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domingo, 22 de septiembre de 2019

El enroque


Cuando en el lenguaje de la calle alguien habla de enrocarse, se suele referir a encastillarse, a empecinarse en una idea o acto sin aportar pruebas, soluciones o facilitar ningún tipo de salida a una situación.

La palabra proviene de una jugada del ajedrez, de tipo defensivo casi siempre, en la que se rodea al rey de piezas con el fin de facilitar su defensa. En esa posición la torre en un flanco, el borde del tablero en otros dos y los peones en el frente cortan el acceso a la pieza maestra por parte de las piezas contrarias.

Es habitual, en ajedrez, enrocarse ante el ataque del jugador contrario. Es habitual, en la vida real, enrocarse ante la falta de argumentos o soluciones aceptadas, cuando alguien quiere salirse con la suya por narices, en realidad se suele mencionar otra parte más pendiente del cuerpo masculino. Pero ¿alguien se imagina un escenario, sea ajedrecístico o cotidiano, en el que todas las partes estén enrocadas?

Pués por muy improbable que parezca esa es la situación que llevamos viviendo en España desde hace ya unos años. El permanente enroque de todos los partidos políticos que juegan a sus propios intereses con los votos de todos los ciudadanos. Unos para lograr mejores resultados electorales, otros para desbaratar competencia en su espectro político y otros, que ven su ocaso cercano, para intentar el vuelo del ave Fénix. Todos tienen intereses prioritarios que nada tienen que ver con los intereses del país, al que dicen servir, o de los ciudadanos, a los que dicen representar. Eso, sí, puntualmente cobran por su enroque como si estuvieran haciendo el trabajo para el que han sido elegidos, pero sin hacerlo y sin intención de que pueda hacerse.

El lamentable espectáculo de enroque multilateral, multidisciplinar, multiestúpido, debería de llamarnos la atención lo suficiente como para hacerles llegar a los enrocados líderes, que concepto tan desaprovechado el de líder, una preocupante, para ellos, preocupación popular por su actitud y su desprecio hacia los votantes. Total, ya saben que, hagan lo que hagan, algunos los votarán porque son los suyos, otros los votarán porque a alguien hay que votar, y otros votaran a los otros, que al fin y a la postre son como de casa.

Se enroca Rivera, y lleva a su partido a unas elecciones que pueden castigarlo, que pueden castigar a su partido por no lograr hacer un papel determinante en la resolución de una situación que tenía que haberlo fortalecido, ofrecer una investidura y una cierta estabilidad a cambio de unas reglas perfectamente pactadas y atadas. ¿Qué no se fía de Pedro Sánchez? Ni yo, ni de él tampoco. El problema en su enroque es que ha intentado la solución cuando al otro ya no le convenía. Su enroque no muestra más que la incapacidad de un político más ambicioso que inteligente, más preocupado por lo que él quiere que por lo que el país necesita.

Se enroca Pablo Iglesias, desesperadamente dada su deriva hacia la irrelevancia, en obtener un puesto protagonista, suyo o de su formación, en el cartelón de anuncio de la legislatura y va siempre a remolque de la estrategia de fagocitación que ha diseñado el PSOE. Si hubiera estado más atento a la jugada, y menos a los focos, habría visto la oportunidad de jugar un papel de gobierno complementario sin quemarse en el ejecutivo real. Ya es tarde. Tezanos augura una preponderancia suficiente para el PSOE que cree no necesitar a Podemos.

Se enroca Casado obsesionado por recuperar los votos de Vox, de Ciudadanos, y del centro. Difícil cóctel. Como atraer a votantes de Vox y del centro con los mismos argumentos y dando un paso considerable hacia la derecha. Afortunadamente su enroque lo defienden los enroques ajenos, más débiles y evidentes. Su enroque es un tanto pasivo, de cazador al acecho.

Se enrocan los nacionalistas, en realidad casi todos separatistas, de izquierdas y de derechas, exigiendo en cuotas el desmembramiento del estado, cuando no, en el caso de los catalanes, su disolución inmediata, la conculcación de la separación de poderes y la entrega de las llaves de la República para su sueño bananaero.

Se enroca Vox en sus opiniones altisonantes, frentistas, epatantes, aunque a veces coincidan con la realidad, pero es que la esencia de Vox es la de ser un partido enrocado. No le queda otra.

Pero sin duda, entre todos los enroques, brilla con luz propia el enroque del presidente del gobierno en funciones, su gobierno mariachi y el partido de su propiedad. Su actitud, sus silencios, que yo creo que son para evitar que se le escape la carcajada, y su absoluta falta de argumentos y de voluntad negociadora, rayan lo chulesco, pero lo rayan por la parte de dentro. Su absoluta inacción en su obligación de promover soluciones, su permanente reparto de culpas ajenas e inocencias propias, su cinismo y su falta de moral democrática lo hacen ser, para mí, uno de los personajes más oscuros de la mal llamada democracia española. Ególatra y narciso parece considerar que sacar algunos votos más que otros lo hace, casi por derecho divino, el candidato único e irremplazable a presidente del futuro gobierno. El dueño del balón, como ya lo denominé en un artículo anterior, no tendrá inconveniente alguno en llevar al país a sucesivas elecciones, y a la ruina si es necesario, hasta que le den la razón y la mayoría absoluta. Se ha creído su libro y los ciudadanos somos los rehenes necesarios para imponer su razón de estado, de estado satisfecho, aclaro.

Y ante tanto enroque a mí me gustaría jugar un jaque pastor que acabara con este disparate, pero dada mi impericia ajedrecística, y mi irrelevancia política, gracias a dios, me tendré que conformar yo también y volver, una vez más, otra vez, a enrocarme y votar en blanco. Porque está claro que votar en blanco es votar sin esperanza, sin razón, no confundir con la sinrazón de los políticos, y sin otra espectativa que la de que el sistema se revuelva y expulse a tanto empecinado mediocre, a tanto bufón de la corte y a tanto tonto útil necesario para completar listas que agreden la representatividad de los ciudadanos. Porque votar en blanco es votar con los ojos cerrados, tan apretados que la luz no solo no entre, que no salga. Porque votar en blanco es votar rechinando los dientes y con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. Porque votar en blanco es pura desesperanza, desesperación, frustración, rabia.

Y así seguiremos, ellos con sus listas y sus enroques, otros votando porque esto es mejor que aquello otro, y algunos absteniéndonos, votando nulo o en blanco para demostrar que si aquello no nos gustaba, esto tampoco. Lo malo es que en una partida en la que todos los jugadores se enrocan siempre acaba en tablas, como en una partida de parchís en la que todas las fichas de todos los colores estén formando barrera. Vaya mierda de partida, con perdón.

domingo, 15 de septiembre de 2019

El vaivén del chucuchucu


No es el vaivén del chucuchucu, ni se habla de ello solo en la capital, pero se habla mucho y en todas partes y si no es un vaivén poco le falta.
¿Vivimos en una democracia? No, no vivimos en una democracia, vivimos en una suerte de régimen símil democrático que imita algunas de sus formas pero no asimila ni el fondo ni los objetivos. Esto tiene poco debate. Votamos, pero desconocemos el valor de nuestros votos. Votamos pero según donde vivamos somos ciudadanos de diferente clase y con distinta capacidad de ser representados. Votamos pero nadie tiene en cuenta, ni siquiera nosotros, lo que queremos o como tienen que representarnos. O sea que respecto a una democracia lo que nosotros vivimos tiene en común, únicamente, que votamos.
¿Cómo se llama lo que vivimos? Formalmente una partidocracia, un sistema en el que ciertos grupos de poder se organizan en instituciones llamadas partidos a las que se asigna una ideología, una posición en un eje de representatividad de coordenadas izquierda-derecha, y que mediante los votos de los ciudadanos, y conforme a unos llamados programas, relación fantasiosa de máximos y mínimos que nunca existe voluntad de cumplir, ejercen el poder durante un periodo pactado. En realidad una suerte de aristocracia, no hereditaria la mayor parte de las veces, de carácter temporal.
¿Por qué una partidocracia no es una democracia? Porque a pesar de que votamos no elegimos a nuestros representantes, sino una relación cerrada de candidatos que están al servicio del cabeza de lista y que cumplirán sus instrucciones y no los compromisos adquiridos con los ciudadanos o sus expectativas a la hora de votar. Porque los partidos son organizaciones rígidas, sin capacidad real de representar a los ciudadanos de una circunscripción o, ni siquiera, de hacerse portavoces de las necesidades de circunscripción alguna si estas necesidades contradicen a las generales del líder.
¿A quién representa la partidocracia? A las ideologías, nunca a los ciudadanos, la mayoría de los cuales no comparten, total o parcialmente, la ideología dominante.  De forma absoluta, si la mayoría es absoluta en la cámara de representantes, o de forma matizada, si tiene que llegar a acuerdos, el elegido presidente de gobierno tiene cuatro años para tomar las iniciativas que considere favorables a sus intereses, en primer lugar, a los de su partido, en segundo, y a los de su ideología, en tercero, sin reparar, en el mejor de los casos, en los que no lo votaron, y digo en el mejor de los casos porque hay muchas ocasiones en las que se legisla contra, o como afrenta a, los que no lo hicieron. No importa que sumados sus votos, los que lo han aupado a esa posición, no vayan más allá de un tercio de la población, su poder es, y así lo siente, absoluto durante cuatro años, y si toma decisiones en contra del bien común, del interés del estado o de las leyes del país, ya se encargará de explicarlo con la dialéctica política, con la dialéctica ocultista, ventajista, manierista y mentirosa con la que los políticos dicen explicar sin explicar nada, sin una sola verdad rotunda y contrastable.
Con la democracia sucede como con las virtudes, la perfección no es alcanzable, pero es una meta en la que no cejar para acercarse día a día a su consecución. Nunca viviremos una democracia plena, no es humana, pero eso no significa que tengamos que conformarnos con sistemas imperfectos que remedan groseramente nuestro objetivo, conque acojamos con resignación un sistema que trabaja contra nuestros deseos y traba nuestras posibilidades y esfuerzos, como es el actual.
¿La partidocracia es mejor que una dictadura? Claro, una herida superficial es mejor que una fractura abierta, pero eso no significa que hacernos heridas a diario tenga que ser nuestro objetivo. El problema es que la solución es tan compleja, hay tantos intereses en que no se produzca y existe una desmovilización tal entre los ciudadanos, por no hablar de las movilizaciones ideológicas que trabajan en contra, que se hace difícil atisbar un camino practicable. No  se puede pasar de un sistema viciado a una vía de progreso de una sola vez. No se puede desmontar el sistema, vía política, concienciar a los ciudadanos de su papel, vía educativa, y montar una alternativa razonable, vía ejecutiva, de una sola vez, y el sistemático fracaso de las revoluciones y de los movimientos populares, lo demuestra.
¿Democracia representativa o democracia asamblearia? Este es un falso debate. Democracia, sin apellidos, es el sistema en el que todos y cada uno de los ciudadanos se siente representado en las decisiones, incluso en las que son contrarias a su criterio. Solo bajo esta premisa podemos hablar de democracia. La democracia representativa es sin duda la forma más ejecutiva de representación de un colectivo, es imposible, es inoperante, la consulta sistemática de las decisiones a tomar, lo que no puede significar en ningún momento que la capacidad ejecutiva de una cámara de representantes, pueda constituirse en una capacidad impositiva o coercitiva respeto a los administrados, suplantando sus expectativas.
Pero si la democracia representativa es imprescindible, no podemos caer en el error de considerar que es la verdadera y única democracia. No, la democracia más directa y perfecta es la democracia asamblearia, la que convoca a los ciudadanos a mostrar su opinión individual sobre los problemas que les afectan directamente, a defender su posición en igualdad de oportunidades respecto al resto de las opiniones. Claro que tampoco esta es perfecta, basta con asistir a una junta de vecinos para ver a los mediocres medrar, a los ávidos recolectar delegaciones de voto y a los poco concienciados a escabullirse de las responsabilidades,  para comprender el mucho camino que quedaría para conseguir que una democracia asamblearia fuese realmente representativa, pero para eso primero hay que lograr una formación, una conciencia ciudadana, que hoy por hoy el sistema niega.
Los logros hay que buscarlos con tacañería, con parsimonia, con visión de futuro. No cayendo en el viejo dicho de que lo mejor es enemigo de lo bueno. No cediendo  a la tentación de que el logro del todo nos haga renunciar a la lucha por las partes. Objetivos inmediatos y concisos.
Por eso, antes que plantearme la idoneidad de los grandes debates, como la esencia de la democracia, o el sistema perfecto en el que desarrollarla, aunque sin olvidarlos, mi lucha es por corregir los más inmediatos obstáculos que convierten a nuestro país en una partidocracia que se retroalimenta con nuestras esperanzas, con su frustración.
Listas únicas, que nos permitan votar a aquellos representantes que hayan hecho méritos para merecer nuestra confianza, o nuestro aprecio, o simplemente nuestro reconocimiento, no por su ideología, por su afinidad con otro, o por su medraje en estructuras que nos son ajenas.
Circunscripción única para cada ámbito convocado, que permita que todos los votos valgan lo mismo, que cada ciudadano tenga la misma capacidad de elección a la hora de votar, que en un mismo territorio no haya partes cuyos votos puedan imponerse, por la única razón de que así lo marca una ley mal construida o una razón matemática, respecto a los demás.
Y mientras estas dos premisas no se cumplan, mientras los ciudadanos tengan que votar bajo premisas ideológicas que no comparten, a personas que ni conocen en el momento de votar ni conocerán cuando cesen en sus funciones, a personas cuya única función será apretar el botón que les digan y asistir a las reuniones que les manden, yo no los podré considerar representantes de nadie. Mientras los ciudadanos de Toledo tengan una diferente capacidad de representación que los de Gerona, por poner un ejemplo, en las decisiones del país, mientras ciertos territorios estén primados en el valor de sus votos respecto a otros, por intereses políticos, por resultados matemáticos o por incentivos poblacionales, cuando lo que se decide nos afecta a todos por igual, yo no podré considerar que el sistema es democrático.
Por eso ciertos debates impostados, fatuos, carentes de pertinencia o de realidad, no me parecen otra cosa que el vaivén del chucuchucu, el que nos van a dar, con el que nos quieren marear.

viernes, 26 de abril de 2019

Maldita reflexión


Lo bueno de la jornada de reflexión es que invita a reflexionar, lo peor es que posiblemente algunos lo hagamos. Desde luego si yo fuera político la prohibiría en defensa propia.
Entre los gritos desaforados de los mítines, los insultos sin recato en los debates y el afán, siempre generoso, en explicar lo que hacen mal los otros, lo que les impide tener tiempo para explicar en profundidad lo que ellos pretenden hacer bien, los ciudadanos llegan a la ínclita jornada más bien aturdidos y en un estado de choque que los puede llevar a votar sin tener muy claro a quién y mucho menos por qué.
Y entonces nos hacen reflexionar, cosa a la que nos deberían de invitar desde el principio o no invitarnos nunca, y toda esa cabeza gorda que nos han puesto a lo largo de varios meses, corre el riesgo de recuperar parte del riego sanguíneo y del rigor del razonamiento. A mí, en concreto, es lo que me pasa y me lleva en ese momento culmen del día de la votación a no conseguir encajar ninguna papeleta en el sobre dispuesto ad hoc.
Ya, ya sé que el tamaño es uniforme y adecuado, perfectamente estudiado para que las papeletas encajen con facilidad en el sobre, pero nadie parece haber contado con el temblor nervioso que puede acometer al votante tras una jornada de reflexión pensando en lo que puede hacer una lista de personas, la mayor parte desconocidas absolutamente, en contra de lo que el votante piensa, o en cuantas han dicho que harán algo para luego hacer lo contrario, o en lo que no han dicho que harán y que es justo lo que si harán, o… y ya entre temblores incontrolables acabas teniendo un último momento de lucidez y descartas introducir ninguna papeleta y cierras el sobre vacío y vas hasta la urna porque ya que estás allí algo hay que votar, aunque sea votar nada.
¿Y yo que votaría? Pues seguramente votaría por las políticas sociales de Podemos desarrolladas con el rigor económico del Partido Popular. Votaría la política territorial de Ciudadanos y no votaría la política fiscal de ninguno. Votaría una política educativa que dejase de lado los complejos estúpidos de nuestra historia, que fomentase los méritos y que fuera de igual calidad para todos los estudiantes. Votaría una estructura de estado en el que se garantizara la igualdad absoluta entre todos los ciudadanos, sin privilegios de renta, de inversión o fiscales de ningún tipo según el lugar de residencia.
Votaría por quién me propusiera una solución a la diferencia entre ricos y pobres, que permitiera la riqueza, la general no la mía mal pensados, incentivando la iniciativa privada y encontrara una solución razonable a las empresas que gestionan los servicios de primera necesidad, para que garantizaran un funcionamiento social adecuado, evitando el enriquecimiento a costa de la necesidad.
Votaría a aquellos que pudieran fomentar el beneficio en función de los logros sin permitir el acaparamiento, a los que supieran permitir la abundancia sin permitir el lujo, a los que fueran capaces de enfrentarse y desenmascarar a los que viven de la ilusión de poseer lo ajeno sin haber hecho más mérito para alcanzarlo que criticar y vivir del esfuerzo ajeno, a los que promovieran la equidad con afán de acercarse a la igualdad, a los que defendieran los derechos individuales y el respeto a los demás como normas fundamentales de vida y de convivencia, a los que me ofrecieran erradicar los miedos colectivos como medio de asustar a la sociedad para que haga dejación cobarde de sus logros. En fin, votaría a aquellos que fueran, veraces, transparentes, servidores de la sociedad e imperfectos, aunque solo fuera por saber que son personas como yo.
Ya, ya lo sé, esto que yo votaría no lo contempla ninguna ideología, ningún sistema global y rígido de interpretación de la sociedad, pero es que yo no quiero una sociedad rígida, cobarde, cortada a machetazos ideológicos para promover el enfrentamiento que impida la obtención, ni siquiera le identificación, de objetivos. Yo no quiero una sociedad que persigue al individuo capaz de establecer un sistema personal de valores en aras a una uniformidad de pensamiento. Yo no quiero una sociedad adocenada, caduca, decadente, llena de individuos políticamente correctos, ideológicamente impecables.
Por eso mi sobre entrará en la urna vacío, por eso y porque ninguno de los llamados candidatos, ninguno de los partidos, en realidad organizaciones de poder, a los que representan, me merece la más mínima confianza. Por eso y porque yo quiero vivir en una democracia donde pueda elegir libremente a mis representantes, donde me garanticen que mi voto vale lo mismo que el de cualquier otro ciudadano de este país, y sin embargo vico en una suerte de aristocracia de las ideologías que funciona como una partidocracia, como una mendaz democracia.
Porque yo quiero una democracia, también imperfecta, en la que las listas sean abiertas y la circunscripción única. Imperfecta, seguramente, pero democracia.
Bueno, pues nada, que me den otra jornada de estas por si consideran que no he reflexionado suficiente, seguro que se me ocurren aún más cosas que aportar al ideario democrático de este país.
Maldita reflexión.

domingo, 3 de marzo de 2019

En abril votos mil


En abril votos mil, pero hasta el cuarenta de mayo no te olvides de ir a votar. Así podría resumirse, parafraseando el refranero, el futuro electoral en España. Pero como no suele ser oro todo lo que reluce yo no me guardaría el carnet de ir a votar hasta que se acabe el año, no vaya a ser que volvamos a las andadas.
Y este arranque de realismo pesimista no es gratuito. Si se miran las encuestas y se palpa el sentir de la calle la imposible conciliación de los datos es evidente.  Es más, si escucha el rumor popular, que cuando el río suena agua lleva, y a continuación se leen las encuestas más rigurosas hay una discrepancia que apunta a una gran cantidad de indecisos, o de voto oculto, o de ambas cosas.
Remarcaba lo de encuestas serias porque en esta categoría no se puede incluir la del forofo Tezanos que ha convertido un organismo oficial, esto es de todos, en una dependencia de campaña del PSOE. Sus previsiones, sus increíbles previsiones, aún más increíbles desde las elecciones andaluzas, son para abochornar a cualquiera que pudiera tener relación con ellas. A lo peor al final nos da en la boca a todos, pero mientras tanto su CIS se ha convertido en una oficina electoral con desmedidos trazos de forofismo.
Los objetivos son claros en todos los casos, los populismos evidentes y el hartazgo de los votantes palmario. Cada vez más la sensación de desencanto en la calle es la más acusada. Cada vez los ciudadanos sienten más que se le está hurtando la posibilidad de vivir en una democracia real. Cada vez más los ciudadanos tienen la sensación de que salvo pinceladas todo seguirá igual salga quién salga. Si uno es corrupto, el otro quiere sacarte las mantecas vía impuestos. Si uno es quiere un liberalismo que sume a la sociedad en una desigualdad cada vez más insoportable, si legisla a favor de las grandes corporaciones y fortunas,  el otro quiere legislarte hasta la moral, intervenirte hasta tus pensamientos, controlarte hasta la asfixia, y no le importan los medios ni las consecuencias.
Yo diría que lo único que va a movilizar en este caso a los votantes es el problema territorial catalán. Que sin el desafío que suponen las actitudes nacionalistas y el hartazgo de la calle hacia sus posiciones el recuento de votos en estas elecciones duraría diez minutos, salvo que se quisieran votar una a una las abstenciones.
Los dos partidos hasta ahora mayoritarios viven de sus forofos, de ese suelo indestructible de votantes de pensamiento único a costa de lo que sea, incluso de validar la postura más erróneamente grosera, o más groseramente errónea, que tanto monta.
Los extremos populistas son gaseosas que se agitan y parece que van a hacer reventar la botella, pero una vez abierta pierden la fuerza a ojos vista. Su único valor es la capacidad de sumarse al descontento general e intentar representar su voz, pero esa representación es tan efímera como su capacidad de hacer algo que consolide su mensaje, que lo haga real. ¿Y si consiguieran hacerlo real? Pues como bien explicaba Don Mendo sobre el juego de las siete y media, “si te pasas es peor”, si lo consiguieran aún sería peor, porque los medios de los que se valdrían para conseguirlo no serían compartidos por la mayoría de los ciudadanos, incluidos en gran parte sus votantes.
Queda por saber cuáles pueden ser las capacidades de captación de ese nuevo intento de centro que en España es el rincón de los palos. Tras UCD, el nunca nato Partido Reformista y el CDS, Ciudadanos pretende ocupar ese espacio, que es, como toda línea divisoria, de difícil equilibrio sin caer hacia un lado o hacia el otro. Los ejercicios de funambulismo político nunca han tenido demasiado éxito, o al menos no demasiado largo.
Aquí ya nos hemos acostumbrado al poco democrático ejercicio de que el que pierde se tira a la calle a hacer lo más incómodo posible el gobierno del que haya ganado. Porque lo importante para todos ellos no es resolver los problemas del país, ni los problemas de los ciudadanos, no, lo más importante es ganar y ejercer de la forma menos democrática posible el poder.
Alguien, leyendo esto, me va a llamar pesimista. Pues sí, en este caso lo soy. En abril aguas mil, o votos mil, pero posiblemente siga lloviendo el resto del año.

miércoles, 6 de febrero de 2019

El raquitismo político


El raquitismo es una enfermedad infantil caracterizada por una endeblez extrema y una falta de desarrollo del individuo. Existe una segunda acepción en el RAE: “Desarrollo escaso o deficiente de cualquier organismo animal o vegetal”. Y si vamos al día a día se considera raquítico como sinónimo de debilidad acentuada e, incluso, grotesca.
Es inevitable, teniendo en cuenta las dos últimas acepciones, pensar que tenemos un gobierno raquítico. Un gobierno cuya extrema debilidad y ansias de mantenerse en el poder al coste que sea, nos está llevando a una radicalización de la sociedad de la que hasta sus mismas bases están siendo víctimas.
Nadie cree en sus razones sobreactuadas. Nadie cree en la extrema laboriosidad de su contrastada inoperancia. Nadie cree, por no hablar de hilaridad, en los sondeos que el CIS publica y que están llevando al descrédito de una institución del estado usada de forma partidista.
¿Puede un gobierno mantenerse con este clima popular?  A la vista está que puede. ¿Debe? La mayoría de los españoles, incluidos algunos de sus más destacados militantes, consideran que no, pero por si hay dudas el Presidente del Gobierno en un acto con ribetes de absoluta soberbia publica su libro “Manual de Resistencia” que más parece una declaración de intenciones que un tratado de ética política.
Cabe hacerse una última pregunta, ¿cuál es el programa posible del gobierno? Tal vez alguien no haya reparado en, o le haya sorprendido, la palabra posible, pero es que dado el raquitismo parlamentario del partido que ejerce como gobierno, en solitario, no sabemos cuáles serían sus verdaderas intenciones, porque solo puede hacer lo que sus socios le permiten, y ahí sí que tenemos un problema.
Tenemos un problema grave, muy grave.
El principal socio del gobierno es un partido que bordea la defensa de la constitución, muchas veces por la parte de fuera, que engloba a anticapitalistas y anti sistema en general, es decir radical, que además está en caída libre en intención de voto y en descomposición interna pública y publicada.
Pero si este socio es problemático resulta que el resto de socios del gobierno son independentistas confesos o filo independentistas, lo que sume cualquier iniciativa que les favorezca en una cesión a unas posiciones con las que la mayoría del país está en desacuerdo. Y esas cesiones son continuas porque es la única moneda que tiene el gobierno para perpetuarse en el sillón presidencial, al que parece tan afecto Pedro Sánchez.
Así que en principio solo podemos presumir que el gobierno gobierna por interpuesto, sin capacidad real de maniobra y confiando de cara a la gente en crear la suficiente confusión con sus juegos verbales como para evitar un deterioro que parece irreversible. Si a estas piruetas idiomáticas le sumamos la incapacidad de comunicación coherente de la vice presidenta la comunicación gobierno-ciudadanos es una vía muerta, muerta y con claros síntomas de fetidez.
Si las declaraciones de que las opiniones de Pedro Sánchez no tienen que ser coincidentes, ni siquiera coherentes, con las del Presidente del Gobierno, a pesar de ser el mismo, sumieron en el estupor a la población en general, los resultados de la elecciones andaluzas y la actitud de considerarlos ajenos a la responsabilidad de los errores cometidos en Madrid raya en el cinismo más absoluto.
Tal vez, es más que probable, que parte de la renuencia  a convocar elecciones, que parece la salida evidente y única, venga de esos resultados andaluces y de la incapacidad de asumir responsabilidades por parte del gobierno de la nación. De asumir responsabilidades y, ahora sabemos, la decisión del Presidente de escribir un nuevo capítulo de su libro, lo haya escrito quién lo haya escrito, aunque sea costa de dejar tras él un erial político, un erial en su partido y un erial en su país.
Su última cesión, el relator, mediador, notario, escribiente, asistente, o lo que quiera que sea o como se le quiera llamar, ha logrado incendiar incluso el interior de un partido que nunca le ha sido especialmente afecto, salvo los forofos del “no es no” que son sus votantes de primarias y que no representan en absoluto la línea política que España quiere y necesita. Y parece que esta vez ni los subterfugios idiomáticos de llamarle lo que no es y negar lo que es van a conseguir calmar un clamor que cada vez va siendo más popular y menos formal.
Hay que reconocer que no toda la culpa es de Pedro Sánchez, y lo voy a reconocer. Una gran culpa es de este sistema electoral absolutamente perverso y desprestigiado que permite obtener mayoría de escaños con minoría de votos según los territorios electorales en los que te presentes. Esta perversión ¿democrática? Que impide que todos los votos valgan los mismo y que prima a los independentistas de territorios menores al presentarse en territorio global.
Seguramente si sumáramos a día de hoy, en una elecciones actuales, todos los votos de los partidos afectos al gobierno, incluido el gobierno, y los de los que están en contra, sin convertirlos en escaños, los primeros serían bastante menos de la mitad de los emitidos. Y ellos lo saben.
En todo caso si hay dos grandes beneficiados en la situación actual, los independentistas, naturalmente, que están colando su mensaje de que ellos defienden la razón y la pureza democrática, y Vox, que observa como sus posibles votantes crecen a cada día y a cada disparate del gobierno de la Nación.
Y ¿hay alguna solución?. Una parcial, elecciones inmediatas, y otra definitiva y por ello improbable: listas abiertas y circunscripción única ya.
¿Y mañana? Mañana volveremos a hablar del raquítico y encastillado gobierno.

domingo, 8 de mayo de 2016

Una democracia democrática

Hay una figura bastante desconocida en las nuevas tecnologías, el analista. El encargado de analizar una situación y proponer soluciones a los problemas y posibles evoluciones para mejorar los rendimientos y capacidades, al tiempo que optimiza los recursos.
Hoy, como durante tantos años de mi vida hice con la gestión de empresas, voy a ejercer de analista de la realidad política española, no en el sentido periodístico, que maestros hay y legión, si no desde el aspecto tecnológico.
¿Pueden contribuir las nuevas tecnologías a mejorar el panorama político? ¿Podrían las nuevas tecnologías ayudar a alcanzar una democracia real? ¿Pueden las nuevas tecnologías convertirse, a día de hoy, en el instrumento que necesita la gente para participar de forma activa y directa en el devenir político de su país? Si, rotunda y definitivamente sí. Permítanme que me abroche el mono de analista y se lo explico.
Todos, los partidos no, claro, ambicionamos un parlamento compuesto por las personas elegidas por nosotros, no por una ley estadística perversa y perniciosa que es la que gobierna actualmente. Todos queremos que se cumpla aquella máxima tan coreada de un hombre, un voto, que es la esencia última de la democracia. A todos, al menos a casi todos aquellos con los que yo he hablado, nos gustaría en algún momento votar a personas que consideráramos válidas, valiosas, que están en listas de un partido diferente del que queremos votar y, por el contrario, eliminar de nuestra votación a individuos que son contrarios a nuestra voluntad o simplemente relleno de los que ignoramos todo salvo el nombre.
Porque lo primero que hace que una democracia sea democrática, perdón por el ripio, es que las personas elegidas representen la voluntad real de los electores. Porque lo segundo que hace que una democracia sea democrática, claramente me ha gustado, es que todos los votos valgan lo mismo se emitan donde se emitan. Porque lo tercero que ya saben ustedes, aunque me haya gustado no quiero repetirme demasiado, es la conexión y posibilidad de control del representado sobre su representante.
¿Se dan actualmente estas circunstancias en nuestra “democracia? No, definitiva y absolutamente no, porque esto que tan pomposamente llamamos democracia no es otra cosa que una partidocracia, una aristocracia encubierta con siglas y votaciones periódicas en la que lo único que nos está permitido es elegir entre unos que no nos gustan y otros que nos disgustan, entre unos que no nos dicen la verdad y otros que nos mienten. Entre unos que  nos perjudican por nuestro bien y otros que nos perjudican por nuestros intereses. Entre unos y otros cuyo único fin es dividirnos y enfrentarnos para su mayor provecho y persistencia en el machito.
¿Pueden las nuevas tecnología, entonces, contribuir a un cambio de situación? Bueno, no, así planteado no. Pero lo que si pueden es mostrarnos mediante un análisis de recursos, mediante un ejercicio de política ficción, cuales son las posibilidades actuales de acceder a una auténtica democracia, no me resisto, a una democracia auténticamente democrática.
Requisitos iniciales:
1. Libertad de elegir representantes individuales, lo que se llaman listas abiertas.
2. Un hombre, un voto, o x votos, tantos como se consideren necesarios, que no tendría por qué agotar. O sea lo que se llamaría circunscripción única
3.  Posibilidad de control del representado sobre el representante elegido. O lo que es lo mismo, y que Podemos ha puesto, para mí gusto con buen criterio, de moda, hacer convivir la democracia representativa con la democracia asamblearia.
Imaginemos el funcionamiento, a grandes rasgos porque esto no es una novela.
Se convocan elecciones. En una página web especial los candidatos cuelgan sus perfiles políticos, proyectos que quieren presentar, posicionamiento respecto a los problemas sociales más acuciantes para los ciudadanos, afiliaciones políticas, sindicales religiosas y sociales. Tendencia sexual. Datos laborales, datos políticos y porcentaje de satisfacción de sus electores si ya hubiera desempeñado funciones políticas anteriormente. Videos, fotos, certificados… todo aquello que pudiera concernir a sus electores porque implicara su posicionamiento en temas que exigieran su voto.
El día de la votación. El votante provisto de su identificación segura podría desde su casa y ordenador, si ese es su deseo y tiene algún sistema de verificación personal (lector de huellas digitales, lector de código, escáner, … ), o desplazándose a un lugar autorizado, en cualquier punto del planeta, introducir en una página de votación los candidatos que desea elegir y en el orden de preferencia. Este orden de preferencia determinaría la elección en caso de empate.
El recuento. Daría una composición del parlamento por recuento directo y la posición personal con el número de votos obtenidos de cada diputado, dejando un número suficiente de suplentes que tomarían el relevo del elegido en caso de renuncia, fallecimiento o destitución, ya que las actas serían personales y no de partido.
El gobierno. Sería propuesto, inicialmente, por el candidato con mayor número de votos y no tendría por qué ser monocolor introduciendo infinidad de variantes y posibilidades de elegir a los mejores para cada puesto por sus conocimientos y trayectorias. En caso de no conseguir la investidura se daría opción al siguiente en la lista. El candidato sometería su investidura con su gobierno ya conformado y hecho público.
Una vez conformado el parlamento se establecerían canales directos entre el representante y sus representados de tal forma que estos pudieran estar al tanto de lo que este hace, sus votaciones, las propuestas presentadas y recibir sugerencias. Es más, con este sistema podrían, incluso, organizar plebiscitos entre sus votantes de posiciones sobre las que le surgieran dudas o nuevas iniciativas no contempladas en sus perfiles de candidatos.
¿Es utopía? No, no hay nada de lo expuesto que no esté al alcance de la tecnología popular de hoy en día, ni su aplicación supondría un coste inalcanzable, es más, supondría a corto plazo un ahorro en mítines, en cartelería, en buzoneo y en algunos otros conceptos.
Lo que sí es utopía, y de las gordas, es pensar que los que hoy en día se lo llevan crudo, los que hoy en día viven de, y para, el sistema, los que hoy en día medran gracias a su inclusión interesada en listas y prebendas, puedan estar interesados en esta idea. ¿¡¡¡Qué digo!!!? Puedan estar interesados en la consecución de una democracia democrática, se lograse como se lograse.


lunes, 17 de agosto de 2015

Entre mantas y cobertores

Es una vieja reivindicación que los partidos sistemáticamente ignoran ya que consideran que pone en peligro, y yo estoy de acuerdo en ello, el férreo dominio que sus cúpulas ejercen sobre la posibilidad de medraje en sus estructuras y el control sobre el panorama político. La listas abiertas.
Pero si es una vieja reivindicación también es una propuesta de actualidad desde las últimas elecciones y los ultimísimos acontecimientos en el PSOE madrileño.
¿De quién es el escaño? ¿Del electo o del partido que lo presentó? ¿A quién votaron los electores? ¿A la persona o a las siglas? Pues depende. Casi con toda seguridad los electores votaron a la persona en el caso de los cabeza de lista conocidos y, porque no hay otro remedio, al resto de desconocidos de la lista y simplemente por ir en ella, pero también los habrá que votaron a la lista por la lista y a pesar de que alguno de los conocidos que la encabezaban le fuera ajeno o, incluso, antipático. Así que cuando se produce un conflicto nadie sabe a quién, éticamente, le corresponde el dichoso escaño.
Pues bien, este dilema quedaría resuelto con las listas abiertas ya que los electores tendrían la posibilidad de elegir a sus representantes según su particular sensibilidad y sin necesidad de afiliarse a unas siglas, o liarse la manta a la cabeza, temporalmente en cada convocatoria electoral y el escaño sería sin lugar a dudas del elegido y si renunciase pasaría al siguiente más votado fuera del partido que fuera.
Alguna de las ventajas del sistema serían un escaño con propietario, que el ciudadano se podría al fin sentir representado y los partidos tendrían la necesidad de buscar a los candidatos más convenientes y conocidos para que puedieran ser votados, y no a una nómina de anónimos componentes de una estructura férrea y casi nunca compartible.
Pero si esto hasta ahora era claro la irrupción de una desestructura ideológica de partido como la que exhibe Podemos hace que sea imprescindible.
El hecho de que en una misma lista yo esté votando a candidatos que son activistas de diferentes convicciones, algunas contradictorias e, incluso, algunas moral o éticamente en conflicto entre ellas, hace que no pueda votar de una forma homogénea. Eso y que vista la experiencia hasta el momento todos consideran que por ser elegidos en una lista en la que eran un número más tienen antes el derecho a imponer sus activismos que la obligación de representar a todos los electores que es, al fin y al cabo, el mandato real de todo electo.
Y debido a ello nos encontramos que hay alguien que propone prohibir las fiestas de moros y cristianos, otros que se niegan a asumir la representación de la institución que encabezan, y por tanto de sus ciudadanos, según en qué eventos, otros que deciden hablar siempre en femenino y otros que llevan su activismo personal a intentar imponerlo a todos los ciudadanos aunque los que no lo votaron sean más que los que sí lo hicieron.
Yo por lo de pronto, y dejando de lado propuestas más anecdóticas y chocantes, me siento incapaz de colaborar con mi voto a que alguien que muestra un problema moral como humanizar a los animales y deshumanizar a las personas, que es capaz de linchar, de momento verbalmente, a unas personas a las que tiene la obligación de representar para demostrar que los animales le importan más, que es capaz de insultar a ciudadanos que maltratan a un animal, a los que yo también insultaría no siendo su representante, pero defienden con pasión la posibilidad del aborto libre, pueda acceder a la responsabilidad de liderar a esta sociedad. Porque, me ratifico en lo dicho, eso no demuestra otra cosa que un conflicto moral solo posible en una sociedad decadente y débil en la que todo vale si es lo mío y nada vale si es lo ajeno. En la que solo existen derechos personales y no existen las obligaciones colectivas salvo las emanadas de razones personales impuestas.
Y eso, se mire como se mire, acaba en dictadura, es la esencia de la dictadura, y el germen de una sociedad incapaz de formar un proyecto y consolidar una estructura.

Así que una vez más, pero con, incluso, más argumentos, listas abiertas ya, para evitar en las instituciones gente que sea como en el dicho de mi tía abuela: “Si es que los hay como mantas y abrigan como cobertores”.

domingo, 14 de junio de 2015

No hay

Pues nada. Ahí seguimos, en el machito. Parece ser que nuestros políticos no acaban de darse cuenta de que su actitud no representa, no es capaz de representar, la idea que los ciudadanos de a pié, esos que muchas veces no votamos por hastío, esos que muchas veces votamos contra lo que hay, esos que a veces votamos en blanco para manifestar nuestro cabreo, esos a los que la ley electoral castiga con su indiferencia interesada, tenemos de lo que es el verdadero servicio a la comunidad, a los intereses del pueblo llano y no militante.
Llevamos muchos años, tantos que me da pereza contarlos, inmersos en una política autista, frentista, partidista y soez. Llevamos muchos, muchísimos, años en que gobernar es deshacer todo lo que han hecho los anteriores y oponerse es tirar por tierra cualquier proposición del que gobierna sin importar en lo más mínimo si es conveniente, razonable o incluso necesaria.
El único afán de los partidos es tener el poder, a costa de lo que sea, no importan los medios, no importan los ciudadanos, no importan, ni siquiera, las bases. Control férreo de los militantes mediante la disciplina de partido. Control férreo de los ciudadanos mediante una ley electoral que impide la representatividad directa y que favorece el mangoneo post electoral.
Todo es macro. La macroeconomía, las macroempresas, las macro estructuras. Todo menos los micro ciudadanos, su micro capacidad de control sobre los políticos y su micro interés para los que “gobiernan” y muchas veces, desgraciadamente, en los que gobiernan.
Tengo la extraña sensación de vivir en una sociedad con propietarios. Tengo la extraña sensación, el convencimiento, de estar viviendo una suerte de despotismo ilustrado con elecciones. Tengo la extraña sensación, casi la certeza, de que me paso la vida pagando un alquiler, sin opción a compra, de un sitio en una sociedad que ya alguien ha organizado para mí y en la que se me permiten ciertas libertades que se utilizan como mordaza, como coacción moral, para evitar que me dé cuenta de que no soy dueño, ni siquiera socio, de esta amalgama de realidades socio-culturales en la que cierto “poder en la sombra” ha convertido al planeta. Fronteras, himnos, banderas, religiones, doctrinas políticas, racismo, todo está perfectamente orquestado para lograr desunión y enfrentamiento

O, simplemente, hoy me he levantado con un fuerte ataque conspiranoide. Todo puede ser. Pero aquí, ahora, me declaro seguidor incondicional, devoto irredento, fanático, del primero que sea capaz de darle la razón a su oponente o de oponer un argumento en positivo. No hay… lo que tiene que haber: libertad, razones, interés, ciudadanía.

martes, 15 de mayo de 2012

Una Nueva Forma de Hacer las Cosas


Si nos paramos a escuchar y reflexionamos sobre lo escuchado podremos darnos cuenta de que en el mundo llamémosle “libre”, es decir aquel que ha conseguido un cierto nivel de reivindicaciones y libertades, se demanda una nueva forma de hacer las cosas. Existe un cansancio hacia las posiciones intransigentes y “mentirosas” de los políticos, más preocupados en marcar territorio que en los logros ciudadanos. Esa falta de credibilidad, esa cada vez más acentuada falta de representatividad de la calle real y de sus verdaderas necesidades e inquietudes está demandando nuevas figuras que consigan armonizar, que consigan hacerse oír y transmitir lo que la gente de a pie necesita día a día, de lo que piensa el hombre de la calle.
Es verdad que se vota cada cuatro años y se eligen nuevos representantes según la mayoría de los votos emitidos, pero una reflexión sincera nos permite comprobar cómo crecen el voto en blanco y la abstención en un intento de hacer oír el descontento con el sistema electoral y su imposibilidad de reflejar, según está ahora legislado, el verdadero pensamiento de la calle. Las listas cerradas, las parcelas electorales que garanticen rentabilidad, económica y electoral que van parejas, a las grandes estructuras montadas ad hoc, el secuestro de la representatividad que conlleva la disciplina de voto ejercida por los partidos en el parlamento, bordean, creo que por la parte fuera, la esencia de una democracia. 
Pero para poder cambiar la situación hay que hacerse oír. Para cambiar la  situación es imprescindible y ya urgente que la ciudadanía retome el control de su representatividad, el volumen de su garganta y plantee la batalla a la mala praxis de los partidos. No se trata de sustituirlos, no se trata de abolirlos o cambiarlos por otros partidos. La situación parece indicar que falta una figura intermedia, una correa de transmisión que mediante la presión popular obligue a los representantes políticos a ejercer la voluntad de la calle, a percibir y solventar las necesidades cotidianas, si las cotidianas , las del día a día, no solo las macroeconómicas o globales que parecen ser las únicas motivantes para ellos.
Y ese debe de ser el papel de los movimientos, de las asociaciones ciudadanas. Estas figuras hasta ahora mal utilizadas por minoritarias, por ser o parecer correas de transmisión de pensamientos políticos cuando no detentan la representatividad, deben de dar un paso al frente y movilizar a los ciudadanos para la consecución de las mejoras necesarias para su devenir cotidiano. Pero es fundamental que sean independientes, que más allá del pensamiento político de sus miembros individuales mantengan una postura reivindicativa independiente y directamente conectada con el ciudadano de a pie, y que consigan motivarlo, porque sin el respaldo amplio de sus reivindicaciones no pasarán de un grupito de señores que se reúnen y charlan, y para eso ya están las tertulias de café.
Sustituyamos la confrontación por la reivindicación, sustituyamos la denuncia por la solicitud y tal vez consigamos hacernos escuchar o hacer que nuestro esfuerzo sea compartido por aquellos que lo demandan y lo necesitan.