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jueves, 24 de mayo de 2018

La Vergüenza Torera


Es fácil calificar de desvergüenza lo que la sentencia de la Gürtel describe, tan fácil como calificar de sinvergüenzas a los condenados y a los señalados. Tal vez, casi seguro, lo más difícil es concretar quienes son los señalados, entre otras cosas porque entre los señalados están las siglas de un partido y por tanto todos y cada uno de sus dirigentes.
Y entre tanta desvergüenza y tanto sinvergüenza es la hora de la vergüenza, pero no de la vergüenza que deben de sentir los que se sientan señalados por esa sentencia, no, si no la hora de eso que en este país llamamos vergüenza torera. Es la hora en la que los dirigentes actuales del PP, se sientan o no señalados por los jueces, tiren de ese resto de dignidad que todo ser humano, incluso si es político, debe de conservar en las más negras circunstancias y presenten la dimisión de sus cargos en bloque. De sus cargos de partido y de sus cargos institucionales.
Mañana a más tardar, preferiblemente hoy mismo, el Sr. Rajoy, todos sus ministros, todos los diputados y todos los representantes autonómicos deberían de presentar su dimisión en un gesto que intente compensar la falta de integridad con la que su partido ha castigado a los ciudadanos que confiaron en ellos.
No me vale una moción de censura. No me vale que otros intenten ganar lo que no consiguieron de los ciudadanos en las urnas, su confianza, aprovechando unas circunstancias que pueden considerar favorables. No, dimisión colectiva, instantánea, y convocatoria de elecciones por parte de los nuevos responsables del partido.
Hay muchas otras opciones, hay muchas formas de intentar salvar la cara, pero es la única salida que permitirá al PP, desde su más que previsible derrota en las urnas, empezar a expiar una trayectoria de escándalos sin precedentes y conservar para sus siglas algo de la dignidad, de la credibilidad, de la confianza perdidas que permita a sus militantes reagruparse en torno a nuevos nombres, nuevas figuras, que les abran el camino para refundar un partido ahora mismo fundido, abochornado, en proceso de descomposición.
Hay poco más que decir. En realidad hay mucho más que decir pero poco más que se pueda hacer para afrontar la situación desde una perspectiva constructiva y que permita al partido Popular salvar, si no los muebles, al menos sí un resquicio de esperanza hacia el futuro.
Es hora, por parte del PP, de hacer un servicio a España, a esa de la que tanto se han llenado la boca. Es hora, por parte de los ciudadanos, al menos a mí me lo parece, de agradecer los servicios, los honrados, que alguno quedará, prestados. Por ejemplo la contención de la extrema derecha tan activa en el resto de los países europeos. Es hora de coger la maleta, la de presidente del gobierno, la de diputado, la de ministro, la de representante autonómico o cargo del partido, y marcharse. Ninguna otra opción puede valer. Ninguna otra opción puede redimir un escándalo semejante.
Es previsible, y preocupante, que el dontancredismo de Mariano Rajoy intente demorar en el tiempo las  soluciones. Que como de costumbre espere a que el devenir vaya diluyendo y solucionando. No sé si la memoria de un votante es mayor o menor que la de un pez, pero sí sé que la memoria de la historia es inquebrantable.
Señor Rajoy, Señores ministros, diputados y demás cargos públicos y estructurales: Un poco de vergüenza torera, por ustedes, por su partido, pero sobre todo, sobre todo, por su país. El motorista ya está esperando con el decreto de cese junto a su ventana.

domingo, 29 de abril de 2018

La ciega, los sordos y los que no quieren oir


Es difícil pensar, es difícil que hable la cabeza cuando las tripas están revueltas, pero tal vez por eso es tan importante escuchar en los momentos de zozobra, antes de que las pasiones te arrebaten definitivamente la razón.
Leía con atención máxima a mis amigos del mundo legal e intentaba, con cierta frustración, comprender las razones técnicas que ellos aportaban sobre el controvertido tema de la sentencia a ese grupúsculo infrahumano, de infausto, pero certero intelectualmente, nombre, juzgado en Navarra en estas fechas pasadas. Leía con atención y con intención su disertación sobre la pericia y la exactitud de la sentencia en cuanto esta se ajustaba a derecho.
Y entonces empezó a hacerse la luz en mi cabeza. Donde yo, y tantos como yo, y seguramente ellos, hablabamos de justicia ellos hablaban de derecho, de legalidad. Donde yo clamaba contra un acto inhumano, intolerable, indigno de la condición de ser sintiente, ellos hablaban de hechos regulados, de agravantes, de eximentes, de interpretaciones jurídicas, de la ley. Donde a mí se me desbordaban los sentimientos, la rabia, la frustración, la indignación, a ellos les brotaba el análisis frío y distante de la aplicación de una técnica y la brillantez y exactitud de su resultado.
Donde yo exigía un castigo por un delito constatable de lesa humanidad, por un abuso innoble, intolerable, cobarde y descerebrado, ellos hablaban de una condena por hechos probados ajustada a derecho.
¿Quién tiene entonces la razón? ¿Los que desearíamos la aplicación inmediata y feroz de la ley de Lynch, el ojo por ojo y diente por diente para las mujeres de sus familias?¿O los que defienden que la única posibilidad civilizada es la aplicación de la ley por mucho que sus resultados no nos satisfagan?
Seguramente todos… y ninguno. Es lógico y razonable que ante actos execrables como asesinatos infantiles, violaciones múltiples, que hacen temblar los cimientos de todo aquello en lo que creemos, la sociedad se conmueva, se indigne y se manifieste. Es incluso conveniente. Pero, afortunadamente, y para evitar el tropello al que la masa, por muy social o civilizada que parezca, tiene una clara tendencia nos hemos equipado con unas normas de convivencia, con unos manuales y sus técnicas de aplicación, que determinan de qué forma y en qué circunstancias se puede aplicar el castigo, y cuanto, una vez demostrado que se cometió un acto contario a las leyes y quién fue su autor. O sea, eso que llamamos la ley.
Y entonces ¿Cuál es el problema? Que ni la razón, ni la justicia están al alcance de los hombres, y que en esa frustración que la limitación humana nos impone en todos los órdenes, intelectuales, físicos o morales, nos dotamos de técnicas y herramientas que como humanas son imperfectas, y como imperfectas insatisfactorias en muchas circunstancias. La legalidad es el intento humano de acercarse a la justicia, pero precisamente porque lo es, humano, ese acercamiento se hace siempre desde una sensibilidad de parte, la que tiene el que promueve y dicta la ley. Por eso las leyes dicen cosas diferentes en territorios diferentes aunque sean sobre una temática común. El poder legislativo es político y por tanto legisla con un ojito cerrado mientras el otro no lo puede abrir.
Es verdad que ante sentencias como ésta la insatisfacción popular, y la mía personal, son palmarias, pero también es cierto, aunque las tripas se impongan, que con un poco de pausa uno acaba pensando que a la larga es menos injusta una legalidad en la que todos saben con qué reglas se juega que la que se produce de forma ciega e inmediata.
Tal vez el debate que toca abrir, el debate que toca abordar, es cuanto más queremos que la legalidad se aproxime a la justicia, aunque para ello primero tendríamos que ponernos de acuerdo en cuales son el concepto y punto de justicia a los que deseamos acercarnos.
No vale cuestionarse éticamente un día la prisión revisable permanente y pedir al siguiente la pena de muerte para un delito concreto. No vale pedir rigor en las condenas de un delito determinado y sin embargo considerar que en otros delitos que nos son más cercanos o simpáticos considerar que la ley debe de mirar para otro lado. O hay ley o no la hay, o se actúa conforme a ella o barra libre para todos, pero con coherencia, y ya todos sabemos de lo que hablamos. O todos tirios o todos troyanos.
Y es que hay gente que solo concibe la legalidad como su instrumento particular de venganza, como aquella herramienta de la cual puede valerse para que se imponga su sentido peculiar y particular de la justicia.
Se conocía, también estos días, también en Navarra, la absolución de una mujer por un delito de violación repetida sobre un menor de 15 años en la casa familiar. Curiosamente muchas de las furibundas reclamantes de un mayor rigor con la sentencia anterior en este oscilaban entre la indiferencia y el peregrino argumento de que al ser la víctima varón no podía haber violación.
¿Cuándo les hacemos caso? ¿Les podemos hacer caso? Insisto, abramos el debate, el de cómo conseguir una legalidad que, como la justicia, sea ciega y a ser posible no tenga género. Neutral, vamos. Sin colorantes ni conservantes.