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lunes, 27 de noviembre de 2017

La Inseguridad Social



He repasado el estudio que enumera por su importancia los problemas que la sociedad española dice, o cree, tener. La mayoría son de índole económica o de índole política. La mayoría son problemas que no tocan la solidaridad, ni siquiera la insolidaridad.

Estamos preocupados por el paro, lógico, por la economía y los partidos, así en general, por la corrupción y la crisis catalana, ya más en corto. Y luego, en el limbo de los menos preocupantes, algunos que apuntan al carácter social, la sanidad, las pensiones... 

Pero mientras permitamos que los políticos nos hagan creer en problemas falsos, cuando no inducidos por ellos mismos, seguiremos abandonando a nuestros semejantes más desfavorecidos a su suerte. Así lleva montado el mundo desde finales del XVIII. Moviéndose en una dinámica que hace a los fuertes cada vez más fuertes y a los débiles cada vez menos visibles y más miserables. Miserables de miseria física y de miseria moral. Miserables de hambre y de ignorancia. Miserables de abandono y de transparencia.

Pero siempre es posible que el observador esté equivocado, que su percepción de los problemas sea rea de sus propias obsesiones o intereses, así que he decidido hablar sobre alguno de esos colectivos que a mí me parece que la sociedad, para su propia comodidad y confort moral, va arrinconando hasta hacerlos invisibles, cuando no despreciarlos o darles la categoría asociada de delincuentes. Son colectivos que no pueden invocar para su visibilidad ni su raza, ni su origen, ni su religión. Son personas que han vivido perfectamente integradas en la sociedad, con más holgura en algunos casos, con más necesidad en otros, hasta que esta los ha abandonado, los ha considerado amortizados y los ha relegado al rincón de la necesidad desazonante que incita a la limosna.

No cabe duda de que los problemas siempre son incómodos, y cuando además son ajenos la incomodidad se acaba convirtiendo en rechazo, en negación y en abandono. Es verdad que ni todo lo que reluce es oro, ni toda la mugre que nos asalta es rea de miseria. Y ese es uno de los grandes, primeros, problemas que nuestra sociedad arrastra desde tiempos en que la limosna era el vehículo para acallar conciencias. Permitir que los esfuerzos de la dádiva individual, siempre escasa, selectiva e ignorante, que la limosna, mecanismo de acallar conciencias, recurso de los que tienen para evitar pensar en los que no tienen, salvaguarda de paraísos por venir que la moneda sobrante intenta asegurar sin conseguir limpiar el desprecio, el asco, el miedo o la displicencia hacia el necesitado, sustituya en nuestras expectativas a la necesidad social de erradicar la pobreza, la moral y la física, la económica, la educativa. Porque suelen ir todas unidas, sobre todo en colectivos marginales.

Separemos el grano de la paja. Separemos necesidad de negocio, pobreza de picaresca, hambre de medraje. Aunque solo existe el pícaro porque primero existió el pobre. Solo existe el pícaro porque antes la sociedad no le dio al que solicita limosna lo que como persona y ciudadano le hubiera correspondido: acceso a la formación, a la vivienda y al trabajo. ¿Qué no siempre es así? Puede, siempre pueden encontrarse excepciones, pero la excepcionalidad es tratable cuando la generalidad está resuelta.

Yo conozco un colectivo, no marginal antes de empezar a serlo, no conflictivo, que ha sido casi completamente abandonado por la sociedad, salvo por los que están en su entorno, si los tienen, maltratados hasta sumirlos en la pobreza, en el abandono, en el olvido, en la miseria y la frontera de la inexistencia. Un colectivo del que todo el mundo habla, al que todo el mundo compadece, por el que nadie hace nada efectivo. Un colectivo condenado al olvido comentado, que es el más cruel de los olvidos. Al ostracismo compasivo, que es el ostracismo más inhumano.

Nuestros mayores se mueren. Se mueren en la soledad, en la tristeza de contar que sus pensiones, cuando las tienen, no les garantizan ni la más elemental supervivencia. Se mueren viendo como los servicios sociales, cuando tienen acceso a ellos, llegan tarde, son más caros de lo que ellos pueden pagar o están sujetos a tramitaciones fuera de su alcance. Nuestros mayores están abandonados a empresas privadas de servicios sociales en las que prima el beneficio sobre la atención, en las que las reclamaciones y las arbitrariedades denunciables y denunciadas se pierden en despachos de oscuros intereses. Nuestros mayores sufren, lloran y acaban su vida en condiciones en las que el rubor que debería producirle a nuestra sociedad su situación debería de ser suficiente para iluminar el mundo. Nuestros mayores no son un problema que la sociedad identifique como tal.

Pensiones miserables. Centros de atención insuficientes, medicación cara o no cubierta. Impuestos, nuestros mayores pagan impuestos indirectos aunque no tengan donde caerse muertos. Lasitud social. Abandono o insuficiencia de contacto familiar… y además demencia.

Por si nuestros mayores no tuvieran suficientes cuitas, suficiente abandono externo, la enfermedad los abandona de sí mismos, los relega a un estado de dependencia para el que la sociedad, salvo los privilegiados, los más acomodados, no tiene respuesta, no al menos una respuesta contundente y satisfactoria. ¿Cómo va a tener esa respuesta si no identifica el problema? ¿Si no reclama la solución? ¿Si el esfuerzo individual y familiar, cuando la familia existe, palía parcialmente una hecatombe moral a nivel colectivo?

Entiendo que políticamente no son interesantes. No votan, no cotizan, solo gastan. Gastan dinero que los políticos podrían emplear con mejores fines. En sí mismos sin ir más lejos. Gastan recursos, urgencias, tiempos de médicos. Gastan paciencia ajena solicitando cuidados que no siempre son físicamente reales, aunque si sean muchas veces anímicamente imprescindibles. Gastan tiempo, gastan energías. Yo he visto a viejos que acuden a las salas de espera de las consultas externas de los grandes hospitales para tener con quién hablar.A ancianos tirados en la calle, sin techo, expuestos las agresiones de bestias de forma humana. A mayores rodeados de basura, de miseria real y palpable, en una vivienda que apenas pueden pagar y que se deteriora al mismo ritmo, o más rápido aún, que ellos mismos. A gente que muere en soledad, en la ignorancia ajena, sin que su entorno sepa ni siquiera que ha estado enferma

Una sociedad incapaz de cuidar a sus mayores, incapaz de buscar una calidad de vida aceptable para ellos cuando ya ellos no pueden reclamarla, es una sociedad que no se preocupa por la realidad social, por la justicia y por el futuro, porque la vejez ajena de hoy es nuestra situación segura de mañana. 

Esa vejez que los niños contemplan con ingenua curiosidad, que los jóvenes ignoran con aprensión y soberbia, y los maduros pretenden ignorar con inquietud de cercanía, no es de izquierdas, ni de derechas, no es una enfermedad ajena, ni una etapa salvable. Esa vejez es nuestro propio destino y al parecer, como sociedad, no nos preocupa. Estamos en otras cosas, estamos en banderas, en religiones en ideologías y otras preocupaciones de nivel superior. Y nuestros mayores, nuestros viejecitos, nuestros abuelos, los propios y los que no tienen nietos, se agostna, agonizan y mueren sin que nadie vele por ellos.

Y nos llamamos civilizados. Que venga dios y los vea.

viernes, 14 de abril de 2017

Una cuestión metafísica

Verás papá, en estos días que estamos pasando más horas juntos da tiempo, contemplándote, a pensar en muchas cosas. En tantas que a veces entiendo que la principal secuela de esta enfermedad es  que genera un pensamiento enfermizo, errático, obsesivo, en las personas, en los pacientes, que atienden al enfermo.
Contemplándote dormir con ese sueño profundo, continuo, malsano que parece más un entrenamiento para un destino inevitable que una actividad reparadora, que parece más una desconexión cada vez más prolongada y evasiva que una necesidad fisiológica, que parece más un ensayo de tránsito que un tiempo de descanso, es inevitable que las ideas vayan y vengan en una danza de tiempos y temáticas variados.
Cada vez más, cuando me preguntan cómo estás, respondo que tu cuerpo está perfectamente y que del resto de ti solo podemos constatar una ignorancia absoluta de tu paradero.
Esa presencia física a la que ya es difícil entenderle nada de lo que dice salvo los insultos a las personas que lo asean, que rara vez muestra un chispazo de coherencia que resulta aún más lacerante que la inconsciencia habitual, casi permanente, ya no es reconocible como el que fue mi padre salvo en ciertos rasgos de su fisonomía.
Si papá, tu cara aún recuerda tu cara, pero es lo único que queda del que fuiste, del que yo recuerdo. A veces tu risa, a veces un silbido, parecen abrirse camino de reconocimiento, de contacto, con los que estamos a tu lado. Eso, una brisa, un chispazo, un eco salido de una profundidad malsana e insondable.
Esta tarde, mirándote, viendo ese gesto que me atormenta de llevarte las manos a la cabeza como si los dedos pudieran encontrar y restaurar las conexiones perdidas de tu cerebro, me hice una pregunta nueva, una pregunta entre metafísica y desesperanzada: si los seres humanos tenemos alma ¿Dónde está la de los demenciados? Si el alma de los vivos reside en su cuerpo unidos por el hilo de plata y la de los muertos transita hacia estados superiores de consciencia ¿en qué recóndito estadio intermedio, en qué divino pebetero, aguarda el alma de los que han perdido su propia consciencia, el tránsito que la libere del cuerpo?
No, papá, no es una pregunta religiosa, es una pregunta metafísica, es una necesidad de entender  ¿por qué? ,ó , para ser más exactos, ¿Dónde?
¿Dónde estás, papá, si es que estás, que no te alcanzamos? ¿Qué extraño lugar es ese que se rige por la falta de comunicación de los muertos y la actividad física de los vivos? ¿Estás ya muerto y tu cuerpo aún no lo sabe? ¿Estás aún vivo y no consigues que lo sepamos? No hay nadie que pueda contarlo, explicarlo, aunque pretendan hacerlo.

Es lo malo de la metafísica, papá, la facilidad que tiene para que nos planteemos las preguntas, la absoluta incapacidad de que adolece para llegar a las certezas.

martes, 27 de septiembre de 2016

El día del Alzheimer

Hola papá:
Hace unas fechas fue el día mundial del Alzheimer y todos los actos y zarabandas se centraron en esa terrible enfermedad. En esa enfermedad que yo llamaría colectiva porque aunque el que sufre la enfermedad, el enfermo, es uno, los que la padecen, los pacientes, son tantos como personas allegadas lo atienden. Claro, que qué te voy a contar que no estemos viviendo.
Tal vez esta carta debería, podría, haber sido escrita en fecha tan significativa en vez de esperar este tiempo, pero no ha sido así. Y no ha sido así a propósito, con toda la intención del mundo, como protesta consciente y sentida.
Parece ser, así se desprende de ciertas convocatorias y actitudes, que el Alzheimer es una enfermedad de grado superior, una especie de élite de las enfermedades neurológicas, y que el resto de demencias, las que no tienen nombre específico porque no las ha estudiado un doctor con nombre y renombre, son de rango inferior, o, simplemente, no se las nombra.
Así que, papá, te has extraviado por el camino equivocado. Algo así como si te hubieras extraviado dos veces. Si no fuera tan patético, tan lastimoso, tan cruel, te pediría que volvieras para extraviarte por el camino correcto.
Aunque a estas alturas que te vengan a ti con esas historias. A ti, que llevas ya un tiempo más allá de pompas y nombres, más allá de cuitas y pesares que no sean los inherentes y diarios de no permitirte languidecer en paz, sin el sufrimiento pertinaz que los episodios de limpieza y alimentación te producen y que son los únicos nexos que te obligan a conectarte con un mundo, con unas costumbres, que hace tiempo ya que abandonaste.
En fin, papá, que no te preocupes. Que nosotros, tus pacientes asociados, te vamos a cuidar, vamos a velar por tu limitada vida hasta donde las fuerzas nos acompañen y la voluntad nos guíe, o incluso más allá. Sin importarnos el nombre o la importancia social que este pueda deparar. Sin importarnos un ardite que tu enfermedad sea de primera o segunda categoría, porque tú eres, para nosotros, EL ENFERMO. Si, así, en mayúsculas.

Un beso, papá, volátil, efímero, cariñoso, con la esperanza de que consiga abrirse camino hasta donde tú puedas percibirlo.