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miércoles, 1 de diciembre de 2021

Cartas sin franqueo (XLVIII)- La ética comparada

Se pueden decir muchas cosas, y se pueden decir de muchas maneras, porque, a veces, en la forma de elegir como se dice está la verdadera esencia de lo dicho. Si, ya lo sé, parece un trabalenguas, pero no es eso lo que pretendía, si no poner la vista en las formas, que suelen ser reveladoras.

Hablábamos, como tantas veces, sobre la deriva indeseada de esta sociedad, política, social, ética y económicamente hablando. Sobre la decadencia evidente de la postura de reclamar derechos sin comprometerse con las obligaciones, o comprometiéndose, siempre y cuando esa obligaciones se le impongan a los ajenos. Hablábamos, como tantas veces antes, de la mediocridad de los dirigentes que intentan trasladar a una sociedad adocenada, dormida, que espera permanentemente a que sean los demás los que hagan lo que, en estricta realidad, les correspondería hacer a ellos: luchar, reclamar, exigir, su propia mediocridad.

Pero, como tantas veces en nuestras conversaciones, y en otras, solemos referirnos a nuestra escala de valores como punto de referencia para el análisis, y esa es una postura perversa, torticera. Cada uno es dueño de su escala de valores, si es que es consciente de que la tiene, y cada uno debe de exigirse a sí mismo, y no a los demás, en función de ella, pero solemos hacerlo justo al revés, exigimos a los demás en función de nuestras convicciones y no toleramos que los demás puedan tener otras diferentes, y puedan planteárnoslas como alternativa. Mal negocio.

Y en estas formas, en esta manera de enfocar nuestras relaciones, es donde mejor se puede observar el mal profundo que nos afecta. Somos reos, tal vez hasta la muerte, de la ética comparada.

Se supone, y no pasa, salvo en las inevitables y venturosas excepciones, de ser una suposición, que uno de los principales anhelos del hombre es la superación, personal y colectiva. Según esto todo ser humano debe de tender a superar sus imperfecciones y alcanzar una plenitud espiritual y social que le permita una felicidad plausible, de eso iban, inicialmente, las religiones, de facilitar un método de superación personal y social.

Pero lo que vivimos día a día, lo que día a día nos encontramos en nuestro entorno es una aplicación perversa de este principio, una preocupación torticera y dañina por la ética comparada, por el análisis sistemático de la forma de actuar, de actuar mal, ajena para justificar la propia.

No importa robar, siempre y cuando podamos decir que ha habido otro que también ha robado. No importa mentir, siempre y cuando podamos argumentar que otro ha mentido. No importa engañar si ha habido alguien que ha engañado antes y ha dejado abierta la puerta a que todos nos convirtamos en ladrones, en mentirosos, en falsos.

¿Qué enseñanza ética, qué perfeccionamiento, qué ejemplo, podremos obtener de alguien que acusado de cualquier conducta indebida, no la desmiente, no, si no que argumenta la impropia conducta ajena? ¿Es ese, realmente, el camino correcto para alcanzar ciertas metas? ¿Qué se puede esperar de alguien que en vez de asumir las responsabilidades de sus actos, se escuda en los actos ajenos para sortearlas?

-          Tú eres un asesino

-          Tú has matado a doscientos.

¿Realmente importa a cuantos, cuando, con qué motivo, alguien ha matado a gente? ¿O lo realmente importantes es que hay gente que ha privado de la vida a otros? ¿A partir de cuántos muertos, en qué circunstancias, con qué argumentos, alguien debe de ser considerado un asesino? ¿Nunca porque ya ha habido otro que ha matado a alguien, o que ha matado a más, o que ha matado con unos argumentos que nos son más simpáticos?

Personalmente creo que la ética no funciona así. Personalmente creo que la ética debe de tener un nivel de autoexigencia tal, que nunca la conducta ajena puede justificar los actos propios. Personalmente creo que la ética comparada es un invento de sinvergüenzas, de desahogados, que buscan un espejo opaco, un espejo con paisaje pintado y sin reflejo, para poder contemplarse en él y poder seguir adelante.

Y es que, aplicando la ética comparativa, ya podremos empezar a prepararnos, aunque tal vez ya empezamos a ver atisbos de ello, para la existencia de una legalidad comparada, de una legalidad que no juzgue los hechos, las acciones, si no la cantidad, la oportunidad, la originalidad del delito. Un delito será mayor, si antes no lo ha cometido nadie, pero quedará impune si se puede demostrar que otro lo ha cometido mayor, o con peores argumentos.

¿Qué mis palabras te suenen a dislate? Te recomiendo un paseo por los medios de información, una visita a los diarios de sesiones, un garbeo, con chubasquero y paraguas para el espanto, por las redes sociales.

Mis palabras solos son, sin pretenderlo, una breve semblanza del estado de putrefacción de una sociedad que solo cree en la ética comparada. Que no cree en otra ética que en la que le puede servir para atacar al prójimo. O sea, sin ética.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

La pena máxima


El tema es realmente peliagudo. Tiene tantas aristas que uno acaba preguntándose si tiene alguna cara, alguna superficie suficiente para reposar la mirada y profundizar en ella, y si es así no lo es por cuestiones técnicas o éticas, sino por la aplicación colectiva de algo que debería de tener consideración individual. La profundidad del abismo que separa a la legalidad de la justicia se hace insuperable desde el mismo momento en que la ley se olvida del individuo y establece unas normas encaminadas a una igualdad inexistente, imposible. Es mentira que todos seamos iguales ante la ley porque es imposible, incluso injusto, que la ley sea igual para todos, o al menos su aplicación.
He sostenido en algún cuento que la oportunidad de equiparar ley y justicia se perdió con la ira de Moisés al romper las tablas recibidas, porque las leyes fueron reproducidas de nuevo, pero no su forma de ser aplicadas de forma justa. Ahí, en ese preciso momento, esa historia, sea real o ficticia, sea histórica o no, el hombre reconoce que nunca será capaz de aplicar la ley, la parte técnica y coercitiva, de forma justa, la parte ética y reparadora.
Hay tantas leyes, tantas, y tantas interpretaciones que es terriblemente improbable que un juez, ajeno a la historia y sus protagonistas como garantía de neutralidad, sea capaz de abarcar los matices individuales de los protagonistas, las características circunstanciales del hecho, y encontrar la justa aplicación de la ley precisa en su interpretación adecuada.
Para que la ley fuera justa precisaría obligatoriamente de unos elementos que son ficticios: unos hechos incuestionables, unos protagonistas éticamente, o anti éticamente, impecables,  un juez rigurosamente imparcial y unas leyes de imposible interpretación, absolutas. Ninguno de estos elementos se da en la vida real, ninguno  siquiera es previsible que exista.
Pero es que además, y no nos llamemos a engaño, la ley no es justa, para empezar, porque aquellos que la promulgan lo hacen desde una posición moral o intelectual en la que intentan imponer sus criterios a la sociedad, lo que ya de por sí la incapacita para ser justa para todos aquellos que no comparten las reglas del legislador. Cada día más la política interfiere en la legislación y lo hace intentando imponer a la sociedad unas normas de comportamiento y un pensamiento tan volátiles como su propio paso por la capacidad legislativa, creando un juego, y no me apeo del término, que sume al ciudadano en la indefensión, cuando no lo convierte en delincuente, sin que haya una quiebra ética de ningún tipo.
Leyes recaudatorias, leyes discriminatorias, leyes de igualdad desigual, leyes de comportamiento moral, leyes de predominio económico, leyes que regulan leyes, leyes civiles, leyes penales, leyes administrativas, leyes económicas, leyes de leyes, y todo abarcado por una afirmación que sanciona  a todas las leyes, “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”, que hace de todos y cada uno de nosotros unos delincuentes en potencia o, por ser más exactos, unos delincuentes inevitables.
Nadie puede conocer todas las leyes, sus interpretaciones, las sentencias que sientan jurisprudencia, ni vivir de forma consecuente sin infringir, en ocasiones directamente de forma consciente y a veces con rabia, tantas leyes existentes para alimentar egos, arcas o sueños de sociedades parciales. Porque una gran parte de estas leyes que nos rigen no son justas, ni puede serlo ninguna de sus interpretaciones, porque muchas de estas leyes que nos amenazan no son otra cosa que una visión personal del legislador. Entiéndase el término  personal como representativo de un colectivo preponderante en un momento determinado.
Tal vez, yo estoy seguro, el principal problema es que se pretende lograr con la ley lo que no se intenta con la educación, porque es más fácil prohibir que convencer, reprimir que formar. Más fácil y habitualmente más lucrativo.
Y si la ley es injusta, si la legalidad es de por sí un apaño humano, y por tanto imperfecto, de unas reglas de convivencia, la forma de aplicarlas y sancionarlas acaba por lograr un entramado económico, ético, político, administrativo, penal de difícil encaje en ningún acercamiento a una utopía social. Por agravio en unos casos, por  ineficacia en otros, por incapacidad en los más, pero sobre todo por la imposibilidad de cuadrar las técnicas penales con las realidades individuales en las circunstancias actuales.
La pena de privación de libertad, por muy confortable que sea el lugar en el que se produzca, es sin duda la más terrible, la de mayor violencia punitiva respecto al individuo. No hay nada más tremendo e irrecuperable que el tiempo en el que no puedes disponer de tu vida libremente. Tal vez los que hemos hecho el servicio militar conozcamos, levemente, la sensación de frustración y pérdida que esas situaciones producen.
Llevamos un tiempo a vueltas con la prisión permanente revisable, con su constitucionalidad, con su pertinencia, con su aplicación, con su encaje en los derechos humanos, con su conveniencia en definitiva. Es, seguramente, la mayor de las penas que se puede imponer. Que se puede imponer legalmente, porque sin duda la mayor pena es la muerte. Y no, que esos que ya se han llevado las manos a la cabeza las bajen, no estoy reclamando, jamás lo haría, la pena de muerte, pero tampoco puedo olvidar que hay individuos que se arrogan esa potestad sin que nadie se la haya otorgado.
No hay nada más definitivo que la muerte, incluso para los que crean en otras vidas, y es por ello que aquellos que matan por perversión, por inclinación, por casualidad, por vocación o por cualquier otro móvil que se nos pueda ocurrir, han infligido a otro la pena máxima e irreversible. La capacidad punitiva de la ley tiene dos finalidades que han de balancearse a la hora de aplicarse, la prevención de la repetición del delito y la re educación del delincuente como método para evitar esa repetición.
Pero esa re educación debe llevar aparejadas la capacidad de arrepentimiento, la asunción de la culpa y la inequívoca voluntad de no repetirla. Si en un individuo no se dan estas premisas, si un individuo se muestra impermeable al horror perpetrado, si muestra una, aunque sea leve, tendencia a la repetición de su crimen, ningún tiempo que transcurra privado de libertad garantizará que no vuelva a cometer la misma acción una vez devuelto a la sociedad, que no estará preparada, ni tendrá defensa contra su decisión. El tiempo es un castigo, no un bálsamo ni una solución a un problema.
La muerte, por única e irreversible, es excepcional, y yo estoy convencido que aquellos que matan deben de estar sujetos a una pena excepcional. Excepcional en su dureza y excepcional en la justeza y magnanimidad con la que debe de ser tratado su término “revisable”, que siempre deberá imponerse al de “permanente”.  Matar por accidente lleva implícita la culpa de lo acaecido y su pena está implícita en su recuerdo, pero aquellos que matan por inclinación, por deformación o por voluntad deben de ser apartados de la sociedad hasta que demuestren una capacidad de superar los motivos que los llevaron a privar definitivamente de la libertad de vivir a otros.
No a la venganza, sí a la justicia y sí, sobre todo, a la defensa de las posibles víctimas. Ningún discurso ético, ninguna posición moral o discurso político puede devolver la vida a quién se haya visto privado de ella, y la ley debe de proteger primero a la víctima potencial, y después, solo después, al verdugo si tiene recuperación social posible. No es justo, como de hecho ha sucedido, mirar para otro lado decidiendo la falta de idoneidad preventiva de una solución penal no aplicada a un verdugo como pirueta ética para justificar una posición respecto a esa solución penal. No es justo, no es ético, es innecesariamente cruel con el entorno afectivo de la víctima y por tanto reprobable para los que lo han usado tan inconvenientemente y con bastante falta de respeto. En un sentido y en otro.
Yo no soy Laura, ni soy Sandra, ni soy tantas víctimas de asesinos que en nuestra sociedad se producen. Pero tampoco soy un vengador, un iluminado, ni ninguna suerte de justiciero. Solo pretendo ser alguien que reflexiona y que tras hacerlo opina, con todos los peros y todos los pros sobre la mesa, sobre algo que la sociedad demanda, o condena.
En este caso sobre la pena de prisión revisable permanente. En este caso, y mientras haya asesinos no re insertables, por los motivos que sean y que no importan tanto como la vida de la posibles víctimas, sin frentismos ideológicos ni revanchismos emociónales a favor de su aplicación excepcional y magnánima cuando así la evolución del reo lo aconseje.

martes, 25 de septiembre de 2018

Señora puta:


Sea lo que sea en lo único en lo que seguro que hay acuerdo es en que es el más antiguo del mundo. No cabe duda de que es un oficio y como tal lo desempeñan miles de mujeres y hombres, que sí, que de verdad, que hombres también, en todo el mundo. Sobre que sea un delito o un pecado solo corresponde a posiciones éticas y morales que pretendo que no me incumban, sobre todo porque tengo las mías y me siento impelido a evitar que me colonicen con otras, pacatas, mojigatas, victorianas sean bajo la excusa de una moral dictada por unas alturas tan altas que no alcanzo, o por unas posiciones ideológicas que solo conciben un mundo con pensamiento y comportamiento uniformes.
Si tuviera alguna duda  al respecto de mi posición sobre el tema me bastaría con ver como es atacado, con argumentos diferentes, con motivaciones diferentes, desde la izquierda y desde la derecha con igual saña y, hasta el momento, con igual falta de éxito.
La prostitución existe, perdón Teruel, y existe desde que existe la memoria del hombre. La prostitución existe y en ciertos momentos históricos ha alcanzado tal prestigio social que las concubinas tenían un mayor peso en el devenir de los estados que las reinas o los ministros.
Solemos pensar en la prostitución como en un antro de explotación, de miseria, de corrupción puramente masculina. Es una visión un tanto certera en lo que respecta a una mayoría de situaciones, pero si la analizamos globalmente, con una cierta frialdad y con perspectiva, comprobaremos sin demasiado trabajo que es una visión interesada, una visión que sirve a los fines de ciertas personas, instituciones, ideologías, poderes, preocupados en la estigmatización de la prostitución para su mayor manejo y lucro, o simplemente porque no conciben que exista un mundo diferente al que ellos consideran idóneo.
No voy a defender la explotación de ciertos seres humanos por parte de las mafias, pero no la voy a defender ni en la prostitución, ni en la emigración, ni en la donación de órganos, ni en tantas otras cuestiones y recovecos como las mafias aprovechan, valiéndose de la miseria ajena, para sacar partido de las necesidades ajenas. Pero por lo mismo que no voy a pedir la ilegalización de las donaciones porque las mafias se lucran de ellas, sí voy a pedir la legalización y la normalización, de norma, no de uso, de la prostitución, y voy a saludar con alborozo e interés la creación de ese sindicato que tanto parece horrorizar a la izquierda mojigata como escandalizar a una derecha pacata y victoriana
Algo tendrá el agua cuando la bendicen, algo tenga la prostitución cuando tantos tienen tanto interés en perseguirla.
Yo, afortunado de mí, nunca he requerido de sus servicios, pero no por ello puedo considerarme mejor ni peor, tal vez, incluso, el considerarme afortunado no sea más que un prejuicio que aún no he conseguido superar. Tal vez, pudiera ser, porque aún no haya superado el recuerdo de cierto amigo de mi adolescencia que debido a sus malformaciones no consiguió que ninguna mujer atendiera a sus requerimientos amorosos salvo que fueran acompañados de una contraprestación económica. A veces el amor, a pesar de ser ciego, encuentra algún resquicio por el que mirar y solo considera la normalidad física para lanzar sus flechas.
Prohibir la prostitución, ocultarla, estigmatizarla, no va a hacerla desaparecer, pero lo que si lograría una regulación moderna, acorde con la sociedad en libertad que pretendemos, es evitar la proliferación de las mafias, que viven cómodas en la ilegalidad, es el halo de delincuencia que genera todo lo proscrito, son las inevitables secuelas sanitarias que la falta de rigor normativo puede llevar aparejadas.
Una sociedad antigua menos libre que la nuestra, tenía unos usos, en cuestiones sexuales, que si no eran justos, ni deseables, si eran mucho más diáfanos y consecuentes con sus normas. Desde la injusticia, desde la desigualdad, desde la gazmoñería, desde la hipocresía. Sí, pero integrando en un papel, aunque fuera marginal y social y pretendidamente ignorado, esta práctica como algo inherente a la sociedad y a la convivencia.
Podríamos tirar de historia, y sería larguísima. Podríamos tirar de argumentos, y serían muchísimos. Tiremos simplemente de sentido práctico. Mientras el amor no sea totalmente ciego, mientras haya hombres y mujeres que tengan necesidades sexuales no cubiertas en relaciones estables, o sin relaciones estables, la prostitución, sin género, sin explotaciones inadmisibles, sin cargas éticas o morales ajenas al practicante y al demandante, será una necesidad social que cuanto más normalizada, de norma no de uso, esté menos cobijo dará a indeseables de todo pelo que la usen para lucrase a costa de la explotación ajena. Estoy convencido.
Recordemos, como guión orientativo, cuando cierta eminencia del furor ideológico pretendió prohibir que los enanos -ya me jode aclararlo pero lo aclaro-, dicho sea lo de enano sin ningún otro afán que el de la simplicidad descriptiva, participaran en espectáculos en su calidad de tales, y estuvo a punto de mandar a la miseria a tantos que viven de actividades que los requieren por su aspecto físico.
En resumen, y por mi parte, bienvenidas señoras putas sindicadas, mi solidaridad, mi apoyo y mi absoluto respeto a su iniciativa. Solo espero que no lleguen en el fututo a estar tan integradas que algún ideólogo de excesivo tiempo libre me intente obligar a llamarles señoritas de compañía retribuida. Yo, con su permiso, les seguiré llamando putas, sin cargas y en la seguridad de que ustedes y yo nos entendemos, léxicamente hablando.

domingo, 29 de julio de 2018

La justicia a gritos


¿Justicia o ruido mediático? Esa es la cuestión. ¿Hasta qué punto es admisible la presión radical en aras de una justicia popular? ¿Es ese, realmente, el modelo de justicia que demanda nuestra sociedad? ¿Cuánta presión pueden soportar los jueces en los casos mediáticos? ¿Hay motivos para que la soporten?
Son todas preguntas que emanan de una actualidad excesivamente radicalizada, de una actualidad excesivamente gritona y coercitiva en la que determinados grupos quieren, mediante el ruido y la presión, hacerse pasar por representantes de una mayoría de opinión que no existe en la realidad, de una actualidad en la que el activismo quiere quebrar el brazo de una justicia a veces excesivamente tímida, desprotegida y señalada por su ineficacia, por su tardanza, por su rigidez y por su alineamiento ideológico.
No puedo evitar dejar de sorprenderme porque existan jueces señalados como conservadores y otros como progresistas, por lo que ello implica, desde el minuto cero de un proceso salpicado por la ideología, para la neutralidad de alguien que tiene que analizar con el mayor rigor e independencia unos hechos y actitudes para emitir un veredicto que se supone imparcial.
¿Puede un juez conservador juzgar con equidad un proceso sobre actitudes e implicaciones presuntamente progresistas? ¿Puede juzgar un juez progresista sin sospecha a un grupo de conservadores y sus actitudes e implicaciones? La respuesta debería de ser que ante unos hechos y unas actuaciones ningún juez es progresista o conservador, es simplemente juez. Debería de ser, pero no lo es. Ni lo es ni lo puede ser cuando desde la prensa, desde las organizaciones políticas, sean partidos, asociaciones o grupos de presión de cualquier índole, o desde cualquier  ámbito pre posicionado se señala desde antes, durante y después, si la sentencia no es la deseada por ellos, la sospecha de que la posición ideológica, o simplemente ética, del juez de turno va a anteponerse a la justicia, a la aplicación rigurosa de la legalidad vigente, que le ha sido encomendada por su cargo.
Basta así cualquier motivo, incluso ninguno, en cualquier momento para ir socavando la credibilidad del juez, y de las instituciones a las que representa, para crear un clima propicio a la imposición por algarada, por acoso mediático o por linchamiento del funcionario, y considerar su actuación impropia por diferencia ideológica, o ética, de base.  Y está pasando, y está pasando a diario y las voces radicales e interesadas se unen en un ejercicio de buenismo de muchos que se cuestionan todo desde posiciones ideológicas más templadas que moderadas.
Y una vez desacreditada la justicia, valor básico de la democracia, y que el sistema se tambalee, ciertos objetivos estarán más cercanos. Si los gritos tienen mayor peso que los valores, a gritos gobernaremos, a gritos nos moveremos, a gritos se determinará quién puede hablar y quién tiene que callarse, qué se puede hacer, qué es lícito y qué es ilícito, y nadie conocerá cuales son sus derechos y cuales sus obligaciones hasta que los gritos los refrenden o los sancionen. No habrá legalidad, se gritará, no habrá libertad, se gritará, no habrá igualdad porque dependerá del volumen de los gritos que despierte su ejercicio.
A mí un sistema en el que mi vida dependa de los gritos a favor o en contra, sobre todo en contra, que mis actos puedan ocasionar, no me interesa. Entre otras cosas porque soy de poco gritar y enseguida me quedo afónico. Y porque a mí me importan más los valores, más que las ideologías, más que la necesidad de tener razón, más que los gritos desaforados, convencidos o pagados, de los que van o de los que pasan por allí, más que la necesidad de que mi entorno me diga lo mucho que le gusta lo que digo. Eso sin contar que, habitualmente, los gritos son inversamente proporcionales a la profundidad del argumento gritado, y por este motivo prefiero una sociedad susurrante y dialogante, que practica el respeto y valora los derechos ajenos en el mismo nivel que los propios, a otra que perdido el respeto hacia los demás grita e insulta como único medio para imponer los derechos y convicciones propios sobre los ajenos.
A veces hay que elegir. A veces hay que decantarse por lo que no funciona bien porque la alternativa funciona aún peor y porque parte de nuestra vida consiste en enmendar nuestros errores e intentar hacer perfecto lo imperfecto.
Yo elijo democracia, elijo libertad, igualdad y justicia imperfecta antes que gritos, imposiciones y justicia arbitraria. A lo mejor es cosa de la edad, o a lo peor de la experiencia.

domingo, 29 de abril de 2018

La ciega, los sordos y los que no quieren oir


Es difícil pensar, es difícil que hable la cabeza cuando las tripas están revueltas, pero tal vez por eso es tan importante escuchar en los momentos de zozobra, antes de que las pasiones te arrebaten definitivamente la razón.
Leía con atención máxima a mis amigos del mundo legal e intentaba, con cierta frustración, comprender las razones técnicas que ellos aportaban sobre el controvertido tema de la sentencia a ese grupúsculo infrahumano, de infausto, pero certero intelectualmente, nombre, juzgado en Navarra en estas fechas pasadas. Leía con atención y con intención su disertación sobre la pericia y la exactitud de la sentencia en cuanto esta se ajustaba a derecho.
Y entonces empezó a hacerse la luz en mi cabeza. Donde yo, y tantos como yo, y seguramente ellos, hablabamos de justicia ellos hablaban de derecho, de legalidad. Donde yo clamaba contra un acto inhumano, intolerable, indigno de la condición de ser sintiente, ellos hablaban de hechos regulados, de agravantes, de eximentes, de interpretaciones jurídicas, de la ley. Donde a mí se me desbordaban los sentimientos, la rabia, la frustración, la indignación, a ellos les brotaba el análisis frío y distante de la aplicación de una técnica y la brillantez y exactitud de su resultado.
Donde yo exigía un castigo por un delito constatable de lesa humanidad, por un abuso innoble, intolerable, cobarde y descerebrado, ellos hablaban de una condena por hechos probados ajustada a derecho.
¿Quién tiene entonces la razón? ¿Los que desearíamos la aplicación inmediata y feroz de la ley de Lynch, el ojo por ojo y diente por diente para las mujeres de sus familias?¿O los que defienden que la única posibilidad civilizada es la aplicación de la ley por mucho que sus resultados no nos satisfagan?
Seguramente todos… y ninguno. Es lógico y razonable que ante actos execrables como asesinatos infantiles, violaciones múltiples, que hacen temblar los cimientos de todo aquello en lo que creemos, la sociedad se conmueva, se indigne y se manifieste. Es incluso conveniente. Pero, afortunadamente, y para evitar el tropello al que la masa, por muy social o civilizada que parezca, tiene una clara tendencia nos hemos equipado con unas normas de convivencia, con unos manuales y sus técnicas de aplicación, que determinan de qué forma y en qué circunstancias se puede aplicar el castigo, y cuanto, una vez demostrado que se cometió un acto contario a las leyes y quién fue su autor. O sea, eso que llamamos la ley.
Y entonces ¿Cuál es el problema? Que ni la razón, ni la justicia están al alcance de los hombres, y que en esa frustración que la limitación humana nos impone en todos los órdenes, intelectuales, físicos o morales, nos dotamos de técnicas y herramientas que como humanas son imperfectas, y como imperfectas insatisfactorias en muchas circunstancias. La legalidad es el intento humano de acercarse a la justicia, pero precisamente porque lo es, humano, ese acercamiento se hace siempre desde una sensibilidad de parte, la que tiene el que promueve y dicta la ley. Por eso las leyes dicen cosas diferentes en territorios diferentes aunque sean sobre una temática común. El poder legislativo es político y por tanto legisla con un ojito cerrado mientras el otro no lo puede abrir.
Es verdad que ante sentencias como ésta la insatisfacción popular, y la mía personal, son palmarias, pero también es cierto, aunque las tripas se impongan, que con un poco de pausa uno acaba pensando que a la larga es menos injusta una legalidad en la que todos saben con qué reglas se juega que la que se produce de forma ciega e inmediata.
Tal vez el debate que toca abrir, el debate que toca abordar, es cuanto más queremos que la legalidad se aproxime a la justicia, aunque para ello primero tendríamos que ponernos de acuerdo en cuales son el concepto y punto de justicia a los que deseamos acercarnos.
No vale cuestionarse éticamente un día la prisión revisable permanente y pedir al siguiente la pena de muerte para un delito concreto. No vale pedir rigor en las condenas de un delito determinado y sin embargo considerar que en otros delitos que nos son más cercanos o simpáticos considerar que la ley debe de mirar para otro lado. O hay ley o no la hay, o se actúa conforme a ella o barra libre para todos, pero con coherencia, y ya todos sabemos de lo que hablamos. O todos tirios o todos troyanos.
Y es que hay gente que solo concibe la legalidad como su instrumento particular de venganza, como aquella herramienta de la cual puede valerse para que se imponga su sentido peculiar y particular de la justicia.
Se conocía, también estos días, también en Navarra, la absolución de una mujer por un delito de violación repetida sobre un menor de 15 años en la casa familiar. Curiosamente muchas de las furibundas reclamantes de un mayor rigor con la sentencia anterior en este oscilaban entre la indiferencia y el peregrino argumento de que al ser la víctima varón no podía haber violación.
¿Cuándo les hacemos caso? ¿Les podemos hacer caso? Insisto, abramos el debate, el de cómo conseguir una legalidad que, como la justicia, sea ciega y a ser posible no tenga género. Neutral, vamos. Sin colorantes ni conservantes.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Un paraíso penal

Con un cierto asombro, en realidad con un cierto recochineo interno, leo las noticias sobre los requerimientos de información que el sistema legal belga realiza al español a cuenta de la extradición de los políticos catalanes que se han instalado en sus tierras.
Tal vez la culpa sea de los Tercios Viejos y cientos de años después el subconsciente flamenco no haya aún logrado pasar página de una historia aún más vieja que los tercios. Tal vez sean cuadros como el de “Las Lanzas” de Velázquez que rememoran episodios incómodos para los habitantes de Flandes, o tal vez solo sea que entre España y Bélgica, entre sus nacionales, sigue existiendo una relación de mínimo respeto mutuo.
Tal vez sea eso, alguna de esas cosas, o todas, lo que sigue asomando los cuernecillos del mutuo desprecio cada vez que existe oportunidad a pesar de que legalmente pertenecemos a un proyecto presumiblemente común, el europeo. Y digo que presumiblemente común porque cada vez que nuestros caminos se cruzan lo único común, lo único que compartimos es el recelo que el otro nos causa. Y le llamo recelo por no dar otras calificaciones que no serían compatibles con los mutuos intereses, aunque, seamos sinceros, si son compatibles con la cruda realidad.
La verdad, la única verdad a nivel oficial, es que Bélgica se convirtió en su momento en un baluarte en el que los terroristas de ETA encontraron acogida. En sus vericuetos legales y en su descarada desconfianza hacia un país que lo último que necesitaba era un socio que protegiera a los que sistemáticamente asesinaban a sus ciudadanos y ponían en jaque a un sistema político que intentaba salir de una larga pesadilla.
Si entonces fue el terrorismo de ETA el vehículo de la falta de solidaridad legal, voy  descartar la política, que el sistema belga utilizó para demostrar su falta de empatía con España, ahora es el acogimiento a unos presuntos delincuentes por sedición la excusa para demostrar, otra vez, que la solidaridad europea no es otra cosa que papel mojado a nivel de dura realidad.
Es verdad que en tiempos de terrorismo Bélgica aún no lo había sufrido en sus carnes y la falta de empatía que sus decisiones demostraban podían interpretarse desde una carencia de solidaridad preocupante, pero en el caso de la sedición Bélgica tiene el diablo en sus propias tierras y tal vez le sería más fácil ponerse en piel ajena. Bastaría con que se planteasen cual sería la actitud si cambiásemos territorios y personajes.
En fin, tantas palabras para decir tan poco. Tantos trámites para llegar a tan pocos sitios. Tantas declaraciones de solidaridad, de amistad, de identidad europea, para al final dar una larga cambiada. Porque yo creo que al final son las tripas, las históricas y las histéricas, las personales de los intervinientes, las que predominan en estas cosas.
O eso, o tal vez debiéramos de empezar a pensar que Bélgica quiere convertirse en un paraíso penal, en el lugar al que peregrinen los delincuentes comunes de todos los países invocando una persecución política que solo los belgas serán capaces, tendrán las tragaderas, de reconocer.

Si yo fuera el presidente del gobierno español tendría una copia a tamaño natural de “La Rendición de Breda” preparada para regalarle al gobierno belga en agradecimiento. Puestos a tocarnos las partes pudendas, al menos que la nuestra sea más fina, y cultural.

sábado, 11 de noviembre de 2017

El veintidós de diciembre

A veces tengo la impresión, sobre todo a la hora de hablar de ciertos temas, que la gente no dice lo que piensa, o muchas más veces aún, que la gente no piensa lo que dice. Hay varias posibilidades intermedias, matices que se llaman, que van del blanco roto al gris muy oscuro, en una sinfonía de tonos que solo la mente femenina es capaz de describir.

El 21 de diciembre, bien evitado el 28, es fecha señalada de urnas, solamente en Cataluña, telediarios y tertulias interpretativas de los resultados que los distintos partidos participantes en esas elecciones hayan obtenido. Jornada de reflexiones, augurios y reconstrucciones de futuro. Como todas las jornadas de comicios, vamos. Nada nuevo ni que nos pueda sorprender.
Pero siendo claro en sus resultados, también quiero serlo en mis predicciones.
Mucha, pero mucha, gente vive una suerte de angustia preguntándose qué va a suceder si el bloque independentista vuelve a sacar más escaños, más votos o ambas cosas. Qué va a suceder si el escenario parlamentario catalán reproduce, aunque sea con diferentes proporciones en los partidos la configuración de bloque que existe actualmente.
Creo, estoy absolutamente convencido, de que hay mucha gente empeñada en comentar este posible escenario como un problema de difícil resolución. Y no es cierto, ni siquiera en el más que probable caso de que tengan razón.
Hay, dada la perversión del sistema electoral catalán, del sistema electoral español, que las zonas rurales impongan su voto sobre las metropolitanas. Su voto, que no sus votos, y logren configurar un parlamento con una mayoría independentista en sus escaños votado por una minoría de ciudadanos. Puede suceder, muy posiblemente suceda. ¿Y qué?
Puede suceder, incluso, que metidos en esta vorágine de verdades del barquero, no el sentido de incuestionables, si no el de verdades que se lleva la más mínima corriente, los independentistas ganen en votos y en escaños. La pregunta sigue siendo la misma, ¿y qué?
Y me hago esta pregunta desde la consciencia antes de que las votaciones pasen a reflejarse en papeletas introducidas en urnas controlables, por ciudadanos controlables y con metodología homologable. Me la hago porque veo el desconcierto, el rumor, el pesimismo, creo que en muchos casos interesado, con el que en muchos círculos se analiza este posible escenario. Sin rigor, sin reflexionar, sin analizar correctamente el día después del veintiuna de diciembre.
El veintidós de diciembre, digan lo que digan las urnas, la ley será la misma que el veinte de diciembre. Nada habrá cambiado salvo la representación de los partidos en un parlamento que tendrá que ponerse a trabajar en la forma de llevar adelante sus programas respetando una ley que estará tan vigente como dos días antes. E igual de vigente e igual de coercitiva si las acciones lo demandan.
¿Para que valen entonces estas elecciones? Para restablecer el marco legal quebrantado desde posturas interesadas y retomar todos los caminos que a partir de entonces se puedan retomar.
Hay varios caminos que la democracia permite a la hora de reivindicar cuestiones, pero todos parten del respeto a la legalidad vigente. Nadie puede condenar las ideas ajenas, nadie puede cambiar de un plumazo, con unos cuantos papeles depositados en unas urnas, los sentimientos con los que las personas los introducen, las esperanzas, las ilusiones, ni los rencores, ni las cuitas. Nadie puede cambiarlos, borrarlos, y nadie debe de ignorarlos.
Así que lo que si debe de suceder el veintidós de diciembre en Cataluña, es que el gobierno de España y el parlamento democráticamente elegido por los catalanes empiece a pensar en donde sentarse, de que hablar y con qué instrumentos recuperar  una situación política que han manejado con sus propios intereses y no con el de los ciudadnos que los votaron, tanto a unos como a otros.
Encontrar, como siempre ha sido su obligación, los puntos de confluencia, los intereses comunes, las convivencias compartibles. Existen y debería de ser más fuertes que la que nos enfrentan. Solo desde la comprensión, solo desde la generosidad, solo desde el sentido común por ambas partes podrán desmontarse las mentiras, los discursos interesados, las exaltaciones de lo propio y diatribas a lo ajenos cultivadas durante años por ambas partes y mantenidas por sectores interesados en la ruptura y el enfrentamiento.

El veintiuno de diciembre toca votar, y el veintidós empezara construir con materiales nuevos, con cordura. Y allá la conciencia de los que tendrán obligación de hacerlo. La historia se lo demandará, o, si persisten en sus errores, los ciudadanos o la ley de forma más inmediata.

viernes, 22 de septiembre de 2017

El largo, aciago e insolidario dos de Octubre

Seguramente el dos de octubre del dos mil diecisiete sea recordado en la historia de España, si es que tal disciplina sigue existiendo después de ese interminable día, como el día más largo. Amaneció el 20 de septiembre del presente y acabará en alguna fecha indeterminada del futuro, futuro de años, sospecho.
Si, hoy es ya dos de octubre, como lo fue ayer y como lo será mañana, muchos mañanas. El problema creado por todos, absolutamente todos, los protagonistas, no tiene ahora, ni en un futuro cercano, una salida que pueda considerarse idónea, ni perdurable.
Con cierta alegría, yo el primero, hablamos del imperio de la ley. Con cierta simplificación del tema muchos defendemos la acción de la ley porque a estas alturas es la única opción que existe, incluso para algunos que tenemos un concepto bastante sospechoso de la ley como instrumento ajeno a la justicia. Pero es que para mantener un valor referente, cuando todo el mundo alrededor se inventa las referencias según sus apetencias, lo primero que es inevitable es restablecer las reglas de juego que inicialmente teníamos todos en común, porque si no es esa opción la otra es barra libre para todos, que a mí, personalmente, me parece interesante.
Pero no caigamos en el mismo error que estamos comentando. No importa ahora lo que me parezca a mí, importa salvaguardar una convivencia que se ha puesto en peligro, que está en grave peligro.
No puedo escribir sobre este tema sin que se me vengan a la cabeza las estrofas de poema “Si” de Rudyard Kipling: “Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila, cuando todo a tu lado es cabeza perdida”. Nadie parece haber leído a Kipling, nadie, al menos, con la suficiente inteligencia para pensar que no está diciendo lo que a él le interesa que diga, con el suficiente criterio político como para plantearse que la negociación, la esencia de la política, es un encuentro de mínimos, no de máximos. Y que para negociar es imprescindible tener la cabeza tranquila.
Mezclando por una vez, y sin que sirva de precedente, churras con merinas, y en este caso hasta con “meninas”, intentaré reflexionar sobre las distintas posturas que he ido percibiendo en todos los ámbitos sociales, desde los medios de comunicación hasta las declaraciones de los partidos, pasando por las redes sociales.
En todos ellos se adivinan dos bloques, los constitucionales y los aconstitucionales – obsérvese que digo aconstitucionales y no anticonstitucionales, y el matiz no es ocioso-
En el primer bloque figuran el PP, el PSOE, Ciudadanos y todas las personas que están a favor, como primera medida, de la aplicación de la ley. En el segundo bloque Podemos, los partidos catalanistas, la CUP, que yo no considero que sea catalanista, y los ciudadanos que consideran que los derechos está por encima de la ley.
  • ·       El PP. Ha sido fiel a su esencia y ha mantenido una posición displicente, soberbia, respecto al problema sabiendo que la fuerza del estado y la ley están de su lado. Su inacción desde el primer momento ha sido, posiblemente, interesada y han conducido a un escenario en que tienen la razón última. Tal vez no han evaluado, o no le ha interesado evaluar, las consecuencias de su actitud el 2 de octubre.
  • ·     Ciudadanos. No sé si decir que se puede decir poco de ellos en este conflicto salvo su inequívoca alineación con las tesis finales del gobierno es positivo o negativo. Su origen catalán y su inequívoca posición frente a cualquier iniciativa soberanista han lastrado su posibilidad de maniobra que ha sido absorbida por los despropósitos parlamentarios de las fuerzas catalanistas. Posiblemente no podían hacer otra cosa que la que han hecho.
  • ·    PSOE. Como siempre instalado en ese extraño espacio en el que todo lo que se dice es reversible. En positivo su posicionamiento al lado del gobierno como corresponde a toda formación con sentido de estado. Lo peor su manía de hablar del dos de octubre antes de que pasara el uno, y los tufillos de sospecha que eso levanta en la masa electoral que necesita para poder llevar a cabo sus propuestas. Mezclar las fechas a veces desconcierta, o revela estrategias que no son compartidas.
  • ·         Podemos. Ha decidido que aunque los demás hablen de Cataluña ellos solo tienen el objetivo de derribar al gobierno. No importa si toca o no toca, no importan las consecuencias, no importa la ley. Hay que aprovechar la ocasión e intentar pescar en Cataluña, y en el resto de España, los votos románticos de izquierda que están perdiendo a borbotones. Eso sí, ya nadie se puede llamar a engaño, queda como una fuerza política con la que nadie puede llamarse a engaño con sus prioridades
  • ·      CUP. Son los grandes triunfadores de todo este enredo. Han conseguido llevar la cuestión a la movilización popular que es el entorno en el que se mueven más cómodos. Han puesto en jaque al sistema y su objetivo del uno de octubre está conseguido, romper el estado. Su objetivo del dos de octubre está más cerca, romper Cataluña – de ahí que no los considere catalanistas-, y así ir rompiendo grupos sociales hasta conseguir un entorno lo suficientemente maleable para poder imponer su ideario
  • ·        Catalanistas. Su permanente instalación en la mentira, en la negación de cualquier regla que no le dé la razón salvo cuando le sea útil. La invocación permanente a foros ajenos al problema intentando que se sientan concernidos. El absoluto descaro y desahogo en el uso de los ciudadanos a los que tendrían que representar, invalida cualquier consideración hacia sus planteamientos. Oportunistas, falaces, absolutistas en sus maneras y ciegos a las consecuencias de sus actos, si buscan la historia espero que la historia los juzgue conforme al daño que su actuación merece. Ellos, que no su pretendida causa, me merecen el mayor desprecio en este teatrillo del que se han erigido en protagonistas principales.
  • ·       Pro procés Ciudadanos de a pie o cabalgados en la fibra. Ponen los derechos por delante de la ley, sin que perciban que la ley es la única garante de los derechos, individuales y colectivos. Cuestionan la capacidad moral del gobierno por sus corruptelas – algo así como que hacieda no puede cobrar los impuestos porque uno de sus funcionarios debe una multa- cuando no invocan derechos que no existen o modifican el rango de los invocados sin importarles la pertinencia del argumento o las consecuencias del mismo. Para mí, casi todos, personas de buena voluntad que hacen de la misma una bandera cuyo revés es la mala voluntad de aquellos a los que quieren justificar.
  • ·        Anti procés. Ciudadanos posicionados junto a la acción del gobierno aunque no necesariamente alineados con él ideológicamente. Defienden la aplicación de la ley y la acción política posterior. Suelen intentar razonar en un ámbito Absolutamente irracional
Al final creo que todo se mueve entre dos categorías irreconciliables de políticos, desgraciadamente electos, que tienen su fiel reflejo en la sociedad civil, que al final será la que resulte maltrecha. A unos no se les ocurre ninguna solución y otros no quieren solución alguna.
Hace años, en un artículo sobre este mismo tema, consideraba que la mayor secuela de un proceso soberanista no son las políticas, si no las fronteras emocionales que durante décadas serán imposibles de desmantelar, y hasta ese momento, no importa la fecha, todos los días serán dos de octubre. El largo, aciago e insolidario dos de octubre.
Me permitiría el optimismo de pensar que lo sucedido servirá de enseñanza para que no vuelva a suceder, pero eso sería confiar en que la soberbia, la ambición y la estulticia habrían sido erradicadas de la faz de la tierra, y no me lo creo.

Que el dos de octubre nos sea leve. 

martes, 8 de agosto de 2017

De la lógica y el sentido común

Uno de los grandes debates que mantengo con mi mujer es sobre la unicidad de la lógica. Pero este debate parte de una falsedad patente. Lo que ella llama lógica es lo que popularmente se conoce como sentido común que no es más que un atajo en el que las certezas se sustituyen por evidencias.
Como experto en lógica informática, asignatura que enseñé durante muchos años, tengo muy claro que la lógica no solo no es única, si no que existen tantas lógicas como personas y posiblemente, aunque esta es una aseveración que precisaría un estudio exhaustivo, existen una lógica masculina y una lógica femenina que tienen un objetivo común pero que se estructuran de diferente forma.
Dirigí durante algunos años, bastantes, equipos de programadores cuya labor era el desarrollo y mantenimiento de programas a medida, allá cuando los lenguajes no eran estructurados y las bases de datos eran lo que nosotros programáramos. Una de las primeras cosas que aprendí es que ante ciertos problemas debes de escoger a una mujer o a un hombre y jamás indistintamente. Me explico, si necesito seguir la secuencia lógica de un problema para descubrir los pasos de un proceso, casi con toda seguridad, necesito a una mujer. No sé si es paciencia, intuición o capacidad mental pero los pasos que sigue una ordenación lógica les son más evidentes que a los hombres. Si lo que necesito es un proceso de depuración de una rutina para logra una mayor versatilidad o velocidad, me inclinaré por un hombre que pondrá en el empeño soluciones originales. No es un problema de capacidades, tanto unos como otras están sobradamente capacitados para resolver cualquier tipo de tarea, es una cuestión de eficacia. Tiempo y rendimiento.
Pero no nos desviemos del tema y pongamos un ejemplo. Cuando empezaba el curso siempre ponía un ejercicio que en la mayor parte de los casos duraba todo el año lectivo: diséñame un organigrama para calcular una raíz cuadrada. Puedo asegurar que ningún alumno completó con éxito total el ejercicio, porque aunque los más brillantes lograban resolver el problema principal ninguno dejaba de caer en los saltos que el sentido común dicta. Todos obviaban el principio del problema dando por sentadas ciertas convenciones que la lógica no permite.
Pongamos un ejemplo ilustrativo aunque en diferente ámbito. Los hombres, hablo de los seres humanos,  trabajamos con la legalidad que se basa en la evidencia, porque nos es inaccesible la justicia que solo puede trabajar con la inalcanzable verdad. ¿Y cuál es la diferencia entre la evidencia y la verdad? La veracidad, porque si intentamos un acercamiento a la veracidad necesitaremos hacer un juicio paralelo de cada uno de los testigos, de cada una de las pruebas, de cada circunstancia anterior y posterior al hecho juzgado. La legalidad es lenta, la justicia eterna.
Había un programa en los años 77 y 78 en TVE, esa que era de todos, que se llamaba “El Monstruo de Sanchezstein” en el que Luis Ricardo, el monstruo en cuestión, tenía que ser dirigido por los niños mediante instrucciones simples y precisas desde su lugar de reposo hasta la zona de regalos y coger uno. Sencillo, ¿no? No. Todos los niños tendían a dar instrucciones inmediatas que Luis Ricardo no entendía.
·         Luis Ricardo, vete hasta donde está la muñeca y cógela. – Luis Ricardo emitía un ruido característico de incomprensión y no se movía- Luis Ricardo avanza veinte pasos- decía entonces la concursante, sin medir exactamente la longitud de la zancada que podía llevar al desastre de llevarse por delante el mostrador de premios y la consiguiente eliminación.
Luis Ricardo era especialmente picajoso en los ángulos de los giros, en las distancias y en los movimientos de cercanía.
·         Luís Ricardo gira a la derecha – Y Luís Ricardo se mareaba girando hacia la derecha como un trompo- Luís Ricardo gira un poco a la izquierda – Y Luís Ricardo se quedaba bloqueado decidiendo que era un poco.
·         Luís Ricardo coge el camión – ya cuando estaba cerca y no entendía que era eso de coger el camión y hacía su ruidito de no entiendo nada- Sube el brazo hasta que yo te diga, abre la mano, estira el brazo hasta tocar el regalo y cógelo. – bueno, eso sí era ejecutable siempre y cuando el regalo fuese de un tamaño razonable para una sola mano, porque si era grande podía suceder que al intentar cogerlo solo con una, lo tirase y el concursante se fuera a casa sin premio-

Muchos de mis alumnos lograron una secuencia lógica que resolvía la raíz cuadrada de cualquier número. Tampoco es muy difícil. Todos consiguieron lo evidente, pero ninguno logro la verdad. Muchos se olvidaban de preguntar cuál era número del que queríamos calcular la raíz cuadrada. Muchos se olvidaban de comunicar el resultado una vez obtenido. Muchos parecían ignorar que existen los números periódicos puros y no incluían una salida a un bucle infinito. Pero lo que no hizo nunca ninguno fue verificar sobre qué base numérica se trabajaba. Y el resultado puede ser diferente.
A veces algo tan elemental marca la diferencia entra la evidencia y la verdad. Entre la lógica y el sentido común.
El sentido común nos dice que siempre trabajamos en base decimal, la lógica lo pregunta. El sentido común nos dice que cuando se obtiene un resultado el objetivo está cumplido, la lógica nos obliga a comunicarlo e, incluso, a verificar que la comunicación se ha efectuado. El sentido común nos hace suponer que cuando nos cansemos de sacar decimales nos pararemos, la lógica nos pregunta si ya queremos pararnos o en cuantos decimales, con que precisión, queremos obtener el cálculo. El sentido común nos dice que no se empieza a calcular hasta que no hay número sobre el que calcular, la lógica nos obliga a preguntarlo o empieza a trabajar sobre el 0.
La lógica trabaja sobre el sí y el no, sin matices que únicamente son consecuencia de una concatenación de preguntas y respuestas. El sentido común es la presunción del matiz preferido como respuesta única. La Lógica obliga a la presunción de inocencia, el sentido común invita a la presunción de culpabilidad. Y no es pequeño el matiz.

Por eso cuando discuto con mi mujer y ella me dice que algo es lógico y que solo existe una lógica yo sé que ya no existe ninguna posible discusión, es de sentido común.

sábado, 18 de febrero de 2017

¿Se acuerda alguien de la Justicia?

La convivencia en una sociedad está marcada por una serie de valores que los individuos que la componen deben de asumir y practicar. Hablamos mucho de libertad, hablamos mucho de tolerancia e incluso de igualdad, pero ¿se acuerda alguien de la justicia?
Si nos atenemos a títulos prebendas y frases rimbombantes  podríamos concluir que la justicia es la virtud colectiva de mayor presencia en las instituciones, la que mayor número de veces es mencionada por los políticos, por los ciudadanos, por la sociedad en general. Hasta existe un Ministerio de Justicia, así, con algunas mayúsculas.
Rara es la vez que no se escucha a los políticos hablar del imperio de la ley para aclarar a continuación que la justicia es la misma para todos.  Pero el día a día, la terca realidad cotidiana viene con obstinación a dejar algo más que dudas en nuestra puerta de la conciencia social. Sin duda este es el imperio de la ley que bordea, pero muy por fuera, el ansia de justicia de los ciudadanos. Eso sí, habitualmente de justicia para los demás.
Porque si algo queda claro, si uno se fija con cuidado, es que cuando hablamos de justicia, a veces hasta con mayúscula, nos estamos refiriendo a aquello que cada uno considera justo para el prójimo, así con minúscula, pero que en absoluto puede aceptar que le sea aplicable a él mismo.
Nos viene de largo. El país que inmortalizó la picaresca, que convirtió el patio de Monipodio en escuela para instituciones públicas, y privadas, solo podrá tener el privilegio de tener unas leyes, o una aplicación de la ley, que reflejen su propio carácter
Un país que grava con impuestos las pensiones, que discrimina a sus ciudadanos en función de la parte territorial en la que residan, que consiente que ciertas entidades privadas se enriquezcan a costa de la miseria de sus ciudadanos, que permite que el frío, el hambre o la educación de sus administrados sean objeto de dividendos, que permite la especulación con la vivienda de los que se quedan en la calle y que se les arruine de por vida, que institucionaliza e incluso permite que se abuse de leyes y normas recaudatorias, que hace de la presunción de inocencia un títere en manos de la presunción de veracidad de los funcionarios, ese país, puede que sea el imperio de la ley, pero sobre la justicia ni llega a sospechar que exista.
Es verdad, a que negarlo, que la Justicia es rea de la Verdad, y que a nivel humano la Verdad es un concepto inalcanzable. Qué duda cabe. Pero de ahí a promover y legislar para promover la injusticia va un trecho que en muchos casos ya se ha recorrido. Y por eso, precisamente por eso, el único acercamiento a la justicia que le cabe al ciudadano es que no se le considere culpable salvo que se pueda demostrar lo contrario.  Son la presunción de inocencia y la probatura de culpabilidad. Demostrar la inocencia es en muchos casos y tal como está montado el sistema, una imposibilidad, imposibilidad que favorece siempre al que detenta la administración. Leer “El Proceso” de Kafka puede resultar una suave introducción a esa realidad.
Yo no sé, puedo tener sospechas, incluso fundadas, si la Infanta es culpable o inocente, ni lo sé ni me importa con este planteamiento que ya de raíz es injusto. Porque la causa que se seguía era por un tema económico, no de nombre, no de cuna, no de institución o político. Estos condicionantes del personaje no pueden, no deberían de, afectar a la justicia, no deberían de afectar a su aplicación legal.
Pero los linchadores de rigor, los que solo están dispuestos a aceptar un resultado, ya se han lanzado a la calle, a la física y a la mediática, para, sin pruebas, sin otros argumentos que la sospecha, la suposición o el rechazo hacia la institución a la que pertenece, condenar a la persona por ser personaje. Eso no es Justicia, eso no es ni siquiera legal, pero da igual, por ser quien es o por pertenecer a lo que pertenece algunos ya la consideran culpable sin remisión. Triste sentido de la justicia. Nulo sentido de la legalidad. Volvamos entonces a ley de Lynch, a los tribunales populares o a las confesiones por tortura, y que dios nos pille confesados si a alguno de nuestros vecinos le parecemos culpables de algo, posiblemente nos encuentren emplumados, colgados de un árbol al amanecer o perezcamos en una hoguera en alguna plaza pública. Aunque ahora que lo pienso ya hemos vuelto, ya tenemos ajusticiados al amanecer, periodístico o mediático, sin juicio previo y sin acceso a la presunción de inocencia. Ya algunos pobres infelices mueren víctimas del acoso o de la violencia gratuita de aquellos que no soportan la libertad ajena.
Aunque yo tampoco crea en mi fuero interno que la sentencia sea justa, sí considero que es legal. Nadie me ha podido demostrar, yo al menos no lo veo, la culpabilidad de la persona. Nadie ha aportado pruebas, nadie ha declarado su culpabilidad con contundencia y sin beneficio propio. Y en ese caso prima la presunción de inocencia, para mí y para cualquier persona o personaje.
Y para colmo, en medio de este batiburrillo que marca, como cada día en cada juzgado, como cada día en cada ciudad y pueblo del mundo mundial, la infranqueable distancia que media entre la legalidad y la Justicia, cierto juez directamente implicado en el caso se descuelga con unas declaraciones públicas en las que se dedica a verter a la opinión pública, a través de la publicada, sus sospechas, sus insinuaciones, sus particulares y personales apreciaciones de indicios no compartidos por los jueces que han visto el caso.
Bien, señor juez, bien. Seguramente habrá una gran parte de la opinión de la calle, y de la de los medios de comunicación, que lo considerarán un héroe popular. Espero que se conforme con eso, o que sea eso lo que sus palabras han buscado. Para mí un juez que hace una demostración tal de no creer en la presunción de inocencia me parece patético, no personalmente, no individualmente, si no como persona formada y encargada de administrar las leyes. Como persona que, posiblemente, acabe siendo Personaje.
En el cuento “Ley y Justicia”, del libro “Arnulfo Aprendiz”, Arnulfo le pregunta a su Maestro:
-              Maestro, ¿Por qué existen más leyes que instantes tiene la vida de un hombre? Y ¿por qué casi todas, si no todas, son injustas?

Si a la injusticia palmaria de las leyes, y por propia iniciativa, le sumamos la negación contumaz e interesada del principio de presunción de inocencia acabaremos acostumbrándonos a que aparezcan cadáveres en el río o emparedados en las viviendas, y proliferarán los miserables que marquen la culpabilidad de los demás. Eso sí, entonces podremos ahorrar unos dineros en estructuras legales que permitan un mayor enriquecimiento de los de siempre, y el poder ilimitado y omnímodo que proporciona administrar la injusticia.

domingo, 13 de marzo de 2016

La Guerra del Humo

Siempre se ha dicho que por el humo se sabe dónde está el fuego, pero, como la realidad es terca, esto no es siempre cierto y a veces el humo no hace otra cosa que enmascarar la realidad hurtándola a nuestros ojos acostumbrados a la mirada franca y directa.
Es táctica consabida y habitual el realizar maniobras de distracción que oculten el verdadero fin del movimiento realizado. Y no, no estoy haciendo un ejercicio militar, ni retórico estético, lo que estoy intentando es introducir al lector en los entresijos de una guerra administrativa que, a pesar de su importancia e impacto para muchas familias, está pasando prácticamente puntillas por la prensa y el conocimiento de los ciudadanos.
La guerra del humo. La guerra inmisericorde y sin prisioneros que la administración, por medio del organismo autónomo ad hoc, y parece ser que autocrático y de métodos autoritarios –por no calificarlos, que los califico, de despóticos-, ha emprendido contra el colectivo de estanqueros en nuestro país.
Este colectivo, más de trece mil concesionarios,  se siente directamente agredido por un organismo diseñado para regular el mercado, el monopolio, del tabaco y que en los últimos tiempos se ha vuelto una pesadilla para estas empresas de ámbito familiar que han tenido la desgracia de fundar sus esperanzas de supervivencia en un sector que hasta este momento era estable. Ya se sabe que en España había dos formas de asegurarse el futuro, ser funcionario o poner un estanco.
Yo siempre había creído que en la legalidad, ya sabemos que la justicia es otra cosa, el principio de la proporcionalidad entre la causa y la sanción impuesta era inamovible. En lo que nunca había caído es en que este principio de proporcionalidad no explicaba la proporción y proporcional es todo aquello que se obtiene de multiplicar cualquier cantidad por cualquier razón. ¿Es proporcional una multa de 120.000 € para sancionar un contrato de 600 € anuales? ¿Es proporcional una multa de 12.000 para sancionar el costo de un mechero que se regale a un cliente? Y sin embargo esto es lo que les está sucediendo a los estanqueros. Esto y que como el mencionado organismo autónomo es juez y parte, en sus estatutos está que una de sus fuentes de financiación son las sanciones, aquellos que las reciben se sienten inermes e indefensos ante sus proporcionadas e inamovibles decisiones.
Claro que esto con ser grave no es lo más grave de todo, lo más grave es que existe la sospecha, creo que la fundada sospecha, de que estas sanciones no son más que el humo en los ojos para un fin no confesado.
La UE ha comunicado que en el 2017 el estado español tiene que liberalizar el mercado del tabaco. Acabar con el monopolio que actualmente existe. Normal. Lo de todos los sectores. Pero lo que no tienen otros sectores, y si tiene este, es un colectivo con licencias en vigor, con concesiones firmadas, con contratos válidos, durante veinticinco años y en función de los cuales han realizado unas inversiones y planificación de su vida por las que ahora habrían de ser indemnizados. Indemnizados por el estado que regulaba a cambio de parte y licencia la actividad.
Así que, según parece, las desmesuradas, las proporcionalmente desproporcionadas sanciones no tendrían otro fin que el de obligar a muchos de estos comerciantes a renunciar a su licencia y, a cambio de no arruinarse en el empeño, renunciar a la previsible indemnización a la que la rescisión unilateral del contrato les haría acreedores. Ya se sabe que la legalidad, la justicia es otra cosa, no solo es imprevisible, es además cara, por no decir inalcanzable para ciertas economías

Lo dicho, la guerra del humo. En nuestra administración no se da puntada sin hilo, no se habla a humo de pajas, si no a humo de tabaco, y los estanqueros si de algo saben es de esto.

domingo, 21 de febrero de 2016

Fiscales, testigos y chivatos

A veces, casi siempre, después de leer o escuchar una noticia, una pretendida noticia, me quedo con la sensación de que tengo claro lo que me han contado, pero  me cuesta mucho más, a veces no lo logro, saber qué es lo que me han querido contar realmente, o, en la mayoría de los casos, cual es la noticia real. Eso que saldría en un soporte de información de esos que ya no quedan, porque lo que me han servido en realidad, lo que ha llegado finalmente a mí, es la opinión de un señor que interpreta lo sucedido según sus inclinaciones políticas, religiosas o morales.
Nadie parece pensar que se puede servir una noticia sin más, los hechos concretos y no interpretados. Es como si en un plato me sirvieran comida digerida porque pensaran que soy incapaz de digerirla por mí mismo. En el restauante me levantaría indignado, asqueado, y con la firme intención de no volver nunca más y de difundir el hecho a los cuatro vientos para evitarle el mal trago a cualquier otro incauto que acudiera al tal local.
Pero este comportamiento que, seguramente nadie me lo discutirá, no toleraríamos en algunos ámbitos es nuestra experiencia cotidiana en el mundo de las noticias. El linchamiento mediático justificado en aras de la información, concepto ya retorcido e inexistente, en aras de una libertad de expresión que llevada a los límites actuales ni es libertad, es abuso, ni es expresión, si no mueca feroz, mueca de rabia, gesto de revancha, social, política o religiosa, no augura la posibilidad de una ecuánime puesta en valor de los hechos acontecidos y de los implicados. Si además la crónica pertenece al ámbito judicial yo paso del pasmo al escándalo.
Y es que parece ser que una vez emitida la opinión, una vez prejuzgada la persona por algún entorno o individuo con acceso a los medios de comunicación, en realidad, en su inmensa mayoría, medios de opinión y de presión, la justicia no es sino el instrumento de los mismos para confirmar lo que ya ha sido juzgado. Y si la legalidad, que la justicia es otra cosa, opina lo mismo será bendecida, y si opina lo contrario es que ha sido manipulada, intervenida, mancillada, por la parte contraria, sea esta el gobierno, la oposición, la banca, la iglesia o el “sursuncorda”, personaje muy socorrido para mencionar hasta lo inmencionable.
Porque, y aquí no albergo ni la más mínima duda,  un linchamiento es una injusticia, aunque los linchadores sean los ofendidos y el linchado culpable sin resquicios. Un linchamiento siempre será una venganza, un desahogo, una actitud que hace a los verdugos culpables y al reo un poco más inocente, una acción inmoral que priva de equidad a los oficiantes y de defensa al culpable. Una vergüenza moral para todos los que participan, que, habitualmente, como pretendidos superiores morales, devienen en simples sinvergüenzas por mor de su participación en el reprobable acto.
Pero el colmo del linchamiento, el colmo de la información opinada e  interesada es subvertir el lenguaje para conseguir un efecto más aplastante, y esto, principalmente esta manipulación del lenguaje, es la que me ha llevado a este comentario.
Veía el otro día, plácidamente sentado en mi sofá mientras comía, la información que la televisión de turno me servía sobre el juicio del caso Noos. Comentaba con Isabel, como otras veces, la vergüenza ajena que el coro de enajenados vociferantes me produce, ociosos, o profesionales, que de todo habrá, que se dedican a insultar, a gritar, a poner en escena la entrada de los actores principales –me gustaría también atisbar al corifeo, pero ese seguro que tiene despacho y más ocupaciones-. Comentábamos también la prevención que el encausamiento de la infanta me ocasiona porque estoy convencido de que en exactamente las mismas circunstancias si no fuera infanta no estaría encausada, o en el caso de cualquier otra persona no mediática, o no preeminente, su encausamiento supondría toda una corriente de apoyos personales y descalificaciones ajenas de los mismos que consideran legal  la situación de esta señora solo por pertenecer a la familia que pertenece.
Discurrió la noticia por los  medios habituales y aún tardé un rato en darme cuenta de que, en realidad, no había asistido a una noticia si no a un juicio encubierto, a un prejuicio en el que ya estaba claro quiénes eran los culpables, y solo quedaba por saber a qué pena final serían condenados, y eso me disgustó. Me disgustó hasta tal punto que reparé en que entremezclados entre los actores las ratas abandonaban el barco. Unos pretendidos semi héroes, denominados como “arrepentidos”, se quitaban de en medio a cambio de abundar en la condena de los demás. Unos personajes que alcanzaban la consideración de no culpables a cambio de, método inquisitorial habitual, acusar a los demás. Ver como ciertos protagonistas abandonaban el banquillo de los acusados, o se limpiaban parcialmente las manos con el jabón de la culpa ajena, me produjo un ataque de asco, y la palabra arrepentidos un rechazo absoluto.
Arrepentido es aquel que cometiendo un delito se arrepiente, confiesa y se pone a disposición de la justicia. Arrepentido es aquel que cometido un delito y por mor de su conciencia está dispuesto a asumir su culpabilidad y compensar a los perjudicados por el daño infringido. Arrepentido es aquel que cumpliendo la pena por su falta se arrepiente del mal causado, sin componendas ni compensaciones previas.
Lo otro, lo que nos servía la noticia, era toda una suerte de acusadores con los términos cambiados, dignificados por una actitud moralmente sospechosa.
Según nuestro lenguaje en un juicio existen dos tipos de acusadores: los fiscales y los testigos. Unos son profesionales, los otros son ocasionales, pero en ningún tratado de justicia, en ningún apartado de la legalidad vigente, se contempla a los delatores -soplones, acusicas, chivatos, que les llamábamos en el colegio-, cómo personajes que intervengan en una causa legal. Y para mí los “arrepentidos”, los acusados dispuestos a cambiar su sitio por el de testigos a cambio de un beneficio, no son ni moralmente asumibles ni tienen ningún viso de veracidad, ya que su testimonio carece de equidad al ser parte interesada, y además en sí mismos.
Si además de fiscales, testigos y delatores le sumamos a los cotillas, correveidiles y chismosos profesionales que dan su juicio antes del juicio aprovechándose de un acceso privilegiado a los medios de comunicación, ¿de qué justicia estamos hablando? ¿Qué justicia podemos esperar?
No dudo de que el testimonio que den esos señores “arrepentidos sea cierto”, no dudo de que los acusados sean culpables, no dudo de que la sentencia final sea legal. Dudo de la justicia del proceso, dudo de que los juicios sean prejuzgados mediáticamente. Dudo de que el lenguaje pueda encubrir la cobardía de un comportamiento éticamente reprobable.

Yo creería a pies juntillas a un señor que dijera: “yo voy a testificar por mi conciencia y no quiero ni admito ningún tipo de beneficio porque soy culpable”. Lo otro, lo que yo vi en la noticia fue un “sálvese quien pueda”, fue a las ratas abandonando el barco, a los que se habían enriquecido haciendo una función pública y habían tragado con su parte hasta ser descubiertos legando su culpa a mayor perjuicio de otros. O sea  a chivatos. 

domingo, 6 de abril de 2014

Derribata y Fuga

He dejado pasar un tiempo antes de decidirme a abordar el tema de la semana. La tocata y fuga, más bien derribata y fuga, de Esperanza Aguirre. Y lo hago desde el convencimiento de que hay una mirada al tema en la que ocupados en repartir chanzas, puyas y culpabilidades, casi nadie parece haber reparado y que es de la máxima importancia.

Cierto es, porque es cierto, que la apariencia esperpéntica de la escena –ex alcaldesa huye de la que fue su policía, que la persigue y sufre, algún agente no la policía en general, un ataque de ansiedad-, su desarrollo y su final son para que plumas como las de Mihura o Tono le sacaran todo el jugo disparatado que la historia sugiere, pero también es cierto, y es lo que a mí me preocupa, es que la historia tiene una faceta oculta que muchos ciudadanos que hemos tenido episodios con la policía municipal de Madrid, y no dudo que con muchas otras sea lo mismo, no podemos dejar de tener en cuenta. La presunción de veracidad de la policía municipal, de cualquier policía o entidad estatal, es una trampa en la que se estrella sistemáticamente el derecho a la justicia del ciudadano. Lo que ellos digan es cierto sin necesidad de ningún tipo de prueba y el ciudadano tiene que demostrar que es inocente, no ellos que es culpable.

Si, hablo de la presunción de inocencia y la conculcación diaria y sistemática de ese principio por parte de unos agentes, funcionarios o personal auxiliar, que en algunas de sus actuaciones se desenvuelven con total desapego hacia el ciudadano sin reparar en el daño que causan, o importándoles un bledo, y dejándole inerme en sus derechos y habitualmente en su bolsillo. Y también de un público dispuesto a linchar al policía o al personaje mediático, ¿se dice así?,  en función de las siglas de sus amores. En ambos casos hablo de una perversión ética.

Esta no es una visión que pretenda exculpar a la señora Aguirre, que no tiene justificación posible en su comportamiento si se demostrara cierto, y del que por otro lado no hay más testimonio que el de los agentes implicados y su presunción de veracidad, que para mí es como si no hubiera nada porque no creo en esa veracidad después de haberlos visto declarar en un juicio algo absolutamente diferente a lo vivido.

Sufra la señora Aguirre en sus carnes el desarrollo que ella y los suyos, y los suyos opositores han contribuido a poner en marcha contra el ciudadano de a pié, y valga este episodio como una llamada a recuperar la presunción de inocencia tan enunciada, referida y pisoteada. No en vano en castellano existe un refrán que demuestra hasta qué punto en nuestro país eso de la presunción de inocencia no casa en la vivencia popular: “Cuando el río suena…”


Si señor juez, yo, el presuntamente inocente, soy culpable salvo que milagrosamente pueda demostrar lo contario, ante la ley, ante la policía, ante hacienda  y ante cualquier organismo estatatal o paraestatal que para mi desgracia haya decidido considerarme culpable. Bueno, pueda demostrarlo y tenga recursos económicos para intentarlo.

viernes, 3 de mayo de 2013

Legalidad Versus Justicia


Comentaba, en una de esas charlas en las que la inteligencia de tu interlocutor –y en este caso amigo- obliga a la tuya a tirar de recursos y enriquecerse, sobre la situación general del país o País S.A. –que diría el Forges-. Esta banal y desesperanzada conversación, que hoy por hoy predomina incluso sobre los debates del fútbol o la poesía –por dios, la ironía, ¿donde queda la ironía?-, nos llevó en un recorrido típico de la economía a los parados, de los parados a la política, de la política al gobierno, del gobierno a los tribunales y sin pausa a la justicia. Y llegados a este punto yo me planté: hablemos de legalidad pero de justicia hay poco que decir, espeté a mi interlocutor.
Y ahí, en ese amargo, en ese oscuro punto de dolor moral y/o ético atrincheré mis más sentidas y emotivas posiciones. Ante la acometida de mi interlocutor reclamando la identidad de ambos términos yo me negué a que equiparación sea lo mismo que identidad. Negué que pueda haber un ministro –ni un ministerio- de justicia, si de legalidad, rebatí aún con más énfasis que los jueces actuales impartan justicia, si la aplicación de la legalidad vigente, y denuncié con rigor y pasión que el uso de las palabras puede trastocar el verdadero significado, la esencia íntima de los conceptos a los que pretenden referirse.
Sea, dijo mi interlocutor, dame algunos ejemplos.
-          Que un individuo esté viviendo en la calle por no poder pagar una vivienda en tanto hay viviendas vacías con las que ciertos colectivos se lucran es legal, pero no es justo
-          Que algunas personas pasen necesidad cuando otras, individuales o colectivas, destruyen bienes para evitar fluctuaciones de precios que les perjudiquen es legal, pero no es justo
-          Que algunos nazcan con la vida resuelta y gocen oportunidades no merecidas más que por cuna  en tanto otros por su simple nacimiento tienen todas las papeletas para acabar en la miseria y la estulticia es legal, pero no es justo
-          Que alguien pueda ganar en un día lo que un continente entero  sumido en la hambruna necesita para comer ese mismo día es legal, pero no es justo.
-          Que haya personas que amasan fortunas por encima de la posibilidad de disponer, no despilfarrar, no malversar, disponer, de ellas es legal, pero no es justo.
-          Que haya un ministro que grava económicamente el acceso de los más desfavorecidos a la legalidad con artimañas verbales y técnicas es legal, ya sí, pero no es justo.
-          Que se condene a alguien a la muerte es, en algunos lugares, legal, pero no es justo
-          Que se prive a alguien de libertad a causa de sus opiniones es, en algunos lugares –en la mayoría-, legal, pero no es justo
-          Que los asesinos recalcitrantes, los ladrones contumaces, los violadores irredentos puedan pasearse en libertad entre el resto de los ciudadanos es legal, pero no es justo.
-          Que lo que hoy es legal mañana pueda ser ilegal y viceversa es legalidad, pero no es justicia.




En mi opinión, y es la mía, la legalidad es un entorno técnico en algunos casos coloreado políticamente con claros visos de la preponderancia de unos colectivos que detentan la razón del momento –el poder- sobre otros que no siempre son peores, pero  la justicia es un concepto únicamente ético o moral que debe de satisfacer la razón de un individuo, individual o colectivo insisto, sobre otro independientemente del poder que detente en ese momento o del tiempo histórico en el que se plantee el conflicto.
No me dio la razón, olvidemos imposibilidades, pero tampoco argumentó en contra de mis ejemplos. Parafraseando a Quevedo, cambiose de tema y no hubo nada, ni siquiera justicia.