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lunes, 1 de febrero de 2021

La muerte inadecuada

Morirse es una actividad para la que habitualmente estamos poco preparados. Por más que hay quién sostiene que hacemos, como mínimo, un entrenamiento al día, cuando nos dormimos, esto siempre lo hacemos con la confianza de que volvemos a despertarnos al cabo de unas horas. No, morirse es una actividad sin posible ensayo y de cuyas consecuencias nadie tiene certeza.

Tal vez por eso, seguramente por eso, nadie se muere en el momento más oportuno. A nadie le suele pillar la muerte con todos sus proyectos vitales cerrados y pensando que es el momento. La inoportunidad pasa de una muerte prematura, en la que la vida apenas ha arrancado, hasta esas muertes que se demoran en el tiempo causando estragos en los que esperan y en sus familias, sin olvidarse de esas muertes inopinadas, absolutamente sorprendentes. Esas muertes de cuyo sujeto suele decirse que ayer estaba como una rosa.

No, la muerte nunca es oportuna, la muerte nunca llega adecuadamente. Pero con todo y con eso, hay momentos, causas, en los que la muerte parece hacer una burla. Muertes que deberían llevar aparejada una indemnización en vida.

Y esa es la sensación que tengo en estos días, esa es la percepción que me provocan ciertas muertes a día de hoy, que hay gente que se muere de muertes impropias, de muertes inadecuadas.

Ahora, hoy, desde hace casi un año, cuando alguien se muere, cuando te dicen que alguien ha muerto, lo primero que piensas es que el puñetero COVID se ha se llevado otra vida por delante. Ya casi ni lo preguntas, por eso cuando te dicen, de motu proprio o porque lo preguntas, que el finado ha muerto por otra enfermedad, o por accidente, o por un deficiente funcionamiento del sistema médico, tienes que pararte a pensar que existe una realidad mortuoria más allá del virus de nuestras “entremascarillas”.

Y entonces, con ese irónico fatalismo que tan bien manejamos, en vez de pensar que ayer estaba como una rosa, piensas: “si ayer aún iba con mascarilla”, como diciendo, todos estos meses sin salir a la calle, lavándose las manos cada quince minutos, poniéndose dos mascarillas hasta para besar a su cónyuge, a sus hijos, y ahora va y muere atropellado, de un infarto, tropezando con la acera, o de cualquiera de esas muertes que en tiempos de pandemia deberían de caer en desuso, deberían de estar prohibidas.

No, morirse, sea de lo que sea, sea por la causa que sea, que no sea el bicho, siendo siempre inoportuno, en tiempos de pandemia, parece incluso inadecuado, como morirse a traición y con desacato.

Y aunque esta reflexión pueda tener una cierta lectura irónica, humorística, con humor negro, necrosado, seguramente es porque de alguna manera tenemos que revelarnos y mostrarle a la muerte nuestro irreductible desdén, por lo menos hasta que nos sintamos señalados.

Decía mi madre, que como muy bien saben mis lectores era de decir muchas cosas, que pocos sitios hay en los que las risas sean tantas y tan saludables, como en los velatorios. Alguno compartí con ella en el que las anécdotas se hilaban con risas evocadoras de tiempos y sucedidos, risas abiertas, en carcajada.

Pero por más que la risa acuda, el dolor, la pérdida, se quedan dentro, y la rabia por la muerte inoportuna se hace indignación por lo inapropiada. Muertos en esta pandemia, la muerte os debe una vida, la pandemia muchos miles. Ya sé que no me oís, ya sé que la muerte es sorda, pero aquí queda mi petición, y por escrito.

jueves, 23 de abril de 2020

Las miserias humanas (VI): Los abandonados


Existen situaciones intolerables en nuestra vida cotidiana, situaciones intolerables que la falta de solidaridad institucional convierte de necesariamente extraordinarias en lamentablemente ordinarias, tan ordinarias que acaban sumiéndose en el olvido de una sociedad preocupada por el bienestar egoísta de cada uno de sus miembros, que tienden a delegar esa solidaridad necesaria, de cercanía y calor humano, en una supuesta solidaridad institucional, lejana, fría, cuando no inexistente.
Hablábamos hace unos días de la miseria humana sufrida por nuestros mayores en residencias que han sido ignoradas en sus desesperadas necesidades por todas las instituciones a las que les correspondía supervisar, dotar y reforzar estos centros porque eran de su competencia.
La miseria humana que hoy quiero traer ante vuestros ojos tiene los mismos protagonistas, nuestros mayores, pero sus circunstancias son tan terribles, ni más ni menos, como las de los ancianos confinados, atrapados entre cuatro paredes con su asesino. Hablo de los ancianos que conviven con su soledad y su deterioro en viviendas sin que haya familia, ni amigos cercanos, que siga su evolución y sus necesidades, que pueda, en un momento crítico, suplementar esas carencias, que ordinariamente son de cariño y atención, y extraordinariamente, como lo es actualmente, son de cuidado y alerta, de tomar decisiones necesarias en el momento necesario.
Las estadísticas de nuestros mayores muertos en colectivos desamparados son terribles, son indignantes, son imperdonables, pero me temo que las estadísticas de los muertos en soledad en su casa, sin atención ni compañía, no lo sean menos.
Es dramáticamente más impactante imaginar a un grupo de ancianos y cuidadores, en algunos casos tan ancianos como ellos, debatiéndose colectivamente entre la vida y la muerte. Esa colectivización, el entorno cerrado, la desesperación ante lo inevitable, hace que el dramatismo de la situación nos traspase y remueva nuestra conciencia.
Pero no creo que sea menos dramático, con el dramatismo del abandono, de la soledad, con la miseria de la posible incapacidad de tomar resoluciones llegado el momento crítico, el episodio de la muerte en absoluto abandono de muchos de nuestros mayores, que han muerto en su casa sin que nadie los asistiera ni aliviara su padecimiento debido al confinamiento en que nos encontramos sumidos. Nadie Parece haber pensado tampoco en ellos, nadie parece haber tomado medidas para paliar una problemática perfectamente previsible.
Todos los que hemos vivido el deterioro de nuestros mayores sabemos que, llegado un cierto momento de esa evolución, existe una incapacidad manifiesta de actuar, de tomar decisiones, de resolver, y dependen de sus familias porque han perdido ese empuje mínimo necesario para, incluso, preservar su vida. Y si no existen esas familias, esas personas cercanas que sigan su evolución y resuelvan por ellos, sucederá lo que está sucediendo, que se dejan morir sin que nadie atienda su muda demanda de ayuda, sin que nadie se percate y pueda hacer esa llamada salvadora, o pueda acariciar esa mano que se paga agarrada al vacío de su soledad.
Y lo más terrible, lo más patético, lo más intolerable, es que ni tenemos estadísticas, ni las podremos tener hasta que pase un tiempo, porque algunos de ellos, posiblemente muchos, irán apareciendo en sus sillones, en sus camas, en el suelo de sus casas, según vaya pasando el tiempo y alguien repare en su ausencia, cuando las ausencias, de nuevo, sean excepcionales, o, en los más terribles casos, cuando algún acto administrativo alerte de unos plazos excedidos.
Y es que si la muerte colectiva es miserable, no lo es menos, ni más, la muerte en absoluto abandono, la absoluta soledad del muerto sin deudos.

domingo, 30 de junio de 2019

La Vida Eterna


Concebir el futuro es una actividad importante. Desde la magia, desde la ciencia o las artes, fundamentalmente la literatura, asomarse a lo que vendrá ha sido, es y será, un ejercicio con gran predicamento social.
En muchas ocasiones hay personas que desconsideran esa búsqueda como una concesión a la fantasía, como una pérdida de tiempo o como un ejercicio inútil ya que no llegaran a vivir lo imaginado. Cada uno tiene sus valores, sus inquietudes y sus percepciones, y son difíciles de discutir.
A mí me interesa el futuro, tanto el que me tocará vivir, de mañana en adelante, como el que seguramente no llegaré a conocer, ese que con tanta facilidad llamamos lejano olvidándonos de que ya en su momento le habíamos llamado así al presente que vivimos.
Intentar imaginar el futuro es un ejercicio de responsabilidad. Imaginar el futuro proyectando hacia adelante las tendencias y corrientes que vivimos actualmente y la evolución que hemos vivido es una forma de ser más consciente de los errores cometidos y de las consecuencias que las decisiones actuales pueden tener en nuestros descendientes.
Tal vez el ejemplo más claro, más palpable, sean las consecuencias climáticas, me niego a caer en el tópico del cambio, que las decisiones para un consumo desaforado han provocado, y como esas consecuencias condicionan el futuro. Lo terrible sería ignorar lo que sucede y no extrapolar la actualidad para saber qué mundo vamos a legar a los que vengan detrás.
Quitando de nuestro argumentario las mancias y las ciencias, a veces tan cercanas que limitan, si hacemos un repaso por la literatura nos encontramos una cantidad ilimitada de obras, de mayor o menor calidad, que intentan contarnos ese futuro, obras que pertenecen a esa rama de la ciencia ficción que se llama anticipación. Y si bien muchas se recrean en la fantasía, o en los viajes espaciales, o en los avances técnicos, o en los seres que podamos encontrar, otras, y muy serias, intentan hacer un retrato de la sociedad futura, de su entorno, de sus valores, de sus logros y de sus fracasos.
Novelas como “Farenheit 451”, “Un Mundo Feliz”, “1984” o “Sueñan los Androides con Hormigas Eléctricas”, por nombrar solo las más conocidas, son un claro ejemplo de estas últimas, y todas ellas son distopías. Todas ellas recrean un mundo en el que el poder se retroalimenta, la riqueza se acumula en unos pocos, o desaparece, y la sociedad es incapaz de encontrar los cauces para corregir esos errores. Todo queda confiado a las manos de algún rebelde ocasional con más posibilidades de testimoniar un fracaso que de alcanzar a lograr alguna solución.
Sí, es verdad que la distopía es más fácil de contar y tiene más lectores que la utopía, no lo olvidemos, pero también es verdad que los síntomas que se perciben alrededor no dan para imaginar grandes alegrías.
La pérdida sistemática de derechos individuales en favor de derechos colectivos, casi siempre miedos y casi siempre, posiblemente, inducidos o alimentados, la pérdida de valores éticos, cuando no su decadente confusión, y la implacable y cada vez más acentuada brecha entre ricos y pobres en nombre de un ultra liberalismo suicida, como respuesta a unas políticas socialistas que han ido de fracaso en fracaso, hacen concebir un futuro con pocas esperanzas.
Y es esa brecha entre ricos y pobres, esas estadísticas que nos dicen que un reducido porcentaje de la humanidad, donde digo reducido dígase exclusivo, acumula más bienes que la inmensa mayoría, que en gran parte vive en la miseria, es la que hace que la posibilidad de que la humanidad viva momentos de injusticia y opresión sea la más plausible. Pero no una injusticia cualquiera, que de esa ya tenemos mucha, no una opresión cualquiera, que esa ya la sufrimos, en muchas ocasiones sin ni siquiera ser conscientes, si no de las más profundas e intolerables, las que afectan a la vida.
La biotecnología en particular y la medicina en general, avanzan a un ritmo que ha llevado a algunos visionarios, por ejemplo José Luís Cordeiro, a asegurar que a mediados de este siglo el hombre podrá matar a la muerte, o sea, logrará ser inmortal. Que la medicina y la tecnología juntas podrán solventar cualquier dolencia, carencia o accidente que el hombre pueda sufrir. No sé si la fecha es válida, ni sé si ese planteamiento tan absoluto es cierto, pero lo que sí sé es que si ese planteamiento fuera cierto solo lo sería para aquellos que pudieran pagarlo. Que las mafias podrían vender vida, que el dinero podría comprar vida, y que habría una inmensidad de la raza humana que moriría contemplado la perpetuación de unas castas poderosas que les negarían el acceso a la posibilidad de vivir más tiempo. Que la muerte pasaría de ser la gran igualadora a la más despiadada clasista.
No quiero imaginarme ese mundo. No quiero imaginarme un mundo en el que la vida, la duración de la vida, sea un valor de referencia. Un mundo en el que vivir más o menos dependa del estatus social, del poder logrado, de la cercanía conseguida a las fuentes de riqueza. No quiero imaginar la absoluta abyección en la que se llegaría a caer por logar un tiempo más. No quiero imaginar la desesperación de ver morir a un hijo, a una pareja, a unos padres, en la impotencia más absoluta, mientras otros acumulan vida más allá de lo racional. No quiero ni imaginarme un mundo en el que la vida prolongada sea un lujo solo al alcance de unos pocos. No quiero mirar al sistema sanitario de la mayoría de los países de este mundo y proyectarlo sobre un futuro en el que la medicina otorgue una vida de mayor duración, de mayor calidad.
No, a veces es mejor no imaginar, a veces es mejor cerrar los ojos y morir a tiempo.

viernes, 11 de enero de 2019

Sin adiós definitivo


Llevo tanto despidiéndome de ti, papá, que se me hace difícil pensar en una despedida definitiva. Tanto tiempo de no estar poco a poco que no concibo que ya no estés nada. Tanto tiempo hablado a tu ausencia que la ausencia no me produce lejanía, alejamiento.
No hay barreras a la palabra, no hay fronteras al pensamiento y mis palabras y mis sentimientos te siguen acompañando, me siguen surgiendo como cuando sin estar estabas. No sé cuál es el franqueo al lugar en que te encuentras como no sabía que sello poner a donde te encontrabas.
Tampoco sé en qué se diferencia hablare a la ausencia de tu cuerpo cuando tantas cosas le he dicho a tu mente ausente.
No sé si ahora me escuchas con más fuerza, con otra claridad que el oído adquiere en la ausencia de un cuerpo que lo lastre. No lo sé, papá, no puedo saberlo.
Es difícil hablar a quién no parece escucharte, pero llevamos tanto tiempo sosteniendo este dialogo sin retorno que mi necesidad de hablarte trasciende ya la necesidad de que el interlocutor se manifieste, de que su presencia corpórea me acomode, de que las palabras tengan que ser pronunciadas, de que el destinatario sea consciente.
Son solo palabras, papá, son solo sentimientos, son solo retazos de una comunicación que nunca fue tan fluida como cuando te hiciste ausente. Son solo ideas compartidas que no necesitan de respuesta.
¿Qué me hablo a mí mismo? Como todos, todos nos hablamos y escuchamos con mucho interés lo que decimos, algunos por el mero hecho de escucharse, otros, no sé si más o menos, con la esperanza de encontrar algo en sus palabras que no pudo encontrar en sus silencios.
Los hay, papá, que se sienten mejores, allá ellos, otros buscamos con ahínco, con método de minero artesano, ese pensamiento que nos haga entendernos, vano intento, aunque sea hablando con alguien que, como tú, ya haya muerto.
Quería decirte, papá, desde el principio, que voy a seguirte escribiendo, que la memoria y el cariño no se acaban aunque ya no haya cuerpo. Que te hablado tanto tiempo sin respuesta que la falta de respuesta es solo eso, un canal discreto.
Mañana te enterramos, tus cenizas. Mañana tu ausencia corporal será definitiva, pero seguirás recibiendo estas cartas porque seguiré necesitando tu recuerdo para saber quién soy, que soy, que existo.
Un beso papá, aunque tu cuerpo no pueda ya recibirlo. Un beso.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Adiós papá


Adiós papá, aunque seguramente esta no sea la última carta si lo es de una etapa, tu vida física, que ya ha acabado. La última de una enfermedad que nos ha dejado a todos lacerados y de la que tú ya, afortunadamente, descansas.
Adiós papá, hemos mandado tu cuerpo a reunirse con tu alma ya hace tanto tiempo ausente. Espero que se encuentren y que encuentren todo aquello que el mundo les había negado. Hoy el día ha amanecido claro, luminoso, no hay sombras que entorpezcan el reencuentro.
Desde la convicción más profunda de que una vez salvada la barrera, esa tan impenetrable que no deja ni hurtar una mirada, o se encuentra todo o no queda nada que encontrar, mi deseo es que vuelvas a tener todas las edades en las que fuiste feliz y la compensación a aquellas en las que no lo fuiste.
Decía Heriberto que ya estarías paseando por la Area Grande, donde te encontrarías con mamá, con la tía Natalia, con la tía Ketty, con Fidel, con el mudo, con José Luís Román plantando la primera sombrilla del día. Es verdad papá que estarás con todas las personas que son parte y memoria de esa playa tan entrañable para nosotros que trasciende el mero hecho de la arena, del mar, de su ubicación física o de la mera enumeración de las personas que le dieron alma a su evocación y que la hicieron referencia de nuestra generación, que la hicieron suya cuando aún no era de casi nadie más.
Pero también, solo la muerte o la imaginación lo permiten, estarás jugando con tus hermanos y tus amigos en Puente Sobreira, en ese Puente Sobreira de tu infancia que tanto anhelabas, que tanto lloraste mientras nos lo enseñabas la última vez que estuvimos allí y sospechando tú ya que tus recuerdo te estaban abandonando.
Y en las cabalgatas del Corpus con tu pandilla del Orense de los años 40, Marcial Feijoo, Alberto “Cus”, Paco Aranda, y en los que varios años ganasteis el concurso de carrozas representando al Liceo. Y charlando con todos aquellos que sin ser tan íntimos tanto mencionabas: Manaicas, los Barreiros, los Manzano, los Vilanova, los Quesada. Y en las fiestas, cercanas y no tanto, y en el Paseo y en todos esos lugares  en los que fuiste feliz con esa felicidad que la falta de responsabilidades hace inolvidable. Incluso en el colegio, rememorando aquella mítica galopada en el patio en la que recorriste el campo con el balón y cuando fuiste a chutar se te dobló la suela y te caíste sin poder culminar la jugada.
Esa jugada que, a toro pasado, parecería una suerte de constante en tu vida. En tu vida adulta marcada por el paso por el comercio en el que se te dobló la suela, o te hicieron falta, y enterraste tantas ilusiones, tantas esperanzas, tantos proyectos, y tantas posibilidades.
Pero también fuiste feliz en Madrid. Es fácil recordar aquellas reuniones en casa, las celebraciones con el tío Ramón y la tía Kety y todo aquel Orense de extrarradio,  aquel Orense madrileño o viajero de los años 50 y 60 con tantas personas conocidas entrando y saliendo de casa, compartiendo momentos felices, compartiendo mesa y mantel, compartiendo sobremesa y café. Siempre con el tío Julio como protagonista invitado permanente en nuestras vidas, como una suerte de segundo padre, de tutor transeúnte con mando en plaza.  
También hubo años duros. Nunca hay cielo sin infierno. Pero esos ya los sabemos los que los sabemos, no hay por qué recordarlos, no hoy, no ahora que es el momento en el que lo único que importa es que ya descansas, que ya descansamos. Todos.
Si papá, quiero pensar, y así lo expreso, que, rememorando a los antiguos egipcios que no podían alcanzar la otra vida sin que su cuerpo estuviera convenientemente preparado y puesto a salvo, al fin tu cuerpo ha seguido el rastro de tu alma y ya puedes viajar placenteramente hacia otros estados de la consciencia. De una consciencia que te había abandonado en un viaje a plazos.
No puedo escribir esto sin un nudo en la garganta. Tal vez porque a pesar de todas las ideas, de todas las palabras, esto es una despedida y todas las despedidas tienen lágrimas. Tal vez, papá. O tal vez porque además, y siguiendo el curso de la vida, despedirme de ti me obliga a empezar a pensar en mi Puente Sobreira, en mi Area Grande. Me obliga a empezar a pensar que también mis recuerdos son efímeros y que la última barrera entre mi vida y la muerte, la última etapa antes de mi etapa me acaba de dejar y soy consciente.
Aún recuerdo el primer poema que me regalaste, que pusiste en una carpetilla trasparente y colgaste en la cabecera de mi mesa de estudio, el “If” de Rudyard Kipling, que tanto he leído, que ha guido mi vida y que yo he traspasado a mis hijos.
“Si puedes llenar con tus actos los sesenta segundos del minuto que es tu vida, todo lo que hay en la tierra será tuyo, y lo que es más, serás un hombre, hijo mío”
Tú has llenado tus sesenta segundos, papá, aunque los últimos estén llenos de una luz nebulosa y extraña que asemeja el vacío. Tú, reitero papá, has rellenado los tuyos y yo empiezo a descontar los míos postreros. Adiós papá, adiós. Hasta nunca. Hasta siempre. Hasta pronto.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

La pena máxima


El tema es realmente peliagudo. Tiene tantas aristas que uno acaba preguntándose si tiene alguna cara, alguna superficie suficiente para reposar la mirada y profundizar en ella, y si es así no lo es por cuestiones técnicas o éticas, sino por la aplicación colectiva de algo que debería de tener consideración individual. La profundidad del abismo que separa a la legalidad de la justicia se hace insuperable desde el mismo momento en que la ley se olvida del individuo y establece unas normas encaminadas a una igualdad inexistente, imposible. Es mentira que todos seamos iguales ante la ley porque es imposible, incluso injusto, que la ley sea igual para todos, o al menos su aplicación.
He sostenido en algún cuento que la oportunidad de equiparar ley y justicia se perdió con la ira de Moisés al romper las tablas recibidas, porque las leyes fueron reproducidas de nuevo, pero no su forma de ser aplicadas de forma justa. Ahí, en ese preciso momento, esa historia, sea real o ficticia, sea histórica o no, el hombre reconoce que nunca será capaz de aplicar la ley, la parte técnica y coercitiva, de forma justa, la parte ética y reparadora.
Hay tantas leyes, tantas, y tantas interpretaciones que es terriblemente improbable que un juez, ajeno a la historia y sus protagonistas como garantía de neutralidad, sea capaz de abarcar los matices individuales de los protagonistas, las características circunstanciales del hecho, y encontrar la justa aplicación de la ley precisa en su interpretación adecuada.
Para que la ley fuera justa precisaría obligatoriamente de unos elementos que son ficticios: unos hechos incuestionables, unos protagonistas éticamente, o anti éticamente, impecables,  un juez rigurosamente imparcial y unas leyes de imposible interpretación, absolutas. Ninguno de estos elementos se da en la vida real, ninguno  siquiera es previsible que exista.
Pero es que además, y no nos llamemos a engaño, la ley no es justa, para empezar, porque aquellos que la promulgan lo hacen desde una posición moral o intelectual en la que intentan imponer sus criterios a la sociedad, lo que ya de por sí la incapacita para ser justa para todos aquellos que no comparten las reglas del legislador. Cada día más la política interfiere en la legislación y lo hace intentando imponer a la sociedad unas normas de comportamiento y un pensamiento tan volátiles como su propio paso por la capacidad legislativa, creando un juego, y no me apeo del término, que sume al ciudadano en la indefensión, cuando no lo convierte en delincuente, sin que haya una quiebra ética de ningún tipo.
Leyes recaudatorias, leyes discriminatorias, leyes de igualdad desigual, leyes de comportamiento moral, leyes de predominio económico, leyes que regulan leyes, leyes civiles, leyes penales, leyes administrativas, leyes económicas, leyes de leyes, y todo abarcado por una afirmación que sanciona  a todas las leyes, “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”, que hace de todos y cada uno de nosotros unos delincuentes en potencia o, por ser más exactos, unos delincuentes inevitables.
Nadie puede conocer todas las leyes, sus interpretaciones, las sentencias que sientan jurisprudencia, ni vivir de forma consecuente sin infringir, en ocasiones directamente de forma consciente y a veces con rabia, tantas leyes existentes para alimentar egos, arcas o sueños de sociedades parciales. Porque una gran parte de estas leyes que nos rigen no son justas, ni puede serlo ninguna de sus interpretaciones, porque muchas de estas leyes que nos amenazan no son otra cosa que una visión personal del legislador. Entiéndase el término  personal como representativo de un colectivo preponderante en un momento determinado.
Tal vez, yo estoy seguro, el principal problema es que se pretende lograr con la ley lo que no se intenta con la educación, porque es más fácil prohibir que convencer, reprimir que formar. Más fácil y habitualmente más lucrativo.
Y si la ley es injusta, si la legalidad es de por sí un apaño humano, y por tanto imperfecto, de unas reglas de convivencia, la forma de aplicarlas y sancionarlas acaba por lograr un entramado económico, ético, político, administrativo, penal de difícil encaje en ningún acercamiento a una utopía social. Por agravio en unos casos, por  ineficacia en otros, por incapacidad en los más, pero sobre todo por la imposibilidad de cuadrar las técnicas penales con las realidades individuales en las circunstancias actuales.
La pena de privación de libertad, por muy confortable que sea el lugar en el que se produzca, es sin duda la más terrible, la de mayor violencia punitiva respecto al individuo. No hay nada más tremendo e irrecuperable que el tiempo en el que no puedes disponer de tu vida libremente. Tal vez los que hemos hecho el servicio militar conozcamos, levemente, la sensación de frustración y pérdida que esas situaciones producen.
Llevamos un tiempo a vueltas con la prisión permanente revisable, con su constitucionalidad, con su pertinencia, con su aplicación, con su encaje en los derechos humanos, con su conveniencia en definitiva. Es, seguramente, la mayor de las penas que se puede imponer. Que se puede imponer legalmente, porque sin duda la mayor pena es la muerte. Y no, que esos que ya se han llevado las manos a la cabeza las bajen, no estoy reclamando, jamás lo haría, la pena de muerte, pero tampoco puedo olvidar que hay individuos que se arrogan esa potestad sin que nadie se la haya otorgado.
No hay nada más definitivo que la muerte, incluso para los que crean en otras vidas, y es por ello que aquellos que matan por perversión, por inclinación, por casualidad, por vocación o por cualquier otro móvil que se nos pueda ocurrir, han infligido a otro la pena máxima e irreversible. La capacidad punitiva de la ley tiene dos finalidades que han de balancearse a la hora de aplicarse, la prevención de la repetición del delito y la re educación del delincuente como método para evitar esa repetición.
Pero esa re educación debe llevar aparejadas la capacidad de arrepentimiento, la asunción de la culpa y la inequívoca voluntad de no repetirla. Si en un individuo no se dan estas premisas, si un individuo se muestra impermeable al horror perpetrado, si muestra una, aunque sea leve, tendencia a la repetición de su crimen, ningún tiempo que transcurra privado de libertad garantizará que no vuelva a cometer la misma acción una vez devuelto a la sociedad, que no estará preparada, ni tendrá defensa contra su decisión. El tiempo es un castigo, no un bálsamo ni una solución a un problema.
La muerte, por única e irreversible, es excepcional, y yo estoy convencido que aquellos que matan deben de estar sujetos a una pena excepcional. Excepcional en su dureza y excepcional en la justeza y magnanimidad con la que debe de ser tratado su término “revisable”, que siempre deberá imponerse al de “permanente”.  Matar por accidente lleva implícita la culpa de lo acaecido y su pena está implícita en su recuerdo, pero aquellos que matan por inclinación, por deformación o por voluntad deben de ser apartados de la sociedad hasta que demuestren una capacidad de superar los motivos que los llevaron a privar definitivamente de la libertad de vivir a otros.
No a la venganza, sí a la justicia y sí, sobre todo, a la defensa de las posibles víctimas. Ningún discurso ético, ninguna posición moral o discurso político puede devolver la vida a quién se haya visto privado de ella, y la ley debe de proteger primero a la víctima potencial, y después, solo después, al verdugo si tiene recuperación social posible. No es justo, como de hecho ha sucedido, mirar para otro lado decidiendo la falta de idoneidad preventiva de una solución penal no aplicada a un verdugo como pirueta ética para justificar una posición respecto a esa solución penal. No es justo, no es ético, es innecesariamente cruel con el entorno afectivo de la víctima y por tanto reprobable para los que lo han usado tan inconvenientemente y con bastante falta de respeto. En un sentido y en otro.
Yo no soy Laura, ni soy Sandra, ni soy tantas víctimas de asesinos que en nuestra sociedad se producen. Pero tampoco soy un vengador, un iluminado, ni ninguna suerte de justiciero. Solo pretendo ser alguien que reflexiona y que tras hacerlo opina, con todos los peros y todos los pros sobre la mesa, sobre algo que la sociedad demanda, o condena.
En este caso sobre la pena de prisión revisable permanente. En este caso, y mientras haya asesinos no re insertables, por los motivos que sean y que no importan tanto como la vida de la posibles víctimas, sin frentismos ideológicos ni revanchismos emociónales a favor de su aplicación excepcional y magnánima cuando así la evolución del reo lo aconseje.

domingo, 14 de enero de 2018

Ya sé que sabes

De alguna forma que no consigo explicar, ni explicarme, sé que lo sabes. Es difícil entender como lo sé, es complicado inferir que lo sabes, pero ciertos cambios en ti lo indican.
Mamá ha muerto, el otro día. En trece días se nos fue sin darnos oportunidad a retenerla, a distraer a la muerte que la había señalado. Y tú, tan ajeno a este mundo, tan aparentemente desconectado, has querido mandarnos las señales para que supiéramos que desde algún sitio, de alguna manera, sigues lo que sucede.
Es verdad que el otro día, cuando te llevamos a tu biznieta para que la conocieras ni siquiera la miraste. Ni siquiera pareciste consciente de que estaba a tu lado. Es verdad que en tu permanente aislamiento actual no has preguntado por la ausencia de mamá, de “esa señora", como la llamabas, ya hace tiempo, cuando aún te salían las palabras. Es verdad que cuando te miramos y nos miras tus ojos no reflejan emoción, reconocimiento, comunicación. Todo eso es verdad, papá, pero ahora, sin embargo, suceden cosas que nos llevan a pensar que, a pesar de tu lejanía, queda un hilo por el que accedes a los sucesos de este mundo tan apartado del tuyo.
No nos has preguntado por mamá, no has verbalizado la pregunta, pero desde que ella se marchó, desde que salió de casa para no volver, tu comportamiento cambió. Había una inquietud que no habíamos notado antes. Parecía que notabas que te faltaba alguien, la usencia de la voz que te reconvenía o te animaba a comer, o te hablaba aunque no obtuviera respuesta, o se imaginaba tu respuesta para seguir la conversación. Y expresabas ese cambio en el entorno con un cambio en tu comportamiento. Si, ya sé, eso no significa que fueras consciente, claro, o sí, sabemos tan poco de la mente.
Por supuesto, papá, que no te llevamos a visitar a mamá en el hospital, ¡qué barbaridad¡ ¿Cómo íbamos a llevarte? ¿Para qué? Pero ahí estás, desde dos días después de su muerte, en la habitación enfrente de la que ella ocupó hasta dejarnos, que esta noche al volver a tú habitación estuve a punto, lo que hace la costumbre, de meterme en la que fue la suya, haciendo una suerte de visita forzada. Claro que no lo has hecho a propósito ¿en qué cabeza cabe?, que no te has puesto enfermo para poder visitar el sitio en el que mamá vivió sus últimos momentos, o si, sabemos tan poco de nosotros mismos.
Claro, papá, claro, ya sé que en tú proceso nada tiene que ver que vuestra compañía haya durado más de sesenta años, que últimamente, un últimamente de más de veinte años, no os hayais separado una distancia superior a cien metros. Que desde que ella tuvo la lesión que le impedía andar con normalidad tú fueras ese bastón, ese sostén, que ella requería para ir a cualquier lado. Es evidente que una cosa nada tiene ver con la otra, o sí, porque si sabemos poco de la mente, nada sabemos del alma, e incluso llegamos a negarla.
No sé por qué tengo la intuición de que en ese mundo desconocido tuyo no rigen la distancia ni el tiempo, que la leyes físicas no están en vigor y las limitaciones de los cuerpos que nos transportan quedan obsoletas. Tal vez por eso mismo estoy convencido de que sabes perfectamente, iba a decir que has escuchado pero sería inexacto, las palabras que sobre mamá dije en el funeral en Orense.
Pero, a pesar de todo, papá, no me resisto a adjuntarlas a esta carta. Ya sé que no me vas a decir que sí, ni que no, que no te vas a dar por enterado de ninguna forma, pero permíteme que esta tarde, mientras esté junto a tu cama, cuando me aprietes la mano, interprete que te han gustado.
Tal vez en ese mundo intermedio, ajeno aunque cercano, inaccesible para nosotros aunque insertado en el nuestro, puedas tener algún acceso a los que se fueron, a mamá por ejemplo. Si es así dile que la queremos y que ya la echamos de menos. Te pongo a continuación las palabras de mamá. Un beso, papá, un beso, que no quiero que me quede ninguno sin ofrecértelo.

Panegírico
“La muerte no importa.
Estoy simplemente en la habitación contigua.
Yo soy yo, tú eres tú. Seguimos siendo lo que éramos los unos por los otros.
Dadme el nombre que siempre me disteis.
Hablad de mí como siempre lo habéis hecho.
No empleéis un tono distinto o un aire solemne o triste. Seguid riéndoos con lo que nos reíamos juntos.
Rezad, sonreíd, pensad en mí, rezad por mí.
Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo fue, sin énfasis, sin sombra. La vida significa todo lo que siempre ha significado.
Es lo que siempre ha sido.
El hilo no se rompe. ¿Por qué estaría fuera de vuestros pensamientos, simplemente porque estoy fuera de vuestra vista?
Os espero.
No estoy lejos, justo en el camino contiguo.
Veis, todo está tranquilo”

Sirva este poema de Henri Scott Holland, esta reflexión, para transmitiros lo más importante de mis palabras, el inmenso agradecimiento por vuestra presencia, por vuestra compañía, por vuestro consuelo. Tanto mi hermana como yo o el resto de la familia agradecemos en el alma a los que aquí estáis, o a los que ya han estado durante este proceso, vuestra cercanía.
Es habitual en estas ocasiones hacer un panegírico de las grandes virtudes de la persona que se ha ido, pero si yo hiciera eso el poema inicial no tendría sentido, ni ninguno de vosotros que la conocíais y la compartisteis con nosotros la reconoceríais en ellas.
Mamá era una persona normal, una persona más, llena de virtudes perfectamente equilibradas con un sinnúmero de defectos que la hacían ser ella misma y ninguna otra. Pero si tuviera que definirla con tres características estas serían: Generosa, divertida y dueña de su realidad.
Muchos de vosotros, y muchos otros que ya se fueron, han sabido de su generosidad, de su casa siempre abierta, siempre llena de transeúntes, siempre presta a la acogida. De su necesidad, que hacía virtud, de estar rodeada de gente que iba y venía. Parada obligatoria de todo orensano que residiera en Madrid, que viajara hacia otro punto de España o al extranjero. En casa siempre había una cama, un plato de comida o un rato de charla esperando al que llamara a la puerta, y el timbre no solía descansar.
Divertida. Con ese estilo tan peculiar para  contar las cosas, incluso las dramáticas, de tal forma que provocaba la risa de los que la escuchábamos. Era difícil compartir con ella un velatorio, una enfermedad, sin acabar riéndose, incluso a veces inconvenientemente, a carcajadas. En eso salía a los Ferreiro, a mi abuela Chelo, al tío Toñito. Hasta tal punto que sus últimas palabras conscientes fueron para preguntar por su biznieta y después hacer un chascarrillo último sobre su situación en ese momento. Ya no le oí más palabras. Solo quedó el silencio de su respiración dificultosa, algún gesto de asentimiento o denegación y finalmente nada.
Pero sobre todas sus características la de la necesidad de controlarlo todo era quizás la más fuerte, la más evidente. Lo controlaba, o pretendía, tanto todo que siempre existían a su alrededor dos realidades, la suya, que predominaba, y la de todos los demás. Cuando después de muchos años de cojera y dolores conseguimos mediante engaños que un traumatólogo nos diera su veredicto solo sirvió para que nosotros supiéramos que era lo que realmente le pasaba, que por supuesto no coincidía con lo que ella estaba dispuesta a reconocer que le pasaba, y que adquiriéramos la clara percepción de que los médicos poco saben de salud consueliana. ¿Sabrían los médicos? Cuando a consecuencia de ese diagnóstico el médico le dijo que lo suyo era fácil de operar y ganaría considerablemente en movilidad nos dijo: “Ya me lo dijo fulanito (siempre había un fulanito o fulanita que le había dicho lo que le convenía oir), Chelo, tú cabeza o piernas, y yo he elegido cabeza”
Estoy convencido de que mamá, Chelo, Chelito o Cheliño para casi todos vosotros, Consuelo para el tío Julio y para mí, tenía tal control sobre su situación que la muerte, para poder llevársela, tuvo que acceder a sus condiciones y las tuvo que cumplir hasta el final. Siempre dijo que ella no quería ir a ningún médico porque le iban a descubrir cierta enfermedad y ella se negaba a tenerla. Y la muerte tuvo que cumplirlo, murió sin que nadie le dijera que tenía esa enfermedad que delante de ella no se podía ni nombrar. Siempre dijo que ella quería morir, sin saber lo que tenía y sin sufrimiento. Y así murió, aferrada a su propia realidad y plácidamente. Agarrada a mi mano, sin un gesto, sin un temblor, sin un suspiro. Se apagó. Ambas cumplieron su parte, la muerte con su mejor cara y ella dejándose ir en el momento en que se cumplieron las condiciones.
Echaremos mi hermana y yo, como no, de menos sus manías, sus narraciones, sus regañinas que acababan convirtiéndose en discusiones. Echaré de menos estar, de vez en cuando, unos días sin hablarle, o su cocina, o su desesperante irrealidad. Echaremos todos de menos, y os incluyo a todos vosotros, las charlas, su peculiar forma de ver las cosas, su bienvenida siempre presta, su risa. Por eso estáis hoy aquí, a nuestro lado, porque todos vosotros habéis sido parte de su vida, parte muy importante de su vida, y, aunque a lo largo de todos estos años siempre hubo quién pretendiera dañarla, siempre tuvo alrededor muchos más que consiguieron que se sintiera querida. Vosotros. Todos vosotros

Gracias. Gracias por haber estado con ella y gracias por estar hoy aquí. Nuestro recuerdo y cariño hará que siga viva para todos.

viernes, 18 de agosto de 2017

Todos somos Barcelona. Una casilla más en una partida macabra

Ha vuelto a correr la sangre. Ha vuelto a dilapidarse el único patrimonio no recuperable que el hombre posee. Ha vuelto a triunfar la irreversible muerte. Ayer Barcelona, antes París, Niza, Berlín, Londres, Estocolmo, Madrid, El Mediterraneo, Israel, Palestina, Egipto, La India o cualquier país que la muerte reclame en este infame juego  en el que la mayoría, casi todos los que mueren, somos peones.
Inmersos en el dolor de la muerte masiva e inesperada, de la muerte sin sentido ni finalidad aparente, las lágrimas que anegan nuestros ojos nublan también nuestro entendimiento el tiempo suficiente para llorar breve pero generosamente a los que se han ido, para odiar breve pero intensamente a los que han matado y a todo lo que representan, para rememorar breve pero intensamente todos los acontecimientos anteriores del mismo cariz. Y olvidarnos en un espacio de tiempo breve e insuficiente de que habrá más muertes, más lazos negros, editoriales grandilocuentes, diseños de anagramas que poner en las redes sociales y en las solapas. Más todos somos y casi nada de todos pensamos y construimos.
Alguien se dará cuenta de que meto en un mismo saco muertos que nada tiene que ver con Barcelona, pero solo existe una muerte, una por persona, una única consecuencia, un único hecho irreversible, no importa la causa, el lugar o las circunstancias. Alguien pensará que de todas formas hoy toca hablar de Barcelona, sin reflexionar en que Barcelona es solo una casilla más en un juego feroz, despiadado, que lleva dándose durante siglos y en el que siempre mueren los peones, esas piezas prescindibles y más  numerosas cuya desaparición no determina el resultado de la partida.
Unas veces se sacrifican por el poder que el rey y la reina representan, otras por la fe que los alfiles defienden, o por los ideales que los caballos hacen suyos, o por el poder territorial y económico que las torres detentan. En realidad da lo mismo. Acabada una partida las piezas se recolocan, el tablero se limpia de sangre, de escombros, de cadáveres y se comienza una nueva. La estrategia determinará porque pieza habrán de sacrificarse los peones, los mismos, pero diferentes, otros pero del mismo pueblo, de la misma aldea, con la misma cantidad de sangre, con el mismo cruel destino.
Y mientras los peones lloran a los peones, mientras las piezas mayores se deshacen en condolencias, pésames y grandilocuencias, todos nos olvidaremos de los jugadores. Todos olvidamos que hay manos que nos mueven, mentes que evalúan el valor de la pérdida de nuestras vidas en un fin último de ganar la partida. Todos olvidaremos que somos esclavos de un juego del que ni siquiera conocemos las reglas. Que da lo mismo ser un peón víctima, un peón inmigrante o, con toda mi repulsa equiparo y digo, un peón terrorista. A unos les pagan las torres, a otros nos lavan el cerebro los alfiles, otros entregamos nuestra vida a los caballos y todos defendemos a la reina y al rey porque ellos marcan la victoria.
Pero hoy lloramos Barcelona. Hoy lloramos sin consuelo y por dos días de luto oficial la irreparable muerte que ayer alcanzó a trece ciudadanos y el dolor que otros cien sufren sin que sepan con claridad por qué motivo. Hoy, mañana y hasta que los medios de comunicación consideren que ya no es noticia, lloramos con las familias de las víctimas. Ayer con las víctimas del IRA, de ETA, de Sudáfrica, de Pinochet o de Videla, anteayer con las de Franco, las de Stalin, las de Hitler o las de Pol Pot. Hace apenas unos minutos, históricamente hablando, llorábamos las de otras ciudades, las vidas de los refugiados de barbaridades bélicas, religiosas, económicas o políticas que huyen para preservar sus vidas, vidas de peones, vidas prescindibles, reemplazables, estadísticamente enumerables pero de valor insignificante.

Ayer todos fuimos París, Londres, Madrid... Mañana…, mañana me gustaría un mundo en el que todos fuéramos personas y no hubiera jugadores. Pero hoy, hoy todos somos Barcelona.

viernes, 14 de abril de 2017

Una cuestión metafísica

Verás papá, en estos días que estamos pasando más horas juntos da tiempo, contemplándote, a pensar en muchas cosas. En tantas que a veces entiendo que la principal secuela de esta enfermedad es  que genera un pensamiento enfermizo, errático, obsesivo, en las personas, en los pacientes, que atienden al enfermo.
Contemplándote dormir con ese sueño profundo, continuo, malsano que parece más un entrenamiento para un destino inevitable que una actividad reparadora, que parece más una desconexión cada vez más prolongada y evasiva que una necesidad fisiológica, que parece más un ensayo de tránsito que un tiempo de descanso, es inevitable que las ideas vayan y vengan en una danza de tiempos y temáticas variados.
Cada vez más, cuando me preguntan cómo estás, respondo que tu cuerpo está perfectamente y que del resto de ti solo podemos constatar una ignorancia absoluta de tu paradero.
Esa presencia física a la que ya es difícil entenderle nada de lo que dice salvo los insultos a las personas que lo asean, que rara vez muestra un chispazo de coherencia que resulta aún más lacerante que la inconsciencia habitual, casi permanente, ya no es reconocible como el que fue mi padre salvo en ciertos rasgos de su fisonomía.
Si papá, tu cara aún recuerda tu cara, pero es lo único que queda del que fuiste, del que yo recuerdo. A veces tu risa, a veces un silbido, parecen abrirse camino de reconocimiento, de contacto, con los que estamos a tu lado. Eso, una brisa, un chispazo, un eco salido de una profundidad malsana e insondable.
Esta tarde, mirándote, viendo ese gesto que me atormenta de llevarte las manos a la cabeza como si los dedos pudieran encontrar y restaurar las conexiones perdidas de tu cerebro, me hice una pregunta nueva, una pregunta entre metafísica y desesperanzada: si los seres humanos tenemos alma ¿Dónde está la de los demenciados? Si el alma de los vivos reside en su cuerpo unidos por el hilo de plata y la de los muertos transita hacia estados superiores de consciencia ¿en qué recóndito estadio intermedio, en qué divino pebetero, aguarda el alma de los que han perdido su propia consciencia, el tránsito que la libere del cuerpo?
No, papá, no es una pregunta religiosa, es una pregunta metafísica, es una necesidad de entender  ¿por qué? ,ó , para ser más exactos, ¿Dónde?
¿Dónde estás, papá, si es que estás, que no te alcanzamos? ¿Qué extraño lugar es ese que se rige por la falta de comunicación de los muertos y la actividad física de los vivos? ¿Estás ya muerto y tu cuerpo aún no lo sabe? ¿Estás aún vivo y no consigues que lo sepamos? No hay nadie que pueda contarlo, explicarlo, aunque pretendan hacerlo.

Es lo malo de la metafísica, papá, la facilidad que tiene para que nos planteemos las preguntas, la absoluta incapacidad de que adolece para llegar a las certezas.

sábado, 23 de julio de 2016

El Terrorismo Simpático

Tal vez uno de los grandes problemas de la policía para enfrentarse a la actual ola de atentados es que estaban preparados para el terrorismo empático, pero no para el simpático. Es evidente que no estoy hablando de un terrorismo gracioso y amable.
Los servicios de inteligencia de todo el mundo se han dedicado a vigilar, a controlar, a todo individuo con unas características ideológicas o religiosas afines a los grandes movimientos terroristas mundiales. A vigilar, por decirlo rápido, a los afectos al terrorismo por empatía. Personas alineadas y militantes de movimientos susceptibles de cometer actos terroristas. Personas educadas en el odio y el fanatismo.
Pero en los últimos atentados hemos visto un giro dramático en los métodos y en los autores. Nos han empezado a hablar de los lobos solitarios, individuos sin antecedentes, sin afiliaciones, normalmente marginados, excluidos sociales o personas con unas taras psicológicas difíciles de detectar. Estos individuos son los posibles terroristas por simpatía, o por sintonía, o por vibración.
Personas aparentemente normales, unas más aparentemente que otras, con una necesidad compulsiva de sentirse reconocidos, valorados, importantes por algo o para alguien, y que no reparan en medios ni consecuencias para lograrlo.
No son terroristas que puedan ser detectados previamente por el sistema tradicional. Seguramente, la mayoría, no habrán visitado nunca una mezquita, una iglesia o una pagoda. Seguramente, la gran mayoría, no se han afiliado al estado islámico, a un grupo de ultraderecha o a los talibanes afganos. Solo son parias, enfermos psicológicos, tarados morales, que se sienten minusvalorados por una sociedad, `por un entorno, que no les reconoce su enfermiza grandeza.
No son distintos de los adolescentes que un buen día se echan a la calle, se echan un arma a la cara y disparan contra todo lo que se mueva. No son distintos de esos pilotos que estrellan su avión por algún motivo reivindicativo o de ese conductor que se pone a circular en sentido contrario.
No son distintos, efectivamente, pero si lo es la consecuencia de sus actos, porque a sus muertos se unirán más muertos por efecto simpático.
No hace falta una infraestructura. No hace falta un armamento sofisticado. Ni siquiera hace falta un arma, basta con cualquier objeto que mate, un camión, un cuchillo o un madero lo suficientemente contundente. Cualquier objeto susceptible de matar a un semejante. Y ya tenemos un terrorista en potencia. Basta con que se considere además un iluminado, un elegido y los mimbres para otra desgracia ya están tejidos. Ya tenemos un nuevo atentado en ciernes. Solo hay que esperar a ver cuándo y dónde explota. El hecho de que se le de tanta cobertura, fundamental para su auto reivindicación, y que alguna infausta organización lo acoja como suyo, aunque ni haya oído jamás hablar de él ni le importe una mierda, ya es suficiente motivación para ellos.
En este caso sería importante revisar la información. En este caso la primera batalla a ganar es la batalla de los nombres, la batalla de las palabras. De esto sabemos bastante en España que no empezamos a ganar nuestra guerra hasta que no llamamos terroristas y asesinos a los que lo eran. Y, convencido como estoy, me voy a mojar y voy a sugerir que se quite la denominación de acto terrorista a estos últimos perpetrados en Francia o Alemania. No basta con que el ejecutante sea musulmán, o diga serlo, o tenga nombre musulmán, o proceda de un país con mayoría musulmana y mate gente para que automáticamente una barbaridad se convierta en un acto sea terrorista.
Yo titularía: “Un enfermo perpetra un nuevo acto de barbarie creyéndose un terrorista”. Seguro que nadie reivindicaría al enfermo, seguro que los otros enfermos no se van a sentir simpáticamente llamados. Convirtamos la simpatía en antipatía y habremos ganado la primera batalla. Llamemos a las cosas por su nombre y el efecto llamada pasará a ser un efecto susurro, o, incluso, un efecto rechazo.

A un heroico terrorista, para los suyos, solo lo separa de un enfermo social, sin suyos que lo aclamen o le reivindiquen, la forma de llamarlo y la verdadera motivación de sus actos.

jueves, 14 de julio de 2016

Morir de nuevo

Ya se escuchan de nuevo las palabras. Los gestos de horror, las condolencias. Ya se repiten los lazos y banderas, las imágenes que contemplar atónitos, transidos, por la incomprensible barbarie que de nuevo nos conmueve.
Ya van llegando de nuevo a mis oídos los lamentos de los heridos, el dolor aún sorprendido de las familias de las víctimas, la soberbia de los que intentan hacer de la muerte ajena un bagaje, la tibieza estética de los que pretenden hacer uso de los cadáveres para demérito de los demás.
Ya resuenan de nuevo las razones podridas, torcidas, innobles, de la sinrazón. Ya saturan de nuevo los medios de comunicación las condolencias tibias, formales, medidas y neutras, de las instituciones. Ya se asoman de forma ladina las palabras de rencor, los mensajes de confrontación, el llamamiento al extremismo y al odio indiscriminado que el hervir de la sangre, aún fresca, de las víctimas parece demandar.
Todo suena viejo, repetido, demoledoramente cansino. Todo parece horriblemente trillado, como una obra de teatro que va perdiendo su frescura por mor de la repetición cansina de los actores. El impacto de la truculencia rememora, repetidamente, truculencias ya vividas. La sangre semeja las sangres ya vertidas en tantos lugares, en ya tantas fechas, que los números, los nombres, se entremezclan.
Hubo tiempo en que una cifra y una letra bastaban para nombrar un dolor. Ya son tantos los horrores que la fecha hay que darla completa. Ya no basta decir 11 M, 11 S, …,  porque raro es el día, el lugar del mundo, en el que el disparate continuado de los asesinos, de los que intentan justificarlos, de los que los espolean con su odio, con su miedo, no se ha teñido con sangre de personas ajenas, cuando no inocentes.
Ya da lo mismo lo que digamos, el dolor que podamos sentir o los mismos sentimientos. Ya no importan para nada las palabras, los gestos, las razones. Todo fue ya dicho en ocasiones anteriores. Todo se repite y volverá a repetirse.

Todo no, hay algo que siempre es diferente. Nadie puede morir de nuevo, nadie puede morir dos veces.

miércoles, 13 de julio de 2016

En defensa propia

Me cuesta a veces encontrar las palabras. En realidad lo que me cuesta es encontrar las palabras pertinentes, las impertinentes son fáciles, cuando ciertas actitudes demuestran la imposibilidad de encontrar los oídos adecuados. La miseria moral, la estética gratuita y decadente que suele acompañarla, el postureo intelectual del todo vale si yo lo digo, me hacen enfermar casi de tanta gravedad como enferma me parece la sociedad que ha parido y acoge a personas de ese cariz.
Recuerdo, como olvidarlo, que en mi primera etapa del camino, bajando de Roncesvalles, coincidí durante unos cuantos kilómetros con una chica, en el sentido temporalmente amplio del término, cincuenta y dos años y abuela, obsesionada con la idea de que lo mejor para el mundo era que el hombre desapareciera del planeta y todo volviera a su origen. Nunca conseguí que fuera capaz de definir con una cierta coherencia cual era ese origen. Eso sí, tan obsesionada estaba con el tema que una de sus fijaciones era restaurar las hileras de procesionarias que alguien había pisado al pasar interrumpiendo su dañino camino. Intenté explicarle que era una plaga, le enseñé los cientos de nidos que infectaban los pinares navarros. Todo fue inútil, elle defendía a los pobres animalitos que un desalmado había agredido matando a parte de sus miembros.
No sé en qué extrañas fuentes naturalistas, ecológicas, bebía aquella mujer. No lo sé aunque sospecho que sus fuentes estaban peligrosamente contaminadas. Oírla hablar me hacía recordar aquella frase de un amigo mío que cuando veía a alguna mascota tratada con la consideración que se le negaba al indigente más próximo: “Madre mía, cuánto daño ha hecho el señor Disney”.
Esta triste, esta decadente sociedad es la responsable de que la absoluta ausencia de educación, no confundir con formación, en valores como el respeto haya producido una suerte de seres humanos cuyo principal afán es imponer sus “valores” por lo civil o por lo criminal, por las buenas o por las malas, desde una postura de violento frentismo y miseria moral que inevitablemente nos salpica a todos.
Los insultos, y no es la primera vez, vertidos contra la muerte de un ser humano por mor de una profesión que no toleran exhibe dos fallos morales de difícil recuperación. El primero, el más preocupante, es su propensión a la violencia. Si, de momento ejercida de palabra, ejercida desde la cobardía de suponerse impunes, desde el aplauso garantizado de sus similares, y evito a propósito el término semejantes por si pudiera inducir a la consideración de seres humanos a la que evidentemente renuncian y que yo no les reconozco.
El exabrupto y la falta de empatía humana que su difusión suponen permiten hablar de una enfermedad profunda, de una enfermedad  social e individual que solo una sociedad en descomposición, sin valores referenciales y con un trasfondo emocional podrido puede producir.
Todo posicionamiento anti es enfermizo de por sí. Todo lo que pretende afirmar desde la negación, desde la contra razón, no es más que una trinchera en la que se refugia una falta de argumentos para convencer, una necesidad culpable de imponer desde el absolutismo que la incapacidad para atraer produce en los frustrados.
Mi rechazo al espectáculo de los toros es total. Mi rechazo al sufrimiento de un ser vivo como acto lúdico es frontal, pero sí tengo claro que solo desde la educación, solo desde el respeto, solo desde la convicción puedo ganar mis batallas contra lo que considero erróneo. Jamás desde el insulto, nunca desde la imposición y la vejación. Lo otro, lo que practican ciertos demócratas de la verdad absoluta, se llama totalitarismo. Resumido: “Tú haces esto, o dejas de hacerlo, porque ese es mi criterio y toda opinión en contra es errónea”. Luego ya pasamos a coser estrellas en la ropa, a matar gitanos, a fusilar a los disidentes o a ejercer de reina de corazones.
Pero si algo demuestra esa dolencia moral, yo estoy convencido de que también intelectual, es que todo parte de la humanización de los animales y, como contraprestación, de la deshumanización de los seres humanos. Actitud, esta última, que hasta hace poco solo era privilegio de los asesinos para poder desarrollar su actividad.
Solo una sociedad sin objetivos, una sociedad despreocupada de sus elementos, una sociedad desinformada y trastocada puede dar lugar a la violencia gratuita, a la violentación de la norma mínima de respeto a la vida de los semejantes.
Hoy deseo la muerte de un torero, mañana la de un anciano que no vota lo que quiero o la del vecino que no me cae bien, y pasado mañana empiezo a matarlos.
Defender a los animales nunca puede pasar por denigrar a un solo ser humano. La razón nunca puede partir de la sinrazón. Son tantas, tan profundas, las contradicciones en las que suelen incurrir en sus argumentaciones, tan contradictorios sus posicionamientos respecto a la vida y al sufrimiento según de quién y cuándo, que solo se puede intuir que viven en una conflictiva amoralidad que les permite opinar una cosa y la contraria según el sujeto de su razonamiento. Tiste bagaje.

 Lo dije hace algún tiempo y lo dicho me resultó tan fuerte que lo retiré. Hoy no me da la gana. Algunos solo defienden a los animales en defensa propia.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Carta abierta

Estimados Señores Bienpensantes:
Es ciertamente curioso que tenga que empezar esta carta por estar total y absolutamente de acuerdo con el planteamiento que ustedes hacen respecto al terrorismo que hoy en día asola nuestro mundo. Tienen ustedes toda la razón, esto no se soluciona definitivamente con más muertes, con venganzas, con una radicalización de la postura represiva de los países de la llamada civilización occidental contra los llamados países radicales islamistas. Es verdad, este tipo de problemas solo podrán solucionarse definitivamente con educación, con justicia, con información, con transparencia y sobre todo, con libertad, con igualdad y con fraternidad (o en francés, me da lo mismo).
El problema, muy señores míos, es que no conozco a ningún país occidental, ni oriental, ni cristiano, ni islámico, ni aconfesional, que esté dispuesto a poner en liza estos valores, porque entre otras cosas son contrarios a sus intereses últimos. Pero claro, lo primero que tenemos que tener en cuenta es que la razón, ahora mismo, en este problema que nos acucia, se paga con una moneda que tiene un valor incalculable. Este problema ahora mismo se paga con vidas de inocentes.
Porque estoy dispuesto a comprarles, en realidad hace tiempo que la adquirí, la idea de que los malos en realidad son buenos engañados por los verdaderos malos. Que son víctimas de un reparto lesivo y cruel de la calidad de vida que proporciona la riqueza a lo largo y ancho del planeta, que son víctimas de la falta de armonía que producen el sectarismo, el fanatismo, la estulticia de la desigualdad más severa, en todos los órdenes vitales. ¡Comprada!
Pero el problema ahora mismo no es hacer un balance de culpabilidades, que es a lo que ustedes se meten, el problema de ahora es el pago diario, en la moneda antes mencionada, que la inacción nos reclama. Así que necesitamos una solución urgente, aunque no sea definitiva. Una solución económica en vidas y en libertad.
Podemos, claro que podemos, lo estamos haciendo, seguir pagando en sangre de inocentes, inocentes víctimas, las faltas cometidas en el pasado y en el presente y seguir pagando hasta que el futuro, o la aniquilación, nos alcancen. O pagar en sangre de inocentes, verdugos inocentes, la incapacidad pretérita de un mundo justo  y cabal y erradicar ciertas actitudes intolerantes impermeables al dialogo, a la razón, a la tolerancia y no digamos ya a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad (o en francés, me da lo mismo).
Parece ser que ustedes por el momento están por la labor de pagar en sangre de víctimas inocentes, la mía si se da la casualidad de que una víctima verdugo se cruza en mi camino, pero yo no estoy por la labor. En la ley de matar o morir, sin alternativas, como parece que es este momento, yo siempre estoy a favor de los vivos, por propio y egoísta interés, es cierto, pero lo asumo.
Permítanme por tanto que aporte una receta que va en contra de mis principios pacifistas. Primero parar la sangría en la que estamos inmersos y después hacer un mundo justo, sin vencedores ni vencidos, ese en el que desde el principio estamos de acuerdo usted y yo, pero ellos no. Un mundo pleno de liberté, egalité et fraternité (o en español, me da lo mismo)

Suyo afectísimo un bienpensante vivo que quiere seguir estándolo.

sábado, 10 de enero de 2015

Yo también

Es difícil, por no decir imposible, sustraerse a comentar, sustraerse a lamentar, evitar condenar con rabia y frustración, todo lo sucedido en Francia como con rabia y frustración hemos lamentado durante años lo sucedió en España, en Inglaterra y en tantos lugares en los que la muerte llega por la incapacidad brutal de entender la convivencia entre los seres humanos.
He oído ya voces, con toda seguridad bienintencionadas, reclamando la cuota de responsabilidad de esta civilización en tan lamentables historias. No es el momento. El momento es de condena para dejar claro que la muerte no es una solución, no es un bien negociable, no es un error recuperable. Las víctimas no son corresponsables de ninguna decisión que las pueda hacer culpables y por tanto son víctimas inocentes. Inocentes de la pretendida reivindicación por la que son asesinados e inocentes de la cobardía y barbarie de quienes no son capaces de luchar directamente contra el origen de sus ofensas, sean estas raciales, religiosas, económicas, políticas o una amalgama indeseable de todas juntas.
Es cierto que todas las historias tienen dos caras, en realidad tantas caras como protagonistas y posiciones, y que es conveniente analizar todas ellas como si fueran la propia para poder llegar a una duda razonable sobre cuál de ellas es la posición más asumible. Es cierto. Pero también lo es, y en esto sí que no tengo duda ninguna, es que, hoy por hoy, la muerte no tiene vuelta atrás y por tanto la posición del que muere queda indefensa frente al que mata y es por ello que el que mata debe perder de forma inmediata, de forma rotunda, de forma inequívoca toda posibilidad de defender la suya.
Lo único que lamento en este colectivo lamento es el hecho de que todos los días no nos levantemos con la comprensible indignación, con la justa indignación, con la furiosa determinación de anular a todos aquellos que a lo largo y ancho de este mundo matan a diario amparándose en una razón. No me importa que la razón se llame justicia, que se llame religión, frontera, petróleo o poder. Todo el que mata es un asesino y el que no lo condena, aunque nos conformemos con llamarle cómplice  (o llamarnos), también lo es.

Yo también soy Charlie Hebdo y miembro de una tribu perseguida y pertenezco a una etnia masacrada, y a un género maltratado y a una tendencia sexual incómoda y a un grupo político prohibido y… yo también fuera de mi país, e incluso dentro, puedo ser una víctima. Todos los que defendemos un ideario, todos los que pretendemos tener conciencia y posicionarnos podemos ser, somos potencialmente, una víctima.

miércoles, 16 de enero de 2013

Tiempo Atrás


Tantas veces he pensado en el tiempo. Tantas veces. Tanto tiempo. Tanta palabra baldía sospechando, sopesando, definiendo. Lineal, implacable, indiferente. Palabras, conceptos, reflexiones intelectuales sobre la variabilidad de su percepción en un mismo periodo. Breve si es para la felicidad, insoportablemente larga si es para la desgracia o la impaciencia.

Tantas palabras. Tantos momentos. ¿Qué puedo decir ahora que visto pararse al tiempo?, ¿Qué puedo decir ahora que lo he visto andar en sentido inverso? ¿Qué palabras me quedan? ¿Qué podría decir ahora sobre su esencia?

No creo que vuelva atreverme a usar un solo segundo de mi vida en pensar en el tiempo. Solo apurarlo con ansia, solo hacer de cada uno de ellos el más importante de mi vida, porque cuando la aguja del segundero invirtió su camino la mano de la muerte la empujaba para mirarme fijamente.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Singladuras Liberadoras (12-10-2011)


Vivir el ocaso incluye la reflexión, la languidez, y en medio de los ocres, naranjas y violetas de una puesta de sol, buscando con la única voluntad ejercida el rayo azul, ese mítico rayo que es el último sobre el horizonte que el sol emite en su despedida, sentado en las rocas, junto al mar, embargado, poseído por su movimiento y su sonido, casi sin querer vi partir en un buque de ensueño a mis preocupaciones en una singladura en busca de respuestas.

Estaba ya casi el cielo negro con incrustaciones de luz, apenas unos luceros, cuando recuperé el dominio de mi ser y al levantarme fui por primera vez consciente de que en el mar, alejándose entre las olas con el aparejo de esperanza totalmente desplegado, se alejaba de mi una parte del lastre que hacía más pesada mi vida.

Dese entonces he ido dejando en distintos mares, en distintos cielos donde vuelan con gracilidad, mis naves de dudas y esperanzas. Desde entonces siempre que tengo oportunidad y tiempo miro, me abstraigo, me dejo ir en la languidez de la mirada perdida que espera encontrar la nao deseada, esa mirada que solo conocen los que viven de la esperanza de que el mar, el cielo, les devuelva aquello que le han confiado.Rara vez mis esperanzas se confirman, pero siempre dejo alguna nueva nave en su inmensidad. De gran calado algunas, de bajura muchas, otras apenas barquichuelas que transitan por la orilla. 

Alguna ha vuelto con las respuestas esperadas, alguna sin carga, las más siguen su singladura y mi mirada las sigue esperando. Pero según avanza mi vida, según alcanzo y avanzo mi ocaso,  soy más consciente de que solo me volveré a encontrar con todas ellas, con mi totalidad, cuando yo mismo en una nave postrera me aleje de mi orilla, me adentre en el mar en busca de otros puertos, de otras rocas, cuando se acaben las preguntas, cuando deje de esperar los regresos.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Muerto El Perro.... (05-05-2011)


He leido tus palabras Fania desde la identidad, desde la conformidad que la pertenencia al mismo bando proporciona. “Muerto el perro se acabó la rabia”, que duda cabe que expresa perfectamente, que sirve a la perfección de válvula de escape de esa rabia que se nos instaló el 11 S y nos anegó los ojos una mañana de un 11 de marzo en Madrid.
Y sin duda yo también me alegré, al menos comedidamente pero con rabia, cuando oí que habían acabado con ese ser capaz de planear, de planificar y saborear la muerte de tantas personas que además eran mis allegados física y culturalmente.

Pero luego, aplacada la rabia fermentada durante años en mi interior, he paladeado el refrán y me ha dejado un regusto muy amargo. Odio la muerte, odio la muerte absolutamente porque es lo único irreversible, al menos de momento, en el hombre. No concibo que nadie pueda tener derecho a matar, sin excusas. NO MATARÄS. Sin condicionantes, sin excepciones, sin coartadas

Muerto el perro… recordé entonces que también me alegré, moderadamente, cuando harto de carreras y palos e imbuido de un espíritu revolucionario me enteré de la muerte de Carrero Blanco, no porque a mi me hiciera nada personalmente si no porque era el símbolo del poder que me oprimía. Después de 40 años resulta que no se ha acabado la rabia y que quienes mataron al perro son aún más perros y tienen una variedad de rabia más contagiosa y destructiva.

Muerto el perro, Fania, solo hay más perros y más rabia, incluso más perros dispuestos a contraer la rabia voluntariamente para extenderla por el mundo, porque la rabia solo se elimina con vacunas y la única vacuna conocida para la rabia humana es la formación y los valores humanos, eso que el poder se preocupa de que sea difícil de adquirir o que administra en producto placebo en sus farmacias –escuelas- para que seamos más maleables, más refraneros, y llegado el momento más perros e irremediablemente más rabiosos.

¿Y que hacemos con los que ya tienen la rabia? Habría que estudiar cada caso, pero seguramente, ya habiendo fracasado con la vacuna, matarlos, Fania, matarlos y lamentarnos por la perdida de unos posibles hermanos y por aquellos que han sucumbido a su contagio. Y hablo por supuesto de nosotros –porque en este tema no existe el ellos- capaces de alegrarnos, de justificar una muerte porque va a acabar con la rabia, con la ajena.

Desde la rabia, entre las brumas de la post-vacuna…