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sábado, 14 de noviembre de 2020

Yo quise ser Susan Calvin

 Normalmente cuando se escribe algo sobre un escritor ya fallecido es porque celebramos alguna efeméride relacionada con él, pocas veces porque creemos que merece más de lo que la sociedad le ha otorgado, o por la influencia que haya podido tener en nuestra vida, como es en este caso, en mi caso.

Habrá quién presuma, yo dudo que pueda demostrarlo, en realidad dudo que pueda ser cierto, de haber leído todo lo que escribió Isaac Asimov, y mi duda parte de la certeza de que Isaac Asimov usó más años de los que vivió para poder escribir la ingente cantidad de obras que llevan su firma. Divulgación científica, ciencia ficción y misterios son las tres patas de su vasta obra, y, aunque aparentemente parezcan dispares, nos ponen sobre la pista de la profunda devoción de Asimov  por la lógica.

Casi con toda seguridad, si hacemos una encuesta popular, la percepción de Asimov para el gran público, que desafortunada expresión, lo ligaría con los robots, con la ciencia ficción y, sin ninguna duda, con las tres leyes fundamentales de la robótica. Con las tres leyes que parecían fundamentales en un mundo de miedos y valores, y que en el mundo actual, en nuestra cotidiana convivencia con la inteligencia artificial y los algoritmos de dudosa finalidad, parecen una vía apartada antes que superada.

Asimov no es un escritor de valores en cuanto que intente describirlos, denunciarlos o inculcarlos, es un escritor científico, un observador de los futuros presentes. Su obra no está interesada en los buenos y en los malos, sino en entender por qué lo son, en analizar cómo influirá su forma de ser en el futuro de la humanidad,  en anticipar las consecuencias de un conflicto entre tendencias dominantes.

Su obra de ciencia ficción, que es hoy mi objeto de reflexión, es puramente descriptiva; muestra, analiza, insinúa y rara vez se decanta por una postura salvo por las necesidades comerciales del final feliz que exigía su época. Su literatura elude sistemáticamente los temas clásicos de la opera espacial tan en boga entonces, extraterrestres, viajes en el tiempo, inventos insospechados, para adentrarse en un rigurosismo científico desconocido en la edad de oro de la ciencia ficción, de la que él fue un pilar fundamental. Y a pesar de ser uno de los maestros de la edad de oro es, para mí, el primer autor que entreabre la puerta a los autores de la “New Thing” que renuevan el género en los setenta. Autores de galaxias interiores, de interiorización científica, con una nueva visión del compromiso humano y no necesariamente del desarrollo científico.

Seguramente sus convicciones científicas y ateas se marcan de una forma indeleble en su forma de afrontar los problemas. Los objetivos de sus personajes no son trascendentes y para lograr esa trascendencia crea ciencias que permitan anticipar desde el presente, desde un presenta imaginario y, casi siempre, futuro, un futuro consecuente. Así  nacen la robopsicología y la psicohistoria, dos ciencias que, desde distintos ángulos, pretenden alcanzar la aplicación lógica al comportamiento humano, y ambas desde el estudio de los comportamientos anómalos de esa aplicación.

Tanto el Mulo como los robots de yo robot, son anomalías que ponen a prueba las ciencias por él imaginadas. En el caso de las fundaciones solo el paso del tiempo, y una mente analítica privilegiada, la de Hari Seldon, permiten que la anomalía sea corregida sin casi necesidad de intervención humana. En el caso de Yo Robot, de los robots “enfermos” de la obra, es, una vez más, la genialidad de Susan Calvin la que se pone en juego para lograr desentrañar un comportamiento no previsto, no acorde con lo programado, del robot y que pone en cuestión, por conflicto, la aplicación de las tres leyes de la robótica. En ambos casos hay una mente que es capaz de desmenuzar lógicamente los hechos hasta lograr presentarlos como un análisis riguroso de realidades que no contemplan ningún tipo de intervención sobrenatural, ni están sujetas a sistemas de valores.

Adentrarse en la lógica de la mano de Susan Calvin, y las singularidades de los cerebros positrónicos, es una las experiencias vitales más apasionantes que yo haya disfrutado. Hasta el punto de que, corriendo el año 71, mirando hacia mi futuro universitario y profesional, yo quise ser Susan Calvin, yo quise ser, ante el desconcierto general y las sonrisas condescendientes de quienes no sabían de que hablaba, estudiante de robótica.

En un país en el que no había aún, casi, ordenadores, en el que estudiar programación era una imposibilidad reservada a empleados de banca o de multinacionales mediante cursos privados, en el que hablar de robots, de ciencia ficción, de ordenadores, era ser señalado como un “chalao”, yo quería ser Susan Calvin, yo quería, como Asimov, asomarme al mundo de la lógica.

No de la lógica filosófica, de la lógica ética o de la lógica científica, no, al apasionante mundo de la lógica binaria, a ese apasionante mundo, no sé si se aprecia que la pasión persiste, en el que toda razón puede ser descompuesta hasta una cuestión original que no permite más repuesta que un sí, o un no. A un mundo en el que los matices no son otra cosa que racimos de decisiones binarias no resueltas.

Nunca pude ser, profesionalmente, Susan Calvin, pero a día de hoy, cada vez que me pongo ante un teclado con la intención de desarrollar un programa que ayude a solventar un problema, una rutina, una gestión, siento la pasión de estar educando un cerebro al que le digo qué, cómo y cuándo. La pasión del creador, del educador, enfrentado al logro de su obra. La pasión de desentrañar paso a paso, con lógica, cada uno de los pasos que me llevarán al objetivo final.

Y sí, sin ninguna duda, sin matices, aún me gustaría ser Susan Calvin.

lunes, 10 de agosto de 2020

Ray Bradbury, cien años

 El 22 de agosto del 1920 nacía Ray Bradbury, quizás uno de los mejores narradores del siglo XX, aunque su etiqueta de escritor de ciencia ficción lastrara su fama en los años en que tal literatura era sinónimo de obra menor y solo reconocida por un círculo bastante reducido de entusiastas, a los que aún no se les denominaba friquis.

Parte de la obra de este evocador de mundos mágicos, levemente arcaicos, a pesar del futurismo, íntimos, a pesar de evocar el espacio en muchos casos, se mueve en un mundo difícil de ubicar en el tiempo, difícil, salvo por los nombres conocidos, de situar en un espacio conocido.

Cuando pensamos en Bradbury, en su obra, lo hacemos habitualmente en las más conocidas, en Farenheit 451, o en sus Crónicas Marcianas, porque saltaron al cine y a la televisión y marcaron otra forma de entender el mundo. Pero ni son la únicas, ni siquiera, para mi gusto, las mejores.

A mí me enamoró de Bradbury, y comparto con Chicho Ibañez Serrador el gusto, un cuento corto titulado “El Cohete”, que él llevó a sus historias para no dormir, pero que simplemente habla del inmenso amor paterno-filial de un chatarrero que compra un cohete. La historia es simple, es corta, es de una sensibilidad y una belleza difíciles de imaginar.

Yo creo que es en su infinita sensibilidad, en su capacidad para hacernos sentir la magia como algo propio y habitual, donde Ray Bradbury se mueve como pez en el agua.

“El Hombre Ilustrado”, “Las Doradas Manzanas del Sol”, “El Vino del Estío”, son sin duda obras que merecen estar en la biblioteca de cualquier lector que ame la sensibilidad narrativa, la belleza de universos contemplados en el discurrir cotidiano del nuestro propio.

He sostenido muchas veces, y lo mantengo, que Ray Bradbury es, para mí, el Borges de la ciencia ficción, el hombre capaz de manejar las palabras para hacernos acceder a remotos paisajes interiores.

El literato cumpliría en estos días cien años, pero su obra, sus obras, deberían de conservarse entre aquellas que los maestros utilizaran para una mejor formación del espíritu de sus alumnos, literatura aparte.

Hay rincones en el alma que solo pueden vibrar cuando las palabras son magistralmente dirigidas hacia su ámbito, sentimientos que despiertan con historias que acaban haciéndose propias. Hay experiencias que solo la obra de Ray Bradbury puede abrirnos.

sábado, 9 de noviembre de 2019

El viaje indefinible


Mi adicción literaria es tan diversa, tan heterogénea, tan ecléctica, que es difícil decir un estilo, una escuela, una tendencia determinadas.
Legué a la literatura de la mano de Ibañez y El Capitán Trueno, seguí con Rudyard Kipling y Marcial Lafuente Estefanía. Cualquier cosa con letras que cayera en mis manos pasaba automáticamente a mis ojos. Es cierto que mi padre intentaba poner un cierto orden en mis lecturas, pero aunque puedo decir que mis libros de cabecera fueron “StalKy & Co” y “Cuentos de la Alta India” y que una versión de “IF” presidía mi mesa de estudios desde que yo puedo recordar, no estaba cerrado a ningún otro género literario, y así entraron en mi vida Julio Verne, Emilio Salgari, Karl May, H.G. Wells, Edgar Rice Borroughs  o Zane Grey. Así que pronto comprendí, 12 o 13 años, que me apasionaba la ficción y que había libros que enseñaban más, o mejor, que los de texto. Aún hoy oigo hablar de parajes  que conozco sin haber estado nunca en ellos.
Por Borroughs llegué a la ciencia ficción, por él y por las novelitas de Bruguera que publicaba en el mismo formato que las de vaqueros.
Aún recuerdo con añoranza aquellas caminatas con mi compañero Javier Salas hasta la calle de Benito Gutierrez  esquina a Juan Álvarez de Medizabal donde una señora ponía un tenderete lleno de libros de segunda mano. Allí compre la Saga de Carter en Marte, y la de Carson en Venus, y los libros de las primeras colecciones de Ciencia Ficción publicadas en España por la Editorial Géminis y Nueva Dimensión o Ferma, precursoras de Bruguera y su colección de traducciones de “Fantasy & Sciencie Fictión”, primera colección que llegaba con regularidad a los kioscos.
Ahí me hice amigo de Ray Bradbury, de Philip K. Dick, de Poul Anderson, de Fritz Leiber, de Isaac Asimov, de Clarke o de Zenna Henderson, entre otros muchos autores que te contaban como era el universo más allá de la fronteras del día a día o más adentro de las fronteras de la piel y del tamaño.
Quise, desesperadamente, desesperanzadamente porque en nuestro país no había ninguna posibilidad, ser Susan Calvin, la protagonista de Yo Robot. Quise conocer los mundos exteriores con la misma pasión que los mundos interiores. Comprendí que todo era posible, incluso lo imposible, y la famosa frase de Dick: “He visto cosas que vosotros jamás creeríais”, se hizo una frontera franqueable para mi mente.
La ciencia ficción ha sido, a lo largo de mi vida, la más eficaz herramienta para que mi mente no admitiera más limites que lo que no era capaz de imaginar, e, incluso, esa frontera se intentaba traspasar con imaginación o con consciencia de la existencia, o inexistencia, de lo inalcanzable, de lo inconcebible, de lo inabarcable.
He pasado gran parte de mi vida convencido de que me había asomado a todos los rincones que mi mente era capaz, o incapaz de procesar, y han bastado un par de libros recientes para darme cuenta de que una vez más, otra vez, había mundos que ni siquiera había sospechado y que estaban a mi lado. Perspectivas para mirar lo que nos rodea, o a lo que rodeamos, que ni siquiera había imaginado.
Es increíble la perspectiva que una tradición cultural ajena a la nuestra es capaz de aportarnos, la riqueza de matices existenciales, o inexistentes, que esa otra forma de mirar encuentra y que nuestra mente nunca había explorado, o con cuya frontera se había topado sin siquiera ser consciente de que la tal frontera existiese.
Fue espectacular encontrarse  con la tradición oriental y enfrentarse al universo desde una perspectiva cultural totalmente ajena. Fue desconcertante, pero maravilloso, esclarecedor, refrescante, innovador, enfrentarse al universo de la mano de Cixin Liu y su “Problema de los Tres Cuerpos”, una novela complicada de leer por su profundidad, por la mirada cultural con que está escrita, y porque los nombres nos son tan ajenos que es difícil recordar un capítulo más adelante quién era quién o siquiera si era mujer u hombre. Pero la pena tiene la recompensa de percibir, cuando el problema se ilumina, como tu cerebro ha activado algunas zonas hasta ese momento ignoradas.
Y me ha vuelto a pasar. Me ha vuelto a pasar con “Quién teme a la Muerte” de Nnedi Okorafor, una novela con una carga étnica tan espectacular que la magia no es más que un instrumento sin el que el mundo no podría sobrevivir. No una magia blanca y occidental, si no esa magia misteriosa, profunda, enraizada con la naturaleza que los africanos asimilan como un componente más de su realidad cotidiana.
Descubrir en tu interior la riqueza que el exterior no te permite alcanzar, bucear hacia adentro lo que no puedes navegar hacia afuera, traspasar reduciendo lo que no está al alcance de tu expansión, es solo uno de los crecimientos lineales que la búsqueda, así planteada, sin definir el objetivo de esa búsqueda, te permite, pero no el único. También el conocimiento se encuentra a tu lado, siempre que seas capaz de ver en los demás aquello de lo que tú mismo careces. Siempre que seas permeable a lo que los demás te puedan aportar sin la desconfianza absurda que te lleva a recelar de todo lo ajeno.
La riqueza del universo no sabe de etnias, ni las células de nuestro cuerpo saben de colores más allá de los que les aconseje el clima. La única riqueza satisfactoria es la de poder acercarse a los misterios inalcanzables y notar el cosquilleo de su aceptación consciente incluso en la ignorancia.
Leer es disponerse a ver el mundo con unos ojos diferentes a los nuestros, es aceptar que lo que nos dan es más rico que lo que damos, es ser, sin cortapisas ni soberbias, un poco mejor, estar un poco más completo.

domingo, 27 de enero de 2019

Guatebuena o guatemejor


Asombra cada vez más esa capacidad desarrollada por algunas personas para leer lo que ellos quieren leer sin pararse ni un ápice en leer lo que realmente dice un texto. Y además se permiten discutir con el autor en base a lo que dicen haber leído sin dar ninguna credibilidad a lo que evidentemente dice el texto en cuestión.
Es obligación de todo el que escribe hacerlo con las palabras correctas, con la precisión de un ingeniero y la claridad de una ventana sin cristal, para cerciorarse de que lo que dice se corresponde con lo que quiere decir. Pero aun así habrá quien lea algo diferente a lo escrito. Y no hablamos de las lecturas entre líneas que algunos escritores cultivan, cultivamos, con esmero, no, si no de la interpretación absolutamente errónea del texto principal.
Es verdad que casi siempre estas posturas se corresponden con querencias ideológicas, casi siempre, que llevan a interpretar todo con el simplismo de lo bueno y lo malo.
Sin comerlo ni beberlo, sin ni siquiera pretenderlo, un escritor puede pasar de fascista irredento a rojo de mierda en el tiempo en que ciertos lectores tarden en leer el título de artículos que defienden lo mismo con distinta argumentación. Basta con que la postura no sea totalmente coincidente con los patrones de pensamiento aceptados en ese momento por el movimiento ideológico, o partido, al que el lector esté adscrito.
Me ha pasado recientemente con un artículo sobre la situación venezolana, en el que pretendía comentar la falta de información veraz con la que nos movemos y el cuidado que hay que poner en dar por bueno algo que, desde la distancia, puede parecer coincidente con nuestra forma de pensar pero sin dominar el entorno en el que se produce, ni las circunstancias.
Soy un convencido que el personajillo que dice gobernar Venezuela en nombre de los intereses que sea, y que él y los de los intereses sabrán, es un cáncer totalitario de los que hacen todo el daño que pueden antes de ser extirpados, no tienen cura, y que por tanto mi postura es absolutamente reprobatoria.
Pero también recuerdo que antes de Chavez Venezuela no era un paraíso para el pueblo en general, aunque si para una oligarquía feroz y acaparadora. ¿Puedo desde aquí presuponer que el señor Guaidó, que en principio tiene mayores simpatías para mí que Maduro, no va a representar a otros intereses, de otro signo o nacionalidad, que no sean también perjudiciales para los pobladores de aquel país? Pues no, no lo puedo presuponer. Ni la historia ni lo poco que sé del nuevo presidente venezolano me invitan al optimismo de pensar en un país libre de las garras extranjeras y donde la sociedad sea igualitaria y se beneficie de sus riquezas. No puedo, imposible. ¿Quiere esto decir que prefiero que siga Maduro? Ni de broma. Sus bufonadas permanentes me llevan de la vergüenza ajena a la incredulidad, del bochorno a la conmiseración por los gobernados, y a la indignación. Solo un muñeco articulado puede ser tan nefasto y gobernar.
Cuando uno está en lo peor, y posiblemente Venezuela lo está o lo roza, cualquier otra cosa es mejor, pero a veces lo mejor es enemigo de lo bueno, y eso si me preocupa.
Como me preocupan, y mucho, los apoyos recibidos por el señor Guaidó. Pienso que si yo recibiera el apoyo a mis ideas de Trump o de Bolsonaro, abriría con carácter de urgencia una honda reflexión sobre mis ideas, con la esperanza de que ellos estuvieran equivocados al apoyarme.
En fin, que cada uno lee lo que quiere o lo que su mente le permite. Espero que esta vez mi reflexión se entienda un poco mejor que la anterior.  Al menos por parte de los que a la hora de leer, de charlar o de debatir, usan la plantilla ideológica para poder posicionarse, y de paso posicionar a los demás que es lo que más les divierte y satisface.
Venezolanos, mucha suerte, la vais a necesitar suceda lo que suceda, y, sobre todo, no cejéis en la lucha por conseguir un país libre, igualitario y justo.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

La justicia geográfica


Estaba el otro día leyendo periódicos, cuando mi cabeza, en uno de esos momentos en que la ensoñación sustituye a la consciencia, se puso recordar aquellas lecturas que llenaron mis primeros años de absorción literaria.
Aquellas denostadas, pero importantes para el inicio lector, novelas de vaqueros y de ciencia ficción que por una cantidad muy moderada te proporcionaban algo más de una hora de entretenimiento y que, casi sin querer, te abrían la puerta a lecturas de mayor calado.
No podría olvidar, ni quiero, a Marcial Lafuente Estefanía y aquellos vaqueros de siete pies de altura que siempre medían sus protagonistas buenos, los malos eran algo más bajos. A él se unían otro cuyos seudónimos saltan a mi mente: Keith Luger, cuyo tono irónico marcaba sus obras, Silver Kane, Lou Carrigan o Clark Carrados eran nombres habituales y deseados al ir al quiosco en busca de nuevas lecturas.
Recuerdo aquellas cien páginas, sus contenidos, sus aventuras perfectamente previsibles, con la añoranza de unos tiempos en los que una editorial, Bruguera, hacía más por la lectura que todos los planes educativos coetáneos y posteriores.
Y recordaba entre todos esos nombres e historias, algo que me causaba un profundo desconcierto, desconcierto que luego se confirmaba viendo algunas películas negras americanas.
En los Estados Unidos de América los delincuentes podían vivir tranquilamente entre los demás. Bastaba con que tras cometer la fechoría que fuera huyeran a otro estado, traspasaran una frontera imaginaria para que sus perseguidores no pudieran detenerlos. Inverosímil. Recuerdo incluso una novela en la que los malhechores tenían una casa que daba a dos estados, con lo que no tenían que huir, les bastaba con cambiar de estancia para ser intocables.
La imagen de los policías persiguiendo a un felón y viendo cómo se alejaba tras pasar por delante de un indicador que marcaba el cambio de estado era algo que mi mente infantil y juvenil, no llegaba a entender. O sea que se podía ser delincuente en un lugar y persona honrada en otro. O sea que haber delinquido en un lugar no significaba ser culpable en otro. O sea que la justicia no era un concepto homologable geográficamente, no era un concepto ético, si no físico.
Aún hoy, recordando aquellas historias, el concepto me parece poco consistente, resbaloso, indicativo de un mal funcionamiento que no acabo de definir. Tengo la íntima sensación de que si alguien burla a la justicia en un lugar sus hechos deben de ser juzgados, esté donde esté.
Pero bueno, eso sucedía en aquellos Estados Unidos de Norte América en los que la gente iba con armas por la calle y se liaban a tiros por una mirada de más, o de menos, o sin mirada. Otro gallo les cantaría a los delincuentes si vivieran de esta parte del océano.
Y a todo esto, cosas de la cabeza, ya no recuerdo sobre que trataba la noticia que estaba leyendo cuando se me fue la olla.

sábado, 21 de marzo de 2015

Cincuenta sombras, una penumbra

A veces hacen falta cincuenta sombras para poner de manifiesto una penumbra. Cincuenta sombras o más.
Al señor Grey me lo presentó mi amiga Ana hace un par de veranos. Me dejó el libro y me pidió que lo leyera porque había escandalizado, e incluso excitado, a algunas mujeres de sus círculos. Y yo, lector impenitente que no había oído hablar del librito en cuestión, me puse con ahínco a la tarea solicitada. Y sin con ahínco comencé acabé con hastío, o con necesidad urgente de rematar una tarea que se me estaba haciendo cuesta arriba.
Los primeros capítulos me parecieron una típica fotonovela de los años 60 solo que los textos no se escribían en “bocadillos”, ni había fotogramas. Según avanzaba en la lectura aquello se convirtió en una manual de erotismo avanzado para  “monja alférez” para devenir finalmente en un panfleto de elogio al maltratador triunfante al que todo le está permitido porque es rico, guapo y tiene helicóptero. El mismo comportamiento por parte de un señor humilde, con coche de segunda mano y deudas acabaría seguramente con una orden de alejamiento o un asesinato, sin contar con el linchamiento público, por mucho contrato de sumisión que hubiera firmado la víctima.
Pero ya al cabo del tiempo y viendo el fenómeno social que la acompaña, inevitablemente uno reflexiona y saca conclusiones, y las conclusiones no son nada positivas, ni para la novela, ni para los individuos que la aclaman, sean del género que sean, ni para la sociedad que acoge el éxito.
De la novela no se puede hacer una crítica literaria ya que la literatura está ausente, como máximo podemos reseñar esa ausencia. Como erótica, no sé, a mí me produce una cierta hilaridad trufada de vergüenza ajena, la misma que me produce la pornografía barata de gestos desmesurados, gritos histéricos y situaciones imposibles, improbables, irreales. Basta comparar con novelas que si son eróticas y que están disponibles en cualquier librería. Y respecto a su supuesto sado-masoquismo, y dado que yo no soy un experto, cogí la ouija, convoqué al Marqués de Sade, y a las primeras de cambio se me murió en un ataque de risa.
Respecto a los individuos la cosa es más delicada, pero tengo la impresión que las 50 sombras de las que el titulo habla son a causa de una sexualidad insatisfecha, de una sexualidad en muchos casos renunciada por inacción y reprimida por falta de comunicación, por convenciones sociales y por una formación sexual inadecuada. La respetabilidad de la mujer madre, la honorabilidad del padre de familia que no pueden permitirse abandonarse a sus instintos y ni a los de su pareja a la hora de encontrarse íntimamente.
Y claro, parte de la culpa de este comportamiento viene de una sociedad pacata, con reminiscencias victorianas, incapaz de asimilar, ni por parte de los hombres ni por parte de las mujeres, una sexualidad que busca ya más el placer que la reproducción, que vira en su objetivo final sin atreverse a afrontar clara, limpia, sinceramente el nuevo rol de la pareja y poner los medios formativos y psicológicos que los individuos requieren para su adaptación.
Habrá quién lea un llamamiento al famoso “libertinaje, a la promiscuidad, al final de la familia. Pues no. El fin primordial de las parejas sigue siendo el reproductivo y en ese rol la estabilidad es fundamental, pero ese fin que en otros tiempos era abundante, es ahora restringido y el sexo se acaba convirtiendo en una necesidad, en una represión y en el negocio de los más listos, y posiblemente inútiles y dañinos.

Yo espero que ninguna mujer de mi familia encuentre un Grey en su camino, ni rico, ni pobre. En realidad deseo que ninguna mujer de ninguna familia encuentre un Grey en su camino, y si lo encuentra, masoquistas aparte, lo ponga en manos de las autoridades, porque eso significará que se respeta tanto como yo pretendo respetarla. Y a la hora de practicar el sexo, el sexo consentido y placentero, que no haya ni una sola sombra en su placer ni en el de su pareja.

viernes, 30 de marzo de 2012

Arte Digital


A mediados de la segunda década del siglo XXI la tendencia creciente a la creación virtual del arte llevó a la práctica extinción de los creadores humanos como tales. Actores, músicos, pintores, escritores, arquitectos… todos los creadores vieron suplantada la chispa de la creación individual por la sistemática búsqueda de la razón matemática de la novedad que podía llevar a cabo cualquier ordenador convenientemente programado.

Si bien este furor no duró más de veinte años, es verdad que llevó a la práctica extinción de los actores y los músicos, es decir de todos aquellos cuyo arte era la recreación, ya que los programas fueron especialmente excepcionales en esos aspectos. Crear un actor virtual, o un músico, estaba al alcance de cualquier empresa de efectos especiales e interpretaban con absoluta fidelidad aquello que inicialmente el director, y posteriormente el productor o promotor, deseaban.

Esta situación pasó por dos periodos diferentes:

En el año 2012 nace la primera productora íntegramente digital dedicada al cine. Digitals Stars, presenta a sus mil doscientos actores virtuales que serán protagonistas, secundarios y figurantes de todas sus producciones. Hay actores con todas las características físicas y raciales más destacables y permiten en los momentos necesarios crear híbridos que se acomoden perfectamente a una situación interpretativa particular. Su primera producción, una versión de una conocida película de los años 80 del siglo XX, arrasa en las taquillas y es tal el éxito comercial, y económico ya que los actores virtuales no cobran,  que inmediatamente surgen nuevas productoras. Al cabo de tres años las películas convencionales no tiene cabida en el circuito comercial. Solo el teatro mantiene a un reducido elenco de actores en activo. Solo el teatro y solo en ciertas ciudades de ciertos países. El perfeccionamiento de la proyección holográfica y las técnicas de sonido van arrinconando todas las posibilidades.

Si bien el negocio funciona perfectamente a nivel económico los estudiosos del mercado empiezan a apreciar una crítica creciente en cuanto a la monotonía de la capacidad interpretativa de estos actores individuales y, a nivel todavía experimental, empiezan a buscarse nuevas soluciones. Son especialmente reseñables la de Edgard P. Harrys que intenta que los actores virtuales sean réplicas perfeccionadas de actores reales y que acaba en un fracaso económico y la de Inhuman Artists que intenta inventar actores no humanos para representar obras típicamente humanas. Se da una nueva visión, extremadamente exótica, de las historias y se hace imposible la comparación con la capacidad interpretativa de los actores humanos. Tras unos éxitos iniciales pronto la gente le vuelve la espalda a la novedad.

Es el declive paralelo de la música, que debido al arrinconamiento de los músicos y  a la mayor interrelación creador-intérprete, y a una imposibilidad de controlar un mercado que tecnológicamente es cada vez más independiente de la comercialización tradicional se ve abocada a la practica desaparición de las grandes empresas musicales, el que encuentra la salida de la crisis aprovechando la situación profesional de los intérpretes y las nueva tecnologías.

Es el año 2019 y Digiman Songs Company digitaliza a todos los grandes intérpretes de la historia y ofrece una suma sustanciosa a todos aquellos contemporáneos que estén dispuestos a ceder sus derechos de imagen y autor vitalicios a cambio de una cantidad que de alguna forma garantiza una vida pasable y la posibilidad de promoción futura en función de la utilización de los archivos.

Cuando a finales de 2020 Digiman presenta su primer trabajo y las líneas maestras de su actuación algunos críticos se entregan a la euforia y el triunfalismo. “Nada, nadie a lo largo de la Historia ha podido concebir un proyecto creativo como el que hoy nos ha sido presentado. Digiman no solo es un nuevo capítulo en la historia del arte, Digiman es el comienzo del Arte”, llega a escribir un famoso crítico en una no menos famosa publicación diaria.

Las claves de Digiman:

-          No existe un artista tipo, todos los artistas son una mezcla de las distintas características de varios. Ejemplo: un violinista tendrá la tensión de arco del brazo de un individuo, la muñeca de otro, la mano derecha de un tercero y la mano izquierda de un cuarto, el oído de otro más y así características individuales de tantos intérpretes como sean necesarios hasta completar un violinista completo.
-          Cada cliente podrá configurar su propio intérprete o grupo y la música que desea escuchar.
-          En los conciertos y recitales estos artistas tendrán un aspecto físico holográfico normal pero sus características interpretativas variarán en cada evento.
-          Al final de una gira o serie de actuaciones se grabará un disco con dos versiones: una la grabación del mejor concierto, otra la grabación del mismo programa por la versión interpretativa que mejor haya resultado.
-          Digiman versionará por su sistema y según su criterio las composiciones novedosas de los artistas contratados por ella.
-          Ninguno de los artistas contratados podrá grabar, interpretar, versionar o participar en conciertos sin el permiso explícito de Digiman SC.

El éxito es clamoroso y las alabanzas se multiplican ante la capacidad de llevar las posibilidades de versionas hasta el infinito. Este mismo éxito lleva a la industria del cine inicialmente y finalmente a la del teatro a caer en las mismas redes.

En el año 2022 Digiman Songs se convierte en Digiman Arts & Artists e incorpora al sistema a todas las artes escénicas y al año siguiente las plásticas.

Año 2028. El Imperio Digiman oculta a duras penas la laxitud creativa y el adocenamiento evidente del espectador, por no hablar del desplome lento pero estrepitoso del componente económico. Digiman vive de los patrocinios y las colaboraciones, pero incluso estos capítulos empiezan a mermar.

En este ambiente decadente y anodino se produce lo que años más tarde se conoció como el caso Timo Slock o el síndrome de Aquello.
Timo Slock, de origen nórdico, músico sin grandes méritos en el capítulo interpretativo era sin embargo, y a pesar del desconocimiento público, autor de un par de composiciones de éxito de Digiman. Se le podría considerar como un funcionario acomodado y razonablemente feliz cuando se convirtió en el primer caso que llevaría al fin del digitalismo.

El 19 de noviembre del 2028 un empleado de Digiman recibe una llamada de un cliente solicitando la reparación de un soporte que se ha borrado inexplicablemente. Al intentar hacer un duplicado el empleado advierte que los archivos correspondientes a Timo Slock estaban vacíos. Existían los índices pero no accedían a ninguna información, ni en los originales ni en las múltiples copias de seguridad que la empresa había guardado previsoramente a lo largo de su historia.

Se decide digitalizar de nuevo al personaje cuando los técnicos se encuentras que hace dos días que Timo Slock ha entrado en estado catatónico sin que los médicos tengan ningún tipo de explicación.

Se ordena una revisión exhaustiva de los archivos y se comprueba que existen tres casos más idénticos, un actor y dos pintores. Por supuesto los datos de esta investigación y los de las posteriores fueron celosamente ocultados hasta que el número de casos hizo imposible la preservación del secreto.

En el año 2031 una alta instancia judicial ordena, como medida preventiva, la destrucción de los archivos de digitalización personal de Digiman y una moratoria de seis meses para el resto, sujeta a la evolución de los casos tras esta primera medida. El síndrome de Aquello, así llamado porque jamás se ha encontrado una explicación médica o científica para lo acontecido, se detuvo. No hubo más casos que los cerca de setecientos que por entonces se habían constatado. Ninguno de los afectados se recuperó nunca. Los archivos sujetos a moratoria se salvaron, gracias a lo cual hoy en día aún podemos disfrutar de algunas de aquellas joyas de su momento.  

El comienzo del post-digitalismo ha llevado a un insospechado florecimiento de la creación y la interpretación, pero en medio de la euforia hemos olvidado, hemos enterrado en la parte más remota y oculta de nuestra memoria, que aunque Aquello no está activo en este momento no sabemos que podría desencadenarlo de nuevo. Yo reclamo desde esta tribuna los fondos y recursos, el interés social y científico, necesarios para descubrirlo y prevenirlo o extinguirlo definitivamente.


Madrid, 19 de noviembre del 2047