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domingo, 29 de mayo de 2016

Sin Destinatario

Hace tiempo papá que no te escribo. Hace tiempo papá que no te encuentro. Hace tiempo, tanto tiempo, que no te percibo en tu cuerpo, que un extraño te usurpa y se escuda en sonidos inconexos para que no sepamos que no queda de ti más que el quebrantado cuerpo, los ojos que ya no miran, las manos que ya no abrazan, los pies que no encuentran camino, la boca y sus balbuceos.

Hace ya tiempo papá que sospecho que el hilo de plata se quebró en algún momento y dejó atrás unos jirones de alma para que nosotros cuidemos durante el tiempo que tarde en volver y llevarse el resto.

No se papá. No sé si en algún sitio, ahí adentro, queda algo de lo que fuiste, queda algún destello fugaz del hombre que habitó ese cuerpo. Creo que no papá y no me siento mejor por ello. Ni liberado, ni más preocupado.

Solo siento que el tiempo pasa y tú estás cada vez más lejos. Perdido en un mundo que no acierto a atisbar cuando aprietas los ojos para no mirar, para no ver, incluso para no escuchar.

Hace tiempo papá que no te escribo porque la carencia de palabras en tú boca cercena las mías que ya no son más que lamento sin esperanza de encontrar oídos, añoranzas de tiempos pretéritos que entonces parecían tristes, que entonces parecían yermos.

Nunca mis cartas tuvieron un destinatario, nunca lo necesitaron. Ahora tampoco lo tienen, ahora ya no lo encuentro.

sábado, 2 de abril de 2016

Si yo tuviera veinticinco años

Cuando se tiene cierta edad, y el término cierta siempre se refiere a pila de años, y se echa la vista atrás es cuando se puede apreciar la evolución de la personalidad, la maduración de ciertas ideas y un poso de conocimiento, lo de sabiduría me parece un exceso, que te permite intuir la diferencia entre tus actos presentes y los que llevarías a cabo si a día de hoy tuvieras, pongamos, veinticinco años, año arriba, año abajo.
Si en este momento tuviera veinticinco años yo sería, casi con total seguridad, votante de Podemos. Lo tengo claro. Hoy no. Ya estoy oyendo el discurso de los que no esperan a las razones ajenas, seguramente porque carecen de razones propias: “Es que con la edad la gente se va volviendo más carca”. Bueno, no dudo que ellos sí, yo no.
Con veinticinco años yo me consideraba anarquista, vehemente, convencido, sin fisuras. Con algunos más hoy me considero ácrata, vehemente, convencido, sin fisuras, y con mucho miedo de lo que el término significa para otros. Y ahí radica la diferencia. Con veinticinco años a mí me daba igual lo que pensaran otros que pensaba yo, a día de hoy a mí me preocupa mucho lo que piensan otros que dicen pensar lo mismo que pienso yo.
Con veinticinco años yo estaba al lado, o un paso por delante, de cualquiera que quisiera cambiar el mundo, sin importarme ni los medios, ni las formas, ni las consecuencias. Con veinticinco años tenía toda la vida por delante para equivocarme y corregir mis errores, de visualizar ante una vida tan larga como sería el mundo conmigo en él, no podía ser de otra manera, y por tanto valoraba la urgencia de cambiarlo para poder disfrutar de mi sueño. Con veinticinco años las tradiciones eran cosa de los viejos, la historia una materia de estudio y España una cosa de la que hablaba Franco y nos obligaba a la fuerza. A día de hoy tengo hijos y sé que tengo que trabajar, que aportar mi granito de arena para que el mundo vaya derivando hacia el mundo que yo sueño, o, como es el caso, para evitar que el mundo vaya ciegamente encaminado hacia las peores fantasías de la ciencia ficción de los años dorados del género: Un Mundo Feliz, Gran Hermano, La Fuga de Logan… A día de hoy sopeso las tradiciones, incluso aquellas que tienen  un carácter o fondo que no comparto, analizo y valoro la historia como parte de lo que soy y España es un trozo de mundo agradable, y con considerables ventajas sobre muchos otros, en el que vivo y con el que parcialmente me identifico.
Por eso con veinticinco años yo habría votado a Podemos, o habría sido jacobino si la época hubiera coincidido, sin importarme los medios, las formas, las consecuencias, convencido de que era el camino inmediato y feliz para un cambio que ordenara el mundo. Por eso hoy en día no puedo votar a Podemos, porque no tiene una ideología formal y que pueda reconocer y actúa como una amalgama de activistas donde cada uno cree que puede imponer a la sociedad sus credos, porque hace de la provocación una forma de actuación, porque, como todos los radicales, religiosos, anti religiosos, políticos o anti políticos, consideran que destruir todo lo existente es el camino para crear un mundo más justo y más feliz. Que todo lo pasado es pernicioso o en todo caso borrable.
Porque con veinticinco años no hay nada por encima de los valores, pero con cierta edad uno ya ha visto lo que se hace con los valores, lo que la política acaba haciendo con los valores y como los dictadores se envuelven en la bandera de la libertad, y como los demagogos se camuflan como activistas sociales, y como los ávidos de poder usan las necesidades de la sociedad para su propio medraje, y entonces importan las formas, los medios, las consecuencias. Por eso yo con veinticinco años habría votado a Podemos, pero con cierta edad, con la que tengo ahora, solo comparto con ellos los valores pero no la política, o sea, las formas, los medios, las consecuencias.
Permítaseme una reflexión de ser humano con una cierta edad, con un compromiso con la igualdad, la libertad y la fraternidad, una pregunta, o preguntas, que no tiene otro fin que el de invitar a que reflexionen conmigo
¿Podemos, que ironía, borrar de nuestra memoria como sociedad, como país, todo lo que nos ha llevado a ser quiénes y cómo somos? ¿Podemos, seguimos con la ironía, edificar una nueva sociedad sin memoria? ¿Podemos superar a la naturaleza que nos ha llevado a ser mamíferos sin olvidar que antes fuimos otras cosas? ¿Podemos, a estas alturas de la vida, consentir que alguien nos obligue a pensar como no pensamos? ¿A dejar de sentir lo que sentimos? ¿A que nos prohíban lo que no nos da la gana que sea prohibido porque ellos lo rechazan? ¿Realmente podemos? ¿Debemos?
Bueno, la soberbia también es una característica de los veinticinco años, año arriba, año abajo, edad en la que la experiencia es algo que dicen tener otros y la usan para evitar que los de veinticinco años, año arriba año abajo, puedan reclamar la razón que indudablemente creen tener.
Habrá quién leyendo esto piense “quien tuviera veinticinco años”. Yo no, primero porque es una quimera, segundo porque ya los tuve y estuvieron bien y tercero, y fundamental, porque ahora tengo, disfruto y paladeo, una cierta pila de años.
Claro que siendo sincero, totalmente sincero, si yo tuviera veinticinco años sería votante de Podemos, pero ahora, con cierta edad, con la pila de años que tengo, no me siento capaz de votar a Podemos, ni al PSOE, ni al PP, ni a Ciudadanos, IU, o cualquier marea o compromiso que me salga al paso, porque ya la experiencia me dice que ninguno de ellos garantiza el cien por cien lo que yo creo que necesita la sociedad. Porque creo que son organizaciones al servicio, o al servicio del ansia, del poder. Porque creo que la disciplina de voto, que feo verbo disciplinar, es inversamente proporcional a la libertad, porque las estructuras rígidas y monocordes que son los partidos son inversamente proporcionales a las ansias democráticas de la sociedad.

Tal vez si hubiera listas abiertas… Tal vez. O si yo tuviera veinticinco años.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Día a día

Hace tiempo ya, papá, que no te escribo. Hace tiempo que no fluyen las palabras, la tuyas hace más, las mías algo menos, y se escancian en renglones de un cuaderno. Hace tiempo, papá, que la rutina de acercarte cada día a un abismo, no pone en marcha el reflejo de contarte, de contarme, de contar a quien quiera escucharlo, que cada día estamos más cerca del abismo. Hace ya algún tiempo, papá, que el deterioro que tus actos marca , que tu carencia de palabras explica, que tu declinar físico hace patente,  un día a día de rutina que no nos sobresalta.
Es la decadencia, papá, una rutina que se va apropiando del tiempo, de la vida, del alma, no solo de la tuya, papá, que en cierta forma ha volado, si no de la de todos los que, a tu lado, somos testigos de su marcha. Día a día te miramos, te evaluamos, nos alegramos de no apreciar ninguna diferencia o nos acongojamos, se nos hace un nudo interior y férreo, porque las señales  no son más favorables. Nada llamativo, papá, un gesto, una mirada, o su ausencia, una palabra, o su ausencia, que nos ponen sobre aviso, que nos dan un toque de atención, una llamada. Pero esto como digo, papá, es día a día, como día a día te asomas a mirarte, como día a día te preguntas “¿cómo estará?” por la mañana, para por la noche no saber que responderte.
Día a día, que fatal escala de tiempo que no pasa. Que fatal medida de sopor del sentimiento, de rutina. Que cruel acumulador de espacios que no parecen transcurridos hasta que mirando para atrás, en un momento, te percatas de que el tiempo sí ha pasado, de que los males, que el día a día parece ocultarte, han sucedido ante tus ojos sin que pudieras advertirlo. Día a día el deterioro va avanzando y día a día lo aceptas sin sumarlo y, pasados muchos días, día a día, te encuentras el daño acumulado. Como el discurrir de la aguja de las horas en la esfera, como el deslizar en un tobogán que no se acaba: nada se mueve, ni se para.

Hace ya tiempo, papá, que no escribía porque la rutina del mal me amordazaba. Todos los días esperando que decirte, todos los días esperando a que contaras, todos los días observando, acechando, me volvía a casa sin palabras, sin reparar en que cada día en mi retorno acumulaba una letra más, que día a día, iban conformando esta carta.

jueves, 14 de mayo de 2015

Carta Peregrina

Mira, papá, el camino enseña muchas cosas a quien lo hace dispuesto a aprender. Casi cada día, cada paso, es una enseñanza, una posibilidad de sacar provecho de la experiencia, pero la primera de las enseñanzas que debes de obtener si quieres aprovechar tu andadura es que también la vida es un camino en el que debes de aprender a cada segundo, a cada instante.
La mente se despeja especialmente cuando el camino es tendido y llano porque la automatización de los pasos y la carencia de un esfuerzo específico, más allá de la dificultad del siguiente paso, permite a la mente ensoñarse, asomarse a los problemas que el camino vital ha aparcado momentáneamente, con una cierta perspectiva, con una liberadora distancia. No por andar, no por avanzar en otra dirección o camino, los problemas desaparecen, se esfuman hartos de esperarte. No. Ahí siguen, acechando tu regreso para volver a presentarse  y hacerse una vez más cargo de tu rumbo e intentar dirigirte hacia un puerto que no es el que tú inicialmente deseas aunque a veces sea inevitable.
Cuantas vueltas estoy dando, papá, solo para decirte lo que tú y yo ya  sabemos pero que no es fácil de asumir.
Nosotros, todos, estamos inermes sumidos en un flujo de acontecimientos que no siempre dominamos y que intenta dominarnos. Y dentro de ese flujo, de ese discurrir perseverante, en ese día a día que no podemos prever ni elegir, no somos más que un cascarón itinerante y casi desarbolado con un capitán voluntarioso que cree mantener un rumbo y aspira a un puerto que espera que no sea el definitivo.
Es difícil asumir el dolor, la enfermedad, la desgracia. Es difícil, pero no existe ningún mar plano. No existe la balsa más que para los barcos de juguete. El resto de las aguas se encrespa y pasa, por momentos, del simple rizo a la mar más brava, de la dificultad de avanzar el pie para el siguiente paso a la dificultad de afianzar el apoyo en un terreno complicado.
Yo no puedo saber, papá, cual es el objetivo de que tú estés enfermo, como no puedo saber, ni entender, ni asumir, que exista un plan que pase por tu sufrimiento y el de los que te rodean. Las fuerzas ciegas no tienen plan y no pueden sacar provecho del dolor. Y si las fuerzas no son ciegas mi limitada capacidad se niega a entender que el dolor sea una necesidad, un medio complicado y objetivo, de conseguir algún fin que ahora se me escapa.
Vivimos en un permanente claroscuro, en una felicidad trufada de ignorancia, de ansiedad, de penuria y de dolor, físico, y moral además, que si se justifica con un plan último e incomprensible es difícil de asumir, pero que si no existe ese plan es una burla de dimensiones cósmicas.
¿Qué increíble dicha eterna es accesible gracias a que durante días, meses, años, tú vayas perdiendo tu memoria y te sumas paso a paso en una infancia inversa que nos lastima a todos, que nos deja lacerados por tu sufrimiento y temerosos de nuestro futuro?
¿Qué ventaja evolutiva buena para el universo se puede inferir de debatirse ante la muerte enfermo e indefenso?, ¿Qué crecimiento trascendente se produce cada vez que un pobre e insignificante individuo muere por hambre, por violencia, por enfermedad, por simple y llana vejez?
Sí, es verdad,  la dicha se aprecia más cuando se ha sufrido, pero tal vez ésa dicha, aun apreciándola menos, no necesitaría de momentos de exaltación si fuera continua y serena, como ha de serlo la eternidad.

Bueno, papá, no sigo. En realidad y dadas las circunstancias esta carta no debería de decir nada más que qué he pensado en ti mientras caminaba, o, dado que aunque la leyeras dudo que la entendieras, que se trataba de reflexionar sobre que no he dejado de pensar en ti mientras caminaba. Ni en ti, ni en mamá, ni en mi hermana, mi mujer o mis hijos, ni en nadie de los que me rodean e importan, porque el camino no es el olvido, no es la huida, el camino es, como siempre, intentar comprender que es la vida, por qué es la vida.

domingo, 25 de enero de 2015

Volveremos a empezar (si nos dejan)

Nos hemos convertido en una sociedad mediocre. Acobardada, servil y mediocre. Y no me estoy refiriendo a la sociedad española exclusivamente aunque sea la que tengo más presente, me estoy refiriendo a la sociedad occidental en general que está culminando un camino de varios siglos en los que, salvo hechos puntuales, se ha ido refugiando en un adocenamiento inducido por la cesión del individuo hacia las instituciones.
El individuo, armado de sus números  (de cuenta, de identificación, de acceso a la sanidad, de matrícula laboral, de teléfono,…) se va diluyendo en medio de unas estructuras de poder inicialmente diseñadas para resolver los problemas comunes y que con el tiempo se han ido convirtiendo en voraces organismos fuera del control ciudadano en el mejor de los casos cuando no en causa directa de los mayores problemas del mismo.
Es inconcebible que convivamos con normas y leyes dictadas en nuestro favor (póngase el tono ironía activo) que todos sabemos puramente recaudatorias y coercitivas y no seamos capaces de obligar a sus promotores a retirarlas avergonzados de forma fulminante. No, no solo no las retiran y nos piden perdón, si no que con la cabeza alta y la soberbia de quién se considera por encima de sus administrados nos enumeran una lista infinita de pretendidas ventajas para nosotros.
Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado. Más allá de la justicia o la razón, más allá de la equidad o idoneidad de la aplicación de las normas, la administración persigue al ciudadano hasta límites intolerables, moralmente reprobables, bordeando la ley hasta su aplicación fraudulenta e interesada.
Así que el ciudadano asiste entre el pasmo y su incapacidad de una reacción acorde a su indignación a su continuo despojo, a su permanente indefensión, al pisoteo sistemático de sus derechos individuales desde las diferentes administraciones -¿Por qué tener un expoliador si podemos tener varios y que se escuden unos en otros?- o desde grandes corporaciones protegidas por las leyes que les permiten actuar de forma lesiva e injusta sin otro derecho que el de la coacción de suspender un servicio básico ante cualquier posibilidad de resarcirse o rebelarse que el ciudadano de a pié pueda tomar.
Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado. Son intolerables los personajes que medran al amparo de estas normas, de estas leyes, y que añaden a la vejación de su aplicación la insultante, muchas veces, actitud personal de inquisidor, la altiva confrontación de quien se cree con una superioridad e impunidad que insulta, que veja, que condena a quien le paga aún antes, sin ni siquiera haberlo escuchado.
Es un fraude de ley la presunción de veracidad que permite gravar y/o condenar a un ciudadano sin otra prueba que la denuncia de otro ciudadano al que se le concede tal privilegio por motivos de mayor facilidad condenatoria. Es un fraude de ley que reconocida la presunción de inocencia en la constitución el ciudadano tenga que demostrarla ante cualquier conflicto con la administración o funcionario o personal asimilado y no estos su culpabilidad. Baste su palabra
Es fraude de ley utilizar los plazos y recursos de la administración para dejar indefenso, sin capacidad de reacción al ciudadano, pero tanto la administración central, como las administraciones autonómicas, como los ayuntamientos lo hacen sistemáticamente sin que nadie parezca dispuesto a intervenir o capaz de ponerles coto.
Es fraude de ley, pero su aplicación es permanente, que las leyes y normas se utilicen con un fin diferente de aquel para el que fueron aprobadas.
Es fraude ciudadano que alguien pueda ser condenado por lo mismo que otro sea absuelto, baste cambiar de juez, de ayuntamiento o de comunidad autónoma.
Es fraude de ley que una ley no tenga otro objetivo que despojar a un ciudadano de una parte o la totalidad de los bienes sin pararse en su justa aplicación moral ni en las consecuencias  económicas o laborales para el condenado.
Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.
Y es que en apenas dos siglos el habitante de los países occidentales en general ha sufrido una imparable mutación de ciudadano en contribuyente y  de contribuyente en paganini. Tan imparable e indeseada mutación amenaza con no dejar las cosas así y convertir al paganini actual en un aborregado esclavo de un gran hermano, insospechado por su origen para Orwell en unos casos y exacto en otros, que ya claramente asoma las orejas.

Balad, balad hermanos, con las papeletas en las manos.
Elegid, elegid con esmero quién os quitará el dinero.
Bailad, bailad los triunfos de los que os van a despojar.

Y después de cuatro años, volveremos, volveremos a empezar. (Si nos dejan).

domingo, 23 de noviembre de 2014

Una Triste, Una Castrante, Una Interesada Indiferencia

Las cosas cambian y no precisamente para bien. Tampoco es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor, no, pero tengo la sensación de que nuestra forma de entender  el mundo, eso que pomposamente llamamos civilización, está en un declive imparable.
Y no lo digo por los problemas económicos, que si, ni por los problemas éticos, que también, ni siquiera por los problemas bélicos, lo digo porque la constante intoxicación, el recorte de libertades y derechos, la manipulación política y la crisis de valores inducida por una educación interesada en formar borregos en vez de personas, hacen que sea previsible una caída al lado de la cual la del imperio romano no fue si no agacharse a coger una flor.
¿En qué foro internacional me he documentado? ¿De qué grandes expertos beben mis opiniones? De la calle, de la comparación del mundo que viví con el que vivo, de la percepción de un deterioro sordo, de un desánimo que va creando incomodidad, de un cabreo subyacente que antes o después tendrá que reventar por algún lado y, como siempre que revientan las cosas, que dios nos pille confesados.
Pero como el movimiento se demuestra andando voy a poner un ejemplo de lo que intento explicar. Si quien lee esto se toma un poco de molestia en verificar mi ejemplo comprobará que al mismo nivel popular, callejero, cotidiano hay muchos más.
Recuerdo que en tiempos de mi niñez, finales de los cincuenta, principios de los sesenta, mi abuela, y mucha otra gente humilde, tenía su pobre de cabecera, un señor que una vez al mes se pasaba por la puerta de su casa y recibía una dádiva, alguna vez en especie, las más monetaria, que nunca era excesiva. Mi abuela le preguntaba por sus asuntos, charlaban un par de minutos y este señor se despedía hasta el mes siguiente. Era un pobre reconocido, esto es con reconocimiento de pobreza e imposibilidad verificada de poder trabajar para ganarse la vida. Por aquél entonces no existían los beneficios sociales ni los sueldos de inserción y a los pobres se les llamaba así, pobres o mendigos y no “jomeles” por si se ofendían.
Corrían ya mis treinta años, o sea los ochenta del siglo pasado, cuando en una esquina de Serrano con Victor Andrés Belaunde de Madrid abría diariamente su despacho un mendigo, y lo nombraré a él por poner un ejemplo pero había muchos más, que se acercaba al coche con un cubito de playa, que si llovía se ponía en la cabeza, y me comentaba su necesidad de ropa o de pagar el alquiler de una habitación, o me invitaba a un café, que por supuesto pagaba yo, o me comentaba sus visones de posibles negocios lucrativos, y siempre, siempre, con una sonrisa, una frase ingeniosa o dándote unos panfletos en los que como enviado de la confederación de planetas analizaba “en profundidad” los males de la sociedad y pronosticaban la pronta e imprescindible intervención de la civilización extraterrestre en la que él sería reconocido como enlace y elegido.
Nunca vi que nadie sintiera la necesidad de subir las ventanillas, poner el cierre de seguridad ni ninguna otra acción evasiva con respecto a este buen hombre.
Una vez, estaban cercanas ya las navidades, me comentó que sería un buen negocio vender unos décimos de lotería mientras “paseaba por su esquina”, como él solía decir. A la semana siguiente le llevé un par de billetes y se los di para que los vendiera. Al cabo de unos días me entregó el dinero de los billetes y “mi parte” de los beneficios que yo recogí sin rechistar y que le di como aguinaldo al día siguiente porque sabía que él se sentiría orgulloso de haber hecho un negocio, y también lo suficientemente necesitado como para no rechazar “mi parte” devuelta no como renuncia a mi participación si no como donativo a su labor como “enviado”. Pocos meses después dejé de verlo y me lo encontré por casualidad en otra esquina diferente. Me contó que las cosas se estaban poniendo chungas, que había gente nueva muy rara y que su “trabajo” se estaba volviendo peligroso. Ya no volví a verlo.
Desde entonces a aquí raro es el semáforo en el que no te sientes asaltado, intimidado moralmente, y en ocasiones casi físicamente (peor si eres mujer), agredido por una ingente turba de pretendidos indigentes que, de malos modos en muchas ocasiones, pretenden coaccionarte para que compres algo inútil, te dejes hacer una limpieza innecesaria de cristales, pagues por escuchar un ruido generado por un instrumento musical, o simplemente dejes alguna moneda. No me llegaría el sueldo de un mes para recorrer Madrid durante un día si accediera a todas las pretensiones. No me llegaría toda mi capacidad moral de sufrimiento si pensara que todos ellos son verdaderos necesitados. No me llega toda la rabia del mundo cuando veo ciertas actitudes rayanas, cuando no ciertamente insertas, en el delito ante la absoluta pasividad de los agentes del “orden” ocupados en otros menesteres más lucrativos para los administradores.
Hace ya años paseando por Goya con mi familia, encerrado en mi cápsula de proximidad familiar, algo llamó mi atención. Una señora mayor sentada en un banco parecía pedir, como una pedigüeña más, y como a una pedigüeña más mi mirada la había borrado del paisaje al pasar, pero algo debió de llamar mi atención, no sé el que. Salí de mi capsula y me volví. Era, efectivamente, una pobre señora, bastante mayor, con carencias físicas y apenas un hilillo de voz, que pedía que alguien le parara un taxi. “Si yo llevo dinero, pero no me atrevo a salir del bordillo para pararlo”. Le paré un taxi y la ayudé a subir. Nunca me he sentido más miserable, más inhumano, más triste, suponiendo lo que nos espera.

Alguien debe de estar trabajando en nosotros para provocarnos una triste, una castrante, una interesada indiferencia hacia nuestros semejantes. Y con éxito.

jueves, 5 de junio de 2014

Esquizofrenia General

Recuerdo que hace tiempo alguien me dijo, y me quedé con la copla pero no con el cantante, que ser civilizado es pasar frío en verano y calor en invierno. Y me quedé con la copla porque la frase me pareció ocurrente sin profundizar en más. Es cuando menos gracioso comprobar como los empleados de los edificios inteligentes tienen que ir abrigados en pleno bochorno estival y prácticamente en manga corta, o sisas, mientras nieva en la calle. Y si esto sucede en nuestros inteligentísimos edificios no digamos menos de nuestras riquísimas familias que ponen la calefacción a tope, o el aire acondicionado, en vez de abrigarse algo más o utilizar el abanico según las circunstancias.  Yo aún recuerdo con nostalgia aquellas noches infantiles de mesa camilla, brasero y parchís con los pies ardiendo y el culo helado, o aquellas tardes madrileñas en casa de mis tías en las que todos nos apretábamos en la cocina donde el fogón, si, uno de aquellos mixtos de leña y carbón, calentaba la estancia y salir al baño era sentirse como Amudsen, solo y atrapado por los hielos.
Así que analizada con calma y algo más de profundidad la frase pasa de ocurrente a cínica e incluso a dogma definitorio de la tendencia de la idea actual de civilización. El hombre siempre añora lo que no tiene y si además es caro y exclusivo pagará lo que sea por conseguirlo. Porque esa es otra, toda esta necesidad de estar delgado después de engordar desmesuradamente, de ponerse una chaqueta mientras en la calle se suda la gota gorda o ir en camiseta y pantalón corto mientras afuera nieva, tiene un precio, caro, muy caro, y una consecuencia.
El precio no es solamente monetario, el precio no es solamente hacer frente al recibo correspondiente y acatar el permanente abuso de empresas, de macroempresas, enriquecidas a la sombra de unas necesidades creadas que arrastran consigo, que se apropian y cobran como artículo de lujo, necesidades básicas, energía, agua, comunicación, alimento, vivienda, no. El precio es también hacernos reos, cómplices de la explotación a sectores de población del mundo menos favorecidos en el reparto. El precio es sin duda mirar para otro lado y seguir derrochando mientras a nuestro alrededor, apenas un poco más allá del horizonte, o a la vuelta de la esquina, la gente se muere de necesidad.

Y la consecuencia es vivir, desarrollar, contribuir a una sociedad esquizofrénica, una sociedad enferma donde lo propio prima sobre lo colectivo, donde la razón es mi razón, donde como en aquella vieja canción de Desde Santurce A Bilbao Blues Band el marqués se ponía ciego de ostras y pellizcaba a una camarera en un coctel, eso sí, a beneficio de los huérfanos y los pobres de la capital. “Ande yo caliente y ríase la gente”. Caliente, helado, obeso o millonario, da igual. Ande yo sobrado y a los demás que les den. Por supuesto sin dejar de reclamar justicia, empleo, beneficios sociales, derechos de los animales o cualquier otro detergente para la conciencia que tengamos a mano. Pero pedírselo a los demás, eh?, a los demás y para mí y para todos mis compañeros. Pero para mí el primero. Pues eso, esquizofrénicos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Sobre el cerebro

Comentó en mi entorno alguien en estos días que el hombre no acabaría su evolución hasta que consiguiera que sus dos hemisferios cerebrales fueran un único cerebro. Esta división y su bajísimo aprovechamiento eran los desafíos pendientes para un hombre, para un ser humano, realmente evolucionado.
En estas andaba yo pensando que con la actual formación, que con la actual voluntad política de malformación, difícilmente llegaríamos al cerebro único, antes bien llegaríamos a la atomización neuronal que garantizara a cada partido una zona de nuestro dividido cerebro, cuando mi amigo Antonio, Antonio Zarazaga al que ya he mencionado en otras ocasiones, me explicó con esa facilidad suya para hacer comprensible lo inexplicable, que en realidad tenemos tres cerebros, hijos de la evolución –aún discutida por los creacionistas “literales”- que el ser humano ha ido sufriendo.
Resulta que tenemos un cerebro que pertenece a nuestra época de reptiles, de ahí que se le conozca como reptiliano, que es el más básico y que atiende y entiende de los instintos, de la supervivencia, de la acción-reacción, sin pararse en emociones ni conocimientos. El ataque, la huida. En este cerebro se procesan los estímulos de masas, los temores, los condicionamientos, las reacciones viscerales. El entrenamiento militar, el adoctrinamiento ciego, las conductas inducidas tienen cabida en este cerebro. Tirando un poco de maldad, poco, ya se me ocurre un alto porcentaje de personas que no han desarrollado ninguno de los otros dos.
Los otros dos cerebros, el límbico o inconsciente emocional y el neo cortex o racional consciente son, por este orden, consecuencia de la evolución del hombre hacia la supuesta inteligencia. Aquí se justifica claramente mi pequeña maldad. Y si no piense en su última junta de vecinos, pleno municipal o sesión parlamentaria. Pues eso, reptilianos puros hay a manta.
Y como soy tan dado a utilizar mi cerebro, la suma de los tres, en modo digestión de herbívoro no he podido evitar pensar que alguien nos está tocando los reptiles. Que desde hace unos años, muchos, para acá los acontecimientos, esos llamados grandes o mundiales, no son otra cosa que catástrofes para cuya solución o prevención hace falta una sistemática renuncia a los derechos individuales o a los beneficios sociales ya conseguidos. Inexplicablemente cada paso adelante conlleva dos pasos atrás. Sufrimos un ataque terrorista y toooodos entendemos que en aras de la seguridad debemos de ser más sospechosos y que se nos registre y se nos espíe para evitar que nos maten. Hay una crisis financiera, yo hablaría de un latrocinio descarado, y tooodos permitimos que nos recorten los beneficios sociales, protestando, pero lo permitimos, para poder salir mucho más pobres e indefensos ante unos estados cada día más poderosos, ladrones y prepotentes. Se me viene a la memoria el dicho: “Dame pan y llámame tonto”
¿Y como lo consiguen?, pues eso, tocándonos los reptiles. Te provoco un miedo, un problema, y a continuación te doy la solución que te tranquilice. De paso has perdido varias cosas en el camino, pero tu reptil, o más bien, tú, reptil, estás defendido y puedes dedicarte a seguir mis intereses con menos derechos.
Que conste, yo estoy ya hasta los mismísimos, reptiles, de que me toquen los ídem y hasta donde den mis fuerzas he decidido tener mi reptil desconectado.
Me niego absolutamente a creerme nada de lo que me cuentan ni a creer en la buena voluntad de mis pretendidos salvadores. Me niego con rabia, con vehemencia, desde mi neo cortex ansioso, a seguir siendo manipulado y títere de intereses que ni siquiera me interesan. A seguir siendo esclavo remunerado, peón prescindible, de una partida a cuyos jugadores sin rostro, sin rastro, sin emoción, pretenden que sirva ciegamente. Desconecto.