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domingo, 2 de junio de 2019

De fascistas y antifascistas


Tal como se ha puesto la situación dialéctica, y parafraseando al poeta, podríamos espetar sin epatar aquella frase que dice:  ”¿Y tú me lo preguntas? Fascista eres tú”

Tan barato han puesto ciertos energúmenos que por las redes sociales pululan vertiendo a diestro y siniestro, esto es a izquierdas y a derechas, su veneno pseudo ideológico que ya, hoy por hoy, es fascista, para personajes que se creen de izquierdas sin ser capaces de hilvanar más de dos mejoras sociales que no le hayan soplado al oído sus líderes,  cualquiera que discrepe con sus ideas.

Fascista, si existiera una clasificación ad hoc, sería el adjetivo calificativo más usado para descalificar en cualquier conato de debate. Fascista es el tapón dialéctico más utilizado para atacar a las ideas ajenas sin contraponer las propias, por falta de ellas o por incapacidad para desarrollarlas hasta convencer. Fascista es el argumento definitivo más usado para quién rebasado en su razón pretende quedarse con ella.

Se usa tanto, tanto, tanto y tan mal que un término que, dadas sus consecuencias para la humanidad, debería estar guardado en el armario de los horrores léxicos, para que su sola pronunciación pusiera los pelos de punta, se ha banalizado hasta no significar otra cosa que  un escape intelectual para incapaces de pensar por sí mismos.

Dice el DRAE:
  1. adj. Perteneciente o relativo al fascismo.
  2. adj. Partidario del fascismo. Apl. a pers., u. t. c. s.
  3. adj. Excesivamente autoritario.

Habría que añadir la cuarta acepción: “Persona que tiene un criterio diferente al que califica”. E  incluso una quinta: “Persona de actitud violenta con tendencia a imponer su criterio ideológico por la fuerza”.  Si, ya lo sé, criterio e ideológico apenas son compatibles, pero lo digo por clarificar, dialécticamente.

Habría que ponerse a escribir las “hazañas” del fascismo tradicional, y las del no menos fascista “comunismo” del siglo XX, para que con los pelos de punta pudiéramos, muerto a muerto, con caras, con nombres, con testimonios de sus familias, recuperar una leve sombra del horror de los que lo vivieron. Debiera bastar este ejercicio para que la palabra no se volviera a usar  salvo para situaciones de lesa humanidad y por personas de elevada solvencia intelectual.

Calificaciones que se usan banalmente, ignorando la sangre y el sufrimiento producido por las actitudes intolerantes y totalitarias, o sesgándolas, o apropiándose para el propio interés de un concepto  de tamaña crueldad, deberían de descalificar automáticamente al calificador. Y si es político aún más, aún mayor debería de ser el ostracismo al que debiera ser sometido. Jugar con el horror, con la muerte, con el dolor, con la humillación de una gran cantidad de seres humanos debería de producir, al mismo tiempo, asco y rechazo. En definitiva, que el uso inadecuado de estos adjetivos, cualquiera que comporte crímenes por opinión, debiera de ser perseguido y castigado.

Pero no es así. Seguimos banalizando el peligro, seguimos minimizando el riesgo de que, como en el cuento de Pedro y el lobo, cuando venga el lobo de verdad no tengamos un recurso léxico eficaz para advertir el peligro.

En realidad ya está sucediendo, ya dices que viene el fascismo y no sabes si mirar para el que lo dice, para donde apunta, para ninguno de esos sitios o para todos lados. O, tal vez, lo más habitual, mirar para otro lado en actitud de cansancio y desprecio por el que lo ha dicho.
Desde luego, si yo quisiera una vuelta del fascismo lo primero que haría sería vaciar de contenido la palabra, violentar su significado hasta que no significara nada concreto, vulgarizar el sonido hasta que no produjera ninguna sensación de peligro o de rechazo, banalizar el término hasta que los que pretendieran señalarme no tuvieran dedos con los que hacerlo.

Y en eso, me temo, estamos. Basta con asomarse a una red social y discrepar en vez de pulsar el “me gusta” para ser automáticamente tildado de fascista. Curiosamente, en muchos casos, con actitudes absolutamente fascistas protagonizadas por autodenominados antifascistas.

Lo cual me lleva a una última reflexión, en general, ¿hay algo más pro que un anti? Yo, ahí lo dejo.

domingo, 31 de julio de 2016

De radical a fascista en un santiamén

El problema, o no, de las redes sociales es la repercusión de todo lo que se dice en ellas y que una vez dicho es complicado que se olvide e incluso rectificar lo dicho. Baste como ejemplo el de Kuala Lumpur y Leticia Sabater.
Pero si muchas cosas han quedado al descubierto en estos medios la que más me preocupa es la radicalidad, la irracional y peligrosa radicalidad, de ciertas posiciones. Supongo que el amparo de decir cosas sin tener a nadie enfrente que se las rebata con una cierta seriedad y el tirón de tener no sé cuántos “seguidores”, siempre prestos a la alabanza, los más esforzados, o al simple y fácil acto de pulsar el me gusta, a veces de forma “mecánica” una vez identificado el remitente, logra sacar del interior de algunas personas su más execrable versión, su más recóndito enconamiento que deja traslucir una vileza ética y moral como para echarse a temblar.
A mí, personalmente, las ideologías me producen una insatisfacción desazonante. Esa parte de las ideologías en las que uno se encuentra indefectiblemente obligado a estar de acuerdo con toda una serie de postulados para alcanzar el pedigrí y reconocimiento de todos los que comparten, teóricamente al menos, convicciones, me impide poder compartir espacios. Todas las ideologías tienen cosas compartibles y cosas inasumibles.
El problema, el gran problema, es cuando la ideología se convierte en dogma, cuando la ideología se radicaliza y entra en el terreno de la intransigencia, de la intolerancia, del totalitarismo violento y soez. Y ese radicalismo, esa violencia, de momento verbal a falta de oportunidades, incontenible que ciertas posiciones practican, es uno de los grandes problemas que a día de hoy tienen la sociedad y las posiciones ideológicas que los acogen.
Es práctica común entre este tipo de personas reclamar “su” derecho a la libre expresión, siempre y cuando solo sea suyo, “su” derecho a manifestarse libremente, la absoluta incuestionabilidad de “sus” argumentos, la imperiosa obligatoriedad de comulgar con “sus” ideas para poder recibir el placet de persona democrática y mentalmente sana. Si alguien no cumple estos mínimos exigidos es inmediata y ferozmente atacado por el “círculo” mediante insultos y amenazas, descalificaciones de todo tipo en los que se incluyen de forma automática a la familia y a cualquiera que pudiera salir en su defensa. Uno de los calificativos, descalificativos, favorito es el de facha.
“Dime de que presumes y te diré de que careces”, dice el refranero español, tan extenso y sabio él, tanto que tiene refranes para todo y para todo lo contrario, que es el único signo de sabiduría reconocible. Pues resulta que, habitualmente, esa personas, esas que califican de fachas a los demás, suelen incurrir en actitudes indudablemente fascistas.
El fascismo no es tanto, hoy en día, una ideología como una actitud. La de la intolerancia, la de anteponer los derechos propios al respeto ajeno, la de justificar todo lo propio sin importar a quién se daña, la de intentar imponer un pensamiento único fuera del cual solo existen la condena, el insulto y el ostracismo. Los totalitarismos en general, incluido el fascismo, hayan sido políticos, religiosos o de cualquier otro tipo, son los responsables del derramamiento de la mayor parte de la sangre que la historia recoge. Y parece ser que a algunos no les ha bastado.
Toda reivindicación que promueve la defensa de un colectivo oprimido para su integración plena en la sociedad es necesaria, y debe de ser apoyada. La igualdad de todos los seres humanos es un fin sin el que la humanidad no podrá considerarse madura. La libertad de todos los seres humanos en todos los ámbitos tampoco es renunciable. Pero ni la igualdad pasa porque unos sean más iguales que otros, o porque unos puedan imponer a otros su concepto de igualdad, ni la libertad pasa por la imposición de ideas y actitudes de unos colectivos sobre otros. Cuando los movimientos reivindicativos se radicalizan y reclaman la verdad absoluta y rayan en la preponderancia de su posición, en la prepotencia, pierden su razón de ser. Pierden la razón. La igualdad no es uniformidad y la libertad no admite imposición.
Lo valores a defender son claros, para todos. Tal vez el problema está en decidir en qué orden se ponen esos valores, y los de convivencia -respeto, tolerancia y fraternidad- deberían de estar por delante de la libertad de expresión o los derechos individuales en cualquier sistema maduro de convivencia. No por renuncia, nunca, por fraternidad.
No me gusta “tirar la piedra y esconder la mano”, otro refrán, así que no quiero cerrar esta reflexión sin identificar claramente a tres colectivos cuya radicalización y vehemencia en sus posiciones han sobrepasado todo lo tolerable: el feminismo, el anti catolicismo y el animalismo.
Estoy convencido, y por tanto lo digo con todas las dudas que mi razón me proporciona, de que cierta posición política debería de empezar a pensar que difícilmente podrá optar a mayores cuotas de electorado si cada vez que sus elegidos tienen responsabilidades se dedican a promover acciones en contra del sentir mayoritario de los españoles. A los españoles en general las posturas radicales, de radical enfrentamiento, no les gustan, y motivos, y recientes, tienen. Ahí tendrían que empezar a buscar los votos perdidos.
La mayoría de los españoles está contra el mal trato gratuito a los animales, incluso muchos en contra de la fiesta de los toros, pero no están porque se prohíban las corridas, ni los encierros populares, ni las fiestas de los pueblos,  ni por firmar manifiestos en contra del consumo de la carne de perro en China. Como no lo estarían con que los indios firmaran un manifiesto contra el consumo de la carne de vaca en España.
Muchos españoles, tal vez una mayoría, han abandonado la práctica de la religión católica, pero sus referencias morales, sus celebraciones tradicionales y sus vivencias diarias están imbricadas con esa religión, sin serlo. La semana santa ya no es solamente una celebración religiosa, si no el sentir de una gran cantidad de ciudadanos que disfrutan de su estética y de una semanita de vacaciones. La fiesta de los Reyes Magos, estos sí con mayúsculas, no es una celebración religiosa, a nadie se le pide confesar, comulgar o rezar un padrenuestro para acudir a la cabalgata, o para pedir y recibir regalos. Solo se les pide ilusión y limpieza de corazón. La charlotadas alternativas promovidas en ciertas ciudades no solo han sido bufas, han sido patéticas  y disuasorias para el sentir de muchos.
Muchos españoles, yo diría que casi todos, creen en la igualdad de la mujer, en la de verdad, en la del día a día, hombro con hombro, pero son terriblemente contrarios a actitudes radicales y a espectáculos como los del colectivo femen, por poner algún ejemplo.
Y como no hay dos sin tres, y no hablo de elecciones, “niño refranero, niño puñetero”. Pues me lo apunto, y a mucha honra. Me pongo la espera de los insultos correspondientes. Empezando por el de facha y siguiendo por el de puto viejo, insulto de honda raíz fascista

miércoles, 13 de julio de 2016

En defensa propia

Me cuesta a veces encontrar las palabras. En realidad lo que me cuesta es encontrar las palabras pertinentes, las impertinentes son fáciles, cuando ciertas actitudes demuestran la imposibilidad de encontrar los oídos adecuados. La miseria moral, la estética gratuita y decadente que suele acompañarla, el postureo intelectual del todo vale si yo lo digo, me hacen enfermar casi de tanta gravedad como enferma me parece la sociedad que ha parido y acoge a personas de ese cariz.
Recuerdo, como olvidarlo, que en mi primera etapa del camino, bajando de Roncesvalles, coincidí durante unos cuantos kilómetros con una chica, en el sentido temporalmente amplio del término, cincuenta y dos años y abuela, obsesionada con la idea de que lo mejor para el mundo era que el hombre desapareciera del planeta y todo volviera a su origen. Nunca conseguí que fuera capaz de definir con una cierta coherencia cual era ese origen. Eso sí, tan obsesionada estaba con el tema que una de sus fijaciones era restaurar las hileras de procesionarias que alguien había pisado al pasar interrumpiendo su dañino camino. Intenté explicarle que era una plaga, le enseñé los cientos de nidos que infectaban los pinares navarros. Todo fue inútil, elle defendía a los pobres animalitos que un desalmado había agredido matando a parte de sus miembros.
No sé en qué extrañas fuentes naturalistas, ecológicas, bebía aquella mujer. No lo sé aunque sospecho que sus fuentes estaban peligrosamente contaminadas. Oírla hablar me hacía recordar aquella frase de un amigo mío que cuando veía a alguna mascota tratada con la consideración que se le negaba al indigente más próximo: “Madre mía, cuánto daño ha hecho el señor Disney”.
Esta triste, esta decadente sociedad es la responsable de que la absoluta ausencia de educación, no confundir con formación, en valores como el respeto haya producido una suerte de seres humanos cuyo principal afán es imponer sus “valores” por lo civil o por lo criminal, por las buenas o por las malas, desde una postura de violento frentismo y miseria moral que inevitablemente nos salpica a todos.
Los insultos, y no es la primera vez, vertidos contra la muerte de un ser humano por mor de una profesión que no toleran exhibe dos fallos morales de difícil recuperación. El primero, el más preocupante, es su propensión a la violencia. Si, de momento ejercida de palabra, ejercida desde la cobardía de suponerse impunes, desde el aplauso garantizado de sus similares, y evito a propósito el término semejantes por si pudiera inducir a la consideración de seres humanos a la que evidentemente renuncian y que yo no les reconozco.
El exabrupto y la falta de empatía humana que su difusión suponen permiten hablar de una enfermedad profunda, de una enfermedad  social e individual que solo una sociedad en descomposición, sin valores referenciales y con un trasfondo emocional podrido puede producir.
Todo posicionamiento anti es enfermizo de por sí. Todo lo que pretende afirmar desde la negación, desde la contra razón, no es más que una trinchera en la que se refugia una falta de argumentos para convencer, una necesidad culpable de imponer desde el absolutismo que la incapacidad para atraer produce en los frustrados.
Mi rechazo al espectáculo de los toros es total. Mi rechazo al sufrimiento de un ser vivo como acto lúdico es frontal, pero sí tengo claro que solo desde la educación, solo desde el respeto, solo desde la convicción puedo ganar mis batallas contra lo que considero erróneo. Jamás desde el insulto, nunca desde la imposición y la vejación. Lo otro, lo que practican ciertos demócratas de la verdad absoluta, se llama totalitarismo. Resumido: “Tú haces esto, o dejas de hacerlo, porque ese es mi criterio y toda opinión en contra es errónea”. Luego ya pasamos a coser estrellas en la ropa, a matar gitanos, a fusilar a los disidentes o a ejercer de reina de corazones.
Pero si algo demuestra esa dolencia moral, yo estoy convencido de que también intelectual, es que todo parte de la humanización de los animales y, como contraprestación, de la deshumanización de los seres humanos. Actitud, esta última, que hasta hace poco solo era privilegio de los asesinos para poder desarrollar su actividad.
Solo una sociedad sin objetivos, una sociedad despreocupada de sus elementos, una sociedad desinformada y trastocada puede dar lugar a la violencia gratuita, a la violentación de la norma mínima de respeto a la vida de los semejantes.
Hoy deseo la muerte de un torero, mañana la de un anciano que no vota lo que quiero o la del vecino que no me cae bien, y pasado mañana empiezo a matarlos.
Defender a los animales nunca puede pasar por denigrar a un solo ser humano. La razón nunca puede partir de la sinrazón. Son tantas, tan profundas, las contradicciones en las que suelen incurrir en sus argumentaciones, tan contradictorios sus posicionamientos respecto a la vida y al sufrimiento según de quién y cuándo, que solo se puede intuir que viven en una conflictiva amoralidad que les permite opinar una cosa y la contraria según el sujeto de su razonamiento. Tiste bagaje.

 Lo dije hace algún tiempo y lo dicho me resultó tan fuerte que lo retiré. Hoy no me da la gana. Algunos solo defienden a los animales en defensa propia.

martes, 11 de marzo de 2014

O las Dos

Ha pasado el día de las víctimas, el día de las conmemoraciones y actos que rememoran una acción que supuso el dolor y la perdida de seres queridos para los que los perdieron, el miedo y el recuerdo lacerante para los que se quedaron. Ha pasado el día, que en realidad para muchos son todos los días, de recordar con dolor, con añoranza, todo lo que para las víctimas, muertos, heridos, allegados, pudo ser y no fue a partir de aquella aciaga jornada del 11 de marzo.
Aunque no porque haya pasado el día pasa el recuerdo, no porque el calendario siga su curso en pos del sol y su camino, el dolor sea menos intenso. Simplemente las agujas se siguen moviendo para alcanzar tras setecientos treinta giros completos un nuevo día de recuerdo y dolor expresados.
Pero tal vez porque ya no es el día de las víctimas podamos sin remordimientos, sin reparos, con un cierto resentimiento, establecer que hoy sea el día de los damnificados, el día de los que sin ser muertos, heridos, ni allegados, llevan diez años viviendo las consecuencias de aquellas explosiones, el día en que varios millones de españoles se dejaron arrastrar  para reabrir el más amargo de los fantasmas nacionales, el día del renacimiento de la versión más feroz y descarnada de las dos Españas.
Porque al día siguiente hubo quien pretendió sacar partido de la sangre aún no coagulada, hubo quien sacó partido del espanto y del miedo, hubo quién mintió para asegurarse los votos que ya no podrían emitirse y hubo quién los buscó por otros medios. Porque al día siguiente, que digo, al minuto siguiente, esta nefanda casta de burócratas aprovechados y sin conciencia que se llaman políticos, se dedicó a mover sus fichas para asegurarse su cuota de muerte y a los demás, a los de a pié, a los que aún traumatizados contemplábamos el ir y venir de cadáveres y ambulancias y seguíamos con ansiedad las cifras cambiantes de heridos y muertos, nos dejaron una herencia aún no resuelta de frentismo, el rencor irreconciliable de las afrentas indecentes que taparon, que tapan, una reconciliación con el rigor, con el respeto, con la convivencia, que una vez más se ha demostrado inalcanzable. En España una vez más, hace ya siglos, hace ya diez años, vivimos unos contra otros, unos frente a otros, en vez de unos y otros. En España una vez más, hace ya siglos, hace ya diez años, vivimos del insulto con rabia, de la descalificación ciega y partidaria, del “y tú más” de la desmemoria, de la mediocridad, y la inutilidad. En España una vez más, hace ya siglos, hace ya diez años, vivimos de agredir con el pasado en vez de buscar con ahínco, con generosidad, con colaboración, el mejor futuro. Porque en España una vez más, hace ya siglos, hace ya diez años, hemos sustituido la convivencia por la confrontación, el debate por la algarada, el adversario por el enemigo, la razón por el insulto.

“Españolito que vienes al mundo te guarde Dios una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, o las dos.

domingo, 2 de febrero de 2014

De Trincones y Linchadores

Se han puesto de moda. No hay noticiario en televisión que no recoja un tumulto de linchadores anónimos e indignados ante una cámara de televisión con la cara crispada y el insulto amartillado, con el ansia de golpear cualquier cosa que les pille cerca y la indignación en forma de baba mediática saltando de la boca como metralla añadida al insulto que es el proyectil principal. Solo senecesitan unos ingredientes básicos: la entrada de un juzgado o comisaria, un imputado mediático que garantice la cámara de televisión y un espacio conveniente para poder dar una cierta continuidad a la acción y garantizar una densidad mínima de masa linchadora.
Al parecer ciertas universidades ya están planteando la inclusión en sus planes de estudio de un master en linchamiento audiovisual incluyendo asignaturas tales como:
-     El insulto: Graduación de la voz, tono y selección para conseguir una mayor atención de las cámaras
-          Situación estratégica y adaptación al espacio. Como situarse para lograr un mayor enfoque y los movimientos necesarios para permanecer ente la cámara
-          Expresividad. Gestos y actitudes que permiten un mayor impacto en los medios audiovisuales
-          Expresión oral. Como contestar a las posibles preguntas de los medios para garantizar la mayor difusión posible
-          Motivación, sus secretos. Ejercicios y técnicas para adquirir el estado anímico requerido
-    Historia. El linchamiento público a través de la historia. Gracia, Roma, la Edad media, la Inquisición, la edad moderna
-          Matemáticas adaptadas. Planteamiento matemático para cálculo de ángulos y espacios. Cálculo de masas críticas en función del espacio y la notoriedad del personaje.
-   Capacitación técnica. Estudio de los principales modelos de cámaras, micrófonos y sus características técnicas. Evaluación de la difusión en función de los medios técnicos desplegados.
Claro que a lo mejor yo soy un mal pensado. A lo mejor todas esas personas que pierden el aspecto humano y la dignidad en su afán de agraviar a un personaje notorio, casi nunca notable, del momento lo hacen de forma espontánea y realmente indignada. Se han tomado la molestia de indagar trabajosamente a quien, cuando y donde le van a dar un paseíllo y con gran dificultad y sacrificio allá que se van para poder desembarazarse de esa decepción, esa pena, esa indignación que posteriormente expresarán en forma de rabia extrema y desenfrenada.
En estos hipotéticos casos yo siempre me acuerdo de aquello que una vez le oí decir a mi amigo Pedro: “Aquí el único que puede presumir de no ser maríca soy yo que lo he probado y no me ha gustado”. En un país de trincones, empezando por mí mismo, donde los oficinistas se llevan a casa el papel, los bolígrafos y las gomas de borrar, las señoras de la limpieza las bayetas y los limpiacristales, el personal sanitarios las vendas y los medicamentos y quién más y quién menos se nutre de aquello a lo que tiene acceso uno no puede por menos que pensar que en la ecuación que manejan los linchadores se omite un término.
Yo vengo a insultarte porque eres un chorizo, un ladrón y un sinvergüenza, y, y esta es la parte que nadie estará dispuesto a admitir, porque la vida te ha dado la oportunidad de pillar lo que a mí me hubiera gustado.

Y por supuesto mis disculpas a los que habiéndolo probado….

jueves, 16 de enero de 2014

La Cerca Trágica

Se me ocurrió inocentemente, con la inocencia que mis 60 años provee, hacer una ligera incursión en un comentario sobre nacionalismo e independencia en una red social de cuyo nombre no me da la gana de acordarme publicado por un querido amigo. Lo único que pretendí aportar con mi comentario fué la visión de que el nacionalismo no tiene por qué ser excluyente, ni siquiera reivindicativo, que el nacionalismo, si no es político, puede ser algo tan íntimo, propio, emotivo, como lo son todos los sentimientos y eso no implica el desprecio de los otros o crear, por pertenencia o por cabaña, un status de inferioridad para todos los que no se encuentren dentro de los límites que se establecen para ese grupo elitista en concreto.
De hecho ese establecimiento de características distintivas con afán de corralito me parece, sea étnico, cultural o de jugadores de ajedrez, básicamente perverso. Toda diferenciación gregaria lleva a la integración de individuos cuyos únicos objetivos son medrar y guarecerse en un grupo al que llevar sus frustraciones y convertirlas en menosprecio a los demás y generalmente violencia. Y además suelen ser al final los que más destacan. Ejemplos, a barullo, hinchas de un equipo de fútbol, manifestaciones que acaban siendo algaradas… Al final si se aislara a los que han generado los problemas se podría comprobar que son ideológica y moralmente planos, que están allí como podrían estar en cualquier otro lugar que le hubiera dado cobertura a sus ansias de negatividad.
Pero volvamos al principio. Mi inocente aportación generó de inmediato un comportamiento respecto a mí de descalificación y de insulto. De descalificación mediante la adjudicación de etiquetas que me colocaban en el lado de los “malos” o insinuaban mi afiliación a oscuros espacios de nacionalismo “exterminante”, y que evitaban a los emisores tener que aportar razones para rebatir a semejante monstruo. Y de insulto con calificaciones como ”sociomierda”, que la verdad me hizo hasta cierta gracia, seguramente por mi incapacidad de identificar a que se refería.
Tanta inquina, tanta violencia mal contenida, tanto afán descalificatorio y exclusivista me llevaron a recordar una novela leída hace muchos años. “La Cerca Trágica” de Zane Grey, recrea, como muchas novelas de Marcial Lafuente Estefanía y tantos otros autores de novelas del “oeste”, el episodio en el que los grandes ganaderos deciden cercar sus posesiones con alambradas, sin cuchillas en la época, para evitar a los cuatreros y preservar los recursos de sus posesiones para sus propias ganaderías. A ellos se oponían los que consideraban que esas “fronteras” solo obedecían a intereses ocultos, evitar el libre tránsito del ganado, gestionar sin cortapisas recursos hidráulicos para su propio beneficio y evitar que otros utilizaran pastos aunque a los propietarios no les fueran necesarios. Y la verdad es que tanto los argumentos esgrimidos, como los ocultos, como los medios para llevarlo a cabo me suenan. Se me parecen sospechosamente a actuales debates.
Defienda cada uno lo que quiera, sea cada uno lo que le pete, ensalce y preserve cada uno lo propio con superlativos absolutos, pero olvidándose de los comparativos y los diminutivos, y los insultos, para aquello que es de los otros. Amar lo propio no tiene, no debe, en realidad no resiste, el menosprecio de lo ajeno. Construir fronteras, cercas, no lleva más que al aislamiento de unos respecto a otros, y solo los más irracionales acaban estando “dentro”
En una última pirueta reflexiva recuerdo que cuando visito algún zoológico siempre me queda la duda de si los que están dentro de las jaulas perciben que están encerrados o creen que somos los visitantes los finalmente “visitados”, los que carecemos de libertad. ¿De qué lado de la cerca, de la jaula, de la frontera, está la libertad? Yo creo que mientras exista una sola frontera en mi mente, en mi país, en mi planeta, en mi universo, la libertad será un concepto en entredicho. En realidad un concepto anhelado pero tan utópico, a día de hoy, como lo son la igualdad, la fraternidad o cualquier otra virtud de ámbito universal.

sábado, 4 de enero de 2014

No hay Inocentes

Estoy planteándome seriamente el darme de baja en todas las redes sociales. No creo que pueda aguantar mucho más tiempo. ¿Por una cuestión de confidencialidad?  No hombre, no. ¿Por una cuestión de tiempo? Que no, que no va por ahí la cosa. Me voy a dar de baja por una cuestión económica. Mi presupuesto familiar no me permite pagar diariamente la peluquería para conseguir dejar de tener los pelos de punta.
¿Qué soy un exagerado? Puede, no diría yo que no, pero mucho más exagerado es comprobar como sistemáticamente la gente utiliza los foros de la red para negar vez tras vez los principios y comportamientos que deberían de caracterizar a un ser humano. Como si de un estadio deportivo se tratara los forofos, los hinchas, los ultras de la opinión insultan, menosprecian, descalifican, deshumanizan todo aquello con lo que no están de acuerdo. Sin límites, todo vale, todo está permitido, sin separar, ya en el colmo del paroxismo, lo personal de lo público, lo íntimo y privado de lo expuesto.
Es verdad que la casta política que medra en este país desde hace unos años a esta parte hace casi bueno este comportamiento. Lo que pasa es que si analizamos con un poco de crítica interior los únicos culpables de lo que está pasando somos nosotros mismos. Nosotros mismos hemos permitido y apoyado su medraje con nuestros votos. Nosotros mismos perdemos la razón con el tono de nuestras críticas, de nuestro forofismo. Nosotros mismos abonamos el terreno para ser insultados, vilipendiados, expuestos por los que piensan diferente a nosotros porque nosotros lo hemos hecho. Nosotros mismos estamos enseñando a los otros el camino del descrédito y la permisividad moral de que todo vale cuando es contra otro.

Así que realmente lo que me pone los pelos de punta, lo que me hace gastarme un pastón en peluquería, física y moral, no es solo leer, percibir, maldigerir, la saña de ciertos comentarios, si no comprobar que esa saña está al servicio de los que habrían de sustituir a los que están hoy en día, y si esa es la catadura moral de la alternativa… ni dios nos va a pillar confesados porque no habrá inocentes.