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domingo, 27 de enero de 2019

Guatebuena o guatemejor


Asombra cada vez más esa capacidad desarrollada por algunas personas para leer lo que ellos quieren leer sin pararse ni un ápice en leer lo que realmente dice un texto. Y además se permiten discutir con el autor en base a lo que dicen haber leído sin dar ninguna credibilidad a lo que evidentemente dice el texto en cuestión.
Es obligación de todo el que escribe hacerlo con las palabras correctas, con la precisión de un ingeniero y la claridad de una ventana sin cristal, para cerciorarse de que lo que dice se corresponde con lo que quiere decir. Pero aun así habrá quien lea algo diferente a lo escrito. Y no hablamos de las lecturas entre líneas que algunos escritores cultivan, cultivamos, con esmero, no, si no de la interpretación absolutamente errónea del texto principal.
Es verdad que casi siempre estas posturas se corresponden con querencias ideológicas, casi siempre, que llevan a interpretar todo con el simplismo de lo bueno y lo malo.
Sin comerlo ni beberlo, sin ni siquiera pretenderlo, un escritor puede pasar de fascista irredento a rojo de mierda en el tiempo en que ciertos lectores tarden en leer el título de artículos que defienden lo mismo con distinta argumentación. Basta con que la postura no sea totalmente coincidente con los patrones de pensamiento aceptados en ese momento por el movimiento ideológico, o partido, al que el lector esté adscrito.
Me ha pasado recientemente con un artículo sobre la situación venezolana, en el que pretendía comentar la falta de información veraz con la que nos movemos y el cuidado que hay que poner en dar por bueno algo que, desde la distancia, puede parecer coincidente con nuestra forma de pensar pero sin dominar el entorno en el que se produce, ni las circunstancias.
Soy un convencido que el personajillo que dice gobernar Venezuela en nombre de los intereses que sea, y que él y los de los intereses sabrán, es un cáncer totalitario de los que hacen todo el daño que pueden antes de ser extirpados, no tienen cura, y que por tanto mi postura es absolutamente reprobatoria.
Pero también recuerdo que antes de Chavez Venezuela no era un paraíso para el pueblo en general, aunque si para una oligarquía feroz y acaparadora. ¿Puedo desde aquí presuponer que el señor Guaidó, que en principio tiene mayores simpatías para mí que Maduro, no va a representar a otros intereses, de otro signo o nacionalidad, que no sean también perjudiciales para los pobladores de aquel país? Pues no, no lo puedo presuponer. Ni la historia ni lo poco que sé del nuevo presidente venezolano me invitan al optimismo de pensar en un país libre de las garras extranjeras y donde la sociedad sea igualitaria y se beneficie de sus riquezas. No puedo, imposible. ¿Quiere esto decir que prefiero que siga Maduro? Ni de broma. Sus bufonadas permanentes me llevan de la vergüenza ajena a la incredulidad, del bochorno a la conmiseración por los gobernados, y a la indignación. Solo un muñeco articulado puede ser tan nefasto y gobernar.
Cuando uno está en lo peor, y posiblemente Venezuela lo está o lo roza, cualquier otra cosa es mejor, pero a veces lo mejor es enemigo de lo bueno, y eso si me preocupa.
Como me preocupan, y mucho, los apoyos recibidos por el señor Guaidó. Pienso que si yo recibiera el apoyo a mis ideas de Trump o de Bolsonaro, abriría con carácter de urgencia una honda reflexión sobre mis ideas, con la esperanza de que ellos estuvieran equivocados al apoyarme.
En fin, que cada uno lee lo que quiere o lo que su mente le permite. Espero que esta vez mi reflexión se entienda un poco mejor que la anterior.  Al menos por parte de los que a la hora de leer, de charlar o de debatir, usan la plantilla ideológica para poder posicionarse, y de paso posicionar a los demás que es lo que más les divierte y satisface.
Venezolanos, mucha suerte, la vais a necesitar suceda lo que suceda, y, sobre todo, no cejéis en la lucha por conseguir un país libre, igualitario y justo.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Francisco I El Paseado

Me resulta difícil saber ante ciertas actitudes si se deben a una inteligencia que supera en mucho a la mía limitada o si son fruto de una estupidez soberana. También queda la opción cíclica, esa que sostiene que los extremos se confunden y que en este caso casi haría imposible discernir entre una jugada maestra y una contumaz majadería. Y el problema es que argumentos sobran para sostener ambas premisas, y ambas premisas se sostienen contemplando el bochornoso espectáculo al que nos encontramos expuestos sobre este tema.

Es difícil no pensar que la popularidad del dictador estaba tan en declive, que, salvo algunos nostálgicos de tiempos pretéritos muy entregados a la causa, muy pocos, muy de vez en cuando, nadie visitaba la tumba que en un lugar apartado de la sierra contiene los restos del personaje en cuestión. Tan en declive que seguramente era incómoda para aquellos que necesitan de muleta y engaño para hacer ver a los demás un posicionamiento político que son incapaces de desarrollar salvo con gestos que no tiene otra trascendencia que la de su exhibición pública. Ahora la semi olvidada tumba, y todo su entorno, ha reverdecido sus viejas glorias visitantes y recibe alborozada a leales de toda la vida y curiosos de la última hora que visitan por igual el enterramiento o el juzgado donde van a pasear al último popular encausado.

Mi duda, respecto a la jugada y su conveniencia, no es su eficacia para adictos a la ideología, sean de la promotora o de la contraria, ni siquiera su repercusión, previsible para los mismos, no, mis dudas están en la falta de previsión respecto al desarrollo de la historia, la falta de previsión o la eficaz planificación. Hace ya cinco meses largos que Pedro Sánchez y su gobierno tomaron las riendas, es una forma de hablar, del país. Hace ya cinco meses largos que hicieron de esta medida santo y seña de sus compromisos con “el pueblo”.

Y cinco meses más tarde aún no sabemos ni cuándo ni a donde irán a parar los restos del redivivo, al menos mediáticamente, dictador. Cinco meses más tarde lo único que han logrado es que no haya día en el que no haya algo distinto, nuevo me parece un exceso, que comentar sobre el tránsito, el pretendido tránsito, del nefasto personaje. Afortunadamente no tiene posibilidad de presentarse a las próximas elecciones, o sí, porque le estarían haciendo la campaña gratis. Removiendo sin curar, agitando sin parar, paseando sin lugar.

Malo sería que el dictador acabase en un lugar más emblemático y accesible para sus adictos, malo y casi inevitable ya que no sé cómo se podrá evitar que la familia decida hacer uso de su legítima propiedad.

Pero de lo que no cabe duda es de que mientras hablamos de la diaria y virtual, de momento, itinerancia de un cadáver de hace cuarenta años no nos preocupamos de tantos temas que nos son necesarios en la actualidad. Y eso sí que es bueno para un gobierno instalado en eludir sistemáticamente la realidad.

  • -          Nada sobre la reestructuración de la justicia.
  • -          Nada sobre una sanidad más eficaz.
  • -          Nada sobre la imprescindible reforma de la educación.
  • -     Nada sobre un reparto más justo de la riqueza salvo el consabido recurso de subir los impuestos y hacer más pobres a los más pobres
  • -          Nada sobre la reforma de la ley electoral que devuelva el control a los ciudadanos.
  • -      Nada sobre la solución a los problemas territoriales que ante la dejación gubernamental se enroca, se crece y se hace más fuerte.
  • -          Nada sobre unas elecciones que devuelvan un gobierno fuerte, eficaz y capaz.
  • -   Nada sobre la asunción inmediata de responsabilidades ante hechos que suponen el desprestigio y cuestionan la integridad de los miembros del gobierno, empezando por el propio presidente.
  • -          Nada de nada
  • -          Nada de nada de nada


Y ante esta nada tenemos una oposición ineficaz, un cadáver itinerante, unos socios de gobierno indeseados y una vicepresidenta del gobierno más digna del forofismo de un equipo de fútbol que de un equipo de gobierno.

Pero esto es España. Forges ha muerto y nos hemos quedado sin motoristas. Y para colmo nuestro ancestral apego al toreo nos hace entrar a la muleta sin pararnos a pensar que nos están toreando. Es más, seguramente somos el único toro que aplaude y jalea al torero, y olé.

De todas formas no nos preocupemos, mientras Francisco I “El Paseado”, no encuentre acomodo definitivo para sus huesos tampoco nosotros encontraremos de nuevo nuestra preocupación por las medidas necesarias. ¿Quién necesita conciencia actual pudiendo hablar de memoria histórica?

¿Y cuándo encuentre acomodo? No, claro, después tampoco. Ya encontraremos otro cadáver que pasear.

sábado, 24 de marzo de 2018

Cuncta fessa

Esta es la frase con la que Tácito, el historiador romano, resumía los hechos por los que la República romana había permitido a Octavio Augusto proclamar el Imperio con él a la cabeza. Esta es la frase con la que en muchos periodos de la historia se podría explicar cómo el populismo, las malas gestiones,  el liderazgo de los mediocres, la radicalización de las minorías, las excesivas presiones sobre la mayoría de la población que ve formarse una sociedad que no se corresponde con sus ideas, llevan a la renuncia voluntaria a los derechos por parte de las gentes y a otorgar el poder a formaciones políticas de tipo dictatorial. “Todos cansados”, todos hartos de que se nos convoque cada cuatro años para luego legislar y gobernar de espaldas a nuestras aspiraciones.
Todos cansados, hasta las narices, de minorías que imponen su criterio llevando hasta el ánimo popular una sensación de hastío y no pertenencia que les hace mirar con añoranza hacia sociedades más férreas, de criterios absolutistas. Porque una cosa es la evolución y otra la involución.
Todos cansados, desmoralizados y furiosos, viendo como en el tablero político se juegan partidas que a los que somos de a pie nos importan un ardite. Viendo como siempre hay excusas para recortar los derechos individuales, para abandonar a los débiles y a los necesitados, para aplastar a los que intentan denunciarlo, para marcar con mayor rigor la frontera entre potentados y necesitados, para enfrentar con cualquier excusa y evitar reivindicaciones que realmente sean necesarias.
Todos cansados, tristes, incrédulos, observando una pretendida oposición al poder que hace todo lo posible porque este se perpetúe. Que lejos de aportar posibles soluciones reivindica la creación de nuevos problemas. Que lejos de representar a la gente de la calle, sus cuitas, sus anhelos, sus aspiraciones, pretenden imponerle otros que ellos no desean.
Todos cansados, introspectivos, desesperanzados, observando entre la desidia, la ironía y el viejo germen de lo que nadie desea desear, como nos escamotean día a día la libertad, la justicia, la equidad, la fraternidad, el pasado, el presente y el futuro sin que encontremos los resortes para evitarlo. Los resortes para devolverles sus engaños, sus mentiras, sus palabras huecas o retorcidas y sumirlos en el pozo de la ignominia de donde nunca deberían de haber salido.
Cuncta fessa. Todo es cansancio. Todos cansados.
No hace falta un Tácito para entender lo que está pasando. No hace falta ser una gran analista para comprender como nos están llevando a unos contra otros, diviendiéndonos en facciones controlables, mediante ideologías, mediante banderas, mediante canciones, para que no podamos tener la fuerza imprescindible para plantarnos y decir basta. Basta¡, Baaastaaaa¡¡¡
Todos cansados, entregados. Entregados con fatalidad a lo que acontece. Entregados con ceguera a fanatismos alienantes. Entregados con furia unos contra otros. Entregados desde nuestra más incipiente educación a ser títeres incapaces de un pensamiento libre e independiente.
Fessa sum.  Fessi sumus.  Cuncta fessa. Hasta que alguien, dentro de no mucho, sea capaz de recoger todo ese cansancio, toda esa desazón y llevarla por un camino indeseable, indeseado, intolerable, pero libremente elegido por todos los abandonados, ignorados, resabiados, hartos, de este mundo.
Cuncta fessa, el que avisa no es traidor.

domingo, 4 de junio de 2017

Historia de un capullo (I)

El siglo XX empezaba a desgranar los años correspondientes a la década de los sesenta cuando una generación, la mía, que venía de una post postguerra nacional y una postguerra mundial, empezaba a sentir en su piel la adolescencia. Eran años un tanto oscurantistas en un mundo que se sentía viejo, raído, incapaz de saber que le había pasado y mucho menos capaz de asomarse a un futuro que el régimen, en España, pintaba en colorines con los planes de desarrollo, pero que la población solo desarrollaba, a nivel de la calle, en tipos que podemos recordar gracias a películas geniales como “El Verdugo”, “Historias de la Radio”, “El Cochecito”, “Plácido” o “Bienvenido Mister Marshall”. La vida cotidiana, según la versión oficial, se componía de tipos pueblerinos de folclorismo rancio, toreros, paletos de ciudad, señoritos de medio pelo y señores de alta alcurnia, con algunas pinceladas de burguesía emergente.
Vivíamos en un mundo de prohibiciones por nuestro bien, todo estaba prohibido, hasta jugar. No se podía jugar al balón, montar en bicicleta o pisar el césped en los parques. No se podía poner música, salvo clásica o saetas, en tiempos de Semana Santa. No se podía besar en público salvo en las estaciones o aeropuertos, donde la oficialidad se mostraba más permisiva con las efusiones propias de las bienvenidas o despedidas. Como siempre la picaresca funcionaba y había dos colectivos de población, los taxistas y los novios, que conocían la dedillo los horarios de trenes y camionetas, porque entonces los autobuses que iban a los pueblos y otras ciudades se llamaban camionetas o por el nombre de la compañía: el Auto Res, el Castromil, los Alsina…
Los taxistas lo hacían con el sentido profesional de acarrear pasajeros que necesitasen de sus servicios, pero los novios no tenían otro fin que el de participar y extender el contacto de sus cuerpos y bocas por varias llegadas o partidas que hiciesen tolerables sus apenas pecaminosos achuchamientos. Por aquellos tiempos la española cuando besaba, era que besaba de verdad. Un beso pasaba por una declaración formal de buenas intenciones futuras, o sea matrimonio, y presentes, o sea noviazgo, aunque muchas veces esas intenciones no pasaran del primer alivio.
Pues eso, que eran tiempos oscuros, tiempos de miedos, de pecados, de tenebrosos ejercicios espirituales y de adhesiones inquebrantables a un régimen que entendía que si la adhesión era quebrantable también podía ser quebrantable cualquier otro derecho del individuo, o el individuo mismo. Tiempos de censuras, de secuestros de prensa y de obreros y estudiantes que volaban, o al menos eso se comentaba porque siempre que la policía disparaba al aire mataba a alguno. Cosas veredes amigo Sancho.
Decir que éramos infelices sería de una inexactitud culpable. Los niños, los adolescentes, los jóvenes, siempre encuentran la manera de ser felices, característica que pierden con el paso de los años. Éramos felices a nuestra manera, éramos felices a pesar y sobre la prohibición general y castrante que pesaba sobre una sociedad aún en estado de choque tras su desafortunada experiencia. Éramos felices corriendo delante de los “grises” y comparando marcas. Éramos felices descubriendo el sexo bajo el pretexto de encontrar el amor. Éramos felices porque esa era nuestra vocación y nuestra determinación.
Y aquellos niños que empezaban a cambiar la voz dentro de una crisálida que la sociedad oficial y los poderes dominantes se negaban, no ya a permitir que rompiera, si no ni tan siquiera a reconocer que existiera, empezaron a tomar consciencia del mundo en el que vivían, empezaron a percibir que fuera de la crisálida el color invadía las calles, las carnes visibles invadían las playas y la música hacía vibrar el aire con compases de libertad y de cambio. Y al tiempo, y aún dentro del capullo, empezamos a buscarnos unos a otros y a reconocernos.
Sí, aquellos niños, aquellos rapaces, educados en la represión, en el miedo, en la abstinencia de las carnes todas, en la unidad de destino en lo universal, empezamos, como en el mito de la caverna, a sospechar, a atisbar que había otro mundo posible fuera del capullo en el que la sociedad se debatía entre el gusano que fue y la mariposa que pretendía ser.
Todo cambiaba a nuestro alrededor y en el mismo NoDo asistíamos a los actos oficiales de los capitostes correspondientes, lo que fue, y la eclosión de extranjeras en bañadores cada vez más exiguos y en, válgame diós, bikini, que querían representar esa libertad añorada y deseable. Y la música, y la llegada de los primeros hippies y sus mensajes de amor libre, de libertad individual, de igualdad entre sexos, de pacifismo y de tolerancia.
Sí, es posible que aquel movimiento tampoco fuera exactamente perfecto, que adoleciera de clasismo y de fuerza para asentarse definitivamente y hacer que sus flores, sus psicodelias y sus colores se constituyeran como una opción a la agobiante infinitud de matices de gris oscuro que representaban al poder del momento.
Es verdad que vivíamos en el permanente sobresalto de una guerra atómica, en el límite intangible de la condena eterna, en el vértigo irrenunciable de crear una sociedad nueva, distinta, de logar que al romper el capullo la luz no viniera solo del exterior, si no que de ese interior umbrío y claustral surgiera una nueva luz, una luz de esperanza y de necesidad de felicidad.
Brotaron los cantautores que cantaban a los poetas, que eran ellos mismos poetas, que nos marcaban hitos, objetivos, esperanzas, que nos advertían de tropiezos y fracasos, que nos marcaban caminos que reclamar para los nuevos pasos. Nos contaron que Jesucristo era el primer hippie y que no habíamos entendido nada de su mensaje. Nos acunaron con el rock’ roll y la canción protesta. Y escuchamos en nuestro interior un mandato nuevo: pensad por vosotros mismos, pero pensad para bien. Pensad al margen de lo que os digan y buscad los caminos en los que podamos transitar todos unidos.
Y muchos, los de esa generación, los de algunas generaciones anteriores, los de algunas generaciones posteriores, creímos entender el mensaje, creímos en el mensaje, y al romper el capullo nos lanzamos sin complejos a crear una sociedad nueva. Claro, había de todo. Desde los que querían preservar todo lo existente a los que querían destruir cualquier vestigio de lo que hubiera sido. Desde los que amenazaban con la destrucción a los que destruían sin siquiera amenazar. Y entonces, formaron bloques. Entonces levantaron muros ideológicos y físicos y nos explicaron que solo al amparo de esos muros estaba la verdad y la libertad, siempre la suya, por supuesto.
Muchos se refugiaron en los muros intentando encontrar alivio a la inseguridad que un mundo en libertad les producía. Otros nos enfrentamos al pastoreo, al pensamiento y las verdades colectivas y elegimos el camino en solitario, pero todos, unos, otros y aún los de más allá, contribuimos a recoger un mundo dividido entre hombre y mujeres, entre comunistas y capitalistas, entre buenos y malos, entre normales y anormales, y abrir la posibilidad a un mundo de matices, a un mundo donde la tolerancia no era un pecado sino una necesidad de convivencia, donde la fraternidad podía desarrollarse sin fronteras, ni físicas, ni morales, ni sexuales.

Pero, a día de hoy, mirando alrededor, ¿qué queda de aquellas mariposas? ¿Qué capullo intenta eclosionar? ¿Hacia dónde nos están llevando? Continuará.

viernes, 3 de agosto de 2012

Una Vez Y Otra Vez


Por diversas circunstancias entre mis vivencias figura el haber conocido y tratado fuera del mundillo de la política a líderes de formaciones de todo signo, desde la derecha más extrema a la más extrema izquierda pasando por todos los laterales y por todos los desplazados centros.  Del centro, centro,  - algo así como ser de Pinto pero en política- no he conocido a nadie. No sé si el problema es estadístico, ideológico, o de que andamos todos algo descentrados en los últimos cinco mil años.
Pero al tema. Todos estos personajes, algunos de cierta relevancia, siempre han sido correctos en el trato, inteligentes en lo tratado y firmes pero sensatos en sus planteamientos, incluso aquellos de los que siempre he pensado: “Si este algún día llega al poder yo me exilio”.
¿Qué que digo? Lo que digo es que los llamados líderes de la opinión, los que con sus palabras y sus acciones mueven a la gente son a su vez personas normales, sin cuernos, sin pezuñas, ni halos, ni un certificado de posesión de la verdad absoluta –sea expedido por la razón universal, por un ser supremo o por el sursum corda-. Todos ellos en el día a día, el cara a cara, son personas normales y corrientes. Excluyo de forma radical y terminante a los líderes de movimientos violentos, que suelen tener un atisbo de mesianismo o de crueldad o de ambas cosas.
Pero a este gente normal, a esta  gente que si no fuera por su posición te cruzarías en cualquier lugar sin reparar en ellos, les das un micrófono, o un sillón en algún órgano ejecutivo, y se transforman. De repente ese señor, o señora, vulgarote se desenfunda a sí mismo, transforma sus ideas en un mensaje –ya arenga-, en un llamamiento a la cruzada, a la persecución de los otros, al exterminio de los infieles y lo único que parece aplacarlo momentáneamente –justo hasta la siguiente frase- es el aplauso más clamoroso. Y como la gente es como es los oyentes a su vez mutan en cruzados –soldados para los menos religiosos, activistas para los que no les valga otro término- que transforman lo que eran inicialmente  palabras, conceptos, ideas, en acciones rabiosas, cargadas de odio, contra aquello o aquellos que hayan sido estigmatizados por el líder. Y ya no se paran en diferenciar un enfrentamiento de una pelea, una contienda ideológica de una guerra sin cuartel –casi nunca incruenta-, ni les importan un ardite las consecuencias de sus actos. A la razón por el aplastamiento, a la unidad de criterio por el extermino del disentiente.
Afortunadamente en estos casos, cuando las cosas llegan a un punto en que el rencor, la imposición de la verdad propia, sustituye al dialogo y las razones partidarias a la convivencia porque ya son  irreconciliables,  siempre acaban imponiéndose los que tienen razón, la razón del vencedor. ¿A que me suena?

jueves, 21 de junio de 2012

El Gran Impostor (18-02-11)


Ya nos lo avisaron, pero la maquinaria para poner en marcha al Gran Hermano era tan evidente, tan evidentemente represiva y totalitaria, la presentación de Orwell era tan abominable que todos nos pusimos en guardia contra un enemigo de nuestra propia esencia libre y democrática.

Pero nos olvidamos de que junto al Gran Hermano había otros peligros no muy diferentes, otras advertencias de aberraciones socio-políticas no menores. Huxley, en su “Un Mundo Feliz” o Nolan y Clayton Jhonson en su “Fuga de Logan”, ya nos avisaban del Gran Impostor. Pero tal vez el formato elegido, ciencia ficción blanda, estética, de corte intelectual, de mensaje cifrado, no lograron causar el impacto, el rechazo, que el clima atosigante e inmediato del Gran Hermano si logró, o tal vez simplemente el reojo vecinal al bloque comunista donde sus dictaduras parecían representar perfectamente el peligro descrito no permitió que advirtiéramos la paja en el propio.