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lunes, 4 de noviembre de 2019

Que llueva


Dicen que las armas las carga el diablo, puede que los votos también. Hace ya algún tiempo escribí una reflexión en la que expliqué por qué nunca podría votar a PODEMOS a pesar de compartir muchas de sus ideas. Ahora podría reescribir el mismo artículo sustituyendo PODEMOS por VOX.
Y es que la postura radical es muy cómoda, porque consiste en decir lo que muchos quieren oír o piensan, sin adquirir un compromiso real de llevarlo a cabo. Es más, ¡dios nos libre de que alguna vez pudieran llevarlo a cabo!, porque si algunas de sus ideas pueden ser comunes a las mías, lo que no es común, en absoluto, entre ellos y yo es el método para poder llevarlas a la práctica.
Oigo bramar contra VOX con voces histéricas que claman anatema. Es una buena campaña para ellos cuando además los que con voces fariseas desbarran contra VOX han sembrado el descontento y la desconfianza entre los votantes. Y ahora se permiten, sin aportar ni una solución, ni una actitud arrepentida, ni un solo síntoma de escuchar a los de a pie, reclamar la complicidad de los que han ignorado, me atrevería a decir ninguneado y humillado, para erradicar a otro partido, que se toma la licencia de decir lo que los votantes reclaman, con la única razón de que deben de ser considerados unos apestados, ideológicamente hablando.
Me temo que es un intento inútil, o, para ser más exactos, un intento que se vuelve permanentemente contra ellos. El viejo truco que usa el lobo para desviar la atención del pastor gritando que viene el lobo, al cabo de unas cuantas veces no funciona.
Y el identificar a los votantes de VOX como integrantes de la España más rancia, aparte de una afrenta, es una falacia. Los votantes de VOX, en su mayor parte, son personas con deseos de propinarle una patada en los mismísimos a un sistema que los ignora y los descalifica según sus propios intereses. Un sistema que utiliza los grandes problemas para enardecer a sus votantes, los de toda la vida, y luego, confortablemente en sus despachos oficiales,  se desentienden de ellos y se ponen de perfil cuando esos problemas afectan a la convivencia diaria de los ciudadanos, de los vecinos que los sufren.
Hablo del garantismo que permite que los delincuentes pongan en la calle a personas que se ven despojadas de sus bienes, de su vivienda, por mafias perfectamente orquestadas y asesoradas para saltarse la ley, y sus consecuencias. Y cuando al fin logran recuperarla, aveces pagando una extorsión que el sistema no persigue, es devastada y saqueada sin que esto suponga ningún tipo de pena para el delincuente, ni genere ningún tipo de satisfacción para la víctima.
Hablo de esos delincuentes que se amparan en el estatuto de los menores no acompañados para sembrar el terror en los vecinos de los barrios, habitualmente personas humildes y mayores, y cuando se levantan, abandonados, ignorados, reclamando su tranquilidad y su convivencia, con llamarles fachas e insolidarios está todo arreglado. Eso sí, desde la distancia, no vayan a darles un susto.
Hablo de esos niños bien que orquestados por movimientos internacionales siembran el terror y la violencia amparados en consignas políticas en las que no creen y promovidas por políticos sin moral que no creen en ellos, ni en sus propias consignas.
Hablo de esos comerciantes que agobiados a impuestos, vigilados por sospechosos de enriquecerse, es fundamental desacreditar al que se queja, hasta límites de estado recaudo-policial, ven como en cualquier lugar, incluso a la puerta de sus negocios, se instala una competencia que no tiene obligaciones fiscales, laborales o comerciales, y cuenta con el beneplácito de los que no aportan otra cosa que buenismo y demagogia. Eso sí, esos mismos son los que luego, instalados en poltronas, suben los impuestos a los que ya los pagaban, e insultan a los que se quejan del trato discriminatorio, intentando hacerlos sentirse culpables.
Hablo de los que sufren persecución en razón de su propio ideario, o a los que no se les permite expresar su discrepancia con algún tema sin ser, de inmediato, socialmente linchados, vilipendiados, y si puede ser, desposeídos de cualquier mérito o fama.
Hablo de los que son prejuzgados sin causa, condenados sin ser acusados, linchados por el único delito de discrepar en contra de colectivos que imponen su ley sobre la ley.
Hablo de una sociedad que no ve salidas a sus demandas, que están hartos de escuchar, el día después de las elecciones solamente, que los votados han entendido su mensaje para, a continuación, hacer lo que les da la gana. Hartos de que se les quiera educar con una falta de educación evidente, que se les quiera imponer un pensamiento único en aras de una libertad solo reconocida para sí mismos y para los que ellos consideren oportuno
Hablo de un colectivo exento de ideología harto de ser insultado y ninguneado por el simple hecho de discrepar de los idearios ajenos, más bien de su desfachatez, por la falta de soluciones a sus problemas cotidianos, por la ignorancia de las situaciones que les toca vivir, por la dificultad de las convivencias y el día a día que los políticos crean por su interés y luego se desentienden sin preocuparse de las consecuencias de sus actos, ni de los que las tienen que soportar.
Habrá quién inmediatamente, la inmediatez y el insulto son lo suyo, considere que estoy en contra de la inmigración. Soy gallego, inmigrante a los cuatro años, hijo de inmigrantes, nieto de inmigrantes, biznieto de inmigrantes, miembro de un colectivo que viene siendo inmigrado desde hace cientos de años, y nadie, y menos un tonto con dos o tres banderas, me puede hablar de inmigración, pero lo intentará y además será aplaudido. Es la sociedad que estamos creando.
Habrá quien inmediatamente, la intolerancia contra la intolerancia y la ignorancia son sus armas favoritas, me califique y me etiquete en base a sus propias carencias de ideas propias y de interés por sus semejantes, o lo intentará, y será aplaudido. Es la sociedad que estamos alimentando.
Habrá quién se sienta justificado en su odio contra los sembradores de odio, los límites de su permisividad hacia sí mismo y los que le aplaudan son infinitos, y justificará la violencia contra los que él considere violentos, y actuará de una forma fascista con los que él califique de fascistas, y se sentirá héroe de redes sociales, adalid del insulto y abanderado de todo lo que dice combatir, pero en realidad practica y fomenta. Y sus víctimas acabarán siendo votantes de VOX, aunque no sea porque los confundan con semejantes piltrafas morales.
El problema, esperemos que no la desgracia, es que los votos los carga el diablo, y como algún día gobiernen los radicales, sean de un signo o de otro, sean los de VOX o los de PODEMOS, la única culpa será de los partidos incapaces de una actitud democrática, pero las primeras víctimas serán sus propios votantes, esos que hartos de estar hartos se liaron la manta a la cabeza y votaron con las tripas, con las entrañas, con la desesperación y el desaliento de buscar una democracia y encontrar solo lo que tenemos.
¡Ea!, ya está dicho. Que llueva, y me da lo mismo que sea café en el campo o basura en las redes sociales.

domingo, 22 de septiembre de 2019

El enroque


Cuando en el lenguaje de la calle alguien habla de enrocarse, se suele referir a encastillarse, a empecinarse en una idea o acto sin aportar pruebas, soluciones o facilitar ningún tipo de salida a una situación.

La palabra proviene de una jugada del ajedrez, de tipo defensivo casi siempre, en la que se rodea al rey de piezas con el fin de facilitar su defensa. En esa posición la torre en un flanco, el borde del tablero en otros dos y los peones en el frente cortan el acceso a la pieza maestra por parte de las piezas contrarias.

Es habitual, en ajedrez, enrocarse ante el ataque del jugador contrario. Es habitual, en la vida real, enrocarse ante la falta de argumentos o soluciones aceptadas, cuando alguien quiere salirse con la suya por narices, en realidad se suele mencionar otra parte más pendiente del cuerpo masculino. Pero ¿alguien se imagina un escenario, sea ajedrecístico o cotidiano, en el que todas las partes estén enrocadas?

Pués por muy improbable que parezca esa es la situación que llevamos viviendo en España desde hace ya unos años. El permanente enroque de todos los partidos políticos que juegan a sus propios intereses con los votos de todos los ciudadanos. Unos para lograr mejores resultados electorales, otros para desbaratar competencia en su espectro político y otros, que ven su ocaso cercano, para intentar el vuelo del ave Fénix. Todos tienen intereses prioritarios que nada tienen que ver con los intereses del país, al que dicen servir, o de los ciudadanos, a los que dicen representar. Eso, sí, puntualmente cobran por su enroque como si estuvieran haciendo el trabajo para el que han sido elegidos, pero sin hacerlo y sin intención de que pueda hacerse.

El lamentable espectáculo de enroque multilateral, multidisciplinar, multiestúpido, debería de llamarnos la atención lo suficiente como para hacerles llegar a los enrocados líderes, que concepto tan desaprovechado el de líder, una preocupante, para ellos, preocupación popular por su actitud y su desprecio hacia los votantes. Total, ya saben que, hagan lo que hagan, algunos los votarán porque son los suyos, otros los votarán porque a alguien hay que votar, y otros votaran a los otros, que al fin y a la postre son como de casa.

Se enroca Rivera, y lleva a su partido a unas elecciones que pueden castigarlo, que pueden castigar a su partido por no lograr hacer un papel determinante en la resolución de una situación que tenía que haberlo fortalecido, ofrecer una investidura y una cierta estabilidad a cambio de unas reglas perfectamente pactadas y atadas. ¿Qué no se fía de Pedro Sánchez? Ni yo, ni de él tampoco. El problema en su enroque es que ha intentado la solución cuando al otro ya no le convenía. Su enroque no muestra más que la incapacidad de un político más ambicioso que inteligente, más preocupado por lo que él quiere que por lo que el país necesita.

Se enroca Pablo Iglesias, desesperadamente dada su deriva hacia la irrelevancia, en obtener un puesto protagonista, suyo o de su formación, en el cartelón de anuncio de la legislatura y va siempre a remolque de la estrategia de fagocitación que ha diseñado el PSOE. Si hubiera estado más atento a la jugada, y menos a los focos, habría visto la oportunidad de jugar un papel de gobierno complementario sin quemarse en el ejecutivo real. Ya es tarde. Tezanos augura una preponderancia suficiente para el PSOE que cree no necesitar a Podemos.

Se enroca Casado obsesionado por recuperar los votos de Vox, de Ciudadanos, y del centro. Difícil cóctel. Como atraer a votantes de Vox y del centro con los mismos argumentos y dando un paso considerable hacia la derecha. Afortunadamente su enroque lo defienden los enroques ajenos, más débiles y evidentes. Su enroque es un tanto pasivo, de cazador al acecho.

Se enrocan los nacionalistas, en realidad casi todos separatistas, de izquierdas y de derechas, exigiendo en cuotas el desmembramiento del estado, cuando no, en el caso de los catalanes, su disolución inmediata, la conculcación de la separación de poderes y la entrega de las llaves de la República para su sueño bananaero.

Se enroca Vox en sus opiniones altisonantes, frentistas, epatantes, aunque a veces coincidan con la realidad, pero es que la esencia de Vox es la de ser un partido enrocado. No le queda otra.

Pero sin duda, entre todos los enroques, brilla con luz propia el enroque del presidente del gobierno en funciones, su gobierno mariachi y el partido de su propiedad. Su actitud, sus silencios, que yo creo que son para evitar que se le escape la carcajada, y su absoluta falta de argumentos y de voluntad negociadora, rayan lo chulesco, pero lo rayan por la parte de dentro. Su absoluta inacción en su obligación de promover soluciones, su permanente reparto de culpas ajenas e inocencias propias, su cinismo y su falta de moral democrática lo hacen ser, para mí, uno de los personajes más oscuros de la mal llamada democracia española. Ególatra y narciso parece considerar que sacar algunos votos más que otros lo hace, casi por derecho divino, el candidato único e irremplazable a presidente del futuro gobierno. El dueño del balón, como ya lo denominé en un artículo anterior, no tendrá inconveniente alguno en llevar al país a sucesivas elecciones, y a la ruina si es necesario, hasta que le den la razón y la mayoría absoluta. Se ha creído su libro y los ciudadanos somos los rehenes necesarios para imponer su razón de estado, de estado satisfecho, aclaro.

Y ante tanto enroque a mí me gustaría jugar un jaque pastor que acabara con este disparate, pero dada mi impericia ajedrecística, y mi irrelevancia política, gracias a dios, me tendré que conformar yo también y volver, una vez más, otra vez, a enrocarme y votar en blanco. Porque está claro que votar en blanco es votar sin esperanza, sin razón, no confundir con la sinrazón de los políticos, y sin otra espectativa que la de que el sistema se revuelva y expulse a tanto empecinado mediocre, a tanto bufón de la corte y a tanto tonto útil necesario para completar listas que agreden la representatividad de los ciudadanos. Porque votar en blanco es votar con los ojos cerrados, tan apretados que la luz no solo no entre, que no salga. Porque votar en blanco es votar rechinando los dientes y con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. Porque votar en blanco es pura desesperanza, desesperación, frustración, rabia.

Y así seguiremos, ellos con sus listas y sus enroques, otros votando porque esto es mejor que aquello otro, y algunos absteniéndonos, votando nulo o en blanco para demostrar que si aquello no nos gustaba, esto tampoco. Lo malo es que en una partida en la que todos los jugadores se enrocan siempre acaba en tablas, como en una partida de parchís en la que todas las fichas de todos los colores estén formando barrera. Vaya mierda de partida, con perdón.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Una propuesta salomónica

Reflexionando, que como todo el mundo debería de saber es gerundio y por tanto, abundando un poco más en el conocimiento del castellano, tiene la capacidad de resumir, sobre el tema catalán, sobre las distintas posturas, que inicialmente parecen irreconciliables, se me ha ocurrido, y esto es participio y aprovecho para participarlo, una posible solución que a fuerza de no contentar a nadie dejaría a todos insatisfechos, pero en la que todos serían reos de las posiciones demandadas.
Respeta el derecho a decidir de todos y cada uno, incluye los límites legales de la decisión, permite votar la opción preferida de cada ciudadano y contempla la opción de que se tenga en cuenta lo votado.
Únicamente quedaría por valorar, que manera de esquivar el verbo decidir, si el resultado obtenido sería vinculante o no. Sospecho que ninguna de las partes estaría plenamente satisfecha con mi propuesta, lo que la hace aún más atractiva, e ilustrativa.
Yo convocaría un referéndum sobre la cuestión catalana con las siguientes características:
1.       Se votaría en toda España
2.       En Cataluña constaría de dos preguntas y en el resto de España solo de una.
3.       Solo sería vinculante el resultado de la segunda pregunta si también lo es el de la primera.
Hasta aquí yo creo que nadie puede ponerle un solo pero a mi propuesta, aunque lo de nadie posiblemente esté un poco exagerado. Casi nadie, al menos nadie de los que han pedido diálogo, derecho a decidir, democracia o derecho a votar. Todos respetados.
Y ahora viene lo verdaderamente complicado, como siempre. Porque lo verdaderamente complicado en toda cuestión no es responder, si no acertar con la pregunta. Y yo propondría las siguientes preguntas:
1.       Para todos los españoles: ¿Consideran ustedes legítimo, y por tanto están dispuestos a aceptar, el deseo de independencia de algunas partes del territorio español, siempre que así lo expresen por mayoría suficiente?
2.       Solo para los catalanes: ¿Desea usted la independencia de su circunscripción electoral respecto a España aceptando los términos que se especifican en esta convocatoria?
El resultado de la primera pregunta condicionaría la aceptación de la segunda ya que es potestad de todos los españoles cambiar la ley y aceptar ese cambio, pero si dijeran que sí, al día siguiente de la votación todos los pueblos que hubieran elegido su independencia, lo serían. Ya luego si se organizan en nación, estado, territorio independiente o pueblo estado, sería su problema y el de los que lo hubieran decidido. Porque tampoco nadie puede, puestos a ejercer el derecho a decidir, que ese derecho haya que ejercerlo por territorios completos. Ellos mismos lo plantean, cada uno tiene derecho a decidir dentro de su comunidad y a que el resto de territorio más amplio tenga que respetar esa decisión.
Es posible que entonces el territorio a independizarse fuera algo así como Gerona y la parte norte de Barcelona. Tal vez algo de Lérida, y algún pueblo suelto aquí y allá que ya vería como bandearse. Al fin y al cabo lo más  problemático de tomar decisiones es enfrentarse a las consecuencias.
Ya lo de los términos y consecuencias sería cuestión de ser serios y rigurosos. Aranceles a los productos de las zonas independientes. Exclusión automática de los foros internacionales. Pérdida de libre circulación. Pérdida de moneda única.. Tampoco yo sé exactamente. Así, a volapié, que se dice. Seguramente me faltan muchas y, hasta puede que, me sobre alguna.
Estoy seguro de que algunos pueblos no ratificarían ese deseo de independencia. Otros muchos sí, aunque les pareciera una independencia inviable.

En fin, ahí dejo mi propuesta. Insisto, estoy convencido de que no va a dejar contento a nadie porque intenta respetar las convicciones de todos. Salomón me lo hubiera firmado, seguro.

jueves, 15 de junio de 2017

Tener razón no es suficiente

Oigo, al menos durante un rato, con bastante atención el desgranamiento de los motivos que la portavoz de Podemos argumenta para la presentación de la moción de censura. Oigo caer, como huesos en una copa, la interminable relación de corruptelas y corrupciones que los miembros del PP han cometido durante su detentación de cargos de poder a lo largo de todos estos años. Todos son ciertos y todos crean un ambiente enrarecido y malsano en la percepción que de la política, y de los políticos, tenemos los españoles. Es casi como oír cantar la pedrea en el sorteo de Navidad. Solo me sobresalta, en algunos momentos puntuales, el paso a tono mitinero que la portavoz sobreactúa para salir de esa ensoñación rayana en los párpados caídos.
Efectivamente todo es cierto, no hay exageraciones ni, lo que es peor, novedades. Es una suerte de “deja vue” de los discursos de la últimas elecciones, y de las anteriores, y de las ante anteriores. Como ciertos son los recortes excesivos, y es cierta la preponderancia de una oligarquía económica, y es cierta la brecha que aumenta entre riqueza y pobreza, y son ciertas las necesidades sociales, y el deterioro educativo, y las trabas a los emprendedores y… tantas y tantas cosas que habría que hacer.
Y al pensar de esta forma te das cuente de una pregunta ¿Sirve para algo esta moción decensura? ¿Cuál es el objetivo real de esta representación?
Desgastar al gobierno, no. Con el mismo argumentario, con las mismas sensaciones de hartazgo y fatalismo, ya ganaron esas elecciones, ya, incluso, aumentaron su ventaja en votos.
Posiblemente la única razón real y profunda es enfrentar al PSOE de Pedro Sánchez y demostrar a sus militantes que Podemos está dispuesto a hacer lo que ellos suponen que quieren hacer los que votaron en las pasadas elecciones internas socialistas. Y puede que tengan razón, pero lo que también parece evidente es que no lo quieren hacer con Podemos, o al menos no dirigidos por Podemos, por los dirigentes de Podemos.
En todo caso si en algún momento pretendieron remover alguna conciencia, pretendieron ganar con su pertinaz enumeración alguna voluntad, no les ha salido bien. Incluso puede que el partido en el gobierno se sienta reforzado tras la moción y su falta absoluta de mordiente y de apoyos.
Podemos, y me temo que mucha más gente, confunde el descrédito ajeno con el crecimiento propio, la desilusión ajena con la posibilidad propia. Se equivocan. Parece ser que la cabeza de los votantes no alineados, la voluntad de los votantes no comprometidos ideológicamente, no funciona de esta manera. Parece ser que, y lo he apuntado en varias ocasiones, el votante español independiente ejerce su derecho con la resignación de elegir la papeleta que menos miedo le da, la lista que menos desconfianza le produce.
Y la picaresca, esa actitud ante de la vida de aprovechamiento propio y de propios, esa actitud semiheroica, en todo caso simpática, del truhán, del ladrón de guante blanco, del pícaro, es algo arraigado en la personalidad de los habitantes de este país, tanto, tanto, que yo sigo pensando que todos tenemos un pícaro en nuestro interior que sale a la luz cuando existe la oportunidad para ello. Tanto, tanto, que solemos pensar que los pícaros son los otros y lo que cada uno de nosotros hacemos es otra cosa. Es más, que nos viene muy bien lo que hacen los políticos para justificar como compensación lo que a nosotros en nuestro día a día se nos queda entre los dedos.
Por eso, en este caso, en estas circunstancias, tener razón no es suficiente. Hablar de lo mal que lo han hecho, y lo hacen los otros, no proporciona los votos para formar un gobierno, porque lo que la gente vota es el tipo de sociedad que se propone, no lo mala que es la actual, que ya todos lo sabemos. Y el tipo de sociedad que propone una izquierda dura, trufada de radicalismos y de activismos varios y variopintos, no es lo que está en la cabeza, ni en los deseos, de una mayoría de los españoles.

No, tener razón no es suficiente si además no se tiene un proyecto alternativo convincente. Y, de momento, parece ser que no se tiene.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Perdiendo a diestro y siniestro

España tiene un problema. Esto se llama ser preclaro. Como decía el chiste: “me joden los profetas”.
Efectivamente para saber que España tiene un problema, y decirlo, no hay que ser profeta, clarividente o, ni siquiera, hace falta ser español. Con darse una vuelta por la prensa, o por la calle, la inmensa mayoría de los comentarios giran en torno al tema.
Pero lo que a mí me preocupa es que el problema que yo veo no coincide con la visión general que percibo en los comentarios. Es posible que sea yo el equivocado, pero si no lo soy el problema de España es en realidad un problemón.
Se percibe con curiosidad, con ilusión en algunos círculos, la ascensión de Podemos como la consolidación de una nueva mayoría de izquierdas, algo así como la irrupción de la izquierda del futuro. Yo no lo veo así. Yo no percibo que Podemos adelante al PSOE, lo que percibo es que el PSOE se retrasa respecto a Podemos. Y no es lo mismo.
Parto, y sigo sopesando la posibilidad de estar equivocado, de que Podemos es un partido cuyo techo está cerca, si no ha sido alcanzado ya, de sus resultados actuales, y hablo a nivel estatal.
Podemos es un partido radical y disperso, tal vez no en su programa o planteamientos, que también, si no en las iniciativas personales que sus cuadros imponen cuando alcanzan puestos de responsabilidad y que no son compartidas por la mayoría de los votantes. Esto hace que Podemos solo pueda  captar votos a la izquierda del PSOE pero no del caladero neutral, algunos le llaman de centro pero no lo es, del caladero de no alineados que permite ganar las generales.
Si esto es verdad, y creo que lo es, el problema es que el PSOE en su nerviosismo por cubrir su izquierda ha olvidado a sus votantes habituales y los ha entregado con armas y bagajes al centro derecha. Y ni consigue parar su sangría con Podemos porque, salvo una determinada cantidad, el votante del PSOE y el de Podemos no son intercambiables, ni consigue hacer llegar a sus votantes del espectro más moderado un mensaje que estos puedan tener en cuenta a la hora de emitir su voto.
Por tanto el PSOE pierde por ambos lados y se hunde sin remedio porque no tiene los líderes que lo eviten ni es capaz de emitir mensajes más que para sus militantes, olvidando a sus votantes que les devuelven el olvido. No sube Podemos, baja el PSOE. No crece Podemos, se hunde el PSOE y entrega sus votos a diestro y siniestro.

Si yo tengo razón, y eso me temo, esta catarsis pendiente del PSOE llegará tarde, tan tarde que España se puede encontrar con la insana situación de que no exista una oposición real al gobierno, no solo en el parlamento, en las urnas. Y si ya tenemos una partidocracia sin visos de mejorar si llegamos al partido único de facto España va a tener, efectivamente, un problemón, por no hablar de los españoles.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Abstenerse o votar en defensa propia

Empiezo a pensar, y ya sé que en este país tal declaración está bastante mal vista, que el principal problema político español es que la falta de una democracia real durante tantos años, trufada con la mediocridad de los personajes que los partidos permiten llegar a sus puestos de responsabilidad, nos ha llevado a olvidar lo que realmente es una sistema democrático.
Solo desde este supuesto, sin olvidar un descomunal cultivo del ego de los personajes en cuestión, se puede entender la situación actual.
Es verdad que la aplicación de la norma practicada por ellos para justificar su actuación, la real, no la invocada, varía según el candidato, pero el fondo final es tan similar que podría considerarse único. No hay país fuera del partido. En todo caso si hay país, personas, ciudadanos, contribuyentes, tontos útiles, solo importan los míos, los que me votan, o, en último caso, los del partido.
Pero eso no es democracia. Eso no es la esencia de la democracia que consiste en convencer y ejercer la labor pública en favor de todos, o, al menos de la mayoría.
El censo electoral se divide en tres tipos de personajes: los militantes, los votantes y los abstencionistas. Es verdad, es una simplificación, pero inevitable para explicar a algunos partidos por qué no ganan, e, incluso, por qué pierden.
Todo partido, sea del signo que sea, existe y vive de sus militantes. Personas fieles a una ideología y dispuestas a renunciar a sus propios criterios morales para asumir los que el partido, en realidad el líder de turno, les marca como necesarios. Pero todo partido gobierna gracias a sus votantes, es decir, gracias a  sus militantes sumados a aquellas personas, simpatizantes o no, a las que haya conseguido convencer de sus ideas y proyectos.
Ningún partido, ni en España ni en ningún otro lugar del mundo, puede gobernar solo con sus bases, salvo los partidos únicos que, por su propia idiosincrasia, consiguen siempre la mayoría, cuando no la totalidad, de las papeletas depositadas.
Y ese es, a mi simple entender, el drama de la izquierda española. Dividida en dos partidos incapaces de convencer a los votantes, en dos partidos encerrados en sus propios recursos y con posiciones tan diferentes que solo la necesidad, la ambición o la desesperación, les pueden permitir un acercamiento a nivel estatal. Que solo el ansia de alcanzar el gobierno les puede cegar para llegar a acuerdos que únicamente pueden ser viables a nivel local, donde los problemas de enjundia, los problemas realmente trascendentes para la globalidad del país no tienen relevancia.
Y ese ansia, y la históricamente pretendida, y cuestionable, superioridad moral, es precisamente la que les está llevando a convertirse en partidos de militantes, con líderes y declaraciones cada vez más de espaldas a los votantes y más centrados en los suyos. El PSOE se escora para alcanzar lo supuestamente perdido con Podemos y Podemos demuestra, una y otra vez, más preocupación por las reivindicaciones particulares de sus electos que un posicionamiento claro y votable de cara a sus no militantes
El uno se desangra elección tras elección amenazando con convertirse en un partido incapaz de volver a ganarse la confianza de los electores y el otro, de momento, parece haber alcanzado el techo de personas dispuestas a votar sus dispares y radicales propuestas.
¿Y la abstención? Los que la practican por desinterés total, ahí seguirán. Son auténticos militantes de la abstención. Pero no olvidemos que muchos la practican por falta de propuestas asumibles, por hartazgo con las maneras de los partidos, porque perciben una incapacidad del sistema para representarlos realmente. Es decir, por falta de voz en su voto. Y esto, aunque suene duro, se llama carencia democrática.
Y si esto sigue así, si llegamos a las quintas, a las sextas elecciones, posiblemente el partido que gane sea el partido abstencionista, y se lo tendrán bien merecido.
Yo estoy convencido, con absoluta convicción, de que si esto no ha sucedido ya es por ese inveterado recurso nacional que nos lleva cuando no estamos a favor de nada concreto a estar ferozmente en contra. Y ahora, en este momento de la historia, los españoles no votamos a favor de lo que queremos si no en contra de lo que no queremos. O sea, en defensa propia.
Y por eso, por esa falta de mensaje comprable de los partidos de izquierdas para los no militantes, es por lo que un partido corrupto, un partido salpicado de problemas y con una trayectoria en los últimos años deleznable, gana y se afianza, porque la sensación general, la percepción de la calle es que más vale que nos tomen el pelo a que nos dejen sin país para cumplir una ambición personal, o a que jueguen con nuestro voto para arrebatarnos las tradiciones, o convertirnos en otros distintos a los que queremos, estamos acostumbrados a, ser.
Tal vez cuando esas izquierdas tan superiores moralmente que no se molestan en mirar si esa superioridad les es reconocida por el españolito de a pié, cuando empiecen a tener un proyecto de estado sin sorpresas personales no declaradas, puedan encontrar los votos perdidos en las últimas elecciones.

De momento, y para desgracia de todos, solo hay un partido capaz de atraer los votos no militantes y tener la representación mayoritaria de la calle. Sí, es verdad, sin convicción, con rabia, pero en defensa propia. O eso, o, con displicencia, con resignación o rabia, abstenerse de ser cómplice de un sistema electoral que solo se acuerda de los ciudadanos cada cuatro años, salvo repeticiones, y para engañarlos.