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lunes, 17 de agosto de 2026

ADIÓS PLAZABIERTA

 Todo en la vida suele tener un principio, y un final, e inopinadamente, sin tener muy clara la situación, de un día para ese mismo día, mi colaboración con la publicación digital Plazabierta ha finalizado por decisión unilateral del propietario de la cabecera, al parecer, por cuestiones ajenas a nada de lo publicado, más bien de tipo personal. Al fin y al cabo el que manda siempre tiene la última palabra.

Después de tantos años colaborando lealmente con la cabecera, y en los que creí tener un amigo en la vida normal, y algo más que un amigo en otros ámbitos, me encontré que como tantas veces, las palabras no tienen por qué representar a la realidad, y que muchas personas las usan para expresar una ficción emocional que, seguramente, están convencidos de sentir.

Dice un conocido, que a los amigos se les conoce en las dificultades, a la familia en las herencias, y a la pareja en los divorcios, y yo he comprobado la verdad de esta afirmación en todos los ámbitos, y, lo que es más lamentable de forma simultánea.

No es este el momento de pasar cuentas, ni siquiera creo que exista ese momento, porque solo la conciencia de cada uno puede enfrentar los comportamientos miserables de cada uno, y lo habitual es mirar para otro lado cuando la conciencia exige profundidad y autocrítica. Al fin y al cabo ya sabemos que el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio, y aún no se conoce el caso en el que alguien asuma su culpa ante ningún hecho ante el que ha decidido “tener la razón”

Creo que ya lo conté en un artículo escrito para la hoy ya inaccesible, para mí, Plazabierta. Durante muchos años, en los que yo viajaba en metro para ir al colegio, estaba convencido de que todos los que tenían razón viajaban conmigo, porque en las conversaciones que sostenían siempre tenía la razón, y apabullaba con ella al ausente contrario, mi compañero de transporte. Luego, años más tarde, descubrí a Schopenhauer y su “El arte de tener razón”, y descubriría que para la gente en general es mucho más importante tener razón, que saber la verdad, que es mucho más importante a nivel personal la autojustificación, que la autocrítica.

Ahora, muchos años después, más de cincuenta, he vuelto a tener que descubrir que el dicho de mi amigo se cumple puntualmente en más casos de los que la fraternidad, el cariño, y la verdad aconsejarían, y que lo observado en mis juveniles viajes en metro sigue vigente. En pocos años he perdido a mi hermana en un tema que se justifica con una herencia, aunque sea mentira, he perdido a mi pareja, en una disparatada historia en la que no existe otra verdad que una huida ante las dificultades, y un comportamiento vengativo y miserable, en la separación, y he perdido a algunos que creí amigos, porque las dificultades espantan a aquellos que de ciertas palabras solo conocen el sonido. He redescubierto que confiar en la gente es un lujo en el que uno se deja parte de tranquilidad vital, pero que no pienso renunciar a él, por más palos que me de la vida.

He tenido que reconstruir mi vida casi desde cero, sin ocultar a la gente que se acercaba a mí,  mi situación real, víctima de un divorcio abusivo, tampoco soy el primero, ni el último, perseguido por una administración más interesada en sancionar y señalar, que en ser justa, o colaborativa, como sería su obligación, y a pesar de todo he recibido cariño desde distintos círculos, he recibido complicidad, ayuda, y, sobre todo, sobre todo, amor. Amor en diferentes variedades, en diferentes ámbitos, en diferentes formatos.

Hoy, mi despido, que no despedida, aunque nunca haya tenido un vínculo contractual con Plazabierta, ya que toda mi colaboración ha sido gratuita, desinteresada, guiada por el afecto, cierra la única puerta, salvo a unos pocos viejos amigos a los que no se les ha colocado una historia falsa, interesada, mentirosa, que me unía al pasado. Solo quedan mis hijos, mis nietas, y esos viejos amigos que la memoria y el cariño sincero preservan.

Desde hoy mis escritos volverán a mis viejos blogs, que durante años he abandonado para no crear competencia con Plazabierta, y que hoy recupero con la misma ilusión que tuve en su momento al crearlos, y con la que afronto esta nueva etapa.

Espero seguiros viendo.

viernes, 1 de noviembre de 2019

El punto 38


Trabajó conmigo hace tiempo una persona que cuando comentábamos las películas vistas durante el fin de semana, tenía su propio criterio para evaluarlas. Si empezabas a valorar la fotografía, las técnicas… zanjaba rápidamente la crítica/comentario con un rotundo: “Una mierda de película, vamos”, porque para él solo existía una forma de ver el cine.
Con el paso del tiempo parte de mi familia se ha dedicado, se dedica, a la producción audiovisual, y esa circunstancia me ha llevado a tener una idea más clara de que hay muchas formas de ver una película, como las hay de leer, de observar una pintura o de enfrentarse a cualquier tipo de creación ajena.
Ante el cine, en concreto, hay gente que da mayor importancia a como se hace, otros a qué se hace y otros a qué se cuenta. Yo soy de estos últimos, a mí me interesa lo que me cuentan por encima de cómo lo cuentan, y por eso pongo especial atención a la historia, al desarrollo de los personajes o las circunstancias ambientales que los rodean y los pueden determinar.
Y a todo esto, que me enrollo, he visto “Mientras dure la guerra”, de Amenabar. Ya había escrito sobre Amenabar y sus innecesarias declaraciones sobre la España actual y la herencia de Franco, antes de haberla visto, pero no esperaba que la necesidad de que la historia diera un resultado ideológico determinado llevara a retorcer unos sucesos y a unos personajes, hasta volverlos irreconocibles.
Puedo pasar por un Franco que quiere ser hierático y resulta casi tonto, pero tonto de babarse, por falta de expresividad. Puedo pasar por un Unamuno incapaz de enfrentarse a la situación y que, a ratos, es un pelele en manos del halago fascista. Pero no puedo pasar, porque es falso, por un Millán Astray de guiñol.
El Millán Astray que nos presentan es un tipo plano, un fanático sin más calado intelectual que gritar “Viva la muerte”, grito que al parecer provino de alguno de los espectadores y no del mismo general. A veces la necesidad dramática aconseja tomarse ciertas libertades. A veces la necesidad ideológica invita a fabular de forma paralela a la realidad. A veces las exigencias de éxito son permisivas con miradas a universos paralelos a la realidad que se dice contar, eso que se llama dramatización. Millán Astray era un personaje con una larga trayectoria militar e intelectual, porque, pese a quién pese, ser fascista, como ser comunista, socialista o liberal, no presupone una capacidad intelectual, o una falta de capacidad intelectual, inherente a la ideología practicada. Un hombre instruido, viajado, miembro de una familia en la que convivían personas de diferentes ideologías, y que eligió una forma de ver la vida.
Tampoco Unamuno es ese personaje atormentado por una permanente contradicción ideológica. Unamuno es un librepensador que denuncia sistemáticamente los abusos del poder, lo detente quién lo detente, y se enfrenta a ello desde una tribuna pública. No es un héroe, ni un cobarde físico como sutilmente desliza la película en la escena de la policía fascista, es un hombre público que intenta usar su prestigio para poner coto a los desmanes que se cometen a su alrededor sin que le importe quién los comete, ni en nombre de que pretendido ideal los comete. Un hombre para el que un abuso es un abuso sin posibilidad de apellidos. Un intelectual que usa su única arma, sus palabras, para denunciar las tropelías que llegan a su conocimiento. Tampoco dijo lo de vencer es convencer con el enfoque que lo presenta la película, pero es una frase tan rotunda, tan real, que no importa en qué contexto se utilice
Tampoco es cierto que Unamuno fuera sacado a duras penas del acto, de hecho, según cuentan los que de esto saben, desde allí se fue a su café tranquilamente y luego a su casa. Sin escolta, sin que su integridad física estuviera en peligro.
Es muy habitual, es cotidiano, que aquellos que profesan una ideología, y uso el verbo profesar con toda su carga, presupongan que todo el que no comparte la totalidad de sus actos y pensamientos sea, automáticamente, de la ideología contraria, y Unamuno padeció eso, y su culpa última fue intentar valerse de esos vaivenes para hacer oír con mayor rotundidad su voz, tal vez pensando, craso error, que si la crítica provenía de alguien cercano podría ser escuchada: Ni los socialistas lo escucharon, ni los fascistas tampoco, simplemente lo convirtieron en su enemigo. Enemigo de todos, amigo de la Verdad, que casi siempre es intolerable para los buscadores de la razón como propiedad incuestionable.
Oigo a mi alrededor, si Unamuno levantara la cabeza, denigrar el régimen franquista como autor de barbaridades contra los españoles, reo de sangre y sufrimiento, pero los mismos que denuncian esto callan y otorgan ante las barbaridades cometidas en tiempos de la república, sangre y sufrimiento de españoles que no siempre eran contrarios a ese régimen. Parece ser que unos lo hacían desde la legalidad de unas elecciones que muchos denuncian como fraudulentas y los otros desde la ilegalidad de un golpe de estado. A mí, como a Unamuno, y perdón por la pedantería de la equiparación,  y como a muchos otros españoles, las barbaridades me parecen barbaridades, los muertos muertos, y la sangre, la de todos, roja e innecesariamente derramada. No se dice, y si se dice es que eres un facha, que la deriva de la República tampoco era especialmente positiva, que muchos datos apuntaban hacia una dictadura socialista de consecuencias fácilmente previsibles. No lo sé, yo no vivía entonces, pero si el pasado franquista me parece deleznable, que me parece, tampoco ese que apuntaba la república me parece un pasado deseable, ni habría sido un pasado inocente.
Ni mis palabras pretenden justificar nada, ni se adhieren a ningún discurso histórico, ni pertenecen a ningún sesgo ideológico. Mis palabras solo reflejan el hartazgo de no poder creer a nadie, de la verdad a medias, de la postverdad y de la manipulación interesada de nuestra historia, que es, íntegramente, nuestra, de todos, y que sucedió como sucedió, no como pueda interesar a unos y otros que sucediera.
Hemos suplantado la verdad por “tener razón”. Lo importante es tener razón y que mucha gente en la redes sociales nos dé un “me gusta”, cuantos más mejor, a nuestros comentarios. Cuanto más epatantes más populares, cuanto más dañinos más apreciados. Siento no estar a la moda
Daba Schopenhauer un tratado sobre cómo lograr tener razón sin que importara la razón última, sin que importara la verdad. Schopenhauer no conoció la redes sociales, pero sí que en su tratado hizo una perfecta disección de cómo se manejan en ellas ciertos personajes, y digo personajes porque suelen ocultar su identidad tras perfiles ficticios o corporativos. Un tratado, en 38 puntos, de cómo pasar por encima de la verdad y del adversario, ya, en algún momento, enemigo.
En el tratado dice el punto 38: “Cuando se advierte que el adversario es superior y se tienen las de perder, se procede ofensiva, grosera y ultrajantemente". Como serán intelectualmente algunos de los que escriben en esos ámbitos, que usan directamente el punto 38. Si no dices lo que quieren oír te llaman “facha”, o “rojo de mierda”, en una actitud, la de ellos sí, la de ambos, inequívocamente fascista. Viva el punto 38.

domingo, 13 de mayo de 2018

Schopenhauer y el jamón


A veces, sin buscarlo, se encuentran las fuentes en las que algún tema que te preocupa ha bebido y empiezas, inopinadamente, a entender lo que pasa a tu alrededor. Llevo mucho tiempo denunciando mi absoluta incomprensión sobre lo que sucede en el ámbito político y después de ver “Una Razón Brillante”, película francesa en cuya crítica no voy a entrar, el mundo se ha vuelto mucho más comprensible para mí.
Trata la historia sobre un concurso universitario de dialéctica, esa disciplina básica sobre la que es fácil comprender al cabo de un par de discursos que ninguno de nuestros personajes públicos la ha estudiado ni practicado en toda su dedicada vida. Este conocimiento que era fundamental en las antiguas ciencias y que trata del bien hablar, del bien exponer las razones, sigue siendo un saber apreciado y puesto en valor en sistemas docentes algo más avanzados que el nuestro.
“Lo importante no es la verdad, es conseguir tener razón”. Esta es la base de la película. Esta y las treinta y ocho técnicas para conseguirlo descritas por Schopenhauer en su “Dialéctica Erística o El Arte de Tener Razón”. Al cabo de veinte minutos para mí estaba claro que estaba asistiendo a un curso acelerado de aplicación práctica en el ámbito de la política.
Lo importante es tener razón. No importan las consecuencias, no importan los medios, no importan las víctimas, si conseguimos tener razón, que nos voten, imponer nuestro criterio más allá de su autenticidad o idoneidad el objetivo habrá sido alcanzado.
Pensé inicialmente en Cataluña, en todo el “procés” como claro ejemplo de una aplicación sobre el terreno de las técnicas descritas, la última de las cuales se debe aplicar cuando se advierte que todas las demás han fallado y se está a punto de perder el debate, y es la descalificación, si es preciso brutal, del contrario. El insulto, la vejación. ¿Les suena?
Pero pasados esos primeros instantes, esa identificación meridiana de unos hechos recientes, actuales, me di cuenta de que la realidad es mucho más cruda, mucho más sangrante. Ninguna ideología tendría la más mínima oportunidad de ser asumida por nadie si no consiguiera previamente tener razón más allá de la verdad que contenga. Ninguna persona con una autoestima básica puede seguir a alguien que no le convenza, que no le demuestre tener razón. Pero dado que las ideologías se niegan unas a otras, dado que cuando una sostiene algo, otra sostiene lo contrario, y algunas de ellas más puntos intermedios en distintos grados,  se puede llegar a la conclusión de que ninguna tiene el más mínimo interés en otra verdad que la emanada de sus propias razones.
La sublimación, que Schopenhauer no pudo incluir en su libro pero me permito apuntar como anexo de esta forma de deformar los hechos para apropiarse de la razón, es el mitin. Es esa exposición exaltada de medias verdades, verdades a medias y mentiras constatables sobre los argumentos del contrario que, además, colabora con su ausencia y falta de respuesta. Es esa exaltación de la mentira razonable, trufada, en muchas ocasiones, de insultos al oponente, destinada a la exaltación de los convencidos y que no tiene otra finalidad que la apropiación de una razón que, excepto para los ya captados, nunca pretendió ser verdad, si no simplemente parecerlo.
Y si concluimos, que yo sí concluyo, que nuestra política sigue el antiético guión que Schopenhauer propuso. Si es no solo capaz de seguirlo, sí no que incluso lo supera, ¿Qué clase de sociedad en valores pretendemos crear?, ¿vivir?, ¿transmitir?
Es cierto que el jamón se saca del cerdo que se alimenta con la basura, pero me temo que éticamente no conseguimos este último paso de la sublime transmutación. Nos alimentan con basura y en cerdos nos quedamos, sin llegar a dar jamón, y, seguramente, en muchos casos, sin ni siquiera pretenderlo.

martes, 13 de febrero de 2018

Los derechos, la razón y la lógica

Uno de los grandes problemas de esta sociedad en la que estamos inmersos es la facilidad con la que se reclaman los derechos, y esa facilidad, esa permisividad en la reclamación de los derechos propios, suele llevar aparejada una falta de sensibilidad preocupante hacia los derechos ajenos. Y me preocupa, sobre todas las actitudes, esa reclamación áspera, violenta que se vale del insulto, cuando no de la agresión, para desacreditar al que pone en duda el derecho reclamado, o simplemente contrapone otro hecho que le sea más propicio como agravio justificante aunque nada tenga que ver con el derecho reclamado pero si sirva para desvirtuar la alegación del oponente
Pero lo peor es que esto no sucede solamente a nivel de individuos, si no que se han puesto en marcha colectivos militantes de derechos minoritarios cuyos usos, y abusos, parecen llevar aparejada más en su intención la erradicación de los derechos ajenos antes que la consecución y armonización de los derechos propios.
Las redes sociales son un ejemplo claro de cómo las ideologías de parte recurren a cualquier actitud, incluso las más miserables, para reivindicar “su derecho” sin reparar o sin importarles que existan otros derechos, en muchos casos de mayor rango, que quedan absolutamente rebasados.
Se podría abrir el debate sobre el rango de los derechos, pero me temo que el principal problema es que dado el cariz de los defensores de “sus derechos” y la capacidad de diálogo que habitualmente exhiben nada sería capaz de convencerlos de los derechos ajenos que pudieran contravenir su absoluta razón.
Y para no averiguar si fue antes el huevo o la gallina, los políticos hacen últimamente demostración palmaria de sectarismo, populismo y desvergüenza, reclamando, creando, anteponiendo derechos sin ningún rigor, posibilidad de defensa en cualquier tipo de foro que no les sea propio o viabilidad.
Por no hablar, que hay que hablar e indignarse, del permanente ataque al lenguaje que nos es común y cuya degradación por sus intereses y manejos me parece indecente. Indecente e interesado porque gracias a ellos, y a nosotros que les reímos la gracia, ya no nos va quedando ni la palabra.
Lo cierto es que desmontar todas estas falacias es sencillo. En realidad es sencillo desde la razón, que es lo que no están dispuestos a utilizar los consideran que la tienen. Basta con aplicar la lógica binaria a cualquier derecho que se quiera, o se considere con derecho a, ejercer. La lógica binaria, y los diagramas de flujo que son su representación gráfica, es una herramienta que utilizamos los programadores para llegar a un resultado partiendo de los datos. Solo admite las respuestas si y no a cada pregunta, y si en alguna puede haber lugar a matices es porque nos hemos saltado preguntas intermedias. Me permito adjuntar uno básico, no exhaustivo, y en el que la única licencia que me he permitido es considerar de mayor rango la legislación internacional que la local y lo he hecho solo por clarificar su lectura, ya que me hubiera bastado preguntar en un bucle numérico por legislación de rango correspondiente, sin especificar, y cerrar el bucle de legislaciones con una pregunta de si hay más rangos.

Como ya he dicho, para aquellos que consideran que el único uso posible de la razón es tenerla molestarse en comprobar lo que les es obvio no es una posibilidad.

Recuerdo con nostalgia aquel maravilloso programa de TVE que se llamaba el Monstruo de Sanchezstein y que obligaba a los niños a descomponer sus órdenes complejas en órdenes simples si querían alcanzar alguno de los regalos que el monstruo podía llegar a tener a su alcance. Pero enseñar a pensar a los niños, y que decir de los adultos, enseñarlos a razonar y enfrentarse a lo correcto, no es una de las prioridades de la enseñanza en esta sociedad. No lo es en los centros de enseñanza ni lo es en las familias. Es más fácil, más asequible, el abuso, la discriminación ¿positiva? y el insulto como medios para obligar a los demás a respetar el derecho de aquellos que siempre tienen razón y lo único que pretenden es educarnos a los demás. Eso o promover a las más mínima oportunidad una ley que convierta a los no conversos en delincuentes. Para que formar pudiendo prohibir, para que educar pudiendo adoctrinar.

sábado, 5 de agosto de 2017

Buscar con ahínco la muerte

Tal vez sea un problema de la prensa, tal vez. O tal vez sea problema de una errónea concienciación respecto a cierto tipo de cuestiones que afectan a minorías, tal vez. El caso es que ponerse a denunciar, a describir, a comunicar, cierto tipo de comportamientos desde una óptica diferente a la mayoritaria presupone que te van a caer desde todas partes.
Y eso es lo que sucede cuando se denuncia una actitud inadecuada de una minoría protegida respecto a una mayoría pretendidamente abusiva. No importa la verdad, no importa el fraude cometido por ese o esos integrantes de la minoría, automáticamente la maquinaria lincho mediática se pone en marcha para escarmentar, machacar, hundir en la miseria al osado cronista que se sale sin recato de la verdad sin paliativos.
Con esta introducción podría estar hablando de feminismo, de refugiados, del colectivo LGTB, de la violencia de género o de maltrato animal, y a todos ellos les cuadra la introducción porque en todos ellos se da el comportamiento de la defensa a ultranza del individuo que abusando de su condición minoritaria conculca las normas de convivencia con el absoluto desprecio que su pretendida impunidad le proporciona.
Pues, no, de ninguno de ellos. De ninguno de esos enumerados colectivos de comportamiento coercitivo estoy hablando.
Serían las 11 de la mañana, de esta mañana de sábado, cuando me ponía en camino entre A Guarda y Bayona, poblaciones ambas de Pontevedra. Veinticinco kilómetros de costa y paisaje espectacular con un trazado, sobre todo en sus últimos tramos, de curvas incómodas y rectas inexistentes. Un carril bici acompaña a la carretera, casi siempre en paralelo, durante todo este trayecto. Carril bici, curiosamente, solo utilizado por los peregrinos que eligen para llegar a Santiago la variante de la costa del camino portugués. Peregrinos y algún padre de familia en bicicleta con sus hijos en el mismo tipo de vehículo. ¿Y los ciclistas? Por la carretera. Por una carretera que prácticamente no tiene arcenes, con curvas, con cuestas, con un ancho justamente amplio para contener el carril de ida y el de vuelta y con escasos espacios para adelantar desde Cabo Silleiro hasta Bayona.
Esta práctica, que ya ha padecido varias víctimas sin que parezca que nadie quiera ponerle remedio, hace de esta carretera un lugar incómodo, lento y peligroso. Una carretera cuyo paisaje invita a una conducción relajada y de disfrute del entorno se convierte para el conductor de coche en una búsqueda desesperada del metro y medio necesario para sobrepasar a los ciclistas que absolutamente ajenos al problema que van creando se adelantan, circulan en paralelo, de dos, de tres y hasta de cuatro en fondo, con absoluto desprecio de su integridad y de los derechos de los conductores que por ella circulan que no son, al parecer de su comportamiento, más que estorbos al bello y lúdico deporte del pedal.
El colmo de la experiencia, el no va más del comportamiento incívico, se nos aparece en las proximidades de la entrada a la autopista. Un pelotón de entre cuarenta y cincuenta miembros circula agrupado impidiendo con su volumen y comportamiento ninguna posibilidad de adelantarlos. Los conductores que tienen la desgracia de coincidir con esta caravana de incívicos se encuentran resignados, si o si, a hacer los últimos kilómetros al mismo ritmo que el más lento del pelotón.
Pero lo peor aún está por llegar. Poco antes de entrar en Bayona la carretera repica levemente y el pelotón se estira, se fracciona, sin llegar a marcar una distancia mínima que permita maniobrar a los vehículos. La estrechez de la carretera, su sinuosidad, el tráfico en sentido contrario y la distancia entre ciclistas hace imposible el adelantamiento. El velocímetro de mi coche, que marca por exceso, indica veinte kilómetros por hora. Serán diecisiete o dieciocho. De repente algunos ciclistas que habíamos adelantado anteriormente empiezan a adelantarme por ambos lados, por un arcén prácticamente inexistente o sobrepasando la línea continua de mi izquierda. Sin respetar la distancia mínima que al parecer es necesaria para sobrepasarse. Delante de mí una grúa con un vehículo cargado toma una curva a la derecha y un ciclista me sobrepasa y se zambulle sin pausa en el lateral de la grúa. Imposible que quepa. Cabe y aparece por la izquierda del siguiente vehículo invadiendo el carril contrario y obligando a los que vienen a pegarse al límite al borde de la carretera. Para los ciclistas todo vale. Si algo sucede, si cuando me está sobrepasando yo me veo obligado a hacer una maniobra, o tengo un contratiempo mecánico, y lo golpeo yo seré el culpable, sin necesidad de juicio, sin posibilidad de veracidad o de defensa. Yo seré el individuo ese que golpeó a un ciclista.

No sé. No tengo claro si el comportamiento de estos individuos es una temeridad, una inconciencia o la búsqueda con ahínco de la muerte. Para mí en todo caso son tipejos que con su forma de actuar, con su desprecio por las normas, ponen en cuestión mis derechos y, si por desgracia se golpean contra mí, incluso mi libertad y la paz del resto de mi vida.

jueves, 24 de julio de 2014

Maldita Cabeza

Llegada esta situación ya no me importan las razones. Puestos en plan exquisito no me importa ni siquiera quien tiene o pudiera tener la razón. Mi absoluta solidaridad con los que sufren y mi absoluto desprecio hacia los que hacen sufrir.

Me gustaría que existiera un planeta prisión, una galaxia prisión, en la que pudiéramos meter a todos los causantes, sin distinguir, sin matizar, sin perdonar, bien equipados con todas las armas que en el mundo existen y esperar pacientemente a que se exterminen entre ellos. Con la misma piedad, con la misma humanidad, con el mismo sentido de la justicia que ellos exhiben hacia los demás.

Claro que puestos a reflexionar a lo mejor en este planeta no quedaba nadie, o, maldita cabeza, exactamente eso es lo que es este planeta.

viernes, 8 de noviembre de 2013

De la razón y la Sinrazón

Reflexionando  sobre acontecimientos acaecidos en los últimos tiempos me planteaba la posible relación entre la razón y la sinrazón que parece traspasar el mero enunciado antónimo  que inicialmente parece evidente.
Por ser más claro, la falta de razón no es necesariamente una sinrazón y tener razón no evita necesariamente caer en la sinrazón. Parece un lío pero no lo es. La razón se puede obtener por un criterio moral o por un criterio técnico-legal, o por ambos combinados. La sinrazón, que no la falta de razón, se obtiene por una falta de criterio moral o por un ejercicio desmedido de la pretendida razón.
Tal vez parezca un hecho nimio pero no lo es para aquellos que nos interesa la razón más allá de criterios de alineamiento. Cuando alguien evita o bordea, incluso por dentro, los criterios morales para defender la pretendida razón –esa que todos consideramos razonablemente que tenemos-, porque contra el otro que no la tiene todo vale, evita que aunque finalmente la razón sea suya yo pueda solidarizarme con él ya que convierte su acto de reivindicación justa en un acto de reivindicación alineada a la que yo me niego a unirme porque significa que tengo que solidarizarme con él en todos sus planteamientos reivindicativos dada su superioridad, superación, moral.
Voy a intentar poner algunos ejemplos con los que me he encontrado últimamente:
1.       Pretender que ya que yo soy el bueno todo lo que haga es bueno es una sinrazón
2.       Que agite mi trapito de colores menospreciando, incluso llegando a la descalificación o el insulto, a los que agitan otros con colores o dibujos diferentes por el simple hecho de ser diferentes y por tanto errados es una sinrazón
3.       Que asumamos que los políticos mienten pero que los de nuestro signo lo hacen justificablemente es una sinrazón.
4.       Que un colectivo reivindique sus derechos tomando como rehenes a los ciudadanos que no tienen por qué estar de acuerdo con ellos es una sinrazón.
5.       Que unos empleados de limpieza esparzan la basura como acto reivindicativo para demostrar que sus derechos están por encima de los de los demás es una sinrazón
6.       Que la legalidad impida que se haga justicia es una sinrazón.
7.       Que un delincuente no redimido, no arrepentido, no válido para la convivencia se pasee libre es una sinrazón.
8.       Que se llame informativo a un grupo de personas que insultan, intimidan e incluso agreden es una sinrazón.
9.       Que de la formación –esa que rimbombantemente llamamos educación- se haga una cuestión política en detrimento de aquellos que tienen derecho a recibirla es una sinrazón
10.   Que se legisle sobre criterios morales pretendiendo la superioridad moral propia por la detentación de la potestad de hacerlo es una sinrazón
11.   Que convirtamos unas reglas morales en una religión, o anti-religión, y a esta en una forma de coacción/poder es una sinrazón
12.   Que aguantemos estoicamente, y por tanto con complicidad, la actual casta política que ni hace lo que dice ni dice lo que hace es una sinrazón.
13.    Que desde cualquier tribuna se intente justificar la mentira porque los otros también han mentido es una sinrazón. Si esa tribuna se detenta por representación más que una sinrazón es un delito.
14.   Esperar que los que han estropeado algo por su propio interés lleguen a arreglarlo no solo es una sinrazón, es una estupidez.


Pero bueno, tal vez no tenga razón. Eso sí espero no estar cayendo en ninguna sinrazón. 

domingo, 29 de julio de 2012

Discusión Sin Diállogo (07-2008)


Entiendo que no creas lo que yo digo,  incluso que ni siquiera creas en lo que tu defiendes, pero porque mi postura sea positiva ¿soy reo de tener que convencerte? Mi postura no me hace apóstol de lo que defiendo. Afirmo porque así lo he decidido, porque a pesar de que los argumentos para negar son tantos y tan inconsistentes como los de mi postura esta es la que he adoptado. No pretendo tener la razón ni reconozco que tu la tengas, simplemente enumero con la convicción del prestidigitador aquellos argumentos que perfilan mi postura. Si tu tienes necesidad o fe, en tu falta de fe o de necesidad, predica en la dirección en la que el viento me aleje tus palabras. Para mi la controversia es una postura estética y la discusión la incapacidad de saber que no podremos convencernos mutuamente. Negar, por postura, obligar al oponente a sustentar la carga de la prueba es una forma implícita de mantener una razón sin argumentos, argumentar parodiando los argumentos contrarios, argumentar no aportando mas que la negación delante del argumento contrario, invocar a la ciencia, la inconstante y  siempre cambiante ciencia, o a la fe inamovible como verdad absoluta es renunciar a presentar tu razón y solo demuestra que tu interés es negar mi postura y no convencer de la tuya.

Pero estoy seguro de que todo esto ya lo sabes. El único problema es que llegado el momento ambos sabremos que yo tenía razón, o que nunca llegará el momento en que yo pueda reconocértela.

jueves, 15 de marzo de 2012

A las víctimas razonables



Otra cosa diferente es el victimismo. Esa actitud carente de dignidad que pretende confundir el dolor con la razón y que lleva a la víctima a convertirse en su propio verdugo y azote de la paciencia de aquellos que la rodean. Es conveniente para cualquier víctima de este mundo tener muy clara la frontera entre el dolor, la indignación, la reclamación de la justicia y la reivindicación permanente de una razón sin razones, de una razón incapaz de sostenerse más allá, sin otra base, que la piedad ajena.

Hay que reivindicar el dolor, sin aspavientos. Hay que reivindicar la justicia, sin exigencia y sin súplica, como si realmente no existiera. Hay que reivindicar la dignidad de mantener la propia postura sin exigir a cambio nada más que el respeto a los actos serenamente enfocados y a las acciones conscientemente tomadas.

No se puede hacer de la situación de víctima una moneda de cambio para la obtención de prebendas. No se puede usar el dolor para forzar la mano a los demás en cuanto no estén de acuerdo, ni aflojar cuando la firmeza los confunda. No se puede demandar una piedad que conduce a la venta de la dignidad y de la integridad que son los valores que separan a la víctima del victimismo.

Reivindique cada víctima aquello que considere justo y busque la justicia consciente de que nunca es gratuita. Y evite en su camino los bandos y las banderías que siempre exigen precio.