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domingo, 24 de septiembre de 2017

Reflexiones de uno que ya no es de izquierdas según los de izquierdas que no saben lo que es la izquierda

Hace ya unos cuantos años, corría el der señor de 1982, mi amigo Pedro, Pedro Massó, amigo de cuitas y destinos en una, entonces no muy lejana, “mili”, me llamaba para compartir la alegría por la victoria del PSOE en las elecciones. Ambos estábamos entre los que habían depositado con gran ilusión la papeleta de ese partido en las urnas. Ya entonces, y él no lo compartía, le expresé mi preocupación porque la victoria hubiese sido por mayoría absoluta y mis miedos a derivas por la falta de control en el gobierno.
Hace apenas un par de meses mi amigo Pedro, el mismo que me llamó en las elecciones del 82, me preguntaba junto a unas copas por qué alguien como yo, con las convicciones tan claras, se había alejado de las posiciones de la izquierda y ahora parecía de derechas.
La pregunta es delicada. La pregunta es absurda si quien te la hace no pretende escucharte, sino solo acusarte o etiquetarte. Afortunadamente Pedro y yo hemos compartido muchas charlas, muchas copas, muchas vivencias duras, incluso nos hemos jugado juntos la vida por nuestras ideas, como para hablar sin escuchar al otro, como para argumentar sin razonar, como para sacar en nuestras conversaciones una sola idea preconcebida.
Como buen gallego, en ejercicio y sentimiento, contesté con otra pregunta. ¿Estás seguro de que yo me he alejado de las ideas que teníamos, o ha sido la izquierda, la autodenominada izquierda, la que se ha alejado de nuestras convicciones? La respuesta fue la que yo esperaba de él: explícamelo.
Entonces, con la noche ya avanzada, con las copas casi vacías y una perspectiva laboral que me obligaba a trabajar al día siguiente, me limité a enumerarle mis desacuerdos con la izquierda actual sin poder entrar en reflexiones y debates más profundos. Hoy, con el tema de Cataluña emponzoñando aún más un debate interno en el concepto, ya casi perdido, de la izquierda, recupero para mí mismo la conversación y aprovecho para explicarme.
Creo en la lucha de clases, creo que los desfavorecidos del mundo, de todo el mundo, tienen derecho a una vida acorde con la dignidad y la libertad que les corresponde por el simple hecho de nacer. Pero no creo en las clases creadas al albur de una explicación de economía de mercado. No creo en la división trabajador versus patrón, porque ni todos los patronos son explotadores ni todos los obreros son explotados. Ni todos los patronos son culpables de avaricia ni todos los obreros son inocentes de abuso por su condición. Yo creo en la clase dominada y la clase dominante, en la clase dirigida y la clase dirigente. En la igualdad y en la libertad, mientras que la izquierda actual preconiza el intercambio de clases dirigentes, el quítate tú para ponerme yo y vuelta a empezar, porque seguirá habiendo una clase dirigida y otra dirigente y por tanto explotación, corrupción, desigualdad.
Creo en la libertad individual. En que cualquier individuo tomado por sí mismo tiene un valor moral, ético y humano superior al de cualquier grupo de individuos, porque el individuo tiene dignidad, criterio e ideales, es decir, es un ciudadano, mientras que los grupos, las masas, tienen afán de predominio, ideología y líderes que piensan por ellos, es decir vocación de adaptar el entorno a su criterio, o, por decirlo de otra forma, vocación de clase dirigente. Si, ya sé, este concepto se puede considerar libertario, pero es la izquierda la que pretende decir que los libertarios somos de izquierdas pero no pasa de ser una falacia fácilmente desmontable.  No, y de derechas mucho menos.
Creo en las clases internacionales, sin banderas, sin fronteras, sin quiebros semánticos que permitan maniobras imposibles que dañan al entorno sin aportar nada. No existe más nacionalismo que la clase, no existe más justicia que la universal, no existe más ley que la promulgada democráticamente. No existe más patria que la libertad ajena y por ende la propia, no existe más unión que la fraternidad. Me dan lo mismo los colores de la bandera, me dan lo mismo los ríos, los mares o los muros, todas son fronteras que deben ser superadas en nombre de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad. No hay emigrantes e inmigrantes, hay ciudadanos que se puedan mover por un mundo de todos.
Creo que todos los hombres al nacer tienen derecho a las mismas oportunidades, sin importar en qué lugar del mundo nacen, con qué sexo, con qué creencias o con qué aspecto físico. Y por tanto creo que el reparto mundial de la riqueza debe de estar enfocado a este objetivo, tanto en su fondo como en su forma. No creo que hacer justicia social pase por privar a una parte de lo suyo para repartirlo entre unos cuantos otros, no, creo que pasa por establecer límites al enriquecimiento y a la propiedad, por igualar  y no por invertir. A mí, las tortillas me gustan igual de hechas por los dos lados, no crudas por uno y tostadas por otro. No hay libertad si no hay igualdad, no hay justicia si no hay oportunidad, no hay fraternidad si no hay identidad. Nunca existirá, es imposible, la igualdad total, no sería tampoco justa, pero la desigualdad abismal que supone el que una empresa, una persona, gane en un día lo que necesitarían muchas para sobrevivir un año, no es hablar de justicia, ni de igualdad, ni de libertad, es hablar de perversión. Que una persona, o entidad o empresa, pueda acaparar los bienes de los que carecen millones en el mundo, no es hablar de justicia, ni de igualdad, ni de libertad, es hablar de vergüenza, o de falta de vergüenza.
Creo en la inmutabilidad del pasado y en su aceptación como medio de explicarme a mí mismo y a mi entorno. No creo en el revisionismo, ni en el revanchismo, ni en la justicia aplicada a los muertos, ni en las justificaciones de parte, ni en los buenos y los malos, ni en la necesidad de desmontar parte de la historia para justificar a otra. Creo que hay devolver su dignidad a los que lo merecen sin que ese merecimiento sea de bando, partido o bandera. Todo el que muere por sus ideas es digno, todo el que mata por las suyas es sospechoso. Y por tanto no creo en la guerra, ni en el frentismo.
Por eso yo me he alejado de la izquierda, de una izquierda rancia y desnortada que apoya nacionalismos burguesas, dictaduras que se llama del “pueblo”, que legislan para imponer su moral a la sociedad, que trabajan para crear un pensamiento único, que discriminan positivamente a algunas minorías y que hacen de la presión un objetivo que renuncia a la educación. Una izquierda que se mueve entre dos marxismos, el de Karl Marx, el de la dictadura del proletariado,-y el único proletariado que reconocen es el de los que piensan como ellos-, y el de Groucho Marx, el de si no le gustan estos principios tengo otros, el de dime que dice la derecha que yo digo lo contrario.
Una izquierda sin ética, sin rumbo, sin dirigentes capaces de sobreponerse a la ideología ciega y navegar hacia los ideales comunes de la humanidad.
Claro, y como critico a la izquierda más que a la derecha, como no les doy la razón, ni les aplaudo, soy automáticamente de derechas, facha, que tanto les gusta llamar ahora a los que adoptan posturas fascistas, absolutistas, intolerantes. No, queridos, los fachas sois vosotros, los que consideráis que hay límites a la tolerancia, los que consideráis que en el mundo hay enemigos, los que consideráis que nadie puede pensar distinto a vosotros sin ser culpable, perseguible, insultable, linchable.
Os podéis llamar de izquierda, os podéis creer que sois de izquierdas, progresistas, pero en realidad sois rancios, absolutistas y, en muchos casos, fachas hasta las últimas acepciones del término.

En todo caso, esto os lo dice alguien que ya no es de izquierdas según los de izquierdas que no tienen ni idea de lo que es la izquierda, o no les interesa.

lunes, 18 de julio de 2016

A las barricadas

Hay cosas que no se dicen porque está mal visto decirlas. ¿Por quién? Por aquellos más interesados en una mentira redentora que en una verdad triste y desarmante. Por aquellos cuyo discurso necesita imprescindiblemente de ciertos maquillajes históricos para ser más modernos, más avanzados o más progres. En realidad para ocultar la mediocridad de un discurso difícilmente asumible.
Hoy hace ochenta años que se vivió el penúltimo capítulo de un enfrentamiento entre dos Españas que lleva más de mil años produciéndose. De un conflicto que a día de hoy seguimos sin ser capaces de cerrar y superar porque estamos más interesados en lo que nos separa que en lo que nos une.
Porque ochenta años después seguimos identificando los bandos como buenos y malos con un simplismo descorazonador y culpable. Porque no han bastado ochenta años, ni ochocientos, ni me temo que bastarían otros ocho mil, para que el rencor acumulado, el revanchismo permanente, el odio visceral que destilamos ante ciertos temas permitieran una convivencia basada en el respeto a las ideas ajenas. O sea, una convivencia.
Parece ser que los partidos políticos, sus líderes, sus ideólogos, sus patanes, están más interesados en el enfrentamiento que en solucionar los problemas reales de una sociedad que se desangra en frentes inútiles, estéticos, interesados, en los que no importan los muertos y nadie está dispuesto a hacer prisioneros. No hay rivales, hay enemigos. La sangre por la sangre. El odio por el odio.
Una izquierda rancia, caduca, desfasada, parece tener como principal objetivo ganar una guerra que empezó hace ochenta años, y de la que fue parcial y directamente culpable con sus actitudes, y que perdió hace setenta y siete, clamando revancha contra aquellos que ellos designan herederos de aquellos golpistas que ni entonces tuvieron razón ni hoy podrían sostenerla. Una izquierda elitista y encerrada en sí misma que cada vez que coge esta bandera es derrotada en las urnas por una mayoría de población que clama por alguien que asuma sus necesidades, sus planteamientos y dejar atrás a los moros , a los cristianos, a los carlistas a los liberales a los absolutistas, a los franquistas y al frente popular, porque eso ya no toca, ya no importa por más que muchos sigan intentando removerlo.
Y la derecha de este país, parcialmente heredera de aquella que promovió un levantamiento ilegal y sangriento, la derechona de toda la vida, salvajemente capitalista, irredentamente clasista e insolidaria, se frota las manos viendo como sus contrarios la hacen el trabajo sucio. Como recibe el apoyo que en ningún caso es suyo, pero que los otros dilapidan con sus actitudes revisionistas y frustradas, porque tampoco es de ellos.
España no es un país en el que todos los ciudadanos tenemos una inamovible posición política, un país de afiliados seguidistas. La mayoría de los españoles, como la mayoría de los habitantes de los países avanzados, no comulgamos con ideologías cerradas ni con ciertas posturas minoritarias que se pretenden colar al albur de las mismas. La mayoría de los españoles queremos progreso y convivencia, paz y estabilidad.
Todavía hay gente que no ha entendido, que no ha asumido, que su mensaje no ha sido comprado por muchos porque las consecuencias ya las han vivido, o las han estudiado, o ambas cosas. Nadie quiere vivir una nueva guerra. Nadie, que no sea político o revanchista, quiere  volver a ver las familias divididas y diezmadas, los campos y las ciudades arrasados, la muerte como valor en alza. Todavía hay gente que no ha entendido que el mensaje radical no es compartido por la mayoría de los ciudadanos, sean “putos viejos” o simplemente personas que piensan por sí mismas.
No, lo importante, para ellos, no es el paro, lo importante no es la paz, lo importante no son la estabilidad y la convivencia. Lo importante es quitar los nombres de unos para poner los de otros, que serán cambiados después por los de otros más y quién sabe si en algún momento otra vez por los de unos. Y la mayoría silenciosa y sufriente, la mayoría harta de estupideces y revanchismos no queremos que dentro de ochenta años, y por culpa de unos nefastos, irresponsable e insufribles políticos, y su afán de poder, tengamos que recordar otra efeméride de muerte y pobreza, de miseria moral, social y económica.

Españolito que vienes al mundo, ni diós te va a guardar.

jueves, 21 de junio de 2012

¿Identidad Individual? (22-02-11)


Estaba yo que te estaba en el claro empeño de cumplir mi palabra de despedida de mi anterior intervención sobre lo de Internet, también conocido como ley Sinde, y su conexión con el pestazo, que no tufillo a estas alturas, intervencionista y antilibertario, y antiliberal, y antilibertades del individuo, y de adoctrinamiento moral del sujeto votante, estaba yo, como decía, en el intento de intentar razonar con claridad cuando me encontré que ya alguien había expresado, con claridad, mesura, altavoces, pantallas y una clara rectitud moral casi todo lo que yo pretendía decir, y si algo quedaba por decir, que era poco pero jugoso, lo decían claramente los rictus entre máscara y mascarada de los clanes aludidos, el gobierno, representado por dos ministras beligerantes y una de ellas juez y parte en el asunto, la oposición al brillante y en trance de dimisión autor del discurso, valedores del arte elitista y solo para los que lo puedan comprar, representados por la entrante y complaciente Iciar Bollaín, y el clan Bardem que desgraciadamente representa a esa izquierda rancia, adocenada y de salón a la que basta que se mencione la palabra izquierda o progresista para que se presten como banderín de enganche –a mi la música militar nunca me supo levantar- usando su posición privilegiada, en vez de ser llama de la imparcialidad docente de los ciudadanos, pero eso es más incómodo, exige pensar y no tener bandos.

Así que empecé a derivar hacia la presencia literaria de los estados opresores y la verdad es que encontré varios ejemplos entre los que destacaban el omnipresente “Gran Hermano”, cuya estética y métodos nos lleva a una evolución política actualmente casi extinta, pero también llamaban la atención los no menos alienantes y acomodados a la evolución de nuestro actual discurso político “Un mundo feliz” o “La Fuga de Logan”, en las que el “estado” decide moral, física y mortalmente sobre lo que conviene o no a la mayoría, o finalmente a todos.

Así que puestos a reflexionar, que hay que ver la de vueltas que algunos les damos a las cosas con tal de no ser felices, o felizmente alienados, y tirando de documentos oficiales he comprobado que para las administraciones soy: nada porque no tienen encabezamiento, contribuyente -en la mayoría-, objeto de comunicación o NIF. En ningún caso soy ciudadano, en ningún caso se ponen en contacto conmigo salvo para mandarme multas, requerimientos, citaciones… Ah! Y una que me tilda de querido amigo solicitando mi voto.

Efectivamente, ya he sido relevado mi máxima categoría dentro del entramado público, ya no soy ciudadano porque no existo individualmente para el estado salvo en el acto de sumar 1 a alguna de las masivas tendencias partidistas objeto de voto, porque si quiero disentir, si quiero expresar mi disconformidad con todos ellos, entonces soy para el estado un error que no tiene reflejo salvo en la cifra leída al final de todos los números, de todas las estadísticas oficiales e indiferentes a todo  lo que no sea el refrendo de su supremacía. Ellos son el “Ciudadano Ünico”, “El Gran Impostor”.

Rafa

Continuara, desgraciadamente.