Mostrando entradas con la etiqueta gestión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gestión. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de julio de 2022

Los Vendehumos

Habremos de convenir en que para que se pueda vender algo, tiene que tener mercado, es decir, clientes dispuestos a comprarlo. También se considera habitual que el que compra una mercancía, suele favorecerse de alguna forma con la compra. Son leyes de mercado, verdades incuestionable del mundo comercial, pero que, como todo en esta vida, tienen una excepción que confirma la regla, un producto que nadie parece apreciar, hasta tal punto que hay que cambiar su nombre, sus beneficios, sus características para que pase de no ser considerado a ser uno de los productos estrella a nivel mundial: el humo.

¿Se puede vender el humo? Pues yo hubiera jurado que no, pero también lo hubiera jurado de las brisas del mediterráneo, o del sol de España, y sin embargo ahí los tienen, llenando estanterías en las tiendas de turistas. Convengamos, hay una diferencia sustancial en el engaño, el sol o la brisa se venden etiquetados correctamente, y todos sabemos, hasta los que lo compran, que dentro del envase ni hay más sol que el que permite la posible transparencia del envase, ni más brisa que la que pueda entrar en el momento de abrirse, o cerrarse, y solo pertenece al entorno en el que tal operación se efectúe.

Sin embrago, el humo no se vende como humo, no se compra como humo, no suele estar envasado y es imposible encontrarlo en tiendas de turistas, o cualquier otro tipo de establecimientos dedicados a la venta. ¿Dónde se puede adquirir entonces? ¿Cuánto cuesta? ¿Se vende al peso o por unidades? Permítanme que  los introduzca en el mágico mundo de los “vendehúmos”, que podríamos definir, por ir entrando en harina de aquellos a los que me refiero, como la rama ideológica de los charlatanes de feria.  

Aunque, de primeras, pueda parecer que estoy hablando de una profesión moderna, en el Derecho Romano existe el término “venditio fumi”, como acepción de “promesas falsas para obtener el favor de un funcionario público”, y de ahí lo debió de tomar Sebastián de Covarrubias, lexicólogo español  del siglo XVI, capellán de Felipe II, que en su obra “Emblemas Morales: Iconografía y doctrina de la Contrarreforma”, define a los vendedores de humo  en los siguientes términos: “Se dice de los que con artificio dan a entender ser privados  de los príncipes y señores, y venden favor a los negociantes y pretendientes, siendo mentira y humo cuanto ofrecen”.

Ha pasado el tiempo, el mundo ha evolucionado, y a los vendehúmos clásicos, los que intentan medrar alegando contactos y conocimientos que no poseen, y que no están en posición de ofrecer, -El pequeño Nicolás, el comisario Villarejo, ciertos comisionistas…-, se ha unido una nueva especialidad de vendehúmos, los que solicitan el voto ofreciendo, o anunciando, unos logros que solo pueden conseguirse en el papel, o con la ruina del país.

Estos, los vendehúmos de mitin y prensa, solo ofrecen lo que saben que sus compradores van a aceptar ciegamente, sin cuestionarse la viabilidad u oportunidad del humo que va a cegar sus ojos, y solo piden a cambio un papelito depositado en una caja en una ceremonia llamada votación, en la que no creen salvo cuando ganan. Su beneficio se produce a partir de entonces, y el humo que venden a partir de ese momento, solo está encaminado a la persistencia de la ceguera.

Aunque mi reflexión está basada en España, no sería justo omitir los nombres de los mayores vendehumos del planeta, al fin y al cabo, la calidad del humo a vender depende mucho de la calidad del vendedor, y los vendehúmos patrios no pasan de una mediocridad desazonante. Desazonante porque parece mentira que alguien siga comprando, incluso con entusiasmo, un humo que apenas oculta lo evidente, que apenas tapa las carencias éticas, intelectuales, comerciales de los vendedores.

Boris Jhonson y el Brexit, Putin y la operación desnazificadora de Ucrania, Trump y la democracia americana, Maduro y el socialismo bolivariano, Bolsonaro y el negacionismo, Xin Jimping y el neo comunismo, Kim Jong-un y el socialismo hereditario, y más, muchos más, consumados artífices de ventas que pretenden cambiar el mundo a costa de sus habitantes.

En España somos más modestos, en España ni siquiera pretendemos cambiar España, y el humo que compramos no taparía las vergüenzas de Pulgarcito, no ocultaría ni un trozo de hielo en un vaso de agua, pero nuestros compradores son tan devotos, tan entregados, que compran el humo y lo almacenan en su cabeza por una vida entera. No hay realidad que no puedan tapar con su humo y, sobre todo, con su voluntad de que el humo lo permita, y permita hacerlo responsable, al humo, por supuesto, de lo que en realidad no es más que cerrar los ojos, con fuerza, con saña, ante cualquier disparate de su vendehúmos particular.

Porque, eso sí, cuando nos decidimos somos muy de vendehúmos de cabecera. A partir de ese momento solo le compraremos humo a ese vendedor concreto, y jamás pondremos en duda que el único vendehúmos verdadero es el que se lo vende a los demás.

-          El salario mínimo, insuficiente, mal gestionado y lesivo para el futuro. Humo

-          El tope ibérico, ineficaz, enriquecedor para las eléctricas, demoledor para las economías domésticas y empresariales. Humo

-          La ley de Igualdad LGTBI. Lesiva para algunos colectivos implicados, incapaz de solucionar problemas, generadora de rencores. Humo

-          La subvención a los combustibles, inútil, enriquecedora para las químicas, enriquecedora para los colectivos ajenos transfronterizos, miserable, inadecuada. Humo.

-          La ayuda a las Pymes en apuros por la coyuntura económica, invisible, inalcanzable, inexistente. Humo

-          Las subvenciones, imprescindibles cuando lo son, descontroladas, que minan el mercado laboral y, debido a ese descontrol, lo debilitan. Humo

-          La ayuda a los afectados canarios por el volcán, invisibles, inalcanzables, inexistentes. Humo.

-          La ley de memoria histórica, pactada con un partido no demócrata, cuya ideología hizo de la muerte y el sufrimiento de los españoles, incluidos los de su tierra, su razón de existir, y que acoge y ensalza a todos aquellos que lo perpetraron, convirtiéndolo en juez y garante de los modos democráticos de los que los sufrieron. Humo.

-          Subir los impuestos a ciertas grandes empresas sin haber creado antes un marco de transparencia tarifaria, una normativa de aplicación de costes, un control sobre el enriquecimiento desmesurado y lesivo, para que al cabo de dos meses esa subida esté repercutida en las facturas de los consumidores. Humo.

-          La reforma sanitaria prometida para afrontar catástrofes y pandemias. Ni humo. Ni siquiera.

Y así podríamos seguir enumerando todas las medidas populistas, humo de mala calidad, que intentan ponerse en marcha sin la gestión mínima imprescindible, sin el adelgazamiento de la burocracia que las tramite, sin la dotación mínima imprescindible para ponerlas en marcha más allá del papel, sin la base jurídica imprescindible para garantizar su eficacia, solo a golpe de presión de los acontecimientos, solo en un agobio de necesidad de votos, solo para paliar los resultados de las últimas encuestas, de las postreras elecciones.

Hablar de un gobierno social, cuando se promueve la ruina de la clase media por la ineficacia en la gestión, cuando la brecha social se ha incrementado en varios puntos por esa misma ineficacia, cuando el número de hogares en necesidad, en riesgo de exclusión social, crece a cada medida supuestamente encaminada a la protección de los más desfavorecidos, es hablar del humo, como hablar de humo es enumerar medidas necesarias y pensar que por nombrarlas se resuelven.

Pues nada, aprovechando el día, me voy a dar un paseo por el rastro, a ver si encuentro un vendehúmos que tenga un humo de calidad, espeso, sofocante, que produzca lagrimeo e irritación pulmonar, y empiezo a esparcirlo entre los “comprahumos” que tengo más cerca. A lo mejor con un humo de verdad, con sus efectos negativos tan evidentes, deciden despejar su cabeza.  Entre humos anda el juego.

miércoles, 27 de enero de 2021

Se va el caimán

 

“Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla”. José María Peñaranda

 

Esta evocadora canción, sobre todo para los que tenemos ya una considerable cantidad de años, nos recuerda tiempos mozos, recuerdo ligado a la, a veces risible, a veces terrible, censura franquista. Fue esta “institución” la que llegó a poner en su lista de canciones prohibidas esta pegadiza canción, en la rocambolesca interpretación de que el caimán era el mismísimo Generalísimo, y el hecho de que se fuera a algún lado era por una victoria de la resistencia. De aquella resistencia, mayor de lo que el régimen llegaría nunca a admitir, y mucho menor de lo que muchos, demasiados,  reclamaron muerto el dictador, que aprovechó la ocurrencia de la censura para darle la razón, y convertirla en himno jocoso de una oposición más estética que beligerante.

Hoy, la canción ha vuelto a mi mente en sus connotaciones políticas. Hoy, me he encontrado tarareando, parafraseando, el estribillo de marras y poniéndolo de plena actualidad: “Se va el caimán, se va el caimán, se va para Cataluña”. ¿Sabéis esa musiquilla pegadiza, machacona, que se pone en vuestra cabeza un día y a pesar del hartazgo no puedes parar de repetir una y otra vez? Pues eso, se va el caimán, se va para Barcelona. Y tanta paz lleve como inutilidad y sectarismo deja.

Seguramente se va el peor ministro de Sanidad desde que existe tal cargo. Su incompetencia, su fidelidad al partido, y no a las obligaciones de su cargo, su incapacidad para crear un equipo que se enfrentara a la peor crisis sanitaria que haya vivido el mundo, su incapacidad para gestionar recursos, infraestructuras, planes de choque, contra la pandemia, su inutilidad en la imprescindible comunicación veraz, contrastable, de los datos, recursos y medidas adoptadas, su absoluta subordinación, entrega, a las consignas de sus superiores políticos, han hecho de Salvador Illa, Doctor en filosofía, Inútil en sanidad, a un personaje que seguramente dejará huella en la historia como uno de los más nefastos gestores que haya padecido el pueblo español, incluida la parte del pueblo español que no acepta serlo y a los que se ha ofrecido el señor Illa para alegrarles la vida.

Estoy seguro, y dios quiera premiar mi seguridad con la certeza, que Salvador Illa es eso que llamamos un buen hombre. Una persona que impregna su entorno de bonhomía. ¡Faltaría más! Pero dios no lo había llamado por el camino de la responsabilidad. Dios no, pero si Pedro Sánchez que lo metió en el gobierno cumpliendo sus cupo catalanista, en un lugar que, a priori, no tenía mayor relevancia, ni complicación.

Pero el presidente del gobierno propone y la vida dispone, y la vida dispuso que ese puesto sin relevancia, sin brillo, sin unos requerimientos especiales, por mor de un invisible bichito, se convirtiera en el ministerio de mayor impacto mediático del gobierno, que Marlasca me perdone.

Así que de la noche a la mañana, sin comerlo ni beberlo, ni su escatológica continuación, aquel señor gris, con traje a juego con la personalidad, con aires de universitario de los formales, primera fila, apuntes rigurosos y alumno aventajado sin ideas propias, de filósofo amanuense, con peinado anodino, a juego con su verbo, se convirtió en la estrella de los informativos, de los periódicos, de las reuniones internacionales. Y no estaba preparado para ello, su única preparación sanitaria era la de cobrar su sueldo de ministro, dejar hacer al inexistente comité de expertos que tenían que acometer la parte técnica y, como mucho, dar la cara de vez en cuando para repetir, como responsable, como loro responsable, lo que le hubieran dicho que tenía que decir. Y si así era en un principio, así ha seguido siendo hasta el final.

Hasta este final en que se va el caimán, se va el caimán, se presenta a candidato. Dicen que los catalanes están entusiasmados con su presencia. Que su arrebatadora presencia de noi de la burguesía más pro sistema, va a dar un vuelco a las encuestas electorales. No sé, es verdad que no puedo presumir de entender a los catalanes, posiblemente me falte soberbia nacionalista, me falte superior visión periférica de lo ajeno, pero me resulta incomprensible que una personalidad gris, un gestor manifiestamente incapaz, un funcionario de “adjunto remito”, pueda crear ningún tipo de expectativa en nadie.

Seguramente me equivoco, y no soy capaz de apreciar los ocultos valores de alguien de quien ningún hado ha logrado revelarme sus capacidades, que no dudo que las tenga, pero que me parece evidente que no son públicas.

En esta caso, sea para Barcelona, sea para Barranquilla, o simplemente para su casa, lo que me congratula es que se va el caimán, y que su falta de personalidad se va con él. Esperemos no añorarlo en ningún momento, y que el siguiente, la siguiente, no lo haga bueno.

 

sábado, 29 de agosto de 2020

Solo sé que no sé nada

Solo sé que no sé nada. Esta frase atribuida a Sócrates por Platón, es tal vez uno de los grandes paradigmas de la humildad científica. Es verdad, que duda cabe, que habitualmente es difícil casar los conceptos humildad y ciencia, ya que esta última reclama de forma continuada y pertinaz su hallazgo de la verdad última. Verdad última que sistemática y pertinazmente es desmentida por la propia ciencia con una nueva verdad última.

Pero esta continuada enmienda a su propio conocimiento no evita que los científicos se consideren infalibles en sus incontrovertibles, temporalmente, hallazgos y argumentos. Esta constatación de la falabilidad de la ciencia no es, en si misma, una crítica a la labor científica, al menos no pretende ser una crítica feroz, es, más bien, una simple y resignada constatación de la actitud inapropiada de los científicos ante lo que consideran su incontestable “conocimiento”. 

Solo sé que no sé nada debería de ser el lema de entrada de cualquier comunicación que los científicos hicieran sobre cualquier tema, pero especialmente, en la actualidad, sobre la esencia, comportamiento y tratamiento del COVID-19. Sería, al menos para la población, una postura más interpretable, más asumible, más aceptable ante los continuos vaivenes de información a los que estamos sometidos. 


Empezando por la OMS, que ha pasado, o no, de ser competente en el tema médico a desplegar competencias sobre la publicidad y el aleccionamiento de masas, y terminando por los científicos locales, Fernando Simón y colegas en los diferentes países. Sus permanentes declaraciones, a veces rayanas en el terrorismo, contradeclaraciones, recontradeclaraciones y antirecontradeclaraciones, crean en una población sin guía y con mucho miedo: estupor, incredulidad, pesimismo, culpabilidad, desconfianza, y pánico, mucho e incontrolable pánico.. Sentimientos todos ellos poco válidos para una actitud responsable. Para hacer frente a la situación solo nos quedan la humildad, la sinceridad y el conocimiento, escaso o extenso, pero veraz. 


Entiendo, porque vivo en ella desde hace muchos más años de los que me gustaría reconocer, que la cultura de la mediocridad obliga a todos a actuar y ser tratados como la peor media de la especie, incluso puedo entender que igualar por abajo es políticamente rentable hablando de votos y perpetuación del poder, pero que lo entienda no significa, no lo admito, que tengamos que ser sistematicamente castigados para mayor complacencia y predominio de los mediocres. 


La mascarilla, su uso indiscriminado, ignorante y pastoril, o cabañil, marcará en la historia en cifras negras un hito difícilmente asumible para las personas libres en el futuro. 


¿Eso quiere decir que estoy en contra del uso de la mascarilla? No, rotundamente no. pero sí que estoy en contra del uso de la mascarilla tal como se produce ahora, indiscriminado, inútil en gran parte de las ocasiones, lesivo para la confianza y recuperación de la normalidad por parte de la sociedad. Un uso diseñado para los mediocres, para los incapaces de entender una información o asumir una responsabilidad sin recibir las órdenes y sanciones que los obliguen. 


¿Eso quiere decir que niego la existencia del virus? Pues tampoco. Se me haría difícil explicarle a casi cincuenta mil españoles que se han muerto de una enfermedad imaginaria. 


Solo digo que la mascarilla se está usando mal. Se está usando como muleta política, se está usando para fomentar el control, la ignorancia y un señalamiento de la culpabilidad de los ciudadanos ante la inutilidad de las medidas políticas decididas por los gobiernos. 


No puedo saber cuántas de estas reacciones son buscadas y cuántas se producen por la incapacidad del mensaje, y del mensajero, pero sí sé que ninguna de ellas es válida para hacer frente a la situación actual. 

Si hay algún dato que se mantiene inalterable desde el principio es que el virus no se contagia por vía aérea salvo que den unas circunstancias especiales de suspensión en el aire, los famosos aerosoles, y necesitan de una carga vírica que queda prácticamente descartada salvo en lugares cerrados, en una cercanía continuada o en compartir con frecuencia utensilios o alimentos con alguien infectado. 


La mascarilla al aire libre al final no tiene otra utilidad real que la tranquilizar a los que más miedo tienen y trasladar el debate de las medidas necesarias, de las pruebas imprescindibles y los rastreadores irrenunciables, a una pieza cuya principal función es la visibilidad. Y la mayor prueba de lo que digo es que son precisamente los que más riesgo producen, deportistas, personas con afecciones respiratorias y fumadores, los que están exentos de su uso. 


Es verdad que aún son más las cosas que desconocemos del comportamiento del virus, que las que conocemos. Como es verdad que a pesar de vacunas y tratamientos el virus tiene muchas posibilidades de quedarse a vivir entre nosotros, pero precisamente por eso es fundamental que lleguemos a un conocimiento claro de su funcionamiento. 


“Solo el conocimiento nos hará libres”, empezando por reconocer que ahora mismo solo sabemos que no sabemos practicamente nada sobre este indeseable vecino.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Tirar balones fuera

 Mi firma no importa. Comparado con la de las eminencias que firman la carta que pide un estudio riguroso e independiente sobre la gestión de la pandemia en España, el que yo esté de acuerdo, o no, no tiene la más mínima influencia, o interés, salvo, quizás, para los lectores que atiendan a mis palabras.  Pero a veces, y sobre todo en este país, la cantidad tiene mayor influencia que la calidad, que es permanentemente cuestionada según la afinidad a determinadas posiciones ideológicas; pero importe, o no, mi firma para que ese estudio se lleve a cabo, su necesidad es, iba a decir incuestionable, que simpleza, imprescindible.

He sostenido desde el primer momento, y lo sigo haciendo, que la gestión de la crisis ha sido, y es, nefasta, aunque  no por cuestiones ideológicas. He sostenido desde el primer momento, y lo sigo haciendo, que siendo riguroso con los números, con las escasas decisiones y con los tiempos, la crisis ha sido, y es, de una ineficacia intolerable. Pero también he sostenido desde que la pandemia empezó oficialmente, y lo sigo sosteniendo, que la mayor parte de las decisiones tomadas para gestionarla han estado, y siguen estando, lastradas por unas infraestructuras debilitadas por los recortes consecuencia de la crisis del 2008 y por una estructura administrativa que ya estaba anticuada en el siglo XIX. Lo que no quita que haya también responsabilidades éticas y políticas.

Y ese estudio se me antoja inevitable si pretendemos, que seguro que hay muchos que no lo pretenden, desvelar en qué punto y hora la coartada política de las autonomías no es más que eso, una coartada.

Hemos asistido, unos con sorpresa, otros con forofismo, muchos con resignación, algunos con una cierta divertida fatalidad, al espectáculo, nunca edificante, de comprobar el combate de méritos y deméritos que han mantenido, y aún mantienen, los gobiernos autonómicos y el gobierno central, intentando apropiarse, cada uno, de los méritos y volcar sobre el otro los fracasos, mientras los ciudadanos, como siempre a lo largo de la historia, poníamos los muertos que ellos usaban para tirarse a la cabeza.

Un combate de méritos y deméritos que, llevado a sus últimas consecuencias, las actuales, y analizado fríamente, nos puede hacer pensar que para este viaje no se necesitaban tales alforjas, que para taparse unos y otros, para hacer de escudo de responsabilidades e irresponsabilidades no hacía falta más que un solo gobierno. Que para torear a los ciudadanos, con un maestro en la plaza sobraba.

No voy a ser yo quien, en esta ocasión, rompa una lanza a favor de una organización territorial en comunidades. Ni siquiera quien la rompa, ni ahora ni nunca, a favor de un estado centralista. Mis lanzas, en este momento concreto, son: la eficacia, la ética y la responsabilidad; y estas no me las va a comprar ningún político, de ningún signo, de ninguna autonomía o centralidad.

Porque todos, tanto unos como otros, tanto los de un signo como los de otro, tanto los más comprometidos socialmente como los más comprometidos económicamente, nos han usado; nos han usado sin vergüenza, sin empacho, con premeditación y alevosía, sabiendo perfectamente lo que hacían, y lo que siguen haciendo.

Lo primero la responsabilidad, lo segundo la información, la desinformación, la información plagada de lagunas, de rumores, de debates inútiles, de verdades sin contrastar, de improvisaciones, de decisiones definitivas que se revocaban al poco tiempo: las mascarillas, los guantes, la transmisión, el mando único, los números, los otros números, los otros números de los otros números.

Nunca una desinformación ha sido tan informada, tan difundida, tan expuesta descarnada e interesadamente como durante esta pandemia. Nunca la contradicción permanente, las certezas variables, las decisiones irrevocables cambiantes, han sido expuestas tan orquestada, nítida y descaradamente. Nunca, salvo en el presente en el que se sigue manteniendo la misma estrategia. Informar del miedo, trasladar la responsabilidad del fracaso al ciudadano de a pié guardándose los políticos, unos y otros, centrales y autonómicos, gobierno y oposición, izquierdas y derechas, los pocos, los escasos, los inexistentes méritos, o fracasos mal contados, por los que sacar pecho cuando tendría que caérseles la cara de vergüenza, de una vergüenza que ni tienen ni se les espera.

Ahora estamos con la mascarilla, la que al principio, en plena expansión, era innecesaria. Antes fue el confinamiento. Medidas ambas que tienen algo en común: que son muletas del fracaso organizativo. Si la enfermedad avanza la culpa es de los ciudadanos que no respetan las sabias medidas del gobierno. Si la enfermedad es contenida es gracias a las sabias medidas que el gobierno, el de turno, o por turno, ha implementado. Un chollo.

Pero lo que no tenemos es una gestión eficaz, una información veraz, una preocupación que vaya más allá de los gestos para los forofos. A cambio lo que si tenemos es una desinformación culpable, una utilización política de la pandemia para obtener réditos electorales y una incapacidad, si no desinterés, de tomar medidas administrativas eficaces: refuerzo de infraestructuras, modernización de estructuras y equipamiento, dotación, de recursos en las áreas necesitadas.

Si se le pregunta al gobierno central la responsabilidad es de las autonomías que tienen transferidas las competencias. Si se habla con los gobiernos autonómicos dicen no tener los recursos legales ni financieros imprescindibles para afrontar las medidas necesarias. Si en vez de preguntar observas, verás con claridad como toque de clarín a toque de clarín, suerte a suerte, primero nos torean, después nos pican, más tarde nos las ponen en todo lo alto, y si nadie lo evita podemos acabar en la estocada y el descabello.

Por eso es irrenunciable ese estudio eficaz, independiente, libre de comités de expertos del gobierno, libre de científicos sin rigor, libre de críticas opositoras, libre de intereses intelectuales, políticos o financieros, porque es la única posibilidad de que los ciudadanos tengamos una visión desapasionada, con inclinación a la veracidad, de lo que ha sucedido, de lo que está sucediendo, de lo que sucederá en el futuro con este virus y con otros que, inevitablemente, vendrán.

Ya sabemos, y si no lo sabemos es porque ya estamos instalados en una certeza interesada, que después, una vez emitido el informe, una vez difundido, habrá quién, no diciendo lo que él considera que debería de decir, intente desacreditarlo, desacreditar a los que lo hayan realizado, pero al menos los neutrales, los menos forofos, tendremos la posibilidad de hacernos con una base no ideológica, con una información, si no rigurosa, al menos  homologable. Pero, por sobre todas las cosas, tendremos una información no infundida por los maestros en tirar balones fuera.

sábado, 16 de mayo de 2020

Las miserias humanas (VIII): Tendencias médicas


Ya antes de la pandemia existía un profundo debate entre médicos a propósito de cómo enfrentarse a la enfermedad, a cualquier enfermedad. Frente a la medicina clásica, la que trata la enfermedad en curso, la evolución de los conocimientos médicos puso en marcha la medicina preventiva. Esa medicina, más bien esas prácticas médicas, que permitía anticiparse al riesgo cierto de sufrir determinadas enfermedades antes de que estas pudieran desarrollarse. Los mayores emblemas de esta medicina podrían ser las vacunas y la creación de ciertos hábitos alimentarios en base a evitar dolencias futuras.
Pero aunque la medicina preventiva tiene sus detractores, sus polémicas abiertas en cuanto a que ha generado conductas de tipo moral, una parte de la medicina ha dado una vuelta de tuerca más con la medicina anticipativa, medicina que algunos no dudan en asociar a unas motivaciones económicas. La medicina anticipativa es aquella que intenta anticipar, mediante tratamientos, enfermedades que seguramente nunca se desarrollarían. Tratamientos que en muchos casos generan o favorecen, con sus efectos secundarios, dolencias producidas por la reacción al tratamiento de la enfermedad anticipativamente tratada.
Existe, incluso, un movimiento médico contra esta forma de practicar la medicina y sus consecuencias, representado por una frase: “Primum non nocere”, primero no hacer daño. Antes de intentar sanar, no perjudicar.
Yo tengo la sensación de que en la forma de afrontar la pandemia ha habido algo de estas tres corrientes médicas, algo de tradicional, algo de preventivo y mucho de anticipativo.
Sin duda se ha practicado la medicina clásica mediante el trabajo inabarcable de los sanitarios en lucha diaria con los infectados que desarrollaban la enfermedad. Su combate, sin los medios adecuados, sin los medios prometidos, sin los medios que día a día se decía a la población que iban a llegar y nunca llegaban, ha sido, seguramente, una de las más grandes gestas médicas de la historia.
Pero también se ha practicado la medicina preventiva, la distancia social, la higiene personal y la renuncia a ejercer derechos individuales consolidados en favor de una expansión más lenta, son sin duda medidas características de una aplicación preventiva de los conocimientos médicos.
Pero, para mí, la reclusión total que hemos sufrido en España, es más propia de una medicina anticipativa, que de una medicina preventiva. Lo es en su forma de enfocarse y lo es en el resultado al que nos enfrentamos tras varias semanas de aislamiento anticipativo.
Hemos encerrado a todos, los que estaban infectados y los que no, los que desarrollaban la enfermedad y los asintomáticos, todos conjuntamente separados sin saber ni cuál era su  situación respecto al contagio, ni cuales iban a ser las consecuencias de ese enclaustramiento.  Las consecuencias médicas, porque las sociales, las económicas y las anímicas estaban bastante claras desde el principio.
El problema es que da la impresión de que el grupo INCOGNITO, ese de asesores secretos del gobierno, no sabe cómo acabar con esta situación y asumir que estamos prácticamente en la casilla de salida. Como explicarle a la población, a los ciudadanos, que el tiempo pasado en confinamiento solo ha servido para retrasar el inevitable choque con la enfermedad, que tiene que producirse antes o después para que la inmunidad colectiva empiece a desarrollarse. Es verdad que no es tiempo perdido, que es tiempo que ha servido para mejorar las infraestructuras, para fortalecer los equipamientos, pero es que esa era una obligación de los administradores anterior a esta enfermedad, a enfermedades pasadas y a las futuras enfermedades que ya nos acechan.
Porque con el 5% de infectados, estamos donde estábamos hace casi tres meses, pero con algo más de músculo sanitario. Nos quedan por delante momentos muy duros, ojalá me equivoque, pero como no nos acaban de contar las cosas como son, como siguen tratándonos como a incapaces e incompetentes (piensa el ladrón que todos son de su condición), nos han dejado con el miedo metido en el cuerpo y sin la información imprescindible para poder administrarlo. Nos toca convivir con el bicho en un ejercicio imprescindible de exquisitez social, y seguir encerrados no es una opción viable. Tendremos que ser tacaños con nuestros afectos y ocios, pero no vivir de espaldas a ellos. Y todo eso nos lo tendrían que contar asumiendo la responsabilidad que por su gestión les corresponde, pero no lo verán nuestros ojos.

Hemos empezado esta reintegración paulatina a nuestra vida cotidiana demonizando a todo aquel que atente contra nuestro miedo, a los que no respeten las reglas que creemos que nos dan seguridad. Entiendo y comparto la preocupación y el rechazo hacia cualquier persona que aumente con su actitud el riesgo de contagio. El miedo es libre, y como manifestación de tal supongo las actitudes intransigentes de unos e inconscientes de otros, pero la educación es una carencia que tampoco podemos permitirnos porque esa educación es la que nos lleva a actitudes tan nocivas como el virus. El confinamiento ha sido excesivo porque, en contra de países como Suecia, Alemania, Portugal... que han hecho un confinamiento más permeable, ha impedido que montemos una base para una inmunidad de rebaño (término técnico), que hoy por hoy sería la única defensa accesible. Esta falta de inmunidad colectiva nos pone en riesgo de sufrir rebrotes de tanta intensidad como este primer brote, pero el miedo no nos puede dejar encerrados hasta dentro de meses, o años (recuerdo que aún no existe una vacuna real contra el VIH). Los dos grandes peligros a los que nos enfrentamos a día de hoy son el virus y su utilización política, esa si que es una pandemia, y los insultos pertenecen más a la segunda que al primero. NI la derecha, ni la izquierda, ni ninguna ideología tienen en sus manos la solución a la enfermedad, pero sí, y la usan, la capacidad de enfrentar a la mitad de la población con la otra mitad.
Posiblemente el detonante de tanta decisión tomada tarde, o mal, o tarde y mal, ha sido el encontrarnos con un sistema sanitario real, deficitario en medios e infraestructuras, frente a un sistema sanitario idealizado por su compromiso, el de los profesionales, por su preparación, la de los profesionales, y por su sentido universalista, hasta más allá de lo razonable para igualar recursos y prestaciones.
Ahora unos políticos dirán que la culpa es de los otros, y los otros dirán que la culpa es de los unos. Yo diré, como dice el dicho: “entre todos la mataron y ella sola se murió”. La situación de nuestro envidiado, y en tiempos envidiable, sistema sanitario, del que solo rescato al personal, no es un problema de responsables, si no de irresponsables. No es un problema estético-ideológico, es un problema de presupuestos e interés. Es un problema de lenguaje y de mediocres designados para su gestión.
Saldremos de esta, no nos queda más remedio, pero nuestro gran fracaso será que saldremos manteniendo a una clase política, mediocre, ineficaz y mentirosa. Así, sin medias tintas y sin salvar a ninguno.

martes, 28 de abril de 2020

Las miserias humanas (VII): El mejor amigo del hombre


Está en el refranero popular español que el mejor amigo del hombre es el perro, y así ha sido siempre hasta que Carlos Rodríguez Braun, economista y tertuliano habitual de Onda Cero, explicó con gran acierto que realmente el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio.
Y yo estoy con Rodríguez Braun. No existe nada más socorrido en el mundo para afrontar un fracaso que señalar un chivo expiatorio, un culpable lateral que no tenga opción de defensa real y que asuma la culpa de otro, o que asuma una culpa lateral que evite al culpable del fracaso principal ser señalado.
Hasta tal punto me parece acertada la elección del pobre chivo como animal mejor amigo del hombre, que yo apostaría por convertirlo en unidad de fracaso. Esto es, yo mediría los fracasos en chivos expiatorios, en culpables alternativos para intentar desviar la atención de un fracaso palmario. La medida seguramente podría ser sociológica, y cumpliría una buena referencia de estudio, pero en el ámbito en el que sería fundamental sería en el político. Imagínense un debate parlamentario en el que el gobierno y la oposición se atacan evaluando sus gestiones en chivos expiatorios. Por fin podríamos comparar con cierto criterio quién tiene razón en el “y tú más”, que casi como argumentario único utilizan en sus enfrentamientos.
Pero, en este momento concreto, solo hay un análisis en el que podamos estar interesados, uno en el que las redes sociales se dividen en partidarios y detractores sin que les importe otra cosa que la ideología que profesan, uno en el que lo único que no se encuentra es un análisis riguroso y desapasionado de lo realizado, sin matices, sin pretender saber el resultado antes de empezar a hacer el estudio, uno en el que los datos sean rigurosos y fiables y se puedan utilizar fuentes sin contaminar por un interés previo. Así que en un alarde de unirme al disparate general de la falta de seriedad, que no de rigor por mi parte, y a la falta de voluntad de encontrar un resultado ecuánime, he decidido hacer un estudio de la gestión en chivos expiatorios.
1-      Los chinos que por culpa de sus bárbaras costumbres alimentarias han sido el origen de la pandemia.
2-      Los turistas que sin rigor y sin control han viajado de un lugar para otro con el bicho a cuestas.
3-      Los comerciantes con tratos en China que han sido portadores interesados del virus
4-      Los chinos otra vez porque nos han ocultado datos. Y encima han marcado tendencia.
5-      Los primeros contagiados por morirse sin avisar que era de esta enfermedad concreta.
6-      El fútbol, para los que no les gusta el fútbol, por celebrar partidos con contagiados en las gradas, y en el campo, y sin que las autoridades lo evitaran.
7-      Los de Vox, para unos, por convocar una manifestación autorizada, cuando ya había indicios de que la enfermedad estaba entre nosotros.
8-      Las feministas, para otros, por convocar una manifestación autorizada, cuando ya había indicios de que la enfermedad estaba entre nosotros.
9-      Los ciudadanos que no habrían permitido una medida de confinamiento antes de lo que decidió, prudentemente, el gobierno que eligió el momento justo.
10-   De nuevo los chinos, que primero te cobran y luego no te dan la mercancía.
11-   Los turcos que después de cobrar retienen la mercancía.
12-   Los persas, no nos olvidemos de los persas y su famoso mercado.
13-   Los chinos, ya pesados, por insolidarios y cerrar sus fronteras a los demás países a la salida del material que ellos fabricaban y consideraban necesitar.
14-   Los “madrileños”, por ejercer su derecho a pasar el confinamiento donde mejor les parezca por el simple hecho de pagar impuestos en ese lugar.
15-   Las residencias de ancianos privadas, a las que incluso se les abren diligencias, y sin diferenciar, ¿por ignorancia?, las privadas de alto costo de las privadas de caridad, estas últimas normalmente de ONGs y religiosas, que además son las que más muertos tienen.
16-   Los que no respetaban el confinamiento y ayudaban a expandir el virus en zonas aisladas y solitarias.
17-   Los que se oponen al gobierno y a sus medidas, porque los ponen nerviosos y se equivocan más.
18-   Amancio Ortega, por rico, solidario y comprometido. ¿Habrase visto?
19-   Los niños y los padres. Los unos por ser niños e irresponsables y los otros porque no los controlan como dios manda, aunque dios no haya dicho nada al respecto.
20-   Las estadísticas, por no decir claramente lo que el gobierno quiere que digan.
21-   Los gobiernos anteriores por haber recortado la sanidad, aunque los informes más serios separen claramente el sistema sanitario de la gestión sanitaria a la hora de evaluar los resultados.
22-   Los ciudadanos en general por su impaciencia y hartazgo con el confinamiento, y por hacerlo público con caceroladas.
23-   Los alemanes, los portugueses y tantos otros países que, en un acto irresponsable, y curiosamente efectivo, no han hecho un confinamiento tan riguroso como los españoles, y dan mal ejemplo.
24-   Los españoles en general, para los catalanes, porque lo hacen todo mal.

En fin, que, en definitiva, esta ha sido una crisis de, sin ser exhaustivos, 24 Ces (chivos expiatorios) de magnitud, que no está nada mal.
Para acabar de rematar la miseria humana que semejante disparate supone solo falta señalar a los muertos como cómplices necesarios en el fracaso del gobierno, pero los muertos no admiten bromas, ni sus familiares desesperados en la busca de los cadáveres de sus seres queridos sin que, en algunos casos, parezca que nadie controlaba a los fallecidos, y lleguen a tener la sensación de que entierran a muertos ajenos.

martes, 14 de abril de 2020

Las miserias humanas (III): Los coronautas


Hay sastres, y hay desastres. E incluso hay sastres que hacen desastres. Sastres que una vez acabado el traje, sea bien o mal, son incapaces de rematarlo adecuadamente, por falta de pericia o por falta de presupuesto. El caso es que, sea por un motivo o por el otro, dejan hilvanes que en el momento en que alguien que lo utiliza hace un esfuerzo, por leve que sea, saltan las costuras y queda el forro, o la piel, a la vista de los que lo rodeen.

En España llevamos siglos de malos sastres, de grandes desastres y de la malhadada conjunción de ambas cosas que da lugar a la repetida miseria de aquellos que encargaron el traje, habitualmente de la clase media para abajo.

Es realmente miserable este ya casi crónico mal de nuestro país, o país de países, o países metidos en un país, o cualquier otra ocurrencia de político de turno, que impide con la miseria de sus dirigentes el normal desarrollo político, económico y social de unas gentes que merecen, y a la vista de la historia es palmario, una suerte un poco más favorable.

No ha sido distinta esta catástrofe, que, por mor de la incompetencia de los encargados de afrontarla, se ha acabado convirtiendo en una catástrofe de catástrofes, o en unas catástrofes metidas en una catástrofe, de consecuencias aún inimaginables. Administradores que, a pesar de que los números no se lo permitirían a nadie con un mínimo de honradez política, o humana, se dedican a loarse a sí mismos, a crear discordia en la sociedad, cuando no, ciertos socios de esa administración, a juguetear ideológicamente creando una mayor inseguridad, cabreo e inquietud en los de siempre, como ya he dicho, de la clase media para abajo, con sus acciones.

Pero no era de los ínclitos administradores, que ya tendrán su momento de gloria cuando toque, de los que yo quería hablar cuando me he puesto a pergeñar estas letras, sino de los Coronautas, término cuya autoría me permito reclamar y acuñado en honor, y a la imagen, de mi virtual amigo, Francisco Breijo, no por virtual menos apreciado, equipado para el comienzo de sus médicas tareas.

Llamo Caronautas a todos aquellos que en su función de atención a los pacientes del maldito bicho se mueven en las zonas de riesgo, hospitales, ambulancias, consultas y más, embutidos en unos equipamientos, a veces trajes, que les hacen semejar personajes de película de ciencia ficción. Llamo Coronautas a todos los que día a día se juegan su contagio, su aislamiento de sus propios familiares y su vida, atendiendo a los enfermos en cuerpo y espíritu, porque este maldito virus también afecta al espíritu, a  la soledad del enfermo grave que ve cómo va perdiendo la vida en la ausencia de sus seres queridos.

Miserable es el comportamiento de las administradores con los coronautas, miserable y criminal. Miserable y criminal es verlos confeccionando esos trajes, como en el atrezo de una película de pacotilla, como sastres en medio del desastre, con bolsas de basura, mientras los responsables dan ruedas de prensa triunfalistas asegurando que todo se está gestionando correctamente y que la culpa de cualquier deficiencia es siempre de los otros, de la oposición, de los insolidarios, de los chinos, pero jamás suya.

Los coronautas, navegando entre nubes de coronados virus ávidos de nuevos territorios de expansión, se han defendido como han podido, se han defendido de los virus, de las carencias y de la miseria moral de unos administradores incapaces y soberbios en su incapacidad. Han tenido que bregar con la enfermedad de los pacientes, con la soledad de los dolientes y con la carencia de medios mínimos para ejercer su trabajo correctamente y salvaguardar su propia salud en ese ejercicio.

Y de esa conducta miserable, y culpable, de los administradores, todos, cada uno en su nivel y competencia, dan fe las cifras: más de veintiochomil sanitarios infectados, casi treinta muertos, eso sin contar los cuerpos y fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas.

Yo no sé si en ejercicio de esa grandeza de compromiso, de profesionalidad vocacional, que están haciendo, alguno de ellos se sentirá compensado con ese aplauso colectivo, que ya en muchos casos se ha convertido en una especie de rito social sin trasfondo, de alivio al enclaustramiento con espectáculo, diario. Yo creo que no, que como mucho confortados, y en ocasiones puntuales reconocidos, pero no compensados en su esfuerzo y en su riego

Veremos a cuántos de ellos, pasada la emergencia, se le reconocen esos méritos con unas condiciones laborales más acordes con su valía, con su compromiso, y con la dependencia que esta sociedad tiene de ellos para el mantenimiento de su estado de bienestar, y, sobre todo, para estar preparados para futuras crisis que no se adivinan muy lejanas en el horizonte.

Y por si fueran pocas las miserias con las que los administradores los castigan, han aparecido los “solidarios de siempre”, los valientes de los anónimos en el portal, solicitando la solidaridad que ellos no sienten y conminando a los que arriesgan su vida a abandonar su hogar para no sentirse ellos, los miserables redactores, en riesgo.

Ante tantas miserias, ante tantos y tan diversos miserables, mi solidaridad, mi reconocimiento y mi admiración por los coronautas. Y hoy sí, aquí sí, mi sentido aplauso.


domingo, 12 de abril de 2020

De la educación y el conocimiento


A mí las opiniones expertas me merecen un absoluto respeto, seguramente por mi ignorancia en el tema que se trate, pero por eso mismo cuando decido escribir mi parecer sobre alguno de esos muchos temas en los que mi ignorancia es supina, y después de contrastar opiniones de diferentes expertos, cada uno con su deriva ideológica, y procurando que esas derivas sean dispares, decido, seguramente con errores, y seguramente inducido por mi ignorancia, ponerme manos a la obra e intento plasmar el conocimiento recibido.
Escribo después de leer con indignación, con estupefacción, un artículo publicado en DCLM.es y firmado por Agustín Estrada Peña, Catedrático del Departamento de Patología Animal, Área Sanidad Animal, Facultad de Veterinaria, de la Universidad de Zaragoza. Un artículo escrito desde la prepotencia, desde la soberbia, de alguien que instalado en su “cátedra”, se permite faltar tildar de entrenador de fútbol, con claro menosprecio, a cualquiera que, presuponiendo su ignorancia, se permita discrepar del gobierno y participar en la cacerolada convocada para manifestar el desacuerdo con la gestión del mismo. El tono me parece vergonzoso, más propio de aquellos catedráticos franquistas que instalados en su pedestal repartían los aprobados y suspensos en función de los méritos políticos de sus alumnos, antes que de sus méritos académicos. Para este señor somos un atajo de “cuñados”, ignorantes, y únicamente opinamos porque nos dicen que tenemos que opinar. Nuestra ignorancia, en comparación con su sabiduría, es solo culpa nuestra y nos invalida incluso como personas capaces de pensar por sí mismas. Y viene a decir que para opinar sobre política y capacidad de gestión hay que tener, como mínimo, sus conocimientos sobre su especialidad.
Este impertinente artículo, por faltón y por poco pertinente, me ha hecho ponerme a las teclas y saltarme un día libre para explicarle, aunque no creo que mis palabras puedan llegar a su soberbia altura, que si, independientemente de sus conocimientos, que no pongo en duda y demuestra, toda su capacidad docente se apoya en la incapacidad de empatía humana que traslucen sus palabras, pobres de aquellos que tengan que poner su formación académica en semejantes manos. Yo es que al primer exabrupto me levantaba y me iba. Claro que, también eso hay que tenerlo en cuenta, hay quién domina grandes y complejas materias, incluso goza de una palabra fácil y convincente, pero a la hora de escribir, o de opinar, debería de meterse las manos en los bolsillos. Desde mi ignorancia, claro.
Desde esa misma ignorancia, que intento paliar con conocimientos ajenos, he constatado que la mayoría de los expertos consultados consideran que el gobierno actuó tarde y mal, que también es posible que hubiera hecho falta un gobierno fuerte, que este no lo es, y despreocupado de las consecuencias electorales, que este no lo está, para haber tomado decisiones más valientes y que hubieran ahorrado muchos muertos, y sobre todo, el lamentable honor, de ser uno de los países con mayor mortalidad del mundo.
Decir esto no presupone, faltaría más, que otro gobierno, de otro partido, o con otra composición, lo hubiera hecho mejor, ni que toda la responsabilidad de la falta de medios e infraestructuras le sea achacable, por supuesto que no, pero lo que tampoco quiere decir es que lo haya hecho bien y que se merezca las loas que intervención tras intervención, rueda de prensa tras rueda de prensa, parece reclamar. No, yo no tengo ni idea sobre virus, ni he estudiado epidemiología, como tampoco he estudiado muchas otras materias sobre las que escribo, pero sí puedo decir que suplo mis lagunas de experto teniendo acceso al conocimiento de gente de casi todos los saberes y con casi todas las ideologías, y que, cuando escribo, lo hago desde la humildad de mi saber prestado, que no supone una falta de conocimiento, pero si una aceptación de que la Verdad, no está al alcance de los hombres, todo lo más su verdad, la de cada uno.
Efectivamente, y reitero por si no había quedado claro, no soy un doctor en nada, ni siquiera en medicina, pero lo que si soy es un experto en lógica y sistemas, y eso me permite, con una ignorancia supina en materias concretas, analizar un sistema humano, comercial o mecánico; su desarrollo, sus puntos críticos y sus debilidades por malas decisiones, y para eso no necesito ni tirar de ideología, ni de afinidad, ni ser maleducado y grosero con las personas que me leen.
Me recuerda  usted a como retrataba Quino a un doctor en medicina de vacaciones en la playa en una tira de Mafalda. Bueno, me voy a permitir darle una oportunidad que usted no nos ha dado a ninguno, parece usted padecer de la misma soberbia que el mencionado doctor.
Verá usted, desde mi puesto de entrenador de fútbol, por ponerme en su cualificación ya que no lo he sido nunca, cuando juzgo la labor de un gobierno, sea este o cualquier otro, no lo hago por su dominio de un tema concreto, en ese caso juzgaría a un ministro, ni por la erudición de sus miembros, y miembras, ni siquiera por sus declaraciones o su voluntad de hacerlo bien, no, yo solo lo juzgo por su capacidad de gestión y el aprovechamiento de los tiempos y recursos puestos a su disposición para la obtención de resultados. Y, sobre todo, procuro no caer en la trampa ideológica para forofos, de pensar que si otros lo han hecho peor, suponiendo que se dé el caso, eso haría a este mejor. Falso, falso de toda falsedad, simplemente lo haría menos malo que ese otro. Pero, y como ya apuntaba anteriormente, al final lo que importan son los resultados. Al final, se diga lo que se diga, una gestión deja unos resultados que son incuestionables, números que permiten evaluar la gestión realizada, y algunos de los de este gobierno, sobre este tema y expertos aparte, son: tercer país del mundo con más fallecidos, país con más muertos por cada cien mil habitantes del mundo, país con mayor número de profesionales sanitarios contagiados del mundo, país con mayor número de muertos en residencias de ancianos en el mundo. De momento.
Claro que faltan un montón de países, sobre todo países del lamentablemente llamado tercer mundo, por empezar a incrementar estadísticas, y a lo peor alguno nos supera, y, ya sería deleznable, alguno pueda caer en la tentación de usar esas terribles estadísticas de países con muchos menos medios para justificar las nuestras.
En todo caso, créame, para demostrar que uno es un experto, que cree tener razón y que sus palabras están por encima del inculto populacho, al que pertenezco,  por lo que le pido disculpas, no hace falta faltar le al respeto a los demás insinuando su pobreza intelectual y de espíritu. De experto, poco, a experto, muy, solo explicarle que el conocimiento no exige la mala educación, la mala educación solo es un problema de formación y de aplicación de valores.
Un humilde y contrito saludo.

domingo, 2 de octubre de 2016

¿Y ahora que?

¿Y ahora qué? Porque esta es la pregunta a responder después de cualquier gran conflicto. Como enderezar lo que se ha torcido. Como reconducir un trazo fuera de lugar sin que dañe la obra general.
Profetas habrá, y que no falten. Los habrá de la estética, de la ética y de la pragmática, que nadie lo dude. Pero lo que necesita ahora el PSOE es un baño de realidad, una inmersión en el  día a día de una sociedad dañada, desencantada y con una carga de escepticismo que la coloca en una postura de sospecha permanente.
Aunque lo que digo lo digo pensando en el PSOE, no solamente los socialistas salen tocados de este episodio. Bien haría, antes de que so la hagan en unas próximas elecciones, sean cuando sean, los populares en revisar el liderazgo de un señor cuyo máximo valedor, con su postura y sus palabras, era el defenestrado Pedro Sánchez. De un señor, méritos aparte, que también los tiene, que es la cabeza visible de un partido que necesita una limpieza a fondo y una puesta a punto para poder ser votado por sí mismo y no por los deméritos ajenos.
Porque no nos olvidemos que muchos, una gran cantidad de votantes, dieron su voto al PP no por su sintonía con sus postulados, no por su admiración hacia el señor Rajoy, si no por su desconfianza hacia los planteamientos y hacia las intenciones finales del líder del PSOE.
Pero ahora toca PSOE y ahora tocan soluciones a la debacle. Volveremos a oír hablar de gestora, de primarias, de candidatos, de programas, de tantos y tantos temas que ya tenemos tan relamidos. Al final todo se reducirá a saber quién dirigirá a este partido y, sobre todo porque es el meollo de la cuestión, mediante qué sistema llegará a ser elegido.
Solo se me ocurren tres posibilidades de llevar a cabo la elección y solo se me ocurre una que pueda garantizar una pronta recuperación de los votantes por parte del PSOE.
La primera opción es que el líder lo elija la misma comisión gestora que ahora entrará en funciones de entre sus miembros y buscando una figura que resulte conocida y que no tenga el rechazo de los votantes. Los hay, y no pocos.
La segunda, y que yo creo que ha demostrado su ineficacia pero seguramente es la favorita de las bases militantes, es convocar unas primarias restringidas en las que puedan votar solamente los que tengan carnet, los integrantes del partido. El problema es que posiblemente el candidato elegido sea un hombre de partido, pero no de estado, ya hemos visto varios casos, y volverá a enfrentarse a la desconfianza de la calle.
La tercera, la que sería más ética y estéticamente aceptable, sería la convocatoria de unas primarias libres, de unas primarias abiertas a militantes y simpatizantes, que abriera el voto a la calle, porque entonces, y solo entonces el líder elegido contaría con el beneplácito de sus votantes.

Claro que este sistema tiene el problema de hacer complicado el montarse en el machito, y montarse en el machito, el que sea, es la atracción favorita en el parque temático de los políticos. Montarse en el machito y pasar por caja para ser exactos. 

miércoles, 12 de febrero de 2014

Los Trileros

La verdad es que me siento como si estuviera en una partida múltiple de trileros, esos señores que juegan con tres vasos y una bolita que nunca está donde tú piensas, bueno en realidad que nunca está. Y esto me pasa con la política. Uno me da vueltas a la bolita de un debate y me da varias razones que no son ninguna de las que deberían de preocuparme, y el otro trilero que está enfrente me avisa del engaño y me invita a jugar en su mesa donde tampoco va a estar la bolita que me permita ganar.
Esto me está pasando con el debate sanitario. Todos me dicen donde debería estar la bolita, todos me ponen ante las narices vasos llenos de razones para poder elegir su opción pero ninguno me da la posibilidad que realmente me interesa, la única razón a la que están obligados. Los veo con pasmo y zozobra debatir si molinos o gigantes intentando distraer con sus rápidas manos mi vista del único objetivo real del debate
Yo no quiero para mí ni para nadie una sanidad de peor calidad, con peor cobertura o que suponga un mayor gasto. Oigo decir a mi lado y compruebo por experiencia y datos que el modelo público está trufado de abusos y dispendios. Oigo del otro lado que el modelo de gestión privada es torticero y poco creíble. Pienso yo para mí que ambos razonamientos son ciertos y que pretenden que elija un modelo u otro.
Pues bien, me niego, me niego a que me engañen unos u otros, o los unos y los otros, que finalmente es lo que sospecho. La sanidad pública no puede ser una guarida de trincones, de aprovechados, de detentadores de prebendas y  de intocables. La sanidad privada no puede ser la hucha con la que ciertos políticos se van a dotar poniéndola en manos de amigos y deudos para mayor provecho y escarnio del ciudadano, perdón del contribuyente, de a pié. Quiero una sanidad pública saneada, eficaz, libre de aprovechados y detentadores de derechos inalienables. Quiero una sanidad privada cuyo beneficio se nutra de lo que consiga ahorrar sin recortar ni un ápice de una gestión decimonónica, burocrática y viciada.

Quiero una gestión eficaz que me permita mantener la sanidad que tengo y se me importa un ardite que se llame, o que sea, pública o privada, socialista, comunista o popular, porque para empezar no creo, no me lo permiten ni con sus actos ni con su historia reciente, que sean capaces de reconocer la eficacia o la verdad ni aunque les pisen un cayo.