Mostrando entradas con la etiqueta olvido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta olvido. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de septiembre de 2019

El día del alzheimer 2019


Dicen que hoy es el día del alzheimer, que es como decir que hoy es el día de las enfermedades degenerativas mentales, que es como decir que hoy es el día de recordar a los muertos en vida, a los enfermos y a los pacientes.
No soy muy partidario de los días de, y no soy muy partidario porque me parecen una forma de decir que los que podrían hacer algo más por solucionar un problema consideran que de momento no requiere sus auténticos esfuerzos. Una forma plástica de aliviar las malas conciencias.
La enfermedad es más eficaz y no entiende de días. La enfermedad trabaja todos los días del año y avanza inclemente sobre la vida de los enfermos y de los cuidadores sin dar tregua ni esperanza.
Todo lo que envuelve a la demencia se convierte en un tiempo dentro del tiempo, en un tempo de lasitud, de abandono, de cansancio mental, de desesperanza, de tristeza, de agotamiento físico, de lateralidad social que va carcomiendo las mentes y los cuerpos. Todo es lentitud: del tiempo al pasar, de la vida al decaer, de la administración al dar soluciones.
Tal vez las dos primeras lentitudes son inevitables a día de hoy, pero la tercera solo demuestra la ineficacia de una maquinaria compuesta por personas que funcionan como engranajes, la falta de alma de un entramado burocrático que en muchas ocasiones aporta las soluciones cuando el enfermo ya no las necesita. Eso que se llama a toro pasado.
Enfrentarse a un caso de demencia, de alzheimer si se quiere, es enfrentarse a una hipoteca vital, moral, económica y social. Y nadie está preparado para eso. Nadie está preparado a renunciar a una parte importante de su vida a cambio de ir despidiéndote de un ser querido poco a poco, temiendo cada día que el anterior haya sido el último en el que te ha reconocido, el último de su consciencia, el último en el que podías reconocer al que cuidas por algo más que por su deteriorados rasgos físicos. Enfrentarse a un caso de demencia convierte al que lo hace en un enfermo más. Enfermo de desesperanza, enfermo de despedida, enfermo de empezar desear la muerte ajena como única salida, enfermo moralmente por desearlo.
Está bien esto del día de… aunque me temo que no sirve, en la práctica, para nada.
Los enfermos de alzheimer no mejoran en el día del alzheimer, los cuidadores no descansan  en el día del alzheimer, las administraciones no resuelven más ayudas ni crean otras nuevas en el día del alzheimer, los investigadores no avanzan más ni tienen más fondos en el día del alzheimer. Eso sí, se habla más del alzheimer en el día del alzheimer, y si las palabras fueran obras tal vez estaríamos en otra situación.
Este moderno concepto de la visibilidad me produce un sentimiento entre la ternura de la buena voluntad y la indignación de la indiferencia que supone. Pero me temo que la verdadera, la única, visibilidad de esta enfermedad se da cuando la enfermedad se manifiesta, en ese momento para el que nadie se ha preparado, para el que todo lo oído no sirve de nada porque los sentimientos no se entrenan. Entonces viene la estupefacción, la negación, en muchos casos, que puede agravar el devenir de los pacientes y de los enfermos, la necesidad de unos apoyos que no llegarán hasta mucho más tarde.
No sé, no está a mi alcance saberlo, si se podrá hacer algo más científicamente. Es difícil poder mejorar el comportamiento heroico de las familias, la mayoría, enfrentadas a un futuro sin esperanza. Es lamentable la burocrática, lenta e insensible respuesta de las distintas administraciones a las que hay que enfrentarse, incluso la respuesta distante de algunos funcionarios sin la empatía imprescindible para tratar con casos de necesaria humanidad.
Bueno, celebremos el día del alzheimer como medio para lograr que al menos un día al año la gente se sienta conmovida por un drama que afecta a miles de enfermos, a millones de pacientes y piense, los que piensen, si se podrá hacer algo más. Me temo que, desgraciadamente, los que podrían resolver algo tienen otras prioridades, incluso el día del alzheimer, y no pueden distraerse de esas superiores obligaciones.
Mientras tanto al resto, a los que lo hemos pasado, a los que hoy empiezan a sufrirlo, a los que a partir de mañana lo padecerán, siempre nos quedará la esperanza de poder celebrar en un futuro cercano el “Día de la Erradicación de las Demencias”
Ah¡, para los que aún no lo saben, el alzheimer solo es una forma de demencia, ni siquiera la más habitual, pero eso no nos lo explican y tiene consecuencias. Porque hay familiares que abominan de la palabra, de la denominación, y se crean una falsa esperanza cuando pueden rechazar el nombre del doctor asociado a la enfermedad de su allegado. Porque hay personas que asocian el nombre, alzheimer, a una suerte de lacra que pueden negar en el caso de que la demencia diagnosticada sea de cualquier otra región cerebral.
Recuerdo a mi madre, ingresada en el hospital, ya con cuidados paliativos, con que furia me llamó a capítulo  porque yo le había a dicho al médico que mi padre padecía alzheimer en un grado muy avanzado. “Te prohíbo que vuelvas a decir que tu padre tiene alzheimer. Tu padre no tiene eso”. Si mamá, era verdad, papá sufría una demencia frontoparietal en grado IV, pero para ti era importante, era determinante, que no se llamara alzheimer, que no tuviera día, ni desesperanza.
Conmemoremos el día del alzheimer, aunque lo suframos todo el año, aunque lo olvidemos el resto del año. Señal de que, afortunadamente, aún podemos.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Que vivan las lentejas

Han pasado dos días y aún no doy crédito a la escenificación mediática de la gastronomía como arte elitista para entendidos y consiguiente defenestración de la cocina tradicional, de esa cocina con memoria y sentimientos que todos tenemos en nuestro olfato y en nuestro baúl de los recuerdos de sabores.
Los comentarios, la puesta en escena, los protagonistas, todo estaba, aparentemente, pesado y medido para que el concepto tradicional y popular de gastronomía quedara vencido por una alternativa de la cocina como arte que el pueblo llano no puede alcanzar ni técnica, ni económica, ni gustativamente.
Yo no me veo yendo a casa de unos amigos a cenar y que me pongan una “gargouillou” compuesta de un montón de vegetales, cada uno con una textura diferente. No, ni me veo yo preparándolo para recibir a nadie, ni a mi abuela haciendo semejante exhibición de tontería para que comiéramos cuando íbamos a verla.
A mí como plato vegetal emblemático me gusta la menestra, la de toda la vida, que es lo que es este plato pero elevado al nivel de innecesariamente inalcanzable para el común de los mortales, o sea, yo.
Insisto, a mí el “gargouillou” me conmueve lo que a la roca el paso del río. Está ahí y si algún día me lo encuentro lo probaré, y a lo mejor hasta me gusta, que no digo yo que no. Ahora por un plato de lentejas “ma-to”, por un plato de lentejas bien cocinadas, de esas que cuando llegas al portal del edificio secuestran tu olfato y su aroma, como en los tebeos, forma una estela olfativa que te conduce sin ninguna duda hasta el fogón en el que se cocinan, hago lo que me pidan
Pero con todo, esto no es más que un problema de apreciaciones, de conceptos, de gustos si se quiere. Aunque lo que es sin duda de un gusto pésimo, de un desprecio absoluto hacia lo que para muchos españolitos de a pie es el disfrute de nuestra gastronomía tradicional, popular, familiar, son los comentarios un tanto despectivos del jurado.
“Un plato de lentejas para pasar a la final, hay que estar muy convencidos”, dice uno de los miembros del jurado en un momento dado. “Te las has jugado con un plato de lentejas”, comenta como con asombro otro miembro del jurado al concursante. Como apuntando, sin red y sin medios.

Ya en la biblia Esaú vendió su primogenitura a Jacob por un plato de lentejas. Yo me declaró de los de Esaú y reniego con cierta rabia de la cocina elitista y experimental, no por ella misma, si no como medio de vulgarizar y desprestigiar nuestra cocina de toda la vida, de mi bisabuela, de mi abuela, de mi madre y de mi mujer y si hay que decirlo se dice: “que vivan las caenas”, digo las lentejas.

domingo, 18 de marzo de 2012

Un Sueño


Hemos pasado una tarde estupenda. Mi hermana estuvo jugando conmigo todo el tiempo  a las adivinanzas, me ha contado historias y también hemos hecho los deberes. Mi hermana mayor me quiere mucho y cuando está conmigo me siento feliz. Lo que no se es por qué ya no vive en casa. Supongo que se ha casado pero no lo recuerdo. Tengo que preguntárselo cuando vuelva. Tampoco hemos visto a papá y a mamá, mi hermana estuvo conmigo durante la cena y después me ayudo a acostarme. También estaba la chica.

Pero ahora tengo mucho miedo. Tengo una pesadilla y no consigo despertarme. He soñado que me despertaba en una habitación desconocida y que yo quería que viniese mamá para que se me pasase el susto pero venía una enfermera que tenía la cara de la chica que ayudó a mi hermana a acostarme y entonces le pedía que llamara a mi hija. Porque en esta pesadilla yo tengo hijos y mi mujer ha muerto y yo vivo en esta habitación y en este edificio.

Quiero despertarme, o volver a soñar, volver a tener 8 años y jugar con mi hermana y esperar a que papá y mamá aparezcan en la puerta y yo vaya corriendo a abrazarlos y a besarlos.

Estoy confuso.  ¿Cuál es el sueño?