Así que
en la crisis de Ceuta, sin temor a equivocarnos, podemos invocar el
“Eclesiastés”, y más concretamente esa frase que dice: “Lo
que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el
sol”, porque el
gobierno ha cumplido con un rigor suicida su política de tratamiento de las
crisis. Recordando otra célebre frase, su intervención se ha producido tarde,
mal y nunca. Ahora estamos en el más riguroso nunca.
Podríamos hablar casi de
cualquier tema que la calle percibe como una amenaza, o que supone una amenaza
real, y el primer planteamiento de este gobierno es negarlo, es decir que no
existe, como hace en el tema de la ocupación, o rebatirlo con un argumento que
nada tiene que ver, como en el tema de la debacle en la economía doméstica, o
en el tema de la ruina de los autónomos, o echarle la culpa a la extrema
derecha, argumento favorito, como en el tema de la inmigración, o a agentes
difusos, varios, e inconstatables, aparte de a la extrema derecha, como en el
tema de Ceuta, o a las autonomías, como en el caso de la vivienda, pero la
ineficacia del gobierno siempre viene salvada por culpables externos que no
aprecian (aprecian de valorar, aprecian de percibir) la incansable, abnegada e
impagable labor de un gobierno en el que todos los ministros son portavoces,
todos los ministros, a una, repiten los mantras oficiales cada vez que haya, o
haya que buscarla porque no haya, ocasión para repetirlos.
No seré yo quien acuse a
un gobierno, al que yo creo fundamentalmente ineficaz, mentiroso, y soberbio,
de manipular. ¡Dios me libre!. Pero me voy a limitar a enumerar algunas de las
más conocidas técnicas de manipulación que figuran en los libros sobre el tema,
y que cada palo aguante su vela, que cada lector decida que le va en ello:
-
Gaslighting (crear duda): Hacer dudar a alguien de su propia memoria, juicio o cordura mediante
la negación de hechos reales. Podríamos poner como ejemplo la okupación, o los
independentismos.
-
Hacerse la víctima: Invertir los papeles para culpar al otro y evadir responsabilidades,
generando lástima o culpa. Podríamos hablar de la extrema derecha, en casi
todo, de las mafias, en lo de Ceuta y en la inmigración, de la oposición,
porque se opone, e incluso de los ciudadanos, en la economía, o en los
impuestos.
-
Love Bombing: Demostrar un afecto y una atención exagerados al principio para
enganchar a la persona, y luego retirarlos como castigo. Podríamos ver cómo han
acabado Podemos, o el camino que lleva Sumar.
- Proyección: Acusar a la otra persona de los defectos o malas intenciones que tiene el
propio manipulador. Poner ejemplos de esta técnica sería hacer una crónica
exhaustiva de las dos últimas legislaturas, labor que dejo al lector.
El gran problema es que
hay una base de fanatismo ideológico que va a soportarlo todo, a explicarlo
todo, a tragar con todo, porque la supuesta afinidad ideológica, y digo
supuesta porque los hechos la desmienten, y el llamamiento permanente a una
cruzada contra los malos, los otros, claro, y a la salvación de la patria (no,
no estoy rememorando un discurso franquista), les hace justificar, cuando no a
adherirse, a posturas que ideológicamente jamás admitirían sin tan peregrinos
argumentos, a posturas que confrontan de forma absoluta el ideario socialista,
al menos el original.
Pero, tal vez, casi todo
parece haber cambiado. La crisis de Ceuta, la manipulación de hechos,
protagonistas, y números, la ineficacia, inacción y dejación gubernamental ante
una crisis de orden internacional, ha dejado las costuras de este gobierno al
descubierto. Sin aliados internacionales, en su entorno natural, entre sus
teóricos aliados, sin aliados nacionales, ni siquiera sus socios
parlamentarios, o de gobierno, su obcecación solo puede ser comprada por
auténticos fanáticos, por conversos sin fisuras.
El patetismo del último
debate parlamentario sobre el tema de Ceuta ha dejado al descubierto un
parlamento compuesto por un ególatra, una bancada de estómagos agradecidos, la
minoría, y todos los demás, algunos metiendo con calzador a la extrema derecha
en danza para poder salvar la cara, esa que han dado a lo largo de la
legislatura para justificar lo injustificable, e intentar distanciarse de esa
extrema derecha mundial que, a pesar de ser tan supuestamente poderosa, no
tiene a su alcance reflejar en las urnas el poder que los discursos pretenden
otorgarle. El famoso chivo expiatorio, que, como todos sabemos, es el mejor
amigo del político mediocre y sin principios.
En cualquier democracia
que se precie este sería el último capítulo –en realidad, y en nuestra supuesta
democracia, sería el enésimo último capítulo- de una resistencia de exaltación
personal que está dejando una democracia gravemente dañada, y señalada ante la
ciudadanía por su falta de recursos para generarse, por su falta de
transparencia, por su falta de capacidad para controlar el poder, por su falta
de separación entre poderes, por la facilidad para la manipulación de las
instituciones fundamentales, y, en definitiva, por sus propias carencias
democráticas de base: la ley electoral que permite estas situaciones.
Todo esto es tan
lamentable que debería holgar el señalarlo, que debería haber provocado un
clamor popular que hiciera imposible la persistencia de una situación como la
que vivimos, como la que llevamos viviendo ya hace un tiempo. Pero que nadie
piense que es posible, que nadie piense que lo acontecido va a hacer que
ciertas personas enganchadas ideológicamente, con cierto trabajo eludo decir
fanáticos, piensen que eso justifique un castigo sonado al artífice del mayor
desastre institucional desde las monarquías del XIX. Y el único argumento es
que lo que viene es peor, es que se invoque el peligro que van a correr los
gays, las mujeres, los inmigrantes si llega al poder una alternativa política
deformada por un sentimiento ideológico, fanático, hasta la parodia.
Una vez más, otra vez en
nuestra historia, los salvapatrias están decididos a considerar que sus ideas,
que su forma de entender la sociedad, aunque se haya demostrado corrupta, despótica,
manipuladora, para evitar que vengan los otros, los malos, los indeseables,
olvidando que en una democracia, incluso en una democracia altamente imperfecta
como es la española, los únicos que pueden señalar a los malos, a los
indeseables, son los votantes, y que la alternancia es la única garantía contra
los mediocres, contra los mentirosos, contra los manipuladores, contra los
ególatras.
Habrá quién, a estas
alturas, me invoque la ética, pero eso sería una perversión porque me invocaría
una ética comparativa, una falsa e interesada ética vista desde un prima
dogmático, y eso no es ética de verdad. la ética es un valor absoluto que no
permite comparaciones, ni matices, y en ese aspecto, el actual gobierno, no
alcanza ni un solo punto.
A pesar de todo,
desafiando a todos, incluso a muchos de los suyos, esta egolocracia seguirá
adelante porque no hay herramientas para parar su disparate, ni compromiso
ético, por su parte, para hacerse un lado y ceder la voz a aquellos a los que
dice, solo ellos lo dicen, representar. Y así seguiremos, por encima del sol y
de la luna, por encima de la ética y de los valores, hasta que el calendario
obligue a convocar una elecciones que hace ya meses que deberían de haber sido
convocadas.
El daño está hecho. La
política de tierra quemada empieza a ser tan evidente que se percibe que hay
decisiones del gobierno que solo parecen encaminadas a crear problemas para el
siguiente gobierno. Una situación tan lamentable que destrozan cualquier
aspecto deseable de un gobierno de izquierdas futuro, alimentado por una falsa
percepción de una falsa izquierda, solo amparada por un sentimiento fanático,
adscrito a un discurso populista.
Lamentable, terrible, pero
nada nuevo bajo el sol.