viernes, 7 de enero de 2022

Los cuestionistas

Corría el año del señor de 1520, los españoles intentaban conquistar la capital de México mediante alianzas con tribus sojuzgadas, cuando un aliado inesperado, inesperado por los mexicanos que incluso ignoraban su existencia, inesperado por los españoles porque no contaban con él, vino en su ayuda, y allí se quedaría hasta 60 años después, hasta cuarenta millones de indígenas muertos después.

Mucho se ha hablado de los aguerridos descubridores españoles, que eran aguerridos, ciertamente, eran descubridores de lo desconocido por la civilización en la que habían nacido, sin duda, pero eran pocos y mal equipados para la colosal tarea que años, siglos, después podemos comprobar que acometieron. Pero no todos los que llegaron a América eran españoles. Por ser más exactos, no todos eran humanos, no todos ocupaban lugar en los barcos, o al menos, no todos estaban presentes en los manifiestos de embarque.

Virus desconocidos para los indios, tan desconocidos para ellos como lo era para nosotros el COVID en sus inicios, y posiblemente aún ahora, los virus de la viruela y el sarampión principalmente, se difundieron entre la población indígena creando una pandemia que, por duración en años y número de muertos, aún no ha sido superada por ninguna otra, ni siquiera por la peste negra, esta bacteriana, que asoló Europa y Asia, y que durante seis años mató al 50-60 % de la población a la que afectó.

Las pandemias, unas más mortíferas en el tiempo, otras más mortíferas en corto plazo, suelen ser el enfrentamiento del sistema inmune del ser humano con una afección para la que no está preparado, y eso ha sucedido, sucede y sucederá a lo largo de la historia. No olvidemos que, ya literariamente hablando, los marcianos de la “Guerra de los Mundos”, que arrasan ejércitos y resistencias gracias su superioridad tecnológica, fracasan en su invasión porque su sistema inmune no es capaz de enfrentarse con eficacia a las afecciones terrestres, y mueren en sus naves mientras contemplaban su victoria militar. Las grandes potencias, sus estamentos militares, ni lo ignoran, ni lo olvidan.

Se ha establecido un falso debate, un debate interesado, un debate politizado, entre los que niegan el virus y los que consideran cualquier medida oficial a tomar contra el COVID como si fuera un mandato divino, entre negacionistas y oficialistas, pero tanto en un bando como en el otro trabajan con más mentiras que certezas, con más fe que razón, y así es difícil llegara a verdad alguna, ni siquiera parcial. Los negacionistas niegan, mire usted que cosa absurda, desde la existencia del virus, hasta la utilidad de la vacuna. Los oficialistas exigen, lo que es un disparate, desde el uso de la mascarilla en espacios abiertos, hasta el cierre de cualquier actividad, preferiblemente de ocio y nocturna, lo que huele a recorte de libertades, de tipo puritano, más que a ningún tipo de eficacia en la lucha contra la afección.

Desde los estamentos oficiales, sin ningún rigor, sin ninguna previsión de futuro, sin ningún conocimiento básico de los mecanismos del virus, se enfocó la lucha como una batalla de exterminio, como un duelo en OK corral, solo podía quedar uno, o el ser humano, o el virus, y en esa estrategia de terror, de enclaustramiento, en esa psicosis de batalla definitiva, se enmarcaron las vacunas. Y ahora, dos años después de la irrupción mortífera del virus, los oficialistas, aferrados a una estrategia que nunca debió de ser, aferrados a una mentira oficial que en ciertos momentos pudo tener alguna justificación, siguen planteando esta batalla sin vencedor posible , con una estrategia basada en la desaparición, en la imposible desaparición, del virus.

Ahora, cuando el negacionismo es absurdo, es inconsistente, es ridículo, el oficialismo se arroga el derecho a la verdad absoluta, a una verdad que, tal como está planteada, y llevada a su extremo, no puede desembocar más que en un desastre social y económico de dimensiones incalculables, y por si fuera poco el disparate, resulta que, con cierto fundamento estadístico, el negacionismo es de extrema derecha, y el oficialismo es progubernamental. Lo que en España lleva a la cómoda rutina silogista, al simplismo intelectual político-interesado de:

- Si cuestionas algo sobre el virus eres negacionista

- Si eres negacionista eres de extrema derecha

- Luego si cuestionas algo sobre el virus eres de extrema derecha.

Y así planteado supone tal empobrecimiento de la capacidad intelectual, ya mermada en general por ideologías y un sistema educativo deficiente, deficiente por interés, que cualquier debate sobre una cuestión de capital importancia se hace desde posiciones frentistas, irreductibles, nada constructivas, nada edificantes. Unos desde un negacionismo cerril, incapaz de asumir una realidad palmaria, el virus, el beneficio evidente de las vacunas, otros desde un terror ideologizado, incapaces de asumir las mentiras oficiales: el virus difícilmente se propaga en espacios abiertos, ni siquiera en el contacto físico casual de un saludo o un abrazo, salvo patología previa que lo haga de riesgo, el virus no se propaga por contacto, salvo que ese contacto sea reiterado y afecte a las zonas sensibles, el virus no ataca más por la noche, ni es especialmente furibundo con los que bailen o tomen copas, aunque no tomar ciertas precauciones pueda significar un riesgo de contagio.

El cierre del ocio nocturno, el toque de queda, no parecen otra cosa que medidas estéticas y puritanas. Si cierro los locales, fomento los descontroles de los botellones. Si impongo el toque de queda, fomento el descontrol de las fiestas privadas, favorezco a aquellos cuya forma de vida, cuya calidad de vida, les permite disponer de espacio no comunitario para sus actividades. En definitiva, son medidas coercitivas de dudosa eficacia respecto al virus, pero que no son dudosas respecto al cercenamiento de la libertad. Medidas estéticas que enmascaran la falta de acción política: inversión en personal y medios sanitarios, inversión en infraestructuras necesarias.

El virus no se va a erradicar, es ya parte de nosotros, al menos de la mayoría, y acabará siendo de todos, y ahora nos toca aprender a vivir con él, aprender, como lo hacemos con el virus de la gripe, con el del SIDA, con otros tantos, a tomar las precauciones evidentes de no querer estar enfermos, de no querer pasar un episodio incómodo que, si se complica, y siempre puede complicarse, como con la gripe, como con el SIDA, como con tantos otros, puede ser letal. Y las vacunas han sido fundamentales para lograr parar la capacidad mortífera del COVID, si tienen otros efectos perjudiciales, otras consecuencias indeseadas, solo el tiempo lo dirá, pero nos han permitido ganar, de principio, esas batallas, la del tiempo, la de la vida.

Pero eso no significa que tengamos que basar toda nuestra vida en el número de vacunas recibidas, como si de cicatrices de victorias se tratara. Hay ya quién habla de cuarta dosis mientras hay estudios rigurosos que cuestionan la eficacia de la tercera dosis, y hay opiniones autorizadas que intentan poner un poco de luz en tanta posición visceral, irracional, emitida desde posicionamientos que nada tienen que ver con la medicina, con la salud. Y mi actitud es escuchar a todos, es defender la salud y la libertad, es cuestionar desde una mentalidad no mediatizada por el terror, por la ideología, por la economía o por un cientifismo que invalida cualquier otro matiz, toda la información que me llega, y vivir. Seguir viviendo, seguir amando, seguir disfrutan do de lo que y de los que me rodean, sin ponerme en peligro, sin suponer un riesgo para los demás, pero sin caer en aspavientos, en mediocridades y en zarandajas de los que no se atreven, o no son capaces, de reconocer sus errores, que no por compartidos los hacen menos erróneos, de los que consideran que la vida de los demás es un riesgo para la suya propia.

Ahora solo queda, ya hay atisbos, variar el clima de terror que durante dos años se ha sembrado, se ha imbuido, se ha grabado a fuego en muchas gentes, que aún hay personas y estamentos empeñados en mantener, por otro de responsabilidad y precaución que es el que corresponde al momento actual y al devenir previsible, hasta la próxima pandemia, porque habrá otras, no les quepa la menor duda, y tal vez no tan lejanas.

Así que, sabiendo de antemano que mi opinión será considerada negacionista por los más oficialistas, y colaboracionista por los más negacionistas, he decidido declararme cuestionista. ¿Qué eso no existe? Por eso, precisamente por eso, ya va siendo hora de que exista.

sábado, 1 de enero de 2022

Jo, jo, jo (cof,cof,cof)- Un cuento navi-covi-deño

En estos días lo habitual sería disfrutar de unas fechas festivas y familiares, criticar, o ensalzar, la iluminación navideña y preparar los regalos para que SSMM los Reyes Magos, o Papá Noel, según conveniencia familiar, los dejen en el salón de las casas donde niños y mayores esperan con ilusión, con nervios, y con expectación, la mañana señalada para abrir los paquetes y empezar a disfrutar de la magia de los mágicos presentes.

Lo habitual sería olvidar las penas y las penurias y lanzarse a la calle, a los brazos de la familia, a la reunión con amigos y compañeros para festejar, como si fuera un presente sin pasado, un presente sin mañana, con un punto de histrionismo, de histerismo, de ansia de felicidad, unas navidades llenas de tradición, llenas de necesidad de descargar las preocupaciones cotidianas, llenas de ansias de momentos dulces y felices, empezando por el día nacional de la salud, que casualmente coincide con el día del sorteo de Navidad. Eso sería lo habitual, pero este año veo, en realidad entreveo, porque es difícil observar una sonrisa, ver perfilarse un beso, insinuar con un gesto, ojos cansados, ojos con rabia, ojos con miedo. Y en esta panorama, en este mundo entrevisto que se oculta, porque eso permite pensar que existe una certeza que nadie tiene, nadie, me resulta difícil pensar un mensaje de esperanza, intentar imaginar un año en el que la siembra de terror con la que nos han amargado durante dos años, con la que nos siguen  amargando sin fin justificable, no siga dando sus frutos a conveniencia de industrias, de gobernantes, de fanatismos de todo signo.

Nadie nos cuenta, y a los pocos que lo cuentan o no se les escucha, o se les insulta para callarlos, que las vacunas, necesarias pero cuestionables en su explicación y desarrollo, eficaces pero no definitivas, no podían ser una solución de erradicación, y son solo un intento, parece que eficaz, necesario por cronificar, por asumir, por integrar, un mal que irrumpió con una mortalidad que hacía décadas que no sufríamos, y que sembró el terror, posiblemente interesado pero incuestionable, en la sociedad. Nadie parece tener interés en escuchar que ahora ya es el tiempo de los tratamientos que empiezan a surgir, el tiempo en el que el COVID como agente mortífero no supera a la gripe, a las enfermedades cardiovasculares, o al cáncer, el tiempo en el que intentar no contagiarse ya no tiene que ser una obsesión, debe de ser una precaución. Un tiempo en el que su estacionalidad será continua, en el que los protocolos de aislamiento no pueden paralizar a un país, no pueden desmembrar a  una familia, no pueden separar a los amigos, a las parejas. Un tiempo en el que corresponde a la inversión en medicina y no a las medidas coercitivas, cercenantes, tomar el relevo del combate. Más sanidad y menos restricciones, de la mano.

Han vuelto los abrazos, pero cuesta apretarlos, cuesta prolongarlos, cuesta disfrutarlos. Han vuelto algunos besos que se quedan enredados en telas que separan los labios de la piel ajena, en telas ávidas de sentirse piel deseada, de creerse labios entreabiertos. Han vuelto los apretones de manos, pero algunos revolotean y en el camino se convierten en puños que chocan, o en gestos incompletos.

Me han contado, no lo puedo dar por cierto, parece ser que sucedió en algún país del norte, tal vez lo he imaginado, que en cierto hogar en el que se esperaba a Papá Noel con todo preparado para recibir los regalos, oyeron en el tejado el tintineo característico de los renos, y que, incluso, a través de la chimenea se filtró el destello rojo de la nariz de Rodolfo. Todos corrieron a esconderse, a sus camas, todos simularon el sueño, y en esa empezaron a oír que por la chimenea se deslizaba alguien. Todos los oídos esperaban, atentos, el característico “JO,JO,JO” de Santa Claus, pero en medio del silencio expectante resonó como un aldabonazo siniestro en un castillo caucásico y desierto un “cof, cof, cof” de una tos ahogada. El “pater familias”, espantado, se incorporó de un salto en su lecho y corrió a la chimenea, llegó justo para ver como un rostro orondo y barbudo, sobradamente conocido y esperado, asomaba  junto a un cuerpo rotundo, un saco, y… ¡dios mío!, sin mascarilla. El padre, escandalizado, le exigió con un gesto,  todo fue gestual en el encuentro, que se pusiera el adminículo, Papá Noel intentó explicarle que los entes mágicos no sufren enfermedades y por tanto no llevaba medidas preventivas, ni tenía el pasaporte COVID porque no se había vacunado, no lo necesitaba. Todo fue inútil. Tras los aspavientos, las exigencias, los intentos de explicación y las conminaciones, Papá Noel y sus regalos emprendieron, resignados, el camino de vuelta chimenea arriba hasta su trineo, no sin antes, por el camino, volver a oírse el mismo “cof,cof,cof” que se había escuchado anteriormente.

El padre, triste pero orgulloso, se volvió a la cama y le explicó a su esposa, que por primera y única vez en su matrimonio le dio la razón, lo sucedido, y la tristeza que sentía porque sus hijos ese año no tuvieran regalo. La noche transcurrió con la lentitud propia de las noches de tristezas, de agobios, de renuncias, y al llegar la mañana, al oír a sus hijos prepararse para acceder al salón y ver sus regalos, el padre se sintió en la obligación de explicarles que posiblemente, debido a la pandemia y a las restricciones, Papá Noel no hubiera llegado.

Abrieron el salón y… allí estaban los regalos de los niños, incluso más de los que habían pedido, pero ni uno solo para los padres. Para los padres solo había un sobre, manuscrito de Papá Noél. El texto era escueto:

“Para el próximo año os deseo una limpieza completa de la chimenea, porque ni los más mágicos podemos pasar entre tanta porquería sin que se nos congestionen las vías respiratorias”

Al texto acompañaba una tarjeta de una empresa de nombre “Supercalifragilisticoespialidoso” especialistas en limpieza y deshollinado de chimeneas.

Y hasta aquí lo que me han contado, hasta aquí lo que yo puedo contaros pensando en la próxima llegada de los Reyes Magos, no les vayamos a hacer el feo de olvidar que son magos pero humanos, que pueden toser, estornudar, aunque no estén enfermos, y no nos vaya a arruinar las navidades un golpe de tos inoportuno. No echemos esta historia en saco roto, apréciese el doble sentido, y dejemos que la vida, que la magia, que la razón, presidan nuestras fiestas.

Felices fiestas A TODOS, TODOS, Y TODOS.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Entre dos mentiras

La verdad no existe, y menos cuando las verdades con apellidos intentan tomar su lugar. Y entre todas estas verdades miserables, entre todas estas verdades a medias, vergonzantes, hay una que es especialmente intolerable, seguramente porque es la que debería de ser una verdad fiable, la verdad oficial. Esa verdad que deberían de contarnos aquellos que tienen obligaciones y responsabilidades por sus funciones, pero aprovechan esa posición de privilegio para escamoteárnosla, para contarnos una mentira con medios y ánimo de crear una realidad alternativa.

Paseaba el otro día con unos amigos por el centro de Murcia, supongo que podía haber sido en cualquier otro lugar de España, de Europa, del mundo, cuando me encontré con un grupo de gente, no demasiada, no demasiado interesada, escuchando a una persona, eran varias pero una llevaba la voz cantante, equipada con un megáfono y con unas cuantas hojas en la mano que pretendían repartir sin demasiado éxito.

Me acerqué, ma non troppo, por aquello de que si la curiosidad mató al gato, la ignorancia mató a muchos más gatos, y escuché un fragmento del discurso negacionista que apenas lograba fijar la atención de unos cuantos, pocos, ya lo dije, viandantes. La historia, conocida. “… tenía 23 años y disfrutaba de una vida plácida y una salud perfecta, pero decidió vacunarse y a los diez días estaba muerta. Sus padres lloran ahora a esa hija tan querida que tomó una decisión presionada por su entorno y los medios de comunicación que colaboran con las multinacionales farmacéuticas… “. No me quedé a escuchar más. Tampoco merecía la pena porque en mi traslado no literal de la historia creo que le he hecho ganar calidad, lexicamente hablando.

El gran problema es que con la misma sensación de rechazo, pero con un desprecio mucho mayor, acojo a diario, sin que haga ninguna intención de escucharlo, metido en mi casa, introducido en mi salón sin pedirme permiso, ni aviso previo, historias igual de lamentables perfectamente construidas por guionistas a sueldo, contadas con suficiencia y prestancia por los locutores oficiales, o construidas con una estructura lingüística impecable por los columnistas reconocidos, pero de signo contrario. Relatos de terror psicológico que nos cuentan que “… destacado negacionista murió ayer a causa del COVID y sin vacunarse”. O “cuatro miembros de una familia que había decidido no vacunarse murieron ayer en el hospital …”. Repugnante.

Si algo debería de removernos las tripas, lanzarnos a la calle, reclamar la honradez que los políticos actuales no tienen, es la imposibilidad de tragar la verdad oficial sin que las arcadas te hagan perder el resuello. Es intolerable que aquellos que tienen el mandato de velar por nuestros intereses consideren que mentirnos es uno, tal vez el principal, de esos mandatos. Es intolerable que la verdad oficial sea una mentira elaborada, trabajada y difundida con los medios que nosotros mismos le proporcionamos.

¿Existe el virus? Existe. ¿Es natural o de laboratorio? Yo apostaría por que es de laboratorio ¿las vacunas son fiables? Solo me atrevo a decir que son eficaces para aquellos que no se contagian, o que si se contagian es levemente, y son ineficaces para aquellos que aún vacunados enferman gravemente, o incluso mueren ¿Habría más muertos sin vacunas? Puede que sí, pero no me consta ¿Yo me he vacunado? Sí, pero aún arrastro secuelas, y lo hice por responsabilidad social, no porque me creyera las historias que se cuentan, o estuviera de acuerdo con la mayoría de los argumentos que se aportan a favor de su uso. Tengo una nieta de cuatro años, dos hijos con sus parejas y una esposa, y no soportaría la posibilidad de que enfermaran por mi causa.

¿No es triste? ¿No es lamentable vivir entre dos mentiras y no poder acceder a una verdad con la que poder defenderte?

Los negacionistas me merecen el respeto, poco pero firme, de aquellos que pelean por su idea sin importarles su imposibilidad de convencer, sin importarles la endeblez y ridiculez de sus argumentos, pero no podría compartir con ellos la posible responsabilidad de contribuir al contagio del virus. Puedo, incluso, compartir con ellos muchas de las preguntas que se hacen, pero no comparto casi ninguna de las respuestas que aportan.

Y por el ala oficialista, pro vacunas, me repelen los especialistas en enfermedades y catástrofes que expanden sus mensajes de terror llamando al enclaustramiento social, al miedo a todo lo ajeno, a la esterilización emocional de la sociedad, como remedio único para una enfermedad de la que parecen desconocer casi tanto como los ciudadanos de a pie. Yo también puedo entender que ante un problema de transmisión la mejor solución médica es el aislamiento total, absoluto, pero, tal vez, esa solución, como tantos medicamentos, tenga unos efectos secundarios indeseables.

En resumen, creo que soy un negacionista conceptual porque considero que nos están mintiendo, pero mi negacionismo es parcial ya que ante la responsabilidad social con los que me rodean opto por tomar todas las medidas que los demás me solicitan para su tranquilidad.

Vivo entre dos mentiras, en la certeza de dos mentiras, y la absoluta abyección de los responsable políticos, científicos, económicos y sociales, me escamotea el derecho a tomar una decisión fundamentada en argumentos ciertos, me escamotea el derecho a vivir responsablemente.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Cuando el Grinch fue alcalde de Madrid

Hay personas, habitualmente personajes, cuya memoria, sobre todo si es nefanda, sobre todo si es maligna, perdura más allá de su etapa. Personajes que por mucho que pase el tiempo nos siguen agrediendo con sus obras, con los daños que su gestión ha perpetrado en nuestras vidas.

Creo que desde que, allá por año 2000, Jim Carrey salió pintado de verde, y nos mostró un personaje obsesionado por destruir la navidad, por acabar con el llamado espíritu navideño, el Grinch ya es un personaje conocido en nuestra cultura, un personaje al que a lo largo de los años transcurridos todos hemos podido ponerle alguna cara, la cara de alguien de los que tenemos en nuestros círculos cercanos. Hay mucha más gente de la que parece a la que la navidad no le gusta, incluso les incomoda. Muchos son los argumentos, pero una la conclusión: preferirían que la navidad no existiese.

Afortunadamente son, somos, muchos más los que disfrutamos de unas fiestas que parecen facilitar algo más las relaciones entre las personas, los que apreciamos en el aire una cierta calidez humana que no está el resto del tiempo, como si atesorásemos el resto del año nuestros mejores sentimientos hacia los demás, para volcarlos en ese momento.

Puede que no sea así, puede que sea una percepción subjetiva, interesada, pero cuando los públicos, los comercios, las casas, se llenan de luces, cuando empiezan a sonar los villancicos y la gente se echa a la calle, algo parece florecer en el ambiente.

Hoy escribo desde Estrasburgo, desde Alsacia, desde esa región francesa que limita con Alemania y que, a propósito de la Navidad, engalana sus pueblos, sus calles, los llena de música, de colores de adornos y de ambiente festivo para que todos los que queramos podamos compartir las fiestas con ellos. Gente, vino caliente, adornos navideños, música y una alegría sin complejos intelectuales, sin complejos de laicismo de laboratorio, parece ser la fórmula.

Estrasburgo, Colmar, Mulhouse, un montón de lugares, de pueblos que se transforman por navidad, y en los que la gente se ocupa de disfrutar y sacar partido a la alegría, unos sintiéndola y otros vendiéndola, todos paticipando. En mi recorrido ayer por Colmar vi un puesto, seguro que hay más, donde una dependienta velada, presumiblemente musulmana, vendía figuras navideñas, adornos, productos, sin que  la  diferencia de creencia provocara ningún rechazo en la vendedora, ni en los compradores.

Pero no quiero desviarme de mi objetivo inicial, que no es hacer un canto al auténtico laicismo, a la auténtica multiculturalidad, que no es la que cercena nada, si no la que incorpora todo, mi objetivo era contar que estoy aquí buscando poder disfrutar de un espíritu navideño, de un ambiente y decoración propios de la fiesta, porque desde que el Grinch fue alcalde de la ciudad en la que vivo, Madrid, si alguien quiere iluminación, adornos, espíritu festivo (iluminación propia de la navidad, adornos con motivos navideños, espíritu festivo navideño), más vale que salga a buscarlo a otro sitio.

Nuestro Grinch particular, que el olvido pueda caer alguna vez sobre su memoria, Alberto Ruiz Gallardón,  nos dejó una navidad sin espíritu, fría, de diseño, vaciada hasta que la alegría se convierte en un rictus, en una mascarada sin espíritu alguno. Una ciudad que dice celebrar pero no sabe cómo, o si sabe no se atreve, como si se avergonzara de lo que quisiera celebrar.

Desafío a los madrileños a que encuentren entre las luces actuales, entre los adornos, un solo motivo tradicional de la navidad. Figuras geométricas, luces sin forma reconocible, por no hablar de aquella iluminación que pusieron en la calle Velázquez con palabras positivas (alegría, paz, felicidad, armonía, encanto…) y que después de un cierto recorrido uno no sabía si estaba celebrando algo o asistiendo a una sesión de hipnosis luminosa por cuenta del alcalde.

Y también acabó con las cabalgatas de Reyes, aquellas que recorrían la calle Alcalá, llenas de carrozas, abarrotadas de niños y mayores que se hacinaban para verla pasar, siempre espectacular (recuerdo la famosa cabalgata del año en que se estaba rodando en el Retiro “El Mayor Espectáculo del Mundo”), pero sobre todo popular, cálida, llena de ilusión. Por conveniencias que solo a él le fueron reveladas la trasladó al frío e impersonal recorrido actual por la Castellana, al tiempo que empezaba a imponerse una estética que hacía difícil distinguir la cabalgata de Reyes, la de carnaval o la del día del orgullo gay.

Lo de vestir a los Reyes con vestidos de cortinajes, subvertir la historia, y la Historia, en base a unos conceptos puramente ideológicos y actuales, y manipular la fiesta para satisfacción estética propia, ya lo completaron otros hijos del Grinch que gobernaron la ciudad a posteriori.

Al final, lo que cuenta, es que el madrileño que quiere vivir eso del espíritu navideños, los excesos estéticos, el ambiente festivo como tema principal, tendrá que visitar Francia, Bélgica, Alemania, Nueva York o Vigo, o, si se es poco viajero, pasear por Madrid buscando las calles, o trozos de calle, que los comerciantes adornan, con la colaboración técnica del ayuntamiento, con extrañas luces sin simbolismo alguno.

Bueno, y siempre queda la televisión, las películas de una navidad norteamericana vivida sin complejos y en la que el Grinch siempre pierde, no como aquí que gana elecciones municipales.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Cartas sin franqueo (XLVIII)- La ética comparada

Se pueden decir muchas cosas, y se pueden decir de muchas maneras, porque, a veces, en la forma de elegir como se dice está la verdadera esencia de lo dicho. Si, ya lo sé, parece un trabalenguas, pero no es eso lo que pretendía, si no poner la vista en las formas, que suelen ser reveladoras.

Hablábamos, como tantas veces, sobre la deriva indeseada de esta sociedad, política, social, ética y económicamente hablando. Sobre la decadencia evidente de la postura de reclamar derechos sin comprometerse con las obligaciones, o comprometiéndose, siempre y cuando esa obligaciones se le impongan a los ajenos. Hablábamos, como tantas veces antes, de la mediocridad de los dirigentes que intentan trasladar a una sociedad adocenada, dormida, que espera permanentemente a que sean los demás los que hagan lo que, en estricta realidad, les correspondería hacer a ellos: luchar, reclamar, exigir, su propia mediocridad.

Pero, como tantas veces en nuestras conversaciones, y en otras, solemos referirnos a nuestra escala de valores como punto de referencia para el análisis, y esa es una postura perversa, torticera. Cada uno es dueño de su escala de valores, si es que es consciente de que la tiene, y cada uno debe de exigirse a sí mismo, y no a los demás, en función de ella, pero solemos hacerlo justo al revés, exigimos a los demás en función de nuestras convicciones y no toleramos que los demás puedan tener otras diferentes, y puedan planteárnoslas como alternativa. Mal negocio.

Y en estas formas, en esta manera de enfocar nuestras relaciones, es donde mejor se puede observar el mal profundo que nos afecta. Somos reos, tal vez hasta la muerte, de la ética comparada.

Se supone, y no pasa, salvo en las inevitables y venturosas excepciones, de ser una suposición, que uno de los principales anhelos del hombre es la superación, personal y colectiva. Según esto todo ser humano debe de tender a superar sus imperfecciones y alcanzar una plenitud espiritual y social que le permita una felicidad plausible, de eso iban, inicialmente, las religiones, de facilitar un método de superación personal y social.

Pero lo que vivimos día a día, lo que día a día nos encontramos en nuestro entorno es una aplicación perversa de este principio, una preocupación torticera y dañina por la ética comparada, por el análisis sistemático de la forma de actuar, de actuar mal, ajena para justificar la propia.

No importa robar, siempre y cuando podamos decir que ha habido otro que también ha robado. No importa mentir, siempre y cuando podamos argumentar que otro ha mentido. No importa engañar si ha habido alguien que ha engañado antes y ha dejado abierta la puerta a que todos nos convirtamos en ladrones, en mentirosos, en falsos.

¿Qué enseñanza ética, qué perfeccionamiento, qué ejemplo, podremos obtener de alguien que acusado de cualquier conducta indebida, no la desmiente, no, si no que argumenta la impropia conducta ajena? ¿Es ese, realmente, el camino correcto para alcanzar ciertas metas? ¿Qué se puede esperar de alguien que en vez de asumir las responsabilidades de sus actos, se escuda en los actos ajenos para sortearlas?

-          Tú eres un asesino

-          Tú has matado a doscientos.

¿Realmente importa a cuantos, cuando, con qué motivo, alguien ha matado a gente? ¿O lo realmente importantes es que hay gente que ha privado de la vida a otros? ¿A partir de cuántos muertos, en qué circunstancias, con qué argumentos, alguien debe de ser considerado un asesino? ¿Nunca porque ya ha habido otro que ha matado a alguien, o que ha matado a más, o que ha matado con unos argumentos que nos son más simpáticos?

Personalmente creo que la ética no funciona así. Personalmente creo que la ética debe de tener un nivel de autoexigencia tal, que nunca la conducta ajena puede justificar los actos propios. Personalmente creo que la ética comparada es un invento de sinvergüenzas, de desahogados, que buscan un espejo opaco, un espejo con paisaje pintado y sin reflejo, para poder contemplarse en él y poder seguir adelante.

Y es que, aplicando la ética comparativa, ya podremos empezar a prepararnos, aunque tal vez ya empezamos a ver atisbos de ello, para la existencia de una legalidad comparada, de una legalidad que no juzgue los hechos, las acciones, si no la cantidad, la oportunidad, la originalidad del delito. Un delito será mayor, si antes no lo ha cometido nadie, pero quedará impune si se puede demostrar que otro lo ha cometido mayor, o con peores argumentos.

¿Qué mis palabras te suenen a dislate? Te recomiendo un paseo por los medios de información, una visita a los diarios de sesiones, un garbeo, con chubasquero y paraguas para el espanto, por las redes sociales.

Mis palabras solos son, sin pretenderlo, una breve semblanza del estado de putrefacción de una sociedad que solo cree en la ética comparada. Que no cree en otra ética que en la que le puede servir para atacar al prójimo. O sea, sin ética.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Cartas sin franqueo (XLVI)-Los números

Buenos días mamá:

Felicidades, me correspondería decirte en este mundo de números y efemérides, porque hoy cumplirías ochenta y nueve años, aunque hace ya tres que no puedo decírtelo, porque hace ya tres que decidiste morirte de ganas de vivir.

Dicen que el tiempo no existe, lo creo firmemente, pero pasa, pasa sin cesar y traducido a números, como nos hemos acostumbrado a hacer en este lado del telón vida-muerte en el que nos movemos, es un viajero imparable que nos marca su ritmo.

Todo lo medimos, mamá, todo lo contamos, todo lo pesamos, en un afán de convertir todo en un número que nos explique el universo en el que vivimos, y tan inmersos estamos en el intento que hemos decidido que el número es lo importante y no su contenido. Y cuanto más contamos, cuanto más medimos, cuanto más preocupados estamos de explicar en números lo que nos rodea, menos disfrutamos de la vida, del universo, de las maravillas que nos permite la simple observación.

La fiebre de la vida se llama muerte, pero esa fiebre irreversible, el afán por poder anticiparla, que es una forma de morirse antes, nos ha llevado a la calentura de contar, de medir, para estar más pendientes de lo que nos falta que de lo que tenemos.

Intentamos asomarnos al futuro para intentar evitarlo y en ese intento, vano, bobo, perdemos la oportunidad de disfrutar del presente, que es lo único real que tenemos, que es lo único real e inamovible que nos es permitido poseer sin recato. Ese chispazo de consciencia que hace que el yo, el yo del efímero presente, sea algo irrepetible y maravilloso, mágico.

Comemos cuando es la hora, no cuando tenemos hambre. Bebemos sin tener sed. Hablamos sin tener motivo y hemos decidido enterrarnos en vida porque hay un aparato, un invento nuestro, que nos informa de que el tiempo pasa, cuanto pasa, cuando pasa, y nos permite elucubrar cuanto puede quedar.

Siempre me ha parecido terrible esa extraña, pero habitual, dedicación de leer los obituarios de la prensa comprobando la edad de los fallecidos y comparándola con la edad del lector, buscando una distancia, o una cercanía, que no puede aportar otra cosa que una desazón puramente masoquista. Pero, ¡ay dolor!, yo me he descubierto haciéndolo en alguna visita a los cementerios.

¿Por qué nos hacemos esto? No está claro, pero seguramente la razón está en la esencia de nuestro pecado original, está en el momento en el que elegimos el conocimiento en detrimento de la felicidad, está en el momento en el que elegimos el tiempo en vez de la eternidad, está en el momento evolutivo en el que una extraña combinación de células se unió y pudo ser consciente de su existencia, decir yo y sentirse identificadas.

Es difícil explicar este proceso. Es difícil explicar que hayas muerto porque tenías tantas ganas de vivir que te negaste a que pudieran decirte que estabas enferma. Es difícil explicar que un día es una medida de tiempo que corresponde a un movimiento planetario, y no entiendo que haya gente que niegue la astrología pero viva obsesionada por cuantos giros de la tierra alrededor de su eje lleva vividos. No es coherente.

Estamos tan preocupados de explicar lo que nos rodea, lo que nos contiene, lo que nos acompaña, que nos olvidamos de convivir con ello, que no nos acordamos de ser parte de ello.

Hace unos días me contaba una persona que había llorado porque su vida había completado otra revolución alrededor del sol. Me lo contaba con el sentimiento de perder juventud, de perder algo inestimable. Claro que perder algo es doloroso, por supuesto, pero los que padecen ese sentimiento, los que solo miran una cara de la moneda, padecen de una mirada estrábica, de una mirada vaga e incapaz. Durante la vida, siempre que perdemos algo obtenemos otra cosa a cambio. Perdemos abuelos, padres, y ganamos hijos, nietos. Perdemos la infancia, la juventud, y ganamos la madurez, el conocimiento, la experiencia.

Pero, en último caso ¿Qué creemos perder cuando hablamos de perder la juventud? ¿Una posibilidad estética? ¿Una actitud irresponsable? ¿Una pulsión ética? ¿Una capacidad física? ¿Un número? Veamos:

Si es una posibilidad estética, lo que me dice la experiencia es que aquellas personas que acomodan su aspecto exterior a su verdad interior, y no se empeñan en modificar lo visible para renunciar a lo invisible, son bellas siempre, independientemente de las cicatrices que el tiempo pueda marcar en su físico. Incluso hay personas a las que la edad las embellece naturalmente, y, por el contrario, personas que en su afán de retener lo incontenible, acaban siendo una triste máscara de sí mismos.

Si es una actitud irresponsable, es patético ver a esa personas que intentan pasar por su vida sin asumir nada de lo que pasa a su alrededor, permanentemente a la defensiva, incapaces de fijar nada, de ligarse a nada. Los números pasan aunque la responsabilidad no se quede y suelen llegar al final de su vida sin lazos que le hagan la vida más amable.

Si es una pulsión ética, si son de esos que confunden la necesidad de cambiar el mundo con la posibilidad de que el mundo cambie para ellos, si son de esos, que casi todos hemos sido en algún momento, que consideran que el único mundo posible es aquel que ellos harían, si son de esos inconformistas, revolucionarios, anti sistema, lo único que cambia según pasan los años, según el poso de la consciencia de los otros te va calando, según vas descubriendo verdades ajenas, es que lo único que cambia en tus convicciones es la soberbia de una verdad innegociable, es la intuición de que pretender imponer la verdad a otros no la hace más verdadera, y, desde luego, no la hace más duradera.

Si es una capacidad física, que también lo es, lo importante es disfrutar de aquella que tu físico, menos pendiente de los números que de ser escuchado y tenido en cuenta, te va permitiendo, y un físico, tratado con respeto y atendido en sus verdaderas necesidades, suele ir más allá de lo que un número pueda marcar, o dejar de marcar.

Ahora, si la preocupación es simplemente el número porque anuncia la llegada de un número más, y de otro, y de otro, y quisiéramos quedarnos estancados en el actual, es una pretensión vana. Vana y peligrosa. ¿Alguien se imagina vivir en un mundo en el que los hijos, los nietos… llegaran a ser mayores que sus padres? ¿Mayores que sus abuelos?

Más allá de los números, de la capacidad física, el aspecto exterior, la pulsión ética, o cualquier otra consideración, la vida se disfruta aceptando y apurando cada instante, buscando permanentemente y siendo feliz con lo encontrado hasta ese momento, que solo dura un destello. No hay número que nos garantice un futuro, un aspecto, una capacidad física o intelectual, ni siquiera inmediatos, y no hay número que pueda ser bloqueado en el tiempo.

No merece la pena, ni siquiera, llorar por lo que no tenemos, por lo que no tuvimos, por lo que posiblemente no tendremos, pudiendo disfrutar de lo que somos. Ya a todo esto, sin que podamos asegurar que seamos reales, que lo seamos nosotros ni que lo sean los números, o el tiempo.

Bueno mamá, te dejo, pasa el tiempo, al menos para mí, y los números me reclaman a lo cotidiano, a lo perecedero, al discurrir fantástico de un segmento imposible de lo eterno.

Un beso.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Cartas sin franqueo (XLV)- Pagar, y pagar, y volver a pagar

 Muchas veces hemos discutido sobre el tema de los impuestos y su perversidad, sobre todo en manos de una izquierda de salón, que divide a la sociedad, con menos imaginación que un guionista de telenovela, en buenos y malos, en empresarios ricos y explotadores, y obreros pobres y explotados, y basa en ese análisis perverso, en esa incapacidad de modernizar su visión de la sociedad, en su forma de querer ser sistema y antisistema en una misma acción, toda la frustración económica que provocan su gobiernos. Los impuestos, y basta con echar mano de la historia, son un invento de los poderosos, los gobernantes absolutos, los caciques, las religiones, para acrecentar su poder y controlar el progreso de las clases gobernadas, o de los pueblos sometidos, no olvidemos que el primer acto de victoria era marcar unos tributos sobre los vencidos. Y este es, sistemáticamente, un medio extraño en el que la izquierda naufraga en una serie de piruetas dialécticas que no consiguen tapar su incapacidad para manejarlo.

Nunca, a lo largo de su aplicación, los impuestos han sido otra cosa que el mecanismo por el que, el que podía, o sea, el poderoso, participaba en el beneficio del trabajo del no poderoso, que no tenía otra opción que pagar lo que le era solicitado (es una forma suave de decirlo), fuera justo, o no, fuera posible, o no, lo que, antes o después, y según la habilidad del gobernante, acababa causando una revuelta contra la presión económica del que mandaba y utilizaba esos recursos que detraía de la necesidad ajenas para su propio lucro, o necesidades.

Los gobernantes más hábiles convertían sus necesidades en logros que beneficiaran lateralmente a los contribuyentes, pero tampoco era especialmente importante que fuera así. Los más poderosos y hábiles, relajaban la exigencia contributiva de sus ciudadanos mediante la esclavitud de los vencidos, si el tributo era físico,  o sus obligaciones de entregar mano de obra y riquezas periódicamente, pero no lograban enmascarar que el fin último no era aliviar esa presión, si no incrementar su poder.

Estas prácticas, absolutamente intolerables, aparentemente, en una democracia, o cualquier otro sistema pseudo democrático moderno, y su planteamiento primitivo, se han amparado en el concepto de redistribución de la riqueza para justificar lo que antes no se justificaba, apropiarse de los beneficios de las clases emergentes para beneficio de los poderosos, y, en  último término, controlar el enriquecimiento de las clases medias para evitar que se conviertan en una clase poderosa. Someter a los que tienen opción, por número, y por recursos si se les permitiera, de subvertir el orden establecido.

Los impuestos, ese sistema que jamás conseguirá cerrar brecha alguna, porque su mismo mecanismo lo impide, no son otra cosa que un instrumento de control del poder sobre los gobernados, y da lo mismo, porque lo mismo da, si ese poder lo ejerce alguien en nombre de un estado que sea el que administra los recursos, en este caso el poderoso es el estado y el sometido es el ciudadano con lo que además e ven comprometidas la justicia y la libertad, ya que todos los recursos están en unas solas manos, de dictador, de ente ideológico, o de ente religioso, entonces la brecha se produce y  hace evidente entre los que administran el poder y los administrados, o en nombre de una libertad, pseudo libertad, en la que, por caminos más arteros, pero no menos eficaces, la riqueza acaba en manos de unas élites económicas que vigilan con celo sus propios intereses, aunque para ello parezcan compartirlos con los que pagan. Y entonces la brecha social entre poderosos y contribuyentes se hará siempre evidente e irreparable, aunque la misma clase poderosa cuidará de que no crezca más allá de lo que marquen sus propios intereses.

Una sociedad moderna, que apunta a recursos tecnológicos que comprometen la posibilidad del pleno empleo, que apunta a una civilización del ocio, que parece marcar una decadencia del poder como autoridad que impone las obligaciones ajenas por encima de cuestiones éticas, ya no va a poder ejercer un control sobre el trabajo físico, como sucedía en la antigüedad, o sobre el trabajo intelectual, como sucede actualmente, y si busca una verdadera equidad tendrá que empezar por buscar un modelo convivencial en el que los más desfavorecidos, por cualquier tipo de menor capacidad, no se vean relegados a una vida menos plena que los demás. Eso deberá de empezar por una ética de la solidaridad que no admite de imposiciones impositivas, si no de la cercanía entre el que contribuye y el que recibe, del pleno convencimiento de que lo que se da se usa correctamente y de lo que se recibe se recibe con la plena aquiescencia del que lo da.

El sistema actual, me da igual de la izquierda o de la derecha, no tiene otro objetivo que el pago sistemático, reiterativo, de lo que ya hemos pagado, el hurto sistemático de la plena propiedad. Pagamos nuestros bienes individuales reiteradamente, primero para que sean nuestros y luego porque ya son nuestros y queremos que lo sigan pareciendo. Pagamos nuestras infraestructuras reiteradamente, primero porque hacen falta, y luego porque ya están y necesitamos que sigan estando. Pagamos reiteradamente nuestro ocio, primero para que podamos disfrutarlo, y luego porque lo disfrutamos y no queremos prescindir de él. Pagamos por poder beber, por poder calentarnos, por poder tener luz, por aparentar ser libres. Pagamos porque nos protejan, a veces más allá de nuestros propios intereses, porque nos garanticen una salud que no siempre es garantizable, porque nos acojan entre los suyos, aunque no siempre sabemos quiénes son ellos, porque nos reconozcan unos derechos por los que somos incapaces de luchar por nosotros mismos. Todo en nuestra vida, lo que queremos tener y lo que ya tenemos, lo que queremos ser y lo que ya creemos ser, exige de un pago continuado que nos hace deudores del poder que necesita ávidamente de los recursos que nosotros generamos y que utiliza nuestras propias ambiciones, nuestras creadas necesidades, para controlarnos.

Sí, ya lo sé, lo tengo claro, el mundo que intento proponer como ideal, sería una utopía, pero, como tantas veces te he dicho, el hombre se mueve siempre en la dicotomía, y las opciones que tenemos son dos, siempre dos: pelear por intentar acceder a una utopía o, que parece el camino actual, permitir que nos arrastren a una distopía que llegarán a disfrutar plenamente nuestros herederos. Una distopía que puede moverse entre el “Gran Hermano” de la izquierda o el “Blade Runner” de la derecha, que, en el fondo, tampoco son tan diferentes.

Hemos permitido estados tan poderosos que escapan incluso al control de sus propios gobernantes. Hemos permitido la creación de estructuras económicas supranacionales que están por encima de leyes y de estados. Hemos permitido un mundo donde la más disparatada de las conspiraciones es plausible. Hemos permitido que el número ignore a la unidad. Hemos permitido un mundo donde la mentira es un recurso admisible. Hemos permitido, en definitiva, un mundo en el que la distancia entre lo que se dice querer y lo que se quiere sea imposible de recorrer, y lo seguimos permitiendo. Hemos permitido, incluso jaleamos, un mundo en el que el pensamiento está secuestrado por ideologías, por religiones, por el forofismo dirigido por guiñoles de un poder que nos maneja desde la sombra. Hemos permitido que nos arrebaten la dignidad de invocar el yo y saber de quién hablamos. Y este, llegado el momento, será un camino que solo se podrá deshacer con dolor, con un dolor que pagarán otros, los nuestros, pero otros.