jueves, 20 de agosto de 2026

CARTAS SIN FRANQUEO (CCXXXI)- EL ABSENTISMO

Venir semana tras semana, y una semana sí, y otra también, a intentar poner en su justo término los torcidos debates con los que nos obsequian nuestros políticos, es una tarea poco agradecida, la verdad, pero imprescindible para la salud mental de este que suscribe, su seguro servidor (fórmula antigua y de una belleza poco apreciada).

Y esta vez ni me voy a molestar, instalado en el hartazgo, instalado en el aburrimiento de los sesgos pertinaces, mendaces, elaborados solo para la cla, o claque, o clac, para la que inteligentísima IA sepa de que hablo, término que para los poco versados en teatro clásico, era el grupo de personas a las que se pagaba por aplaudir, o, a veces, abroncar durante el estreno de una obra, con el objeto de hacerla triunfar, o abocarla al fracaso. Ahora les llamamos, fans, o fanáticos, o forofos, o… el fútbol tiene bastantes términos locales para ellos. En todo caso mentiras, retruécanos y relatos, que solo son admitidos por aquellos dispuestos a admitir cualquier cosa en función, y sin otro requisito que su origen, de quién la diga.

Tal vez los que no lo han vivido puedan pasar sobre el tema sin ningún sobresalto, funcionarios, empleados de grandes empresas, grandes y medianos empresarios, pero hay personas, sectores, los llamados autónomos societarios, para los que el tema es sinónimo de ruina, de descalabro, de persecución estatal. Y me estoy refiriendo al tristemente tratado, al nocivo y permitido, absentismo.

El tema, mal planteado, desconocido en su verdadera dimensión por el señor Feijoo, representante de la España acomodada, y torpe en su forma de hacerlo, ya que en su discurso ignora a aquellos que debería atraer, y plantea el problema como si quisiera darle argumentos a sus rivales políticos. ¿Quién le asesora Sr. Feijoo? Porque sea quién sea o es un infiltrado en sus filas, o simplemente es un ignorante de la realidad cotidiana, un personaje que le hace decir lo que no es, en el peor momento posible, sobre un tema del que no conoce, ni se preocupa de conocer, más allá de las estadísticas, de los informes oficiales. Y esto, Sr. Feijoo, no va de estadísticas, va de vidas de ciudadanos, de ilusiones, de ruinas, y de proyectos truncados, a veces hasta la exclusión social. Y encima le da argumentos a los contrarios.

El tema, tratado con mendacidad, con ignorancia, con desvergüenza, por una pretendida, y nunca suficientemente denostada, izquierda, que solo favorece la necesidad de confrontación de un sistema que se sostiene gracias a la desunión, al engaño, al fanatismo, provoca una respuesta torticera, sesgada, con mala fe, por un gobierno, y sus socios, que no saben más del tema que el asesor del Sr. Feijoo, con el agravante de que en sus manos estaría solucionarlo, y en su ideario debería de estar hacerlo, si en vez de un movimiento populista fuera un movimiento social. Claro, no lo es, como a cada paso se encargan de demostrar.

Así que el Sr.Feijoo habla de lo que le importa, el beneficio de las grandes empresas, y el gobierno, y adláteres sale a responder con eslógans y populismos que ignoran el verdadero problema, pero que contentan a los destinatarios de esos mensajes que ni piensan, ni se les espera.

El absentismo, en contra de lo que el sistema, sus representantes, pretende hacernos creer, no es un tema único, ni es un tema que hoy por hoy esté socialmente cuestionado, como pretende el gobierno. Nadie con dos dedos frente, nadie que hoy por hoy esté en el mundo, puede pretender que alguien enfermo trabaje. Nadie, con un mínimo de raciocinio, y sentido social, puede pretender que alguien cuyas capacidades están mermadas acuda a realizar una tarea a la que no puede responder adecuadamente. No, ese no es el problema real, esa no es lo planteado por el jefe de la oposición, ni responde a otra cosa que una respuesta puramente populista por parte del gobierno.

Y si no es el qué, como tantas veces he dicho, porque en los qué prácticamente todos estamos de acuerdo, en lo que se marcan las diferencias es en cómo abordar los cómo solucionar los qué, en cómo enfocar, habilitar, esas soluciones a unos problemas que lastran la economía, arruinan microempresas, y son objeto de abuso por parte de los más desahogados. Porque esas son las tres grandes patas del problema del absentismo. Las costuras mal cosidas legalmente por las que el absentismo desangra al estado, y a las empresas.

Casi todos conocemos casos de esos individuos, para mí son delincuentes sociales, que buscan las debilidades del sistema, y logran bajas totalmente inventadas, o de una duración desmesurada, o ambas cosas. Claro que ellos no tienen la culpa de explotar en su provecho la lasitud de ciertas evaluaciones médicas, ni la permisividad administrativa, sin medios ni voluntad para controlar una situación que todos parecemos conocer, salvo la administración. Claro que si ellos mismos crean puestos inexistentes, o colocan personas que ni llegan a parecer por su puesto de trabajo, ¿qué podemos esperar?

La gran mentira sobre el absentismo está en las estadísticas, porque los numeros no reflejan el drama humano, social, económico, que esos números, trasladados a personas, a individuos, a proyectos, a ilusiones, nos contarían si tuviéramos la más mínima sensibilidad, el interés imprescindible para explorar las consecuencias reales.

Que en una gran empresa, o en una entidad pública, falte un trabajador, incluso una cantidad indeterminada de trabajadores, so suele comportar otro perjuicio que la ralentización de una determinada tarea, y ese trabajador, siempre puede ser sustituido por otro ya en plantilla, o contratar uno nuevo. La cuenta de resultados lo respalda.

Pero, ¿qué sucede si esto sucede en una empresa con uno, o dos trabajadores, que trabaja cubriendo el día a día? ¿Sin recursos financieros sobrados? ¿Sin recursos para contratar a otro trabajador? Pues es sencillo, evidente. La empresa deja de facturar porque no tiene trabajador para seguir adelante, pero sus obligaciones con el estado, y con el trabajador, no se detienen, lo que supone que la empresa no puede pagar sus impuestos, al no tener ingresos, no puede hacer frente a las cargas sociales de un trabajador que no trabaja, y no puede hacer frente a la parte salarial respecto a ese trabajador que ya no proporciona los recursos de su labor.

Lo que sigue es tan injusto, tal vil, tan insocial, que hasta cuesta escribirlo. La empresa entra en un bucle de impagos que no puede evitar por falta de recursos, y la administración, lejos de intentar encontrar una salida, entra en una histeria recaudatoria, multas, intereses sobre lo impagado, negación de salidas pactadas, que acaba llevando al pequeño empresario a la ruina, a la empresa a la quiebra, y finalmente al trabajador a quedarse sin ese trabajo.

No existe una legislación diferente para la pequeña empresa, está sujeta a la misma que las grandes empresas, con el agravante de que la saña administrativa, consecuencia de una indefensión provocada por su falta de músculo financiero, se va a centrar en ella, sin que a la administración le importe un ardite el daño personal, social y económico que su actitud puede causar.

Habrá ahora quién quiera desmentir lo que digo, pero lo he vivido en primera persona, en mis propias carnes, en mi propio proyecto.

No, nadie pretende que los trabajadores enfermos vayan a trabajar, pero sí que los trabajadores que se declaran enfermos realmente lo estén.

No nadie pretende que los trabajadores enfermos vayan a trabajar, pero sí que sea el estado quién se haga cargo, en las pequeñas empresas, del costo de los beneficios sociales de los que presume.

No, nadie pretende que los trabajadores enfermos vayan a trabajar, pero sí que haya control y severidad sancionadora para aquellos que pretenden defraudar a la empresa, a sus compañeros, y a la administración, que deberíamos ser todos.

El absentismo es inevitable, lo que sucede en este momento es una lacra.

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