universidad pública española se atreverá a exhibir un estudiante para reclamar méritos en el extranjero? ¿Quién resarcirá del daño ocasionado a tantas personas que de buena fe han cursado correctamente sus estudios?
Ya, ya sé que nadie. ¿A quién le importan las personas, los ciudadanos, aquellos de cuyo bienestar tienen confiada la tutela, cuando lo que está en juego es una cuota de poder? Y de paso si conseguimos un mayor empobrecimiento, si es que fuera posible empobrecerlo más, del sistema educativo español y achacárselo a quién convenga pues miel sobre hojuelas.
Es verdad que en este caso mi propia experiencia, mis propias vivencias, me hacen ser más reflexivo, más suspicaz, más incrédulo con todo lo sucedido. Es verdad que si a mí me pidieran una justificación de mis estudios, de mis logros, o de mi pertenencia a cualquier asociación, empresa o causa, tendría que recurrir a sus archivos para justificarlo. Incluso si me piden el contrato de la hipoteca que aún estoy pagando. A lo mejor es por eso, mentiras, incongruencias e inseguridades aparte, que yo a estas alturas no creo a nadie, ni siquiera a la universidad que, evidentemente, tiene un problema administrativo, problema que debería de haber sido el objetivo principal de todo lo sucedido para que yo creyera en la buena fe de quién inició toda esta historia.
Es posible que ni mis títulos, si los tuviera, ni los suyos, ni los de nadie, valgan ahora ni el papel en el que están escritos. Es posible que alguien se crea gratificado por lo conseguido. Pero lo que si tengo claro es que a día de hoy, si me piden que vaya a votar lo único que se me pueda ocurrir es la famosa frase de:” vota tú, que a mí  me da la risa”. Una risa boba, vacía, desesperanzada y triste. La única que me dejan estos personajillos públicos que piden mi voto para jugar a hacer un país cada vez peor, cada vez más desarmado de valores, de verdad y de derechos, en el que pueda sentirme ciudadano, corresponsable.
Felicidades a los premiados. Espero que en su premio lleven su propio descrédito igual que ellos han conseguido el de la universidad pública española. Y que les aproveche

domingo, 28 de octubre de 2012

Fronteras Políticas, Aranceles Emocionales


Cuando en mi infancia me asomaba a la orilla del Rio Miño, allá por su desembocadura,  nunca llegaba a entender por qué cruzar aquel cauce de agua, que en Orense cruzaba para ir de un lado al otro de la ciudad, suponía la intervención de la policía, de las policías, que tenía que autorizar el que tú salieras de una orilla y pudieras entrar en la otra. A estas alturas entiendo el mecanismo pero sigo rechazando el concepto.

Tampoco llegaba a entender por qué causa comprar en las tiendas de la otra orilla, de Caminha, de Vilanova, de Seixas, era problemático porque lo comprado te podía ser requisado por la policía española a la vuelta. Lo aceptaba, como aceptaba aquellos fardos que navegaban río abajo mientras nos bañábamos y en los que solo reparábamos para poder apartarnos y evitar que nos golpearan,  y que sabíamos llenos de tabaco. Era la costumbre.

Era tan escasa mi comprensión de lo que significaba aquel río en aquel lugar que cuando al volver de las vacaciones a Madrid algunos compañeros comentaban de sus viajes a países extranjeros yo me preguntaba cómo sería eso de adentrarte en un territorio en el que hablaban otro idioma y tenían otras costumbres. Nunca llegué a considerar que mis viajes a la otra orilla, a Portugal, fueran distintos de mis viajes a Alicante o a Almería, por poner algún ejemplo. Yo, que muchas tardes cruzaba el río con mi familia para ir de tiendas o tomar unos pasteles en una “dozaría” nunca había ido al extranjero.

Con el tiempo y el aprendizaje los conceptos de frontera y extranjero se hicieron  más comprensibles en mi mente, aunque siguen pareciéndome igual de inexplicables.

Tal vez por este motivo, tal vez porque siendo gallego siempre me he sentido abocado a un inevitable nacionalismo provocado por la morriña y la saudade de emigrante familiar, tal vez por ambos y alguno más, cuando mis ideas político-culturales se fueron formando y conformando mi territorio sentimental  me convertí sin proponérmelo en un nacionalista absoluto, esto es: nacionalista gallego, español, europeo, del planeta Tierra, del Sistema Solar, de la Vía Láctea e incluso de este universo en previsión de que haya otros.

¿Y por qué? ¿Por qué este proceso y no un nacionalismo excluyente y cerril? Por simple egoísmo nacionalista. Estando en Madrid cuando hablaba de mi tierra con mis amigos me resultaba muy agradable que ellos compartieran, al menos en parte, las bondades que yo recordaba y sentía, me confortaba que me amparara y me abrazara ese halo mágico que presupone el concepto de gallego. Yo a mí vez escuchaba y apreciaba lo que los demás me contaban de sus tierras. ¿Cómo podría nadie aceptar la bondad de lo mío si para empezar yo solo aceptaba mi parte y hacía de menos lo de los otros?

Cuando algo se separa, cuando alguien se separa, el proceso empieza por poner en entredicho la valía de lo ajeno, de emponzoñar y conseguir pervertir la figura, el valor, la identidad misma del ya oponente e incluso enemigo. Inevitablemente las heridas inferidas en este proceso a ambas partes son tan profundas que en muchos casos acaban siendo incurables.

Escucho, y no doy crédito, últimamente a esos seres cada vez menos apreciables, cada vez menos representativos, que se dedican a la política -en algunos casos profesionalmente y de espaldas a lo que debería ser su verdadera tarea, el bien público- hablar de separaciones en términos de fronteras, de historia contada para su avío, de conceptos económicos, de agravios, de desagravios… pero aún no he escuchado a ninguno de ellos, seguramente porque ni se les ocurre ni les importa un pito ni está entre sus intereses, mencionar los aranceles emocionales, los daños afectivos, que surgen e inevitablemente se pagan en un proceso de este tipo. Incluso antes de que se tracen las fronteras, de que los muros se alcen y limiten el paisaje. Malditos sean.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Daños Colaterales (05-09-2012)


Este verano, como todos los veranos desde hace años, he jugado el torneo social de futbol sala del club de tenis de mi pueblo.  En este torneo social, cuya raigambre no llega a rancia pero si de gran predicamento entre los socios, juegan equipos de todas las edades, excepto infantiles, en amalgama más divertida que competitiva aunque todos queramos ganar y nos esforcemos para lograrlo.
Las reglas casi inexistentes –se invocan por defecto las oficiales y a veces se discute las de qué año- se aplican por consenso de los jugadores. Si a mí me hacen falta la pito y el contrario a regañadientes la admite o la discute y se acuerda entre todos si se concede o no.
Este año se ha incorporado al torneo un equipo de chavalitos de 14 a 16 años.  Un par de ellos prometían un nivel suficiente de futbol y como equipo de veteranos que somos decidimos jugar a medio gas, no es correcto que un equipo de señores de entre 30 y 50 años pueda hacerle daño a un chavalito por un exceso de pundonor, o por una entrada mal medida.
El partido se desarrolló como era de esperar con un inalcanzable, para nosotros, despliegue físico por su parte pero con dominio por parte de nuestra superioridad técnica y táctica. Nos pusimos pronto 3-0 y empezamos a dejar pasar el tiempo. Pero a principios de la segunda parte, ya cansados, en una jugada rápida marcaron un gol. Y apareció Mr. Hyde.
El líder del equipo –no lo había mencionado, el equipo jugaba con varios y el líder que tenía derecho sobre todos los balones que pudieran ser gol y ninguna responsabilidad en los errores que cometían- que era el autor del tanto salió corriendo hacia la banda, hacia un grupo de niñas de su edad, con gesto de rabia y rechazando a sus compañeros para celebrar con gestos propios de victoria de campeonato lo que no era más que un gol de pachanga. Acabada la celebración  y reanudado el encuentro ese equipo de chavales jugando un torneo social se transformó en el equipo más marrullero y antideportivo con el que yo haya jugado incluso en competiciones más serias. Daban patadas y las negaban, fingían faltas a su favor con aspavientos y gritos que invitaban al duelo por su alma… Su única obsesión era ganar, no importaba como, hasta el punto que finalizado el partido que acabó 5-2 a nuestro favor, el “liderito” se dirigió a nuestro capitán para pedirle que repitiéramos el partido porque uno de los suyos, uno de los nueve, había llegado tarde y eso había “jodido” sus posibilidades, “os ganamos seguro, os tenemos que ganar, sois unos viejos” , concluyo el personajillo con la aquiescencia entusiasta de algunos de los suyos –otros ya se habían ido hasta donde estaban las niñas-.
Juro que lo relatado ha sucedido y que no me estoy inventando algo que seguramente le sonará a todos los que siguen con cierta regularidad la liga de fútbol.  ¿Realmente queremos para nuestros hijos la influencia que ciertos niños mimados económica y socialmente ejercen desde los medios de comunicación?¿Tenemos derecho luego a quejarnos de la pérdida de valores fomentada desde el forofismo y las posiciones anti?¿Quién y cuándo le pondrá remedio? Ganar no es el fin, es una de las recompensas.