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viernes, 27 de mayo de 2016

Esperando, otra vez el Toro de la Vega

Sorpresas te da la vida, ¡ay Dios! cantaba el observador anónimo que relata la historia de Pedro Navaja, matón de esquina.
He tenido que esperar unos días para poder salir de mi estupefacción. Tantas letras criticando a los políticos, tanto quejarnos  de la incapacidad de que los españoles nos pongamos de acuerdo y resulta que va un político, o varios que al caso es lo mismo, y promueve una norma que impide la muerte de los animales en espectáculos públicos y no sé qué más, y consigue poner de acuerdo a todos los españoles.
No he leído la noticia con más detenimiento, ni con mayor interés, que el de comprobar que al fin una norma, una intervención política, ha conseguido el milagro que parecía inalcanzable. El acuerdo es en contra de la norma, es verdad, pero tampoco hay por qué ponerse exquisitos. Lo importante es el poder de convocatoria, la consecución de la unión, el hito de lo imposible.
Ha conseguido, incluso, que por una vez, y sin que sirva de precedente, las personas se pongan de acuerdo independientemente de las siglas políticas a las que pertenecen de toda la vida, de que sean de izquierdas o de derechas, radicales o moderados.
Los taurinos están en contra por aquello de que cuando veas las barbas de tu vecino cortar… y si hoy se prohíbe la muerte del toro en festejos populares mañana podría prohibirse en la lidia. Y eso, según los puristas, los autodenominados aficionados, sería el final del festejo. Como en su día lo fueron los petos de los caballos de los picadores o algunos otros cambios en los reglamentos. Y seguramente tienen razón.
Los partidarios del Toro de la Vega, casi todos oriundos de Tordesillas, porque se consideran ninguneados, perseguidos, atacados por personas externas al pueblo y a los que nadie ha llamado allí. Y seguramente tienen razón. Y además porque dada la proximidad de la promulgación con su celebración la hace especialmente oportuna y parece señalar directamente. Y siguen teniendo razón.
Y la mayor parte de los del maltrato animal tampoco están conformes porque lo que pretenden es evitar la totalidad del festejo. Pero no solo de este, no nos engañemos, si no de cualquiera que tenga relación con los animales, desde la lidia a la caza, pasando por las carreras de caracoles o las de caballos. Cualquier actividad en la que participe un animal, porque el objetivo último es la humanización de los animales (como decía aquel amigo mío: “cuánto daño ha hecho Disney”), aunque sea a costa de la deshumanización, o ninguneo, de los seres humanos. Y en algunos aspectos, los más moderados, también tienen seguramente razón.
¿y yo? ¿Tengo opinión? Pues sí, sí que tengo opinión. Yo también estoy en contra y posiblemente también tenga razón.
Estoy en contra, en primer término, porque considero que prohibir algo por norma, por decreto, no lleva más que a la frustración, a la indignación, al encastillamiento de las posturas. Prohibir solo sirve para imponer y para provocar la ilegalidad de los que estén en contra, casi todos como ya hemos dicho, y convertir en delincuentes a personas que creen defender sus derechos. Mala praxis de políticos incapaces de conducir un tema de forma equilibrada y docente.
Pero en segundo lugar también estoy en contra porque lo que más me perturbaba, y me va a seguir perturbando, del dichoso festejo no era la muerte del animal. Millones de animales mueren diariamente para servir a la cadena alimenticia de los hombres y de cualquier otro depredador cuyo alimento sea la proteína animal, la carne, el pescado… y el hecho de que un animal muera en un lance público o privado a mí no me va a escandalizar de distinta forma. Si no quiero ver morir a un animal no asistiré a una corrida de toros, que no asisto, ni a una cacería, que tampoco asisto, ni visitaré un matadero, que tampoco lo hago.  A mí lo que realmente me perturba es la tortura, el sufrimiento innecesario, de cualquier ser vivo.
Y en esta línea del sufrimiento innecesario lo que sí me indigna en algunos festejos populares, y lo que me hace posicionarme en contra de esta norma que no resuelve nada, es la crueldad, la saña, con las que ciertos individuos se conducen respecto al animal. La cobardía que ciertas actitudes reflejan de personas que usan de un ser vivo fuera de su ámbito natural, desubicado,  para volcar sus frustraciones, sus odios, sus miedos, y que los llevan a conducirse de una forma absolutamente ignominiosa.
No, la muerte, con ser importante, no es el problema, ni siquiera la muerte pública. ¿O es que una vez acabado el festejo van a devolver el animal a la dehesa? El problema es atajar con reglas claras y comprometidas el desarrollo del evento. El problema es trabajar la sensibilidad de los participantes para que, si esa es la evolución real, la fiesta desaparezca por sí misma. Esta y cualquier otra.
Eso sí, lo que esta norma garantiza, una vez más, otra vez, es que a partir de su aplicación habremos aumentado la cuota de delincuentes que hasta ese momento eran personas normales, y, seguramente, el importe recaudado en concepto de sanciones. La pela es la pela. Bueno, esto, y que los enfrentamientos, los enconamientos, la radicalización de las posturas están garantizadas.
No quiero ponerme dramático y prever una mayor virulencia de los enfrentamientos vividos estos años pasados. Espero que nadie se presente en Tordesillas a celebrar a costa de los lugareños partidarios de los festejos su victoria parcial. Espero que la puñetera e insensible norma no nos haga lamentarnos como hasta ahora no nos habíamos lamentado.

Claro que también llevo esperando de los políticos algún acto de cordura, sobre este tema y casi sobre cualquier otro, y aquí estoy, esperando sin vivir en mí.

martes, 21 de agosto de 2012

Transgresión (23-06-2011)


Ayer me levanté exquisito. Exquisito e indignado. Decidí demostrar mi indignación a las instituciones con un acto heroico e inequívoco. Sopesé todas las leyes, normas y actitudes que provocaban mi indignación con el fin de de elegir cuidadosamente una que fuera impactante y susceptible de ser mantenida en solitario. Me llevó varias horas hacer una relación no exhaustiva. Finalmente elegí una y puse en marcha la fase de preparación de infraestructuras.

Compré un cartel luminoso a pilas, unas pilas, una pizarra con encabezado de marca de refrescos, tizas, una bandeja, un par de servilleteros de plástico, servilletas de papel y cerillas.
Revisé que en mi poder estuvieran ya distintos elementos  que me hacían falta para la puesta en escena. Los tenía.

Asi que llegada la tarde elegí el texto y color del cartel. “BAR” en color amarillo fuerte –desconozco el nombre femenino exacto- rellené la pizarra con un menú del día que se correspondía con mi cena prevista y coloqué ambos en la puerta de mi vivienda, que dejé convincentemente abierta. Puse la mesa de mármol de la cocina en el salón con cuatro sillas, uno de los servilleteros  y un cenicero. Añadí un posavasos que cogí en un pub que me había gustado como recordatorio, me serví un copazo que coloqué en la bandeja y llamé a la central de denuncias de la policía del tema y a un periódico dando la dirección y el abominable acto que se estaba cometiendo.

Con todos los deberes cumplidos cogí las cerillas y un puro de una boda reciente y me acomodé dispuesto a esperar la violenta irrupción de los represores y la de los notarios de lo público.

Cuando finalmente acerqué la cerilla al puro recordé los veintisiete años que llevo sin fumar y la cobardía de fumador anónimo pudo con la indignación de ciudadano reprimido. Cerré la puerta y desmonté todo el chiringuito.

No me consta que nadie haya venido. Ni represiva ni testimonialmente, pero me hubiera gustado ser capaz de fumar. De lo que no estoy seguro es de si por el hecho en si o por la posibilidad de constatar mi vocación de mártir no cruento.