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domingo, 6 de febrero de 2022

Cartas sin franqueo (LIV)- El encanallamiento

 Posiblemente tengas razón, aunque yo no lo vea así, y el encanallamiento de la vida española sea una consecuencia del desastre político al que asistimos a diario, pero, y voy a intentar razonarlo, ese movimiento de degradación pública y privada, del que tú tienes tan claro el flujo, puede producirse justo al revés. Es más, puede que sea un movimiento de vaivén en el que cada oscilación aumenta el encanallamiento del anterior.

Porque de eso se trata, de encanallamiento, de una pérdida de valores personales y colectivos, públicos y privados, que afectan directamente a los dos valores principales que sostienen a los demás, la libertad individual y la democracia institucional, y ambos, la calidad actual de ambos, deja mucho que desear.

Pero hablar de la consecuencia, sin hablar de síntomas y caminos, es poco más que una falacia. No se llega a la situación actual sin un recorrido culpable, sin una dejación de responsabilidades, sin una ceguera pertinaz, consentida y jaleada, sin una aplaudida falta de autocrítica. Pasar del fanatismo a la desfachatez, y a la exhibición y presunción de impunidad, con la que asistimos todos los días a aconteceres públicos, semipúblicos y privados, a acciones absolutamente aberrantes, que intentan presentarse como necesarias e, incluso, como beneficiosas para la sociedad, cuando es evidente que su falta de ética es tan perversamente dañina que enmascara cualquier posible beneficio de otro tipo, es una camino que ha de hacerse, que se ha hecho.

Tú sostienes, y es en lo que no vamos a estar de acuerdo, que el encanallamiento de la vida cotidiana es consecuencia del de la vida pública, política, y yo no estoy de acuerdo por los motivos que ya te dije. Es tal el nivel de encanallamiento en el que nos hemos acostumbrado a vivir, entre mentiras, corrupciones, medrajes, mediocridades ensalzadas y desfachatez para asumirlas sin complejos, ni responsabilidad, que hablar de libertad es una entelequia, y hablar de democracia es solo otra mentira.

El camino se inició, el de la desfachatez, el del autoritarismo mentiroso, el de la mentira que justifica los actos, allá por el gobierno de Aznar, durante el cual la corrupción, y no solo del partido en el gobierno central, también de los gobiernos autonómicos de todos los colores, se empezó a enmascarar con gestos de sobreactuación cómplice, y esa corrupción le sirvió a Zapatero para iniciar un periodo de frentismo radical que aún no hemos podido superar, y que llevó a un episodio tan chusco, lamentable y degradante, como el famoso debate de Solbes negando, con fines electorales, una crisis mundial que fue el detonante de una crisis nacional de dimensiones catastróficas para la economía del país. Y esta crisis, a su vez, fue la excusa perfecta para un gobierno, el de Rajoy, basado en el tancredismo y el autismo institucional, ciego y sordo a cualquier objetivo que no fuera el económico y a cualquier medio que no fuera el recorte de derechos y servicios sociales, todo ello rodeados de escándalos de corrupción de los que no salía otra responsabilidad que la del directamente acusado, la impunidad como referencia de las altas jerarquías del partido, lo que llevó a un clima irrespirable, que bien trabajado  posibilitó la irrupción de una nueva fase, de un ¿líder? cuya máxima es que cualquier daño ético ya lo curará el tiempo y cuya falta de verdad, de valores y de humildad nos han llevado al estado actual, en el que la democracia es una palabra, la libertad se mide por la capacidad de hacer lo que nos da la gana y la ética solo se aplica en modo comparativo. Y ese camino desemboca en una de las épocas más oscuras, democráticamente hablando, y desmoralizantes de la historia reciente de nuestro país. Si te sirve como ejemplo, el mercadeo y final chusco de la reforma laboral, pactada por un gobierno de limitada representatividad, que no avalan los socios que lo llevaron a gobernar, y unos supuestos representantes sociales que solo representan a una ínfima parte del entramado laboral español (hablo de números reales, no de conceptos deformables), a espaldas de las verdaderas necesidades de un momento difícil, y vendida como un compromiso, falso compromiso ya que el compromiso era otro, de los partidos en el gobierno con sus votantes, sabiendo, porque lo sabían, desde antes de comprometerse, que no tenían ninguna posibilidad de  derogar la ley anterior en el entorno globalizado en el que vivimos.

Y así leído, así planteado, tú tienes razón, pero si lo examinamos con un poco más de perspectiva, si abrimos nuestro espectro de visión para hacerlo más amplio, podremos observar un fenómeno paralelo, un poco anticipativo, que permite este proceso degradante que estamos viviendo, que justifica el populismo que nos está dominando y que conlleva que no nos quede, ni siquiera, la palabra.

Pensemos una cosa, José María Aznar es, de facto,  el primer representante no histórico de los partidos mayoritarios, el primer presidente del gobierno ajeno al proceso constituyente, ajeno a la transición, y, a partir de él, todos los demás tienen esa misma característica. Todos tienen ese algo en común, algo que no habían tenido los anteriores: gobiernan para sus partidos, o para ellos mismos y su cúpula, no para el país, no con un proyecto de estado. Gobiernan según sus programas, o no, pero siempre de espaldas a las necesidades cotidianas, del pueblo llano, de los no militantes.

Hay dos procesos populares que contribuyen de forma determinante, si no son el origen, de esta incapacidad de asumir las responsabilidades, de este criterio de que mentir soluciona cualquier error, de que hacer lo contrario de lo que se ha comprometido se soluciona con aplausos, con adhesiones inquebrantables, con la ignorancia, o prohibición, de la crítica. El primero son las elecciones primarias, que tan de moda democrática se han puesto y que significan, ni más ni menos, que el candidato elegido es aquel que más puede encender la pasión fanática de los militantes. Nadie piensa en el país a gobernar, nadie piensa en las propuestas políticas del candidato, nadie exige la viabilidad o capacidad de hacer viables esas propuestas, solo importa despertar el fervor de la masa, el populismo. El segundo factor es el fanatismo, seguramente el más dañino y degradante de los factores, porque elimina la capacidad de autocrítica, la capacidad de rigor ético, de una fuerza política.

Si la verdadera democracia reside en el pueblo, que es al mismo tiempo objeto y garante de esa democracia, que es al mismo tiempo sujeto de los derechos que sus representantes tienen que defender, y censor de las malas actuaciones de esos gobernantes, y ese pueblo, en el caso de los partidos sus militantes y simpatizantes, renuncia a esa censura, encanallado en un fanatismo que ampara cualquier actuación de los suyos, la democracia ha dejado de existir, y el gobernante entra en una frase de impunidad, de desfachatez, de encanallamiento.

Y ahí estamos, en el fanatismo, en el forofismo, en la mentira, en el autoritarismo, de momento temporal, en el populismo, en los falsos valores, en la mentira sin consecuencias, en la impunidad, en la desfachatez, en, en definitiva, el encanallamiento del que te hablaba.

viernes, 13 de agosto de 2021

Cartas sin franqueo (XLI)- El cartelito

Me comentabas sobre el tema del cartel que han prohibido, no sé si prohibido o retirado, en Toledo. Un cartel de la cantante Zahara que parecía querer figurar la imagen de una virgen católica. Ya no es la primera vez, y supongo que no será la última, en la que se utiliza este tipo de estética para hacer creaciones que encuentran una respuesta airada por parte de las posiciones más tradicionalistas del catolicismo.

Y yo, a fuer de ser sincero, no tengo claro, en este tema, donde está la razón. Ni lo tengo claro, ni creo que nunca lo llegue a tener, por propia experiencia vital. Dejé el catolicismo, como ya te comenté alguna vez, cuando tenía catorce años por un tema de acoso por parte de un profesor, sacerdote y tutor de mi curso, pero precisamente por eso intento que mis sentimientos personales no dicten mis actos y eso me condiciona a la hora de evaluar estas situaciones. Sí tengo claro que cuando alguien se mete con algo que para mí es querido me molesta, pero hasta ahí llego. El tema es muy complejo, y afecta demasiado a demasiada gente. Y yo, repito, me considero incapaz de otra cosa que no sea una llamada de atención sobre mi propia contradicción, no por su valor como vivencia personal, si no como llamada al respeto mutuo, que parece ser la última preocupación de las partes en litigio.

Se supone que el ejercicio de la libertad, esa que emana de los derechos ajenos y no de los auto-otorgados, comporta anteponer la libertad ajena a la propia a la hora de encontrar los límites de la convivencia, no de la reclamación en su nombre de la posibilidad de ofender a otros.  Si alguna cosa sí tengo clara es que cada vez que alguien reclama para sí un derecho, lo hace en detrimento de otro ajeno, y esa práctica es contraria al sentido ético de libertad. Eso y que mientras se invoquen libertades propias contrapuestas no podrá existir la libertad,

Yo no sé, no tengo argumentos ni convicciones que me posicionen, si la libertad religiosa debe de estar antes o después de la libertad de expresión, eso lo debería de decidir alguien con una ética impecable, y yo no conozco a nadie así. Por lo mismo considero que se tome la postura que se tome en este tema nadie tiene la razón, y si la razón parte de la utilización de la imaginería ajena con ánimo revanchista, no parece que tenga un buen discurso. Los que estáis cargados de razones, y de razón, en un sentido u otro, sabréis lo que os dicta en lo más íntimo vuestra conciencia, yo sé lo que me dice la mía, y la mía me dice que yo nunca utilizaría el ataque a convicciones ajenas para reforzar las propias. Tiquismiquis que es uno.

Pero no nos quedemos en esta mera mención. Partamos de que la ofensa es algo tan subjetivo como quiera el ofendido. Sigamos porque hay un claro sentimiento anti-católico en un parte de la sociedad, enmascarado en un planteamiento laico, que acaba adivinándose laicista. No olvidemos que una imagen es una representación idealizada, concebida por un autor, sobre un personaje o un tema, y que no es, en ningún momento, el personaje mismo, ni necesariamente lo simboliza o representa más allá de lo que ciertos sentimientos populares le confieran. Convengamos en que esos sentimientos populares son tan respetables, en el sentido estricto del término, como cualquier otro sentimiento de cualquier índole que pueda producirse. Acordemos que quién crea este tipo de carteles, representaciones, actos, sabe desde el primer momento cual va a ser la reacción de ciertos estamentos, y por tanto la busca. Por el mismo motivo podemos acordar que esos mismos estamentos saben que se les está provocando y entran al conflicto, luego son parte activa del entramado. Resumiendo, en toda esta historia no hay ni un solo inocente, ni uno, en ninguno de los dos bandos. Unos porque buscan imponer su criterio sobre personas cuyas creencias y convicciones no son negociables, y los otros porque en su intransigencia intentan apropiarse de unos símbolos que al cabo del tiempo son más culturales que religiosos. Los unos soberbios e intolerantes, los otros cerriles e intransigentes.

Hace mucho tiempo que comprendí, en mi propia experiencia, que no puedo identificar a una institución con sus miembros, que no puedo juzgar a un colectivo por el peor de sus integrantes, que, a nada que se libere uno de pulsiones, hay buenos y malos en todos los grupos sociales, tengan el fin que tengan, y que una historia larga permite una mayor enumeración de errores, pero eso no significa una mayor maldad intrínseca. Hasta los malos tienen sus ratos buenos, hasta los buenos tienen sus ratos malos.

Por eso, porque me negué a identificar a toda la iglesia católica con un acosador, porque me negué a considerar que la actuación de unos cuantos, por mucho daño que hubieran hecho, invalidaba la trayectoria de una institución secular que había amparado y promovido el arte, que había generado las virtudes, y los defectos, sociales en las que se basa nuestra civilización, porque me negué a asumir que el comportamiento y mensaje de los poderosos de la iglesia fueran su mensaje, y sí lo era el de los miles de hombres y mujeres de a pie que, con mayor o menor fortuna, con más o menos acierto, ayudaban, daban amparo y confortaban a todo el que estuviera en necesidad, más numerosos, pero más desconocidos, ha sido por lo que nunca me he consentido ser anticatólico, y, por ende, anti nada.

Sigue habiendo quién considera que los mensajes de prelados y príncipes eclesiales, son el verdadero fondo de la iglesia, la creencia rígida de varios millones de personas que practican esa fe. Lo dudo. Simplemente son personajes que intentan marcar un rumbo temporal de una institución secular en cuya historia difícilmente acabarán figurando. Pero tampoco se crean los laicistas que en su pretendida erradicación social de la tradición, mucha, inevitablemente,  de origen religioso van a tener más éxito. Al menos por la vía de la imposición y la provocación.  Y mientras tanto solo queda soportar, con cierto estoicismo, los enfrentamientos, los sistemáticos enfrentamientos, buscados con ahínco por ambos lados.


domingo, 21 de febrero de 2021

La libertad de expresión

 

Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja”. Francisco de Quevedo a Isabel de Borbón, reina consorte de España, que era efectivamente coja. El muso de las calles actuales diría algo así como: "Isabel, coja de mierda, ojalá te maten" o de forma que ritme más porque es poeta.

Tal como te anuncié en mi carta anterior, vayamos ahora con el segundo ingrediente de lo que acontece, aunque solo sea porque es la razón invocada en este momento para esas noches de orgía violenta, idénticas a esas otras que antes se dieron invocando la independencia catalana. Exactamente iguales, con los mismos protagonistas, que al parecer lo mismo se apuntan a un roto que a un descosido siempre que haya opción de utilizar la coacción ciudadana y de paso, como quien no quiere la cosa, llevarse para casa algún que otro objeto escapado de algún escaparate al paso.

Partamos de que a mí, y ya lo he dicho varias veces, los valores y los derechos me gustan sin apellidos. Cuando apellidamos algún derecho lo que estamos haciendo es recortándolo, y, precisamente por eso, hablar de la libertad de expresión me produce la sensación de estar hablando más de una renuncia, de un fracaso, que de un logro.

Porque invocar el derecho a la libertad de expresión es un reconocimiento explícito de que no existe la libertad, sin más, sin etiquetas, sin acotaciones y, por tanto, reconocemos la imperfección del mundo en el que vivimos. Invocar la libertad de expresión significa que nuestros derechos y obligaciones emanan de una legislación que los limita, que los tutela, y sobre la que le hemos otorgado el derecho a ser administrada a alguna institución de un ente pretendidamente superior al individuo. Por la fuerza o por nuestra  delegación, que eso ya dependerá del sistema  en el que convivamos.

Y, si le hemos otorgado ese derecho, eso significará que hay unas reglas aceptadas que marcan los límites, las excepciones y las represalias que su incumplimiento conlleva. En eso consiste la convivencia reglada, en que hay una institución que vela porque se cumplan las reglas, las leyes, y que dice actuar en nombre de la colectividad.

En un mundo ideal la libertad de expresión no necesitaría ser invocada, es más, ni siquiera existiría el concepto, ya que existiría la libertad, sin apellidos. Pero este no es un mundo ideal, y la libertad está regulada. Concretamente, la libertad de expresión está regulada porque debe de estar limitada por el derecho al honor y por la prohibición de incitar al odio y a la violencia.

Ambas limitaciones, el derecho al honor y la persecución del odio, se hacen necesarias dada la tremenda confusión que sufren algunos individuos, algunas organizaciones, al considerar que la libertad, habitualmente su libertad, es tener derecho a todo, sin límites, sin cortapisas, sin tutelas, sin importar a quién se daña en su ejercicio.

Pero fuera de esas tutelas existentes, fuera de instituciones o cargos públicos, la pretensión de utilizar la libertad de expresión como excusa, nunca como argumento, para insultar, menospreciar, humillar, vilipendiar o zaherir a otra persona, la pretensión de ampararse en la libertad de expresión para llamar al linchamiento, al acoso, a la muerte de otra persona, lo único que puede demostrar es el absoluto desprecio por los derechos ajenos y una necesidad acuciante de educación. No de “buena educación”, sino de educación en valores, de esa educación que genera un compromiso ético personal.

¿Cuándo es lícito reclamar la libertad de cualquier tipo? La prueba del algodón no engaña, la seguridad de estar reclamando lo justo solo es constatable cuando el derecho a defender, la opinión a permitir, es contraria a la nuestra. No es que debamos renunciar a reclamar lo que consideremos reclamable para nosotros mismos, evidentemente, pero siendo estrictos en nuestra mirada, siempre habremos  de considerar que la reclamación de derechos que se acomodan a nuestro pensamiento debería de estar bajo la sospecha de la conveniencia, mientras que reclamar el derecho ajeno nos permite estar convencidos de hacer lo correcto.

Pero esa prueba no se hace. Falla de forma estrepitosa. Falla porque se invoca el derecho a la libertad de expresión desde una posición que pretende limitar ese derecho a los que no compartan cierto alineamiento político, porque los que reclaman su derecho a expresarse libremente son los mismos que se manifestaron contrarios a que otros lo hicieran no hace mucho tiempo. Porque los que dicen reclamar ese derecho para ellos pretenden limitarlo para todos los que opinen de una forma diferente.

Me resulta doloroso, extremadamente doloroso y significativo, comprobar como la libertad de expresión se reclama con argumentos y acciones de corte fascista. Como al amparo de la etiqueta anti-fascista se mancillan derechos y libertades con actitudes fascistas de libro, y además se hace invocando los mismos derechos y libertades que esas actitudes niegan a los demás, a la inmensa mayoría.

No, en la libertad, en los derechos, no todo vale. No porque la ley lo mande, no porque lo diga un gobierno, un partido o una institución. No todo vale porque lo dice la ética, esa que emana del rigor de la propia mirada, del compromiso con las libertades y los derechos ajenos.

Y como sé que me lo vas a decir, no, no he hablado de ese personajillo mediocre, medrador y carente de la ética más elemental que ha servido de excusa para todo lo que está sucediendo. No voy ni a pronunciar su nombre porque sería hacerle un tributo a su megalomanía perniciosa, inmoral. La provocación, como argumento para medrar, es tan antigua como la humanidad, pero, si ha habido provocadores geniales, me vale Quevedo, otros, como el de actualidad, son hijos de la mediocridad de su tiempo.

En definitiva, por si no había quedado claro, la libertad de expresión debe de ser absoluta en cuanto crítica a instituciones, a organismos, a cualquier tipo de ente colectivo que administra, decide o regula en nombre de una colectividad, pero jamás debe de permitirse para inferir un daño, moral o físico, a un ciudadano, o a una institución que representa una forma colectiva de entender la vida.

Me voy a permitir, para acabar, contarte una anécdota que puede ilustrar el trastoque de valores. Corría el principio de los setenta en Orense, cuando se organizó una protesta, promovida por intelectuales, artistas y políticos de diversas tendencias (todas prohibidas), consistente en una reunión en la catedral. Solo hubo un detenido, Jaime Quesada, pintor famoso, por proferir la expresión “me cago en Franco”. Una vez interrogado fue puesto en libertad porque alegó que el Franco al que se refería no era el jefe del estado, era su cuñado, cuñado que se llamaba Franco Muela.

En un estado totalitario se protege a las instituciones y se desprotege al individuo, en un estado de derecho Jaime Quesada debería de haber sido imputado por una falta al honor de su cuñado, y totalmente absuelto por criticar a la institución de la Jefatura del Estado en el nombre del que ostentaba el cargo.

A mí que se metan con el rey, con los ministros, o con cualquier símbolo del estado, del gobierno o de los partidos, me parece un ejercicio más o menos sano en función de la inteligencia de la exposición, de su fundamento y de la intención del reclamante, pero si alguien insulta, o falta al respeto a algún individuo, se llame Felipe de Borbón, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Santiago Abascal, fuera de su cometido institucional, me parece intolerable, y, desde luego, fuera del amparo de ningún derecho o libertad. Si la llamada además es a la violencia, ya me da igual si la víctima es individual o colectiva, la violencia no puede estar amparada por ningún derecho porque es la negación misma de todo derecho.

sábado, 9 de mayo de 2020

Las miserias humanas (IX): el futuro


Es un dicho lleno de sabiduría ese que sostiene que a veces el árbol no deja ver el bosque. Me temo que una de nuestras mayores miserias en esta crisis, que solo podremos observar pasado el tiempo, es que de tanto atisbar para ver cómo será el futuro se nos ha pasado reflexionar sobre el futuro que, a nuestras espaldas, nos están construyendo.
Habrá a quién le guste la perspectiva, a quién le guste el modelo, quién se sienta beneficiario de ese proyecto y lo aplauda, pero me temo que la mayoría trabaja a favor de esa nueva normalidad sin pararse a pensar en que está ayudando a un sistema absolutamente contrario a sus valores.
Hemos pasado por este confinamiento tan enfrascados en darle la razón hasta la irracionalidad a unos y denigrar hasta el insulto a otros, que, como ya viene siendo habitual, no hemos tenido tiempo de pararnos, reflexionar y tirar un tentáculo de inteligencia proyectado hacia las consecuencias que el hoy real va a tener en el mañana planificado.
Hay quién, seguramente con mucha razón, ha llegado a hablar de cambio de paradigma. Hay quién se erige en defensor de la sanidad, otros de la economía, otros de la gestión, y todos, todos hablamos desde el miedo, desde un terror a causa del que pagamos nuestra supuesta seguridad en derechos, en libertades, llegando a exigir que el precio sea aún mayor para sentirnos a salvo.
Hablamos por boca de organismos incontrolables, nacionales, internacionales,, sospechosos muchas veces en sus actuaciones, pero olvidamos todo recato en aplaudirles si lo que declaran apoya lo que aquellos que consideramos los nuestros dicen. Sin reparar en el precio, sin reparar en la enormidad de la pérdida, sin reparar en que ayer decían lo contrario y también les aplaudíamos. Sin reparar en que hay otros tantos, igual de sospechosos, igual de inconsistentes, que dicen lo contrario.
Nuestro futuro, apuntado por nuestro presente, apuntalado por nuestro pánico, es un futuro entregado a las grandes corporaciones, a las farmacéuticas que nos curen, a las químicas que nos alimenten, a las energéticas que nos proporcionen confort y a las tecnológicas que nos construyan un mundo mejor.
¿Mejor para quién?
¿Quién, habiendo renunciado a sus derechos, habiendo pagado con sus derechos, confort, salud, alimento  y control, podrá tener acceso a reclamar equidad, justicia, libertad?
¿Quién, llegado el momento de necesitar un tratamiento pionero, inaccesible salvo para unos pocos, podrá reclamar la equidad que ahora está entregando por miedo?
¿Quién, llegado el momento de escasez de alimentos sanos y naturales, podrá reclamar la libertad de elegir un productor ya inexistente, o tan selecto que solo cierto privilegiados podrán alcanzar?
¿Quién ante la escasez, real o inducida, de tierras libres, de agua, de aire o de energía, y su acaparación por quienes pueden, se atreverá a solicitar la justicia a la que ha renunciado encerrado en su minúsculo pánico?
Un mundo mejor donde todo sea posible, pero solo para quién pueda pagarlo, para quienes en los tiempos de miedo ciego han aprovechado para constituirse en propietarios únicos de lo que es de todos.
Hay tantas distopías, tanta literatura que intenta, que ha intentado, avisarnos sobre los perversos caminos que el poder real utiliza para perpetuarse, que no podemos alegar que nadie nos había avisado.
Pero el miedo manda. No un miedo natural y constructivo. No un miedo que nos obligue a la precaución. No, un terror pánico que nos hace refugiarnos en lo más profundo de nosotros mismos, de nuestra comunidad, de nuestro pueblo, de nuestra casa, de nuestra piel, y que hace peligroso todo lo que intente acercarse a nuestra zona de ensimismamiento, de ceguera histérica y egoísta, histéricamente egoísta.
Parece ser, es, que hemos cambiado economía y salud por tiempo. Que solo hemos ganado tiempo dejándonos en el empeño una parte irrecuperable de nuestra vida. El tiempo, no ese que hemos ganado, si no ese que no nos permite ver nuestro miedo actual, nos pondrá en nuestro sitio, aunque entonces ya será tarde para demandar lo que hayamos cobardemente regalado.

jueves, 30 de abril de 2020

Truco o trato


Decía Alfonso Guerra, que después del mandato socialista iban a dejar una España que no la iba a conocer “ni la madre que la parió”. Sin el toque populista, otros hablarán de gracejo andaluz, del lenguaje guerrista, este nuevo gobierno socialista se ha empeñado en instalarnos en una nueva realidad generada y gestionada por ellos con la complicidad de un bichito microscópico que convenientemente utilizado provoca el pánico necesario para que la sociedad se quede inerme ante quién promete la protección frente al peligro mortal en que nos han sumido.
Está esta nueva realidad entramada en la nueva normalidad explicada con el nuevo lenguaje que ya llevan intentando instalar desde hace varios años, tal vez un par de décadas. Claro que el intento, sin el miedo que paraliza y provoca entreguismo, pone en cuestión, si uno es capaz de dar un paso atrás y evadirse del chantaje, algunas preguntas casi elementales: ¿Puede una normalidad ser nueva? ¿La normalidad no es la consecuencia de una vivencia habitual y sin variaciones apreciables? ¿Vivir con miedo es vivir, o sobrevivir?
Lo decía mi amigo Mariano Para, tras un suceso de salud grave, en una comida cuando alguien le preguntó si no le daba miedo su normalidad a la hora de comer y beber: “A mí lo que me gusta es vivir, no sobrevivir”
Dice el dicho, que siempre existe a propósito en el refranero español, que el miedo siempre es un mal consejero. No sé si lo dice el dicho, pero me atrevo a decirlo yo, no existe normalidad con miedo, no existe la normalidad con una espada de Damocles sobre nuestras cabezas, no existe normalidad en la permanente rémora de tamizar nuestra convivencia, nuestra planificación vital en función de una amenaza tan inevitable como invisible.
¿Susto o muerte? ¿Truco o trato? Pues a lo mejor hay que elegir muerte, a lo mejor ni susto, ni trato. La vida, que dura menos que un suspiro, su normalidad, no puede quedarse enganchada en un miedo irracional y condicionante.
Yo no quiero una nueva normalidad, ni siquiera explicada con un nuevo lenguaje lleno de desescaladas, de pantallas evolutivas, como si mi vida fuera un videojuego, de controles anónimos de mi localización, que solo serán anónimos mientras a alguien no le interese ponerle nombre. Yo quiero mi normalidad de siempre, yo quiero vivir sin miedo, sin policías de balcón que me digan lo que está bien o mal, sin fases de libertad individual, sin necesidad de consultar una estadística, que además no me creo, para saber si ese día puedo abrazar a mis amigos, o besar a mis hijos y nieta.
El problema del poder cuando encuentra un resquicio, es que le gusta mandar, dominar, imponer, y en cuanto encuentra una oportunidad intenta apropiarse de unas prerrogativas sobre el individuo que en otro caso serían derechos individuales.
Yo quiero mies derechos íntegros, yo quiero mi libertad íntegra, yo quiero decidir mi riesgo sin que nadie venga a hablarme del coco, del hombre del saco o del coronavirus. Yo quiero, y ya es querer, que no se utilice a ese miedo para decirle a los demás que mi libertad pone en peligro su salud, su vida. Primero porque no es verdad y, sobre todo, porque si eso fuera verdad también sería responsabilidad suya y de la educación errónea que nos habrían inculcado.
El virus mata la vida, en muchos casos. El miedo al virus mata la libertad, siempre.

sábado, 24 de marzo de 2018

Cuncta fessa

Esta es la frase con la que Tácito, el historiador romano, resumía los hechos por los que la República romana había permitido a Octavio Augusto proclamar el Imperio con él a la cabeza. Esta es la frase con la que en muchos periodos de la historia se podría explicar cómo el populismo, las malas gestiones,  el liderazgo de los mediocres, la radicalización de las minorías, las excesivas presiones sobre la mayoría de la población que ve formarse una sociedad que no se corresponde con sus ideas, llevan a la renuncia voluntaria a los derechos por parte de las gentes y a otorgar el poder a formaciones políticas de tipo dictatorial. “Todos cansados”, todos hartos de que se nos convoque cada cuatro años para luego legislar y gobernar de espaldas a nuestras aspiraciones.
Todos cansados, hasta las narices, de minorías que imponen su criterio llevando hasta el ánimo popular una sensación de hastío y no pertenencia que les hace mirar con añoranza hacia sociedades más férreas, de criterios absolutistas. Porque una cosa es la evolución y otra la involución.
Todos cansados, desmoralizados y furiosos, viendo como en el tablero político se juegan partidas que a los que somos de a pie nos importan un ardite. Viendo como siempre hay excusas para recortar los derechos individuales, para abandonar a los débiles y a los necesitados, para aplastar a los que intentan denunciarlo, para marcar con mayor rigor la frontera entre potentados y necesitados, para enfrentar con cualquier excusa y evitar reivindicaciones que realmente sean necesarias.
Todos cansados, tristes, incrédulos, observando una pretendida oposición al poder que hace todo lo posible porque este se perpetúe. Que lejos de aportar posibles soluciones reivindica la creación de nuevos problemas. Que lejos de representar a la gente de la calle, sus cuitas, sus anhelos, sus aspiraciones, pretenden imponerle otros que ellos no desean.
Todos cansados, introspectivos, desesperanzados, observando entre la desidia, la ironía y el viejo germen de lo que nadie desea desear, como nos escamotean día a día la libertad, la justicia, la equidad, la fraternidad, el pasado, el presente y el futuro sin que encontremos los resortes para evitarlo. Los resortes para devolverles sus engaños, sus mentiras, sus palabras huecas o retorcidas y sumirlos en el pozo de la ignominia de donde nunca deberían de haber salido.
Cuncta fessa. Todo es cansancio. Todos cansados.
No hace falta un Tácito para entender lo que está pasando. No hace falta ser una gran analista para comprender como nos están llevando a unos contra otros, diviendiéndonos en facciones controlables, mediante ideologías, mediante banderas, mediante canciones, para que no podamos tener la fuerza imprescindible para plantarnos y decir basta. Basta¡, Baaastaaaa¡¡¡
Todos cansados, entregados. Entregados con fatalidad a lo que acontece. Entregados con ceguera a fanatismos alienantes. Entregados con furia unos contra otros. Entregados desde nuestra más incipiente educación a ser títeres incapaces de un pensamiento libre e independiente.
Fessa sum.  Fessi sumus.  Cuncta fessa. Hasta que alguien, dentro de no mucho, sea capaz de recoger todo ese cansancio, toda esa desazón y llevarla por un camino indeseable, indeseado, intolerable, pero libremente elegido por todos los abandonados, ignorados, resabiados, hartos, de este mundo.
Cuncta fessa, el que avisa no es traidor.

sábado, 17 de marzo de 2018

Huérfanos, silenciados, ¿ciudadanos?


Si fuera un adicto de las conjuras pensaría que hay una en marcha para que los ciudadanos abjuremos de la democracia como sistema político deseable. Es más, una vez dicho en voz alta, una vez implantado a nivel comunicación en mis neuronas, es posible que esté empezando a sospecharlo.
Por más que miro a mi alrededor, en todo el mundo civilizado, veo cada vez menos ejemplos de una aplicación real de las esencias de la democracia. Incluso la utilización del término para encubrir totalitarismos es una constante que descorazona. Son países, son actitudes, son instituciones y reivindicaciones los que parecen empeñados en vaciar de sentido la palabra, en secuestrar su significado, en hacer antipático su planteamiento.
Se supone que la democracia, se supone y se debe de tener claro, es el sistema por el que el pueblo, así, de forma universal, sin restricciones de ningún tipo salvo la edad, se gobierna a sí mismo mediante representantes elegidos libremente. El sistema por el que los ciudadanos son capaces de tener voto y ceder su voz a aquellos que eligen para que lleven hasta las asambleas de representantes constituidas su voz y su sentimiento. Se supone, pero cada vez está menos claro que esto funcione como debiera.
Esta forma de representación se llama democracia parlamentaria, pero no es la única posible. También existe la democracia asamblearia, una democracia en la que los votantes son convocados a pronunciarse sobre cualquier tema sin representantes intermedios, sin cesiones, sin concesiones a consideraciones de tipo ideológico. Tal vez esta sea la verdadera democracia aunque tenga el problema de una cierta inoperatividad porque cada decisión ha de ser discutida y votada con los problemas de infraestructura a los que puede dar lugar. También  existe una forma de aplicar un sistema mixto, un sistema en el que el voto ciudadano no esté secuestrado para todas las cuestiones durante el periodo de validez de una legislatura sin que tenga canales para mostrar su disconformidad con las decisiones tomadas, teóricamente en su nombre, por un representante que no les representa.
Es verdad que la democracia es un sistema complicado que exige de una madurez ciudadana que, tendiendo la vista alrededor, parece entre escasa e inexistente. Que produce vencedores y vencidos y presupone la generosidad del vencedor representando al vencido y el acatamiento sin rencores ni revanchas del vencido que confía en el vencedor. ¿Les suena?, a mí tampoco.
Cuando, y hablo ahora de España, la forma, torticera y desilusionante, de aplicar el voto conlleva la degradación del ciudadano a mero objeto votante, sin que exista una representatividad directa, sin que exista un compromiso adquirido por el votado respecto a los que lo votaron, sin que exista ninguna opción de reclamar a los elegidos por parte de sus electores, porque ni hay correlación, ni hay voluntad, ni hay complicidad, la democracia se convierte, se ha convertido de hecho, en un término técnico sin ningún prestigio real en la calle.
La introducción de las ideologías en el juego democrático, de los partidos que las representan, a ellas y no a los ciudadanos, como única opción de representatividad, solo hace aún más espeso, más artero, taimado y desilusionante el sistema. El ciudadano es manejado, es utilizado, es olvidado en los tejemanejes institucionales sin que nadie pretenda tener en cuenta su opinión, sus sentimientos o su voluntad. El sistema electoral español está especialmente diseñado para eliminar cualquier tipo de representatividad real, para cercenar de raíz cualquier posibilidad de reclamar a los prepotentes, teóricos, representantes del pueblo cualquier responsabilidad por sus actos o exigirles la representación real de la voluntad popular.
Mientras unos se dedican a decirle a los ciudadanos lo que tienen que pensar para poder ser personas de bien, otros se dedican a buscar el mayor beneficio de ciertas élites próximas. Mientras unos trabajan por una uniformidad moral según sus particulares criterios, otros promueven una deformidad moral en la que nadie pueda sentirse capaz de demandar rigor de ningún tipo. Mientras unos dicen actuar por el bien de la humanidad y su futuro, los otros dicen exactamente lo mismo. Eso sí, todos, sin excepción, pretenden decirle a los ciudadanos que deben de hacer, de pensar, de votar y ninguno, absolutamente ninguno, está interesado en escuchar lo que realmente piensan los votantes, los pretenciosamente llamados ciudadanos.
Esta insostenible falacia representativa conlleva el desprestigio, la sospecha, la denigración irremediable del concepto de democracia. Y tal vez no sea inocente.
El ciudadano, en realidad, y dados los recortes de sus derechos y el secuestro de su voz, el votante o contribuyente según las necesidades del momento del sistema, no tiene ya más capacidad, respecto a su entorno, que elegir cada cuatro años entre unas siglas herméticas y monocordes, seguidas de unos nombres, en su mayor parte desconocidos, que saldrán elegidos según unos complicados procesos matemáticos y unos repartos ininteligibles de representantes según la utilidad política de una ley electoral donde lo único que no se contempla es el derecho del ciudadano a elegir a quién tiene que representarlo y el acceso al nombre y apellidos de aquella persona a la que debe de dirigirse para atender sus problemas o necesidades, ya que los elegidos votarán según su ideología de forma unánime y sin preocuparse ni por un momento de aquellos que los votaron o sus verdaderas opiniones.
Llevo años clamando por las listas abiertas, por la circunscripción electoral única. Voy a empezar a clamar, en el desierto, ya lo sé, por la necesidad de incluir el referéndum para ciertos temas en los que la ideología no es un parámetro válido para secuestrar la voluntad ciudadana, suponiendo que la los ciudadanos no sea ya una especie extinta.
La bochornosa, la alienante, la repugnante escena de la votación en el parlamento sobre las enmiendas a la PPR (Prisión Permanente Revisable), en la que diferentes facciones de teóricos representantes de la población de este país  hicieron una demostración patética de lo poco, lo nada, que les importa la verdadera voluntad popular utilizando, haciendo escarnio, de hechos absolutamente aberrantes y luctuosos para su propio beneficio electoral, para su propio enaltecimiento moral, para su propia justificación, injustificable, salarial, me lleva a pensar que los ciudadanos, pocos o muchos, que aún quedamos en este país tenemos una absoluta orfandad de representación pública.
Votamos y callamos. Pagamos para que no nos representen y callamos. Nos llaman populistas, fascistas, vengativos, o cualquier otra cosa, y callamos. Nos despojan de los derechos más básicos y callamos. Legislan contra nuestros intereses, contra nuestra voluntad, y callamos. Y callamos. Y callamos. Y callamos, y ya no esperamos nada.
Huérfanos, frustrados, amargados y callados.

martes, 13 de febrero de 2018

Los derechos, la razón y la lógica

Uno de los grandes problemas de esta sociedad en la que estamos inmersos es la facilidad con la que se reclaman los derechos, y esa facilidad, esa permisividad en la reclamación de los derechos propios, suele llevar aparejada una falta de sensibilidad preocupante hacia los derechos ajenos. Y me preocupa, sobre todas las actitudes, esa reclamación áspera, violenta que se vale del insulto, cuando no de la agresión, para desacreditar al que pone en duda el derecho reclamado, o simplemente contrapone otro hecho que le sea más propicio como agravio justificante aunque nada tenga que ver con el derecho reclamado pero si sirva para desvirtuar la alegación del oponente
Pero lo peor es que esto no sucede solamente a nivel de individuos, si no que se han puesto en marcha colectivos militantes de derechos minoritarios cuyos usos, y abusos, parecen llevar aparejada más en su intención la erradicación de los derechos ajenos antes que la consecución y armonización de los derechos propios.
Las redes sociales son un ejemplo claro de cómo las ideologías de parte recurren a cualquier actitud, incluso las más miserables, para reivindicar “su derecho” sin reparar o sin importarles que existan otros derechos, en muchos casos de mayor rango, que quedan absolutamente rebasados.
Se podría abrir el debate sobre el rango de los derechos, pero me temo que el principal problema es que dado el cariz de los defensores de “sus derechos” y la capacidad de diálogo que habitualmente exhiben nada sería capaz de convencerlos de los derechos ajenos que pudieran contravenir su absoluta razón.
Y para no averiguar si fue antes el huevo o la gallina, los políticos hacen últimamente demostración palmaria de sectarismo, populismo y desvergüenza, reclamando, creando, anteponiendo derechos sin ningún rigor, posibilidad de defensa en cualquier tipo de foro que no les sea propio o viabilidad.
Por no hablar, que hay que hablar e indignarse, del permanente ataque al lenguaje que nos es común y cuya degradación por sus intereses y manejos me parece indecente. Indecente e interesado porque gracias a ellos, y a nosotros que les reímos la gracia, ya no nos va quedando ni la palabra.
Lo cierto es que desmontar todas estas falacias es sencillo. En realidad es sencillo desde la razón, que es lo que no están dispuestos a utilizar los consideran que la tienen. Basta con aplicar la lógica binaria a cualquier derecho que se quiera, o se considere con derecho a, ejercer. La lógica binaria, y los diagramas de flujo que son su representación gráfica, es una herramienta que utilizamos los programadores para llegar a un resultado partiendo de los datos. Solo admite las respuestas si y no a cada pregunta, y si en alguna puede haber lugar a matices es porque nos hemos saltado preguntas intermedias. Me permito adjuntar uno básico, no exhaustivo, y en el que la única licencia que me he permitido es considerar de mayor rango la legislación internacional que la local y lo he hecho solo por clarificar su lectura, ya que me hubiera bastado preguntar en un bucle numérico por legislación de rango correspondiente, sin especificar, y cerrar el bucle de legislaciones con una pregunta de si hay más rangos.

Como ya he dicho, para aquellos que consideran que el único uso posible de la razón es tenerla molestarse en comprobar lo que les es obvio no es una posibilidad.

Recuerdo con nostalgia aquel maravilloso programa de TVE que se llamaba el Monstruo de Sanchezstein y que obligaba a los niños a descomponer sus órdenes complejas en órdenes simples si querían alcanzar alguno de los regalos que el monstruo podía llegar a tener a su alcance. Pero enseñar a pensar a los niños, y que decir de los adultos, enseñarlos a razonar y enfrentarse a lo correcto, no es una de las prioridades de la enseñanza en esta sociedad. No lo es en los centros de enseñanza ni lo es en las familias. Es más fácil, más asequible, el abuso, la discriminación ¿positiva? y el insulto como medios para obligar a los demás a respetar el derecho de aquellos que siempre tienen razón y lo único que pretenden es educarnos a los demás. Eso o promover a las más mínima oportunidad una ley que convierta a los no conversos en delincuentes. Para que formar pudiendo prohibir, para que educar pudiendo adoctrinar.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Una propuesta salomónica

Reflexionando, que como todo el mundo debería de saber es gerundio y por tanto, abundando un poco más en el conocimiento del castellano, tiene la capacidad de resumir, sobre el tema catalán, sobre las distintas posturas, que inicialmente parecen irreconciliables, se me ha ocurrido, y esto es participio y aprovecho para participarlo, una posible solución que a fuerza de no contentar a nadie dejaría a todos insatisfechos, pero en la que todos serían reos de las posiciones demandadas.
Respeta el derecho a decidir de todos y cada uno, incluye los límites legales de la decisión, permite votar la opción preferida de cada ciudadano y contempla la opción de que se tenga en cuenta lo votado.
Únicamente quedaría por valorar, que manera de esquivar el verbo decidir, si el resultado obtenido sería vinculante o no. Sospecho que ninguna de las partes estaría plenamente satisfecha con mi propuesta, lo que la hace aún más atractiva, e ilustrativa.
Yo convocaría un referéndum sobre la cuestión catalana con las siguientes características:
1.       Se votaría en toda España
2.       En Cataluña constaría de dos preguntas y en el resto de España solo de una.
3.       Solo sería vinculante el resultado de la segunda pregunta si también lo es el de la primera.
Hasta aquí yo creo que nadie puede ponerle un solo pero a mi propuesta, aunque lo de nadie posiblemente esté un poco exagerado. Casi nadie, al menos nadie de los que han pedido diálogo, derecho a decidir, democracia o derecho a votar. Todos respetados.
Y ahora viene lo verdaderamente complicado, como siempre. Porque lo verdaderamente complicado en toda cuestión no es responder, si no acertar con la pregunta. Y yo propondría las siguientes preguntas:
1.       Para todos los españoles: ¿Consideran ustedes legítimo, y por tanto están dispuestos a aceptar, el deseo de independencia de algunas partes del territorio español, siempre que así lo expresen por mayoría suficiente?
2.       Solo para los catalanes: ¿Desea usted la independencia de su circunscripción electoral respecto a España aceptando los términos que se especifican en esta convocatoria?
El resultado de la primera pregunta condicionaría la aceptación de la segunda ya que es potestad de todos los españoles cambiar la ley y aceptar ese cambio, pero si dijeran que sí, al día siguiente de la votación todos los pueblos que hubieran elegido su independencia, lo serían. Ya luego si se organizan en nación, estado, territorio independiente o pueblo estado, sería su problema y el de los que lo hubieran decidido. Porque tampoco nadie puede, puestos a ejercer el derecho a decidir, que ese derecho haya que ejercerlo por territorios completos. Ellos mismos lo plantean, cada uno tiene derecho a decidir dentro de su comunidad y a que el resto de territorio más amplio tenga que respetar esa decisión.
Es posible que entonces el territorio a independizarse fuera algo así como Gerona y la parte norte de Barcelona. Tal vez algo de Lérida, y algún pueblo suelto aquí y allá que ya vería como bandearse. Al fin y al cabo lo más  problemático de tomar decisiones es enfrentarse a las consecuencias.
Ya lo de los términos y consecuencias sería cuestión de ser serios y rigurosos. Aranceles a los productos de las zonas independientes. Exclusión automática de los foros internacionales. Pérdida de libre circulación. Pérdida de moneda única.. Tampoco yo sé exactamente. Así, a volapié, que se dice. Seguramente me faltan muchas y, hasta puede que, me sobre alguna.
Estoy seguro de que algunos pueblos no ratificarían ese deseo de independencia. Otros muchos sí, aunque les pareciera una independencia inviable.

En fin, ahí dejo mi propuesta. Insisto, estoy convencido de que no va a dejar contento a nadie porque intenta respetar las convicciones de todos. Salomón me lo hubiera firmado, seguro.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Reflexiones de uno que ya no es de izquierdas según los de izquierdas que no saben lo que es la izquierda

Hace ya unos cuantos años, corría el der señor de 1982, mi amigo Pedro, Pedro Massó, amigo de cuitas y destinos en una, entonces no muy lejana, “mili”, me llamaba para compartir la alegría por la victoria del PSOE en las elecciones. Ambos estábamos entre los que habían depositado con gran ilusión la papeleta de ese partido en las urnas. Ya entonces, y él no lo compartía, le expresé mi preocupación porque la victoria hubiese sido por mayoría absoluta y mis miedos a derivas por la falta de control en el gobierno.
Hace apenas un par de meses mi amigo Pedro, el mismo que me llamó en las elecciones del 82, me preguntaba junto a unas copas por qué alguien como yo, con las convicciones tan claras, se había alejado de las posiciones de la izquierda y ahora parecía de derechas.
La pregunta es delicada. La pregunta es absurda si quien te la hace no pretende escucharte, sino solo acusarte o etiquetarte. Afortunadamente Pedro y yo hemos compartido muchas charlas, muchas copas, muchas vivencias duras, incluso nos hemos jugado juntos la vida por nuestras ideas, como para hablar sin escuchar al otro, como para argumentar sin razonar, como para sacar en nuestras conversaciones una sola idea preconcebida.
Como buen gallego, en ejercicio y sentimiento, contesté con otra pregunta. ¿Estás seguro de que yo me he alejado de las ideas que teníamos, o ha sido la izquierda, la autodenominada izquierda, la que se ha alejado de nuestras convicciones? La respuesta fue la que yo esperaba de él: explícamelo.
Entonces, con la noche ya avanzada, con las copas casi vacías y una perspectiva laboral que me obligaba a trabajar al día siguiente, me limité a enumerarle mis desacuerdos con la izquierda actual sin poder entrar en reflexiones y debates más profundos. Hoy, con el tema de Cataluña emponzoñando aún más un debate interno en el concepto, ya casi perdido, de la izquierda, recupero para mí mismo la conversación y aprovecho para explicarme.
Creo en la lucha de clases, creo que los desfavorecidos del mundo, de todo el mundo, tienen derecho a una vida acorde con la dignidad y la libertad que les corresponde por el simple hecho de nacer. Pero no creo en las clases creadas al albur de una explicación de economía de mercado. No creo en la división trabajador versus patrón, porque ni todos los patronos son explotadores ni todos los obreros son explotados. Ni todos los patronos son culpables de avaricia ni todos los obreros son inocentes de abuso por su condición. Yo creo en la clase dominada y la clase dominante, en la clase dirigida y la clase dirigente. En la igualdad y en la libertad, mientras que la izquierda actual preconiza el intercambio de clases dirigentes, el quítate tú para ponerme yo y vuelta a empezar, porque seguirá habiendo una clase dirigida y otra dirigente y por tanto explotación, corrupción, desigualdad.
Creo en la libertad individual. En que cualquier individuo tomado por sí mismo tiene un valor moral, ético y humano superior al de cualquier grupo de individuos, porque el individuo tiene dignidad, criterio e ideales, es decir, es un ciudadano, mientras que los grupos, las masas, tienen afán de predominio, ideología y líderes que piensan por ellos, es decir vocación de adaptar el entorno a su criterio, o, por decirlo de otra forma, vocación de clase dirigente. Si, ya sé, este concepto se puede considerar libertario, pero es la izquierda la que pretende decir que los libertarios somos de izquierdas pero no pasa de ser una falacia fácilmente desmontable.  No, y de derechas mucho menos.
Creo en las clases internacionales, sin banderas, sin fronteras, sin quiebros semánticos que permitan maniobras imposibles que dañan al entorno sin aportar nada. No existe más nacionalismo que la clase, no existe más justicia que la universal, no existe más ley que la promulgada democráticamente. No existe más patria que la libertad ajena y por ende la propia, no existe más unión que la fraternidad. Me dan lo mismo los colores de la bandera, me dan lo mismo los ríos, los mares o los muros, todas son fronteras que deben ser superadas en nombre de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad. No hay emigrantes e inmigrantes, hay ciudadanos que se puedan mover por un mundo de todos.
Creo que todos los hombres al nacer tienen derecho a las mismas oportunidades, sin importar en qué lugar del mundo nacen, con qué sexo, con qué creencias o con qué aspecto físico. Y por tanto creo que el reparto mundial de la riqueza debe de estar enfocado a este objetivo, tanto en su fondo como en su forma. No creo que hacer justicia social pase por privar a una parte de lo suyo para repartirlo entre unos cuantos otros, no, creo que pasa por establecer límites al enriquecimiento y a la propiedad, por igualar  y no por invertir. A mí, las tortillas me gustan igual de hechas por los dos lados, no crudas por uno y tostadas por otro. No hay libertad si no hay igualdad, no hay justicia si no hay oportunidad, no hay fraternidad si no hay identidad. Nunca existirá, es imposible, la igualdad total, no sería tampoco justa, pero la desigualdad abismal que supone el que una empresa, una persona, gane en un día lo que necesitarían muchas para sobrevivir un año, no es hablar de justicia, ni de igualdad, ni de libertad, es hablar de perversión. Que una persona, o entidad o empresa, pueda acaparar los bienes de los que carecen millones en el mundo, no es hablar de justicia, ni de igualdad, ni de libertad, es hablar de vergüenza, o de falta de vergüenza.
Creo en la inmutabilidad del pasado y en su aceptación como medio de explicarme a mí mismo y a mi entorno. No creo en el revisionismo, ni en el revanchismo, ni en la justicia aplicada a los muertos, ni en las justificaciones de parte, ni en los buenos y los malos, ni en la necesidad de desmontar parte de la historia para justificar a otra. Creo que hay devolver su dignidad a los que lo merecen sin que ese merecimiento sea de bando, partido o bandera. Todo el que muere por sus ideas es digno, todo el que mata por las suyas es sospechoso. Y por tanto no creo en la guerra, ni en el frentismo.
Por eso yo me he alejado de la izquierda, de una izquierda rancia y desnortada que apoya nacionalismos burguesas, dictaduras que se llama del “pueblo”, que legislan para imponer su moral a la sociedad, que trabajan para crear un pensamiento único, que discriminan positivamente a algunas minorías y que hacen de la presión un objetivo que renuncia a la educación. Una izquierda que se mueve entre dos marxismos, el de Karl Marx, el de la dictadura del proletariado,-y el único proletariado que reconocen es el de los que piensan como ellos-, y el de Groucho Marx, el de si no le gustan estos principios tengo otros, el de dime que dice la derecha que yo digo lo contrario.
Una izquierda sin ética, sin rumbo, sin dirigentes capaces de sobreponerse a la ideología ciega y navegar hacia los ideales comunes de la humanidad.
Claro, y como critico a la izquierda más que a la derecha, como no les doy la razón, ni les aplaudo, soy automáticamente de derechas, facha, que tanto les gusta llamar ahora a los que adoptan posturas fascistas, absolutistas, intolerantes. No, queridos, los fachas sois vosotros, los que consideráis que hay límites a la tolerancia, los que consideráis que en el mundo hay enemigos, los que consideráis que nadie puede pensar distinto a vosotros sin ser culpable, perseguible, insultable, linchable.
Os podéis llamar de izquierda, os podéis creer que sois de izquierdas, progresistas, pero en realidad sois rancios, absolutistas y, en muchos casos, fachas hasta las últimas acepciones del término.

En todo caso, esto os lo dice alguien que ya no es de izquierdas según los de izquierdas que no tienen ni idea de lo que es la izquierda, o no les interesa.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Cataluña, del jaque al órdago y tiro porque me toca

A mí el conflicto catalán me está creando un conflicto personal. Es tal el desahogo de la argumentación secesionista catalana que hay momentos en que tengo que apearme de mis convicciones y observarlas desde lejos, con sospecha de que me están engañando, mis convicciones, con la preocupación del que se pregunta: ¿y si estoy equivocado?
Porque la vida me ha enseñado que no hay nada más erróneo que una certeza absoluta. Porque a lo largo de los años vividos he aprendido que no hay nada más irracional que la razón inamovible. Porque, y esto también tiene un coste vital abundante, no hay nada menos verdadero que la verdad sin paliativos.
En inevitable, ante tal avalancha de soberbia descalificante, el sentirse a veces concernido e inseguro, porque toda la argumentación que exhiben y vociferan es básicamente cierta, es rigurosamente cierta, es inatacablemente cierta.
Nadie puede negar  que la esencia última de la democracia es la posibilidad de votar. Si no hay votación los ciudadanos no tienen ningún recurso para decidir cómo quieren gobernarse y por tanto no existen las mínimas condiciones democráticas.
Nadie puede poner en cuestión, sería un disparate, que todo pueblo gobernado democráticamente tiene derecho a decidir sobre su día a día. Sería imposible que todas y cada una de las circunstancias cotidianas de un pueblo fueran reguladas fuera de su ámbito. ¿Qué eso se llama derecho a decidir? Claro, por supuesto, todo pueblo, todo grupo humano diferenciado del resto tiene derecho a crear las circunstancias idóneas para su progreso y bienestar.
Entonces ¿los independentistas catalanes tienen razón?
Sí, absolutamente sí en lo que dicen, pero NO, absolutamente no en el entorno en el que pretenden aplicarlo, y mucho menos en el ambiente de matonismo, de amenaza, de descalificación personal y descabezamiento democrático en el que se mueven.
Existe algo que viene de tiempos ancestrales, algo tan antiguo como la conciencia social de cualquier especie y que en el caso humano se puso por escrito para conocimiento de todos sus miembros: las reglas de coexistencia, la ley.
Y es tan importante, tan decisiva en la convivencia, cada vez más compleja, de los seres humanos, que se han creado ámbitos legales a los que están sujetos diferentes grupos de ciudadanos. Estos ámbitos están organizados de tal manera que cada uno sepa a cual pertenece y sobre cual puede decidir. Y esas mismas leyes, esas mismas reglas de las que se han ido dotando las sociedades, marcan sus propias pautas de representación.
Los ciudadanos tienen derecho a votar. Sí, indudablemente, absolutamente sí. Pero dado que han votado unos gobernantes en los que han delegado su capacidad de ser representados para administrar esa convivencia y sus reglas, a ellos les corresponde decir cuándo y qué votar.
Luego, argumentarían inmediatamente algunos, ¿cualquier gobernante tiene capacidad para convocar una consulta sobre cualquier tema y en cualquier momento? No. Esta posibilidad correspondería más a una democracia asamblearia que a una democracia parlamentaria, que es la que tenemos.
Es evidente que el alcalde de Toledo no puede convocar una consulta que afecte al ámbito de Castilla La Mancha, ni el de Cuenca sobre algo que afecta a Toledo, salvo que las leyes lo permitieran.
Existen los ámbitos, existen las lógicas competencias que en este caso son el meollo mismo de la cuestión. Por eso existe el derecho internacional, el derecho comunitario, el derecho nacional, el derecho autonómico y el derecho local. Y cada uno de ellos solo es válido en su ámbito y dentro de sus competencias.
Escucho, y no salgo de mi asombro, argumentar a ciertos políticos catalanes invocando el derecho internacional para defender sus aspiraciones. ¿En serio? ¿No me están tomando el pelo?
No he oido que hayan acudido a ningún estamento internacional que haya avalado lo que pretenden, con lo que lo único que puedo suponer es que ellos mismos se han dictado la sentencia que les conviene para justificar su desobediencia al ámbito que realmente les corresponde.
Yo, la próxima vez que me venga una multa y recurra y, como habitualmente, la máquina de rechazar alegaciones desestime mi recurso, le voy a explicar al juez que según el tribunal constitucional, que recoge la libertad de los ciudadanos, he interpretado que tengo razón y ya no voy a recurrir a nadie más. Y que a nadie se le ocurra contradecirme o sancionarme porque eso solo demostrará la falta de sentido democrático de los funcionarios y las fuerzas coercitivas que intenten obligarme a cumplir una ley que está en contradicción con otra de mayor rango, y que, por supuesto, yo he interpretado y sancionado. Y que dios me ampare.
Por ponerlo más fácil, es como estar jugando al parchís que te den jaque al rey y contestar con un órdago y tiro porque me toca.
Pues eso, que a mí el conflicto catalán me está creando un conflicto personal, pero solo cuando me levanto un poco espeso. En cuanto me lavo la cara se me pasa.
Ah¡, y para los que aún no se han lavado la cara, mi apoyo absoluto al derecho a decidir de cualquier grupo o, incluso, individuo siempre que la ley lo contemple, o decidamos, de lo del derecho a decidir, ir por libre. Pero todos y con todas las consecuencias. Como ácrata convencido mi exclamación de “eso es la anarquía”  sería de profunda satisfacción y no de horror. Por mi parte órdago a la grande, arrastrando las palabras y con golpe en la mesa, ¿Se me acepta el envite? 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El derecho a decidir

El derecho a decidir. Es el tema de moda en toda conversación que se precie de un mínimo de profundidad. Eso sí, prohibido salirse de los tópicos, de los lugares comunes, de las frases hechas que publicaciones y partidos han puesto en juego para que sus partidarios las usen, no vayan a pensar por sí mismos que ya es en sí grave.
El problema es que , como en todo en esta vida, cada uno arrima el ascua a su sardina y no tiene la más mínima intención de que se ase la sardina ajena, con perdón de las sardinas, de los veganos y de los animalistas en general, porque hoy en día hablar sin pedir perdón es un ejercicio de riesgo. Pero esto es harina de otro costal, con perdón de los cereales harinados y de los sufridos costales proletarios.
¿Existe el derecho a decidir? Por supuesto, los seres humanos nos pasamos la vida decidiendo, tomando decisiones que afectan de forma definitiva a nuestro presente y a nuestro futuro. Pero como todo derecho devenga obligaciones. Y la primera, la inalienable primera obligación, es que como todo derecho individual linda con el mismo derecho de los demás
¿Y quién tiene más derecho a decidir? O, planteado más coloquialmente, ¿quién decide primero? Pues justo eso es lo que regulan las leyes, los estatutos, las reglas que toda comunidad se da cuando vive en común y a las que se obligan todos aquellos que deciden hacerlo, sean asociaciones, comunidades de vecinos, clubes deportivos o naciones.
Como es lógico, y por mucho que yo tenga derecho a decidirlo, si decido saquear la cuenta que comparto con mis vecinos estos, casi con absoluta certeza, se cabrearán y me denunciarán ante la justicia, que es el órgano garante de que se cumplan las normas convivenciales. Ya ante el juez yo puedo alegar el derecho individual, pero seguramente el señor magistrado me explicará que hay derechos de mayor rango en ese tema concreto y me envíe a pasar una temporada de retiro en un local habilitado para tal fin.
¿Cómo puedo evitar, entonces, tener que respetar reglas que no me gustan? No es fácil. No, al menos en el mundo actual. Antiguamente existía la posibilidad de exiliarse a una isla desierta y que tardasen años en enterarse los marinos ingleses, los piratas, o los indígenas cercanos, pero ya no hay islas desiertas habitables que estén al margen de alguna soberanía que nos imponga sus leyes.
Existe una segunda posibilidad, improbable, que es conseguir cambiar las reglas para que me reconozcan el derecho que pretendo. En el caso de lo de la cuenta corriente yo me olvidaría, pero a lo mejor logro que me permitan pintar mi puerta de morado cuando la de todos los demás es blanca… aunque también lo dudo.
Entonces lo de Cataluña… ¿Y a mí que me importa lo de Cataluña? ¿He mencionado yo en algún momento a Cataluña? No. Yo solo estoy hablando del derecho a decidir, de ese irrenunciable y básico derecho que está sometido al derecho a decidir de la colectividad en la que esté inscrito. Porque someter el derecho a decidir de una colectividad al capricho de una parte es, no, una anarquía, no, porque en una anarquía esto no sería ni planteable, una absoluta estupidez.
Pero ya que me han preguntado por Cataluña, porque me lo han preguntado, ¿no?, me parece un disparate. Me parece un disparate que haya personas que usan la ley y las prebendas obtenidas por medio de ella para negarla. Me parece un disparate que para justificarse se pervierta la historia. Me parece un disparate que en nombre de la democracia se conculque la democracia. Me parece un disparate, en realidad, todo lo que rodea al tema, como disparatados me parecen los personajes.
Que si quieren irse, por mí, adiós. Pero por el camino correcto. Porque lo que ahora estoy viendo no es más que una estupidez, de tal calibre, que hasta me produce vergüenza ajena.
Me recuerda el tema catalán a aquellos vendedores de artículos infantiles que agazapados en las puertas del retiro esperaban un descuido de los padres para poner en manos de los niños un globo, un juguete o una bolsa de caramelos que inmediatamente intentaban cobrar con el argumento de que el niño ya lo había cogido. El niño, por supuesto, lloraba y rabiaba si le quitaban lo que ya consideraba suyo y, a veces, el padre acababa pagando lo que no valía el objeto por no aguantar la perra del pobre infante utilizado por el sinvergüenza disfrazado de vendedor de chuches.
Y, volviendo al tema inicial, acabo de decidir, y tengo derecho a ello, que esto ya me aburre. Y como decía un ocurrente profesor de dibujo que tuve en cuarto de bachillerato: “Pues no se-a-burra, hombre, no se-a-burra”

sábado, 5 de agosto de 2017

Buscar con ahínco la muerte

Tal vez sea un problema de la prensa, tal vez. O tal vez sea problema de una errónea concienciación respecto a cierto tipo de cuestiones que afectan a minorías, tal vez. El caso es que ponerse a denunciar, a describir, a comunicar, cierto tipo de comportamientos desde una óptica diferente a la mayoritaria presupone que te van a caer desde todas partes.
Y eso es lo que sucede cuando se denuncia una actitud inadecuada de una minoría protegida respecto a una mayoría pretendidamente abusiva. No importa la verdad, no importa el fraude cometido por ese o esos integrantes de la minoría, automáticamente la maquinaria lincho mediática se pone en marcha para escarmentar, machacar, hundir en la miseria al osado cronista que se sale sin recato de la verdad sin paliativos.
Con esta introducción podría estar hablando de feminismo, de refugiados, del colectivo LGTB, de la violencia de género o de maltrato animal, y a todos ellos les cuadra la introducción porque en todos ellos se da el comportamiento de la defensa a ultranza del individuo que abusando de su condición minoritaria conculca las normas de convivencia con el absoluto desprecio que su pretendida impunidad le proporciona.
Pues, no, de ninguno de ellos. De ninguno de esos enumerados colectivos de comportamiento coercitivo estoy hablando.
Serían las 11 de la mañana, de esta mañana de sábado, cuando me ponía en camino entre A Guarda y Bayona, poblaciones ambas de Pontevedra. Veinticinco kilómetros de costa y paisaje espectacular con un trazado, sobre todo en sus últimos tramos, de curvas incómodas y rectas inexistentes. Un carril bici acompaña a la carretera, casi siempre en paralelo, durante todo este trayecto. Carril bici, curiosamente, solo utilizado por los peregrinos que eligen para llegar a Santiago la variante de la costa del camino portugués. Peregrinos y algún padre de familia en bicicleta con sus hijos en el mismo tipo de vehículo. ¿Y los ciclistas? Por la carretera. Por una carretera que prácticamente no tiene arcenes, con curvas, con cuestas, con un ancho justamente amplio para contener el carril de ida y el de vuelta y con escasos espacios para adelantar desde Cabo Silleiro hasta Bayona.
Esta práctica, que ya ha padecido varias víctimas sin que parezca que nadie quiera ponerle remedio, hace de esta carretera un lugar incómodo, lento y peligroso. Una carretera cuyo paisaje invita a una conducción relajada y de disfrute del entorno se convierte para el conductor de coche en una búsqueda desesperada del metro y medio necesario para sobrepasar a los ciclistas que absolutamente ajenos al problema que van creando se adelantan, circulan en paralelo, de dos, de tres y hasta de cuatro en fondo, con absoluto desprecio de su integridad y de los derechos de los conductores que por ella circulan que no son, al parecer de su comportamiento, más que estorbos al bello y lúdico deporte del pedal.
El colmo de la experiencia, el no va más del comportamiento incívico, se nos aparece en las proximidades de la entrada a la autopista. Un pelotón de entre cuarenta y cincuenta miembros circula agrupado impidiendo con su volumen y comportamiento ninguna posibilidad de adelantarlos. Los conductores que tienen la desgracia de coincidir con esta caravana de incívicos se encuentran resignados, si o si, a hacer los últimos kilómetros al mismo ritmo que el más lento del pelotón.
Pero lo peor aún está por llegar. Poco antes de entrar en Bayona la carretera repica levemente y el pelotón se estira, se fracciona, sin llegar a marcar una distancia mínima que permita maniobrar a los vehículos. La estrechez de la carretera, su sinuosidad, el tráfico en sentido contrario y la distancia entre ciclistas hace imposible el adelantamiento. El velocímetro de mi coche, que marca por exceso, indica veinte kilómetros por hora. Serán diecisiete o dieciocho. De repente algunos ciclistas que habíamos adelantado anteriormente empiezan a adelantarme por ambos lados, por un arcén prácticamente inexistente o sobrepasando la línea continua de mi izquierda. Sin respetar la distancia mínima que al parecer es necesaria para sobrepasarse. Delante de mí una grúa con un vehículo cargado toma una curva a la derecha y un ciclista me sobrepasa y se zambulle sin pausa en el lateral de la grúa. Imposible que quepa. Cabe y aparece por la izquierda del siguiente vehículo invadiendo el carril contrario y obligando a los que vienen a pegarse al límite al borde de la carretera. Para los ciclistas todo vale. Si algo sucede, si cuando me está sobrepasando yo me veo obligado a hacer una maniobra, o tengo un contratiempo mecánico, y lo golpeo yo seré el culpable, sin necesidad de juicio, sin posibilidad de veracidad o de defensa. Yo seré el individuo ese que golpeó a un ciclista.

No sé. No tengo claro si el comportamiento de estos individuos es una temeridad, una inconciencia o la búsqueda con ahínco de la muerte. Para mí en todo caso son tipejos que con su forma de actuar, con su desprecio por las normas, ponen en cuestión mis derechos y, si por desgracia se golpean contra mí, incluso mi libertad y la paz del resto de mi vida.